costa del Pacífico; pero no fué más allá de donde había llegado Balboa
algunos años antes. Su fracaso, sin embargo, llamó de nuevo la atención
hacia los países desconocidos situados más al sur, y Pizarro ardía en
deseos de explorarlos. La mente del hombre que había sido porquerizo fué
la única que supo comprender la importancia de aquellas regiones que
esperaban ser descubiertas; su valor, el único que podía afrontar los
obstáculos que para lograrlo existían. Al fin halló dos hombres prestos
a escuchar sus planes y a ayudarle a realizarlos. Estos fueron Diego de
Almagro y Hernando de Luque. Almagro era un soldado de fortuna, un
expósito como Pizarro, pero mejor educado y de alguna más edad.
Físicamente era un hombre valeroso, aunque no tenía el elevado valor
moral ni la influencia moral de Pizarro. Era, por todos conceptos, un
hombre de más baja estofa; más bien lo que podía esperarse de ambos por
su nacimiento, que no ese carácter fenomenal del hombre que demostró
hallarse tan en su centro en las cortes y las conquistas, como guardando
cerdos en su tierra. No sólo podía Pizarro acomodarse fácilmente a
cualquier rango de fortuna, sino que en él no hacían mella ni el poder
ni la pobreza. Era hombre de rectos principios, esclavo de su palabra,
inflexible, heroico, y no obstante prudente y humanitario, generoso,
justo y siempre leal; cualidades todas en que muy por debajo de él
estaba Almagro.
Luque era un sacerdote, vicario en Panamá. Era un hombre sabio y bueno,
a quien mucho debieron los dos soldados. Sólo tenían éstos gran valor y
fuertes brazos para la expedición, y él tuvo que aprontar los medios.
Hízolo con dinero que obtuvo del licenciado Espinosa, jurisconsulto. Era
necesario, como en todas las provincias españolas, el consentimiento del
gobernador, y aunque Dávila no parecía aprobar la expedición, se obtuvo
su permiso con la promesa de darle una participación en los beneficios,
aun cuando no tenía que contribuir a los gastos. Se le dió el mando a
Pizarro, y salieron en noviembre de 1524, con un centenar de hombres.
Almagro se quedó para seguirles tan pronto como pudiera, con la
esperanza de reclutar más gente en la pequeña colonia.
Después de costear alguna distancia hacia el sur, Pizarro hizo un
desembarco. Era aquel un sitio inhospitalario. Los exploradores se
hallaron en un inmenso pantano tropical, donde era imposible avanzar a
causa de las ciénagas y de la espesa manigua. Los miasmas que emanaban
de aquel cenagal, eran un enemigo cruel e intangible. Nubes de venenosos
insectos se cernían sobre ellos. Pensar que las moscas sean un peligro
para la vida parecerá extraño a los que sólo conocen las zonas templadas
pero en algunas partes de los trópicos hay insectos más terribles que
los lobos. Desde la marisma, los españoles, exhaustos, lograron
difícilmente abrirse paso hasta unos montes, cuyas aguzadas rocas (que
probablemente eran de lava) les cortaban los pies hasta los huesos. Y
nada encontraron para consolarles y alentarles; todo era un desierto sin
aliciente alguno. Con trabajo retrocedieron hasta su tosco bergantín,
aplanados bajo un sol tropical, y se embarcaron de nuevo.
Aprovisionándose de agua y de madera, continuaron su rumbo hacia el sur.
Entonces sobrevinieron fuertes tormentas que duraron diez días. Lanzado
de una a otra parte por las olas, su desvencijado barco estuvo a punto
de hacerse pedazos. Escaseó el agua, y en cuanto a alimento, tuvieron
que contentarse con dos mazorcas de maíz diarias cada uno. Tan pronto
como el tiempo se lo permitió, procuraron desembarcar, pero se hallaron
de nuevo en una selva tupida e impenetrable. Aquellas extrañas, inmensas
selvas de los trópicos (selvas tan grandes como toda Europa), son la
parte más ingrata de la Naturaleza: el inmenso mar y las desiertas
llanuras no son tan solitarias ni tan mortíferas como ellas. Arboles
gigantescos, algunos de ellos de mucho más de cien pies de
circunferencia, crecen apiñados y altísimos, sumidos en eterna
lobreguez, enlazados sus enormes troncos con espesas enredaderas de tal
modo que forman, no ya un bosque, sino una impenetrable muralla. Para
dar un paso hay que abrirse camino con el hacha. Grandes y repugnantes
serpientes y enormes saurios viven allí, y en aquel aire caliente y
húmedo se esconde un enemigo más mortal que la boa, el caimán o la
víbora: la pestilencia tropical.
