Era el capitán don Pedro de Alvarado natural de Sevilla, y fué al Nuevo

Mundo en el vigor de la edad, no tardando en señalarse en Cuba por su

bizarría. En 1518 acompañó a Grijalba en el viaje en que descubrió

Méjico, y a su regreso a Cuba fué portador de los pocos tesoros que

ambos habían recogido. Al año siguiente, cuando Cortés embarcó para ir a

conquistar aquella nueva y maravillosa tierra, Alvarado le acompañó como

teniente. Tomó una parte importantísima en todos los brillantes hechos

de aquella romántica aventura. En el momento crítico en que fué

necesario apoderarse del traidor Moctezuma, fueron eficaces la actividad

y cooperación de Alvarado. Mientras el cacique estuvo en rehenes,

Alvarado tuvo ocasión de tratarle, y su franqueza le captó las simpatías

del guerrero indio. Quedó al mando de la pequeña guarnición de Méjico

cuando Cortés marchó en su audaz pero feliz expedición contra Narváez, y

desempeñó muy bien aquel delicado cargo. Antes del regreso de Cortés,

notáronse los síntomas de un levantamiento de los indios con la famosa

danza de guerra. Alvarado se hallaba solo, y tuvo que hacer frente a la

crisis bajo su propia responsabilidad. Pero estuvo a la altura de las

circunstancias. Comprendía muy bien el sangriento designio de la ominosa

danza, como lo conocen cuantos han peleado con los indios, y cuál era el

mejor modo de atajarlo. En su infortunada tentativa de apoderarse de los

exorcistas que excitaban al populacho a asesinar a los extranjeros,

Alvarado quedó mal herido. No obstante, tomó parte en la desesperada

resistencia a los asaltos de los indios, en que fueron heridos casi

todos los españoles. En aquella terrible lucha para defender su

fortaleza de adobe, así como en las audaces salidas para rechazar las

sitiadoras hordas salvajes, se destacaba siempre la figura del rubio

teniente. Cuando Cortés, que había ya regresado con sus refuerzos, vió

que la situación en la capital era insostenible y que su única salvación

era intentar la retirada de la ciudad lacustre a tierra firme, el puesto

de honor le tocó a Alvarado. Había mil doscientos españoles y dos mil

aliados tlaxcaltecas, y esta fuerza se dividió en tres mandos. Dirigía

la vanguardia Juan Velázquez; la segunda división iba a las órdenes de

Cortés y la tercera, que debía sostener toda la furia de la persecución,

la mandaba Alvarado.

Reinaba la mayor inquietud cuando salieron, gateando, los españoles de

su refugio para escapar por el malecón.

Era una noche lluviosa e intensamente obscura, y con los cascos de los

caballos y las ruedas de su pequeño cañón cubiertos de trapos para no

hacer ruido, los españoles avanzaban lo más cautelosamente posible por

la angosta lengua de tierra que unía la ciudad del lago con el

continente.

Este terraplenado viaducto estaba cortado por tres anchos canales, y

para cruzarlos llevaban los soldados un puente portátil. Mas a pesar de

su cautela, no tardaron los indios en darse cuenta de su salida. Apenas

habían abandonado el cuartel y emprendido la marcha por el viaducto,

cuando los toques del monstruoso tambor de guerra, el «tlacan huehuetl»,

desde la cumbre de la pirámide de los sacrificios, rompieron el silencio

de la noche sonando a sus oídos como el toque de agonía de sus

esperanzas. Todavía infunde terror ese feroz rugido del gigantesco

timbal colocado sobre un trípode, que se usa aún y puede oirse a quince

millas de distancia; pero para los españoles anunciaba su perdición.

Vieron encenderse varias hogueras en el Teocali, y correr en su

persecución numerosos enjambres de indígenas.

