CAPÍTULO III

DONDE APARECE EL INDISPENSABLE DIOS CUPIDO, SIN CARCAX NI FLECHAS Y

VESTIDO AL USO DEL DÍA

¡Oh Madrid, tierra de promisión, paraíso soñado, ciudad santa

para todos los cerebros provincianos, para todas las ambiciones

desordenadas, para todos los corazones aventureros, para todos los

ideales artísticos y literarios; sima sin fondo, mar sin orillas

para los apocados de voluntad, para los pobres de espíritu, para los

que careciendo de la energía que se impone ó de la ductilidad que se

arrastra, aspiran á escalar los altos puestos siempre asequibles á la

audacia y á la adulación! ¡Madrid, tienda de asilo de media España,

oasis hospitalario de la eterna caravana de la miseria, gigantesco

coloseo donde hay luchas á diario entre las fieras y los hombres,

necrópolis de todas las esperanzas, tribuna pública de todas las

oratorias, salón del trono de todas las soberanías y manicomio ó

falansterio de todas las insanias, manías, chifladuras y aberraciones

cerebrales de los españoles: yo te saludo, no como el ángel, sino

como el gladiador romano!

_Ave, Cæsar, morituri te salulant!_

Á Madrid se dirigieron madre é hijo, desde la humilde y escondida

ciudad de Cuenca, al año escaso de haber fallecido D. Jerónimo

García, oficial primero de aquel Gobierno civil durante catorce

años, contando en su hoja de servicios treinta y seis de carrera

administrativa. La Junta de clases pasivas había hecho su

clasificación y correspondían á la viuda mil quinientas pesetas de

viudedad con la natural rebaja del diez por ciento establecida. Mal,

muy mal pueden vivir en el mundo una mujer de cincuenta años y un

hijo de diez y nueve, teniendo por toda renta la exigua cantidad de

cinco mil cuatrocientos reales; pero cuando ese mundo es Cuenca, y

se tienen los muebles y las ropas de toda la vida, y se pagan tres

reales diarios por una casa ventilada y alegre, y no hay exigencias

sociales en trajes y gastos de representación, aún es posible no

morirse de hambre. Trasládese á Madrid esa exigua renta; nazcan los

deseos casi necesarios de vivir con cierto decoro y de atender á

ciertas necesidades sociales en busca de porvenir más halagüeño, y se

verá en lontananza aparecer la desmantelada buhardilla y las eternas

noches de la miseria.

Era la madre, doña Antonia Rubielos, una buena mujer, de cortos

alcances, de dulce carácter, de irreprochables costumbres y de

limitadísimas aspiraciones. Su condición pasiva la había dado la

felicidad de vivir en paz con todo el mundo, y puede decirse que

durante sus treinta y dos años de matrimonio no había conocido más

penas ni más dolores que algún que otro resfriado y el embarazo y

crianza de su hijo Ramiro, joven de diez y nueve años á la sazón.

Contenta siempre con su suerte y satisfecha con su posición de

oficiala primera del Gobierno civil de Cuenca, la muerte de su

marido D. Jerónimo fué el primer problema serio que se le presentó

en su vida, ¡á ella que no había tenido nunca otro problema que el

matemático de ajustar la cuenta del gasto diario!

¿Qué debía hacer con sus cinco mil cuatrocientos reales de viudedad?

¿Continuar en Cuenca con su hijo comiéndoselos en santa paz, sin

darle carrera, puesto que á los diez y nueve años no había aún

emprendido ninguna, si bien tenía ya su título de bachiller en

letras en el bolsillo, ganado fácilmente en el Instituto de segunda

enseñanza de Cuenca; ó buscar en otros horizontes más dilatados

campo ancho y abierto al porvenir de aquel hijo que era ya el jefe

de la familia? Cierto que su hijo no sabía hacer nada; que carecía

además de esa vocación, segura en unos hombres é incierta en otros,

hacia una profesión determinada, que desde la infancia revela la

predilección á las armas, las bellas artes ó el sacerdocio; que

el niño miraba con aversión toda ocupación seria y todo trabajo

continuado; pero por esa misma indiferencia, por esa misma vaguedad

de propósitos era indispensable empujarle á cualquiera de los caminos

que á la juventud se ofrecen, si no se quería que, andando el tiempo

y desperdiciados los años oportunos, el niño se convirtiera en un

vago, no accidental, sino de profesión.