No eran canijos aquellos hombres; pero en tan terribles desiertos pronto
perdieron toda esperanza. Empezaron a maldecir a Pizarro por haberles
llevado a tan miserable muerte, y clamoreaban porque les volviese a
Panamá. Pero eso sólo servía para contrastar la diferencia que había
entre hombres que eran valerosos físicamente y un hombre de valor moral
como Pizarro. No tuvo éste la menor idea de abandonar la empresa; sin
embargo, como sus hombres estaban dispuestos a amotinarse, era preciso
hacer algo, y tuvo una idea brillante; uno de los primeros chispazos de
aquel genio que se desarrolló de modo tan notable ante el peligro y la
necesidad. Alentaba a sus subordinados mientras trataba de desbaratar su
motín. Encargó a Montenegro, uno de sus oficiales, que se fuese en el
bergantín con la mitad del pequeño ejército a la Isla de las Perlas en
busca de provisiones. Esto fué parte a que no se abandonase la
expedición. Pizarro y sus cincuenta hombres no podían volverse a Panamá,
porque no tenían buque; y Montenegro y sus acompañantes no podían dejar
de volver con algunos auxilios. Pero fué muy doloroso aquel compás de
espera. Durante seis semanas, aquellos famélicos españoles anduvieron
perdidos por la ciénaga, cuya salida no podían hallar. No encontraban
allí alimento alguno, excepto los mariscos que recogían y algunas bayas,
entre las cuales las había venenosas y que causaban muchos dolores a los
que las comían. Pizarro participaba de las penalidades de sus hombres
con bondadosa abnegación, compartiendo alimentos con el más pobre
soldado y trabajando como los demás, siempre animándoles con el ejemplo
y con sus buenas palabras. Más de veinte hombres, casi la mitad de aquel
grupo, murieron a consecuencia de sus privaciones, y los que
sobrevivieron perdieron toda esperanza, excepto el esforzado jefe.
Cuando estaban ya a punto de desfallecer, una luz lejana que vieron
brillar a través de la selva les dió valor, y abriéndose camino hacia
ella, llegaron por fin a un campo abierto donde había una aldea india,
cuyas provisiones de maíz y de cocos salvaron a los extenuados
españoles. Tenían aquellos indios unos cuantos toscos adornos de oro y
dijeron que hacia el sur había un país muy rico en este metal.
Por fin, Montenegro regresó con su buque y algunas provisiones al puerto
del Hambre, como le llamaron los españoles. También él había sufrido
mucho a causa de las tormentas, que le retrasaron en su viaje. Unidos
los dos grupos, navegaron hacia el sur y pronto llegaron a una costa más
abierta, donde encontraron otra aldea de indios. Los habitantes habían
huido; pero los exploradores hallaron alimentos y algunos ornamentos de
oro. Quedaron horrorizados, sin embargo, al descubrir que se hallaban
entre caníbales, puesto que vieron piernas y brazos humanos que se
estaban asando en las hogueras. Determinaron hacerse a la mar en medio
de una tormenta, antes que quedarse en un lugar tan repulsivo. Al llegar
a un promontorio, que bautizaron con el nombre de Punta Quemada,
tuvieron que desembarcar de nuevo, porque su pobre barco estaba tan
quebrantado que había peligro de que se fuese a pique. Mientras Pizarro
acampaba en una ranchería abandonada, envió a Montenegro con una pequeña
fuerza a hacer exploraciones tierra adentro. Había penetrado el teniente
unas cuantas millas, cuando cayó en una emboscada que le tendieron los
indígenas, y tres de sus hombres fueron muertos. Los españoles no tenían
ni siquiera mosquetes; pero con espada y ballesta lucharon
desesperadamente y por fin rechazaron a sus atezados enemigos. Los
indios, viendo allí frustrado su propósito, regresaron a marchas
forzadas a su aldea, y por serles familiares las veredas llegaron antes
que Montenegro y le atacaron súbitamente. Pizarro, con su pequeña
fuerza, salió a su encuentro, y empezó una lucha feroz, pero desigual.
Estaban los españoles en gran minoría, y su situación era desesperada.
En la primera descarga de flechas del enemigo, Pizarro recibió _siete
heridas_, hecho que por sí solo basta para demostrar la escasa ventaja
que la armadura de los españoles les daba sobre los indios, mientras que
era una carga muy pesada bajo el calor de los trópicos y entre enemigos
tan ágiles. Los españoles tuvieron que cejar, y al retroceder, Pizarro
resbaló y cayó. Los indios, reconociendo fácilmente que era el jefe,
dirigieron todos sus esfuerzos contra él, y varios de ellos se lanzaron
sobre el guerrero caído y ensangrentado, pero Pizarro se levantó y
haciendo un supremo esfuerzo, tumbó a dos de ellos y mantuvo a los otros
a distancia, hasta que vinieron sus hombres en su ayuda. Entonces acudió
Montenegro y atacó por detrás a los indios, viéndose pronto los
españoles dueños del campo. Pero les había costado muy caro, y el jefe
comprendió claramente que no podía permanecer en aquella tierra salvaje
con tan pequeña fuerza. Pensó, por lo tanto, en ir a buscar refuerzos.
