Desde este punto empieza a derivar, cronológicamente, una de las

curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fué al

principio un hecho, durante treinta años una fábula, y ahora, después de

tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un punto

a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La primera

variación data de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, ese

gran río que se suponía que sólo podía emanar de algún gran lago. En

1530, Antonio Sedeño salió de España con una expedición para explorar el

Orinoco. Llegó al Golfo de Paria y construyó un fuerte, con intención de

continuar desde allí sus exploraciones. Mientras ponía su proyecto en

obra, Diego de Ordaz, antiguo camarada de Cortés, había obtenido en

España una concesión para colonizar el distrito que se llamaba entonces

Marañón, y era un territorio vagamente definido, que comprendía

Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Salió de España en 1531, llegó

al Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas. Entonces tuvo

que volverse, después de dos años de tratar en vano de vencer todos los

obstáculos que se le presentaron. Pero en esta expedición oyó decir que

el Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el camino que a ese

lago conducía, pasaba por una provincia llamada Meta que, según se

decía, era fabulosamente rica en oro. Según el historiador Bandelier,

que es autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza que se

atribuía a Meta era sólo un eco del cuento del Dorado, que había llegado

hasta las tribus del bajo Orinoco.

A Ordaz le siguió en 1534 Jerónimo Dortal, el cual intentó llegar a

Meta, pero fracasó por completo. Estas tentativas realizadas desde

Venezuela, según demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del

Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continente. Se le había

buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ahí se dedujo que debía de

estar en el único sitio no explorado: la elevada meseta de Nueva

Granada.

Después de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso relatar

aquí, Gonzalo Ximénez de Quesada conquistó por fin la meseta de Nueva

Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subió por el río Magdalena con

una fuerza de seiscientos veinte infantes y ochenta y cinco jinetes. De

éstos, sólo llegaron vivos a la meseta ciento ochenta, al principio del

año 1537. Se encontró con los indios Muysca, que vivían en aldeas

permanentes y poseían oro y esmeraldas. Le resistieron con su

característica tenacidad; pero las tribus fueron vencidas una tras otra,

y Quesada fué el conquistador de Nueva Granada.

El botín que se repartieron los conquistadores ascendió a 246,976 _pesos

de oro_--que valdrían ahora 1.250,000 duros,--y 1,815 esmeraldas,

algunas de gran tamaño y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio del

«hombre dorado», y hasta visitaron Guatavitá, cuyos habitantes opusieron

una feroz resistencia; pero claro está que no hallaron al «hombre»,

porque ya había desaparecido la famosa costumbre.

Apenas había Quesada completado su gran conquista, cuando le sorprendió

la llegada de otras dos expediciones españolas, que fueron atraídas al

mismo sitio por el mito del Dorado.

Dirigía una de ellas Federmann, el cual había penetrado en Bogotá desde

la costa de Venezuela en aquella su segunda expedición, que fué una

marcha terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro,

Sebastián de Belalcázar había salido de Quito en busca del «hombre

dorado». El cuento del cacique cubierto de oro había llegado hasta el

corazón del Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar

a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un

convenio en virtud del cual Quesada quedó único dueño del país que había

conquistado, y Federmann y Belalcázar regresaron a sus puestos

respectivos.

Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo había ya

llegado a Coro. Era el intrépido alemán conocido por «George de Speyer»,

pero cuyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, era George

Hormuth. Al llegar a Coro, en 1535, no solamente oyó hablar del Dorado,

sino también de que había carneros domesticados hacia el sudoeste, esto

es, en dirección del Perú. Siguiendo estas vagas indicaciones, salió con

aquel rumbo; pero tropezó con tan enormes dificultades para llegar al

paso de la montaña que le dijeron los indios que conducía a la tierra

del Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles selvas tropicales

del alto Orinoco. Allí oyó hablar de Meta, y siguiendo aquel mito,

penetró hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses él y sus

acompañantes españoles anduvieron errabundos por la enmarañada y

pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el río Amazonas. Tropezaron

con muy numerosas y belicosas tribus, de las cuales la más notable era

la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en todas partes oyeron contar la

fábula de un gran lago relacionado con el oro. De los ciento noventa

hombres que salieron en esta expedición, sólo regresaron ciento treinta,

y de éstos sólo unos cincuenta tenían fuerzas para llevar armas. Tan

indescriptible y penoso viaje duró tres años. El resultado de sus

horrores, fué desviar la atención de los exploradores del verdadero

sitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del río Amazonas, en la

empresa quimérica de buscar un mito que tenía mucho de geográfico. En

otras palabras, preparó la exploración de la parte norte del Brasil.