Muy encontradas fueron las opiniones de los varios amigos del difunto

esposo á quienes doña Antonia recurrió en busca de consejos para su

difícil situación. Uno opinó que en Cuenca podía encontrar Ramirito

ocupación modesta; otro, que en una capital tan miserable no hallaría

jamás Ramiro ni porvenir ni presente; el de más allá, que dedicándose

con empeño á estudiar el francés y la partida doble, ningún joven

se moría de hambre; el de más acá, que en Madrid hay campo para

todas las ambiciones y para todos los gustos, y que sólo en Madrid

hallarían madre é hijo bienestar y quizá fortuna. Como ésta era la

opinión más desatinada, ésta prevaleció en el ánimo de la viuda, que

malvendiendo casi todo su ajuar y gastando casi todos los miserables

ahorritos de su larga existencia de servidora del Estado, se trasladó

á la villa y corte, fijando su residencia en un cuartito sotabanco de

la calle de Ministriles.

Cómo pudieron comer, vestirse, vivir, en fin, madre é hijo durante

tres años, sin más recursos que la paga y algunos trabajos de aguja

hechos por la pobre Antonia, es inexplicable. Eso pertenece al orden

de los milagros modernos, casi tan absurdos como el sustento de los

santos antiguos con hierbas silvestres y panes traídos por cuervos.

En aquellos tres años emprendió Ramirito más de tres carreras, que

siempre abandonó antes de acabarse el año; pero aprendió en cambio

en aquellas perpetuas vacaciones á fumarse dos infernales cajetillas

diarias, á pasarse tres horas seguidas todas las noches en una mesita

del café de Zaragoza con otros jóvenes tan aprovechados como él, á

gritar y silbar en todos los motines universitarios, á ejercer la

profesión de estudiante sin coger un libro en sus manos, y á gastar

en tonto, sin vicios, pero también sin virtudes, los hermosos años

de la primera juventud, que ni vuelven nunca, ni jamás se recobran,

cuando se desperdician en la vagancia.

Al ver la pobre madre estériles todos sus sacrificios y desvanecidas

sus esperanzas, comenzó á enfermar, tanto de pena cuanto de escasez

y falta de ambiente, y ya enferma y presintiendo su próximo fin,

consiguió de su hijo que, dejándose de estudios hipotéticos, se

dedicara con empeño á reformar su letra, á escribir con ortografía

y á _entender de cuentas_. Con estos humildes, pero prácticos

conocimientos no era difícil que encontrara una casa de comercio

donde ganar un pedazo de pan, ya que dentro de poco tiempo iba á

faltarle la limosna del Estado.

Y así sucedió en efecto. Las lágrimas y las súplicas de Antonia

hicieron mella en su hijo, y en pocos meses consiguió poseer

una hermosa letra inglesa, no escribir con demasiados errores

ortográficos y afirmarse algo en su descuidada aritmética. Todo esto

era muy poco para un hombre, pero era algo para un chico, y como

decía muy bien su madre, consolándose con aquel algo, «muchos hay que

á los veintidós años no saben ni eso.»

La pobre mujer murió antes de que Ramirito aprovechara aquel algo de

educación tardía, y quedóse en Madrid el huérfano sin más recursos

que la tierra que pisaba como presente y el espléndido cielo azul

como porvenir. Buscó una casa de comercio donde vender, que no

prestar, sus servicios, y sólo se le ofrecieron alguna que otra

trastienda y diversos mostradores para medir telas y llamar madamitas

á las compradoras. Él aspiraba á algo más dentro de sus modestas

aspiraciones; no le parecía decoroso descender desde el estado civil

de estudiante de Derecho ó de Medicina al de hortera, ni cambiar el

veladorcito del café de Zaragoza por el mostrador del comercio de la

calle de Postas.