Corriendo tan aprisa como se lo permitían sus heridas y su impedimenta,

llegaron los españoles salvos al primer canal. Echaron sobre él su

puente y empezaron a desfilar por éste. Entonces los indios se agruparon

en sus canoas a cada lado del viaducto, y los atacaron con su

característica ferocidad. Los soldados, rodeados por las turbas,

luchaban mientras seguían avanzando. Pero, al cruzar la artillería el

puente, éste se vino abajo, precipitando al agua cañón, hombres y

caballos, que no se levantaron más. Entonces empezaron los inenarrables

horrores de la «Noche Triste». No había retirada posible para los

españoles, quienes se veían atacados por todos lados. Los que venían

detrás, empujaban a los de delante, que no podían detenerse ni siquiera

ante el canal de agua negruzca. En el borde estaban apiñados hombres y

caballos en la más densa obscuridad, y todavía venían empujando los de

detrás, hasta que, por último, el canal quedó atestado de cadáveres, y

los supervivientes tenían que pasar por encima de aquel hacinamiento de

sus muertos. Velázquez, que mandaba la vanguardia, fué herido, y

españoles y tlaxcaltecas caían como mieses segadas por la hoz. El

segundo canal, lo mismo que ambos lados del viaducto, estaba bloqueado

por canoas, llenas de guerreros salvajes, y allí se produjo otra

sangrienta pelea, que duró hasta que aquel boquete quedó también

atascado con los heridos, teniendo los fugitivos que pasar por un puente

de cadáveres para llegar al otro borde del viaducto. Alvarado, luchando

a retaguardia para contener a los indios que les atacaban por el

terraplén, fué el último en cruzar, y antes de que pudiera seguir a sus

camaradas, la corriente, barriendo súbitamente la macabra obstrucción,

dejó otra vez despejado el canal. Debajo de Alvarado cayó muerto su fiel

caballo; él también estaba mal herido; sus compañeros se habían alejado

y el despiadado enemigo lo rodeaba por todas partes. No podemos menos de

recordar al héroe romano...

«aquel héroe tan valiente

que defendió audaz el puente,

y a quien dedica la historia

una página de gloria».

La situación de Alvarado era tan desesperada como la de Horacio Cocles,

y con el mismo varonil denuedo supo colocarse a su altura. Con una

rápida ojeada comprendió que lanzarse al agua sería una muerte segura.

Entonces, mediante un supremo esfuerzo de su vigorosa musculatura,

apoyóse en la lanza y saltó. La distancia era de diez y ocho pies[12].

Hay memoria de otros saltos bastante más largos. Nuestro propio

Washington, cuando en su juventud se dedicaba a juegos atléticos, saltó

una vez más de veinte pies tomando carrera. Pero considerando las

circunstancias, la obscuridad, sus heridas y el peso de su armadura, el

prodigioso salto de Alvarado no ha sido quizá sobrepujado por otro

alguno.

Pero Alvarado saltó, y el héroe de esa proeza subió tambaleándose por la

margen opuesta, hasta ir a reunirse con sus compatriotas.

A partir de aquel momento, los que quedaban siguieron luchando por el

viaducto hasta llegar a tierra firme. Los indios abandonaron por fin la

persecución, y los españoles, exhaustos, pudieron respirar y contar los

que se habían salvado. Muy pocos habían quedado con vida. Nada tiene de

extraño, según dice la leyenda, que su valiente general, acostumbrado

como estaba a reprimir estoicamente sus sentimientos, se sentase bajo el

ciprés que se enseña todavía con el nombre de «El árbol de la Noche

Triste», y derramase lágrimas viriles al contemplar los lastimosos

restos de su valeroso ejército. De los mil doscientos españoles que

antes tenía, ochocientos sesenta perecieron, y de los supervivientes no

había uno solo que no estuviese herido. También habían muerto dos mil

indios tlaxcaltecas aliados suyos. A no ser porque los indígenas

trataban menos de matar que de aprisionar a los españoles para darles

una muerte más horrible con la cuchilla de sacrificar, ni uno solo se

hubiera salvado. Aun así, los supervivientes vieron más tarde a unos

sesenta de sus camaradas descuartizados sobre el altar del gran Teocali.

Perdióse toda la artillería, como también todo el tesoro. Ni un grano de

pólvora quedó en condición de poder utilizarse, y sus armaduras quedaron

tan abolladas y rotas, que no parecían las mismas. Si los indios les

hubiesen perseguido entonces, los hombres, exhaustos, hubieran sido

fáciles víctimas. Pero después de aquella terrible pelea, también

descansaban los indígenas, lo cual permitió que pudiesen escapar los

españoles. Dirigiéndose al pueblo amigo de Tlaxcala, dando un rodeo para

escapar de sus enemigos; pero fueron atacados en todos los pueblos

intermedios. La lucha más desesperada tuvo efecto en las llanuras de

Otumba. Rodeados y acosados por los naturales, los españoles se

consideraban ya perdidos. Afortunadamente Cortés reconoció a uno de los

exorcistas por su rico ropaje, y en una última y desesperada carga,

ayudado por Alvarado y otros pocos oficiales, derribó al sujeto de quien

los supersticiosos indios hacen depender el éxito de la guerra. Muerto

el mago, sus aterrorizados secuaces cejaron, y de nuevo los españoles se

vieron libres de las garras de la muerte.