Poco después de «George de Speyer», y sin tener la menor relación con

él, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, había dado impulso a la

exploración del Amazonas desde el lado Pacífico del continente. En 1538,

desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano Gonzalo Pizarro a Quito,

para reemplazar a su sospechoso teniente. Al siguiente año, Gonzalo supo

que el árbol de la canela abundaba en los bosques de la vertiente

oriental de los Andes, y que todavía más lejos moraban poderosas tribus

indias ricas en oro. Quiere decir que, mientras el mito original y

verdadero del Dorado había llegado a Quito desde el norte, el mito de

Meta, que era un eco de aquél, había llegado también allí desde el este.

Puesto que Belalcázar había ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado,

y no había encontrado a ese individuo, se suponía que su domicilio debía

hallarse en algún otro punto, es decir, al este, en vez del norte, de

Quito. Gonzalo emprendió su desastrosa expedición a las selvas

orientales con doscientos veinte hombres. En los dos años que duró la

tremebunda jornada, perecieron todos los caballos, como también sus

compañeros indios, y los pocos españoles que llegaron vivos al Perú, en

1541, tenían la salud completamente quebrantada. Se encontró el árbol de

la canela; pero no «el hombre dorado». Uno de los tenientes de Gonzalo,

Francisco de Orellana, habíase adelantado por la parte superior del

Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote desvencijado. No pudieron

los dos grupos volver a juntarse, y Orellana finalmente se dejó

arrastrar por la corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en medio

de indecibles sufrimientos. Flotando mar adentro en el Atlántico,

llegaron por último a la isla de Cubagua, el 11 de septiembre de 1541.

Esta expedición fué la primera que trajo al mundo informes fidedignos

respecto del tamaño y naturaleza del mayor río de la tierra, y también

dió a dicho río el nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas

mujeres luchaban al lado de los hombres, y por esta razón le llamaron

«río de las Amazonas».

En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del conquistador, penetró en las

regiones que había visitado «George de Speyer». Fué allí desde Bogotá,

por haber oído tergiversado el mito de Meta; pero sólo encontró miseria,

hambre, enfermedades e indígenas hostiles en los diez y seis terribles

meses que anduvo errante por el desierto.

Entre tanto se habían convencido en España de que la concesión de

Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El régimen de los

Welsers sólo daño causaba. No obstante, se resolvió hacer el último

esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero alemán, salió

de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro, el cual por aquel

tiempo había llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez y

ocho meses anduvo vagando en un círculo, y entonces, oyendo decir que

había una tribu poderosa y rica en oro, llamada de los Omaguas, se lanzó

hacia el sur, cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hombres.

Encontró a los Omaguas; fué derrotado por ellos y herido, y al fin pudo

llegar a Venezuela después de pasar por muchos sufrimientos durante más

de tres años en las más impenetrables selvas y los dilatados pantanos de

los trópicos. A su regreso fué asesinado, y así terminó la dominación

alemana en Venezuela.

El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compañía española en

batalla a campo abierto, dió a aquella tribu una gran reputación. Siendo

tan fuertes en número y en valentía, era natural suponer que también

fuesen ricos en metales, aun cuando no se había visto de ello muestra

alguna.

Arrojado de su cuna, el mito del «hombre dorado», se había convertido en

un fantasma errante. Habíase perdido de vista su primitiva forma, y de

un «hombre dorado» se había transformado, poco a poco, en una tribu de

oro. Se confundieron y combinaron el Dorado y Meta, siguiendo el curioso

pero característico curso de los mitos. Primero, un hecho notable;

después el relato de un hecho que ha dejado de existir; luego, el eco

lejano de ese cuento enteramente despojado de los hechos fundamentales

y, por último, un enredo y maraña general del hecho; la leyenda y el eco

formando un nuevo mito, difícil de reconocer.

Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atención, en

1550, en la provincia del Perú. En aquel año varios centenares de indios

de la región central del Amazonas, esto es, del corazón del norte del

Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la parte oriental del

Perú. Habían sido arrojados de sus habitaciones por la hostilidad de las

tribus vecinas, y no llegaron al Perú sino después de muchos años de

penosas y azarosas marchas.

Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los Omaguas, y

esos cuentos fueron creídos con avidez. Sin embargo, no estaba entonces

el Perú en condiciones de emprender una nueva conquista, y sólo diez

años después de la llegada de aquellos indios refugiados, se dieron

algunos pasos acerca de este asunto. El primer virrey del Perú, el bueno

y gran Antonio de Mendoza, que del virreinato de Méjico había sido

ascendido a esta más alta dignidad, vió en aquellas noticias la

oportunidad de tomar una sabia medida. Había librado a Méjico de unos

cuantos centenares de hombres levantiscos que eran una amenaza para el

buen gobierno, enviándolos a la caza del áureo fantasma de Quivira,

aquella notable expedición de Coronado que fué tan importante para la

historia de los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva provincia un

peligro análogo pero mucho peor, y para librar al Perú de gente maleante

y peligrosa, Mendoza organizó la famosa expedición de Pedro de Ursua.

Fué el cuerpo más numeroso que se reunió en la América del Sur para una

empresa de esta clase en el siglo XVI; pero se componía de los peores y

más feroces elementos que jamás hubo en las colonias españolas. Las

fuerzas de Ursua se concentraron en las márgenes del alto Amazonas, y el

día 1.º de julio, el primer bergantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo

principal de la expedición siguió en otros bergantines el 26 de

septiembre.

Era aquella región una inmensa selva tropical, enteramente desierta.

Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca llegarían a

realizarse, y empezó el descontento a manifestarse de un modo

sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente había

desterrado el sabio virrey para purificar el Perú, no era de esperar que

reinase la armonía. No hallándose ya diseminados entre buenos ciudadanos

que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en descarada pillería,

no tardaron, con su conducta, en reproducir la fábula de los gatos de

Kilkenny[13]. Su viaje fué una orgía imposible de describir.

Entre aquellos pillastres había uno de condición peculiar; un sujeto

deforme, pero muy ambicioso, el cual tenía motivos para no desear volver

al Perú. Llamábase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la

expedición no podía menos de fracasar, empezó a formar un plan

diabólico. Si no podían hallar oro de la manera que esperaban, ¿por qué

no buscarlo de otro modo? En una palabra, concibió el plan audaz de

hacer traición a España y a todos y fundar un nuevo imperio. Para

llevarlo a cabo comprendió que era necesario deshacerse de los jefes de

la expedición, los cuales podrían tener escrúpulos de ser traidores a su

patria. Así, mientras los bergantines flotaban río abajo, fueron teatro

de una serie de atroces tragedias. Primero fué asesinado el comandante

Ursua, y en su lugar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado

Fernando de Guzmán. En el acto fué elevado a la dignidad de príncipe, y

ese fué el primer paso de su manifiesta traición.

Luego fué asesinado Guzmán, como también la infame Inés de Atienza,

mujer que tomó parte vergonzosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre

se hizo jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y desde aquel momento

mandó la expedición, no como oficial español, sino como rebelde y

pirata. Mientras hacía rumbo al Atlántico, trazó planes de espantosa

magnitud y audacia. Proyectó navegar hasta el Golfo de Méjico,

desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y de allí navegar hasta el

Perú, en donde daría muerte a todos los que se le opusiesen y

establecería un imperio bajo su dominio.

Pero un curioso accidente desbarató todos sus planes. En vez de llegar a

la desembocadura del Amazonas, la flotilla derivó hacia la izquierda,

internándose en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar al río

Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error, y

siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y desde allí penetraron en el

Orinoco. El día 1.º de julio de 1561 (un año justo estuvieron navegando

por el laberinto y todos los días se señalaron con asesinatos a diestro

y siniestro), los malvados llegaron al Océano Atlántico, pero por la

desembocadura del Orinoco, y no, como ellos esperaban, por la del

Amazonas. Diez y siete días después avistaron la isla de Margarita,

donde había un puesto español. A traición se apoderaron de la isla y

proclamaron su independencia de España.

Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de algunas municiones; pero

le faltaban buques para hacer un viaje por mar. Trató de apoderarse de

un gran bajel que conducía a Venezuela al provincial Montesinos,

misionero dominico; pero su traición se vió frustrada, y se dió la

alarma al continente. Furioso por su fracaso aquel monstruo descuartizó

a los oficiales reales de Margarita. Se desconcertó así su plan de

llegar a Panamá; pero al fin logró apresar un buque más pequeño, con el

cual pudo desembarcar en la costa de Venezuela, en el mes de agosto de

1561. Su correría por el continente dejó una estela de crímenes y de

rapiña. La gente, atacada por sorpresa y no pudiendo oponer una

resistencia inmediata a aquel malvado, huía cuando él se acercaba. Las

autoridades enviaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte

norte de la América del Sur estaba aterrorizada.

Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Barquisimeto. Halló aquel

pueblo desierto; pero pronto llegó el edecán Diego de Paredes, con una

fuerza leal que había reunido precipitadamente. Al mismo tiempo,

Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a marchar contra

el traidor con cuantas fuerzas podía allegar. Aguirre se halló sitiado

en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a desertar. Finalmente,

viéndose casi solo, Aguirre mató a su hija (que había participado en

todas aquellas terribles correrías) y se rindió. El comandante español

no quería ejecutar al architraidor; pero los mismos secuaces de Aguirre

insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron.

Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir «el

hombre dorado», pero fueron de poca importancia, excepto la que realizó

Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto Coroni, es

decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande siquiera como la

de Ordaz; pero volvió a Inglaterra con estupendos relatos de un gran

lago interior y de ricas naciones. Había confundido la leyenda del

Dorado con noticias de los Incas del Perú, lo cual prueba que los

españoles no eran los únicos que comulgaban con ruedas de molino. A la

verdad, tanto los exploradores ingleses como los de otras naciones,

fueron igualmente crédulos y sintieron la propia ansia de llegar hasta

el oro fabuloso. El mito del gran lago, el lago de Parime, fué

absorbiendo gradualmente el mito del «hombre dorado». La tradición

histórica se fundió y perdió en la fábula geográfica. Unicamente en las

selvas orientales del Perú reapareció el Dorado al principio del siglo

XVIII; pero como una ficción tergiversada y sin fundamento. Mas el lago

Parime permaneció en los mapas y en las descripciones geográficas. Es

una curiosa coincidencia que donde se creía existían las tribus de oro

de Meta, se hayan descubierto recientemente las minas de oro de Guayana,

que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y Venezuela. Es cierto

que Meta era tan sólo un mito; pero hasta ese mito fué de utilidad.

La fábula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se creyó que era

un gran lago que tenía detrás grandes cordilleras de montañas de plata,

la desbarató por completo Humboldt a principios del siglo XIX. Demostró

que no había tal gran lago, ni tales montañas de plata. Las anchas

sabanas del Orinoco, cuando se inundaban en la estación de las lluvias,

se creyó que eran un lago, y el fondo de plata era sencillamente el

reflejo de los rayos solares en los picos de roca micácea.

Con las investigaciones de Humboldt desapareció la más curiosa y

fantástica leyenda de la Historia. Ningún otro mito o tradición de la

América del Norte o de la del Sur llegó a ejercer tan poderosa

influencia en el curso de los descubrimientos geográficos; ningún otro

puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y ninguno

ilustró con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la abnegación

inherentes al carácter español. Para la mayoría de nosotros es una nueva

pero una verdadera y comprobada lección, que esa nación meridional, más

impulsiva e impetuosa que las del norte, era también más paciente y más

sufrida.

Murió el mito; pero no había existido en vano. Antes de que fuese

desmentido, había dado pie a la exploración del Amazonas, del Orinoco,

de toda la parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de toda

Venezuela, de toda Nueva Granada y del este del Ecuador. Una mirada al

mapa nos revelará lo que esto significa; y es que «el hombre dorado»

hizo que conociese el mundo la geografía de la América del Sur que se

extiende al norte de la línea ecuatorial.

III

Exploradores ejemplares

I

EL PORQUERIZO DE TRUJILLO

Allá por los años de 1471 a 1478 (no estamos seguros de la fecha

exacta), nació un infortunado chico en la ciudad de Trujillo, provincia

de Extremadura (España). Era hijo ilegítimo del coronel Gonzalo Pizarro,

el cual se había distinguido en las guerras de Italia y de Navarra. Pero

su parentesco no le fué de provecho alguno. El niño bastardo nunca tuvo

hogar; hasta se dice que fué abandonado como expósito en el atrio de una

iglesia. Creció y se hizo hombre en la ignorancia y la pobreza más

abyecta, sin escuela y sin que nadie cuidase de él, y teniendo que

procurarse por sí solo la subsistencia. Unicamente podía dedicarse a las

más bajas faenas; pero parece que en ellas ponía sus cinco sentidos.

¡Cómo los muchachos de la vecindad se hubieran reído y mofado si alguien

les hubiese dicho: «Ese rapaz sucio y harapiento que guarda puercos en

los encinares de Extremadura, será un día un grande hombre, en un nuevo

mundo que nadie ha visto todavía; será un soldado más famoso que nuestro

Gran Capitán, y repartirá más oro que el Rey, nuestro Señor!» Y no

hubiese podido reprochárseles sus burlas. El hombre más sabio de Europa

en aquella época tampoco habría dado crédito a tal profecía; porque, a

la verdad, era la cosa más improbable del mundo.

