escogió un sitio en el valle de Tangara y fundó allí la ciudad de San
Miguel. Construyó una iglesia, un almacén, una sala de justicia, un
fuerte y varias viviendas, y organizó un gobierno. El oro que había
recogido lo envió a Panamá, y esperó varias semanas a que llegasen
voluntarios. Pero no llegó ninguno, y era evidente que tenía que
abandonar la conquista del Perú, o emprenderla con el puñado de hombres
que le seguían. No le tomó a Pizarro mucho tiempo el decidirse por una
de las dos alternativas. Dejando cincuenta soldados al mando de Antonio
Navarro para guarnecer San Miguel, y dictando rigurosas leyes para la
protección de los indios, marchó Pizarro el 24 de septiembre de 1532 al
interior de aquel vasto y desconocido país.
IV
EL PERÚ TAL COMO ERA
Ahora que hemos seguido a Pizarro hasta el Perú; ahora que va a
conquistar la tierra maravillosa que tan incomparables contrariedades y
sufrimientos le costó encontrar, debemos detenernos un momento para
decir cómo era aquel país. Esto es tanto más necesario, cuanto que se
han propalado por el mundo tan falsos y tan disparatados relatos acerca
del «Imperio del Perú» y del «Reino de los Incas» y otras sandeces por
el estilo. Para comprender lo que fué la conquista tenemos que saber
antes lo que había que conquistar, y para ello es necesario esbozar en
pocas palabras la pintura del Perú, tal como nos la han dado con su
autoridad algunos historiadores grotescamente equivocados, y decir
después cómo era realmente el Perú, según se ha demostrado gracias a
modernas investigaciones.
Nos han contado que el Perú era un gran imperio, rico, populoso y
civilizado, gobernado por una larga serie de reyes, que se llamaban
Incas; que tenía dinastías y nobleza; trono y corona y corte; que sus
reyes conquistaban vastos territorios y civilizaban a los vecinos
salvajes que conquistaban, por medio de sabias leyes y de escuelas y de
otros instrumentos de economía política; que tenían caminos militares
mucho mejores que los que construyeron los romanos, de mil millas de
longitud y con prodigioso pavimento y varios puentes; que aquella
portentosa raza creía en un Sér Supremo; que el rey y todos los que
tenían sangre real en sus venas eran inconmensurablemente superiores al
común del pueblo, pero que eran bondadosos, justos, paternales e
ilustrados; que había regios palacios en todas partes; que tenían
canales de cuatrocientas o quinientas millas de largo, y ferias
regionales y representaciones teatrales de tragedias y comedias; que
tallaban esmeraldas con herramientas de bronce, arte que es hoy
desconocido; que el gobierno verificaba censos y educaba a las masas; y
que, así como la política de los aborígenes de Méjico era la política
del odio, la de los reyes Incas era una política de amor y de suavidad.
Sobre todo, se nos ha hablado mucho del largo linaje de monarcas incas,
la familia real cuyo último rey, Huayna Capac, murió poco antes de la
llegada de los españoles. Se le representaba repartiendo el trono entre
sus hijos Atahualpa y Huascar, quienes pronto pelearon y empezaron la
guerra cruel y fraticida con ejércitos y otros procedimientos de pueblos
civilizados. Entonces, se nos dice, llegó Pizarro y se aprovechó de esa
guerra intestina; azuzó a un hermano contra el otro, y así pudo al fin
conquistar el imperio.
Todo esto, con otras mil cosas igualmente ridículas, inexactas e
imposibles, es parte de uno de los romances históricos más fascinadores
pero más erróneos que se ha escrito. Nunca hubiera salido de pluma
alguna si entonces se hubiese conocido la hermosa y exacta ciencia de la
etnología. Esa idea del Perú que por tanto tiempo ha prevalecido, se
basaba en la más supina ignorancia de aquel país, y, sobre todo, de los
indios de todas partes. Porque hay que recordar que aquellos
sorprendentes seres, cuyo imaginado gobierno deja tamañita a cualquiera
nación civilizada y moderna, _no eran más que indios_. No quiero decir
con esto que los indios no sean hombres con todas las emociones,
sentimientos y derechos de los hombres, derechos que ojalá hubiésemos
protegido nosotros con tan honroso cuidado como lo hizo España. Pero los
indios del Norte y los del Sur de América se parecen mucho en su
organización social, religiosa y política, y son muy distintos de
nosotros. Los peruanos ciertamente estaban algo más adelantados que
cualesquiera otros indios de América; pero de todos modos eran indios.
