En tan crítica situación, Pizarro reanimóse con la llegada de su antiguo

valedor, el licenciado Espinosa, con doscientos cincuenta hombres y un

cargamento de armas y provisiones que le enviaba su primo Hernán

Cortés. Salió con dirección a Cuzco; pero al saber la pasmosa noticia de

la descarada traición de Almagro, regresó a Lima y fortificó su pequeña

ciudad. Tenía verdaderos deseos de evitar un derramamiento de sangre, y

en vez de marchar con un ejército a castigar el traidor, envió una

embajada, en la que iba Espinosa, para tratar de traer a Almagro a la

razón y la decencia. Pero aquel vulgar soldado era refractario a todos

los argumentos. No tan sólo rehusó entregar a Cuzco, sino que con mucha

frescura anunció su determinación de apoderarse también de Lima.

Espinosa murió repentina y oportunamente en el campamento de Almagro, y

Hernando y Gonzalo Pizarro hubieran sido ejecutados, a no ser por los

esfuerzos de Diego de Alvarado (hermano del héroe de la «Noche Triste»)

el cual evitó que Almagro añadiese esta crueldad a sus vergonzosos

actos. Hacia la costa marchó después Almagro para fundar un puerto,

dejando a Gonzalo bajo una fuerte guardia en Cuzco y llevándose a

Hernando como prisionero. Mientras construía la ciudad, a la que dió su

nombre, Gonzalo Pizarro y Alonso de Alvarado se escaparon y llegaron

sanos y salvos a Lima.

Todavía Francisco Pizarro trató de evitar el llegar a las manos con el

hombre que, aun cuando ahora había sido traidor, fué en otro tiempo su

camarada. Al fin se concertó una entrevista, y los dos jefes se

personaron en Mala. Almagro agasajó hipócritamente al hombre a quien

había traicionado; pero Pizarro era hombre de otra fibra. No deseaba

tener enemistad con su antiguo amigo; pero tampoco podía profesar

amistad a semejante persona. Recibió con digna frialdad la falsa acogida

de Almagro. Acordóse someter la cuestión al fallo arbitral de Fray

Francisco de Bobadilla, y que ambos contendientes respetasen su

decisión. El árbitro falló por fin que se enviase un buque a Santiago, y

desde allí midiese con dirección al sur para determinar el límite exacto

de la concesión de Pizarro por aquel lado. Entre tanto, Almagro debía

entregar Cuzco y poner en libertad a Hernando Pizarro. El usurpador

rehusó acatar tan equitativo fallo, violando nuevamente todo principio

de honor. Hernando Pizarro estaba en inminente peligro de morir

asesinado, y Francisco, queriendo salvar a su hermano a toda costa,

compró su libertad a cambio de la cesión de Cuzco.

