XI

Los primeros calores empalidecen las florecientes mejillas de Rafael, y

su dulzura de Niño Jesús de San Antonio se transforma en abatimiento.

Consulto, y me ordenan llevarle á un sitio fresco: si es posible, al

borde del mar.--Y tan posible como es. Me le llevo á la casa de

Portodor, donde he pasado días de mi edad temprana. Hace muchos años que

no la he pisado; he solido, en verano, viajar por Suiza y Alemania; pero

Camila, consecuente en sus hábitos de sabia previsión y buen gobierno,

no quiso dejar en el abandono esa finca, y al residir allí cortas

temporadas, de seguro cuidaría y arreglaría la antigua residencia. Sin

embargo, para cerciorarme--como me sería muy desagradable encontrar

camas duras, vajillas desportilladas y muebles ratonados,--me resuelvo á

visitar á mi hermana, pegando un martillazo á la costra de hielo de

nuestra casi ruptura.

Camila me recibe afabilísima. La mujer práctica ha echado sus cuentas y

comprendido que es inútil y bobo reñir con nadie, á menos que reporte

provecho. Su amabilidad, sin embargo, se asemeja á la que demostramos á

los locos ó semilocos, á quienes, en opinión de la gente, no se debe

«llevar la contraria»; con quienes no se discute. Me invita á almorzar,

y acepto, telefoneando á mi hotel para que no me aguarden Desiderio y

Annie. Expongo mis propósitos, formulo mi interrogatorio. ¿Hay en

Portodor siquiera lo necesario? Porque con añadir lo superfluo...

--Lo necesario para ti es mucho, Gaspar--responde melífluamente

Camila.--Para mí, y para la mayoría de los mortales, aquello se halla

habitable, y hasta cómodo. He renovado infinitos trastos; he puesto el

salón de cretonas alegres, francesas, y lo mismo el gabinete. Mira, es

más sencillo: tengo el inventario; te lo doy, y tú señalas en él lo que

falte. ¿No te acuerdas de que hace cuatro años se gastaron allí algunos

miles de pesetas, que tú pagaste, claro, porque la casa es tuya? No

creas que vas á meterte en un palomar. Donde yo paso, pongo orden.

Apareció el inventario, un cuaderno de pliegos de papel de barba, de

letra redonda, española. Estaba firmado por el mayordomo de

Portodor,--todo en regla. Lo guardé en el bolsillo, y descascarando una

mandarina, invité:

--Sabes, Camila... Me alegraría de que te animases á la temporada en

Portodor... ¿Por qué no, dime?

Ella, con los gajos de otra mandarina entre los dedos, sonrió y me echó

una ojeada de soslayo.

--Hijo mío... eso no me lo pidas. Sería difícil complacerte.

--Pero, ¿por qué?

--¿No te enfadas?

--No. Palabra de honor. No me enfado; di lo que gustes. Hace meses que

no me diriges ninguna observación, y ya me saben tus reparos á fruta

nueva.

--¡Gracioso! Pues... porque no me gusta autorizar ciertas cosas; basta y

sobra con lo que se dice, sin que yo...

--¿Se dice? ¿De mí?

--De ti, y de la inglesa.

--¡Bah!

--Y no es eso sólo... Hay quien muerde á propósito de la inglesa y de

ese preceptor que tomaste, supongo que para la inglesa, ¡puesto que el

chiquitín, por ahora..!

--¡Pch..!

--Bueno; allá tú; yo no digo ¡pch!; yo estimo mi reputación y mi

formalidad, Gaspar querido. Si fueses viudo, y si el chico fuese tuyo de

verdad, la gente no comentaría el personal de servicio que eligieses.

Como les extrañó tanto lo del chico--y no era para menos--tienen fija en

ti la vista; me sacarían á tiras el pellejo si viviésemos juntos una

temporada. Por otra parte, criatura, la miss es conocida; ha servido en

casa de los Altacruz, y coqueteaba con Alfonsito, el hijo mayor, y sus

amigos; parece que pica alto y que se ha propuesto casarse con un

español de fuste. Todas estas _carabinas_ se proponen otro tanto...

--¡Ssss!--desdeñé--. Lo que es conmigo... Por otra parte, estoy

encantado de su servicio, Camila. Es un cronómetro inteligente. La he

subido el salario.

--Pues amén... Yo no tendría un aya así, bonita y que se las trae... En

fin, iré á Portodor cuando regreses á Madrid con tu tropa; ¿supongo que

pasarás allí Julio y Agosto?

