En aquel lindo valle tuvo Pizarro la idea de fundar una colonia: hizo

allí una breve parada y envió a Soto con un destacamento de sesenta

hombres a practicar un reconocimiento. En el acto empezó Soto a notar

señales ominosas. Halló aldeas incendiadas y puentes destruídos, de modo

que se hizo sumamente difícil cruzar aquellas terribles quebradas.

Además, donde había sido posible, se amontonaron en el camino troncos de

árboles y rocas, impidiendo de ese modo el paso de la caballería. Cerca

de Bilcas tuvo una dura refriega con los indios, y aun cuando salieron

victoriosos los españoles, perdieron varios hombres. Soto, sin embargo,

siguió resueltamente adelante. Mientras la cansada tropa iba

trabajosamente subiendo por el empinado y sinuoso desfiladero de

Vilcaconga, oyóse el aullido de guerra de los indios, y una hueste de

guerreros salió de los escondrijos por detrás de árboles y peñascos, y

arremetió furiosamente contra los españoles. La senda era empinada y

angosta; a duras penas los caballos podían tenerse en pie, y bajo el

empuje de aquel alud de indios, jinetes y caballos fueron rodando cuesta

abajo. Los aborígenes les rodearon como un enjambre de abejas, tratando

de desarzonar a los soldados y hasta agarrándose desesperadamente a las

patas de los caballos, y repartiendo fuertes porrazos con la mayor

agilidad. Un poco más arriba de la escabrosa senda había una meseta, y

Soto vió claramente que, a menos de ganar aquella posición, estaban

perdidos. Con un esfuerzo supremo de músculos y de voluntad, logró

reunir en aquella altura a su pequeño grupo que luchaba con tan tremenda

desventaja, y después de un breve descanso dió una carga contra los

indios; pero no pudo quebrantar aquella horrenda, obscura masa.

Sobrevino la noche, y los españoles, exhaustos y cubiertos de

sangre--pues pocos hombres y caballos habían salido sin heridas de aquel

espantoso encuentro,--descansaron como pudieron, sin abandonar las

armas. Los indios tenían la seguridad de acabar con ellos al día

siguiente, y los mismos españoles abrigaban pocas esperanzas de

salvarse. Pero ya muy avanzada la noche oyeron toques de cornetas

españolas en el paso de abajo, y poco después abrazaban a sus

inesperados compatriotas y daban gracias a Dios por haberles salvado. Y

era que Pizarro, conocedor de los primeros peligros que encontraron en

su jornada, había despachado apresuradamente a Almagro con un refuerzo

considerable de caballería para auxiliar a Soto, refuerzo que, haciendo

marchas forzadas, llegó muy oportunamente. Los peruanos, viendo a la

mañana siguiente que el enemigo estaba reforzado, no renovaron el

combate y se retiraron a las montañas. Los españoles se trasladaron a un

sitio más seguro, y allí acamparon para aguardar a Pizarro.

Este no tardó en llegar, después de haber dejado en Jauja el tesoro,

bajo la vigilancia de cuarenta hombres. Pero mucho le preocupó el

aspecto de la situación. Aquellos organizados y audaces ataques del

enemigo, y la súbita muerte de Toparca, de un modo sospechoso, le

indujeron a creer que Chalicuchima, segundo capitán de guerra, les

traicionaba; y probablemente esto era cierto. Cuando Pizarro se hubo

reunido con Almagro, hizo procesar a Chalicuchima; y habiéndosele

hallado convicto del delito de traición, fué ejecutado sin demora. No

podemos menos de horrorizarnos ante el procedimiento empleado para su

ejecución, que fué la hoguera; pero no debemos por eso precipitarnos en

juzgar como cruel al individuo responsable de tal pena. Todos aquellos

actos deben medirse por comparación y por el espíritu que reinaba en

aquella época. Entonces no consideraba el mundo como una crueldad el

suplicio de la hoguera, y más de un siglo después, cuando estaba la

gente mucho más ilustrada, los cristianos de la Gran Bretaña, de

Francia y de la Nueva Inglaterra no pusieron reparo en que se castigase

algunos delitos con ese suplicio, y seguramente no diremos que nuestros

puritanos antepasados fuesen hombres malvados o crueles. Ahorcaron

brujas y azotaron herejes, no por crueldad, sino por la ciega

superstición de su tiempo. Ahora nos parece una cosa horrenda; pero

entonces no lo parecía, y no debemos esperar que Pizarro fuese mejor y

más sabio que los hombres que tenían ventajas que él nunca había tenido.

