En 1522, Pascual de Andagoya hizo un pequeño viaje desde Panamá por la

costa del Pacífico; pero no fué más allá de donde había llegado Balboa

algunos años antes. Su fracaso, sin embargo, llamó de nuevo la atención

hacia los países desconocidos situados más al sur, y Pizarro ardía en

deseos de explorarlos. La mente del hombre que había sido porquerizo fué

la única que supo comprender la importancia de aquellas regiones que

esperaban ser descubiertas; su valor, el único que podía afrontar los

obstáculos que para lograrlo existían. Al fin halló dos hombres prestos

a escuchar sus planes y a ayudarle a realizarlos. Estos fueron Diego de

Almagro y Hernando de Luque. Almagro era un soldado de fortuna, un

expósito como Pizarro, pero mejor educado y de alguna más edad.

Físicamente era un hombre valeroso, aunque no tenía el elevado valor

moral ni la influencia moral de Pizarro. Era, por todos conceptos, un

hombre de más baja estofa; más bien lo que podía esperarse de ambos por

su nacimiento, que no ese carácter fenomenal del hombre que demostró

hallarse tan en su centro en las cortes y las conquistas, como guardando

cerdos en su tierra. No sólo podía Pizarro acomodarse fácilmente a

cualquier rango de fortuna, sino que en él no hacían mella ni el poder

ni la pobreza. Era hombre de rectos principios, esclavo de su palabra,

inflexible, heroico, y no obstante prudente y humanitario, generoso,

justo y siempre leal; cualidades todas en que muy por debajo de él

estaba Almagro.

Luque era un sacerdote, vicario en Panamá. Era un hombre sabio y bueno,

a quien mucho debieron los dos soldados. Sólo tenían éstos gran valor y

fuertes brazos para la expedición, y él tuvo que aprontar los medios.

Hízolo con dinero que obtuvo del licenciado Espinosa, jurisconsulto. Era

necesario, como en todas las provincias españolas, el consentimiento del

gobernador, y aunque Dávila no parecía aprobar la expedición, se obtuvo

su permiso con la promesa de darle una participación en los beneficios,

aun cuando no tenía que contribuir a los gastos. Se le dió el mando a

Pizarro, y salieron en noviembre de 1524, con un centenar de hombres.

Almagro se quedó para seguirles tan pronto como pudiera, con la

esperanza de reclutar más gente en la pequeña colonia.

Después de costear alguna distancia hacia el sur, Pizarro hizo un

desembarco. Era aquel un sitio inhospitalario. Los exploradores se

hallaron en un inmenso pantano tropical, donde era imposible avanzar a

causa de las ciénagas y de la espesa manigua. Los miasmas que emanaban

de aquel cenagal, eran un enemigo cruel e intangible. Nubes de venenosos

insectos se cernían sobre ellos. Pensar que las moscas sean un peligro

para la vida parecerá extraño a los que sólo conocen las zonas templadas

pero en algunas partes de los trópicos hay insectos más terribles que

los lobos. Desde la marisma, los españoles, exhaustos, lograron

difícilmente abrirse paso hasta unos montes, cuyas aguzadas rocas (que

probablemente eran de lava) les cortaban los pies hasta los huesos. Y

nada encontraron para consolarles y alentarles; todo era un desierto sin

aliciente alguno. Con trabajo retrocedieron hasta su tosco bergantín,

aplanados bajo un sol tropical, y se embarcaron de nuevo.

Aprovisionándose de agua y de madera, continuaron su rumbo hacia el sur.

Entonces sobrevinieron fuertes tormentas que duraron diez días. Lanzado

de una a otra parte por las olas, su desvencijado barco estuvo a punto

de hacerse pedazos. Escaseó el agua, y en cuanto a alimento, tuvieron

que contentarse con dos mazorcas de maíz diarias cada uno. Tan pronto

como el tiempo se lo permitió, procuraron desembarcar, pero se hallaron

de nuevo en una selva tupida e impenetrable. Aquellas extrañas, inmensas

selvas de los trópicos (selvas tan grandes como toda Europa), son la

parte más ingrata de la Naturaleza: el inmenso mar y las desiertas

llanuras no son tan solitarias ni tan mortíferas como ellas. Arboles

gigantescos, algunos de ellos de mucho más de cien pies de

circunferencia, crecen apiñados y altísimos, sumidos en eterna

lobreguez, enlazados sus enormes troncos con espesas enredaderas de tal

modo que forman, no ya un bosque, sino una impenetrable muralla. Para

dar un paso hay que abrirse camino con el hacha. Grandes y repugnantes

serpientes y enormes saurios viven allí, y en aquel aire caliente y

húmedo se esconde un enemigo más mortal que la boa, el caimán o la

víbora: la pestilencia tropical.

