«los pocos sabios que en el mundo han sido,»
esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera
de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han
dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias
conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:
1.º Ganar tiempo.
2.º Ahorrar trabajo.
Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del
espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones
de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años,
ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios
prolongados, á los interminables preliminares.
Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor
emplea es la de la _inercia_, la otra fase de los descubrimientos
y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de
economizar el _sudor de la frente_ á los seres humanos condenados al
trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el
hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte
de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el
empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso
recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su
perfectibilidad.
Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la
escala del trabajo humano.
El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede
ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de
preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la
ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea
ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y
discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico
y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al
día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de
todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas
las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto
de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en
participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El
suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos
los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los
grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio)
á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de
mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta
terrestre.
Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo
algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio
que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor
dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.
Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro
relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores.
Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama
y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada
población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que
la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil
almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á
todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de
_criterios_ individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto
de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la
misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las
aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos
diario de nuestra moderna civilización.
_Tot cápita, tot sensus_, dice un proverbio latino, y si á él
añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento
propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres
encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de
pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer
pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana.
Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de
nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad
intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto
leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi
escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran
de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos,
aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al
unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo
existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.
Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por
despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su
terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos
tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en _Una
Cristiana_, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por
instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en
arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se
querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el
castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido
formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los
verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos
de su gloria.
Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía
la llegada de su confesor, un número de _El Siglo Futuro_, y tan
de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los
_neocatólicos_, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se
suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus
acciones y órgano de todas sus creencias.
Ya no pensó ni habló sino como los redactores de _El Siglo_, y dió
por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo
bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez
y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo
político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los
seres humanos.
Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la
fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba
su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos
del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes;
el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo
social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el
paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.
* * * * *
Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia
de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio
del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor
de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de
pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el
silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados
sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados
de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza
cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado,
descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos
y _El Porvenir_ sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus
ojos, para ser leído con toda comodidad.
Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba
al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con _El
Siglo Futuro_ en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los
grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un
llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente
las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado
continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en
toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.
--Nadie por aquí todavía...--dijo al penetrar en el despacho,
creyéndose sola;--aún estará durmiendo el _usurpador_.
Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la
fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada
legítimamente.
--¡Ojalá!--la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la
butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como
si su lectura le hubiera excitado los nervios.--Si él se levantara
más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que
amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día
despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga
si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los
dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la
actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más
Narváez que el principal?
--¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus
flaquezas, según la doctrina cristiana--respondió Bernarda con un
mohín más sarcástico que religioso.
--Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus
errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben
perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!
--No por rico deja de ser nuestro prójimo.
--¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos
no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos
esclavos ó enemigos.
--¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!--dijo sonriéndose
amargamente el ama de llaves.
--Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra
sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados--que
eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en
su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa
de machete.--Soy republicano federal--continuó, alzando la voz--y fuí
alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si
hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!
--¡Ave María Purísima!--objetó entre dientes doña Bernarda.
--¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de
artillería á los dos años de haber caído soldado?
--Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del
liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del
liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la
humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder
temporal al Soberano Pontífice--que así decía aquella mañana el
periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.
--¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro
autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos
los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos
tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales,
que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que
trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!
--¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!
--El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!
--Pero la Biblia...
--La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del
vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!...
¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis
principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que
sean y vengan de donde vengan!
--Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace
al caso. Benito no tolera tales exageraciones.
--Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de
usted está de _non_ en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener,
ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa.
D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el
jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el
último.
--Los juicios de Dios son incomprensibles.
--¡Y tanto, que no hay manera de conformarse con ellos! En la fábrica
todos opinan lo mismo que yo. ¡Si fuera D. Benito el principal!
¡Anda!, ¿quién trabajaba?
--¡Hombre, me gusta la franqueza!
--Es decir..., se trabajaría..., pero con cierto método..., con
cierta medida; porque su hermano de usted es bueno, es compasivo...,
mientras Puig..., ¡oh!..., ¡ése!...
--Cuidado no le oiga á usted; ya debe andar por ahí...
--¡Á mí no me importa que me oiga todo el mundo! ¡No pertenezco á la
inmunda clase de los aduladores del poder! ¡No soy esclavo!
--Pero al fin hay que tener en cuenta--le interrumpió doña Bernarda,
acentuando más su irónica sonrisa--que nos da sueldo, casa...
--Comerciando con nuestro sudor.
--¡Prudencia y calma, Rispall!
--¡Chupando la sangre de los ciudadanos, asesinando al pueblo libre!
--No digo que no tenga usted razón..., pero al fin es el amo.
--¡Amo! ¡Jefe! ¡Dueño! ¡Principal! ¡Señor! ¡Vergüenza da que en el
último tercio del siglo diez y nueve se usen aún tales calificativos!
¿De qué nos ha servido entonces que matáramos á César en Roma hace
más de dos siglos?
Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no
se equivocaba mucho en las fechas.
--Vamos, cállese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no está
limpio y arreglado cuando venga...
--Sí, dirá que le sirvo mal...
--Será muy capaz de ello.
--Y que le robo el pan que como... ¡Canalla! Vamos, por más que lo
pienso, no me explico cómo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito
como de don Juan Puig, no le dejó á aquél su fortuna en vez de
dejársela á éste. ¡Claro! Procedió como proceden siempre los tiranos.
Olvidó al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para
hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al egoísta, al solterón
empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quizá
de crímenes. Digo: ¡qué hombre será él cuando no tiene ni padres ni
hijos!
--Eso digo yo--murmuró doña Bernarda sonrojándose.
--Usted misma debe ser su juez más inflexible. Todos creíamos en la
fábrica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su
primera determinación sería pedir á usted su mano y hacerla su esposa.
--Como lo manda la Santa Madre Iglesia...
--Y como, según parece, tenía usted motivos para esperar, dada la
antigua amistad que les unía á ustedes con el nuevo propietario, y
hasta quizá sus ofrecimientos en épocas anteriores.
--Me ha hecho su ama de llaves--respondió doña Bernarda, pintándose
en su rostro una expresión de despecho y de indignación imposibles de
describir, aunque veladas por cierto tinte de resignación cristiana.
--Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el
corazón que la despensa. ¡Alma de conservador, y está dicho todo!
--¡Silencio, que viene gente!
Oyéronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareció en el umbral
de la puerta del escritorio la bellísima figura de Lucía.
--Es mi sobrina. ¡Calle usted y limpie!--dijo á Rispall doña Bernarda
en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.
--Otra víctima del monstruo--dijo Rispall con voz apenas perceptible;
y con ademanes rabiosos dió dos ó tres plumerazos á los muebles
y colocó los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado,
disponiéndose sin embargo á escuchar lo que hablaran las dos mujeres
y á meter su cuarto á espadas en la conversación, si lo creía
necesario.
[Ilustración]
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