contado no había visto antes libro alguno), la dejó caer y contestó al
misionero con brevedad y casi con insolencia. Las exhortaciones del
padre Valverde sólo contribuyeron a irritar al indio, y sus palabras y
su gesto se volvieron más amenazadores. Atahualpa mostró el deseo de ver
la espada de uno de los españoles, y éste se la enseñó. Entonces quiso
él desenvainarla; pero el soldado, con mucha prudencia, se lo impidió.
El padre Valverde no recomendó entonces una matanza, como se le ha
imputado; solamente informó a Pizarro del fracaso de sus esfuerzos
conciliatorios. Había llegado la hora. Atahualpa podía dar el golpe en
cualquier momento, y si él era el primero en darlo, no había esperanza
alguna para los españoles. Su única salvación estaba en adelantársele y
coger por sorpresa a los que sorprenderles querían. Pizarro hizo una
señal con su trena a Candía, y el ridículo cañoncito de la azotea
retumbó de uno a otro extremo de la plaza. No hirió a nadie, ni fué esa
la intención al dispararlo, sino únicamente aterrorizar a los indios,
que nunca habían oído un cañonazo, y dar la señal a los españoles. La
exactitud del relato que han hecho algunos historiadores de cómo «el
humo de la artillería llenó la plaza de nubes sulfurosas, que cegaron a
los peruanos y esparcieron una densa lobreguez», puede juzgarse teniendo
presente que toda esa mortífera nube debía salir de los cañoncetes que
se transportaban a lomo de caballo por aquellas montañas, y de tres
viejos fusiles de chispa. Sin embargo, de este ridículo modo se han
descrito muchos de los incidentes de la conquista.
No menos falsas y disparatadas son las descripciones corrientes de la
«matanza» que siguió. Los españoles salieron todos al oir la señal,
cayeron sobre los indios y finalmente los desalojaron de la plaza. Nos
resistimos a creer que murieron dos mil, pues calculando cuántos indios
puede matar un hombre con una espada o un mosquete o una ballesta en
media hora de lucha a todo correr, y multiplicando ese factor por ciento
sesenta y ocho, veremos que no es de dos mil, sino de doscientos, el
número más probable de los muertos en Cajamarca.
El principal empeño de los españoles no era precisamente matar, sino
rechazar a los otros indios y hacer prisionero a Atahualpa. Pizarro
había dado severas órdenes de no causar daño al cacique. No quería
matarle, sino únicamente retenerlo vivo en rehenes, para que respondiera
de la conducta pacífica de su tribu. La guardia de corps del jefe indio
hizo una fuerte resistencia, y un español, en su excitación, lanzó a
Atahualpa un arma arrojadiza. De un salto Pizarro se puso delante y
recibió la herida en un brazo, salvando así la vida al cacique. Por fin
se apoderaron de Atahualpa, ileso, y le encerraron en uno de los
edificios bajo la vigilancia de una fuerte guardia. El confesó,--con una
de esas bravatas características de los indios, cuya costumbre
tradicional es demostrar su valor ofendiendo al que los hace
prisioneros,--que les había dejado entrar en la ciudad, sintiéndose
seguro por su más numerosa fuerza, con el fin de hacer esclavos a los
que mejor le cuadrase y dar muerte a los otros. Pudo haber añadido que
si el astuto de su padre estuviese vivo, esto no hubiera ocurrido. El
experto Huayna Capac no habría dejado que los españoles entrasen en la
ciudad, sino que los hubiera enredado y aniquilado en los ásperos
vericuetos de la montaña. Pero Atahualpa, más presuntuoso y menos
prudente, asumió un riesgo innecesario, y ahora se hallaba prisionero,
con su ejército derrotado. Como vulgarmente se dice, fué por lana y
salió trasquilado.
El distinguido cautivo fué tratado con la mayor consideración y cuidado.
Sólo era prisionero por cuanto no podía salir; pero en las espaciosas y
alegres habitaciones que se le asignaron tenía todas las comodidades que
apetecer podía. Su familia vivía con él; comía en su propia vajilla los
mejores alimentos que podían obtenerse, y se le complacía en todos sus
deseos, excepto el de salir para llamar a los indios a las armas. El
Padre Valverde y el mismo Pizarro trabajaron con empeño para convertir a
Atahualpa al cristianismo, explicándole la impotencia y la maldad de sus
ídolos, y el amor y bondad del verdadero Dios en cuanto les era posible
hacérselo entender a un indio, para quien naturalmente un Dios cristiano
era incomprensible. No tardó Atahualpa en reconocer la inutilidad de sus
dioses, y declaró francamente que no eran más que unos embusteros.