Urgía, sin embargo, poner remedio á su situación apurada: comenzaba á

vivir con el vergonzoso recurso de los préstamos amistosos: el tiempo

se iba, la ropa se iba más aprisa que el tiempo, y de pedir prestado

á pedir limosna no hay más que un paso. No quiso con muy buen acuerdo

franquearle Ramirito, y aceptó la eficaz recomendación que para la

casa Bernaregui, de Barcelona, le ofreció el mismo dueño del café de

Zaragoza. La casa era segura; el sueldo, aunque módico al principio,

podía ir aumentando conforme aumentaran su asiduidad y sus servicios,

y ¡quién sabe lo que una casa de comercio puede dar de sí en algunos

años!

Salió Ramiro de Madrid, quizá para no volver jamás á entrar en él;

llegó á Barcelona, agradó con su buena presencia y hermosa letra

inglesa á Puig y á Benito, y quedó instalado en el escritorio, para

llevar la correspondencia y el copiador de la fábrica, con mil

quinientas pesetas de sueldo al año. Poco era para fin, pero bastante

para comienzo, y aunque el amanuense no contaba entre sus buenas

cualidades con el amor al trabajo, verdadera virtud de los catalanes,

la carencia de amigos y conocidos y la ignorancia de la localidad le

hicieron asiduo al escritorio, más por aburrimiento que por afición

espontánea.

En la casa no había muchachos de su edad: en la de huéspedes donde

comía y dormía no había aficionados á gastar el tiempo y el dinero

en el café ó en teatros, de modo que sus distracciones, las horas y

los días libres, se limitaban á las diversiones públicas gratis, que

no escasean en Barcelona. Paseos al parque, al puerto, á la montaña;

audición de conciertos al aire libre, ejercicios de las tropas de la

guarnición, entrada y salida de buques de guerra ó correos, regatas

y procesiones, todo lo vió Ramiro siempre solo, y pronto se aburrió

de su soledad y su aislamiento dentro de aquella ciudad comercial,

donde hasta la amistad necesita del negocio para ser duradera.

Aburrido, cansado y con el espíritu predispuesto para el

sentimentalismo y la melancolía, se encerraba en el escritorio ó

vagaba por los patios de la fábrica, no sin sorpresa de sus jefes que

no comprendían cómo renunciaba aquel muchacho á sus horas de libertad

y que elogiaban su buen juicio, su formalidad y sus morigeradísimas

costumbres. Doña Bernarda sobre todo estaba encantada con aquel

muchacho, y en cuanto á Lucía... ¡oh!, en cuanto á la bellísima

Lucía..., el asunto merece párrafo aparte.

Acababa de cumplir diez y siete años; era alta, esbelta, de andar

airoso, de fisonomía expresiva, de negros ojos, de lindísimo talle,

y de formas amplias, impropias para su edad, sobre todo dadas las

costumbres estéticas de la capital de España, pero no anómalas en la

del Principado. Su abundante y sedoso cabello castaño claro, elegante

y naturalmente rizado sobre su frente; sus finas y largas pestañas, y

sobre todo su linda boca de labios algo gruesos, pero encarnados como

cerezas, de apretados y menudos dientes y de frescura incomparable,

merecían llamar la atención y fijar las miradas de cuantos la

encontraban á su paso.

