Repugna entrar en más detalles acerca de esos ritos: bastante queda

dicho para dar una idea de la barrera moral que encontraron los

misioneros españoles cuando fueron a enseñar a tan sanguinarios

indígenas un evangelio que predica el amor y la universal fraternidad de

los hombres. Semejante credo era tan incomprensible para los indios,

como lo sería para nosotros el decirnos que lo negro es blanco: la lucha

para hacérselo comprender fué una de las más enormes y, al parecer,

imposibles que ha emprendido maestro alguno. Antes de que los misioneros

pudiesen lograr que los indios escuchasen siquiera el catecismo, y mucho

menos entenderlo, tenían que dedicarse a la peligrosa tarea de probar lo

falso que era su paganismo. El indio creía absolutamente en el poder de

su sangriento dios de piedra. Estaba seguro de que si abandonaba su

ídolo, le castigaría y destruiría, y por consiguiente no quería creer

nada contrario a su religión. El misionero no solamente tenía que

decirle: «Tu ídolo es impotente; no puede hacer daño a nadie; no es más

que una piedra, y si lo pateas no puede castigarte», sino que además

había de probarlo. Ningún indio era tan temerario que quisiese hacer el

experimento, y el nuevo maestro tenía que demostrarlo él mismo. Por

supuesto que ni siquiera podía hacer esto al principio, porque si

hubiese empezado su labor catequista maltratando a uno de aquellos

grotescos dioses de pórfido, los «sacerdotes» de éste lo hubieran

asesinado en el acto. Pero, cuando los indios vieron al fin que ningún

poder sobrenatural aplastaba al misionero por hablar mal de sus dioses,

ya se había dado el primer paso. Gradualmente pudo después tocar el

ídolo, y vieron que también quedaba ileso. Por último derrumbó y rompió

las crueles imágenes, y los atónitos y aterrorizados devotos empezaron a

dudar y a despreciar las cobardes deidades a quienes habían servido de

esclavos, y a las que un extraño podía insultar y maltratar impunemente.

Sólo empleando esta ruda lógica, que era la que los envilecidos indios

podían entender, los misioneros españoles lograron probarles que el

sacrificio humano era un error de los hombres y no la voluntad de «los

de arriba». Fué un maravilloso adelanto el extirpar ésta, que era la

peor práctica de la religión de los indios, la cual había arraigado a

través de varios siglos de constante observancia. Pero los apóstoles

españoles estaban a la altura de su misión, y la infinita fe y el celo y

paciencia con que finalmente abolieron el sacrificio humano en Méjico,

llevó gradualmente, paso a paso, a la conversión de los indígenas de un

continente y medio al Cristianismo.

VII

LOS FUNDADORES DE IGLESIAS

EN NUEVO MÉJICO

Para dar siquiera un bosquejo de la obra realizada por los misioneros

españoles en ambas Américas se necesitaría llenar varios volúmenes. Lo

más que podemos hacer aquí es tomar como muestra una hoja de tan

fascinador como formidable relato, y para ello describiré brevemente lo

que se hizo en una región que nos es particularmente interesante: la

provincia de Nuevo Méjico. Hubo muchas otras comarcas en que fué preciso

vencer todavía mayores obstáculos, en que perdieron la vida, sin

quejarse, muchos más mártires y en que lucharon desesperadamente más

generaciones; pero lo mejor será tomar un modesto ejemplo, especialmente

uno que tanta relación tiene con nuestra historia nacional.

Nuevo Méjico y Arizona, verdaderos países de maravillas de los Estados

Unidos, fueron descubiertos, como es sabido, en 1539, por aquel

misionero español a quien todos los jóvenes americanos debieran recordar

con veneración: Fray Marcos de Nizza. Hemos bosquejado también las

proezas de Fray Ramírez, Fray Padilla y otros misioneros en aquella

inhospitalaria tierra, y se habrá podido formar idea de las penalidades

que eran comunes a todos sus cofrades; porque las tremendas jornadas, la

abnegación en la soledad, el amoroso celo y muy a menudo la muerte cruel

de esos hombres, no eran excepciones, sino ejemplos corrientes de lo que

tenía que esperar un apóstol en el sudoeste.

