clemencia, y ésta les fué concedida en el acto. En el momento en que se
rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo
necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del
hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados
navajos. Fué aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo
Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos
muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes, no hubo uno
que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdos
de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de
nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido
a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y
la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios
pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus
cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros
aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruídas y
era necesario reponerlas. En verdad que «los de arriba» habían enviado
un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.
Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas,
Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la
historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles,
llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de
Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las
murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por
fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos,
regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados
en flacos jamelgos!
Los demás pueblos, que habían estado en acecho como los gatos,
escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar
quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles
derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido
levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los
invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad
encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable,
había caído en poder de los pálidos extranjeros! Sus bravos guerreros
habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas;
su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de
la tierra! ¿Cómo luchar contra «hombres tan poderosos», contra aquellos
extraños brujos a quienes debían proteger «los de arriba», pues de otro
modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos
nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en
coger ratones. Ya no se pensó más en rebelarse contra los españoles, y
los indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos
terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de
Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la
pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios
Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado
entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al
gobernador Oñate.
Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los
otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra
guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una
implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta
que fué la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan
brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.
En 1629, Fray Juan Ramírez, «el apóstol de Acoma», salió solo de Santa
Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros.
Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pie,
enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con
dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días
al pie de la gran «isla» de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los
indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían,
corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas,
algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una
niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se
asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio, se despeñó
al precipicio. Pero quiso la Providencia que sólo cayese unas cuantas
yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde
no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la
sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta
arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados
y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más
de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus
atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos
sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo
su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia.
Cuando murió, en 1664, los acomas, que habían sido los indios más
feroces, llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más
adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte,
ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y
desastrosas guerras que se siguieron, fué destruída la iglesia y
desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray
Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces
misionero en Acoma, fué asesinado por su rebaño el diez o el once de
agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al
reconquistador de Nuevo Méjico, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años,
sin embargo, se rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó
contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos
fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a
merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión
fué restablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una
enorme iglesia, que es una de las más interesantes del mundo, dados el
infinito trabajo y la paciencia con que fué construída. La última
tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero
en ella no tomó parte Acoma.
La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la
primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas, todavía
la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del
«camino del Padre».
V
EL SOLDADO POETA
Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dió aquel soberbio salto
sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salvó de
este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los
españoles de Nuevo Méjico, fué el capitán Gaspar Pérez de Villagrán. Era
muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una Universidad
española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fué un
héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista a quien mucho debe
la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeño y grueso volumen
en pergamino que contiene su histórico poema de treinta y cuatro
heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro.
¡Lástima grande que no haya habido un Villagrán para cada una de las
campañas de los exploradores de América, que nos diese más detalles de
aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayoría de los
cronistas de la época tratan de esos episodios tan brevemente como
describiríamos nosotros un paseo de Nueva York a Brooklyn!
El salto del tajo no fué la única parte que tomó el capitán Villagrán en
el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo a
punto de ser víctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldívar y
sus hombres perecieron, y se escapó de aquel lance sólo para sufrir
penalidades tan terribles como la muerte.
En el otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño ejército de
Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán con tres o cuatro
soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un _sheriff_ si
le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil
millas por un desierto como aquél y con una fuerza tan pequeña. Pero el
capitán Villagrán siguió la pista de los desertores, y después de
perseguirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al sur de
Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos
fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí
su pequeña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas.
Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del Río Grande,
frente a Bernalillo, supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el
oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito.
Villagrán se volvió en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir
y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los
españoles tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los
Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se
vió continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista
de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldívar y del
tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se habían
alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un
español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña para
rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego, sino
únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los
terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la manera
como los salvajes trataban de envolverle, y aun cuando su caballo
renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para ponerlo al
galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que iban
estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche,
describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin
descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se tendió a
descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y
se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. Montando de
nuevo, avanzó en la obscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma,
antes de que lo denunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete
cayeron en un hondo pozo que los indios habían abierto para que
sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y tierra. En la caída se mató
el pobre caballo, y Villagrán quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró
salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado
aullando y tiritando al borde de aquél. El soldado poeta habla muy
tiernamente de aquel mudo compañero de su larga y peligrosa jornada, y
es evidente que lo quería con un cariño que sólo un hombre valiente
puede profesar y un fiel perro merecer.
Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagrán el camino
en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro
noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua,
pues ya se había derretido la nieve. Muchos hombres han hecho más largos
ayunos entre iguales sufrimientos; pero sólo los que han experimentado
sed en tierras áridas, pueden tener una remota idea de lo que significa
vivir noventa y seis horas sin agua. Dos días de aquella sed suele ser
fatal a muchos hombres fuertes, y es poco menos que milagroso que
Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed,
con la lengua seca e hinchada, y dura y áspera como una lima, saliéndole
fuera de los dientes, se vió en la triste necesidad de matar a su fiel
perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al
pobre animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la
sangre caliente. Esto le dió fuerzas para arrastrarse un poco más, y
cuando ya iba a dejarse caer sobre la arena para morir, divisó un
pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrastrándose
débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado en
la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había unos
cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y los
devoró famélicamente.
Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidió
retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de
San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su
heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeño
tanque de la roca, a no ser por una extraña casualidad.
Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente
voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista,
y se dió por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero
al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces
ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron de parecerle
los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos
de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un
pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas,
llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido.
Por fortuna le vieron, pues él no podía ni gritar ni correr tras ellos.
Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al
campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos,
recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado
atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el
desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y
realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más
notables en la historia del Nuevo Mundo.