En el sitio de Méjico, que fué el más sangriento asedio que registra la

historia de América, Alvarado fué quizá la figura más preeminente

después de Cortés. Este gran general era el cerebro de aquella notable

campaña, y un cerebro de gran valía. No hay nada en la historia que

pueda compararse con su empresa de hacer construir trece bergantines en

Tlaxcala y transportarlos a hombros de sus soldados a más de cincuenta

millas tierra adentro y por encima de las montañas, para botarlos en el

lago de Méjico a fin de que ayudasen a poner el sitio. Lo que más se le

parece es el gran hecho de Balboa transportando dos bergantines a través

del istmo. Las hazañas del gran cartaginés Aníbal en el sitio de

Tarento, y las del «Gran Capitán» español, Gonzalo de Córdoba, en la

misma plaza, no son comparables en modo alguno con aquéllas.

En los setenta y tres días que duró el sitio, era Cortés la cabeza y

Alvarado su brazo derecho. El bizarro teniente mandaba la fuerza que

atacó por el mismo viaducto por donde se retiraron en la _Noche Triste_.

En una de las batallas le mataron a Cortés el caballo que montaba, y los

indios se llevaban arrastrando al conquistador, cuando uno de sus pajes

se abalanzó sobre ellos y le salvó la vida. En el asalto final y en la

desesperada lucha dentro de la ciudad, Cortés iba al frente de una mitad

de los soldados españoles, y Alvarado mandaba la otra mitad, y éste fué

el que dirigió la toma por asalto del gran Teocali.

Después de la conquista de Méjico, en que ganó tantos laureles, Alvarado

fué enviado por Cortés con una pequeña fuerza a conquistar Guatemala.

Marchó allá por Oaxaca y Tehuantepec, encontrando la resistencia

característica de los indios. Había en Guatemala tres tribus

principales: los Quiché, los Zutuhil y los Caciquel. Los Quiché le

hicieron frente en campo abierto, y los derrotó. Entonces se rindieron

formalmente, hicieron la paz y le invitaron a visitarles como amigo en

su pueblo de Utatlán. Cuando los españoles estaban seguros en la ciudad

y rodeados por los indios, éstos pegaron fuego a las casas y atacaron

ferozmente a sus medio asfixiados huéspedes. Después de un empeñado

encuentro, Alvarado los derrotó y dió muerte a los cabecillas. Las otras

dos tribus se sometieron, y en cosa de un año Alvarado y su pequeña

fuerza habían llevado a cabo la conquista de Guatemala. Los servicios de

aquél fueron recompensados con su nombramiento de gobernador y

Adelantado de la provincia, y fundó la ciudad de Guatemala, que en su

tiempo probablemente llegó a ser lo que Méjico era entonces: una ciudad

de quince a veinte mil habitantes indios y mil españoles.

El gobernador Alvarado se ausentaba con frecuencia de la capital. Había

que efectuar muchas expediciones por aquel desierto nuevo mundo. Su más

importante jornada la realizó en 1534, cuando, construyendo sus buques

como de costumbre, salió para el Ecuador y llevó a cabo una marcha

dificultosa por el interior, hasta llegar a Quito, donde se encontró en

territorio de Pizarro. Entonces regresó a Guatemala sin provecho alguno.

Durante una de sus ausencias prodújose el terrible terremoto que

destruyó la ciudad de Guatemala y causó a Alvarado una irreparable

pérdida, a la cual nunca se resignó. Más arriba de la ciudad se elevaban

dos grandes volcanes: el Volcán de Agua y el Volcán de Fuego. El Volcán

de Agua estaba extinto y su cráter inundado por un lago. El Volcán de

Fuego estaba, y está todavía, en erupción. En aquel memorable temblor de

tierra, el borde de lava del Volcán de Agua quedó hendido por la

convulsión, y aquel volumen de agua se precipitó como un torrente sobre

la malhadada ciudad. Millares de personas perecieron bajo las paredes

que se derrumbaban y en la impetuosa corriente, y entre los que así se

perdieron, hallábase la esposa de Alvarado, doña Beatriz de la Cueva. Su

muerte causó al valiente soldado un gran desaliento, porque la amaba

tiernamente.

