El desquite, el triunfo de miss Annie, es la hora del baño de mar. El
niño, entonces, la pertenece por completo, y, al principio, no sé si
calculadamente, la inglesa se opuso á que yo presenciase de cerca este
rito sacro; porque, desde lejos, no habría modo de impedirlo. Yo me
impuse.--El playazo donde se baña Rafael es mío; forma parte de la
posesión. Lo cercan altos áloes, formidables--que se crían aquí y echan
su pitón de oro, como si estuviésemos en alguna tierra africana.--Miss
Annie entra en el agua con su alumno. En vano Solís, angustiosamente,
tercamente, ha reclamado para sí el privilegio de bañar á Baby. ¿Qué le
importa? ¿Por qué insiste?.. ¿Acaso?.. Estemos sobre aviso.--Y, para
forzar la tensión, excluyámosle de la playa.
En una caseta de lona á rayas rojas y grises se desnudan y preparan Baby
y Annie, ayudados de una rapaza humilde, una sierva del terruño. La
arena, tersa y compacta, convida á pisarla con pies descalzos, y despide
calor vibrante bajo la refracción solar... Conchillas rosadas y
pequeñas, como orejas de muchachas bonitas, la esmaltan allí donde la
ola dejó un borde de vegetaciones marinas, húmedas aún, de un verdor
luminoso. Una beatitud material, voluptuosa, emana de esta marina
apacible en que parecen inverosímiles los naufragios; son risas
subacuáticas de náyades retozonas lo que riza y ondula el cristal del
agua, y, para mayor mitologismo, ayer he visto saltar á corta distancia
á los delfines--que llaman _golfines_ aquí.--Me siento bajo el quitasol,
en un peñasco excavado de oquedades colmas de agua, donde corretean
vivaces cangrejillos y se desperezan actinias cabelludas.--Y miro, miro,
aletargado el pensamiento--. El niño sale de la tienda de campaña: viene
encogido, á remolque, deseoso de ocultarse, con esa repulsión
instintiva de las criaturas al agua, ó mejor dicho, á la primera
sensación de frío y al terror de lo inmenso. Admiro su torso gentil, que
empieza á perder las redondeces crasas del bebé y á estirarse un poco,
con tendencia á ser musculoso y firme, tallado en roble. Admiro sus
brazos adorables, su pie delicado, su vientrecillo, igual á una de estas
conchas trigueñas y curvas; su testa de angelote, de rizos brillantes,
sedosos.--Detrás de él asoma Annie, agarrándole de la mano y
empujándole. La franela blanca de su traje masculino, corto de brazo y
pierna, es menos dulce de color que su nuca, descubierta, porque la
gorra de hule recoge el pelo, no tanto que unos _abuelos_ locos no
diableen cerca del arranque de las espaldas. Jamás me he dado cuenta de
este carácter étnico, la blancura de la piel inglesa, como ahora. Es un
blanco que será desesperante para un pintor: un blanco tintado
imperceptiblemente de rosa té, un blanco virginal, «carne de
doncella»... La misma blancura á lo Van-Dick se nota en la pierna larga,
esbelta, derecha; en el brazo duro, nada corto; en el pie de mármol,
cuyas uñas descubro que están limadas cuidadosamente, y abrillantadas,
sin duda, con polvos de coral, pues una vez más me reproducen la imagen,
sensual y delicada, de las menudas conchas traídas por la ola, envueltas
en perlas verdosas, resbalantes.
La inglesa se apresura, semidesnuda, púdica y resuelta; se lanza con el
niño, animándole: «_Hip, Baby, go_»; oigo el chillido del pequeño,
acortado, sofocado por la misma violencia de la impresión, y mientras
Sardiñete, el marinero contratado para asegurar de todo riesgo á
Rafaelín, le coge y le sostiene dentro de las mansas olas, Annie rompe á
nadar, diestramente, y se aleja, se aleja, delatada por la ligera espuma
que sus brazos y pies levantan al palear avanzando. La veo á bastante
distancia, echada sobre el lomo azul de este mar peregrino, mar griego
en costas del Noroeste; saco del bolsillo mis gemelos marinos, y
entonces me salta á los ojos, acrecentada por el misterioso rielar del
agua con ziszás de sol, la blancura de ondina de los brazos, de las
piernas, de la garganta, y la risa silenciosa de la boca emperlada de
anchos dientes, otro género de blancura deslumbrante... Pero ¿qué es lo
que pasa? Annie ha hecho un movimiento, se ha quitado su gorra de hule,
el único recato de su atavío de bañista; el pelo rubio, mojado, se
esparce y la rodea de una aureola de serpezuelas de cobre... Sabe que la
miro? ¡De cierto!--Y, con paladas suaves, casi negligentes, vuelve hacia
la orilla, toma al niño otra vez de la mano--imperiosa, pues el chico se
resiste á salir y juega en el agua--y de pronto se detiene, sin soltar á
Rafaelín.
--¡Sardiñete! Por Dios... Mi capa! La olvidaba... Está en la tienda! La
tiene Flores!..
Mientras el marinero busca la capa que ha de cubrir á la miss, ella
permanece descubierta y en pie frente á mis ojos, tal vez los únicos que
la contemplan. ¿Para qué pide la capa?..--La franela se pega á sus
formas como el lienzo húmedo de los escultores á la estatua. Detallo el
armonioso y contenido desarrollo de su hermosura. El mar, benignamente,
se acerca á la peña donde me siento, se retira, deposita algas
brillantes, deja en seco moluscos palpitando de vida... Los áloes son de
bronce; sus enormes hojas carnosas y apuntadas se dibujan sobre el cielo
sin nubes. Mi cabeza está vacía y mis venas hierven...