No tenían una idea correcta de un Sér Supremo, sino que adoraban una
deslumbradora multitud de dioses y de ídolos. No tenían rey, ni trono,
ni dinastía, ni sangre real, ni nada que fuese regio. Todas estas cosas
eran aún más imposibles entre los indios de lo que serían ahora en
nuestra propia república. No había, ni podía haber, siquiera una nación.
La vida de los indios es esencialmente de tribus. No solamente no puede
haber un rey entre ellos, ni nada que se parezca a un rey, sino que ni
conocen lo que es herencia, a no ser como algo de que conviene
precaverse. El jefe (y ni siquiera reconocen un jefe supremo) no puede
transmitir su autoridad a su hijo ni a otro individuo alguno. El sucesor
lo elige el concejo de oficiales encargados de ello. Donde no hay reyes
no puede haber palacios, y no los había en el Perú. En cuanto a ferias y
escuelas y otras cosas por el estilo, son tan inexactas como imposibles.
No había Corte, ni Corona, ni nobleza, ni censos, ni teatros, ni nada
que remotamente indicase que había habido algo de todo eso; y por lo que
hace a los incas, no eran reyes, ni siquiera gobernantes, sino
simplemente _una tribu de indios_. Eran los únicos de esta raza en ambas
Américas que sabían fundir, y esto les permitía hacer toscos ornamentos
e imágenes de oro y plata; así es que su país era el más rico del Nuevo
Mundo, y realmente hacían alarde de un notable aunque barbárico
esplendor. Los templos de sus ciegos dioses brillaban con ornamentos de
oro, y los indios se adornaban con profusión de metales preciosos, as
como nuestros navajos y pueblos en Nuevo Méjico y Arizona aun hoy llevan
libras y más libras de adornos de plata. También hacían herramientas de
bronce, algunas de las cuales eran de muy buen temple; pero eso no era
un arte, sino tan sólo un accidente. Nunca se hallaban dos de sus
utensilios que tuviesen la misma aleación; el artífice indio lo hacía al
buen tuntún, y por cada herramienta que le salía bien por casualidad,
tenía que desechar muchas por malas.
Eran los incas una de las tribus peruanas, débiles al principio y muy
asendereados por sus vecinos. Al fin, arrojados de sus antiguos lares,
dieron con un valle que era una fortaleza natural. Allí construyeron la
ciudad de Cuzco (pues construían ciudades lo mismo que nuestros indios
pueblos, sólo que las suyas eran mejores). Entonces, cuando hubieron
fortificado los dos o tres pasos por donde únicamente podía llegarse a
aquella hondonada de los Andes, se consideraron seguros. Sus vecinos ya
no podían penetrar allí para matarles y robarles. Con el tiempo llegaron
a ser numerosos y confiados, y como todos los demás indios (y algunos
blancos), entonces empezaron a salir a matar y robar a sus vecinos. En
esto se daban muy buena maña, porque tenían un lugar seguro adonde
retirarse, y, sobre todo, porque sus pequeños camellos podían
transportarles subsistencias para permanecer algún tiempo fuera de su
escondrijo. Habían domesticado la llama, lo cual no había hecho ninguna
de las tribus vecinas, excepto los aymaros, y esto dió a los incas una
enorme ventaja. Podían salir de su seguro valle en gran número, con
provisiones para un mes o más, y sorprender alguna aldea. Si eran
batidos, se escondían por las montañas, viviendo con las municiones de
su recua y hostilizando y atacando constantemente a los aldeanos hasta
aburrirles. Vemos, pues, el gran servicio que el pequeño camello prestó
a los incas. Les permitió hacer la guerra de un modo que hasta entonces
no lo hicieran los otros indios de América. Con esta ventaja y de este
modo esta tribu guerrera había llevado a cabo lo que pudiéramos llamar
una «conquista» sobre una extensa comarca. Las otras tribus vieron que
les tenía más cuenta cejar al fin y pagar a los incas para que las
dejasen tranquilas. Estos construyeron almacenes en cada uno de tales
sitios, y pusieron un oficial en todos ellos, para la cobranza del
tributo impuesto a la tribu conquistada. Esas tribus nunca se mezclaron.