Pocos eran, sin embargo, los que podían encontrarla. En primer lugar,

los catalanes, por regla general, sean jóvenes ó viejos, van siempre

por las calles á su negocio, y apenas conceden una rápida ojeada

á las mujeres guapas que se encuentran en su camino. En cuanto á

seguirlas ó á echarlas piropos, como los andaluces y madrileños,

lo reputan por de poca seriedad ó de mala educación, y creo que

aciertan en ambas cosas; pero en cambio quitan alegría y encanto á

los paseos y á los encuentros fortuitos del sexo fuerte con la más

linda mitad del género humano. En segundo lugar, Lucía apenas salía

de la fábrica. Los domingos casi de madrugada á misa con su tía doña

Bernarda y cubierto su lindo rostro con el tupido velo; los mismos

días por la tarde al campo con su tía, su padre, y alguno de ellos,

muy pocos por cierto, con Puig, con quien disputaban siempre Bernarda

y Benito y que se despedía de ellos antes de terminar la expedición,

por no poder aguantarlos. Algunas calurosas noches de estío, de

esas en que la falta de brisa convierte las movibles hojas de los

árboles en inmóviles recortaduras de cinc, á sentarse en el paseo de

Gracia. Ni más teatros, ni más bailes, ni más reuniones de cumplido

ó de confianza. La vida de la fábrica, monótona, trabajadora,

sin interrupción, sin vacaciones, relegaba al hogar doméstico á

aquella linda joven que en otros círculos y en diferente posición

social hubiera podido ser encanto de los salones y ornamento de las

tertulias.

El desarrollo físico de Lucía era completo. Hermosa, robusta, sana,

podía competir con la aldeana más bizarra, y en gracia y gentileza

aventajar á la más distinguida señorita. ¿Habíanse desarrollado

igualmente su inteligencia y su corazón? Eso á nosotros toca

decirlo; que ni ella hubiera sabido explicarlo, ni su padre y su tía

comprenderlo.

La fábrica de Bernaregui no era terreno á propósito para cultivar

inteligencias privilegiadas, ni una casa de comercio bien

reglamentada y concienzudamente dirigida podía ofrecer ancho campo

á la imaginación para desarrollar sus brillantes aptitudes. Así es

que Lucía, naturalmente más sensata y de criterio más inteligente

que su padre, y de más recto juicio y más nobles pensamientos que su

tía Bernarda, simpatizaba con Puig más que con nadie de los propios

y extraños que la rodeaban. Veía en él una víctima de los enconos y

las envidias de los desheredados por Bernaregui, y hacía justicia á

sus rectas intenciones y á su carácter misantrópico y reflexivo. Pero

todo esto lo hacía ella casi inconscientemente y sin ser el resultado

de los esfuerzos de su inteligencia para estudiar los secretos de la

vida y la lucha de los caracteres. Podemos decir por consiguiente,

sin temor de equivocarnos, que Lucía poseía una inteligencia innata,

susceptible de gran desarrollo á caer en buenas manos, pero que hasta

el día sólo había dado de sí los frutos espontáneos de una regular

semilla caída en buena tierra. Faltábanle el cultivo y la atmósfera

apropiada á su completa y sabrosa madurez.

En cuanto á su corazón, justo es decir que hasta cumplir sus diez y

siete años no se había ejercitado en grande escala. Amar á Dios sobre

todas las cosas, en la forma platónica y teórica con que todos los

católicos pasivos aman al Ser Supremo, que es un modo de amor muy

parecido á la indiferencia; honrar padre y madre, al uno vivo y á

la otra muerta sin haberla conocido, á la manera de como el criado

obedece las órdenes indiferentes del amo á quien sirve, y amar al

prójimo como á sí misma, sin más prueba de este amor que dar algunos

céntimos de limosna á los mendigos que la importunaban á su paso,

esas eran las virtudes sentimentales de aquel corazón dormido hasta

entonces á todos los verdaderos afectos humanos.

Y justo es también decirlo, ¿qué otros sentimientos más vivos podían

despertar en su tierno corazón, por vehemente, por apasionado que

llegara á ser andando el tiempo, la quejumbrosa pasividad de su

padre, la gárrula y envenenada palabrería de su despechada tía,

la seria y reconcentrada amargura del ya viejo Puig, la charla

demagógica de Rispall y la eterna murmuración que á guisa de ruido de

colmena se extendía por todos los ámbitos de la fábrica, comentando,

criticando ó protestando de todas las leyes divinas y humanas y de

todas las órdenes, disposiciones y reglamentos de la tierra?

En este estado casi beatífico de su espíritu se encontraba la

encantadora Lucía cuando llegó Ramiro á pisar el escritorio. Por

curiosidad primero, por simpatía después, por interés más tarde,

fueron ambos jóvenes aproximándose uno á otro; y descubriendo la

homogeneidad de sus ideas, viendo con satisfacción mutua que casi

siempre tenían idéntico punto de vista en todas las cuestiones y les

producían el mismo efecto los acontecimientos, cayeron en la cuenta

de que sus corazones se entendían perfectamente. De esto á creer

que habían nacido el uno para el otro no hay más que un paso, y lo

creyeron con fe profunda y alegría inmensa, como cumple á corazones

que no han amado nunca y que ven realizadas por vez primera sus

aspiraciones á amar y ser amados.