Al fin, agotada ya la paciencia de Pizarro por los repetidos actos de

traición de Almagro, le dió aviso de que había terminado la tregua, y

emprendió la marcha sobre Cuzco. Almagro hizo cuantos esfuerzos pudo

para defender su robada presa; pero a cada paso le venció la táctica

militar de Pizarro. Además, estaba minado por una vergonzosa enfermedad,

castigo de su licenciosa vida y tuvo que confiar la campaña a su

teniente Orgóñez. El día 26 de abril de 1538, los españoles leales al

mando de Hernando y Gonzalo Pizarro, Alonso de Alvarado y Pedro de

Valdivia, tuvieron un contacto con las fuerzas de Almagro en Las

Salinas. Hernando hizo decir misa, excitó a sus hombres exponiéndoles la

conducta de Almagro y dirigió una carga contra los rebeldes. Siguióse

una terrible lucha; pero finalmente Orgóñez fué muerto, y sus secuaces

no tardaron en ser derrotados. Los españoles victoriosos se apoderaron

de Cuzco e hicieron prisionero al architraidor. Fué juzgado y convicto

de traición, pues traicionando a Pizarro había sido también traidor a

España, y se le sentenció a muerte. El hombre que en alguna

circunstancia mostró tener algún valor físico, fué un cobarde en el

postrer momento. Con la mayor pusilanimidad pidió que le perdonasen la

vida; pero la pena era justa, y Hernando Pizarro rehusó revocar la

sentencia. Francisco Pizarro había salido para Cuzco; pero antes de

llegar, ya Almagro había sido ejecutado, quedando vengada una de las más

viles traiciones que registra la historia. A Pizarro le impresionó

profundamente la noticia de su ejecución; pero no pudo menos de

comprender que se había hecho justicia. Movido de sus naturales

impulsos, Pizarro se hizo llevar a su casa a Diego de Almagro, hijo

ilegítimo del traidor, y le atendió como si fuese su propio hijo.

Hernando Pizarro volvió a España. Allí se le acusó de haber cometido

crueldades, y el Gobierno de España, más pronto que ningún otro a

castigar delitos de esta clase, le condenó a presidio. Durante veinte

años el encanecido prisionero vivió entre rejas en Medina del Campo; y

cuando salió de allí, su período de actividad se había agotado, aun

cuando llegó a vivir cien años.

La situación en el Perú, si bien mejoró con la muerte de Almagro y la

sofocación de su malvada rebelión, distaba mucho de ofrecer seguridad.

Manco estaba revelando lo que desde entonces se ha considerado como

táctica característica de los indios. Había visto que el sistema

primitivo de acometer al enemigo en masa para aplastarle bajo el peso

del mayor número, se estrellaba contra la disciplina. Por lo tanto

adoptó la táctica del hostigamiento y la emboscada; la práctica de matar

por detrás, que nuestros apaches aprendieron del mismo modo. Andaba

siempre atisbando a los españoles, como un lobo a un rebaño, esperando

ocasión de lanzarse sobre ellos cuando estuviesen descuidados, o cuando

unos pocos se hallasen separados del cuerpo principal. Es ese un medio

eficaz de hacer la guerra y el más difícil de combatir. Muchos de los

españoles fueron víctimas de él: de una simple redada cogió y mató a

treinta de ellos. Era inútil perseguirle: las montañas le ofrecían un

retiro inexpugnable. Como único medio de librarse de su persecución,

Pizarro adoptó un nuevo procedimiento. En los distritos más peligrosos

estableció puestos militares; alrededor de estos sitios seguros

crecieron rápidamente algunas ciudades, y así la gente pudo vivir

tranquila. Llegaban emigrantes al país, y el Perú iba formando con ellos

y con los indígenas educados una nación civilizada. Pizarro importó toda

clase de semillas de Europa, y la agricultura fué allí una nueva y

adelantada industria.

Además de este desarrollo de aquella nueva y pequeña nación, Pizarro iba

ensanchando los límites de las exploraciones y conquistas. A ellas envió

el valiente Pedro de Valdivia, aquel hombre notable que conquistó Chile

e hizo allí historia, que se hallaría llena de espeluznante interés si

tuviésemos aquí espacio para narrarla. También envió a su hermano

Gonzalo como gobernador de Quito, en 1540. Esta expedición fué uno de

los hechos más asombrosos y característicos de la exploración de los

españoles en América, y quisiera disponer de espacio suficiente para

relatar aquí toda su historia. Durante dos años el caballeroso jefe y su

puñado de hombres sufrieron penalidades sobrehumanas. Algunos murieron

helados en las nieves de los Andes; otros, de calor en las desiertas

llanuras, y los demás se internaron en las pantanosas selvas de la parte

superior del río Amazonas. Un terremoto engulló una ciudad india de

centenares de casas ante sus propios ojos. Paso a paso tuvieron que

abrirse camino con sus machetes por las exuberantes selvas tropicales.

