curiosas ramificaciones y variaciones de este fecundo mito. Fué al
principio un hecho, durante treinta años una fábula, y ahora, después de
tres años, comenzó a ser un errante fuego fatuo, que saltaba de un punto
a otro y poco a poco se iba enredando con otros mitos. La primera
variación data de la tentativa para descubrir el origen del Orinoco, ese
gran río que se suponía que sólo podía emanar de algún gran lago. En
1530, Antonio Sedeño salió de España con una expedición para explorar el
Orinoco. Llegó al Golfo de Paria y construyó un fuerte, con intención de
continuar desde allí sus exploraciones. Mientras ponía su proyecto en
obra, Diego de Ordaz, antiguo camarada de Cortés, había obtenido en
España una concesión para colonizar el distrito que se llamaba entonces
Marañón, y era un territorio vagamente definido, que comprendía
Venezuela, Guayana y el norte del Brasil. Salió de España en 1531, llegó
al Orinoco y se remontó por el río hasta las cataratas. Entonces tuvo
que volverse, después de dos años de tratar en vano de vencer todos los
obstáculos que se le presentaron. Pero en esta expedición oyó decir que
el Orinoco tenía su origen en un gran lago, y que el camino que a ese
lago conducía, pasaba por una provincia llamada Meta que, según se
decía, era fabulosamente rica en oro. Según el historiador Bandelier,
que es autoridad en la materia, no cabe duda que la riqueza que se
atribuía a Meta era sólo un eco del cuento del Dorado, que había llegado
hasta las tribus del bajo Orinoco.
A Ordaz le siguió en 1534 Jerónimo Dortal, el cual intentó llegar a
Meta, pero fracasó por completo. Estas tentativas realizadas desde
Venezuela, según demuestra Bandelier, localizaron por fin el sitio del
Dorado, limitándolo a la parte noroeste del continente. Se le había
buscado en otros puntos sin encontrarlo, y de ahí se dedujo que debía de
estar en el único sitio no explorado: la elevada meseta de Nueva
Granada.
Después de muchas infortunadas tentativas, que no es del caso relatar
aquí, Gonzalo Ximénez de Quesada conquistó por fin la meseta de Nueva
Granada, en 1536-38. Este bravo soldado subió por el río Magdalena con
una fuerza de seiscientos veinte infantes y ochenta y cinco jinetes. De
éstos, sólo llegaron vivos a la meseta ciento ochenta, al principio del
año 1537. Se encontró con los indios Muysca, que vivían en aldeas
permanentes y poseían oro y esmeraldas. Le resistieron con su
característica tenacidad; pero las tribus fueron vencidas una tras otra,
y Quesada fué el conquistador de Nueva Granada.
El botín que se repartieron los conquistadores ascendió a 246,976 _pesos
de oro_--que valdrían ahora 1.250,000 duros,--y 1,815 esmeraldas,
algunas de gran tamaño y de mucho valor. Hallaron el verdadero sitio del
«hombre dorado», y hasta visitaron Guatavitá, cuyos habitantes opusieron
una feroz resistencia; pero claro está que no hallaron al «hombre»,
porque ya había desaparecido la famosa costumbre.
Apenas había Quesada completado su gran conquista, cuando le sorprendió
la llegada de otras dos expediciones españolas, que fueron atraídas al
mismo sitio por el mito del Dorado.
Dirigía una de ellas Federmann, el cual había penetrado en Bogotá desde
la costa de Venezuela en aquella su segunda expedición, que fué una
marcha terrible. Al mismo tiempo, y sin saberlo el uno del otro,
Sebastián de Belalcázar había salido de Quito en busca del «hombre
dorado». El cuento del cacique cubierto de oro había llegado hasta el
corazón del Ecuador, y los relatos de los indios indujeron a Belalcázar
a ir en busca del sitio en que se hallaba. Los tres jefes hicieron un
convenio en virtud del cual Quesada quedó único dueño del país que había
conquistado, y Federmann y Belalcázar regresaron a sus puestos
respectivos.
