Me ha servido de distracción el arreglo de mi nueva morada, un hotelito
riente, con regular trozo de jardín, en calle solitaria y nueva. Lo he
adquirido, lo he destripado, lo he dispuesto á mi manera, agregándole un
ala, y acabo de instalarme en él.
A planta baja, un salón, la biblioteca, el comedor, una antesala; en el
principal, mi dormitorio, mi cuarto de baño, mis servidores; en el
segundo, las habitaciones de Rafaelín y de la inglesa que le cuida; las
dependencias, cocinas, _office_, en el ala agregada; y la cochera, en un
pabellón al extremo del jardín, con entrada independiente. Es curioso
que los hombres más distintos por dentro de la mayoría de la humanidad,
sean tan previstos y tan gregarios en la mayor parte de sus
exteriorizaciones. Apenas terminado mi nido, caigo en la cuenta de que,
como los pájaros, me he sujetado á la regla general, al hábito, y que si
Camila, con todo su normalismo, fuese la directora de mi instalación, no
la haría de otro modo.
El hábito tiene una fuerza singular. ¡Me ha costado trabajo separarme de
Camila! Todas las incompatibilidades de carácter que con ella me
reconozco, todas las impertinencias de su cominería fiscalizadora, no
impidieron que sintiese un penoso hormigueo llegado el momento crítico
de la escisión. Ella, por su parte, demostró que la pesaba gravemente
quedarse sola, y, con la expresión del que dice «ahí viene la primavera
médica, habré de purgarme» murmuró: «Será preciso casarse otra vez. No
está bien una mujer, sin arrimo, entregada á sí misma...»
Trini, que vino á almorzar más á menudo los últimos días de mi estancia
en la casa fraternal, anduvo unos días con los ojos encarnados y las
mejillas tocadas de palidez, allí donde suelen abrirse las rosas.--Por
señas, que no estaba ni pizca de guapa así. El llanto puede hermosear á
las mujeres de líneas correctas y nobles; á las carirredondas las echa á
pique. Parecen la luna en caricatura.
El golpe, para Camila, es tremendo. ¡No sabe cómo explicar á sus
relaciones lo sucedido!--«Diles la verdad»--indico yo, siempre
irónico.--«Les diré que has tenido un arrechucho á la cabeza»,--contesta
ella, siempre hostil. «¡Qué quieren ustedes!», suspirará mi hermana en
casa de las gutibambas de Roa, de las presumidas de Granizales, de las
cenaaoscuras de Moncada, de las viejas carcomidas de Urizalén.--«¡Cosas
que, cuanto más se piensan, menos se entienden!» Y las amigas
cuchichearán:--«¡Vaya por Dios! ¡Ya, ya es fastidio! ¡A nadie le faltan
contrariedades!...» Y la mayor de Urizalén se volverá hacia la menor,
exclamando:--«No sé, Lola, lo que habrá debajo de todo eso... A la
fuerza el chico es suyo...» «A la fuerza, Antoñita», repetirá Lola, que
siempre opina como su hermana. Y Camila, plegando la frente, sacudiendo
la cabeza, pasará la mano enguantada por el manguito de chinchilla,
mientras la acercan una mesa volante para que tome el té con
comodidad...
De suerte que tampoco las vejezuelas admiten que mi conducta tenga más
móvil que la paternidad física. Imposible hacerlas comprender que se
pueda ser padre de otro modo. De suerte que los Santos de entraña
paternal, los que engendraron con el espíritu, los Las Casas, los
Vicentes de Paúl, la salada y celeste Jorbalán, pura, honestísima, que
llamaba «mis chicas» á las prostitutas recogidas en el arroyo--habían,
sin duda, «tenido que ver...» ¡Miseria, brutalidad humana! Y el
cristianismo es letra muerta, texto arrinconado, para las señoras como
mi hermana--para la inmensa mayoría de las gentes.
Si el cristianismo no fuese letra muerta... En fin, dejémoslo, que yo
tampoco estoy bañado en esa miel, en esa leche de bondad, en ese olvido
de sí propio, acaso el único preservativo contra la fascinación de los
dos abismos negros que desde el fondo del río me magnetizaban... La
fuerza de vivir ¿no eres tú quien la lleva y la reparte con tus manos
horadadas, mártir Nazareno?.. Por no pedírtela, yo la busco,
egoístamente,--en esta criatura...