En todas partes ha habido misioneros cuyos rebaños fueron tan

desagradecidos y crueles; pero pocos o ninguno que se hallasen en

regiones tan apartadas e inaccesibles. Nuevo Méjico fué por espacio de

trescientos cincuenta años, y lo es aún hoy día, en su mayor parte un

páramo, salpicado de unos pocos pequeños oasis. A la gente de los

Estados del Este, un desierto les parece que ha de estar sumamente

lejos; pero en nuestra región del Sudoeste hay en la actualidad cientos

de miles de millas cuadradas donde el viajero fácilmente muere de sed y

donde todos los años hay infelices víctimas de ese horrendo martirio.

Aun ahora pueden hallarse penalidades y peligros en Nuevo Méjico; pero

hubo un tiempo en que fué uno de los más crueles desiertos imaginables.

Apenas han transcurrido diez años desde que se puso fin a las guerras y

las hostilidades de los indios, que duraron sin cesar por más de tres

siglos. Cuando el colono o el misionero español salía de Nueva España

para atravesar un desierto de mil millas y sin caminos, con rumbo a

Nuevo Méjico, su vida se hallaba en constante riesgo, y no pasaba un día

en que no se hallase en peligro en aquella provincia salvaje. Si

conseguía no morir de sed o de hambre durante el camino; si no perecía a

manos de los despiadados apaches, se instalaba en el vasto erial, tan

lejos de cualquier otro hogar de gente blanca como Chicago lo está de

Boston. Si era misionero, se quedaba, por regla general, solo con un

rebaño de centenares de crueles indios; si era soldado o labrador, tenía

de doscientos a mil quinientos amigos en una superficie tan extensa como

Nueva Inglaterra, Nueva York, Pensilvania y Ohío juntos, en medio de

cien mil cobrizos enemigos, cuyos gritos de guerra era probable que

oyese a cada momento, sin llegar nunca a olvidarlos. Vino pobre y pudo

hacerse rico en aquel árido suelo. Aun al principio del siglo XIX,

cuando alguien empezó a tener grandes rebaños de carneros, con

frecuencia quedaban sin una res por una incursión nocturna de apaches o

de navajos.

Esa era la situación de Nuevo Méjico cuando llegaron los misioneros, y

así poco más o menos se mantuvo por más de trescientos años. Si el

hombre más ilustrado y optimista del Viejo Mundo hubiese podido ver con

los ojos de la inteligencia aquella tierra infecunda, nunca hubiera

podido soñar que no tardaría aquel desierto en verse poblado de

iglesias, pero no de pequeñas capillas de troncos o de adobe, sino de

edificios de piedra de sillería, cuyas ruinas se ven hoy y son las más

imponentes de Norteamérica. Pero así fué; ni el desierto ni los indios

pudieron frustrar aquel fervoroso celo.

La primera iglesia alzada en lo que hoy se llama Estados Unidos, fundóla

en San Agustín (Florida) Fray Francisco de Pareja, en 1560; pero medio

siglo antes había ya muchas otras iglesias españolas en América. Los

varios sacerdotes que Coronado llevó consigo a Nuevo Méjico, en 1540,

hicieron muy buena labor catequista; pero pronto fueron muertos por los

indios. La primera iglesia de Nuevo Méjico, segunda en los Estados

Unidos, la fundaron en septiembre de 1598 los diez misioneros que

acompañaron al colonizador Juan de Oñate. Fué una pequeña capilla,

edificada en San Gabriel de los Españoles (que ahora se llama Chamita).

San Gabriel quedó desierto en 1605, y entonces Oñate fundó Santa Fe, aun

cuando es probable que todavía se utilizase la capilla de vez en cuando.