Mientras Federmann andaba a la caza del mito, un sucesor suyo había ya
llegado a Coro. Era el intrépido alemán conocido por «George de Speyer»,
pero cuyo verdadero nombre, descubierto por Bandelier, era George
Hormuth. Al llegar a Coro, en 1535, no solamente oyó hablar del Dorado,
sino también de que había carneros domesticados hacia el sudoeste, esto
es, en dirección del Perú. Siguiendo estas vagas indicaciones, salió con
aquel rumbo; pero tropezó con tan enormes dificultades para llegar al
paso de la montaña que le dijeron los indios que conducía a la tierra
del Dorado, que se desvió hacia las vastas y terribles selvas tropicales
del alto Orinoco. Allí oyó hablar de Meta, y siguiendo aquel mito,
penetró hasta un grado del Ecuador. Durante veintisiete meses él y sus
acompañantes españoles anduvieron errabundos por la enmarañada y
pantanosa manigua que hay entre el Orinoco y el río Amazonas. Tropezaron
con muy numerosas y belicosas tribus, de las cuales la más notable era
la de los Uaupes. No hallaron oro; pero en todas partes oyeron contar la
fábula de un gran lago relacionado con el oro. De los ciento noventa
hombres que salieron en esta expedición, sólo regresaron ciento treinta,
y de éstos sólo unos cincuenta tenían fuerzas para llevar armas. Tan
indescriptible y penoso viaje duró tres años. El resultado de sus
horrores, fué desviar la atención de los exploradores del verdadero
sitio del Dorado y encaminarles hacia las selvas del río Amazonas, en la
empresa quimérica de buscar un mito que tenía mucho de geográfico. En
otras palabras, preparó la exploración de la parte norte del Brasil.
Poco después de «George de Speyer», y sin tener la menor relación con
él, Francisco Pizarro, conquistador del Perú, había dado impulso a la
exploración del Amazonas desde el lado Pacífico del continente. En 1538,
desconfiando de Belalcázar, envió a su hermano Gonzalo Pizarro a Quito,
para reemplazar a su sospechoso teniente. Al siguiente año, Gonzalo supo
que el árbol de la canela abundaba en los bosques de la vertiente
oriental de los Andes, y que todavía más lejos moraban poderosas tribus
indias ricas en oro. Quiere decir que, mientras el mito original y
verdadero del Dorado había llegado a Quito desde el norte, el mito de
Meta, que era un eco de aquél, había llegado también allí desde el este.
Puesto que Belalcázar había ido al antiguo y verdadero lugar del Dorado,
y no había encontrado a ese individuo, se suponía que su domicilio debía
hallarse en algún otro punto, es decir, al este, en vez del norte, de
Quito. Gonzalo emprendió su desastrosa expedición a las selvas
orientales con doscientos veinte hombres. En los dos años que duró la
tremebunda jornada, perecieron todos los caballos, como también sus
compañeros indios, y los pocos españoles que llegaron vivos al Perú, en
1541, tenían la salud completamente quebrantada. Se encontró el árbol de
la canela; pero no «el hombre dorado». Uno de los tenientes de Gonzalo,
Francisco de Orellana, habíase adelantado por la parte superior del
Amazonas, con cincuenta hombres, en un bote desvencijado. No pudieron
los dos grupos volver a juntarse, y Orellana finalmente se dejó
arrastrar por la corriente hasta la desembocadura del Amazonas, en medio
de indecibles sufrimientos. Flotando mar adentro en el Atlántico,
llegaron por último a la isla de Cubagua, el 11 de septiembre de 1541.
Esta expedición fué la primera que trajo al mundo informes fidedignos
respecto del tamaño y naturaleza del mayor río de la tierra, y también
dió a dicho río el nombre que hoy lleva. Encontraron tribus indias cuyas
mujeres luchaban al lado de los hombres, y por esta razón le llamaron
«río de las Amazonas».
En 1543, Hernán Pérez Quesada, hermano del conquistador, penetró en las
regiones que había visitado «George de Speyer». Fué allí desde Bogotá,
por haber oído tergiversado el mito de Meta; pero sólo encontró miseria,
hambre, enfermedades e indígenas hostiles en los diez y seis terribles
meses que anduvo errante por el desierto.