No podían entrar en Cuzco, y los incas no iban a vivir entre ellos. No
constituían, pues, una nación, sino un conglomerado de tribus indias
sujetas por el miedo a una tribu más fuerte.
La organización de los incas era, hablando en general, igual a la de
cualquier otra tribu india. El oficial más preeminente en semejante
tribu era, naturalmente, el que tenía a su cargo la dirección de los
combates, esto es, el jefe de los guerreros. Era el que mandaba en la
guerra; pero en los otros ramos del gobierno distaba de ser el único o
el hombre de más alto rango. Y eso es sencillamente lo que fueron Huayna
Capac y todos esos fabulosos reyes incas; capitanes guerreros con la
misma influencia que tienen varios capitanes de guerra indios que
conozco personalmente en Nuevo Méjico.
Los hijos de Huayna Capac eran también capitanes guerreros indios, y
nada más; con la particularidad de que eran jefes guerreros de distintas
tribus, rivales y enemigas. Atahualpa bajó desde Quita con sus guerreros
indios y tuvo varios combates, haciendo finalmente prisionero a Huascar,
a quien encerró en el fuerte indio de Jauja.
Así se hallaban las cosas cuando Pizarro se dirigió al interior. Y para
que no se confunda el lector con la aserción de que los historiadores
españoles explicaban de distintos modos la situación del Perú, conviene
hacer otra aclaración. Los cronistas españoles ni decían más mentiras ni
cometían más equivocaciones que nuestros propios exploradores que
vinieron más tarde y escribieron con seriedad acerca del _rey_ indio
Philip, del _rey_ indio Powhatan y de la _princesa_ india Pocahontas. La
etnología era entonces una ciencia desconocida. Ninguno de aquellos
antiguos escritores comprendía la organización característica de los
indios. Veían un hombre ignorante, desnudo, supersticioso, que mandaba a
sus ignorantes secuaces y era persona de autoridad, y le llamaron «rey»
porque no sabían qué otro nombre darle. Lo mismo hicieron los españoles.
En aquella época no tenía el mundo más que una pequeña regla para medir
los gobiernos y las organizaciones; y por muy ridículas que nos parezcan
sus medidas, no era posible entonces medir mejor. No; las equivocaciones
de los cronistas españoles eran tan sinceras y tan ignorantes como las
en que incurriera Prescott tres siglos después, y a la verdad, no eran
tan absurdas.
El Perú, sin embargo, era un país muy prodigioso para haber sido formado
por simples indios desprovistos hasta de una organización o un espíritu
nacional, que es el primer requisito para formar nación. Sus «ciudades»
eran importantes, y en su construcción notábase bastante pericia; las
granjas eran mejores que las de nuestros pueblos, porque eran allí
indígenas la patata y otras plantas alimenticias entonces desconocidas
en nuestra región del sudoeste, y estaban regadas por el mismo sistema
de irrigación que era común a todas las tribus sedentarias. Eran los
únicos indios que se dedicaban al pastoreo, y sus grandes rebaños de
llamas eran un importante venero de riqueza; mientras que los géneros de
lana de camello que ellos mismos tejían, no desdeñaban usarlos las
empingorotadas damas españolas. Y sobre todo, sus toscos hornos de
fundición les permitían presentar cierta pompa deslumbradora, que no era
de esperar entre indios americanos; la verdad, nos causaría sorpresa
entrar en las iglesias de cualquier ciudad del mundo y hallarlas tan
esplendentes con placas, imágenes y netos de oro, como eran algunos de
sus barbáricos templos. No podemos afirmar que nunca hiciesen
sacrificios humanos; pero esos horrendos ritos eran raros y no podían
compararse con los horrores que a diario llevábanse a cabo en Méjico. En
los sacrificios ordinarios, la llama era la víctima.