Huayna Capac les había consultado, y le dijeron que todavía viviría
mucho tiempo; no obstante, Huayna Capac murió en breve. El mismo
Atahualpa había ido a preguntar al oráculo si debía atacar a los
españoles: el oráculo contestó que sí, y que fácilmente les subyugaría.
No es de extrañar que el cacique hubiese perdido la fe en los que hacían
semejantes predicciones.
Los españoles recogieron muchas llamas, una considerable cantidad de
oro, y un gran acopio de preciosos vestidos de algodón y de pelo de
camello. No se les hostigó más, pues los indios sin su reconocido
caudillo se hallaban más perdidos de lo que estaría un ejército
civilizado sin sus jefes, puesto que el cacique indio está investido de
un carácter sacerdotal lo mismo que militar, y su cacique estaba
prisionero.
Por fin Atahualpa, ansioso de volver a capitanear sus fuerzas a toda
costa, hizo una proposición tan estupenda, que los españoles a duras
penas podían dar crédito a sus oídos. Si le dejaban en libertad,
ofrecióles llenar de oro la habitación en que se hallaba prisionero,
hasta la altura a que alcanzase con la mano, y otro aposento menor lo
llenaría igualmente de plata. La pieza que debía llenarse con vasijas y
objetos de oro (no había nada macizo como lingotes), dícese que tenía
veintidós pies de largo por diez y siete de ancho; a la altura que marcó
el cacique con la mano en la pared era de nueve pies sobre el nivel del
suelo.
VI
EL RESCATE DE ORO
No cabe dudar que Pizarro aceptó esta proposición de buena fe. El
carácter del hombre, su religión, las leyes de España y los indicios
justificados que nos ofrece su habitual conducta, nos inducen a creer
que tenía efectivamente la intención de poner en libertad a Atahualpa en
cuanto se pagase su rescate. Pero circunstancias posteriores, que él no
pudo evitar y por las que no debe culpársele, le obligaron a proceder de
otra manera.
Los mensajeros de Atahualpa se diseminaron por el Perú a fin de reunir
el oro y la plata necesarios para el rescate. Entre tanto Huascar, el
cual se recordará que estaba prisionero en manos de la gente de
Atahualpa, al enterarse del arreglo propuesto, envió un mensaje a los
españoles exponiendo su cuita y reclamando sus derechos. Pizarro dió
órdenes de que fuese conducido a Cajamarca para que expusiese allí su
pretensión. El único modo de averiguar cuál de los dos jefes rivales
tenía razón, era carearlos y pesar sus respectivas pretensiones. Pero
esto no le convenía a Atahualpa. Antes de que Huascar pudiese ser
llevado a Cajamarca, fué asesinado por sus guardianes indios, que eran
hechura de Atahualpa, y, según opinión general, por orden del mismo
Atahualpa.
El oro y la plata para el rescate fué llegando poco a poco.
Históricamente no cabe dudar cuál era el plan de Atahualpa en aquel
arreglo. Lo que hacía era simplemente ganar tiempo; hacer que los
españoles esperasen y esperasen, hasta que él tuviese reunidas sus
fuerzas para rescatarle, y entonces acabar con los invasores. De esto
empezaron a darse cuenta los españoles. Por tentador que fuese el cebo
de oro, sospecharon que detrás de él había una trampa. No tardaron en
confirmarse sus sospechas. Empezaron a enterarse de que se reunían
secretamente las fuerzas indias. Las noticias eran cada vez más
ominosas, y ni siquiera el oro que llegaba todos los días y que a veces
representaba un valor de 50,000 pesos, les cegaba hasta el punto de no
ver el creciente peligro que corrían.