Entre tanto se habían convencido en España de que la concesión de
Venezuela a los prestamistas alemanes era un fracaso. El régimen de los
Welsers sólo daño causaba. No obstante, se resolvió hacer el último
esfuerzo, y Philip Von Hutten, joven y valiente caballero alemán, salió
de Coro, en agosto de 1541, a la caza del mito de oro, el cual por aquel
tiempo había llegado ya hasta el sur de las Amazonas. Durante diez y
ocho meses anduvo vagando en un círculo, y entonces, oyendo decir que
había una tribu poderosa y rica en oro, llamada de los Omaguas, se lanzó
hacia el sur, cruzando el Ecuador con su fuerza de cuarenta hombres.
Encontró a los Omaguas; fué derrotado por ellos y herido, y al fin pudo
llegar a Venezuela después de pasar por muchos sufrimientos durante más
de tres años en las más impenetrables selvas y los dilatados pantanos de
los trópicos. A su regreso fué asesinado, y así terminó la dominación
alemana en Venezuela.
El hecho de que los Omaguas pudieran derrotar a una compañía española en
batalla a campo abierto, dió a aquella tribu una gran reputación. Siendo
tan fuertes en número y en valentía, era natural suponer que también
fuesen ricos en metales, aun cuando no se había visto de ello muestra
alguna.
Arrojado de su cuna, el mito del «hombre dorado», se había convertido en
un fantasma errante. Habíase perdido de vista su primitiva forma, y de
un «hombre dorado» se había transformado, poco a poco, en una tribu de
oro. Se confundieron y combinaron el Dorado y Meta, siguiendo el curioso
pero característico curso de los mitos. Primero, un hecho notable;
después el relato de un hecho que ha dejado de existir; luego, el eco
lejano de ese cuento enteramente despojado de los hechos fundamentales
y, por último, un enredo y maraña general del hecho; la leyenda y el eco
formando un nuevo mito, difícil de reconocer.
Este mito vagabundo y variable atrajo poderosamente la atención, en
1550, en la provincia del Perú. En aquel año varios centenares de indios
de la región central del Amazonas, esto es, del corazón del norte del
Brasil, se refugiaron en las colonias españolas de la parte oriental del
Perú. Habían sido arrojados de sus habitaciones por la hostilidad de las
tribus vecinas, y no llegaron al Perú sino después de muchos años de
penosas y azarosas marchas.
Dieron noticias exageradas de la riqueza e importancia de los Omaguas, y
esos cuentos fueron creídos con avidez. Sin embargo, no estaba entonces
el Perú en condiciones de emprender una nueva conquista, y sólo diez
años después de la llegada de aquellos indios refugiados, se dieron
algunos pasos acerca de este asunto. El primer virrey del Perú, el bueno
y gran Antonio de Mendoza, que del virreinato de Méjico había sido
ascendido a esta más alta dignidad, vió en aquellas noticias la
oportunidad de tomar una sabia medida. Había librado a Méjico de unos
cuantos centenares de hombres levantiscos que eran una amenaza para el
buen gobierno, enviándolos a la caza del áureo fantasma de Quivira,
aquella notable expedición de Coronado que fué tan importante para la
historia de los Estados Unidos. Entonces halló en su nueva provincia un
peligro análogo pero mucho peor, y para librar al Perú de gente maleante
y peligrosa, Mendoza organizó la famosa expedición de Pedro de Ursua.
Fué el cuerpo más numeroso que se reunió en la América del Sur para una
empresa de esta clase en el siglo XVI; pero se componía de los peores y
más feroces elementos que jamás hubo en las colonias españolas. Las
fuerzas de Ursua se concentraron en las márgenes del alto Amazonas, y el
día 1.º de julio, el primer bergantín zarpó y tomó río abajo. El cuerpo
principal de la expedición siguió en otros bergantines el 26 de
septiembre.
Era aquella región una inmensa selva tropical, enteramente desierta.
Pronto se hizo evidente que sus esperanzas de oro nunca llegarían a
realizarse, y empezó el descontento a manifestarse de un modo
sangriento. En aquella turba de malhechores que virtualmente había
desterrado el sabio virrey para purificar el Perú, no era de esperar que
reinase la armonía. No hallándose ya diseminados entre buenos ciudadanos
que pudiesen reprimir sus desmanes, sino unidos en descarada pillería,
no tardaron, con su conducta, en reproducir la fábula de los gatos de
Kilkenny[13]. Su viaje fué una orgía imposible de describir.