En los tiempos borrascosos que atravesó Méjico, después que Cortés hubo

terminado su conquista y empezó a malearse en la prosperidad y a ponerse

en evidencia de un modo indigno, el apoyo de Alvarado fué solicitado y

obtenido por el grande y buen virrey Antonio de Mendoza, uno de los

hombres de gobierno más notables de todas las épocas. No fué eso una

traición por parte de Alvarado hacia su antiguo jefe, pues Cortés había

traicionado no solamente a la Corona, sino también a sus amigos. La

causa de Mendoza era la causa del buen gobierno y de la lealtad.

Se había hecho necesario domeñar a los indios hostiles Nayares, quienes

habían causado a los españoles muchos trastornos en la provincia de

Jalisco, y en esa campaña Alvarado se unió a Mendoza. Los indios se

retiraron a la cima del ingente y, al parecer, inexpugnable risco de

Mixtón, y había que desalojarlos a toda costa. El asalto de aquella roca

puede compararse con el de Acoma y es uno de los más desesperados y

brillantes de que hay recuerdo. El virrey mandaba en persona; pero la

verdadera proeza la realizaron Alvarado y un oficial compañero suyo. Al

ir a escalar el risco, Alvarado fué herido en la cabeza por una roca que

dejaron rodar los salvajes, y murió a consecuencia de la herida; pero no

sin ver que sus compañeros alcanzaban una brillante victoria.

El oficial que, después de Alvarado, merece citarse como héroe del

Mixtón, fué Cristóbal de Oñate, hombre distinguido por muchos conceptos.

Era un oficial de valía, de espíritu activo y diligente, y uno de los

primeros millonarios de Norteamérica, siendo, además, el padre del

colonizador de Nuevo Méjico, Juan de Oñate. El 11 de junio de 1548,

algunos años después de la batalla de Mixtón, descubrió Oñate las más

ricas minas de plata del continente, las de Zacatecas, en la pelada y

desolada meseta donde se halla ahora la ciudad mejicana de aquel nombre.

Esas grandes venas de arseniato rubí y negro y de plata virgen,

formaron los primeros millonarios de Norteamérica, así como la conquista

del Perú, hizo los primeros del continente del sur. Las minas de

Zacatecas no eran tan vastas como las que se explotaron en Potosí, de

Bolivia, las cuales produjeron, de 1541 a 1664, la inconcebible suma de

641.250,000 pesos en plata; pero las minas de Zacatecas también fueron

enormemente productivas. Su corriente de plata fué la primera

realización de los ensueños de vasta riqueza en el continente del norte,

y causó un prodigioso cambio comercial en esa parte del Nuevo Mundo. En

la localidad, el descubrimiento redujo el precio de las subsistencias

cerca de un noventa por ciento. Nunca fué Méjico un país de mucho oro;

pero durante más de tres siglos ha sido uno de los principales

productores de plata. Lo es aún hoy día, si bien su producción no es tan

crecida como la de los Estados Unidos.

Cristóbal de Oñate fué, por lo tanto, un hombre muy importante en la

obra del destino. Su «bonanza» hizo de Méjico un nuevo país

comercialmente, y supo hacer de sus millones mejor uso que el que se

hace en nuestros días, pues se les empleó en la construcción de dos de

las primeras ciudades de los Estados Unidos.

IX

EL VELLOCINO DE ORO

Todos sabemos de aquel extraño vellocino amarillo que, guardado por un

dragón, estaba colgado en el sombreado bosquecillo de Colcos, y de cómo

Jasón y sus argonautas ganaron el premio, después de muchos peligros y

peripecias. Ahora bien; en nuestro propio Nuevo Mundo hemos tenido un

vellocino de oro más deslumbrador que aquel que trató de ganar el

mitológico pupilo del viejo Quirón, pero que nadie llegó a capturar, no

obstante haberlo probado hombres más valientes que Jasón. Realmente hubo

centenares de Jasones que lucharon más bravamente y sufrieron mucho

mayores contrariedades, y que, sin embargo, nunca llegaron a conseguir

el premio. Porque el dragón que guardaba el vellocino de oro americano

no era un quimérico perro faldero como el de Jasón, que se tragase una

pócima, y se echase a dormir; era un monstruo mayor que toda la tierra

en que vivían los argonautas y que todos los países en que viajaron; un

monstruo que todavía no ha logrado ningún hombre, ni toda la humanidad,

hacer desaparecer: el mortífero monstruo de los trópicos.