Era preciso conocer la situación mejor de lo que podían, estando
encerrados en Cajamarca, y al efecto se encargó a Hernando Pizarro que
fuese con un pequeño destacamento a explorar por Guamachucho, y después
por Pachacamac, distante trescientas millas. Fué aquel un reconocimiento
difícil y peligroso, pero en extremo interesante. Su marcha por la
meseta de la cordillera fué sumamente penosa. El relato de grandes vías
militares, no pasaba de ser un mito, aun cuando mucho se había hecho
para mejorar las trochas; algo muy parecido al modo primitivo de los
pueblos de Nuevo Méjico, sólo que en mayor escala. Las mejores, sin
embargo, sólo tuvieron por objeto arreglar las veredas para las pisadas
firmes de las llamas; pero con gran dificultad se podía arrastrar y
empujar los caballos españoles por los trechos más escabrosos. Lo que
muy especialmente llamó la atención de los españoles, fueron los toscos
pero seguros puentes colgantes de vástagos con que los indios salvaban
angostas pero terribles quebradas; mas aun esos oscilantes pasos eran
difíciles de cruzar para los caballos.
Después de algunas semanas de penoso viaje el destacamento llegó a
Pachacamac sin encontrar oposición alguna. Su famoso templo había sido
despojado de sus tesoros; pero su renombrado dios--un grotesco ídolo de
madera--allí quedaba. Los españoles derrocaron y destruyeron aquel
fetiche pagano, y después purificaron el templo y erigieron en él un
gran crucifijo, para dedicarlo al verdadero Dios. Explicaron a los
indígenas, lo mejor que pudieron, lo que era el cristianismo, y
procuraron inducirles a convertirse.
Allí supieron que Chalicuchima, uno de los jefes de guerra subalternos
de Atahualpa, estaba en Jauja con una gran fuerza, y Hernando decidió ir
a visitarle. Los caballos se hallaban en mal estado para tan dura
jornada, pues se habían desgastado sus herraduras en la reciente
marcha, y el herrarlos allí era un problema, porque no había hierro en
el Perú. Pero Hernando salió del apuro con un peregrino recurso. Si no
había hierro, había en cambio plata en abundancia, y al cabo de poco
tiempo los caballos españoles llevaban herraduras de ese precioso metal
y estaban en disposición de marchar a Jauja. Era una jornada difícil;
pero valía la pena de hacerla. Chalicuchima decidió espontáneamente ir
con los españoles a Cajamarca para consultar con su jefe Atahualpa. En
realidad, era justamente lo que él deseaba. Una entrevista personal les
permitiría determinar el mejor medio de librarse de aquellos misteriosos
extranjeros. Por consiguiente, los aventureros españoles y el astuto
subjefe llegaron por fin juntos a Cajamarca.
Mientras tanto Atahualpa lo había pasado muy ricamente en manos de sus
aprehensores. Aun cuando éstos tenían motivos para desconfiar--y en
efecto desconfiaban--del indio traicionero, no solamente le trataron
humanitariamente, sino con la mayor benevolencia. Vivía lujosamente con
su familia y servidumbre y tenía mucho trato con los españoles. Parece
que hicieron cuanto pudieron para ganar su amistad, principio que
inspiró siempre la conducta de Pizarro. Los historiadores parciales no
pueden contradecir un hecho significativo. Los indios llegaron a
considerar a Pizarro y a sus dos hermanos Gonzalo y Juan como amigos, y
un indio, que es mucho más suspicaz y observador que nosotros, es una de
las últimas personas a quien se puede engañar sobre este punto. Si los
Pizarros hubiesen sido los hombres crueles y despiadados que nos han
pintado algunos escritores predispuestos y mal informados, los
aborígenes hubiesen sido los primeros en notarlo y les hubieran odiado.
El hecho de que los pueblos que conquistaron llegaran a ser sus amigos y
admiradores, es el mejor testimonio de su humanitarismo y su justicia.
Atahualpa hasta aprendió a jugar al ajedrez y a otros juegos europeos, y
aparte de procurarle esos entretenimientos, se puso empeño en hacerle
comprender cada día más y mejor los principios del cristianismo. A
pesar de todo esto, iba continuamente trabajando en sus hostiles planes.
Hacia últimos de mayo, los tres emisarios que se envió a Cuzco a buscar
una parte del rescate, volvieron a Cajamarca con un gran tesoro.