No eran canijos aquellos hombres; pero en tan terribles desiertos pronto

perdieron toda esperanza. Empezaron a maldecir a Pizarro por haberles

llevado a tan miserable muerte, y clamoreaban porque les volviese a

Panamá. Pero eso sólo servía para contrastar la diferencia que había

entre hombres que eran valerosos físicamente y un hombre de valor moral

como Pizarro. No tuvo éste la menor idea de abandonar la empresa; sin

embargo, como sus hombres estaban dispuestos a amotinarse, era preciso

hacer algo, y tuvo una idea brillante; uno de los primeros chispazos de

aquel genio que se desarrolló de modo tan notable ante el peligro y la

necesidad. Alentaba a sus subordinados mientras trataba de desbaratar su

motín. Encargó a Montenegro, uno de sus oficiales, que se fuese en el

bergantín con la mitad del pequeño ejército a la Isla de las Perlas en

busca de provisiones. Esto fué parte a que no se abandonase la

expedición. Pizarro y sus cincuenta hombres no podían volverse a Panamá,

porque no tenían buque; y Montenegro y sus acompañantes no podían dejar

de volver con algunos auxilios. Pero fué muy doloroso aquel compás de

espera. Durante seis semanas, aquellos famélicos españoles anduvieron

perdidos por la ciénaga, cuya salida no podían hallar. No encontraban

allí alimento alguno, excepto los mariscos que recogían y algunas bayas,

entre las cuales las había venenosas y que causaban muchos dolores a los

que las comían. Pizarro participaba de las penalidades de sus hombres

con bondadosa abnegación, compartiendo alimentos con el más pobre

soldado y trabajando como los demás, siempre animándoles con el ejemplo

y con sus buenas palabras. Más de veinte hombres, casi la mitad de aquel

grupo, murieron a consecuencia de sus privaciones, y los que

sobrevivieron perdieron toda esperanza, excepto el esforzado jefe.

Cuando estaban ya a punto de desfallecer, una luz lejana que vieron

brillar a través de la selva les dió valor, y abriéndose camino hacia

ella, llegaron por fin a un campo abierto donde había una aldea india,

cuyas provisiones de maíz y de cocos salvaron a los extenuados

españoles. Tenían aquellos indios unos cuantos toscos adornos de oro y

dijeron que hacia el sur había un país muy rico en este metal.

Por fin, Montenegro regresó con su buque y algunas provisiones al puerto

del Hambre, como le llamaron los españoles. También él había sufrido

mucho a causa de las tormentas, que le retrasaron en su viaje. Unidos

los dos grupos, navegaron hacia el sur y pronto llegaron a una costa más

abierta, donde encontraron otra aldea de indios. Los habitantes habían

huido; pero los exploradores hallaron alimentos y algunos ornamentos de

oro. Quedaron horrorizados, sin embargo, al descubrir que se hallaban

entre caníbales, puesto que vieron piernas y brazos humanos que se

estaban asando en las hogueras. Determinaron hacerse a la mar en medio

de una tormenta, antes que quedarse en un lugar tan repulsivo. Al llegar

a un promontorio, que bautizaron con el nombre de Punta Quemada,

tuvieron que desembarcar de nuevo, porque su pobre barco estaba tan

quebrantado que había peligro de que se fuese a pique. Mientras Pizarro

acampaba en una ranchería abandonada, envió a Montenegro con una pequeña

fuerza a hacer exploraciones tierra adentro. Había penetrado el teniente

unas cuantas millas, cuando cayó en una emboscada que le tendieron los

indígenas, y tres de sus hombres fueron muertos. Los españoles no tenían

ni siquiera mosquetes; pero con espada y ballesta lucharon

desesperadamente y por fin rechazaron a sus atezados enemigos. Los

indios, viendo allí frustrado su propósito, regresaron a marchas

forzadas a su aldea, y por serles familiares las veredas llegaron antes

que Montenegro y le atacaron súbitamente. Pizarro, con su pequeña

fuerza, salió a su encuentro, y empezó una lucha feroz, pero desigual.