No sé si he dicho cómo es. Debo confesar que una de las razones
escondidas de mi preferencia por la paternidad espiritual es que me creo
incapaz de amar á un niño feo, aunque haya salido de mis venas. Un rapaz
con cara picuda ó chafados morros, una especie de monuelo ó tití, de
patas zambas y brazos sin proporción; un giboso, un bizco... no, no me
parecerían hijos nunca. No habiéndolos deseado así, serían fruto sólo de
prosaica aproximación: el ideal nunca echaría flores en mí para ellos.
Rafaelín es moreno. Su testa, de amorcillo pagano, empieza á coronarse
de sortijas que un lírico griego compararía á oscuros racimos de vid. La
luz de su mirar alumbra y calienta á la vez las facciones, y las dos
mitades de guinda de los labios se apartan dejando ver los dientes
lechales, completos, diminutos y húmedos de fresca saliva. Sus
manizuelas hoyosas tienen el candor amante, el gesto de bendición tierna
de las manos del Niño Jesús, que acaricia á San Antonio de Padua. La
conformación de Rafaelín es perfecta; su cuerpo, un modelo para
escultores de infancias divinas. Cada uno de sus gestos rebosa gracia, y
la travesura lozana de los chiquillos sanos. Adora la limpieza y reclama
el baño él mismo--caso raro, afirma la inglesa, en _babies_ de los
países meridionales--. Ha preguntado varias veces por su madre, y un día
lloró sin consuelo por ella, porque no venía, y pidió, en su lengua de
trapos, que le llevasen adonde está ella, sin sospechar lo trágico de la
petición. Pronto, sin embargo, se disipa la preocupación; el menor
incidente, un juguete, lleva su pensamiento fluido, sin consistencia,
hacia otra parte. Una observación curiosa es la precoz afición de
Rafaelín á la música. Su vivacidad se aquieta horas enteras si oye tañer
ó cantar. Esto lo he averiguado porque el ayo de mi hijo tiene algo de
artista; toca el violín, el piano--sin pretensiones de virtuosismo,
pero con sentimiento.
Contra estas aficiones musicales tan tempranas de Rafael ya estaré yo
vigilante, en guardia, para prevenir la ridiculez funesta del niño
fenomenal. Le quiero niño natural, llevado de la mano por dos ángeles
protectores: el ángel de la higiene y el ángel del juego. Anhelaría
embutir sus nervios en sus músculos, como se envaina un arma peligrosa y
de envenenado filo en un forro de grueso cuero resistente. A veces sueño
para la criatura un atletismo que, mediante la ley de adaptación, le
reduzca el cerebro y le convierta en uno de esos dioses bellamente
estúpidos, de cabeza menuda y pectorales y biceps soberbiamente
desarrollados, que nos legó un período del arte helénico.
De estos planes hablo detenidamente con el futuro ayo, muchacho muy
intelectual, que propende á la idolatría cerebralista y al orgullo de la
razón. A bien que tengo tiempo de estudiar las manos en que va á caer mi
chico, pues, por ahora, no quiero que aprenda ni el abecedario.
Su dueña, actualmente, es la inglesa, miss Annie Dogson, de lo castizo
británico, más institutriz que _nurse_, que se limita á presenciar y
dirigir el aseo y tocado de Rafael, hecho como antes por Marichu. Es
decir, como antes no: la inglesa ha cambiado todos los métodos y
sistemas de la bascongada, que lo sufre agriada é impaciente. El cuarto
donde se practican las operaciones de aseo es un primor: miss Annie lo
ha amueblado á su gusto, con cretonas Liberty, lacas blancas, estantes
de vidrio y lavabo y baño de la misma materia; sabias tuberías reparten
agua á capricho de temperatura, y armarios de formas ingeniosas
encierran una ropa blanca admirable, venida de Londres, que alegra la
vista. Voy algunas veces á gozarme en ver restregar y purificar á mi
hijo. Escena encantadora que halaga mis instintos de ultrarrefinado,
nunca enteramente satisfecho del semi_confort_, estilo clase media, que
se permitía mi hermana. Miss Annie, con delantal níveo, manda la
maniobra. El niño sale del agua como el capullo sale de la lluvia fina
que le refresca. Su cuerpo es un santuario. Ha crecido visiblemente; ha
aumentado de peso; en la calle, la gente se vuelve para alabar su
gentileza; cuando le llevo en coche á la Castellana ó á la Casa de
Campo, leo en las miradas una efusión de simpatía hacia el bello muñeco,
vestido originalmente, con tufo de extranjería y de _highlife_, por el
sastre de niños que trajea á los príncipes de la familia real inglesa.