Hacia la fortaleza de esa extraordinaria tribu india, se dirigía Pizarro
al frente de su escasa tropa.
V
LA CONQUISTA DEL PERÚ
Positivamente ningún ejército salió jamás a luchar con tan
desproporcionadas desventajas. Contra innumerables miles de peruanos,
tenía Pizarro ciento setenta y siete hombres. De éstos, sólo sesenta y
siete iban montados. En toda la fuerza no había más que tres cañones; y
sólo veinte hombres tenían siquiera ballestas; todos los demás iban
armados de espadas, dagas y lanzas. ¡Linda hueste, en verdad, para
conquistar lo que era un imperio en vastedad, ya que no en organización!
A los cinco días de marcha desde San Miguel, Pizarro hizo alto para
descansar. Allí notó señales de descontento entre su gente, y adoptó un
remedio característico de su genio. Haciendo formar a sus hombres, les
habló en términos amistosos. Díjoles que deseaba que San Miguel
estuviese mejor defendido, pues era muy pequeña la guarnición que allí
había quedado. Si algunos de los presentes preferían no seguir adelante,
ni afrontar los peligros desconocidos que hallarían tierra adentro,
quedaban en libertad de retroceder para reforzar la guarnición de San
Miguel, donde tendrían derecho a las mismas mercedes de terreno que los
otros, además de participar en los beneficios de la conquista.
Fué una medida audaz y, sin embargo, prudente. Cuatro infantes y cinco
jinetes dijeron que se volverían a San Miguel; y, en efecto, se
volvieron, mientras que ciento sesenta y ocho leales siguieron adelante,
prometiendo de nuevo seguir a su intrépido jefe hasta el fin.
Soto, que había estado explorando por espacio de ocho días, volvió
entonces acompañado de un mensajero que enviaba el capitán guerrero de
los indios, Atahualpa. Traía el indio presentes, e invitó a los
españoles a visitar a Atahualpa, que estaba acampado con sus brazos en
Cajamarca. Felipillo, el joven indio de Túmbez, que fué a España con
Pizarro para aprender el español, prestó ahora útil servicio como
intérprete, y por su mediación pudieron los españoles conversar con los
incas. Pizarro trató al mensajero con su acostumbrada afabilidad, y lo
despidió con regalos, marchando después peñas arriba en dirección de
Cajamarca. Uno de los indios declaró que Atahualpa trataba simplemente
de atraer a los españoles a su fortaleza para destruirlos sin tomarse el
trabajo de salir a su encuentro, lo cual era verdad; y otro indio
declaró que el jefe inca tenía a su mando una fuerza que no bajaba de
cincuenta mil hombres. Pero sin arredrarse, Pizarro envió un indio
adelante para hacer un reconocimiento, y siguió marchando por los
temibles pasos de la cordillera, alentando a sus hombres con una de sus
características arengas. Díjoles:
«Tened todos ánimo y valor para hacer lo que espero de vosotros y lo que
deben hacer todos los buenos españoles, y no os alarméis por la multitud
que dicen tiene el enemigo ni por el número reducido en que estamos los
cristianos. Que aunque fuésemos menos y el ejército contrario fuese más
numeroso, la ayuda de Dios es mayor todavía; y en la hora de la
necesidad El ayuda y favorece a los suyos, para desconcertar y humillar
el orgullo de los infieles, y atraerles al conocimiento de nuestra Santa
Fe.»
Al oir este animoso discurso, los hombres gritaron que le seguirían
adondequiera que les llevase. Pizarro se puso al frente con cuarenta
jinetes y sesenta infantes, dejando a su hermano Hernando que hiciese
alto con los hombres restantes hasta nueva orden. No era juego de niños
el trepar por aquellos terribles pasos. Los jinetes tuvieron que
desmontar, y aun así, con dificultad podían llevar sus caballos por
aquellas alturas. Los angostos senderos serpenteaban por debajo de
salientes riscos y bordeaban sombrías quebradas, estrechas hendeduras de
millares de pies de profundidad, en las que el resalto que formaba la
roca tenía apenas el ancho suficiente para arrastrarse por él.