Con el tiempo, sin embargo, se desmoronó. Todavía eran visibles en 1680

las ruinas de aquella venerable y antigua iglesia; pero ahora apenas

puede distinguirse. Una de las primeras cosas que se hicieron después de

establecer la nueva ciudad de Santa Fe, fué, naturalmente, construir una

iglesia, y allí, en 1606, se erigió la tercera de los Estados Unidos. No

llenó por mucho tiempo las necesidades de la colonia, y en 1622, Fray

Alonso de Benavides, el historiador, puso los cimientos de la iglesia

parroquial de Santa Fe, que se terminó en 1627. El templo de San Miguel

en la misma antigua ciudad, se construyó después de 1636. Sus primitivos

muros se conservan todavía y forman parte de una iglesia que sirve hoy

día para el culto. Fué parcialmente destruída durante la rebelión de los

pueblos en 1680, y restaurada en 1710. La nueva catedral de Santa Fe

está construída sobre los restos de la más antigua parroquia.

En 1617, tres años antes de que desembarcasen los peregrinos en Plymouth

Rock, había ya once iglesias dedicadas al culto en Nuevo Méjico. Santa

Fe era la única población española; pero había también iglesias en los

peligrosos pueblos indios de Galispeo y Pecos, dos en Jemez (cerca de

cien millas al oeste de Santa Fe y en un terrible desierto), Taos (casi

a igual distancia al norte), San Ildefonso, Santa Clara, Sandia, San

Felipe y Santo Domingo. Era una asombrosa proeza para cada misionero

solitario, porque no tenían apoyo civil ni militar en sus parroquias, el

inducir tan pronto a su bárbaro rebaño a construir una iglesia de piedra

para adorar allí al nuevo Dios blanco. Las iglesias hubieron de

abandonarse en los dos pueblos de Jemez en 1622, por la incesante

hostilidad de los navajos, los cuales desde tiempo inmemorial habían

desolado aquella región; pero fueron ocupadas de nuevo en 1626. Los

españoles, por lo que toca a la construcción de hogares, se vieron

limitados, por las imposiciones del desierto, al valle del Río Grande,

que corre de norte a sur por el centro de Nuevo Méjico. Pero sus

misioneros no reconocieron ese límite. Donde las colonias no podían

vivir, ellos podían orar y enseñar, y muy pronto empezaron a penetrar en

los desiertos que se extienden a gran distancia a ambos lados de aquella

estrecha faja de tierra colonizable. En Zuñi, muy al oeste del río, y a

trescientas millas de Santa Fe, los misioneros se habían establecido ya

por el año 1629. Pronto tuvieron seis iglesias en seis de las «Siete

Ciudades de Cibola» (poblaciones Zuñi), de las cuales la situada en

Chyánahue todavía está admirablemente conservada y en el mismo período

se habían establecido doscientas millas más adentro del desierto, y

construído allí tres iglesias entre las pasmosas ciudades situadas en

los riscos de Moqui.

En la parte baja del Río Grande notábase igual actividad. En el antiguo

pueblo de San Antonio de Senecú, que casi ha desaparecido ya, fundó en

1629 una iglesia Fray Antonio de Arqueaga y este hombre valiente fundó

otra en el mismo año en el pueblo de Nuestra Señora del Socorro, hoy

ciudad americana que lleva el nombre de esa virgen. La iglesia del

pueblo de Picuries, que estaba en las lejanías de las montañas del

norte, debió ser construída antes del año 1632, puesto que en esta fecha

fué enterrado en ella Fray Ascensión de Zárate. La iglesia de Isleta,

que está hacia el centro de Nuevo Méjico, fué construída antes de 1635.