Camila, que no ha puesto los pies en mi hotel desde mi instalación, pasa
en su berlina, se cruza con nosotros y, sin poderlo remediar, detiene la
mirada en la hechicera figurilla. El niño tiene _chic_... Para el amor
propio de mi hermana, que el niño tenga _chic_ es género de consuelo.
El ayo en ciernes, y por ahora inútil, se llama Desiderio Solís. Es
posible que al traerme á casa á este mozo obedeciese yo, sin saberlo, á
un sentimiento que no quisiera cultivar ni que nadie me atribuyese: un
impulso de beneficencia, de compasión, el saborete de hacer feliz á
alguien. Todavía me desagrada más tal género de deporte cuando lleva
ribetes de interés y de conveniencia. Al favorecer á Solís, si por ahí
me daba, no debí señalarle obligación alguna, Cierto que viene á ser
como si no se la hubiese señalado, puesto que es honorario su cargo, y
hasta dentro de tres años, lo menos, no darán principio sus tareas. Sin
embargo, como le he dicho que es preciso que se prepare debidamente, que
se empape de pedagogía moderna y que antes de tener alumno tengamos
profesor--el hombre está sujeto por una cadena dorada; su tiempo me
pertenece, no es libre...
El tal Desiderio Solís--yo al pronto creí que este nombre fuese un
pseudónimo literario--pasaba, cuando le conocí, una crujía negra de
miseria y de arbitrios equívocos para combatirla. No realizaba ninguna
acción penada por el Código, pero estaba en ese resbaladero en que la
necesidad apremiante puede inducir al robo si no hay altivez, y al
suicidio si la hay. Como muchos proletarios intelectuales, Solís,
cargado de conocimientos, se había encontrado en el arroyo, sin medio de
dar empleo á sus aptitudes, sin saber á qué aplicar las sabidurías ó los
lugares comunes de información almacenados en su cabeza. De los tales
proletarios, la mayor parte posee cultura de remiendos, con agujeros y
carreras de puntos de media usada: Solís, sujeto á disciplina en el
estudio por un tío que era catedrático y que tuvo al sobrino á su lado
siempre, mientras vivió, había aprendido con método y orden, y combinado
dos clases de estudios que rara vez se juntan: el de los clásicos y la
Historia, impuesto por su tío, y el de los autores novísimos y las
recientes tendencias, á que le llevaba su afición. Su cabeza, de forma
algo prolongada, era un almacén, y, cosa más insólita, al lado de tanta
noticia, fecha y hechos, sobre el matorral espeso del memorión atestado,
saltaba un chisporroteo de ideas, muchas no previstas y algunas
realmente originales. Justamente el rencor, la protesta de Desiderio
Solís contra la suerte, en eso se fundaban: en que mientras él se roía
los codos, veía solicitados y pagados escritores que no poseían otro
mérito sino aquella elocuencia vacía que aparenta decir algo y no dice
nada; que recocían y recocían el mismo duro garbanzo, y después lo
freían y lo sofreían con picadillo de cebolla de repetición,
aderezándolo luego y escondiéndolo en soplado _vol-au-vent_ á fin de
que no se adivine lo casero y burgués del manjar. Y de este rencor temo
que no le ha curado ni medio aliviado el fortunón--para él tiene que
serlo--de entrar en mi casa. A pesar de haber encontrado en ella
alojamiento confortable de todo punto, y no despreciable sueldo, Solís
continúa acedo, quejoso de su destino. Tal vez ve en el puesto que le ha
caído de las nubes la humillación de una especie de domesticidad.