Dominaban el paso dos imponentes fuertes de piedra; pero afortunadamente
estaban abandonados. Si los hubiese ocupado el enemigo, estaban perdidos
los españoles; pero Atahualpa quiso dejarles penetrar en su trampa, en
la confianza de que una vez dentro los aplastaría fácilmente. Cuando
llegaron los españoles a lo alto del paso, mandaron a buscar a Hernando,
el cual subió con su gente. Llegó entonces un mensajero de Atahualpa con
regalo de llamas, y casi al mismo tiempo volvió el espía indio que envió
Pizarro y reiteró que Atahualpa intentaba traicionarles. El mensajero
peruano explicó de un modo plausible los movimientos sospechosos que
había relatado el espía. Su explicación distaba de ser satisfactoria;
pero Pizarro era demasiado listo para mostrar su desconfianza. Sólo
podían salvarse aparentando tranquilidad.
Los españoles sufrieron mucho frío al doblar aquella empinada sierra, y
hasta la misma bajada por la vertiente oriental de la cordillera se les
hizo sumamente dificultosa. Al séptimo día llegaron a la vista de
Cajamarca situada en su lindo valle ovalado, que era una hondonada de
gran extensión. A lo lejos y a un lado estaba el campamento del jefe
guerrero inca y de su ejército, que cubría una vasta superficie. El día
15 de noviembre de 1532, los españoles entraron en la ciudad. Hallábase
enteramente desierta, lo cual era de muy ominoso agüero. Pizarro hizo
alto en la gran plaza cuadrada o comunal, y envió a Soto y Hernando
Pizarro con treinta y cinco jinetes al campo de Atahualpa para pedirle
una entrevista. Hallaron al jefe inca rodeado de una pompa que les
pasmó; y no menos les impresionó el número abrumador de guerreros que
vieron en el campamento. A su solicitud contestó Atahualpa que aquel día
estaba guardando ayuno por ser día sagrado (lo cual ya era una
circunstancia sospechosa); pero que al día siguiente visitaría a los
españoles en la ciudad. «Ocupad las casas de la plaza, les dijo, y no
entréis en ninguna otra. Aquellas son para el uso de todos. Cuando yo
vaya, daré órdenes acerca de lo que hay que hacer.»
Los peruanos, que nunca habían visto un caballo, quedaron atónitos al
contemplar aquellos extranjeros montados, y aun más se encantaron cuando
Soto, que era un gran caballista, mostró su habilidad con algunas
proezas, no por vano alarde, sino porque era de mucha importancia el
causar impresión a aquellos innumerables bárbaros con las peligrosas
habilidades de los extranjeros.
Los acontecimientos del día siguiente merecen especial mención, puesto
que ellos y sus consecuencias directas han dado pie a la injusta
imputación que se ha hecho a Pizarro de ser un hombre cruel. Los
_verdaderos_ hechos le justifican plenamente.
En la mañana del 16 de noviembre, después de una noche de gran ansiedad,
los españoles se levantaron al despuntar el alba. Entonces vieron
claramente que se habían metido en la trampa, y que había una
probabilidad contra ciento de que pudiesen salir de allí. Su espía indio
había sido veraz en sus avisos. Allí estaban, acorralados en la ciudad,
ciento setenta y ocho hombres, y a poca distancia había innumerables
millares de indios. Pero, y esto era peor todavía, vieron que les habían
cortado la retirada; porque durante la noche Atahualpa había situado una
gran fuerza entre ellos y el paso por donde habían entrado. Estaban,
pues, en una situación enteramente desesperada: no podía salvarles más
que un milagro. Pero el milagro estaba a mano: era Pizarro.