Estaban los españoles en gran minoría, y su situación era desesperada.

En la primera descarga de flechas del enemigo, Pizarro recibió _siete

heridas_, hecho que por sí solo basta para demostrar la escasa ventaja

que la armadura de los españoles les daba sobre los indios, mientras que

era una carga muy pesada bajo el calor de los trópicos y entre enemigos

tan ágiles. Los españoles tuvieron que cejar, y al retroceder, Pizarro

resbaló y cayó. Los indios, reconociendo fácilmente que era el jefe,

dirigieron todos sus esfuerzos contra él, y varios de ellos se lanzaron

sobre el guerrero caído y ensangrentado, pero Pizarro se levantó y

haciendo un supremo esfuerzo, tumbó a dos de ellos y mantuvo a los otros

a distancia, hasta que vinieron sus hombres en su ayuda. Entonces acudió

Montenegro y atacó por detrás a los indios, viéndose pronto los

españoles dueños del campo. Pero les había costado muy caro, y el jefe

comprendió claramente que no podía permanecer en aquella tierra salvaje

con tan pequeña fuerza. Pensó, por lo tanto, en ir a buscar refuerzos.

Embarcóse de nuevo para volver a Chicamá, y permaneciendo allí con la

mayoría de sus hombres, cuidando de que no tuviesen ocasión de desertar,

envió a Nicolás de Ribera, con el oro que habían recogido y un informe

detallado de sus hechos, al gobernador Dávila, de Panamá.

Entre tanto, Almagro, después de muchas demoras, había salido de Panamá

en otro buque y con sesenta hombres para seguir a Pizarro. Encontró la

pista por los árboles que Pizarro había marcado en varios puntos, según

lo convenido. Desembarcó en Punta Quemada, y allí le recibieron los

indios de un modo hostil. Llegaba Almagro con la sangre ardiente y cargó

contra ellos con denuedo. En esa acción, una javelina de los indios le

produjo tan grave herida en la cabeza que, después de unos días de

intenso sufrimiento, perdió uno de sus ojos. Pero, no obstante esa gran

desgracia, continuó impertérrito su viaje. La gran resistencia física de

aquel hombre era su cualidad más admirable. Podía arrostrar el peligro y

el dolor bravamente; pero pocos días después demostró que carecía de

valor moral. En el Río San Juan, la soledad y la incertidumbre fueron

demasiado para Almagro, y se volvió hacia Panamá. Afortunadamente supo

que su capitán estaba en Chicamá, y allí se juntó con él. Pizarro no

pensaba en abandonar la empresa, y de tal modo influyó en Almagro, el

cual sólo necesitaba ser dirigido para estar pronto a cualquier hazaña,

que los dos se juraron solemnemente llegar hasta el fin de su viaje o

morir como hombres en la empresa. Pizarro le envió a Panamá en busca de

auxilios, y él se quedó alentando a sus hombres en el pestífero Chicamá.

El gobernador Dávila, hombre nada emprendedor y poco dado a la

administración, estaba a la sazón de muy mal humor para que le pidiesen

ayuda. Uno de sus subordinados en Nicaragua merecía ser castigado según

él creía, y su fuerza no era suficiente para el caso. Se arrepentía

amargamente de haber permitido a Pizarro irse con cien hombres, que

ahora le serían muy útiles, y rehusó ayudar a la expedición y hasta

permitir que continuase. Luque, cuyo cargo y carácter le daban

influencia en la pequeña colonia, finalmente persuadió al pusilánime

gobernador a que no estorbase la expedición. Hasta en eso mostró Dávila

su codicia. Como precio de su consentimiento oficial, sin el cual no

podía hacerse el viaje, exigió el pago de mil pesos de oro, renunciando

todo su derecho a los beneficios de la expedición, que estaba seguro que

serían casi nulos. Un peso de oro valía entonces mucho más de lo que

vale ahora. En aquellos días era dicho metal mucho más escaso que en la

actualidad, y, por consiguiente, era mayor su valía. Con un peso oro

podía entonces comprarse una cantidad de cosas cinco veces mayor que

ahora, de modo que lo que se llamaba un duro, y pesaba un duro, tenía

realmente el valor de cinco duros. Por consiguiente, el dinero que

exigía Dávila como soborno, equivalía a cinco mil duros.