¡Cambio profundo en aquellos caracteres! Ramiro, menos apasionado,

pero más aburrido que su bella conquista, encontró en aquellas cuatro

paredes mujer á quien amar, amiga con quien discutir y compañera de

sus largas horas de aburrimiento y soledad, y esta era la razón de su

alejamiento del mundo exterior, de su aire melancólico y sentimental

y de su constante permanencia en el hogar algo falansteriano de su

Lucía. Ésta lloraba á lo mejor sin motivo por los rincones de la

casa, reía á carcajadas sin razón aparente, corría á veces, y otras

vagaba silenciosa por patios y talleres, y un día llegó hasta á besar

con emoción profunda las secas y arrugadas mejillas de Bernarda, que

no acostumbrada á recibir de nadie semejantes pruebas de afecto, se

contentó con murmurar: _Esta chica está tonta_. Si la pobre aunque

antipática mujer hubiera sido más práctica en conocer los misterios

del alma humana, y sobre todo del alma femenina, no hubiera vacilado

en decir: «Mi sobrina está enamorada.»

Tales fueron, sin embargo, las chiquilladas de los dos inocentes

amantes, tantas sus cándidas imprudencias y tan á las claras

dejaban ver el estado de sus mutuos corazones, que no necesitó

nadie gran penetración para conocer su, según ellos, guardadísimo

secreto. Sonrióse malignamente todo el mundo, y sin hablar palabra,

todos aceptaron como un hecho natural y consumado el amor de

Lucía y Ramiro, extrañando mucho á ambos no encontrar en nadie la

contrariedad y oposición que, según todas las novelas y dramas

antiguos y modernos, convierte en incendio devastador y en llama

asoladora el más puro y sencillo amor de la tierra.

Puig, que á pesar de su prudente reserva veía con gusto aquel amor

naciente entre el asiduo empleado y la hija de su mejor amigo,

ahijada suya, se permitió un día poner roja de placer y de vergüenza

á la muchacha, prometiéndola un modesto dote para el día que algún

muchacho honrado y de buenas referencias pidiese su mano y la

obtuviera de buen grado de su mismo padre.

--¡Oh! De aquí á entonces... ¡ya va largo!--contestó Benito, mirando

fijamente á su hija, que no sabía dónde esconder los ojos.

--Si tan largo me lo fías..., ¡echa un cuartillo!--exclamó Bernarda,

sonriéndose irónicamente y fijando su mirada inquisitorial en el

aturrullado semblante del pobre escribiente.

Hasta el mismo Rispall, el criado irreverente que tenía la fatal

costumbre de meterse en todo, añadió en voz baja:

--Para entonces ya habrá venido Ruiz Zorrilla.

Aquello era una conspiración. Todos parece que se habían propuesto

burlarse de los dos amantes, ó darles aquel mal rato para aguar sus

alegrías y sorprender su dichoso misterio. El único resultado de

aquella inocente escaramuza fué que Puig aquel mismo día aumentó el

sueldo á Ramiro, sin indicación de nadie, y que éste pudo contar

con dos mil pesetas anuales en premio de sus méritos aritméticos y

caligráficos. Hacía escasamente un año de su entrada en la casa.

Todo siguió en el mismo estado durante otros doce meses, y llegó

la época en que da principio nuestro relato. Es de sentir, para el

interés necesario á toda historia, que no ocurrieran peripecias ni

sucesos extraordinarios en aquellos amores; pero la nube, como dicen

los labradores aragoneses, no iba por aquel lado. La animadversión

hacia Puig se había acentuado en todos los que de él dependían. Lo

que empezó por quejas aisladas y lamentaciones individuales tomaba

proporciones de guerra sorda, pero sin cuartel. Se interpretaban

torcidamente todas sus disposiciones; se desobedecían, con el

pretexto de dificultades en su cumplimiento, todas sus órdenes; se

exageraban todos los inconvenientes de sus reformas, y todos bajo la

capa de una hipócrita resignación, ó de un interés excesivo por los

negocios de la casa, eran constante rémora á todos los proyectos del

principal y jueces inflexibles y tiránicos de todos sus actos.