Yo ciertamente preferiría que no hubiese permitido que Chalicuchima

pereciese en la hoguera; pero también quisiera que las repugnantes

páginas de Salem y de la esclavitud pudiesen borrarse de nuestra

historia. Ni en un caso ni en el otro, sin embargo, tildaría yo a

Pizarro de monstruo, ni a los puritanos de hombres crueles.

Hallándose en semejante trance, presentóse a Pizarro el inca Manco,

ricamente ataviado, y le propuso una alianza. Pretendía ser el legítimo

jefe de guerra, y deseaba que los españoles como tal le reconociesen. Su

proposición fué aceptada de buen grado.

Siguiendo adelante, los españoles cayeron en una emboscada en un

desfiladero; pero rechazaron a sus agresores, y por fin entraron en

Cuzco el 15 de noviembre de 1533. Como «ciudad» india era la mayor del

nuevo hemisferio, aunque no mucho mayor que el «pueblo» en Méjico y sus

soberbios edificios y ajuares llenaron de asombro a los españoles. Se

encontró gran cantidad de oro en cuevas y otros escondrijos. En un sitio

había varios grandes jarrones de oro, figuras de oro y plata que

representaban llamas y personas, y ropajes recamados con abalorios de

oro y plata. Entre otros tesoros, refiere Pedro Pizarro, testigo

presencial y cronista de aquellos hechos, que se hallaron diez toscas

«tablas» de plata de veinte pies de largo, un pie de ancho y dos

pulgadas de grueso. La totalidad del botín recogido se valuó en 580,000

pesos de oro y 215,000 marcos de plata, o sea un equivalente de

7.600,000 pesos de nuestra moneda.

Pizarro entonces coronó a Manco como gobernador del Perú, y esto fué muy

del agrado de los indígenas. El buen Padre Valverde fué nombrado obispo

de Cuzco; se estableció una catedral, y los devotos misioneros españoles

se dedicaron activamente a educar y convertir a los herejes, tarea que

prosiguieron con su acostumbrada eficacia.

Quizquiz, uno de los capitanes de guerra subalterno de Atahualpa y

caudillo de alguna valentía, se mantuvo en abierta rebelión. Almagro,

con unos cuantos jinetes, y Manco con sus secuaces indígenas, salieron

en su persecución y derrotaron a los rebeldes; pero Quizquiz no se

rindió y fué muerto por su misma gente.

En marzo de 1534, Pedro de Alvarado, el valeroso teniente de Cortés, a

quien se había recompensado por sus servicios en Méjico nombrándole

gobernador de Guatemala, desembarcó y se dirigió a Quito, averiguando

después que pertenecía al territorio de Pizarro. Hízose un convenio

entre los dos: se le dió a Alvarado una compensación por su infructuosa

jornada, y se volvió de nuevo a Guatemala.

Dedicóse con ahinco Pizarro al desenvolvimiento del país que había

conquistado y a poner los cimientos de una nación. El día 6 de enero de

1535 fundó la Ciudad de los Reyes, en el hermoso valle de Rimac. Ese

nombre se cambió poco después por el de Lima, y Lima, capital del Perú,

ha seguido siendo desde entonces. El insigne conquistador empezaba a

mostrar otra faceta de su carácter: su genio como organizador y

administrador. Emprendió con mucha energía la tarea de urbanizar Lima, y

en la dirección de todos los asuntos de su incipiente gobierno mostró

tener mucha previsión y prudencia.

En el ínterin, su hermano Hernando había sido comisionado para ir a

llevar el tesoro a la Corona de España, adonde llegó en enero de 1534.

Además de la quinta parte que a la Corona correspondía, llevó medio

millón de pesos de oro, pertenecientes a los aventureros que habían

preferido gozar su dinero en casa. Hernando causó en España muy

favorable impresión. La Corona confirmó todas las mercedes que había

concedido a Pizarro y extendió su territorio setenta leguas más al sur;

mientras que a Almagro se le autorizó para conquistar Chile (que se

llamaba entonces Nueva Toledo), empezando al extremo sur del dominio de

Pizarro y hasta doscientas leguas más allá. Hernando fué armado

caballero y se le encomendó una expedición: una de las más numerosas y

mejor equipadas que habían salido de España. Tuvieron un tiempo horrible

en la travesía hasta el Perú, y muchos perecieron durante el viaje.