Afortunadamente, por aquel tiempo Dávila fué substituído por otro

gobernador de Panamá, don Pedro de los Ríos, el cual no puso obstáculos

al gran proyecto. Con fecha 10 de marzo de 1526, hicieron un nuevo

contrato Pizarro, Almagro y Luque. El buen vicario había hecho un

anticipo de cien mil pesos en barras de oro para la expedición, y tenía

que percibir una tercera parte de todos los beneficios. Pero en realidad

la mayor parte de ese dinero procedía del licenciado Espinosa, y por

medio de un contrato privado se estipuló que la participación que

correspondía a Luque se entregaría al licenciado. Se compraron y

abastecieron con provisiones dos nuevos buques, mayores y mejores que el

estropeado bergantín que había construído Núñez de Balboa. El pequeño

ejército se engrosó con reclutas hasta reunir 160 hombres, y también se

adquirieron unos cuantos caballos, quedando equipada y lista la segunda

expedición.

II

EL HOMBRE IMPERTERRITO

Con una fuerza tan insuficiente, aunque mucho más numerosa que antes,

Pizarro y Almagro se embarcaron de nuevo para llevar a cabo su peligrosa

empresa. El piloto era Bartolomé Ruiz, valiente y leal andaluz y buen

marino. El tiempo se presentaba mejor, y los aventureros iban muy

esperanzados. Después de navegar unos cuantos días, llegaron al río San

Juan, que era el punto más lejano de aquella costa a que había llegado

europeo alguno: se recordará que fué el punto donde Almagro se

descorazonó y volvió hacia atrás. Allí hallaron más soldados indios y un

poco de oro; pero también allí la inmensidad y aspereza del desierto se

hizo más evidente. Nos es muy difícil concebir, en esta época de

comodidades, cuán _perdidos_ se hallaban aquellos exploradores. No había

entonces en todo el mundo un hombre de raza blanca que supiese lo que

había más allá del sitio adonde habían llegado los aventureros

españoles; y para sentir aliento y valor es necesario saber con certeza

que existe algún objetivo en el punto a que nos encaminamos. Podemos

comprender lo que por ellos pasaría, si nos imaginamos un grupo de

muchachos, valerosos pero indoctos, conducidos con los ojos vendados a

una distancia de mil millas, y abandonados en un desierto selvático y

enteramente desconocido.

Allí hizo alto Pizarro con parte de sus hombres, y envió a Almagro a

Panamá con uno de los buques en busca de reclutas, y al piloto Ruiz con

el otro buque a explorar la costa más al sur. Ruiz costeó hasta llegar a

la Punta de Pasado, y fué el primer hombre blanco que cruzó la línea

ecuatorial en el Pacífico, lo cual no es menguado honor. Encontró un

país de más promisión, y vió pasar una balsa grande con velas de tela de

algodón, en la cual iban varios indios. Tenían espejos (probablemente

de vidrio volcánico, como era común entre los aborígenes del Sur) con

marcos de plata, y adornos de plata y de oro, además de géneros notables

en que había entretejidas figuras de animales, pájaros y peces. El

recorrido duró varias semanas, y Ruiz llegó a San Juan muy

oportunamente. Pizarro y su gente sufrieron horribles penalidades.

Habían hecho un gallardo esfuerzo para penetrar tierra adentro; pero no

les fué posible salir de la horrenda selva tropical «cuyos árboles

llegaban hasta el cielo». La espesa manigua no era tan solitaria como la

de las otras selvas en que habían estado. Había multitud de charloteros

loros y brillantes monos, alrededor de los árboles se enroscaban

perezosas boas, y dormitaban los caimanes junto a empantanadas lagunas.

Muchos de los españoles perecieron, víctimas de aquellos horripilantes y

raros reptiles: algunos murieron hechos pulpa, estrujados por las

potentes roscas de las serpientes, y otros fueron triturados entre las

mandíbulas de los escamosos saurios. Muchos más fueron muertos por los

indios que estaban en acecho: en una sola arremetida, catorce de aquella

menguante partida fueron asesinados por los naturales que rodeaban su

embarrancada canoa. Agotáronse también sus provisiones, y los que

quedaron con vida se estaban muriendo de hambre cuando llegó Ruiz con

escasos auxilios, pero con noticias alentadoras. Pronto llegó también

Almagro, con provisiones y un refuerzo de ochenta hombres.