El mito de Jasón es uno de los más hermosos de la antigüedad, y hasta es

más que bello. Empezamos ahora a comprender la importante influencia que

puede tener un cuento de hadas sobre conocimientos más serios. Un mito

tiene siempre, en cierta parte, algún fundamento de verdad, y esa oculta

verdad puede ser de un valor perdurable. Estudiar la historia sin fijar

la atención en los mitos que relata, es prescindir de una preciosa luz

auxiliar que puede iluminar determinados hechos. El progreso humano, en

casi todas sus fases, ha sentido la influencia de este raro pero

poderoso factor. ¿Dónde imagina el lector que estaría hoy la química, si

la piedra filosofal y otros mitos no hubiesen inducido a los viejos

alquimistas a escudriñar los misterios, donde nunca hallaron lo que

buscaban, pero encontraron verdades de la mayor valía para la humanidad?

La geografía en particular, ha debido más bien a los mitos que a la

invención escolástica el llegar a ser una ciencia, y el mito de oro ha

sido en todo el mundo el profeta y la inspiración de los descubrimientos

y el moldeador de la historia.

Nos hemos acostumbrado a considerar a los españoles como los únicos que

iban en busca de oro, dando a entender que la caza del oro es una

especie de pecado y que ellos eran excesivamente propensos a cometerlo.

Pero no es ese un defecto propio exclusivamente de los españoles; esa

afición es común a toda la humanidad. La única diferencia está en que

los españoles hallaron oro, lo que es un pecado bastante grande para

ciertos «historiadores», incapaces de considerar _lo que hubieran hecho

los ingleses si hubiesen hallado oro en América desde un principio_.

No creo que nadie niegue que, cuando se descubrió oro en las partes más

distantes de su tierra, el sajón tuvo piernas para llegar hasta ese

metal, y hasta adoptó medidas que no eran del todo decorosas para

apoderarse de él; pero nadie es tan imbécil que hable de «los días del

49» como de algo que nos deshonre. Hubo ciertamente algunos lamentables

episodios; pero, cuando California conmovió de pronto el continente,

haciendo llegar hasta ella la fuerza de los Estados del Este, abrió uno

de los más valientes, más importantes y más señalados capítulos de

nuestra historia nacional. Porque el oro no es un pecado: es un artículo

muy necesario, y muy digno siempre que recordemos que es un medio y no

un fin, un instrumento y no un motivo de lucro; punto de sentido común

económico que solemos olvidar tan fácilmente en el centro bursátil de

Nueva York como en las minas del Oeste.

A esta universal y perfectamente legítima afición al oro, debemos

principalmente el que se descubriese la América, como en realidad el

haber civilizado muchos otros países.

La historia científica moderna ha demostrado plenamente cuán disparatada

y errónea es la idea de que los españoles tan sólo buscaban oro, y nos

enseña de qué manera tan varonil satisfacían las necesidades del cuerpo

y del espíritu. Pero el oro era para ellos, como sería hoy mismo para

otros hombres, el principal motivo. La gran diferencia está únicamente

en que el oro no les hacía olvidar su religión. Fué un dedo de oro el

que guió a Colón hacia América; a Cortés, hacia Méjico; a Pizarro, hacia

el Perú; de igual modo que nos guió a nosotros a California, sin lo cual

no hubiera sido hoy uno de nuestros Estados. El oro que se encontró al

principio en el Nuevo Mundo era desgraciadamente poco: antes de la

conquista de Méjico sólo ascendió a 500,000 pesos; Cortés aumentó la

cantidad, y Pizarro la hizo subir a una cifra fabulosa y deslumbradora.

Pero lo más curioso es que el oro que se encontró, no representó, en la

exploración y civilización del Nuevo Mundo, un papel tan importante como

el que se buscaba en vano. El maravilloso mito que representa el

vellocino de oro americano, influyó de un modo más eficaz, en la

geografía y la historia, que las verdaderas e incalculables riquezas del

Perú.

De este mito fascinador tiene la gente escaso conocimiento, aun cuando

una corruptela de su nombre anda en boca de todo el mundo. Hablando de

una región muy rica solemos decir que es otro «Eldorado» o bien «un

Eldorado», error indigno de personas cultas. El verdadero nombre es

«Dorado», y «El Dorado» es una contracción en español de «el hombre

dorado», mito que ha dado origen a una serie de proezas, al lado de las

cuales son insignificantes las de Jasón y sus compañeros semidioses.

Como todos esos mitos, éste tuvo en realidad su fundamento. El

«vellocino de Colcos» era una imagen poética de las minas de oro del

Cáucaso; pero realmente existió un «hombre dorado». Su historia y los

sucesos a que dió pie es un cuento de hadas que tiene la ventaja de ser

verdad. Es un tema sumamente complicado; pero, gracias a que Bandelier

ha descorrido por fin el velo que lo cubría, se puede ahora relatar esa

historia de un modo inteligible, como no se ha vulgarizado antes de

ahora.

