Pizarro hizo rumbo al sur. Pronto traspusieron el punto más lejano a que

había llegado europeo alguno--Punta de Pasado, que era el límite de las

exploraciones de Ruiz,--y se hallaron de nuevo en mares desconocidos.

Después de navegar veinte días, entraron en el Golfo de Guayaquil

(Ecuador), y anclaron en la bahía de Túmbez. Delante de ellos vieron una

gran ciudad india con casas permanentes. La bahía azul estaba salpicada

de balsas con velas indias, y en las lejanías del fondo veían elevarse

los gigantescos picos de los Andes. Podemos imaginarnos la impresión que

debió causar a los españoles la primera vista de aquellas montañas, que

tenían más de veinte mil pies ingleses de altura.

Los indios salieron en sus balsas a contemplar a los maravillosos

extranjeros, y viéndose tratados con la mayor bondad y consideración,

pronto perdieron el miedo. Los españoles recibieron regalos de pollos,

cerdos y baratijas; les trajeron plátanos, maíz, boniatos, piñas, cocos,

caza y pescado. Puede asegurarse que estos obsequios fueron sumamente

apreciados por los rudos exploradores, después de tantos meses de pasar

hambre. Los indios llevaron también a bordo varias llamas, que son los

cuadrúpedos característicos y más valiosos de la América del Sur. El

ameno, aunque mal informado historiador que ha contribuído más que otro

hombre alguno en los Estados Unidos a propagar una interesante, pero

absolutamente falsa idea del Perú, dice que la llama es el carnero

peruano; pero es tan carnero como la jirafa. La llama es el camello

sudamericano, un verdadero camello, aunque pequeño. Es el animal de

carga cuyo andar lento y seguro y cuyo paciente lomo han permitido al

hombre transitar por un país tan montañoso que en algunos sitios son

inservibles los caballos. Además de hacer las veces de acémila, es

productor de materia textil: de él se saca el pelo que sirve para tejer

las prendas de ropa que usa el pueblo. Había tres clases más de

camellos: la vicuña, el guanaco y la alpaca, todos pequeños y todos

apreciados por su pelo, el cual para géneros finos es superior a la lana

de los mejores carneros. Los peruanos domesticaron la llama en grandes

rebaños e hicieron de ese cuadrúpedo su auxiliar más importante. Eran

los únicos aborígenes en las dos Américas que tenían un animal de carga

antes de llegar los europeos, excepto los apaches de las llanuras y los

esquimales, los cuales utilizaban los perros y los trineos.

En Túmbez, Alonso de Molina fué enviado a tierra para ver la ciudad.

Volvió con tan sorprendentes informes de templos dorados y grandes

fortalezas, que Pizarro no le dió crédito y envió a Pedro de Candía.

Este griego, natural de la isla de Candía, era hombre importante en el

pequeño grupo de españoles. En todas partes eran entonces los griegos

considerados como un pueblo versado en las todavía misteriosas armas, y

toda Europa respetaba a los que habían inventado el «fuego griego», ese

maravilloso agente que ardía por debajo del agua y que nadie sabe

fabricar hoy día. Los griegos eran generalmente conocidos como

«pirotécnicos», y eran muy solicitados como maestros de artillería.

Pedro de Candía bajó a tierra con su armadura y su arcabuz, causando con

ambas cosas el pasmo de los habitantes; y cuando puso una tabla como

blanco y de un balazo la hizo astillas, quedaron sobrecogidos por aquel

extraño ruido y por el resultado. Candía dió informes tan encomiásticos

como los de Molina, y los harapientos españoles empezaron a creer que al

fin iban a realizarse sus dorados ensueños, y con esto cobraron nuevo

aliento. Pizarro rehusó delicadamente aceptar los regalos de oro, plata

y perlas que le ofrecieron los aterrorizados indígenas, y de nuevo

volvió la proa hacia el Sur, navegando hasta cerca del 9° de latitud.