Solamente del famoso templo del Sol, les habían dado los indios
setecientas placas de oro, y eso no era sino una parte del tributo de
Cuzco. Los mensajeros trajeron de allí doscientas cargas de oro y
veinticinco de plata, llevando cada carga cuatro indios en una especie
de carretilla de mano. Esta enorme contribución hizo aumentar
considerablemente el tesoro destinado al rescate, si bien no se
consiguió con ella llenar el aposento hasta la señal indicada y
convenida. Sin embargo, Pizarro no era un Shylock. El precio del rescate
no estaba completo, pero era bastante, y el héroe hizo que un notario
redactase un documento eximiendo formalmente a Atahualpa de todo pago
ulterior, esto es, dándole recibo y finiquito de la cantidad estipulada.
Pero se vió obligado a aplazar la liberación del cacique. El asesinato
de Huascar y otros síntomas por el estilo, indicaban que sería una
medida suicida el soltar por entonces a Atahualpa. Aun cuando disfrazaba
sus intenciones, eran éstas muy sospechosas, y Pizarro le dijo que era
necesario retenerlo algún tiempo más en rehenes. Sabía muy bien que no
estaría seguro dejando libre a Atahualpa, antes de tener una fuerza
mayor para resistir el ataque que sin duda este cacique organizaría en
el acto. Conocía el carácter vengativo de los indios algo mejor que
algunos historiadores de biblioteca.
Almagro, entre tanto, había por fin conseguido salir de Panamá con
ciento cincuenta infantes y cincuenta caballos, en tres buques, y
desembarcando en la costa del Perú llegó a San Miguel en diciembre de
1532. Allí se enteró con asombro del mágico éxito de Pizarro y del botín
de oro, y al punto se puso en comunicación con él. Al mismo tiempo su
secretario envió a Pizarro una carta traicionera, tratando de crear
enemistad y vender a Almagro. Pero el secretario no conocía al hombre a
quien se dirigía, pues Pizarro rechazó la despreciable oferta.
Verdaderamente su conducta para con su poco admirable socio, desde el
principio hasta el fin, fué más que justa: fué condescendiente, amistosa
y magnánima hasta el extremo. Entonces envió a Almagro la reiteración de
su amistad, y generosamente le brindó una participación en el campo de
oro que había sido conquistado con escasa ayuda de su parte. Almagro
llegó a Cajamarca en el mes de febrero de 1533, y fué cordialmente
acogido por su antiguo compañero de armas.
Entonces se repartió el cuantioso rescate, tesoro de que no se registra
igual en la historia. Fué aquel reparto una labor que requería no poca
prudencia y pericia. El tributo no consistía en moneda ni lingotes, sino
en placas, vasijas, imágenes y otros objetos que variaban grandemente en
peso y en ley. Tuvo que reducirse y calcularse todo de conformidad con
un tipo regulador. Separáronse algunos de los objetos más notables para
enviarlos a España, y se hizo fundir los otros, en forma de lingotes,
por los artífices indios, quienes emplearon un mes en esa tarea. El
producto fué casi fabuloso. Se valuó en 1.326,539 _pesos de oro_, que en
aquella época valían comercialmente cinco veces lo que pesaban, o sea en
junto unos 6.632,695 pesos. Además de tan importante cantidad de oro,
había 51,610 marcos de plata, que al mismo tipo equivalían a 1.135,420
pesos de nuestra moneda.
Los españoles se habían reunido en la plaza publica de Cajamarca.
Pizarro rogó a Dios que le iluminase para repartir aquel tesoro
equitativamente, y empezó la distribución. Ante todo se separó una
quinta parte del peso total con destino al rey de España, de acuerdo con
lo ofrecido por Pizarro en el «contrato». Después de esto, los
conquistadores recibieron sus partes por el orden de su categoría.
Pizarro recibió 57,222 pesos de oro y 2,350 marcos de plata, además de
la silla de oro de Atahualpa, que por su peso valía 25,000 pesos. A su
hermano Hernando le tocó 31,089 pesos de oro y 2,350 marcos de plata. A
Soto le correspondió 17,749 pesos de oro y 724 marcos de plata. Había en
la tropa sesenta jinetes y muchos de ellos recibieron 8,880 pesos de
oro y 362 marcos de plata. De los ciento cinco soldados de infantería,
varios recibieron la misma cantidad que los de caballería, y los demás
una cuarta parte menos. Separóse cerca de 100,000 pesos oro para dotar
la primera iglesia del Perú, que fué la de San Francisco. También se dió
participación a Almagro y a su gente, así como a los que habían quedado
de guarnición en San Miguel. Que Pizarro logró hacer un reparto
equitativo lo demuestra el hecho de no haber habido la menor queja, y no
eran sus asociados hombres que se quedasen tranquilos si se creyesen
lesionados o siquiera lo imaginasen. Ni aun sus difamadores han podido
culpar de falta de integridad al valiente conquistador del Perú.