Pero el mozuelo que sabía guardar fielmente los puercos cuando no había

cosa mejor que hacer, podía dedicarse a cosas más grandes cuando éstas

se le ofrecían, y salir igualmente airoso de ellas. Afortunadamente para

él, surgió muy a tiempo el Nuevo Mundo. A no ser por Colón, hubiera sido

hasta su muerte un porquerizo, y hubiese perdido la Historia una de sus

más gallardas figuras, así como otras muchas a quienes el aventurero

genovés abrió las puertas de la inmortalidad. Para miles de hombres tan

incomprendidos por sí mismos como por los demás, no había entonces en la

vida sino una abyecta obscuridad en la atestada, ignorante y empobrecida

Europa. Cuando España halló de repente nuevas tierras allende los mares,

causó el hecho un despertar de la humanidad como no se había visto ni

volverá a verse nunca. Se halló, literalmente hablando, un nuevo mundo,

y con ello se creó casi una nueva gente. No sólo se aprovecharon de tan

maravillosa novedad los grandes hombres y los de preclaro ingenio; el

más pobre e ignorante podía entonces elevarse y crecer hasta desarrollar

toda la estatura del hombre que dentro de él había. Fué, en realidad, el

gran principio de la libertad del hombre; la primera apertura de la

puerta de la igualdad; la primera semilla de las naciones libres como la

nuestra. El Viejo Mundo era el campo de los ricos y los favorecidos;

pero América era ya lo que tiene el orgullo de ser hoy: la gran

oportunidad para el pobre. Y es un hecho muy notable que casi todos los

que se hicieron una gran nombradía en América, fueron no los grandes que

a ella vinieron, sino los hombres obscuros que aquí se aquistaron la

admiración de un mundo que antes ni siquiera conocía su nombre. De todos

éstos y de todos los otros, fué Pizarro el más grande explorador. El

engrandecimiento del mismo Napoleón no fué un triunfo tan sorprendente

de la fuerza de voluntad y del genio sobre todos los obstáculos, ni

moralmente más digno de alabanza.

No sabemos en qué año Francisco Pizarro, el porquerizo de Trujillo,

llegó a América; pero sí que empezó a ser hombre de importancia en 1510.

En dicho año se hallaba ya en la isla Española y acompañó a Ojeda en su

desastrosa expedición a Urabá en el continente. Allí se mostró tan

valeroso y prudente, que Ojeda le dejó encargado de la malhadada colonia

de San Sebastián mientras él regresaba a la Española en busca de

auxilios. Esta primera responsabilidad que recayó sobre Pizarro, estaba

preñada de peligros y sufrimientos; pero nuestro ex porquerizo se

mantuvo a la altura de la situación, y comenzó a desarrollarse en él

aquel raro y paciente heroísmo que más tarde debía sostenerle durante

los años más terribles que haya vivido conquistador alguno. Dos meses

estuvo esperando en aquel sitio mortífero, hasta que perecieron tantos,

que los sobrevivientes pudieron al fin salvarse apretujándose en el

único bote que tenían.

Entonces Pizarro se unió con Balboa y participó de aquella penosa marcha

a través del istmo y del brillante honor del descubrimiento del

Pacífico. Cuando la intrépida carrera de Balboa tuvo un fin repentino y

sangriento, Pizarro pasó al mando de Pedro Arias Dávila, el cual le

envió a varias expediciones de poca importancia. En 1515 cruzó de nuevo

el istmo, y probablemente oyó hablar de un modo vago del Perú. Pero no

tenía dinero ni influencia para lanzarse por sí solo a una aventura.

Acompañó al gobernador Dávila cuando éste se trasladó a Panamá y se

acreditó en varias pequeñas expediciones. Pero a la edad de cincuenta

años era todavía pobre y desconocido; no era más que un humilde

«ranchero» que vivía cerca de Panamá. En aquel pestilente y despoblado

istmo, pocas oportunidades se le ofrecían para resarcirse de la pérdida

de su juventud. No había aprendido a leer ni a escribir y, la verdad sea

dicha, eso nunca llegó a aprenderlo; pero es evidente que había

aprendido cosas más importantes, y había desarrollado una virilidad que

podía servirle para hacer frente a cualquier contingencia.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 11 / 17 段