Entonces, considerando que ya había visto bastante para justificar su

vuelta en busca de refuerzos, se dirigió a Panamá. Alonso de Molina y un

compañero se quedaron en Túmbez a petición suya, por gustarles mucho

aquella tierra. En su lugar llevóse Pizarro dos jóvenes indios para que

aprendiesen la lengua española. Uno de ellos a quien dieron el nombre de

Felipillo, jugó más tarde un papel importante pero ignominioso. Los

navegantes se detuvieron en la isla de Gorgona para recoger a sus dos

camaradas que quedaron enfermos. El uno había muerto, pero el otro se

unió de buen grado a sus compañeros. Y así, con sus doce hombres,

Pizarro volvió a Panamá, después de diez y ocho meses de ausencia,

habiendo amontonado en ese lapso de tiempo todos los sufrimientos y

todos los horrores de una vida entera.

III

GANANDO TERRENO

Al gobernador Los Ríos no le impresionó el heroísmo de aquel pequeño

grupo, y rehusó prestarle auxilio. Su situación parecía desesperada;

pero el jefe no se amilanó. Determinó ir él mismo a España y dirigirse

personalmente al Rey. Esta me parece a mí que fué una de sus más

notables empresas. Aquel hombre, cuya niñez se deslizó entre cerdos, y

que en su edad viril guardó rebaños de hombres rudos y mucho más

peligrosos; que nada sabía de libros ni de etiquetas cortesanas,

presentándose confiada, pero modestamente en la deslumbradora y rígida

corte de España, mostraba otra faceta de su alto valor. Era lo mismo que

si un deshollinador de Londres fuese mañana a pedir audiencia y mercedes

a la Reina Victoria[14].

Pero Pizarro supo salir de aquélla, como de todas las otras crisis de su

vida, de una manera honrosa. Estaba todavía sin ropa y sin un maravedí;

pero Luque hizo una colecta para él de mil quinientos ducados, y en la

primavera del año 1528 embarcó Pizarro para España. Llevó consigo a

Pedro de Candía y algunos peruanos, con varias llamas, telas

primorosamente tejidas por los indios y algunas joyas y vasijas de oro y

plata para corroborar su relato. Llegó a Sevilla durante el verano, y

fué en el acto encerrado en un calabozo por Enciso, en virtud de una

cruel y antigua ley que por mucho tiempo prevaleció en todos los países

civilizados, que permitía encarcelar por deudas. La historia de sus

hechos no tardó en divulgarse, y por orden de la Corona fué puesto en

libertad y llamado a la Corte. De pie ante el arrogante Carlos V, el

analfabeto soldado contó su historia con tanta modestia, de un modo tan

varonil y con tal claridad, que el emperador derramó lágrimas al oir el

relato de tan horribles sufrimientos y se entusiasmó ante tan heroica

entereza.

El rey estaba a punto de embarcarse para Italia en una misión

importante; pero, ganado ya su corazón, dejó a Pizarro muy recomendado

al Consejo de las Indias para que éste le ayudase en su empresa. Aquella

docta pero grave corporación se movía lentamente, como suelen moverse

los hombres que sólo han aprendido en libros y con teorías, y la

dilación era peligrosa. Por fin la reina intervino en el asunto, y el

veintiséis de julio de 1529 firmó de su propia y regia mano el precioso

documento que hizo posible una de las más grandes y más brillantes

conquistas que registra la historia de la humanidad. América debe mucho

a las animosas reinas de España, lo mismo que a sus reyes. Recordamos lo

que hizo Isabel para el descubrimiento del Nuevo Mundo, y ahora la

esposa de Carlos V contribuyó de una manera igualmente honrosa al más

interesante pasaje de la historia de América.

La capitulación o contrato en que dos personalidades tan diferentes y

distantes figuran al lado una de la otra,--la primera firmando con letra

clara: _Yo la Reina_, y el otro poniendo debajo: _Francisco (X)

Pizarro_, fué la base de la fortuna de este último. El hombre que fuera

víctima de la mofa y del abandono de espíritus mezquinos, que

constantemente frustraran su más acariciada esperanza, se había ahora

aquistado el interés y el apoyo de sus soberanos, y obtenido de ellos la

promesa de un magnífico galardón; y seguros estamos de que un hombre de

su calibre tenía más lejos de su pensamiento ese galardón que la

posibilidad de realizar su soñado descubrimiento. Había tenido que

atraerse auxiliares con el cebo de doradas esperanzas; y era natural y

justo que, al cabo de cincuenta años de pobreza y privaciones, pensase

también un poco en procurar para sí un tanto de comodidad y de riqueza.