Para dar una forma más gráfica al resultado de tan inesperada y
portentosa ganancia, haremos una lista poniendo a cada participación el
valor equivalente en dólares americanos:
A la Corona de España 1.553,623 dólares
» Francisco Pizarro 462,623 »
» Hernando Pizarro 209,100 »
» Soto 104,628 »
» cada jinete 52,364 »
» cada infante 26,182 »
Todo esto sin contar las fortunas que se repartieron a Almagro y a los
suyos y para la iglesia.
Este es el cálculo más aproximado que puede hacerse del valor de aquel
tesoro. El estudio del muy complicado y variable sistema de monedas de
aquellos tiempos y de sus valores relativos, sería trabajo de toda una
vida; pero las cifras que acabamos de dar son virtualmente exactas. El
cálculo de Prescott, que da al _peso de oro_ de aquel tiempo un valor
equivalente a once dólares de hoy, carece enteramente de fundamento:
valía muy cerca de cinco dólares. El marco de plata es mucho más difícil
de apreciar, y Prescott ni siquiera lo intenta. El marco no era una
moneda, sino un peso, y su valor comercial era entonces de unos
veintidós dólares.
VII
TRAICIÓN Y MUERTE DE ATAHUALPA
Pero en medio de su gozo al ver realizados sus dorados ensueños--y casi
podemos imaginar lo grandes que se sentirían al verse ya ricos, después
de una vida de pobreza y de sufrimientos,--los españoles se vieron
bruscamente sorprendidos por menos placenteras realidades. Las
maquinaciones de los indios, de que ya se había sospechado, ahora no
daban lugar a dudas. De todas partes llegaban noticias de un
levantamiento. Se anunciaba que doscientos mil guerreros de Quito y
treinta mil de los caníbales caribes se habían puesto en camino para
caer sobre la pequeña fuerza de los españoles. Rumores de esta clase
siempre suelen ser exagerados; pero entonces tenían probablemente
fundamento. No otra cosa podía esperar quien estuviese tan familiarizado
con el carácter de los indios como lo estaban los españoles. De todos
modos, nuestro juicio de lo que sobrevino debe guiarse no solamente por
lo que _era_ cierto, sino más bien por lo que los españoles _creían_ que
lo era. Ellos tenían motivos para suponer, y no cabe dudar que así lo
suponían, que las maquinaciones de Atahualpa traían una fuerza muy
superior contra ellos, y que su vida estaba en inminente peligro. La
inmensa riqueza que acababan de adquirir les ponía aún más intranquilos.
Es una fase curiosa pero común de la naturaleza humana, que no nos damos
cuenta de la mitad de los muchos peligros ocultos que amenazan nuestra
vida, hasta que hemos adquirido algo que nos hace la vida más agradable.
A menudo vemos cómo un hombre valiente se vuelve de pronto cauteloso, y
hasta ridículamente medroso, cuando tiene una esposa querida y algún
hijo que cuidar y proteger; y dudo que ningún muchacho travieso haya
llegado a los veinte años sin que la posesión de algún pequeño tesoro le
haya hecho pensar de momento en las muchas cosas que podrían quitarle
el gusto de disfrutarlo. Entonces ve y presiente peligros que antes
nunca se le había ocurrido suponer.
Los españoles tenían ciertamente suficientes motivos para temer por su
vida, sin pensar en otra cosa; pero la repentina riqueza, que les
prometía un brillante y bien ganado porvenir, sin duda agudizaba más sus
aprensiones y les acuciaba a hacer más desesperados esfuerzos para
salvarse.