Entre aquellos pillastres había uno de condición peculiar; un sujeto
deforme, pero muy ambicioso, el cual tenía motivos para no desear volver
al Perú. Llamábase Lope de Aguirre. Viendo que el objeto de la
expedición no podía menos de fracasar, empezó a formar un plan
diabólico. Si no podían hallar oro de la manera que esperaban, ¿por qué
no buscarlo de otro modo? En una palabra, concibió el plan audaz de
hacer traición a España y a todos y fundar un nuevo imperio. Para
llevarlo a cabo comprendió que era necesario deshacerse de los jefes de
la expedición, los cuales podrían tener escrúpulos de ser traidores a su
patria. Así, mientras los bergantines flotaban río abajo, fueron teatro
de una serie de atroces tragedias. Primero fué asesinado el comandante
Ursua, y en su lugar pusieron a un joven noble, muy disoluto, llamado
Fernando de Guzmán. En el acto fué elevado a la dignidad de príncipe, y
ese fué el primer paso de su manifiesta traición.
Luego fué asesinado Guzmán, como también la infame Inés de Atienza,
mujer que tomó parte vergonzosa en aquella trama, y el jorobado Aguirre
se hizo jefe y «tirano». Patentizóse su traición, y desde aquel momento
mandó la expedición, no como oficial español, sino como rebelde y
pirata. Mientras hacía rumbo al Atlántico, trazó planes de espantosa
magnitud y audacia. Proyectó navegar hasta el Golfo de Méjico,
desembarcar en el istmo, apoderarse de Panamá y de allí navegar hasta el
Perú, en donde daría muerte a todos los que se le opusiesen y
establecería un imperio bajo su dominio.
Pero un curioso accidente desbarató todos sus planes. En vez de llegar a
la desembocadura del Amazonas, la flotilla derivó hacia la izquierda,
internándose en sus laberínticas revueltas, y fueron a parar al río
Negro. Las lentas corrientes les impidieron descubrir su error, y
siguiendo adelante hasta el Casiquiare, y desde allí penetraron en el
Orinoco. El día 1.º de julio de 1561 (un año justo estuvieron navegando
por el laberinto y todos los días se señalaron con asesinatos a diestro
y siniestro), los malvados llegaron al Océano Atlántico, pero por la
desembocadura del Orinoco, y no, como ellos esperaban, por la del
Amazonas. Diez y siete días después avistaron la isla de Margarita,
donde había un puesto español. A traición se apoderaron de la isla y
proclamaron su independencia de España.
Con este acto se proveyó Aguirre de dinero y de algunas municiones; pero
le faltaban buques para hacer un viaje por mar. Trató de apoderarse de
un gran bajel que conducía a Venezuela al provincial Montesinos,
misionero dominico; pero su traición se vió frustrada, y se dió la
alarma al continente. Furioso por su fracaso aquel monstruo descuartizó
a los oficiales reales de Margarita. Se desconcertó así su plan de
llegar a Panamá; pero al fin logró apresar un buque más pequeño, con el
cual pudo desembarcar en la costa de Venezuela, en el mes de agosto de
1561. Su correría por el continente dejó una estela de crímenes y de
rapiña. La gente, atacada por sorpresa y no pudiendo oponer una
resistencia inmediata a aquel malvado, huía cuando él se acercaba. Las
autoridades enviaron a pedir ayuda hasta Nueva Granada, y toda la parte
norte de la América del Sur estaba aterrorizada.
Aguirre continuó sin oposición hasta llegar a Barquisimeto. Halló aquel
pueblo desierto; pero pronto llegó el edecán Diego de Paredes, con una
fuerza leal que había reunido precipitadamente. Al mismo tiempo,
Quesada, conquistador de Nueva Granada, se apresuraba a marchar contra
el traidor con cuantas fuerzas podía allegar. Aguirre se halló sitiado
en Barquisimeto, y sus parciales empezaron a desertar. Finalmente,
viéndose casi solo, Aguirre mató a su hija (que había participado en
todas aquellas terribles correrías) y se rindió. El comandante español
no quería ejecutar al architraidor; pero los mismos secuaces de Aguirre
insistieron en que se le diese muerte, y lo lograron.