Por una de las sabias disposiciones de la naturaleza, las mentes mejor
equiparadas piensan mejor y más rápidamente cuando más necesitan pensar
a prisa y bien. En el momento supremo todos los pensamientos que se
amontonan y confunden en el excitado cerebro, parece como si se
apartasen de repente para dejar un claro por donde un gran pensamiento
pueda saltar, como el corredor que llega a la meta, o bien como el rayo
que hiende el aire manso, mientras su fuego se precipita abriendose
paso. Las personas más inteligentes tienen a veces ese relampagueo
mental, y cuando se puede confiar en que ha de aparecer o iluminar al
instante las crisis más obscuras, es la intuición del genio. Eso es
precisamente lo que hizo de Napoleón todo un Napoleón, y de Pizarro
todo un Pizarro.
Había necesidad de formular con maravillosa rapidez un pensamiento que
fuese casi sobrehumano. ¿Cómo podían vencerse aquellas terribles
desventajas? ¡Ah! Pizarro dió con ello. El no sabía, como sabemos ahora,
las razones supersticiosas que hacían que los indios reverenciasen tanto
a Atahualpa; pero sí sabía que existía esa influencia. Algo de lo que
Pizarro era para los españoles, era para los peruanos su capitán
guerrero; no tan sólo era su jefe militar, sino que literalmente era «en
sí toda una hueste». Pues bien; si él podía hacer prisionero a aquel
cacique traidor, esto haría disminuir muchas de las desventajas; en
realidad equivaldría de un modo incruento a quitar a los enemigos
algunos millares de hombres. Además, Atahualpa quedaría en rehén para
responder de la paz de su tribu. Y como único medio de salvación,
Pizarro resolvió aprisionar al cacique.
Empezó en el acto a hacer preparativos para este brillante golpe
estratégico. La caballería, dividida en dos grupos, mandados por
Hernando de Soto y Hernando Pizarro, se ocultó en dos espaciosos
zaguanes que daban a la plaza. En un tercer zaguán se colocó la
infantería, y Pizarro, con veinte hombres, ocupó una posición en otro
punto ventajoso. Pedro de Candía, con la artillería--dos pequeños
falconetes,--se había situado en lo alto de un fuerte edificio. Pizarro
dirigió entonces a sus soldados una fervorosa arenga, y después de una
rogativa a Dios para que les amparase y librase de todo mal, la pequeña
fuerza esperó al enemigo.
Casi había transcurrido el día cuando Atahualpa entró en la ciudad
sentado en una silla de oro que llevaban en hombros sus servidores.
Había prometido hacerles una visita amistosa e ir desarmado; pero era de
notar que aquella visita amistosa la hizo acompañado de un séquito de
varios miles de atléticos guerreros. Ostensiblemente iban desarmados;
pero debajo de sus mantos llevaban ocultos arcos, machetes y mazas.
Atahualpa no pudo resistir a la curiosidad, aun cuando habíase mostrado
indiferente. Aquella nueva clase de hombres era demasiado interesante
para exterminarlos en el acto. Quería verlos más, y así fué a ellos;
pero sumamente confiado, como pudiera estarlo un niño cruel con una
mosca. Observaría por un rato sus aleteos y zumbidos, y cuando se
cansase de ellos no tenía más que extender el pulgar y aplastar la mosca
sobre el vidrio de la ventana. Pero no contaba Atahualpa con la
huéspeda. Ciento setenta cuerpos españoles podían ser fácilmente
aplastados; pero no cuando los animaba un espíritu como el de su jefe.
Aun en aquel instante estaba Pizarro dispuesto a adoptar procedimientos
pacíficos. El bueno de Fray Vicente de Valverde, capellán del pequeño
ejército, se adelantó a recibir a Atahualpa. Hacían un raro contraste el
modesto misionero con su hábito gris y su manoseada Biblia en la mano,
frente al astuto indio sentado en su trono de oro, cubierto de adornos
del mismo metal y con un collar de esmeraldas. El padre Valverde le
dirigió la palabra. Le dijo que venían como servidores de un poderoso
rey y del verdadero Dios. Venían como amigos, y todo lo que pedían era
que el cacique abandonase sus ídolos y adorase a Dios, y aceptase al rey
de España como aliado suyo y no como soberano.