Toda la expedición se hizo de nuevo a la vela con rumbo al Sur. Pero en

seguida se desencadenaron persistentes tormentas. Después de indecibles

sufrimientos, los exploradores volvieron la proa hacia la isla del

Gallo, donde permanecieron dos semanas para reparar sus desmantelados

buques y sus cuerpos, igualmente quebrantados. Después se embarcaron

otra vez, dirigiéndose a mares ignotos. El paisaje iba presentando

gradualmente mejor aspecto. Los palúdicos bosques tropicales ya no se

extendían hasta la orilla del mar. Entre los boscajes de ébanos y

caobos, había de vez en cuando algunos claros, con campos rústicamente

cultivados, y también poblados indios de bastante extensión. En aquella

región había placeres auríferos y criaderos de esmeraldas, y los

indígenas tenían valiosos ornamentos. Los españoles desembarcaron, pero

fueron acometidos por un número muy superior de indios, y sólo pudieron

librarse de ellos de una manera muy curiosa. En la desigual batalla los

españoles se vieron acorralados, cuando uno de ellos cayó de su caballo,

y ese pequeño incidente puso en fuga el enjambre de indígenas. Algunos

historiadores han ridiculizado la idea de que semejante minucia pudiese

producir aquel efecto; pero esto es debido a la ignorancia de los

hechos. Hay que tener presente que aquellos indios nunca habían visto un

caballo. Tomaron al jinete español y su cabalgadura por un animal

grande, raro y asaz terrible por sí solo: trasunto del antiguo mito

griego de los Centauros, este incidente muestra el modo cómo nació aquel

mito. Pero, luego la gran bestia desconocida se dividió en dos partes,

que podían obrar con entera independencia la una de la otra, y esto era

demasiado para aquellos supersticiosos indios, todos los cuales huyeron

despavoridos. Los españoles salieron escapados hacia sus buques y dieron

gracias al cielo por su extraña liberación.

Pero esta escapada milagrosa les demostró más claramente la

insuficiencia de aquel puñado de hombres para luchar contra las hordas

de indios. Necesitaban más refuerzos, y otra vez se embarcaron hacia la

isla del Gallo, donde esperaría Pizarro mientras Almagro iba a Panamá en

solicitud de auxilios. Obsérvese cómo Pizarro siempre tomaba para sí la

carga más pesada y más penosa y daba la más fácil a su consocio. Siempre

era Almagro el que se enviaba a las comodidades que ofrecía la

civilización, mientras que el esforzado jefe soportaba la espera, el

peligro y el sufrimiento. El mayor obstáculo que se presentaba entonces

consistía en los mismos soldados, aun teniendo en cuenta los mortales

peligros y enormes privaciones que debían sufrir. Pero los peligros y

las privaciones de por fuera son más llevaderos que la traición y el

descontento por dentro. A cada paso Pizarro tenía que _sostener_

moralmente a sus hombres. Sentíanse constantemente descorazonados (y

ciertamente tenían motivo para estarlo); y en tal estado de ánimo se

hallaban dispuestos a cualquier acto de violencia, y de ningún modo a

seguir adelante. Así es que Pizarro tenía constantemente que esforzar su

voluntad y su valor no solamente para él mismo, que sufría tan

cruelmente como el último, sino para todos. Era como uno de esos

espíritus vigorosos que vemos algunas veces sosteniendo un cuerpo medio

muerto, cuerpo que mucho antes se hubiera ya disgregado de un espíritu

menos intrépido.

Los hombres se habían amotinado de nuevo, y a pesar del animoso ejemplo

y de los esfuerzos de Pizarro, estuvieron a punto de hacer fracasar toda

la empresa. Por conducto de Almagro enviaron a la esposa del gobernador

un ovillo de algodón como muestra de los productos del país; pero en

este al parecer inocuo regalo, los cobardes habían escondido una carta

en la cual declaraban que Pizarro les conducía a la muerte, y

amonestaban a otros que no le siguiesen. Un verso ramplón, colocado al

final, decía que Pizarro era un carnicero que esperaba más carne, y que

Almagro había ido a Panamá a recoger ovejas para llevarlas al matadero.