Por este descontento exigente, que no lleva trazas de desaparecer, me
agrada más el ayo. Confieso que le hubiese mirado con algún desprecio
si, propicio al yugo y satisfecho con el pesebre colmado, se hubiese
reclinado muellemente en la litera de fresca paja. Solís aparenta todo
lo contrario: en frases sueltas deja entrever la añoranza de sus hambres
y libertades bohemias, y hasta lo dice en artículos que le admite algún
periódico trasconejado, y que yo he sorprendido. El ansia de
independencia es en él una especie de obsesión.
Si yo fuese como el vulgo, el análisis que empiezo á hacer del carácter
de Solís me alarmaría, y recelaría dar á Rafaelín un director
semejante. La grey suele preferir á los ayos por sus condiciones
borreguiles; cada día escasean más los preceptores verdaderamente
intelectuales, especie que abundó entre los enciclopedistas del siglo
XVIII y que parece haberse perdido. Sea que los hombres de talento
tienen hoy más ambición y desdeñan tales funciones, sea que la clase
alta y pudiente que paga ayos ha tomado miedo á la capacidad, ello es
que el tipo del gran profesor desaparece, y quedan dómines apaisados que
practican la enseñanza por recetas, ó pedantes extranjeros, que se dicen
personajes en su país y á escondidas gastan papel de cartas con blasones
de nobleza. De esta peste véame yo libre. Como elemento extranjero, me
basta miss Annie, que realmente entiende á maravilla el riego y cultivo
de la planta humana. La tierna plantita confiada á sus cuidados echa
rama, se enfresca y lozanea. No me gustan, en cambio, otras condiciones
de Annie. Paréceme coqueta al estilo de su tierra, á lo puritano, y con
buena dosis de vanidad y aprecio de sí misma; es ultraexigente para sus
comodidades, es despótica, intransigente en las horas y reglamento del
chiquillo, pero cumple su deber de puericultora con la estricta
exactitud que es una de las formas del orgullo británico; y el chico no
florecería en manos de Marichu la excelente, como en las de la inglesita
de rubio moño y tez de papel satinado.
Así y todo, yo deseaba conservar á Marichu eternamente; pero he aquí que
se despide. Brusca y llorosa entra en mi despacho á espetarme que ella
no quiere obedecer á una como Annie, que no va á misa, que es hereje.
--¿Qué te importa, Marichu? Ve tú á la iglesia cuanto te parezca; Annie
también va, sólo que á una iglesia suya, á su modo.
--Una iglesia pícara, de herejes. Y el señor de Solís, pues, tampoco á
misa va.
--No parece sino que tu antigua señora, mi pobre Rita, era alguna monja.
--Monja no era, pues, infelís; pero á misa ya iba, y resos sabía, y
murió en grasia, con cura y todo. Al pobre de Rafaelín hereje le
volverán, si la Virgen lo consiente. Ya irá á ver el señorito que estos
así mala gente son, disgustos tendrá, pues... Yo me marcho; acomodo
había buscado. A Rafaelín quise darle un beso en los carrillos y la
inglesa me aparta así--la bascongada me cogió por el hombro imitando el
movimiento seco, rígido, de la _miss_--y va y dise que á los niños ahora
besos no se les deben dar, que se les pegarían males... Males ella podrá
pegar, que yo sano tengo todo, y el alma muy saludable. Siempre á los
chicos he visto besar yo, pues, en mi tierra, y aquí lo mismo. Besarse
hombres y mujeres sí será vergüensa; á los niños, ángeles del sielo, no.
Así es que me voy, señorito; y perdone las mil faltas...
--No, Marichu; perdóname tú--respondí cariñosamente--. Ven á verme
alguna vez. Toma, criatura, para que te compres un buen reloj, si
quieres...
La propina fué pingüe, y en mí quedó un reconcomio, una lamentación de
perder tan leal criada, y una espina de duda y sospecha. ¿Acierto en lo
relativo á Rafael? ¿Le rodean elementos convenientes para la formación
de su espíritu? Y me propongo observar, observar (con el interés
vehemente que produce en mí la observación) á las institutrices y á los
preceptores.
X
Cuando retraso la hora de levantarme y me dejo estar arropadito en la
cama, hay días en que experimento una impresión como de hogar, hogar
mío, propio. Es que me traen al niño para que me dé un beso.
