VIII

Son en mí tan poco frecuentes los arranques sentimentales; los reprime

tan pronto el cerebro, que aproveché la situación de ánimo desusada en

que había quedado para volver sobre mí mismo.

Tal vez contribuiría á preocuparme la impresión de ciertas palabras y,

sobre todo, del gesto con que Camila las había pronunciado... Era un

gesto sincero (aun cuando Camila adolece de afectación, y muchas veces

miente creyendo cumplir uno de sus deberes sacratísimos). ¿Estaré en

efecto...? Lo que tomo por meditación y análisis, ¿será desvarío de

insania...?

Vuelvo atrás la vista, y abarco mi existencia--no la exterior, que nada

significa ni vale; la positiva, la de dentro--. Exteriormente, yo he

llevado una vida normal y sin tribulaciones de esas que se comentan con

lástima. Mis penas ante el público las enumero así (por el orden de la

importancia que el público les atribuyó):

1.ª Quebranto considerable en unas acciones de minas de antracita, que

bajaron de golpe y que vendí con notable pérdida. Se me creyó arruinado.

2.ª Derrota de mi candidatura á diputado por el distrito de Corbalán. Se

me declaró fracasado.

3.ª Fallecimiento de mi madre.

4.ª Fallecimiento de mi padre.

5.ª Grave afección del estómago, que padecí á los veintiocho años, y que

tardó mucho en aliviarse, después de tratamientos complicados, régimen

severo, prohibición de varias fruiciones y una larga temporada de

oxigenación en el cortijo de mis primos, en Andalucía. La chusma

atribuyó mi gastritis á la lectura y al estudio, porque, como trato á

mucha gente frívola, al que reúne dos docenas de libros y los lee le

juzgan un pozo de ciencia... Yo sé que una crisis de sensualidad

desenfrenada fué la que minó mi salud, acaso para siempre, porque mi

estómago no ha vuelto á recobrar su alegría animal, su feliz humor, su

vigor que reparara las pérdidas del organismo. Hasta me habitué á

dividir mi vida material en dos épocas: antes y después de la gastritis.

Y... ¿qué más de biografía? ¡Todo, todo! La biografía es como los

cofrecillos que encierran joyas; por trabajados que sean, no dicen la

verdad, si no se abren para conocer lo que vale su contenido...

De niño, apenas entré en conciencia, fuí muy triste y muy romántico, y

oculté mi tedio porque mi timidez constituía una enfermedad, y el terror

de las burlas me encogía y me enseñaba precoz disimulo. Convencido

absolutamente de que me moriría al llegar á la pubertad (sin darme

cuenta exacta de lo que _pubertad_ significa), sentía terrores

indefinibles, y á la vez raptos de entusiasmo, alas en la imaginación. A

los doce años, antes de la primera comunión, tuve un acceso de

misticismo. Si pudiese volver á aquel estado, me consideraría

ultradichoso. Con escrúpulo examinaba cada uno de mis actos; me

arrepentía de los malos; lloraba á solas, y á solas me regocijaba cuando

había sido perfecto, porque ocultaba como un secreto terrible este

estado moral, sugerido por la preparación á recibir la Eucaristía. Y

como secreto terrible he seguido ocultando lo hondo; como secreto para

mí y nada más. Soy un solitario de alma... ¿Quién podría comprenderme?

Al escribir mis sentires, ya percibo que lo mejor ó lo más exquisito y

precioso huye entre los dedos, se liquida, se gasifica, desaparece.

Oculté también la caída, la vergüenza, la ridiculez del pobre niño que

se cree hombre porque se enfanga. El primer libro inmundo, los primeros

cigarros, las primeras daifas, la primera aventura de beodo,--se

resolvieron en asco indefinible y en un ansia insensata de anonadarme:

no fueron raptos de alegría ó de miedo, sino rabioso deseo de no ser. He

pensado después que este peculiar estado de ánimo lo expresa el profundo

símbolo medioeval--los desposorios del Pecado con la Muerte--. La

tristeza de la culpa, ¡qué cerca está del ansia de aniquilamiento!