Pero no ha habido ni podrá haber hombre alguno que, por mera avaricia,

lleve a cabo las proezas que realizó Pizarro. Semejantes éxitos sólo

pueden alcanzarlos los grandes espíritus que persiguen los más altos

ideales, y ciertamente la principal ambición de Pizarro era conseguir

algo más noble y perdurable que el oro.

El contrato con la Corona concedió a Francisco Pizarro el derecho de

fundar y establecer un imperio español en el país de Nueva Castilla, que

tal fué el nombre que se dió al Perú. Se le otorgaba permiso «para

explorar, conquistar, pacificar y colonizar» las tierras desde Santiago

hasta un punto distante doscientas leguas al sur, y de esa vasta y

desconocida nueva provincia sería gobernador y capitán general, que era

el más elevado cargo militar. Se le daba, además, los títulos de

Adelantado y Alguacil mayor de por vida, con un sueldo anual de 725,000

maravedises. A Almagro se le nombraba comandante de Túmbez, con una

renta anual de 300,000 maravedises y el rango de hidalgo. El buen Padre

Luque fué nombrado obispo de Túmbez y protector de los indios con mil

ducados anuales. A Ruiz se le dió el título de gran piloto de los mares

del Sur; Candía fué nombrado comandante de artillería, y a los otros que

tan bizarramente permanecieron al lado de Pizarro en la isla solitaria,

se les concedió el título de hidalgos.

A cambio de estas mercedes se le exigió a Pizarro la promesa de observar

las generosas leyes españolas para el gobierno, protección y educación

de los indios, y que llevara con él sacerdotes expresamente para

convertir los naturales al cristianismo. Tenía además que reunir una

fuerza de doscientos cincuenta hombres en seis meses, y equiparlos bien,

contando con un pequeño auxilio de la Corona; y dentro de los seis meses

de su llegada a Panamá, debía salir con la expedición para el Perú.

También se le hizo caballero de la orden de Santiago, y elevado así de

repente a la altiva nobleza de España, se le permitió añadir las armas

reales a las de los Pizarros, con otros timbres conmemorativos de sus

proezas: una ciudad india, con un buque en la bahía y el pequeño camello

del Perú. Esto era un sorprendente y significativo cúmulo de honores,

muy difíciles de comprender para los que sólo estamos habituados a las

instituciones republicanas. Borró para siempre la mancilla del

nacimiento de Pizarro y le dió un sitio esclarecido. Fué eso tanto más

importante, por cuanto demostraba que la Corona reconocía de este modo

el rango de Pizarro en la conquista de América. Cortés nunca ganó y

nunca recibió tal distinción.