Construyeron un pequeño bergantín con indecible trabajo, prestando

Gonzalo su ayuda lo mismo que los demás, y bajaron por el Napo hasta el

Amazonas. Francisco de Orellana y cincuenta hombres no pudieron reunirse

con sus compañeros, y bajaron flotando por el Amazonas hasta el mar,

volviendo a España los supervivientes. Gonzalo tuvo por último que

volver trabajosamente a Quito, jornada que llevó a cabo en medio de

incomparables horrores. De los trescientos valientes que tan alegremente

habían salido en 1540 (sin contar los cincuenta de Orellana), entraron

tambaleándose en Quito, en junio de 1542, solamente ochenta esqueletos

desharrapados. Esto dará una ligera idea de lo que habían sufrido

aquellos infelices.

Entre tanto una calamidad irreparable cayó sobre aquella joven nación, y

de un golpe villano le arrebató una de sus más heroicas figuras. Los

viles secuaces que participaron en la traición de Almagro, habían sido

perdonados y se les trató bien; pero no cambió su carácter y continuaban

conspirando contra el hombre sabio y generoso que les había dado cuanto

tenían. Hasta Diego de Almagro, a quien Pizarro atendiera tiernamente

como a un hijo, se unió a los conspiradores. El cabecilla se llamaba

Juan de Herrada. El domingo 26 de junio de 1541, aquella partida de

asesinos se abrió paso súbitamente y penetró en la casa de Pizarro. Las

personas desarmadas que en ella se hallaban huyeron en busca de

auxilio, y los fieles servidores que opusieron resistencia fueron

asesinados. Pizarro, su hermanastro Martínez de Alcántara y un probado

oficial que se llamaba Francisco de Chaves, tuvieron que afrontar solos

el combate. Como fueron cogidos por sorpresa, Pizarro y Alcántara

trataron de vestirse apresuradamente la armadura, mientras ordenaban a

Chaves que cerrase la puerta. Pero, sin darse cuenta, el soldado la

entreabrió para parlamentar con los villanos, y éstos le atravesaron con

la espada y a puntapiés arrojaron su cadáver por la escalera. Alcántara

se lanzó a la puerta y luchó heroicamente, sin arredrarse por las

numerosas heridas que recibía. Pizarro, echando a un lado la armadura,

que no tuvo tiempo de vestirse, se lió una manta al brazo izquierdo para

escudarse, y cogiendo con la otra la buena espada que había blandido en

tantas luchas desesperadas, saltó como un león sobre aquella manada de

lobos. Era ya viejo, y tantos años de sufrimientos y penalidades le

habían quebrantado. Pero su gran corazón no había envejecido, y peleó

con un valor sobrehumano y con sobrehumana fuerza. Su rápida espada

atravesó a los dos que iban delante, y por un momento vacilaron los

traidores. Pero Alcántara había caído, y turnándose para cansar al

anciano héroe, los cobardes le acosaron sin cesar. Durante algunos

minutos prosiguió aquella lucha desigual en el angosto pasillo, cuyo

suelo hacía resbaladizo la sangre derramada: un anciano lleno de canas y

de brillantes ojos, contra una veintena de bandidos. Al fin Herrada

cogió en sus brazos a su camarada Narváez y, protegido por aquel escudo

viviente, arremetió contra Pizarro. Este atravesó a Narváez con varias

estocadas; pero en el mismo instante uno de aquellos asesinos le hirió

en la garganta. El conquistador del Perú vaciló y cayó, y los

conspiradores hundieron en su cuerpo sus espadas. Pero aun entonces

aquella voluntad de hierro hizo que el cuerpo obedeciese el último

sentimiento de un gran corazón, e invocando a su Redentor, Pizarro mojó

un dedo en su propia sangre, trazó en el suelo una cruz, doblegóse y

besando el sagrado símbolo, expiró.

Así vivió y así murió el hombre que empezó la vida como porquerizo en

Trujillo y la acabó como conquistador del Perú. Fué el más grande de los

exploradores; un hombre que de modestos principios se elevó más alto que

nadie; un hombre en quien se ha cebado la maledicencia y la calumnia de

los historiadores apasionados; pero, un hombre a quien la historia, sin

embargo, colocará en una de sus más altas hornacinas; un héroe a quien

se gozarán algún día en venerar cuantos admiren el heroísmo.