No existe ni sombra de un indicio de que Pizarro pensase jamás en hacer
traición a Atahualpa, y hay evidentes señales de todo lo contrario. Pero
ya sus soldados empezaban a exigir lo que parecía necesario para su
protección. Creían que Atahualpa les había traicionado. Había causado la
muerte de su hermano Huascar, el cual estaba dispuesto a ser amigo de
ellos, con el fin de que aquella alianza le colocase por encima del
poder de su temido rival. Les había ofrecido como cebo un áureo rescate,
y con sus dilaciones había ganado tiempo para organizar fuerzas con que
aplastar a los españoles, y ahora ellos pedían no sólo que se le
castigase, sino que se le imposibilitase de seguir conspirando. Nadie
que se hallase en iguales circunstancias podía rebatir esa lógica; ni
aun ahora me parece a mí fuera de razón. No tan sólo _creyeron_ que su
acusación era justa, sino que probablemente lo _era_; de todos modos
ellos obraron justamente, según los informes que tenían. Tal era su
alarma, que se doblaron las guardias, los caballos estaban
constantemente enjaezados y los hombres dormían sobre las armas,
mientras Pizarro hacía la ronda todas las noches para cerciorarse de que
todo estaba en disposición de resistir el ataque que se esperaba de un
momento a otro.
Y sin embargo, en esta crisis el jefe español mostró una varonil
renuencia aun a _parecer_ traicionero. Era hombre de palabra, a más de
ser humanitario, y le repugnaba faltar a su promesa de poner en libertad
a Atahualpa, aun cuando le eximía la conducta del mismo Atahualpa, en
completa violación del espíritu del contrato. Pero era imposible
substraerse a la exigencia de su gente: debía mirar por sus vidas como
por la suya propia y, obligado a elegir entre ellos y Atahualpa, no era
dudosa la elección. Pizarro se resistía; pero su tropa insistió, y no
tuvo más remedio que ceder. Pero, aun entonces, cuando el enemigo podía
presentarse de un momento a otro, exigió que el prisionero fuese
formalmente juzgado y cuidó de que se cumpliese este requisito. El
tribunal declaró a Atahualpa convicto de haber instigado el asesinato de
su hermano y de conspirar contra los españoles, y le condenó a ser
ejecutado aquella misma noche. Si se demoraba el cumplimiento de la
sentencia, podía llegar la hueste india a tiempo para rescatar a su
cacique, y eso aumentaría grandemente la desventaja en que se hallaban
los españoles. Por lo tanto aquella noche se le dió garrote a Atahualpa
en la plaza de Cajamarca, y al día siguiente recibió sepultura en la
iglesia de San Francisco, tributándole las honras debidas a su alto
rango.
De nuevo se vieron sorprendidos los peruanos, esta vez por la muerte de
Atahualpa. Sin la dirección de su jefe guerrero y perdida la esperanza
de rescatarlo, vacilaron antes de atacar directamente a los españoles.
Se mantuvieron a una distancia segura incendiando aldeas y escondiendo
oro y otros artículos que pudieran ser útiles al enemigo; así que,
después de todo, aun cuando se había conjurado el peligro inmediato con
la ejecución del cacique, la situación presentaba todavía muy mal cariz.
Pizarro, que no tenía de los títulos peruanos una idea más exacta que
algunos de nuestros historiadores, con la esperanza de crear un ambiente
de paz, nombró capitán de guerra a Toparca, otro de los hijos de Huayna
Capac; pero este nombramiento no produjo el efecto que perseguía.
Decidióse entonces emprender larga y ardua expedición a Cuzco,
residencia y principal ciudad de la tribu inca, de la cual habían oído
referir áureos portentos. A principios de septiembre de 1533, Pizarro y
su ejército, engrosado ya con el refuerzo de Almagro hasta unos
cuatrocientos hombres, salieron de Cajamarca. Fué aquella una jornada
preñada de dificultades y peligros. Los angostos y empinados senderos
conducían por vertiginosos vericuetos y por puentes colgantes tan
difíciles de atravesar como lo fuera una hamaca, y subían por elevadas
peñas, donde sólo las ágiles llamas podían hallar huecos en que sentar
las patas. En Jauja les hizo resistencia gran golpe de indios,
atrincherados en la margen opuesta de un torrente recién henchido por
las lluvias. Pero los españoles atravesaron la corriente y se lanzaron
con tal furia sobre los naturales, que éstos no tardaron en ceder.