Unas cuantas millas más arriba de Glorieta, pueden verse, desde las

ventanas de cualquier tren de la línea de Santa Fe, unas grandes e

imponentes ruinas de adobe, cuyos hermosos paredones sueñan en aquella

encantadora solana. Es la vieja iglesia del pueblo de Pecos, y aquellas

paredes se erigieron hace doscientos setenta y cinco años. El pueblo,

que fué en su tiempo el mayor de Nuevo Méjico, quedó desierto en 1840, y

su gran plaza cuadrangular, rodeada de casas indias de muchos pisos,

está en completa ruina; pero por encima de sus montones grises

descuellan todavía los muros de la vieja iglesia, que se construyó antes

de que hubiese un sajón en Nueva Inglaterra. Conforme se ve, el

«ladrillo de barro», como algunos llaman despectivamente al adobe, no es

una cosa tan despreciable, si siquiera para arrostrar la intemperie de

los siglos. Había una iglesia en el pueblo de Nambé, por el año de 1642.

En 1662 Fray García de San Francisco fundó una iglesia en El Paso del

Norte, en la actual frontera entre Méjico y los Estados Unidos, y esa

era una misión peligrosa, por hallarse a centenares de millas de las

colonias españolas, tanto del Viejo como del Nuevo Méjico.

Los misioneros también cruzaron las montañas del este del Río Grande, y

establecieron misiones entre los pueblos que vivían al borde de las

grandes llanuras. Fray Jerónimo de la Llana fundó la hermosa iglesia de

Cuaray, en 1642, y poco después se erigieron las de Abó, Tenabo y

Tabirá, más conocida ahora, aunque incorrectamente, con el nombre de La

Gran Quivira. Las iglesias de Cuaray, Abó y Cabirá son las ruinas más

grandiosas que hay en los Estados Unidos, y mucho más hermosas que

muchas que los americanos van a admirar al extranjero. La segunda y

mayor iglesia de Tabirá, fué construída entre los años de 1660 y 1670, y

casi al mismo tiempo y en la misma región, si bien a muchas millas de

distancia, en el árido desierto, las iglesias de Tajique y Chililí.

Acoma, como es sabido, tenía una misión permanente en 1629, y el

misionero construyó una iglesia. Además de todas las citadas, los

pueblos de Zía, Santa Ana, Tesuque, Pojoaque, San Juan, San Marcos, San

Lázaro, San Cristóbal, Alameda, Santa Cruz y Cochití tenían una iglesia

cada uno por el año de 1680. Esto da una idea de la eficacia del trabajo

de los misioneros españoles. Un siglo antes del nacimiento de nuestra

nación, habían construído los españoles, en uno de nuestros territorios,

medio centenar de iglesias permanentes, casi todas de piedra, y casi

todas expresamente para beneficio de los indios. Esa labor de los

misioneros no ha tenido igual en ningún otro punto de los Estados

Unidos, hasta el presente; y en todo el país no habíamos construído en

aquel tiempo tantas iglesias para nosotros mismos.

Una ojeada a la vida de los misioneros que iban a Nuevo Méjico por

entonces, antes de que hubiese quien predicase en inglés en todo el

hemisferio de occidente, presenta rasgos que fascinan a cuantos admiran

el heroísmo solitario, que no necesita ni aplauso ni espectadores para

mantenerse vivo. Ser valiente en campo de batalla y en casos de

excitación parecida es muy fácil; pero es cosa muy distinta hacer una

heroicidad cuando nadie la presencia y en medio, no tan sólo de

peligros, sino de toda clase de penalidades y obstáculos.

Los misioneros que iban a Nuevo Méjico tenían que salir, naturalmente,

del Viejo Méjico, y antes que eso, de España. Algunos de esos hombres

tranquilos que vestían el hábito gris, habían hecho ya tan largas

jornadas y afrontado peligros tales, como no los han conocido nunca los

Stanleys de nuestra época. Tenían que procurarse sus vestiduras y los

ornamentos de la iglesia y pagarse el viaje desde Méjico a Nuevo Méjico,

pues desde un principio se había organizado un servicio semianual de

expediciones armadas a través del peligroso desierto que los separaba.