Una ventaja tuve tan sólo: deseaba el fin, pero con despecho, como se

desea lo que daña... Al menos, por entonces, _ella_ no me parecía buena,

no me parecía hermosa, no me parecía seductora, divina; no era el

anzuelo de mi espíritu... ¿Ahora, ahora, te lo parece, Gaspar? No:

ahora, ahora, ahora no; el niño se interpone y me defiende...

Una tarde, me acuerdo que salí solo (mis padres me han vigilado poco en

la edad peligrosa, y han hecho mal; no haré yo así con Rafaelín; en

general, los muchachos españoles disfrutamos de libertad excesiva).

Estábamos entonces en el campo, en nuestra casa de Portodor, y yo iba

con frecuencia al pueblecito próximo, donde se celebraban fiestas

patronales y ferias y funcionaban chirlatas y otros establecimientos

menos santos.

La víspera yo había cometido en el poblachón mil imbéciles, risibles

excesos. Una congoja infinita oprimía mi corazón, mientras en mi cabeza

notaba la sensación de vacío de plomo (no sé expresarlo de otro modo)

que los comienzos de las jaquecas nerviosas producen. Mis venas estaban

áridas y como agotadas; mis manos, temblonas, como las de un viejo; en

el pecho notaba un hoyo y vaciamiento de mi ser; mi pulso no se

encontraría; se me figuraba tener los párpados llenos de arena menuda, y

en la lengua saburrosa revolvía hieles gordas, lo mismo que si mascase

el amargor de mi bajeza. Mi andar era lento, desigual; á veces me paraba

por necesidad de suspirar y de pasarme la mano por la frente, ó para

reclinarme en algún tronco de árbol. No hay nada que así se avenga con

ciertos estados de desolación del espíritu, como una puesta de sol,

sobre todo en un paisaje pensativo y penetrado de insinuante melancolía.

La puesta de sol de aquella tarde era de esas de las cuales se oye decir

que si un pintor las traslada al lienzo se le acusa de falsedad en la

visión, por el exagerado romanticismo del colorido y hasta de la forma

de las nubes. Anchas barras del más inflamado rubí simulaban inmenso

incendio, cuyas llamaradas cortas surgían de un anfiteatro de baluartes

del metal oscuro, terrible, que amuralla la siniestra ciudad del

Infierno dantesco. Era una puesta de sol de remordimiento, de sudor de

sangre de la conciencia. Sobre el fondo del celaje acusador, los troncos

de los árboles, ya semidespojados por el otoño, alzaban su ramaje en

actitud de implorar perdón ó auxilio; y á mis pies el río, ensanchado,

porque se acercaba á su desagüe en el mar, reflejaba en la superficie

inmóvil, apenas estriada imperceptiblemente por la brisa de la tarde,

los encendimientos del poniente, próximos ya á apagarse entre la

cenizosa niebla de la noche. Yo me paré en una revuelta de la orilla,

donde una peña musgosa convidaba á sentarse y descansar. Fascinado,

miraba á la sábana de agua durmiente, adivinando su hondura y

advirtiendo cómo se extinguían en su seno las brasas caídas del celaje,

y cómo se oscurecía el haz del agua, poco á poco.... Hubiese yo jurado

que, desde la planicie lánguida, sesga, de letal dulzura, alguien me

miraba, y que un filtro de deleite supremo corría por mis venas yertas

antes. Un verso de San Juan de la Cruz me martilleaba en la memoria:

¡Oh, cristalina fuente!

¡Si en esos tus remansos plateados

formases de repente

los ojos deseados

que tengo en mis entrañas dibujados!