Solís se encarga de esta ceremonia, incompatible con el pudor de la
inglesa. El niño se me presenta ya hecho una lechuga, oliendo al jabón
Pears y á los vinagres caros y deliciosos que he mandado venir para su
tocadorcito. Trepa por mi cama arriba y me abofetea á sus anchas,
hartándome de caricias zalameras. Yo, riendo, procuro despertar en mi
corazón el abandono de confianza, la ceguedad amorosa que inspiran los
hijos de nuestra carne. El día en que noto á manera de una pared
invisible entre la criatura y mi alma; el día en que, á pesar mío,
murmuro sordamente «esto es una comedia de familia», estoy de murria la
mañana entera.
Ha sido siempre uno de mis padecimientos íntimos, de que no es posible
quejarse y que no veo medio de remediar, este defecto ó este exceso en
mi funcionamiento cerebral: la repetición de ciertas frases
insignificantes, mezquinas, por lo común irónicas contra mí mismo, que
se me clavan en el magín y que, como cansados estribillos, repito sin
voz, mudamente, con insistencia insufrible. Ignoro por qué se produce el
fenómeno, é ignoro cómo contrarrestarlo. Hay coplejas de sainete; trozos
de música murguista; cláusulas tontas de conversaciones ajenas; dichos,
por ejemplo, de Camila, de cuya obsesión no acierto á verme libre. En mi
involuntaria cerebración entran también los nombres raros, motes y
apodos que doy, sin querer, á cosas y personas,--y por los cuales las
conozco, interiormente, mientras olvido sus nombres verdaderos. Lo de la
_comedia de familia_ lo tengo ahora metido en no sé qué casilla, sin
acertar á desalojarlo. Cuando presido la mesa observando los movimientos
de Rafael y admirando el minucioso esmero con que Annie le hace comer
limpiamente y corrige sus menores defectos de _tenue_; cuando, servido
el café, me arrimo á la lumbre encendida, y el niño, á pasito corto, se
me acerca y pone sus labios en mi mano, balbuceando la primer frase
británica: _Bless my, good father_... todo este gracioso aparato de
ternura y respeto despierta la voz sorda, la voz muda: «Comedia de
familia!»
--¿Acaso--discurro--no hay algo de comedia, no hay un histrionismo
involuntario en los actos más serios y más sinceros de la vida? ¿No
preparamos con arte (y qué es el arte sino perpetua comedia) las
protestas de amor, las demostraciones de amistad y hasta las
manifestaciones del dolor, que debieran ser tan inconscientes como el
grito que el mismo dolor arranca? ¿Dónde está la santa inconsciencia?
¿Dónde el olvido de nosotros mismos?
De estas cosas y de otras converso con Solís. Como deseo conocerle bien,
prescindo con él (en cierto límite) de mi reserva. Se ha roto entre
nosotros el hielo; hasta discutimos; y, sin embargo, no nos une ningún
vínculo de afecto: nuestra comunicación es del corazón para arriba, en
absoluto. En ambos domina el cerebro, acaso influído por los nervios, y
en ambos existe, creo haberlo notado, igual desconfianza de todo, igual
sentido escéptico y pesimista,--para dar á estos males su nombre vulgar
y resobado, y que, realmente, nada expresa de lo más hondo de su
inquieta zozobra.
Fué muy lenta en establecerse esta comunicación. Encerrado él en su
mutismo de asalariado soberbio; habituado yo á esconder como un tesoro
el doble fondo de mi pensar,--las relaciones se iniciaron en pie de
sequedad y glacial cortesía, actitud que, si no se corrige en los
primeros ocho días de contacto, corre ya peligro de eternizarse ó de
convertirse en acerba hostilidad, á poco que los temperamentos sean
refractarios. Una reflexión que me hice contribuyó á suavizar mi gesto;
discurrí que el deseo de adherirme á la vida mediante la comedia, ó lo
que sea, de la paternidad, me impone también la ley de acercarme un poco
á mis semejantes, de salir de mi propia caverna, como el oso de las
épocas primitivas se echaba fuera de su espelunca á caza de frutos y de
miel silvestre.--¿Qué me costaba intentar la prueba? Dicen que es tan
bueno eso de contar á otros lo que nos pasa!.. Además, yo sabré evitar
el relato necio de mis cuidados íntimos. Hablaré con astucia, para
registrar el pensamiento del preceptor sin abrir el mío...