Hiciéronse posteriormente otras muchas tentativas para descubrir «el
hombre dorado», pero fueron de poca importancia, excepto la que realizó
Sir Walter Raleigh en 1595. Solamente llegó hasta el Salto Coroni, es
decir, que no pudo llevar a cabo una empresa tan grande siquiera como la
de Ordaz; pero volvió a Inglaterra con estupendos relatos de un gran
lago interior y de ricas naciones. Había confundido la leyenda del
Dorado con noticias de los Incas del Perú, lo cual prueba que los
españoles no eran los únicos que comulgaban con ruedas de molino. A la
verdad, tanto los exploradores ingleses como los de otras naciones,
fueron igualmente crédulos y sintieron la propia ansia de llegar hasta
el oro fabuloso. El mito del gran lago, el lago de Parime, fué
absorbiendo gradualmente el mito del «hombre dorado». La tradición
histórica se fundió y perdió en la fábula geográfica. Unicamente en las
selvas orientales del Perú reapareció el Dorado al principio del siglo
XVIII; pero como una ficción tergiversada y sin fundamento. Mas el lago
Parime permaneció en los mapas y en las descripciones geográficas. Es
una curiosa coincidencia que donde se creía existían las tribus de oro
de Meta, se hayan descubierto recientemente las minas de oro de Guayana,
que han sido motivo de disputa entre Inglaterra y Venezuela. Es cierto
que Meta era tan sólo un mito; pero hasta ese mito fué de utilidad.
La fábula del lago de Parime, el cual por mucho tiempo se creyó que era
un gran lago que tenía detrás grandes cordilleras de montañas de plata,
la desbarató por completo Humboldt a principios del siglo XIX. Demostró
que no había tal gran lago, ni tales montañas de plata. Las anchas
sabanas del Orinoco, cuando se inundaban en la estación de las lluvias,
se creyó que eran un lago, y el fondo de plata era sencillamente el
reflejo de los rayos solares en los picos de roca micácea.
Con las investigaciones de Humboldt desapareció la más curiosa y
fantástica leyenda de la Historia. Ningún otro mito o tradición de la
América del Norte o de la del Sur llegó a ejercer tan poderosa
influencia en el curso de los descubrimientos geográficos; ningún otro
puso a prueba el esfuerzo humano de un modo tan pasmoso, y ninguno
ilustró con tanta brillantez la incomparable tenacidad y la abnegación
inherentes al carácter español. Para la mayoría de nosotros es una nueva
pero una verdadera y comprobada lección, que esa nación meridional, más
impulsiva e impetuosa que las del norte, era también más paciente y más
sufrida.
Murió el mito; pero no había existido en vano. Antes de que fuese
desmentido, había dado pie a la exploración del Amazonas, del Orinoco,
de toda la parte del Brasil situada al norte del Amazonas, de toda
Venezuela, de toda Nueva Granada y del este del Ecuador. Una mirada al
mapa nos revelará lo que esto significa; y es que «el hombre dorado»
hizo que conociese el mundo la geografía de la América del Sur que se
extiende al norte de la línea ecuatorial.
III
Exploradores ejemplares
I
EL PORQUERIZO DE TRUJILLO
Allá por los años de 1471 a 1478 (no estamos seguros de la fecha
exacta), nació un infortunado chico en la ciudad de Trujillo, provincia
de Extremadura (España). Era hijo ilegítimo del coronel Gonzalo Pizarro,
el cual se había distinguido en las guerras de Italia y de Navarra. Pero
su parentesco no le fué de provecho alguno. El niño bastardo nunca tuvo
hogar; hasta se dice que fué abandonado como expósito en el atrio de una
iglesia. Creció y se hizo hombre en la ignorancia y la pobreza más
abyecta, sin escuela y sin que nadie cuidase de él, y teniendo que
procurarse por sí solo la subsistencia. Unicamente podía dedicarse a las
más bajas faenas; pero parece que en ellas ponía sus cinco sentidos.
¡Cómo los muchachos de la vecindad se hubieran reído y mofado si alguien
les hubiese dicho: «Ese rapaz sucio y harapiento que guarda puercos en
los encinares de Extremadura, será un día un grande hombre, en un nuevo
mundo que nadie ha visto todavía; será un soldado más famoso que nuestro
Gran Capitán, y repartirá más oro que el Rey, nuestro Señor!» Y no
hubiese podido reprochárseles sus burlas. El hombre más sabio de Europa
en aquella época tampoco habría dado crédito a tal profecía; porque, a
la verdad, era la cosa más improbable del mundo.