Y unas pupilas oscuras, enormes--de asfalto y tinieblas, como las de

Rita Quiñones la pecadora--me miraban desde el hondón del agua. Si eran

pupilas de mujer--porque lo sobrenatural sentimental, para el varón, es

siempre femenino--, al menos la mujer no alzaba del agua ni el torso

mórbido ni la grupa redonda; ni blanqueaban sus carnes bajo la linfa, ni

debía de poseer cabellera rubia como la de las hijas del Rin. En mi

mocedad verde y cruda todavía, la mujer era otra cosa bien diferente de

aquella criatura de misterio que me arrojaba una miraba magnetizadora;

que me invitaba á la sombra y a la paz ya nunca turbada. La mujer, tal

cual yo la conocía, en aquel momento, ¡qué náusea provocaba en mí! ¡Qué

vaho de matadero, qué tufo de carnicería, qué emanaciones de

estercolero asociaba á su impura imagen! En cambio, la del agua, la que

me llamaba sin voz, la toda mirar, la toda callar... ¡con qué sugestión

de olvido y de reposo me ofrecía sus invisibles brazos, enredados en las

algas oscilantes del lecho del río!

Inclinarme nada más un poco, y el abrazo divino vendría á mí; ella

subiría desde la profundidad, yo me precipitaría... Dos veces inicié el

gesto, y dos veces me detuvo el instinto,--la ruindad debiera

llamarle... Así y todo, al salir la luna, que es cuando el agua

tranquila nos hace señas más amorosas y atrayentes, es probable que

hubiese cedido al deseo--, si no se aparece el criado viejo de mi casa,

Carlín, que me buscaba, por repentina orden de mi madre, para disponer

el equipaje: se había recibido un telegrama que nos obligaba á volver

sin tardanza á Madrid al día siguiente...

Otro período empezó entonces para mí. Hice gimnasia, estudié, monté á

caballo; se completó mi desarrollo, se normalizó mi vida física,

equilibré los gastos con los ingresos, y la impetuosidad y fuerza de la

plena juventud influyó en mi espíritu. Sin razón alguna yo estaba

alegre, reía, jugaba y bromeaba con mis hermanos, y encontraba un sabor

delicioso y un encanto inexplicable á cualquier incidente; el afán de

una diversión sin sal me tenía despierto una noche entera; á veces, ¡oh

ignominia de la vulgaridad humana! abrazaba á mis amigos de súbito, sólo

por desahogo cordial, y me creía perdidamente enamorado de mujeres de

cuyo rostro, hoy que cierro los ojos para evocarlo, no puedo ni

acordarme. En un platillo de la balanza ponía el incremento de mis

fuerzas, en otro su derroche, y la oscilación apenas se percibía.--Sin

embargo, en ciertos momentos me acordaba del río, de la peña, de la

tentación, ahora vaga y latente; y era como la memoria de un amor

verdadero, que nos asalta entre frívolos devaneos y aventuras sin

consecuencia. Es indudable: nunca fuí como los demás; es decir, como la

mayoría de los demás.

Un interés especial ha tenido siempre para mí lo que con _ella_ se

relaciona. Curiosidad aguda, sobreexcitada, mucho más ardiente en mí de

lo que fué nunca (aun en los días perturbados, ácidos como el agraz, de

la adolescencia, la de otro trascendental misterio). Este misterio, en

efecto, no tiene dignidad; se enlaza estrechamente con lo animal de

nuestro ser,--mientras que todo lo referente á _ella_ adquiere un

admirable, artístico relieve (excepto, sobra decirlo, las horrendas y

antipáticas carrozas--estufas y otros detalles del ceremonial moderno,

que me crispan).

Todo esto es cierto, y cuanto más lo examino, fríamente, tranquilamente,

á la luz de mi juicio, el único faro que poseo para iluminar la caverna

de mi espíritu,--más me persuado de que mi mentalidad no se puede

calificar de anormal, dentro de la significación y alcance que da la

ciencia á tales palabras. La ciencia! No soy su idólatra. De lo íntimo,

la ciencia nada conoce; cada científico se conoce á sí propio... es

decir, si es sincero, trata de conocerse, como yo y tú, semejante

mío.--En el cerrado santuario de cada alma, la ciencia no puede

penetrar. Allí donde los hechos pierden su escueta significación; allí

donde las palabras no son capaces de expresar nada; allí donde todo se

guarda y cela como incomunicable tesoro,--allí, ¿qué papel representa el

propio don Santiago Cajal, señor de todo mi respeto, con sus neuronas?