A toquecitos, sin prisa, á esas horas perdidas en que ningún quehacer
apremia, voy penetrando en la mentalidad de Solís--penetrando todo lo
que él me consiente, que, á la verdad, es poco. Se defiende, se emboza,
se encastilla en las moradas interiores--como supe encastillarme yo con
Camila, con Trini, con los amigos de círculo, cervecería y café--.
Comprendo, sin embargo, que esto no lo hace por reserva, sino cohibido
por la idea de que la clase de relación entre nosotros veda las
expansiones. Entonces le insinúo que, justamente, si he buscado para
Rafaelín, que, por ahora, no puede empezar á educarse, un profesor
intelectual,--es para tener alguien con quien hablar de mis lecturas y
entretener las horas de las tardes de invierno en que llueve y, captado
por la chimenea, no hay ganas de echarse á la calle.
Solís lee mucho; es un tragalibros desenfrenado. Se habla de los
beneficios de la cultura, y no sé (es una de mis graves incertidumbres)
si no debiera pensarse en los efectos de las intoxicaciones librescas.
Es imposible que esta sobresaturación cerebral no gaste las fuerzas de
resistencia del hombre contra el Misterio. La percepción confusa del
Misterio, al hacerse aguda, causa vértigo insano. «Quien ciencia añade,
dolor añade», dijo el soberano poeta hebreo; y una comprobación de esta
creencia mía la hallo en el estado de alma del otro torturado (que
debiera sentirse dichoso, puesto que ha resuelto, gracias á mí, el
problema de la vida material). Una vez más logro cerciorarme de que la
solución de la vida material carece de importancia: que el dolor está
más adentro.
--¿No se le ocurre á usted--pregunto á Solís--que los autores de muchos
libros que leemos nos quieren mal, y deliberadamente nos causan
disgustos?
--No, señor--contesta Solís--. Lo que creo es que son unos inocentes,
unos niños de teta. De lo grave, de lo terrible de nuestro sentir, no
dan idea los libros, como no la dan los novelistas ni los autores
dramáticos de las verdaderas novelas y de los verdaderos dramas que se
tejen en la vida. Si yo encontrase un libro tan amargo como un alma,
proclamaría á su autor el genio más sublime! Sólo el _Eclesiastés_...
Convinimos en que sólo el _Eclesiastés_, y acaso Job, se acercan un poco
á lo que «anda por dentro». Es raro que en épocas que nos parecen
primitivas se escribiese ya «Mi alma aborreció mi vida»; la frase más
exacta y profunda que cabe escribir... Indudablemente no hemos inventado
cosa alguna en esta materia, y si absorbemos con avidez el libro nuevo
es por esa curiosidad irritada del estético que visita una Exposición
moderna, seguro de que no encontrará allí ni la _Primavera_ de
Botticelli, ni la _Ronda_ de Rembrandt. La historia nos refiere dramas,
sin cuento, pero son dramas por fuera; el drama de la conciencia es
siempre el mismo.
--Con todo--el objeto--, hoy, no cabe duda, la gente se suicida más que
en otras épocas.
Solís se rasca el mentón la lampiño y columpia el pie derecho: tiene
este _tic_ cuando cavila, y dos ó tres veces he visto á la inglesa, que
pesca todas las incorrecciones, fruncir el rubio ceño al notar este
vicio del profesor. Después dice, como resbalando:
--Bah... Hay muchas maneras de suicidarse. Hay varios géneros de vida
que suprimir. La vida se suprime en el ascetismo, en el cenobio, en los
campos de batalla. Tanto como se ha guerreado y tanto como se ha llorado
de penitencia, se reduce á eso: suprimir la vida y dar culto á la
muerte.
--Sí; los antiguos la miraban como á una bienhechora.
--Y á mí se me figura que acertaban. La malhechora es la vida. Vivimos
entre incertidumbres, errores, enfermedades, necesidades, pasiones,
engaños. Todo miente, quizás, menos _ella_. ¿Cuánto más cruel es, por
ejemplo, el amor?