--Me lo figuro... Según le siente á Rafael.

--Mira--articuló Camila sirviéndome café galantemente--, lo que puedo

hacer es ir á verte un día desde el balneario de San Roque. Yo no

necesito las aguas, pero Trini desea que la acompañe. ¡Pobre Trinita!

Padece neurastenia, desórdenes..., algo que á veces proviene de estados

de ánimo especiales. Como hay escasamente dos leguas de San Roque á

Portodor, si se anima Trini, iremos á pedirte de merendar.

--Iréis á almorzar; no faltaba más. Es una jornada.

--Veremos, veremos... Ha de ser una excursión sin ruido, de las que en

verano pueden hacerse, porque nadie se fija... Ya te escribiré desde

allá, si vamos--que todavía no está Trini resuelta; dudosa anda entre

esas aguas y otras de Baviera, muy elegantes y muy confortables...

Oye--añade Camila--, quiero que sepas que me he traído de Portodor unas

sillas antiguas, Imperio, preciosas; me dieron lástima allí; son las del

gabinete. ¿Deseas llevártelas? Te llevarías lo tuyo...

--¡Qué disparate!... Son tuyas antes y ahora.

Con esta cordialidad nos despedimos. Salí despreciándola como nunca, en

una crisis de sarcasmo reprimido que, al verme en la calle, se reveló

por una carcajada que hizo volverse á un aprendiz de zapatero, portador

de un par de botas flamantes de caña mastic. Para Camila, bienes y males

están en las bocas y opiniones de los demás. ¡Y qué recurso tan pobre el

de la supuesta enfermedad de Trini! Será algún infarto al hígado, de

tanto apretarse el corsé... Cátate que me la quieren pintar desmayada de

amor y ternura...

Empiezo mis preparativos; doy mis órdenes. En los días que preceden á mi

marcha me dedico á recorrer, por despedida, algunos de los sitios

habituales: Ateneo, café, cervecería, teatros, corros de trastienda de

anticuarios y libreros de viejo. No soy misántropo; soy _diferente_, lo

cual no me quita la sociabilidad. Hasta concurro, una vez al mes, á

ciertas tertulias de las que mi hermana frecuenta, y escucho las

conversaciones, estudiando mucho al hacerlo, deleitándome en el curioso

contraste de la charla oficial y la historia auténtica que se conoce...

Debió de ser en un teatro, en los pasillos, donde me hablaron de

Desiderio. Hurones, periodista de esos que podrían biografiar cruelmente

á Madrid entero, que sólo hablan para murmurar, y en desquite sólo

escriben alabanzas, me interpeló:

--¿Y qué tal Solís? Está ahora mejor de la cabeza? Cuando usted se lo

lleva, señal de que el pobre chico habrá sanado.

--No lo crea usted--respondí con perfecto aplomo--. Enfermísimo

continúa.

--¡Vaya por Dios! Pues yo supuse que era la... la escasez... lo que le

tenía... así. Le conocemos mucho en la redacción; traía artículos y rara

vez se le aceptaban, ni gratis, porque, ya ve usted, los nombres

nuevos... El público exige firmas acreditadas... Los artículos que se le

tomaron (aquí Hurones bajó la voz) fué porque se me figura que el

director le cogió un poco de asco á Solís, que es muy violento.

--Ya, ya lo he advertido--respondí, consecuente en mi sistema de darme

por informado, para que Hurones no se replegase--. Es un carácter

impulsivo, de esos que pueden conducir á ¡qué sé yo!: hasta á monomanía

homicida...

--Ajá! Eso, monomanía homicida... No me acordaba del nombre técnico. ¡Si

dicen que varias veces quiso matar á... no sé cuántas personas! Y un día

hasta nos trajo un artículo ponderando el goce que al matar se siente...

De modo que, para saberlo de cierto, á alguien habrá escabechado... El

director, naturalmente, devolvió el tal artículo; se nos hubiesen dado

de baja infinitos suscriptores!

--Pues, además de la manía homicida, tiene otra muy mala: la

suicida--afirmé intrépido.

--Ah! Eso nos consta á los del periódico... Quiso arrojarse por el

viaducto y se lo impidió el guardia. El lo negó, pero...

--Pero... es el Evangelio. Y en otra ocasión se envenenó, sólo que llegó

á tiempo el contraveneno--asentí imperturbable--. Hasta tiene en su

cuarto un sable japonés, de los de abrirse la barriga.