VIII

DE COMO SE FUNDÓ UNA NACIÓN

SITIO DE CUZCO

Pero, antes de que Hernando llegase al Perú, uno de su séquito llevó

allá a Almagro la noticia de su adelantamiento, y esta prosperidad le

hizo perder la cabeza a aquel grosero y poco escrupuloso soldado.

Olvidándose de todos los favores de Pizarro y de que a éste debíale

cuanto era, el falso amigo en el acto se impuso como amo y señor de

Cuzco.

Fué esta una vergonzosa ingratitud y bellaquería, y estuvo a punto de

producir una guerra civil entre los españoles. Pero la lenidad de

Pizarro orilló al fin la dificultad, y el día 12 de junio de 1535 los

dos caudillos renovaron su amistoso convenio. Marchó poco después

Almagro para emprender la conquista de Chile, en la cual fracasó, y

Pizarro dedicó de nuevo su atención al desenvolvimiento de su

conquistada provincia.

En los pocos años de su carrera administrativa obtuvo Pizarro notables

resultados. Fundó varias ciudades en la costa, y a una de ellas le dió

el nombre de Trujillo, en memoria de su pueblo natal. Sobre todo

deleitóse en urbanizar y hermosear su predilecta ciudad de Lima, y en

fomentar el comercio y otros factores necesarios para el

desenvolvimiento de la nueva nación. Un contraste muy notable pone en

evidencia lo acertadas que eran sus disposiciones. Cuando los españoles

llegaron por primera vez a Cajamarca, un par de espuelas costaba 250

pesos oro. Unos cuantos años antes de la muerte de Pizarro, la primera

vaca que se llevó al Perú se vendió en 10,000 pesos; y dos años después

podía comprarse allí la mejor vaca en menos de 200. La primera barrica

de vino se vendió en 1,600 pesos; pero tres años después se consumía

vino del país en vez del importado, y podía obtenerse en Lima a un

precio módico. Lo mismo puede decirse de todo lo demás. Se había

vendido una espada en 250 pesos; una capa, en 500; un par de zapatos, en

200; un caballo, en 10,000; pero bastaron dos o tres años de la

sorprendente aptitud administrativa de Pizarro para poner los artículos

de primera necesidad al alcance de todo el mundo. No tan sólo fomentó el

comercio, sino también la industria del país, y desarrolló la

agricultura, la minería y las artes mecánicas. En suma, estaba poniendo

en práctica con gran éxito el principio general de los españoles de que

la principal riqueza de un país no consiste en su oro, o en sus bosques,

o en sus tierras, sino en su _pueblo_. El empeño de los exploradores

españoles en todas partes, fué educar, cristianizar y civilizar a los

indígenas, a fin de hacerlos dignos ciudadanos de la nueva nación, en

vez de eliminarlos de la faz de la tierra para poner en su lugar a los

recién llegados, como por regla general ha sucedido con otras conquistas

realizadas por algunas naciones europeas. De vez en cuando hubo

individuos que cometieron errores y hasta crímenes, pero un gran fondo

de sabiduría y humanidad caracteriza todo el generoso régimen de España,

régimen que impone admiración a todos los hombres varoniles.

Mientras Pizarro estaba enfrascado en su tarea, Manco se desenmascaró.