La carta llegó a manos del gobernador Los Ríos, el cual se indignó mucho

al leerla. Envió al cordobés Tafur con dos buques a la isla del Gallo a

recoger a todos los españoles que allí estaban, y estorbar así una

expedición cuya importancia no era su mente capaz de comprender. Pizarro

y sus hombres sufrían terriblemente, siempre calados por las tormentas y

casi muertos de hambre. Cuando llegó Tafur, todos menos Pizarro lo

acogieron como un salvador y querían volverse con él en el acto. Pero el

capitán no cejó. Con su daga trazó una raya sobre la arena y mirando a

sus hombres de hito en hito les dijo: «Camaradas y amigos: de aquel lado

está la muerte, las privaciones, el hambre, la desnudez, las

tempestades; de este lado está la comodidad y la molicie. Desde este

lado vais a Panamá a ser pobres; del otro lado vais al Perú a ser

ricos. El que sea valiente castellano, que escoja lo preferible.»

Al decir esto cruzó la raya, pasándose al sur. Ruiz, el bravo piloto

andaluz, cruzó también detrás de él; lo mismo hizo Pedro de Candía, el

griego, y uno tras otro once héroes más, cuyos nombres merecen ser

recordados por cuantos aman la lealtad y el valor. Eran Cristóbal de

Peralta, Domingo de Soria Luce, Nicolás de Ribera, Francisco de Cuéllar,

Alonso de Molina, Pedro Alcón, García de Jerez, Antón de Carrión, Alonso

Briceño, Martín de Paz y Juan de la Torre.

El ruin Tafur sólo vió en este acto de heroísmo una desobediencia al

gobernador, y no quiso dejarles uno de sus buques. Con dificultad se le

pudo inducir a que les abandonase algunas provisiones, siquiera para

impedir que se murieran, y con sus cobardes pasajeros se volvió a

Panamá, dejando a los catorce solos en su pequeña isla del desconocido

mar Pacífico.

¿Tuvo nunca el lector conocimiento de un heroísmo más grande? ¡Solos,

aprisionados por el gran mar, con muy pocos alimentos, sin buques, sin

ropa, casi sin armas, había allí catorce hombres, empeñados todavía en

conquistar un país salvaje tan grande como toda Europa! Hasta el parcial

historiador Prescott admite que en todos los anales de la caballería no

se encuentra nada que la aventaje.

La isla del Gallo se hizo inhabitable, y Pizarro y sus hombres

construyeron una frágil balsa y en ella navegaron setenta y cinco millas

hacia el norte, hasta llegar a la isla de Gorgona. Esa era tierra más

alta y en ella había madera, y los exploradores construyeron chozas para

resguardarse de las tormentas. Sufrieron grandemente por el hambre, por

la intemperie y por causa de los bichos venenosos, que les martirizaban

cruelmente. Pizarro reunía a su gente a diario para hacer sus

devociones, y todos los días daban gracias a Dios por conservarles la

vida y le pedían que no los desamparase. Pizarro fué siempre un hombre

devoto, y nunca hacía acto alguno sin invocar la gracia divina, ni se

olvidaba nunca de dar gracias a Dios por los éxitos que alcanzaba. Así

lo hizo hasta el fin, y aun en sus postrimerías trazó con los dedos la

cruz, que tanto reverenciaba.

Durante siete inenarrables meses, los catorce hombres abandonados

esperaron y sufrieron en su solitario arrecife. Tafur llegó salvo a

Panamá, y dió cuenta de haberse negado aquellos hombres a volver con él.

El gobernador Los Ríos se irritó más todavía y rehusó prestar auxilio a

los obstinados náufragos. Pero Luque, recordándole que las órdenes que

había recibido de la Corona eran que ayudase a Pizarro, al fin indujo al

tacaño gobernador a que permitiese enviarles un buque con casi los

suficientes marineros para tripularlo y un pequeño acopio de

provisiones. Pero con el buque se enviaron órdenes terminantes a Pizarro

de volver y presentarse en el término de seis meses, ocurriera lo que

ocurriese. Los que fueron a rescatarlos hallaron a los catorce valientes

en la isla de Gorgona; y Pizarro pudo al fin continuar su viaje con unos

cuantos marineros y un ejército de _once_. Dos de los catorce estaban

tan enfermos que tuvieron que quedar en la isla al cuidado de indios

amigos, y con el corazón apenado sus camaradas se despidieron de ellos.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 12 / 17 段