¡Portodor!.. Cuántos años que no pisaba estas playas de rubia arena,
extendidas como veletes de gasa de oro; este bosque antiguo, legendario,
donde se alza una piedra en equilibrio, la Pena Moura--céltica, según
opinión de los arqueólogos locales. Un sentimiento de sorpresa se
apodera de mí al recordar que he traveseado y me he escondido en los
rincones de la casa en que ahora resido otra vez. El sentimiento de mi
propio misterio me inquieta. ¿Soy el mismo que era entonces? Siempre
esta incertidumbre me ha preocupado: ¿subsiste la personalidad al través
del cambio y evolución de todos sus elementos?
Antes, la casa me parecía enorme: ahora veo que no es muy amplia:
consta, como la mayor parte de estas construcciones del siglo XVII,
viviendas de hidalgos poderosos, que quizás sólo las habitaban en la
época de la recolección ó de la vendimia, de una torre y un cuerpo de
edificio. La torre, nada sombría, nada feudal, se corona de inofensivas
almenas picudas. La piedra de armas es enfática, aportuguesada, por lo
mismo que se labró en tiempos relativamente modernos--reinado de Carlos
II.
Si la casa ha disminuído, el paisaje que se domina desde el segundo piso
de la torre me sorprende por más grandioso de lo que suponían mis
recuerdos. Al amanecer, la extensión de la ría, poblada de barcas de
pesca, es un himno de alegría heroica, el animoso canto de la naturaleza
eternamente joven. Algo de esta alegría quiere infiltrarse en mi alma.
No sé si porque respiro aire mejor, ó porque el niño ejerce en mí
singular influjo,--desde que he llegado á esta aldea riente, saudosa y
familiar, un poco de paz, de amor al mundo, entran en mí... ¡Ah! ¡Ya era
tiempo!
Me evado del calabozo de mis meditaciones. La dulce, la irresistible
corriente de la animalidad me lleva envuelto en su curso benigno. Ando
mucho, acompañado de Rafaelín, á quien enseño los predios y los
deliciosos arenales; y los pasos, movimientos, antojos y preferencias
del chiquitín evocan los míos; me retrotraen, por la magia psíquica del
recuerdo, á los años perdidos, borrados casi en lo consciente de mi ser.
Me veo nuevamente--en Rafaelín--recogiendo bocinas, lapas, nácaras y
conchuelas, esas conchas de la ría cantábrica, que tienen los reflejos
de ardiente irisación y la involución clásica de las del Mediterráneo.
Me veo á caza de bellotas y piñones en la selva rumorosa, bajo el enorme
pino secular, faro de los navegantes y objeto de las iras del rayo, que
le ha mancado dos de sus brazos de Briareo. Me veo sentado en el carro
colmo de espigas de maíz, eligiendo entre ellas las _reinas_, las de
fruto rojo como granos de granada. Me veo jugando al pie del lavadero,
turbio de espuma jabonosa, y, al menor descuido de los que me vigilan,
chapuzándome en él. Me veo limosneando á los pintorescos y joviales
mendigos cuya salmodía zumbadora, moscona, me despierta el domingo
antes del toque de misa. Me veo refugiándome detrás de una peña, en
cueros, para evitar que me bañen--y me veo de repente, por esos cambios
súbitos, fantásticos, de la niñez--corriendo hacia el mar rielante y
estriado bajo el sol, y adelantándome con tal ímpetu, que tienen que
cogerme para que no pierda pie y me hunda en alguna hoya traidora
recubierta de arena fina. Me veo mordido por un cangrejo, llorando á
perder; me veo saliendo del agua, con un manojo de algas crasas
apretadas en el puño, sin querer soltarlas, rabioso porque me las
arrebataban tiránicamente... Tales son los gestos míos que reproduce
Rafaelín á la distancia de veinticinco ó treinta años; gestos olvidados,
gestos pueriles, en los cuales me empapo, por decirlo así, y floto, con
lento placer, con la ventura fluida que hacen sentir las cosas nimias y
naturales. La niñez de Rafael, sin embargo, se diferencia de la mía, con
la diferenciación profunda del carácter. Esta criatura es dócil,
amorosa, poco egoísta (dentro del general egoísmo instintivo de la
infancia). Sus vivezas terminan en arrebatos generosos. Además... temo
consignarlo, desconfiado como soy de todo afecto... además... este
chiquitín... no hay remedio, no se puede negar... este pequeño... me
adora! Sí; hay un ser en el mundo, incapaz de ficción, que vive
pendiente de mis menores indicaciones y voluntades; hay un ser que no es
un perro, y para quien, sin embargo, yo, Gaspar de Montenegro... soy
Dios.