No es del todo improbable que desde un principio hubiese meditado la

traición y que se aliase con los españoles simplemente para tenerlos en

su poder. De todos modos, entonces se escabulló, sin provocación alguna,

para ir a levantar gente con que atacar a los españoles, creyendo que

podría someterlos mientras se hallaban dispersos trabajando en sus

diversas colonias. Los indios leales avisaron a Juan Pizarro, el cual

capturó y aprisionó a Manco. A la sazón llegó de España Hernando

Pizarro, y Francisco le dió el mando de Cuzco. El pérfido Manco engañó a

Hernando para que le pusiese en libertad, y en el acto comenzó a reunir

sus fuerzas. Contra él se envió a Juan con sesenta jinetes, quienes por

fin hallaron en Yucay varios miles de indios mandados por Manco. En un

terrible combate que duró dos días, lograron los españoles mantenerse

firmes, si bien con muchas pérdidas, y entonces se alarmaron con la

noticia que les trajo un mensajero de que los indios habían sitiado a

Cuzco. A marchas forzadas llegaron aquella noche a la ciudad, que

hallaron rodeada por numerosa hueste. Los indios les dejaron entrar, sin

duda en su deseo de tenerlos a todos en la ratonera, y en seguida

atacaron a la malhadada urbe.

Hernando y Juan estaban, pues, encerrados en Cuzco. Tenían menos de

doscientos hombres, mientras que afuera, en las lomas de cerca y de

lejos, lucían las fogatas del enemigo, tan innumerables que parecían «un

cielo estrellado». Por la mañana temprano, en febrero de 1536, comenzó

el ataque. Los indios arrojaron dentro de la ciudad bolas de fuego y

flechas ardiendo, con las cuales lograron pegar fuego a las bardas de

los techos. Los españoles no podían apagar aquel fuego, que duró varios

días. Del único modo que pudieron salvarse de perecer quemados o

asfixiados, fué apiñándose todos en la plaza pública. Hicieron varias

salidas; pero los indios habían clavado estacas y puesto otros

obstáculos, que entorpecían la marcha de los caballos.

No obstante, los españoles desembarazaron el camino bajo un terrible

fuego y dieron una valiente carga, que fué rechazada con igual valentía.

Eran expertos los indios no tan sólo en el manejo del arco, sino también

de la reata; así es que con el lazo lograron cazar a muchos españoles, a

quienes dieron muerte. La carga hizo retroceder un trecho a los

indígenas, pero costándoles esto muy caro a los españoles, quienes

tuvieron que internarse de nuevo en la ciudad. Mas no se les dió punto

de reposo; los indios les acosaron con repetidos ataques, y la situación

tomó muy mal cariz. Francisco Pizarro estaba sitiado en Lima; Jauja

también se hallaba bloqueada, y los españoles, en las pequeñas colonias,

habían sido sometidos y asesinados. Sus ensangrentadas cabezas fueron

arrojadas al interior de Cuzco y rodaron a los pies de sus horrorizados

compatriotas. Tan desesperado les parecía el trance en que se hallaban,

que muchos proponían que saliesen todos en masa para abrirse paso a

través de los indios y ganar la costa; pero Hernando y Juan no quisieron

escucharles.

Sobre el cerro que domina la ciudad de Cuzco estaba la notable fortaleza

inca de Sacsahuaman, que todavía existe. Es una obra ciclópea. Por el

lado que mira a la ciudad el casi inexpugnable cerro se hizo

inexpugnable del todo construyendo en él una inmensa muralla de mil

doscientos pies de largo y de mucho espesor. Al otro lado del cerro el

suave declive estaba protegido por dos murallas, levantadas una más

arriba que la otra, de mil doscientos pies de largo cada una. Las

piedras de esas murallas estaban trabadas con notable pericia y algunas

de ellas medían treinta y ocho pies de largo, diez y ocho de ancho y

seis de grueso. Y lo más sorprendente era que se habían sacado de una

cantera que se hallaba a doce millas de distancia, y las habían

transportado los indios al sitio en que estaban colocadas. Finalmente,

la cima del cerro estaba defendida por dos grandes torres de piedra.

Esta imponente fortaleza de los aborígenes se hallaba en poder de los

indios y les permitía hostigar a los españoles sitiados de un modo más

eficaz. Era necesario desalojarlos de aquella posición. Como medida

preliminar para ver realizada esa última esperanza, salieron tres

destacamentos al mando de Gonzalo Pizarro, Gabriel de Rojas y Hernando

Ponce de León, para echar de allí a los indios. La lucha fué

desesperada. Los indios trataron de aplastar a sus enemigos con la

furiosa acometida de su mayor número, pero al fin los españoles

obligaron a la tenaz hueste a ceder el terreno, y se retiraron a la

ciudad.

Para el asalto de la fortaleza de Sacsahuaman se eligió a Juan Pizarro,

y no podía confiarse tan aventurada empresa a más valiente caballero.