Esta división de honores dió pie a muy serios disgustos. Almagro jamás

perdonó a Pizarro su mayor exaltamiento, y le acusó de haber procurado

lo mejor para sí, egoísta y traicioneramente. Algunos historiadores se

han puesto de parte de Almagro; pero tenemos fundados motivos para creer

que Pizarro obró con rectitud e integridad. Como él mismo expuso, hizo

cuantos esfuerzos pudo para inducir a la Corona a conceder los mismos

honores a Almagro; pero la Corona se negó a ello. Mas, aun sin tener en

cuenta la palabra de Pizarro, era una medida política muy prudente que

la Corona rehusase esa petición. En cualquier parte, la coexistencia de

dos jefes constituye siempre un peligro, y España había ya tenido en tal

sentido una experiencia demasiado amarga en América, para dar lugar a

una repetición. Dispuesta estaba a conceder todos los honores y dar

estímulos a los brazos; pero debía haber solamente una cabeza, y

ciertamente cualquiera que se fije en la diferencia mental y moral que

había entre los dos hombres y en lo que fueron sus acciones y los

resultados, antes y después de la regia concesión, admitirá que la

Corona de España hizo favor a Almagro en su estimación y le dió

ciertamente cuanto él valía. En todo el contrato se transparentan los

esfuerzos de Pizarro en favor de su socio, el ingrato y después traidor

Almagro, y eso lo corrobora plenamente la prolongada paciencia y la

clemencia de Pizarro para con su vulgar, innoble y cada vez más

empecatado camarada. No era Pizarro de esos hombres a quienes la fortuna

les trastorna la cabeza. Ni lo aplastaba la adversidad, ni, lo que es

más raro todavía, le embriagaba el éxito más brillante, en lo cual se

elevaba a mayor altura que Napoleón, que era más grande como genio, pero

menos noble como hombre. Elevado de una abyecta y prolongada pobreza al

más alto pináculo de la riqueza y de la fama, Pizarro fué siempre el

mismo hombre tranquilo, modesto, prudente, heroico, temeroso de Dios y

agradecido a sus beneficios. El éxito sólo contribuyó a hacer más vil la

naturaleza de Almagro, y su fin fué ignominioso.

Después de firmar su contrato con la Corona, Pizarro sintió anhelo de

visitar los lugares en que transcurriera su niñez. Aun cuando ésta fuera

infelicísima, sentía una varonil satisfacción en volver a contemplar

aquellos lugares. Y el harapiento rapaz que dejara sus cerdos en

Trujillo, volvió allí siendo un héroe ennoblecido, de cabello cano y de

fama imperecedera. No creo que fuese allá por un alarde de vanagloria

ante los que pudieran recordarle. Esto no era propio del carácter de

Pizarro, el cual nunca dió muestras de vanidad ni de orgullo. Era

liberal, modesto, generoso, como el valiente Crook, el más grande y el

mejor de nuestros conquistadores de los indios, el cual nunca estaba más

a gusto que cuando andaba entre sus tropas sin que en su uniforme ni en

sus maneras se pudiese ver que era un mayor general del ejército de los

Estados Unidos y no un pobre _scout_ o cazador. No; lo que llevó a

Pizarro a Trujillo fué lo que había en él de hombre, o tal vez un rasgo

del niño que siempre queda en estos grandes corazones. Por supuesto, el

pueblo se regocijó honrando al héroe de ese cuento fantástico, que tal

parece la historia de sus hechos. Pero con seguridad que el bizarro

general se alegraba de evadirse algunas veces de sus visitas, para ir a

recorrer las lomas donde había guardado cerdos muchos años antes, y a

contemplar los mismos árboles y riachuelos, y tal vez a otro harapiento

e ignorante muchacho pastoreando bulliciosos puercos. Bien pudo haberse

pellizcado para cerciorarse de que realmente estaba despierto; de que

aquel rapaz que veía allá a lo lejos no era él, Francisco Pizarro,

vestido de harapos en medio de sus cerdos, y de que aquel caballero

canoso, afamado, que tanto había viajado y tantos honores recibido, no

era un sueño, como tampoco los años que habían transcurrido. Y era él

hombre capaz, sintiéndose despierto, de ir a sentarse sobre el césped

junto al desharrapado porquerizo y decirle bondadosamente: «¿Cómo vamos,

amigo?» Y cuando el asombrado y asustado mozuelo balbucease o tratase de

huir del primer gran personaje que le había dirigido la palabra, Pizarro

le hablaría con tanto cariño y le contaría cosas tan maravillosas, que

el pobre rapaz le miraría con esa adoración al héroe que es uno de los

más puros y más alentadores impulsos de nuestra naturaleza, pensando si

podría él llegar a ser algún día un personaje como aquel arrogante

caballero que tranquilamente le había dicho: «Sí, hijo mío; yo también

guardé puercos en este sitio». Cuanto más pienso en ello, por lo que

sabemos de Pizarro, más seguro estoy de que realmente fué a visitar los

antiguos pastos y los cerdos y los ignorantes porqueros, y de que habló

con ellos sencilla y afablemente, y que les impresionaría de tal modo,

que resolvieron hacer algo mejor de lo que haciendo estaban.

Pero el interés que en todas partes se atraía Pizarro no trajo reclutas

a su bandera tan a prisa como él deseaba. Muchos preferían admirar al

héroe, que llegar a ser héroes a costa de semejantes padecimientos.