No era un complot, pero lo parecía. Sin previo acuerdo, todos estaban

unánimes en su conducta; y Puig se encontraba cada vez más aislado

y más lejos de todos aquellos seres que le debían su subsistencia

y su bienestar. Á haber tenido un carácter más enérgico, quizá

hubiera cortado por lo sano ejerciendo su suprema autoridad, y

poniendo á raya á los rebeldes les hubiera dado á escoger entre la

obediencia ciega á sus órdenes ó la inmediata dimisión de sus empleos

y condecoraciones. Verdad es que si desde su elevación al poder se

hubiera revestido de la energía que le faltaba, no hubieran llegado

las cosas al extremo en que se encontraban.

Esta era la situación de los ánimos cuando el diálogo que sostenían

Bernarda y Rispall en el capítulo precedente se interrumpió por la

llegada de Lucía, única persona ajena á la conspiración y que sin

querer se encontraba metida en ella, pues hasta el mismo Ramiro,

espoleado por su amor y con la impaciencia propia de un enamorado,

iba ya sospechando que Puig era la causa de que se retrasase el logro

de sus esperanzas.

Precisamente el día anterior se había celebrado una conferencia de

familia, y en ella se decidió por mayoría de votos, dos contra uno,

el de Lucía y Bernarda contra el de Benito, que éste hablaría desde

luego á Puig de las relaciones amorosas declaradas entre Lucía y

Ramiro. Le diría que los chicos se amaban con delirio, que deseaban

casarse, que ya tenían edad para constituir una nueva familia y que

él, como padrino de la muchacha y jefe del novio, debía señalar época

para el casamiento, cuanto más próxima mejor, entregar á la chica

el dote prometido y dar al muchacho otro ascenso para que con ambas

cosas pudieran ya atender á sus nuevas obligaciones. No haría nada

de más tampoco el rico por chiripa en ensanchar un poco su hogar,

para que cupieran todos, hasta los seres que podrían venir después

á coronar el edificio, y de ese modo tan sencillo y tan natural

hacer algo por el bien de sus semejantes, ya que debía al cielo, sin

merecerla, la casualidad de disfrutar de una fortuna que lo mismo

podía haber sido para otro, que hubiera hecho sin duda mejor uso de

ella.

Todas estas reflexiones de doña Bernarda, que parecieron al pronto de

perlas á Benito, no le fueron ya tan fáciles de formular cuando pensó

en ellas; y según temían los interesados, no hizo nada en el asunto.

--¿No está aquí papá?--preguntó Lucía asomando la cabeza por entre

las dos hojas de la puerta del escritorio.

--No ha parecido aún por estos barrios--contestó Bernarda,--y Dios

sabe si estará escondiéndose de nosotras para evitar las preguntas

que con sobrada razón sabe que hemos de hacerle.

--¿De modo que usted cree que no habrá hecho nada, á pesar de todo lo

que ayer convinimos los tres?

--Nada absolutamente. Desengáñate, chiquilla, mi hermano es un

bendito, pero por lo mismo no sirve para nada. Tengo la certidumbre

de que pasarán días y días y no se atreverá jamás á ponerse frente á

frente de su amigote de otros tiempos, aunque le sobre la razón por

encima de los pelos.

--¡Como que D. Benito es un ángel!--dijo Rispall suspendiendo su

problemática limpieza del escritorio, adivinando que se trataba de

algo que pudiese mortificar al autócrata de la fábrica.

--Y ¿qué le parece á usted que hagamos, tía?

--¿Qué hemos de hacer, sobrina? Lo que está resuelto. Yo os he

prometido ayudaros en todo y por todo, y por lo tanto, si el cobardón

de mi hermano no sabe cumplir con los compromisos contraídos y con el

deber que le imponen las leyes de la naturaleza, yo los cumpliré por

él, y con muchísimo gusto mío. Ya lo sabes.