--¡También éste la llama _ella_!--discurrí yo, sorprendido--. Por una
contradicción de que pocos hombres se eximen, el encontrar en Desiderio
Solís mis propios sentimientos me molestó. En primer lugar, yo tenía mi
orgullo de pensador solitario, superior á la muchedumbre, y me amenguaba
á mis propios ojos el formar parte de una grey, aunque no fuese de la
grey común, sino de otra más reducida y selecta. En segundo lugar, estos
pensamientos, que en mí no me parecían peligrosos, en el futuro
preceptor de mi hijo me alarmaban terriblemente. Claro es que nadie
enseña ciertas doctrinas á un chiquillo, y yo no ignoro que determinadas
ideas son poco comunicables; ó brotan de suyo, ó no nacen aunque las
siembren á boleo. No obstante, las almas trasudan y rezuman, en
cualquier ocasión, su hiel ó su miel... ¿Convendrá para Rafaelín un alma
de miel y cera, un alma continente, casta, dulce, impregnada de aromas?
¿Un alma de abeja ebria, que cree en el dulzor porque lo lleva consigo?
Con más ahinco que antes fijé mi lente en el joven ayo. Empecé por
desmenuzar su tipo físico. Debe de proceder de familia hidalga (el
apellido lo indica) porque tiene las manos delicadas, largas de dedos,
como las de ciertos retratos del Greco, y los pies estrechos y bien
curvos. Su busto es mezquino, sus piernas carecen de gallardía, sus
muslos no se acusan, su cuello es flaco, pobre. La cabeza, oblonga, arde
en vida psíquica; la mirada, demasiado fija, es difícil de sostener; la
nariz es irregular, algo torcida, y la mandíbula saliente. El pelo se
insubordina; algunos mechones crecen en sentido contrario. Ha debido de
sufrir privaciones en la edad del desarrollo, y su figura es, como la de
tantos españoles estudiosos y que ni se bañaron ni comieron ni jugaron,
una figura frustrada. El bigotillo da á la cara cierto aire provocativo,
juvenil. La frente huye hacia el occipital--señal de desequilibrio--.
Viste desgarbadamente, y no es pulcro con exceso; malos hábitos de
bohemia subsisten en él; miss Annie suele hacerle observaciones
agripunzantes cuando le ve tirar al suelo la colilla del cigarro, ó
apagarla en el platillo de su taza de café, ó escarbarse con el palillo
las encías, ó usar el cuchillo indebidamente, ó echar migas en el
mantel.--«Oh! aoh! Míster Sólis!»--murmura ella; y él, enfurruñado,
impresionado, se corrige.--«Miss Annie, no eduque usted solamente á
Rafaelito... Yo soy otro niño á quien tendrá usted que enseñar...»--Abundo
en el sentido de la inglesa, porque soy pulcro, y con la edad madura, mi
pulcritud va degenerando en quisquillosa manía. He puesto á disposición
de Desiderio Solís, dos horas al día, á mi propio ayuda de cámara,
Tadeo, ducho ya.--«Tírale la ropa vieja, preséntale otra nueva... Que se
bañe... Que se calce bien; ya sabes que no puedo aguantar la vista de
una bota torcida ó juanetuda...»
Lo extraño es que este mozo, que á veces huele á tabaco frío (tengo
sagacísimo, oh desventura! el sentido del olfato), no demuestra que le
impresione como superioridad mi exquisitez. Se me figura que es él quien
se cree superior á mí; que en el cálculo del valor de hombre á hombre,
rebaja mi primor y exalta su diogenismo. Acaso entiende que dentro de mí
hay vallas, hay reparos, hay recatos, hay respetos, lo que á él le
falta; acaso me juzga piadoso, compasivo, altruista--y él se reconoce
desentrañado, fuerte, más bárbaro y más alto por dentro que yo. Ve que
amparo á un niño huérfano; ve que le hago bien á él, á Desiderio Solís,
sin exigir utilidad en compensación del beneficio... y me toma por un
_buen señor_, explotado, y por consecuencia vencido, esclavo, sumiso
moralmente. ¡Qué satisfacción experimento al conocer que no es así!