La tarifa era de doscientos sesenta y seis pesos, desembolso muy duro

para un hombre cuyo salario era de ciento cincuenta pesos al año (no

pasaron los salarios de esta cifra hasta 1665, en que se aumentaron

hasta trescientos treinta pesos, pagaderos cada tres años). No puede

compararse ese estipendio con el que se da hoy en nuestras iglesias de

moda. Con esa mezquina paga, que era todo lo que podía darle el sínodo,

tenía que sufragar los gastos de su persona y de la iglesia.

Llegado al Nuevo Méjico después de una peligrosa jornada (y tanto la

jornada como el territorio ofrecían todavía peligros en la presente

generación), el misionero se dirigía primero a Santa Fe. Allí su

superior no tardaba en designarle una parroquia, y volviendo la espalda

a la pequeña colonia de sus compatriotas, el buen fraile recorría a pie

cincuenta, cien, o trescientas millas, según el caso, hasta llegar a su

nuevo y desconocido puesto. Algunas veces le acompañaban una escolta de

tres o cuatro soldados españoles; pero a menudo tenía que hacer aquel

peligroso recorrido enteramente solo. Sus nuevos feligreses lo recibían

unas veces con una lluvia de flechas y otras con un hosco silencio. El

no podía hablarles, y tampoco ellos a él, y lo primero que tenía que

hacer era aprender de aquellos reacios maestros su extraña lengua; mucho

más difícil de adquirir que el latín, el griego, el francés o el alemán.

Enteramente solo entre ellos, tenía que depender de sí mismo y de los

favores que de mal grado le hacía su rebaño para las necesidades de la

vida. Si decidían matarle, le era imposible hacer resistencia. Si

rehusaban darle alimento, tenía que morirse de hambre. Si enfermaba o se

imposibilitaba, no tenía más enfermeros ni doctores que aquellos

traicioneros indios. No creo que la historia presente otro cuadro de tan

absoluta soledad, desamparo y desconsuelo como era la vida de aquellos

mártires desconocidos, y por lo que toca a peligros, no ha habido hombre

alguno que los haya arrostrado mayores.

La manera de atender al mantenimiento de los misioneros era muy

sencilla. Además del pequeño salario que le pagaba el sínodo, el pastor

debía recibir algún auxilio de su parroquia. Esa era una necesidad así

moral como material. Es un principio, reconocido en todas las iglesias,

que el interés que en ellas se toma depende en parte de las dádivas

personales. Así, pues, las leyes españolas exigían de los pueblos la

misma contribución a la iglesia que la establecida por Moisés. Cada

familia india tenía que dar el diezmo y las primicias de los frutos a la

iglesia, como los habían siempre dado a sus caciques paganos. Esto no

era una carga para los indios y mantenía el misionero con un modesto

pasar. Por supuesto que los indios no daban un diezmo; al principio

daban lo menos que podían. El alimento que llevaban al padre consistía

en maíz, judías y calabazas, con sólo un poquito de carne, que rara vez

conseguían en la caza, porque pasó mucho tiempo antes de que hubiese

manadas de vacas o rebaños de carneros que se la proporcionasen. También

dependía de su insegura congregación para que le ayudase a cultivar su

pequeña huerta; para que le suministrase leña con que calentarse en

aquellas frías alturas, y hasta para que le diese agua, pues no había

allí acueductos ni pozos y era preciso ir a buscar el agua a largas

distancias y traerla en grandes jarras. Teniendo que depender por

completo, para su subsistencia, de gente tan sospechosa, recelosa y

traicionera, el buen hombre con frecuencia debía padecer hambre y frío.

Excusado es decir que no había tiendas, y si no podía obtener

comestibles de los indios, no tenía más remedio que morirse de hambre.

La leña se hallaba en algunos casos a veinte millas de distancia, como

lo está hoy de Isleta. Y no eran pocas sus tareas. No tan sólo tenía que

convertir aquellos paganos al cristianismo, sino además enseñarles a

leer y escribir, a cultivar mejor sus tierras y, en general, a trocar su

barbarie por la civilización.