--¿De modo que usted hablará á D. Juan?

--¿Que si le hablaré? Y hoy mismo. Esta misma mañana.

--¡Muchas gracias, tía, por Ramiro y por mí!--añadió con cierta

timidez Lucía, como adivinando que la escena que se preparaba entre

doña Bernarda y Puig podía ser tempestuosa;--pero háblele usted de

modo que no se enoje. Él ha dicho espontáneamente, no una vez sola,

sino varias, que cuando yo me case será mi padrino de boda, como lo

fué de bautizo, y que piensa darme un dote, sin precisar de cuánto,

como prueba del continuo afecto y amistad que profesa á mi padre...

--¿Y qué menos puede hacer por usted ese vampiro--interrumpió con

gesto y ademán trágicos el vehemente Rispall,--sino darle á usted

algo á cuenta de nuestro sudor y de nuestra esclavitud?

--Y te olvidas--añadió doña Bernarda con sarcástica intención--de que

tu enlace, cuando llegue el caso, ha de ser á su gusto. Eso dijo muy

claro la última vez que habló de tal asunto.

--Y me parece muy justa la tal condición--dijo Lucía.--Si él es

quien ha de dotarme y de apadrinar mi casamiento, natural es que no

le desagrade el novio que yo elija. Demasiado sabe él quién es el

elegido de mi corazón y el que sólo vive por mi cariño.

--También puede ser una añagaza ó un pretexto para eludir el

compromiso de sus obligaciones. No gustándole jamás el esposo que

usted elija, sea el que sea, se guarda el dote y no tiene que aflojar

un cuarto ni para usted ni para él. ¡Como que es tonto!

--Eso no es posible--respondió con profunda convicción Lucía.--D.

Juan es incapaz de tan bajos pensamientos.

--Nada es imposible en el mundo, sobrina, y quien se ha vuelto tan

desagradecido y tan desmemoriado como D. Juan Puig, es capaz de

cualquier felonía, por terrible que parezca.

--¡Otra sería la conducta de su padre de usted, si se encontrase en

el caso de su amigo!

--Ya lo creo; siendo mi padre, el caso no es el mismo.

--Es que su padre de usted no andaría con reparos ni se detendría en

examinar antecedentes. El que usted eligiera, ese sería su marido de

usted sin más vacilaciones; y en cuanto al dote, la daría á usted lo

menos la mitad de su fortuna, y todos felices.

--¡Ah! Si mi padre fuera rico, es posible que lo hiciera como usted

asegura; pero como al fin D. Juan no es pariente nuestro, cuanto haga

hay que agradecérselo con alma y vida.

--Y pedírselo de rodillas humildemente...--añadió Rispall con burlona

sonrisa y aire de chacota.

--¡Y evitar que le dé un soponcio por el sacrificio!...--dijo

Bernarda.

Lucía miró fijamente á sus dos interlocutores, y con semblante

apenado y algo ceñudo, les dijo:

--¿Pero es que ustedes no quieren á D. Juan?

--¿Que si le queremos? Más que él se merece--contestó Bernarda;--pero

una cosa es quererle y otra conocer y lamentar sus defectos. En fin,

sobrina; déjate de consideraciones y de temores. Yo te prometo hablar

hoy á tu padrino resueltamente, y de mi cuenta corre arreglar el

asunto.

--Permita usted que la vuelva á recomendar la prudencia. No le enoje

usted, porque ese sería un gran mal para todos.

--¡Vaya, vaya, doña Bernarda, no haga usted caso de la señorita

y háblele usted con energía! Esté usted á la altura del siglo, y

trátele con el digno desprecio que merecen hoy todos los poderes

constituídos.

--No olvide usted que es nuestro protector...

--Sí, nuestro Cronwell, como si dijéramos--añadió Rispall, con su

superioridad histórica de costumbre.

En este momento se abrió de par en par la puerta del escritorio y

entró por ella Puig, sin casi reparar en los tres personajes que,

reprimiendo un grito de sorpresa, se quedaron clavados como estatuas

en el pavimento.

[Ilustración]

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Si yo fuera rico! Novela original · 第 10 / 38 题