Estoy desnudo de compasión, desnudo de bondad, soy exaltado en mí mismo,
despreciador de los otros... Si he recogido al niño ha sido por instinto
egoísta y de conservación; por no dejarme llevar del atractivo que
ejerce sobre mí la Guadañadora. ¿Yo un rasgo sentimental? ¿Yo una
debilidad? Si llegamos á chocar, ya verás, pobre muchacho, cómo me
reviste una coraza, pero interior; las corazas que van por fuera y se
ven, ¡esas enseñan las juntas!
Sólo pensar que se puede tener de mí tal opinión, á pesar de mi desdén
hacia la opinión de los demás, me subleva, me alza borbotones de ira.
Como que yo he puesto mi orgullo en la corrección de mi sensibilidad, la
cual no ha de parecerse en nada á la de la multitud. Ni quiero ser eso
que llaman bueno, ni menos apiadarme de nadie, porque la piedad es un
descenso; el hombre superior es insensible; está revestido de bronce.
Todo cuanto hago, incluso lo que ofrece aspecto de buena obra, hágolo
por propia conveniencia... Así es que me dedico á desarrollar ante
Desiderio mis teorías, demostrándole hasta dónde llego. Me complazco en
sostener que la vida, para mí, sólo tiene el escaso valor, valor
relativo, que tuvo para las ilustres minorías de todas las épocas, desde
los epicúreos griegos y romanos hasta los actuales, más delicados y
artistas, quizás, en sus exigencias de goce. Deseo que sepa que mi
enfermedad es privilegiada y mi mal es el mal de los poderosos. Ansío
convencer, á este único testigo consciente de mi vida privada (miss
Annie no se cuenta, es una utilitaria, una _práctica_ como Camila, pero
al estilo peculiar de su raza sajona), de que guardo depositado y
concentrado el ajenjo que destilaron los siglos en el espíritu del
hombre; de que he calado la existencia; de que conozco la miseria
absoluta de nuestro destino, y que, para mí, vale más el no ser que el
ser.
--Una noche en que dormimos completamente, sin pesadillas ni sueños, es
lo que mejor recuerdo nos deja--le digo á Solís, al colocar otra vez en
mi tántalo (regalo de antaño de Camila, para que los criados no puedan
gulusmear los licores caros, las esencias líquidas que yo uso) la
botellita del Kummel--. Saque usted la consecuencia...
--Ya está hecho--responde él, saboreando su copa con fruición
evidente--. El sueño completo, sin despertar, sería lo mejor de todo. Y
en el despertar no creo... Nuestra vida se va entre una espiral de
humo--añadió, encendiendo desdeñoso el legítimo habano que yo acababa de
ofrecerle.
--No le diré que acaso hay fuego en la sima--discurrí cobardemente--. Me
tendría por timorato.--Sin embargo, buscando una forma que revele
superioridad:--¿No cree usted en el despertar?--interpelo en alta voz--.
Le felicito. El no creer es ya género de fe en algo. ¡Cree usted que no
cree!... una creencia como otra cualquiera. Yo, á la verdad, de eso...
ni sé, ni creo, ni descreo palabra... Creer ó descreer es ofender al
Misterio, única realidad en todo lo que nos rodea. Envidio á usted la
firmeza de su convicción.
Solís, algo picado, paseó el mirar por las brasas de la leña, brasas ya
casi innecesarias, porque Abril se anuncia suave y benigno.
--Convicción no es--murmuró--. Es apatía, ó indiferencia, ó como quiera
usted llamarle. Es que acaso damos por supuesto que la vida encierra un
enigma, y no encierra nada: está hueca. Él fenómeno, la substancia...
vacío todo, como dijo Saquiamuni.
--Apostaría yo--indico, recostándome en el sillón y encendiendo también
en la lamparita de plata martillada el cigarro aromoso, seco, fino--que,
como es usted joven, hay algo que no le parece tan vacío. ¿Ilusiones de
amor, eh?
--¡Ojalá nunca!--responde estremeciéndose ligeramente.
--¿Por qué, amigo mío?--pregunto indiscreto.
--¡Ah! Por nada--responde él, evasivo, encogiéndose de hombros.