Hurones me miró con recelo y escama, olfateando burla.

--Pues ¿cómo le conserva usted en su casa y al lado del niño? No teme

usted..?

--Es una experiencia psicológica que hago--declaré fríamente.

--Será una buena obra... El ha de sanar, con tal que coma y tenga

remediadas sus necesidades. Sin embargo, en su pellejo de usted, yo no

viviría descuidado. No se sabe...

Es imposible que exista en el universo persona cuya opinión me importe

menos que la de Hurones; todavía me creo más predispuesto á seguir una

prudente indicación de Camila. No obstante, la noche en que me dijo las

anteriores tonterías, cavilé buen rato á solas. Eso de estar ó no estar

sano de la cabeza... ¿dónde habrá una frase tan holgada y tan ambigua?

¿No dirán de mí lo mismo? Camila lo cree; para ella soy ni más ni menos

que un temible perturbado... cuando, en el terreno de la acción, soy un

excelente sujeto, que á nadie molesta y que ha recogido un huerfanito y

le mima y educa. Nunca comprenderán los pobres diablos sin substancia

gris el cerebralismo, donde nos refugiamos, porque justamente nuestros

actos no corresponden, no pueden corresponder con nuestros ensueños. Una

noche en que Desiderio--hambriento, con la bolsa vacía, aterido de frío

bajo el terno de verano, de odiosa lanilla nacional, que no había podido

sustituir por un paletó acariciador y denso--pensó estoicamente en

sensaciones supremas, en goces extraños y embriagadores que el dinero no

compra, se acordó, sin duda, de que hay perversa y diabólica ventura en

extinguir la vida (mayor, quizás, que en crearla); apacentó su espíritu

en lo que yo lo he apacentado con tal frecuencia, en lo estético del

morir y del matar, raíz de toda belleza, esplendor del heroísmo,

justificación de la bajeza del vivir--y, seducido por la magnificencia

íntima de su idea, la ha garrapateado en cuartillas (estos debilitados y

mal alimentados no saben retener el pensamiento arcano, el secreto que

es para nosotros) y ha llevado las cuartillas á una publicación.

Naturalmente: susto, alarma, anatema para el protervo... Y, en él, la

idea, disuelta ya en el acto--porque escribir es modo de hacer, y los

que menos realizan las cosas son los que las han confiado al papel,

quedándose libres de la sugestión.--Escritores castos cultivan el

erotismo; escritores bondadosos, la truculencia y el crimen. Pasamos por

tres estados sucesivos: pensar, decir, ejecutar. Contados hombres

simultanean los tres estados. Desiderio ha escrito; luego no hará cosa

ninguna. Jugaremos con el pensamiento grave y sublime de la muerte;

rondaremos su negra puerta--sin entrar... Nos hará señas su mano de

marfil--marfil óseo; nos llamará la elegante diestra gótica, sin

carne--y responderemos que somos platónicos amadores, que la suspiramos

desde lejos... ¿Cobardes? No; pacientes. Ella vendrá...

--¿Tadeo?

--Señorito...

--¿Has puesto en el equipaje camisas de vestir en cantidad?

--Van todas.

--¿Te acordaste de la tienda portátil para los baños?

--La ha facturado el mismo dueño del establecimiento en que la compré.

--¿Empaquetaste los licores?

--Un cajón está armado.

--¿Los libros?...

--Cinco cajones.

--¿Has dicho á miss Annie que la ropa blanca del niño irá en maleta

especial, dedicada sólo á eso?

--Lo sabe, señorito. Descuide.

--¿Surtiste la caja con la plata para el servicio de mesa?

--Hasta del juego ruso para el té me he acordado.

--No dejes de llevar provisión de té de la caravana.

--Y café del mejor va también.

El ayuda de cámara intenta retirarse; pero le detengo con otras

inquietudes de bienestar, de capricho.

--Compromete el _sleeping_... Echa en la caja de los vinos unos botes de

confitura inglesa de ruibarbo para miss Annie... Las botas de charquear,

el anteojo marino... Pantallas para las bujías en la mesa...

Ya llega á la antesala, en retirada, y le grito:

--Mis armas, mi máquina de fotografía... ¡Oye! Cinco ó seis juguetes

mecánicos bonitos para ir sorprendiendo á Rafaelín...

La Sirena Negra · 第 13 / 20 题