Embarcóse de nuevo para volver a Chicamá, y permaneciendo allí con la
mayoría de sus hombres, cuidando de que no tuviesen ocasión de desertar,
envió a Nicolás de Ribera, con el oro que habían recogido y un informe
detallado de sus hechos, al gobernador Dávila, de Panamá.
Entre tanto, Almagro, después de muchas demoras, había salido de Panamá
en otro buque y con sesenta hombres para seguir a Pizarro. Encontró la
pista por los árboles que Pizarro había marcado en varios puntos, según
lo convenido. Desembarcó en Punta Quemada, y allí le recibieron los
indios de un modo hostil. Llegaba Almagro con la sangre ardiente y cargó
contra ellos con denuedo. En esa acción, una javelina de los indios le
produjo tan grave herida en la cabeza que, después de unos días de
intenso sufrimiento, perdió uno de sus ojos. Pero, no obstante esa gran
desgracia, continuó impertérrito su viaje. La gran resistencia física de
aquel hombre era su cualidad más admirable. Podía arrostrar el peligro y
el dolor bravamente; pero pocos días después demostró que carecía de
valor moral. En el Río San Juan, la soledad y la incertidumbre fueron
demasiado para Almagro, y se volvió hacia Panamá. Afortunadamente supo
que su capitán estaba en Chicamá, y allí se juntó con él. Pizarro no
pensaba en abandonar la empresa, y de tal modo influyó en Almagro, el
cual sólo necesitaba ser dirigido para estar pronto a cualquier hazaña,
que los dos se juraron solemnemente llegar hasta el fin de su viaje o
morir como hombres en la empresa. Pizarro le envió a Panamá en busca de
auxilios, y él se quedó alentando a sus hombres en el pestífero Chicamá.
El gobernador Dávila, hombre nada emprendedor y poco dado a la
administración, estaba a la sazón de muy mal humor para que le pidiesen
ayuda. Uno de sus subordinados en Nicaragua merecía ser castigado según
él creía, y su fuerza no era suficiente para el caso. Se arrepentía
amargamente de haber permitido a Pizarro irse con cien hombres, que
ahora le serían muy útiles, y rehusó ayudar a la expedición y hasta
permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y carácter le daban
influencia en la pequeña colonia, finalmente persuadió al pusilánime
gobernador a que no estorbase la expedición. Hasta en eso mostró Dávila
su codicia. Como precio de su consentimiento oficial, sin el cual no
podía hacerse el viaje, exigió el pago de mil pesos de oro, renunciando
todo su derecho a los beneficios de la expedición, que estaba seguro que
serían casi nulos. Un peso de oro valía entonces mucho más de lo que
vale ahora. En aquellos días era dicho metal mucho más escaso que en la
actualidad, y, por consiguiente, era mayor su valía. Con un peso oro
podía entonces comprarse una cantidad de cosas cinco veces mayor que
ahora, de modo que lo que se llamaba un duro, y pesaba un duro, tenía
realmente el valor de cinco duros. Por consiguiente, el dinero que
exigía Dávila como soborno, equivalía a cinco mil duros.
Afortunadamente, por aquel tiempo Dávila fué substituído por otro
gobernador de Panamá, don Pedro de los Ríos, el cual no puso obstáculos
al gran proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526, hicieron un nuevo
contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen vicario había hecho un
anticipo de cien mil pesos en barras de oro para la expedición, y tenía
que percibir una tercera parte de todos los beneficios. Pero en realidad
la mayor parte de ese dinero procedía del licenciado Espinosa, y por
medio de un contrato privado se estipuló que la participación que
correspondía a Luque se entregaría al licenciado. Se compraron y
abastecieron con provisiones dos nuevos buques, mayores y mejores que el
estropeado bergantín que había construído Núñez de Balboa. El pequeño
ejército se engrosó con reclutas hasta reunir 160 hombres, y también se
adquirieron unos cuantos caballos, quedando equipada y lista la segunda
expedición.
II
EL HOMBRE IMPERTERRITO
Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más numerosa que antes,
Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa
empresa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal andaluz y buen
marino. El tiempo se presentaba mejor, y los aventureros iban muy
esperanzados. Después de navegar unos cuantos días, llegaron al río San
Juan, que era el punto más lejano de aquella costa a que había llegado
europeo alguno: se recordará que fué el punto donde Almagro se
descorazonó y volvió hacia atrás. Allí hallaron más soldados indios y un
poco de oro; pero también allí la inmensidad y aspereza del desierto se
hizo más evidente. Nos es muy difícil concebir, en esta época de
comodidades, cuán _perdidos_ se hallaban aquellos exploradores. No había
entonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que
había más allá del sitio adonde habían llegado los aventureros
españoles; y para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza
que existe algún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos
comprender lo que por ellos pasaría, si nos imaginamos un grupo de
muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos vendados a
una distancia de mil millas, y abandonados en un desierto selvático y
enteramente desconocido.
Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a Almagro a
Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con
el otro buque a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta llegar a
la Punta de Pasado, y fué el primer hombre blanco que cruzó la línea
ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es menguado honor. Encontró un
país de más promisión, y vió pasar una balsa grande con velas de tela de
algodón, en la cual iban varios indios. Tenían espejos (probablemente
de vidrio volcánico, como era común entre los aborígenes del Sur) con
marcos de plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros notables
en que había entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El
recorrido duró varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy
oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades.
Habían hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no
les fué posible salir de la horrenda selva tropical «cuyos árboles
llegaban hasta el cielo». La espesa manigua no era tan solitaria como la
de las otras selvas en que habían estado. Había multitud de charloteros
loros y brillantes monos, alrededor de los árboles se enroscaban
perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas.
Muchos de los españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y
raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las
potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las
mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos por los
indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella
menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su
embarrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, y los que
quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando llegó Ruiz con
escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto llegó también
Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.
Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en
seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después de indecibles
sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del
Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados
buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Después se embarcaron
otra vez, dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presentando
gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bosques tropicales ya no se
extendían hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de ébanos y
caobos, había de vez en cuando algunos claros, con campos rústicamente
cultivados, y también poblados indios de bastante extensión. En aquella
región había placeres auríferos y criaderos de esmeraldas, y los
indígenas tenían valiosos ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero
fueron acometidos por un número muy superior de indios, y sólo pudieron
librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los
españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su caballo,
y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de indígenas. Algunos
historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese
producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los
hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca habían visto un
caballo. Tomaron al jinete español y su cabalgadura por un animal
grande, raro y asaz terrible por sí solo: trasunto del antiguo mito
griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cómo nació aquel
mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividió en dos partes,
que podían obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era
demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron
despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y dieron
gracias al cielo por su extraña liberación.
Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la
insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las hordas
de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la
isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro iba a Panamá en
solicitud de auxilios. Obsérvese cómo Pizarro siempre tomaba para sí la
carga más pesada y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siempre
era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofrecía la
civilización, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el
peligro y el sufrimiento. El mayor obstáculo que se presentaba entonces
consistía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales
peligros y enormes privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y
las privaciones de por fuera son más llevaderos que la traición y el
descontento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que _sostener_
moralmente a sus hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y
ciertamente tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se
hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a
seguir adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su
voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan
cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos
espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio
muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu
menos intrépido.
Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo
y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda
la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador
un ovillo de algodón como muestra de los productos del país; pero en
este al parecer inocuo regalo, los cobardes habían escondido una carta
en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la muerte, y
amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al
final, decía que Pizarro era un carnicero que esperaba más carne, y que
Almagro había ido a Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.
La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se indignó mucho
al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a la isla del Gallo a
recoger a todos los españoles que allí estaban, y estorbar así una
expedición cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro
y sus hombres sufrían terriblemente, siempre calados por las tormentas y
casi muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos Pizarro lo
acogieron como un salvador y querían volverse con él en el acto. Pero el
capitán no cejó. Con su daga trazó una raya sobre la arena y mirando a
sus hombres de hito en hito les dijo: «Camaradas y amigos: de aquel lado
está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las
tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie. Desde este
lado vais a Panamá a ser pobres; del otro lado vais al Perú a ser
ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.»
Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, el bravo piloto
andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía, el
griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen ser
recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal de
Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar,
Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso
Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.
El ruin Tafur sólo vió en este acto de heroísmo una desobediencia al
gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le
pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para
impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió a
Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del desconocido
mar Pacífico.
¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande? ¡Solos,
aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin
ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados todavía en
conquistar un país salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial
historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballería no
se encuentra nada que la aventaje.
La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres
construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas
hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más
alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron chozas para
resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por
la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban
cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para hacer sus
devociones, y todos los días daban gracias a Dios por conservarles la
vida y le pedían que no los desamparase. Pizarro fué siempre un hombre
devoto, y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se
olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así
lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la
cruz, que tanto reverenciaba.
Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados
esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur llegó salvo a
Panamá, y dió cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con él.
El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehusó prestar auxilio a
los obstinados náufragos. Pero Luque, recordándole que las órdenes que
había recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al
tacaño gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los
suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de
provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro
de volver y presentarse en el término de seis meses, ocurriera lo que
ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes
en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos
cuantos marineros y un ejército de _once_. Dos de los catorce estaban
tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios
amigos, y con el corazón apenado sus camaradas se despidieron de ellos.