Hace algunos años se halló en una laguna de Siecha, en Nueva Granada, un

curioso y pequeño grupo de estatuas: era un trabajo tosco y antiguo de

los indios, y aun más precioso por su interés etnológico que por el

metal de que estaba hecho, que era oro puro. Este raro ejemplar, que

puede verse ahora en un museo de Berlín, es una balsa de oro, sobre la

cual están agrupadas diez figuritas de hombres del mismo metal.

Representa una extraña costumbre que en tiempos prehistóricos era

peculiar de los indios de la aldea de Guatavitá, en las montañas de

Nueva Granada. Esa costumbre era como sigue: En cierto día uno de los

jefes de la aldea untaba su cuerpo desnudo con una goma, y después se

espolvoreaba de la cabeza a los pies con oro fino molido. Esa era «el

hombre dorado». Entonces lo llevaban sus compañeros en una balsa hasta

el centro del lago que estaba cerca de la aldea, y saltando de la balsa

«el hombre dorado», se lavaba su preciosa y extraña envoltura y la

dejaba hundirse hasta el fondo del lago. Esa práctica era un sacrificio

en provecho de la aldea. La tal costumbre ha quedado históricamente

comprobada; pero se había abandonado más de treinta años antes de que se

enterasen de ella los europeos, esto es, los españoles de Venezuela en

1527. Esa costumbre no había sido abandonada voluntariamente por la

gente de Guatavitá, sino que los belicosos indios Muysca de Bogotá

pusieron fin a ella, bajando a dicha aldea y exterminando a casi todos

sus habitantes. Pero el sacrificio fué un hecho, y a tan enorme

distancia y en aquellos días precarios, los españoles supieron de esa

costumbre como si todavía se practicase. La historia del «hombre

dorado», que por contracción se decía «eldorado», era demasiado

sorprendente para no causar impresión. Llegó a ser una palabra familiar,

y desde entonces un señuelo para cuantos se acercaban a la costa del

norte de la América del Sur. Nos extrañará que la tal conseja (que ya se

había convertido en un mito en 1527, desde que cesara la costumbre que

le dió pie), pudiese subsistir durante 250 años sin que se refutase por

completo; pero no nos sorprenderá tanto si tenemos en cuenta que la

América del Sur era entonces un dificultoso y vasto desierto y que aun

hoy contiene muchos misterios que no han sido explorados.

Las primeras tentativas de llegar hasta «el hombre dorado», se hicieron

desde la costa de Venezuela. Carlos I de España y V de Alemania, había

empeñado la costa de aquella posesión española a la opulenta familia

bávara de los Welsers, concediéndoles el derecho de colonizar y

«descubrir el interior». En 1529, Ambrosio Dalfinger y Bartolomé Seyler

desembarcaron en Coro (Venezuela) con 400 hombres. La historia del

«hombre dorado» era ya cosa corriente entre los españoles, y atraído por

ella, Dalfinger se fué tierra adentro para encontrarlo. Era atrozmente

cruel, y su expedición fué nada menos que una absoluta piratería.

Penetró hasta el río Magdalena, en Nueva Granada, esparciendo la muerte

y la devastación por donde quiera que pasaba. Encontró algún oro; pero

su brutalidad hacia los indios fué tan grande y contrastaba de tal modo

con el trato que estaban acostumbrados a recibir de los españoles, que

los indígenas, exasperados, se rebelaron, y la marcha de aquel nombre no

fué otra cosa que una continua lucha, que duró más de un año. El mal

estaba en que los Welsers no tenían más empeño que encontrar tesoros

para reintegrarse del dinero que habían desembolsado, y no sentían el

verdadero espíritu colonizador y cristianizador de los españoles.

Dalfinger no pudo hallar «el hombre dorado», y murió en 1530 de resultas

de una herida que recibió durante la nefanda expedición.

Su sucesor en el mando de los intereses de los Welsers, Nicolás

Federmann, no fué mucho mejor como hombre, ni tuvo mejor fortuna como

explorador. En 1530 marchó tierra adentro para descubrir el Dorado; pero

desde Coro se dirigió en derechura hacia el Sur, así que no pasó por

Nueva Granada. Después de una terrible marcha por las selvas tropicales,

tuvo que volverse con las manos vacías, en el año 1531.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 10 / 17 段