Saliendo de Cuzco a la puesta del sol con su pequeña fuerza, Juan dió un

rodeo como si fuese a forrajear; pero en cuanto obscureció, dió la

vuelta y se dirigió apresuradamente a Sacsahuaman. La gran fortaleza

estaba sumida en la obscuridad y en el silencio. Se había cerrado su

poterna con grandes piedras, trabadas como las macizas murallas, y el

separarlas sin hacer ruido fué tarea muy difícil para los españoles.

Cuando al fin pudieron pasar y se hallaron entre las dos gigantescas

murallas, cayó sobre ellos una horda de indios. Juan dejó la mitad de su

fuerza peleando con ellos y con la otra mitad abrió la poterna de la

segunda muralla que había sido cerrada de igual manera. Cuando los

españoles lograron apoderarse de la segunda muralla, los indios se

refugiaron en las torres, y se hizo necesario asaltar estas últimas y

peligrosísimas defensas. Los españoles acometieron con aquel

característico valor que no se rendía ante ningún obstáculo de la

naturaleza o de los hombres; pero en la primera arremetida sufrieron una

pérdida irreparable. El denodado Juan Pizarro había sido herido en la

quijada, y su yelmo le molestaba tanto la herida, que se lo quitó y

dirigió el asalto con la cabeza descubierta; en la lluvia de proyectiles

que arrojaban los indios, una roca le dió con fuerza en la cabeza y lo

derribó al suelo. Pero aun tendido agonizante en un charco de sangre,

daba aliento a sus hombres y les acuciaba a seguir adelante, mostrando

hasta el fin su intrepidez española. Fué cuidadosamente conducido a

Cuzco, donde se le prodigó toda clase de cuidados; pero la fractura de

su cráneo no tenía remedio, y después de unos pocos días de agonía se

apagó para siempre aquella fluctuante vida.

Los indios continuaron dueños de su fortaleza; y, dejando a su hermano

Gonzalo encargado de la defensa de la sitiada Cuzco, Hernando Pizarro

salió con una nueva fuerza a dar un nuevo ataque a las torres de

Sacsahuaman. Fué aquél un asalto furibundo; pero al fin afortunado.

Pronto se apoderaron de una torre; pero en la otra, que era la más

fuerte, el resultado fué por algún tiempo dudoso. Entre sus defensores

llamaba la atención un corpulento e impertérrito indio, que arrojaba a

los españoles por encima de las escalas a medida que trepaban por ellas

para tomar la torre. Su valor llenó de admiración a los soldados. Siendo

ellos mismos unos héroes, sabían ver y respetar el heroísmo hasta en sus

enemigos. Hernando dió órdenes estrictas de que no se lastimase a aquel

indio; había que sujetarlo, pero no herirle. Colocáronse varias escalas

en diferentes lados de la torre, y los españoles acometieron

simultáneamente, mientras Hernando a voces intimaba al indio a que se

rindiese, prometiéndole que no se le haría daño. Pero aquel Hércules de

color bazo, viéndolo todo perdido, se cubrió la cara y la cabeza con el

manto, y se arrojó desde lo alto de la torre, quedando muerto en el

acto.

Sacsahuaman cayó en poder de los españoles, aunque con grandes pérdidas,

y con ello disminuyó materialmente el poder ofensivo de los indígenas.

Hernando dejó en la fortaleza una pequeña guarnición y regresó a la

ciudad asediada, para sufrir allí con sus compañeros las duras

peripecias del sitio. Este duró cinco meses, que fueron cinco meses de

terribles sufrimientos y peligros. Manco y su hueste rodeaban la ciudad,

cuyos habitantes perecían de hambre; caían con mortal furia sobre los

grupos que, impulsados por el hambre, salían en busca de alimento, y

hostilizaban sin cesar a los supervivientes. Todos los colonos españoles

que vivían fuera de la ciudad fueron asesinados y la situación iba de

mal en peor.