Entre los que le siguieron estaban sus hermanos Hernando, Gonzalo y

Juan, que debían figurar de un modo preeminente en el Nuevo Mundo, si

bien hasta entonces nunca se había oído mentar sus nombres, Hernando, el

mayor de los cuatro, era el único hijo legítimo y recibió mucho mejor

educación. Pero era también el peor, y como no profesaba los principios

estrictos de Francisco, terminó de un modo lastimoso. Juan era una

figura simpática, y se distinguió por su carácter varonil y su valor;

murió prematuramente. Gonzalo era un verdadero caballero andante,

intrépido, liberal y caballeroso, y llegó a ser tan querido en el Nuevo

Mundo por los soldados que le seguían, como por los indios que

conquistaba. Hizo una de las marchas más increíbles de que hay memoria,

y probablemente hubiera adquirido gran fama, si la muerte de su hermano

y guía Francisco no le hubiese hecho caer en manos de malos consejeros

como el pícaro Carvajal, quienes llevándole por mal camino le empujaron

hacia su ruina. Pero, si bien los hermanos no eran malvados, ni

cobardes, ni tontos, ninguno podía compararse con Francisco. Era éste

uno de los raros ejemplares que se han hallado esparcidos y muy

distanciados por el camino del mundo. Poseía no tan sólo las cualidades

de los héroes y que, por fortuna, son muy comunes, sino también la

intuición y la certera finalidad del genio. Con menos perspicacia que

Napoleón, porque era menos instruído, pero tan grande como él en su

decisión, y más grande que él por sus principios, fué uno de los hombres

más insignes de todas las edades.

Pero, volviendo a nuestro relato, pasaron los seis meses, y todavía le

faltaba completar los doscientos cincuenta voluntarios que necesitaba.

El Consejo estaba a punto de revistar el contingente; pero Pizarro, por

temor de que, ateniéndose estrictamente a la letra de la ley, pudiese

aquél impedirle la consumación de sus grandes planes simplemente por la

falta de unos cuantos hombres, y desesperado al pensar en una nueva

demora, no quiso aguardar el permiso oficial para salir, sino que soltó

amarras y se hizo a la mar secretamente en enero de 1530. No fué

realmente correcta semejante determinación; pero estaba convencido de

que mucho se arriesgaba por un mero tecnicismo y de que él cumplía con

el espíritu ya que no con la letra de la ley. Es evidente que la Corona

lo comprendió también así, puesto que ni se le mandó a buscar ni se le

impuso un castigo. Después de un viaje pesado llegó salvo a Santa María.

Allí sus nuevos soldados se asustaron al saber que iban a encontrar

grandes serpientes y caimanes, y un gran número de los más pusilánimes

desertó. También Almagro levantó un clamoreo, diciendo que Pizarro le

había robado los honores que le correspondían; pero Luque y Espinosa

pacificaron a los revoltosos, ayudados por el espíritu generoso de

Pizarro. Este convino en nombrar a Almagro Adelantado y en pedir a la

Corona que confirmase el nombramiento. También prometió mirar por él

antes que por sus propios hermanos.

Al comenzar enero de 1531, Francisco Pizarro salió de Panamá en su

tercero y último viaje hacia el sur. Tenía en sus tres buques ciento

ochenta hombres y veintisiete caballos. No era, en verdad, un ejército

imponente para explorar y conquistar un gran país; pero fué todo lo que

pudo reunir, y Pizarro estaba empeñado en hacer la prueba. Llevó a cabo

la verdadera conquista del Perú con un puñado de rudos héroes; pero de

todos modos lo hubiera intentado, y es muy posible que hubiese salido

airoso de la ardua empresa aun cuando no hubiese tenido más que

cincuenta soldados; porque, después de todo, él fué quien conquistó el

Perú, más que sus ciento ochenta hombres. Almagro quedó otra vez en

Panamá tratando de reclutar voluntarios.