Pero el mozuelo que sabía guardar fielmente los puercos cuando no había
cosa mejor que hacer, podía dedicarse a cosas más grandes cuando éstas
se le ofrecían, y salir igualmente airoso de ellas. Afortunadamente para
él, surgió muy a tiempo el Nuevo Mundo. A no ser por Colón, hubiera sido
hasta su muerte un porquerizo, y hubiese perdido la Historia una de sus
más gallardas figuras, así como otras muchas a quienes el aventurero
genovés abrió las puertas de la inmortalidad. Para miles de hombres tan
incomprendidos por sí mismos como por los demás, no había entonces en la
vida sino una abyecta obscuridad en la atestada, ignorante y empobrecida
Europa. Cuando España halló de repente nuevas tierras allende los mares,
causó el hecho un despertar de la humanidad como no se había visto ni
volverá a verse nunca. Se halló, literalmente hablando, un nuevo mundo,
y con ello se creó casi una nueva gente. No sólo se aprovecharon de tan
maravillosa novedad los grandes hombres y los de preclaro ingenio; el
más pobre e ignorante podía entonces elevarse y crecer hasta desarrollar
toda la estatura del hombre que dentro de él había. Fué, en realidad, el
gran principio de la libertad del hombre; la primera apertura de la
puerta de la igualdad; la primera semilla de las naciones libres como la
nuestra. El Viejo Mundo era el campo de los ricos y los favorecidos;
pero América era ya lo que tiene el orgullo de ser hoy: la gran
oportunidad para el pobre. Y es un hecho muy notable que casi todos los
que se hicieron una gran nombradía en América, fueron no los grandes que
a ella vinieron, sino los hombres obscuros que aquí se aquistaron la
admiración de un mundo que antes ni siquiera conocía su nombre. De todos
éstos y de todos los otros, fué Pizarro el más grande explorador. El
engrandecimiento del mismo Napoleón no fué un triunfo tan sorprendente
de la fuerza de voluntad y del genio sobre todos los obstáculos, ni
moralmente más digno de alabanza.
No sabemos en qué año Francisco Pizarro, el porquerizo de Trujillo,
llegó a América; pero sí que empezó a ser hombre de importancia en 1510.
En dicho año se hallaba ya en la isla Española y acompañó a Ojeda en su
desastrosa expedición a Urabá en el continente. Allí se mostró tan
valeroso y prudente, que Ojeda le dejó encargado de la malhadada colonia
de San Sebastián mientras él regresaba a la Española en busca de
auxilios. Esta primera responsabilidad que recayó sobre Pizarro, estaba
preñada de peligros y sufrimientos; pero nuestro ex porquerizo se
mantuvo a la altura de la situación, y comenzó a desarrollarse en él
aquel raro y paciente heroísmo que más tarde debía sostenerle durante
los años más terribles que haya vivido conquistador alguno. Dos meses
estuvo esperando en aquel sitio mortífero, hasta que perecieron tantos,
que los sobrevivientes pudieron al fin salvarse apretujándose en el
único bote que tenían.
Entonces Pizarro se unió con Balboa y participó de aquella penosa marcha
a través del istmo y del brillante honor del descubrimiento del
Pacífico. Cuando la intrépida carrera de Balboa tuvo un fin repentino y
sangriento, Pizarro pasó al mando de Pedro Arias Dávila, el cual le
envió a varias expediciones de poca importancia. En 1515 cruzó de nuevo
el istmo, y probablemente oyó hablar de un modo vago del Perú. Pero no
tenía dinero ni influencia para lanzarse por sí solo a una aventura.
Acompañó al gobernador Dávila cuando éste se trasladó a Panamá y se
acreditó en varias pequeñas expediciones. Pero a la edad de cincuenta
años era todavía pobre y desconocido; no era más que un humilde
«ranchero» que vivía cerca de Panamá. En aquel pestilente y despoblado
istmo, pocas oportunidades se le ofrecían para resarcirse de la pérdida
de su juventud. No había aprendido a leer ni a escribir y, la verdad sea
dicha, eso nunca llegó a aprenderlo; pero es evidente que había
aprendido cosas más importantes, y había desarrollado una virilidad que
podía servirle para hacer frente a cualquier contingencia.