Francisco Pizarro, sitiado en Lima, había rechazado a los indios gracias

a las favorables condiciones del país; pero los naturales andaban

constantemente por los alrededores. Causábanle mucha ansiedad sus

compatriotas de Cuzco, y envió cuatro expediciones sucesivas, que en

junto sumaban cuatrocientos hombres, para prestarles auxilio. Pero éstos

fueron sucesivamente sorprendidos en emboscadas en los pasos de las

montañas, y casi todos perecieron. Dícese que en aquella guerra desigual

murieron setecientos españoles. Algunos de los sitiados pedían que se

les permitiese ir hasta la costa, embarcarse y huir de aquella mortífera

tierra; pero Pizarro no consentía que se le hablase de abandonar a sus

valientes compatriotas de Cuzco, y decidió apoyarlos y salvarlos, o

sufrir la misma suerte. Para quitar a los egoístas toda tentación de

fugarse, despachó todos los buques con cartas a los gobernadores de

Panamá, Guatemala, Méjico y Nicaragua, explicando la desesperada

situación en que se hallaban y pidiendo auxilio.

Por fin, en agosto, Manco levantó el sitio de Cuzco. Su numerosa hueste

consumía los recursos del país, y a menos que los habitantes volviesen a

sus plantaciones no tardaría en dejarse sentir el hambre. En

consecuencia, envió muchos de los indios a trabajar en sus campos; dejó

una considerable fuerza para vigilar y hostilizar a los españoles y se

retiró a uno de sus fuertes con una buena guarnición. Entonces tuvieron

los españoles mejor fortuna en sus salidas para forrajear, y pudieron

librarse del hambre; pero los indios que estaban en acecho los atacaban

constantemente, copando hombres y pequeños grupos sin darles respiro. La

hostilidad era tan continua y desastrosa que, para ponerle coto,

concibió Hernando el atrevido plan de apoderarse de Manco, en su propia

fortaleza. Saliendo con ochenta de sus mejores jinetes y alguna

infantería, realizó una marcha larga y tortuosa con la mayor cautela y

sin dar la alarma. Atacando la fortaleza al romper el día, pensó tomarla

por sorpresa; pero detrás de aquellas tremendas murallas los indios lo

estaban acechando, y levantándose súbitamente lanzaron sobre los

españoles una espesa lluvia de proyectiles. Con el valor de la

desesperación aquel puñado de soldados se lanzó por tres veces al

asalto; pero tres veces también el excesivo número de salvajes les

obligó a retroceder. Entonces los indios abrieron las compuertas de las

presas más altas e inundaron el campo; y los españoles, diezmados y

ensangrentados se batieron en retirada, perseguidos de cerca por los

regocijados enemigos. En aquella hora terrible, Pizarro fué traicionado

por el hombre que, más que ningún otro, debió serle leal: por el vulgar

traidor Almagro.

IX

OBRA DE TRAIDORES

Almagro había penetrado en Chile, sufriendo grandes penalidades al

cruzar las montañas. De nuevo dió muestra de cobardía, pues,

descorazonado desde el principio, retrocedió, regresando al Perú. Parece

como si hubiese decidido que le sería más cómodo robar a su camarada y

bienhechor que llevar a cabo por sí mismo una conquista, especialmente

sabiendo la situación en que a la sazón se hallaba Pizarro. Este,

enterado de su regreso, salió a recibirle. Manco atacó a los españoles

en el camino; pero fué rechazado después de una encarnizada lucha.

A pesar de los sensatos argumentos de Pizarro, Almagro no quiso

abandonar su plan. Insistió en que se le cediese Cuzco, la ciudad

principal, bajo pretexto de que estaba al sur del territorio concedido a

Pizarro; en realidad se hallaba situada dentro de los límites que a

Pizarro concedió la Corona; pero esto no era óbice para un hombre como

él. Por fin se convino en una tregua hasta que una comisión pudiese

medir y demarcar la frontera sur de las tierras de Pizarro. En el

ínterin se comprometió Almagro, con un solemne juramento, a tener los

cepos quedos. Pero no era hombre capaz de mantener su juramento ni su

palabra de honor; así fué que, en la obscura y tempestuosa noche del 8

de abril de 1537, se apoderó de Cuzco, mató a los centinelas e hizo

prisioneros a Hernando y Gonzalo Pizarro. Iba entonces Alonso de

Alvarado en auxilio de Cuzco con bastante fuerza; pero, traicionado por

uno de sus oficiales, fué hecho prisionero, con todos sus hombres, por

Almagro.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 16 / 17 段