Pizarro intentaba navegar en derechura a Túmbez y allí efectuar el

desembarco; pero las tormentas hicieron retroceder los frágiles buques,

y se vió obligado a cambiar de plan. Después de navegar trece días,

desembarcó en la bahía de San Mateo, y condujo a sus hombres por tierra

mientras los buques iban costeando hacia el sur. Fué aquella una marcha

sumamente difícil en tan inhospitalaria costa, y apenas podían los

hombres avanzar dando tumbos. Pero Pizarro les servía de guía y les

animaba con palabras y con su ejemplo. Como en otras ocasiones y en

todas partes, tenía esta vez que _llevar_ a su gente. Sin duda tenían

tan buenas piernas como él, aun cuando debió ser Pizarro de constitución

muy robusta; pero hay un músculo mental que es más duro y más resistente

y que ha sostenido a muchos cuerpos vacilantes: el músculo del arrojo. Y

el arrojo de Pizarro no ha sido sobrepujado en el mundo. Casi puede

decirse que tenía que llevar a su ejército sobre los hombros.

Aun cuando la región era selvática, tenía riqueza mineral. Según dice

Pedro Pizarro, historiador del siglo XVI y pariente de Francisco, éste

recogió doscientos mil «castellanos»[15] de oro, que envió a Panamá en

sus buques para que hablasen por él. Era la clase de argumento que los

rudos aventureros del istmo podían entender, y él confiaba que su lógica

amarilla le atrajese voluntarios. Pero, mientras los buques realizaban

esa importante misión, el pequeño ejército sufría lo indecible caminando

penosamente por la costa. Las movedizas arenas, el calor tropical, el

peso de sus armas y de la armadura, eran casi insoportables. Estalló una

extraña y horrible peste, y muchos perecieron. El país se hizo más y más

inhabitable, y de nuevo perdieron toda esperanza aquellos pacientes

soldados. En Puerto Viejo se les juntaron treinta hombres al mando de

Sebastián de Belalcázar, el cual después se distinguió yendo a caza de

aquella áurea mariposa que tantos persiguieron hasta morir y nadie llegó

a alcanzar: el mito del Dorado. Avanzando siempre, Pizarro cruzó por fin

la isla de Puná, para dar descanso a sus desgarbados hombres y

prepararlos para la conquista. Los indios de la isla intentaron

traicionarlos, y cuando sus cabecillas fueron presos y castigados, todo

el enjambre de naturales cayó ferozmente sobre el campamento de los

españoles. Fué una lucha muy desigual; pero al fin el valor y la

disciplina pudieron más que la fuerza bruta, y los indios fueron

derrotados. Muchos españoles quedaron heridos, entre ellos Hernando

Pizarro, el cual recibió una herida de venablo de mal cariz en una

pierna. Pero los indios no les dieron punto de reposo y les hostilizaban

constantemente, apoderándose de los que se desviaban y teniendo al

campamento en continua alarma. Entonces llegó oportunamente un refuerzo

de cien hombres, con unos cuantos caballos al mando de Hernando de Soto,

el heroico pero infortunado jefe que más tarde exploró el Misisipí.

Con este refuerzo, Pizarro cruzó de nuevo al continente sobre unas

balsas. Los indios le disputaron el paso, mataron a tres hombres en una

de las balsas y desprendieron otra balsa, aprisionando a los soldados

que en ella iban. Hernando Pizarro había ya desembarcado, y aun cuando

se interponía un peligroso lodazal, espoleó su caballo, que lo atravesó

hundiéndose hasta los ijares, y seguido de unos cuantos compañeros,

rescató a los prisioneros que estaban en peligro.

Entrando en Túmbez, los españoles hallaron aquella linda población

desguarnecida y desierta. Alonso de Medina y su compañero habían

desaparecido, y nunca se supo la suerte que corrieron. Pizarro dejó allí

una pequeña fuerza, y en mayo de 1532 marchó tierra adentro, enviando a

Soto con un pequeño destacamento a explorar la base de los gigantescos

Andes. Desde su primer desembarco, Pizarro impuso la más estricta

disciplina. Sus soldados debían dar a los indios buen trato, so pena de

los más severos castigos. No debían ni siquiera entrar en un hogar

indio, y si se atrevían a desobedecer este mandato eran rígidamente

castigados. Este régimen liberal y bondadoso para con los indios lo

adoptó Pizarro desde un principio, y lo mantuvo con firmeza.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 13 / 17 段