Me incorporo, cierro el quitasol, y sin esperar á que miss Annie se
vista y vista al chico, emprendo la cuesta que conduce á la torre de
Portodor--entre grupos de mimbrales, encinas, castaños, viñedos, oyendo
el gluglu del agua en los molinos, y el silbo de los mirlos que,
digeridas las cerezas de Julio, esperan las uvas de Septiembre... Corro,
porque la mujer me ha arrollado--y necesito estar conmigo á solas,
pensar, recaer en el cerebro, libertándome de lo sensible.
Y era claro como la luz que este fenómeno había de presentarse á su
hora. ¿Acaso no sé que hay en mí dos hombres, un meditativo
espiritualista y un corrompido epicúreo? ¿Ha pasado cerca de mí ninguna
manifestación de belleza femenil que no me estremezca? Excepto la pobre
Rita... Pero ésa era ya un fantasma cuando la conocí.
Por otra parte, me encuentro sometido á un régimen absurdo. Soledad,
naturaleza, alimentación de pescado, fósforo, aire, sueño, el aguijón
vital sobrepuesto á la adoración secreta de la Nada... ¿Hay en Portodor
otra mujer más que Annie? Las pescadoras son muy gallardas; las
señoritas del pueblecillo quizás no dejen de atesorar hechizos para los
horteras que vienen á baños y fraternizan y sudan agarrados á ellas en
los bailes del «Casino Portaurense»; pero yo no he de aproximarme ni á
unas ni á otras. En la duda, las pescadoras serían preferibles... si no
fuese la acuidad de mi sentido del olfato, y aun del tacto, porque estas
sirenas airosas y bravías llevan, textualmente, coraza de escamas de
pez. En resumen: he aquí que Annie constituye para mí un peligro: puede
echarme á perder la temporada. Cierto que no ejerce el menor influjo
sobre lo hondo (sí, para ella estaban las telas de mi corazón!), pero, á
flor de lo sensible, preso me tiene. Con mirada á la vez turbia y
lúcida, la recorro, la desmenuzo. Hay horas en que me olvido de
Rafaelín; hay momentos en que temo ser arrastrado por mi antojo.
Y véase cómo acertaba Camila, y los murmuradores y todo el buen sentido,
cuyos aciertos tienen la virtud de irritarme más que si fuesen errores.
Me indigna que una parte de mí mismo esté sujeta á las fáciles
previsiones de los cotarros parleros. «Ese solterón va á caer con la
miss»... Pues, señores patitos de charca, no caeré, ó al menos no caeré
como ustedes suponen. Soy jeroglífico que ustedes no descifrarán.
Hasta acertaron en lo de que Annie pica alto y á quien «pone los puntos»
es á los señores. Ahora interpreto mejor aquel afán de acompañarnos á
Rafael y á mí. Su juego está descubierto... Pierdes el tiempo, cándido
trozo de nieve solidificada y teñida con el zumo de un pétalo de flor.
No te sueltes el pelo, no finjas haber olvidado la capa para quedarte,
chorreante y guanteada por tu tuniquilla de franela, ante mí. Tengo
contra ti un escudo, que es la meditación. Te medito, te escudriño con
el pensamiento; no encierras para mí atractivo alguno de curiosidad; sé
de antemano el género de impresión que puedes ofrecerme; no soy de los
que á cada copa nueva y á cada nuevo licor suponen embriagueces
distintas--y, libre de ilusiones, aunque no de fervorines de la
sangre--me limito á esas ojeadas furtivas del gotoso goloso, que avizora
en el escaparate el plato prohibido por su régimen y del cual sabe que,
precavido, no comerá.
Comparo el estado de mi espíritu á un entremés que á veces nos presenta
el cocinero: una exquisita crema de chocolate hirviente que viene á la
mesa dentro de un aro de queso helado compacto, duro. Cuando te sirves
del piperete, Annie, no sabes interpretar mi sonrisilla. En el centro de
mi bloque de hielo hay calor--demasiado calor--, pero el hielo no se
liquidará. No cantes victoria, hija de la pérfida Albión, porque notes
la eléctrica sacudida que me causa tu presencia. Yo no soy esa parte de
mi ser á quien tu blancura ha trastornado. Yo soy el que piensa, razona,
conoce, prevé, diseca. Yo soy el que ama otras cosas muy obscuras, muy
sombrías; yo soy el galán de la Negra... Soy su trovador, su romántico
_minnesinger_, capaz de cortarse un dedo, como se lo cortó aquel de la
leyenda, para enviárselo á su princesa y dama.
El niño puede distraerme de este ensueño viejo; tú no, aunque juegues á
salir de las olas, salvo la franela, como Afrodita...
A diversión tomo el engañarte inocentemente. Ya que tú me has perturbado
en mi calma, te perturbaré en tus ambiciones. Gozo en hacerte creer, con
indicaciones que aparento que se me escapan á pesar mío, que me traes
fascinado, que lucho para no ceder al imán. Finjo suspiros, afecto
brusquedades, hago como si tragase frases encendidas, bordo
rendimientos, entretejo insinuaciones. Y así que te veo encandilada (no
por mí, por mis accesorios de dinero y posición), hago la comedia de la
retirada; me llevo á Rafaelín al bosque, á la playa, á los molinos, á
los maizales, á los setos de zarzamoras, donde nos ponemos como dos
bandidos--y echándome á cuatro patas, le digo á la criatura:
--Súbete: soy tu caballo, ó tu pollino, como quieras... Para ti, nenito,
soy asno. ¡Sólo para ti!