Cuán difícil era esa labor, apenas puede apreciarlo el estadista

moderno; pero lo que costaba en sangre sí lo comprenderá cualquiera. No

se reducía todo a que de vez en cuando una ingrata congregación matase a

uno de esos hombres abnegados: eso era casi una costumbre; ni tampoco

que pecasen de ese modo una o dos poblaciones. Los pueblos de Taos,

Picuries, San Ildefonso, Nambé, Pojoaque, Tesuque, Pecos, Galisteo, San

Marcos, Santo Domingo, Cochití, San Felipe, Puaray, Jemez, Acoma,

Halona, Hauicu, Ahuatui, Mishongenivi y Oraibe--veinte diferentes

poblaciones--, tarde o temprano asesinaron a sus respectivos misioneros.

Algunos de ellos reincidieron en el crimen varias veces. Hasta el año

1700, _cuarenta_ de esos pacíficos héroes grises habían sido inmolados

por los indios en Nuevo Méjico; dos de ellos por los apaches, y los

demás por sus respectivas congregaciones. De los últimos, uno fué

envenenado; los otros sufrieron una muerte horrible y cruenta. Todavía

en el siglo pasado algunos misioneros fueron misteriosamente envenenados

con tósigos secretos, arte diabólico en que los indios eran y son aún

muy duchos; y cuando había muerto el misionero, los indios incendiaban

la iglesia.

Conviene no perder de vista un hecho muy importante. No tan sólo

llevaron a cabo esos maestros españoles una obra de catequesis como no

se ha realizado en parte alguna, sino que, además, contribuyeron

grandemente a aumentar los conocimientos humanos. Había entre ellos

algunos de los más notables historiadores que América ha tenido, y eran

contados entre los hombres más doctos en todos los ramos del saber,

especialmente en el estudio de las lenguas. No eran meros cronistas,

sino versados en las antigüedades del país, en sus artes y en sus

costumbres: realmente historiadores que sólo pueden parangonarse con los

grandes clásicos, Herodoto y Estrabón. La larga y notable lista de

autores misioneros españoles incluye nombres como Torquemada, Sahagún,

Motolinia, Mendieta y muchos otros; y sus voluminosas obras nos sirven

de grande e indispensable ayuda para el estudio de la verdadera historia

de América.

VIII

EL SALTO DE ALVARADO

Si alguna vez fuese el lector a Méjico,--y espero que pueda ir, pues esa

antigua ciudad, que era ya vieja y populosa cuando nació Colón, está

llena de romántico interés--, le mostrarán, en la Rivera de San Cosme,

el sitio histórico que se designa todavía con el nombre de «El Salto de

Alvarado». Es ahora una calle ancha y urbanizada, con su tranvía, sus

hermosos edificios, animada con el vaivén de gente extraña y contenta,

sin que pueda observarse en aquel sitio nada que recuerde los terrores

de la noche más cruel que relata la historia de América: la llamada

«Noche Triste».

El salto de Alvarado se cuenta entre las proezas más famosas de la

historia, y el que lo dió fué una de las figuras más notables entre los

exploradores del Nuevo Mundo. En la primera gran conquista se condujo

gallardamente, y con el relato de las hazañas que realizó entonces y

después, podría componerse una novela fascinadora. Alto, guapo, de

rubios cabellos y encendida tez, joven, vehemente y generoso, valiente

soldado y agradable compañero, era Alvarado el amigo predilecto así de

los españoles como de los indios. Aun cuando por algún motivo no era

bien quisto de Hernán Cortés, constituía su brazo derecho, y durante la

conquista de Méjico estuvo generalmente en los puestos de mayor peligro.

Habíase educado en un colegio: escribía con letra grande y clara, lo

cual no era muy común en aquella época, y su firma era muy legible. No

era un gran caudillo como Cortés, pues su valor daba a veces al traste

con su prudencia; pero, como oficial, en el campo de batalla mostrábase

tan intrépido y denodado como el que más.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 9 / 17 段