Oh Camila, Camila inocente (á pesar de tu truchimanería, mundología,

recámara, longitud y mano izquierda). ¿No eres más loca tú, _hija mía_,

y no son más locos los que, como tú, se afanan tanto, se sacrifican

tanto, en preparación de una vejez que acaso no llegue para ellos nunca?

Después de mi examen de conciencia, no sólo me absuelvo, sino que me

canonizo. El que ve la realidad soy yo. Sigo abundando en mi sentido...

sigo orientado hacia _después_.

Comprendo, eso sí, que necesito tierra que pisar, ya que estoy en la

tierra. O es preciso irnos, ó poseer aquí algo que justifique nuestra

presencia. Un niño: un niño en quien la vida se afirma animosa y

triunfante. La predicción de su madre no me alarma: ya haré yo que

Rafael viva. No educaré á mi niño, ni como ella en su remordimiento ha

deseado, ni como me educaron á mí. Pienso bonificar su cuerpo mejor que

las rentas que he de dejarle, y preocuparme más de la composición de su

sangre que de sus cuellos á la marinera. Sentiría que se me pareciese...

mediante un capricho arbitrario de esos que la naturaleza se permite!...

Prefiero que tenga una psicología apacible, una fisiología pujante; que

conserve su pureza largo tiempo; que sea atlético y cristiano; que no

refine las sensaciones y no se avergüence de los sentimientos; que se

case á los veinticinco con una buena moza de caderas anchas, y críe á

sus numerosos hijos en el temor de Dios y la convicción de que la vida

es excelente, que nacer es un don, y que hay fuera de nosotros y por

encima de nosotros una ley que hemos de acatar y un criterio definido

que se nos impone...

¿Y yo? ¿Por qué no procedo yo así?

Pch... Porque soy de otra raza, no sé si diga exquisita ó gastada y

vieja. Porque empecé temprano á socavarme el alma y á practicar el rito

que produce la infinita desolación. Porque soy un envenenado; llevo en

las venas la amargura del absintio y el ensueño que vierten los cálices

de amapola; porque acaso un abuelo mío fué suicida y una abuela se murió

de mal de amores... He de tratar de ahondar en mi genealogía... Si

supiésemos la historia exacta de nuestros ascendientes, nos conoceríamos

mejor.--Así, _mi hijo_ no conviene que sea _de mis lomos_: le he buscado

hecho ya. Que no me herede la mentalidad...--Y de súbito, recuerdo de

quién procede el niño, la inmensidad de pecado que hay detrás de su

inocencia... y me asusto.

¡Animo! Yo borraré todo eso. Lo que se ignora, no actúa sobre el alma.

El niño no sabrá jamás nada de su origen; haré lo imposible por

convencerle de que es hijo mío verdadero.--He consultado á un abogado

hábil para arreglar todo, eludiendo las tranquillas, nudos y redes de la

ley; este jurisconsulto irá á Sanlúcar, á conferenciar con la abuela de

Rita Quiñones, y á orillar, mediante ruegos, y si es preciso,

ofrecimientos y dádivas, por todos los medios, cuantos obstáculos pueden

presentarse á mi deseo de ser dueño absoluto de Rafaelín. Corto así el

hilo que une su destino y su porvenir á la familia maldita, y le aislo

para que nunca sospeche... para que no llegue jamás el día de la

fatalidad, el día de la revelación,

ce jour détestable

dont la seule frayeur me rendoit misérable...

como dice la reina Yocasta en la magnífica tragedia _Les frères

ennemis_, que releo, cultivando el goce, para mí delicado, del terror

antiguo.

La Sirena Negra · 第 11 / 20 题