No lo había notado en Madrid; en Portodor he tenido que darme cuenta de
ello; el niño ha penetrado en mi existencia; antes estaba solamente al
margen. Con tiempo, soledad, libertad y la especie de optimismo físico
que aquí me invade--porque duermo canonicalmente y el gusano de la
gastralgia no me ataraza el estómago--, he podido disfrutar á mis anchas
del pequeñuelo, arrebatándoselo á miss Annie, y, tarea más fácil, á
Solís.
La inglesa ha protestado con indirectas, con acideces, con actitudes de
dignidad, con gestos de displicencia. Penetrada de la alteza de su
cargo, no la es agradable que nadie usurpe sus funciones: no se trata de
cariño á la criatura; no se trata del instinto de la mujer
verdaderamente mujer, que, sin afectación, se identifica con los
chiquillos: se trata de formalismo, de literalismo: me he encargado de
esta tarea, pues á mí me corresponde; es _my right_, y nadie se meta á
ejercerlo.
--Miss Annie--la digo--: hágase usted cargo de que estamos en
vacaciones. A mí me divierte llevarme al pequeño por ahí... Supongo que
usted no se opondrá.
--Yo debiera ir con ustedes...--responde la rubia, quejosa, envarada.
--Unas veces irá usted, y otras no; según cuadre... Aquí, un poco de
libertad... Ruego á usted, miss Annie, que se tome distracciones; á
todos nos convienen. Excursione usted; mande enganchar el cesto; hay un
borriquillo con jamugas; si quiere usted, se traerá de Madrid una silla
de señora; no faltará un jaco; encargaremos una bicicleta... Nada de
sujeción. ¡A divertirse!
--Gracias, míster Montenegro...
El tono era seco; la palabra rebotaba en los labios, donde una espumilla
iracunda se disolvía quizás...
No conforme, Annie se dedicó, entre otros deportes, al de sorprendernos
á Rafael y á mí. No habiéndole yo fijado por qué parte de la campiña
debía excursionar, con maravilloso olfato adivinaba la dirección de mis
paseos, y se nos aparecía cuando menos lo pensábamos, vestida corto de
franela _tennis_, gorra con insignias de algún club británico, palo de
alpinista, y el pie cautivo, sin malicia aparente, en botitos recios y
planos. Su figura moderna, atrevida, exótica, _componía_ sobre el fondo
de los pinos ancestrales, ó al lado del caduco dolmen con barba de
musgo. Nos saludaba; dirigía alguna observación al niño: «_Baby_, estáis
sofocado, no os paréis.--Vais sucio; permitid que os limpie la cara un
poco...»; y ante mi silencio, erizado de retraimiento, se retiraba, no
sin haber declarado el aspecto del paisaje _a very charming one_...
Apariciones análogas hacía Solís. Estas me molestaban menos. El futuro
preceptor ejercía sobre mí el atractivo de su complicada alma, de su
psicología laberíntica. ¿Sería cierto que buscaba la emoción suprema,
aquella en que el hombre se hombrea con el Creador deshaciendo su obra?
La tez de Solís, que el aire libre y la brisa salitrosa empezaban á
tostar; los labios, algo menos descoloridos, pero siempre contraídos por
triste gesto; las facciones irregulares, de expresión huraña--no
revelaban que estuviese del todo reconciliado con la dura obligación de
arrastrar el vivir. Sentía yo á veces impulsos de provocar sus
confidencias, y no quería seguirlos, porque era demasiado atrayente para
mí el enigma de aquel espíritu, y si me enfrasco en él, adiós la sana
delicia de mis paseos con el niño, adiós la sedación disfrutada á su
lado, preocupándome de sus antojos, respirando con infatuación de ídolo
el incienso del culto que me tributa... Lo repito, soy su divinidad.
Alma nueva, creyente, y á la cual todavía no se le ha inculcado
principio alguno, su necesidad de venerar y de esperar la satisfago yo.
Echados al pie del vasto pino musical, donde el hondo soplo marino _zoa_
y _brúa_--dos onomatopeyas regionales que no tienen equivalente en
castellano, tal vez porque en Castilla no se abrazan los pinos y las
costas--, el niño, al encontrar mi cabeza al alcance de sus manos de
manteca y de su boca de guinda, se apodera de mí, y me cierra los
párpados á caricias, repitiendo en monótono sonsonete y en jerga
anglohispana:
--_Father_ bonito, _father_ bueno, _father_ mono, _father_ rico,
_father_ santo, _father_ guapo, _father_ que manda en todos, en todos,
en todos...
De mi absoluto poder tiene tal idea, que me dice, la víspera de una
excursión que le anuncio:
--¿Y mandarás que no llueva, eh, _father_? Que haga buen
_weather_--sonríe y chapurrea, volviéndose hacia miss Annie para
desenojarla.
En su anhelo de ser querido por todos, el chiquitín adivina el rencor
mudo de la institutriz, y no cesa de aplacarla con zalamerías... Ella no
se doblega, no se amansa. Conserva su agravio en vinagre--como suelen
estas naturalezas estrictas, esclavas de un contrato, pero ocultamente
ambiciosas...