Tal fué la conquista del Perú. De la historia romántica que allí siguió,

nada puedo decir aquí; no puedo, pues, hablar de la lamentable caída del

valiente Gonzalo Pizarro; del notable Pedro de la Gasca; del ascenso del

gran Mendoza al virreinato, ni de cien otros capítulos de una historia

que fascina. Sólo he querido dar al lector una idea de lo que era

realmente una conquista española en punto a superlativo heroísmo y

sufrimientos. Fué la de Pizarro la conquista más grande; pero no son

muchas otras inferiores en heroísmo y penalidades, sino únicamente en

genio; y la historia del Perú es muy parecida a la historia de las dos

terceras partes del Nuevo Mundo.

ÍNDICE

PÁGINAS

Dedicatoria 5

Nota biográfica acerca del autor 7

Prefacio 13

I.--La Nación exploradora 15

II.--Geografía embrollada 22

III.--Colón el descubridor 30

IV.--Haciendo geografía 36

V.--Capítulo de la conquista 47

VI.--La vuelta alrededor del Mundo 59

VII.--España en los Estados Unidos 65

VIII.--Dos continentes dominados 75

II. LOS PRIMEROS CAMINANTES EN AMÉRICA

I.--El primer caminante en América 85

II.--El más intrépido caminante 98

III.--La Guerra de la Roca 104

IV.--El asalto a la empinada ciudad 112

V.--El Soldado poeta 119

VI.--Los Misioneros exploradores 123

VII.--Los fundadores de iglesias en Nuevo Méjico 130

VIII.--El salto de Alvarado 139

IX.--El Vellocino de Oro 148

III. EXPLORADORES EJEMPLARES

I.--El porquerizo Trujillo 165

II.--El hombre impertérrito 175

III.--Ganando terreno 183

IV.--El Perú tal como era 193

V.--La Conquista del Perú 199

VI.--El rescate de oro 208

VII.--Traición y muerte de Atahualpa 215

VIII.--De como se fundó una nación--Sitio de Cuzco 223

IX.--Obra de traidores 230

NOTAS

[1] Mr. A. F. Bandelier, el más erudito y mejor documentado de los

historiadores de la América española, falleció en Sevilla durante el

verano de 1914, y su viuda ha continuado allí, bajo los auspicios de la

Fundación Carnegie la labor de investigación en que se ocupaba su

esposo. (N. del T.)

[2] Apodo que se daba a un cacique de los Pieles rojas de Pokanoket,

cuyo nombre indio era Pometacom, el cual en 1676 y al frente de varias

tribus, hizo una guerra feroz y sanguinaria contra las colonias inglesas

de Massachusetts, Plymouth y Connecticut, destruyendo 13 aldeas,

incendiando 600 edificios y matando a 600 colonos. (_Nota del

traductor._)

[3] Como decía el mismo «hasta los sastres se volvieron exploradores.»

[4] De Santoña, Santander

[5] Los ingleses.

[6] El historiador indio Tezozomoc describe gráficamente el pasmo de los

indígenas.

[7] En éste como en otros juicios relativos a la conquista de Méjico, y

de Cortés, muy diferentes de los conocidos por nosotros dejamos al autor

toda la responsabilidad del criterio. (_Nota del Editor._)

[8] Véase la nota de la pág. 19.

[9] Helen Hunt Jackson.

[10] Otros dos han empuñado el cetro desde que se escribió este

libro.--(_Nota del Traductor._)

[11] El acre es una medida agraria que equivale a 40'47 áreas.--_N. del

T._

[12] Cinco metros y medio.--_N. del T._

[13] Según la fábula, dos gatos cayeron en un pozo de Kilkenny, y se

atacaron uno a otro con tanta ferocidad que solo quedaron los

rabos.--_N. del T._

[14] El autor escribió este libro antes del fallecimiento de esa

soberana--. (_N. del T._)

[15] Moneda del valor de un peso duro.

Nota del transcriptor:

En el original impreso la nota al pie número 8 se refiere a una nota de

la página 21 que no existe. Se ha cambiado por una referencia a la nota

2, de la página 19.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 17 / 17 段