VI
LOS MISIONEROS EXPLORADORES
Pretender narrar la historia de la exploración española de las Américas
sin dedicar especial atención a los misioneros exploradores, sería
hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun más
que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El español no tan sólo
descubrió y conquistó, sino que, además, convirtió. Su celo religioso no
le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que
han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la
que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales
que se le oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios,
empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se
prodiga y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida.
Nunca dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fué
arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario,
les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila
posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes
leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más
interesantes e interesados, los «Pueblos» gozan hoy completa seguridad
en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que nunca
estuvieron enteramente bajo el dominio de España), han sido de vez en
cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les
había concedido.
Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la
política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se
exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía
enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía al menos
abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprendía esta
lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y
sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían hacer esa vasta
labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa
tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de la religión
cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacíficos tiempos,
comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios.
En nuestra parte de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles
como encontraron los españoles en Méjico y en otras tierras más al sur.
Nunca pueblo alguno llevó a cabo en ninguna parte tan estupenda labor
como la que realizaron en América los misioneros españoles. Para empezar
a comprender las dificultades de aquella conversión, debemos primero
leer una horripilante página de la historia.
Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la
nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que
sueñen con un Sér Supremo. La mayoría de ellos adora muchos dioses;
dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador;
dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una cosa
horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan tenebrosas y
repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la
India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles
bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños al
Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que
puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India
tenían su paralelo en América. Las religiones de nuestros indios del
norte tenían muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes
y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en
Méjico y la América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que
combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro común a
todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos
llegaron.
Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del antiguo
Méjico, observaban el credo pagano general a todos los indios de
América, con algunos horrores que ellos le añadían. Estaban en un
constante y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, pues para
ellos todo lo que no podían ver y entender, y casi todo lo que veían y
entendían, era una deidad. Lo que no podían concebir era un dios que les
inspirase amor: debía ser siempre algo que les inspirase miedo; pero un
miedo mortal. Todo su objeto en la vida era esquivar los crueles golpes
de una mano invisible; era aplacar algún dios terrible que no podía
amar, pero a quien se podía sobornar para que no causase daño. No podían
imaginar una verdadera creación, ni que pudiese haber _algo_ sin tener
padre ni madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses
tenían que nacer lo mismo que los hombres. Su «cielo», si ellos hubiesen
podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de
dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con más poder
que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y pecados. En
realidad, habían inventado y arreglado los dioses según su propia forma
salvaje, dándoles los poderes que deseaban para sí mismos; pero eran
incapaces de atribuirles virtudes que no podían comprender. Así también,
para juzgar lo que podría agradar a sus dioses, se guiaban por lo que a
ellos les placía. Tomar cruenta venganza de sus enemigos; robar y matar,
o recibir tributo para dejar de robar y de matar; vestirse ricamente y
comer bien; estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban como
las más altas ambiciones personales, creían que de igual modo agradarían
a «los de arriba». Y así consagraban la mayor parte de su tiempo y de su
afán en sobornar a esos extraños dioses, que les causaban más terror que
los indígenas vecinos.
Su idea de un dios la expresaban gráficamente en los grandes ídolos de
piedra que antes abundaban en Méjico, y algunos de los cuales se
conservan todavía en los museos. Son, por lo general, de tamaño heroico,
y están labrados con mucho esmero en piedra sumamente dura, pero sus
cuerpos y sus caras son indeciblemente horribles. Un ídolo como el del
grotesco Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no pudo jamás
inventarla el ingenio humano; y la misma repulsiva fealdad se ve en
todos los ídolos mejicanos.
Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamente servil, y se les
vestía con los ornamentos más costosos que podía procurarse la riqueza
de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban con
profusión largos collares de turquesas, que era la joya más preciada de
los aborígenes americanos, y preciosos mantos de brillantes plumas de
pájaros tropicales y conchas de iridiscentes colores. Millares de
hombres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deidades, y se
humillaban y atormentaban de un modo indecible para agradarles.
Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios como esos
había que temer también que traicionase a los amigos. Había que llevar
más lejos el soborno. Todo lo que al indio le parecía valioso lo ofrecía
a su dios para tenerle propicio, y como la vida humana era la cosa de
más valor a los ojos del indio, esa era su ofrenda más importante, y
llegó a ser la más frecuente. Un indio no consideraba un crimen el
sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. No tenía idea de
recompensa o castigo después de la muerte, y llegó a considerar el
sacrificio humano como una institución legítima, moral y hasta divina.
Con el tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacrificios en
cada uno de los numerosos templos. Era la forma más estimada del culto:
era tan grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que
pasar por un aprendizaje más oneroso que cualquier ministro de la
religión cristiana. Sólo podían llegar a ocupar ese puesto prometiendo y
manteniendo una incesante y terrible práctica de privaciones y
mutilaciones de su cuerpo.
Se ofrecían vidas humanas no tan sólo a uno o dos de los ídolos
principales de cada comunidad, sino que cada población tenía, además,
fetiches menores, a los que se hacía esta clase de sacrificios en
determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del
sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Cortés llegó a
Cempohual, los indígenas no concibieron otro modo de recibirle con
bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios
humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con energía esa muestra de
hospitalidad.
Esos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o montículos
para sacrificios, de los cuales había uno o más en cada población india.
Eran grandes montones artificiales de tierra en forma de pirámides
truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de cincuenta a doscientos pies
de altura, y algunas veces varios centenares de pies cuadrados en su
base. En la parte superior de la pirámide había una pequeña torre, que
era la obscura capilla donde se encerraba el ídolo. La grotesca faz de
la pétrea deidad miraba una piedra cilíndrica que tenía una cavidad en
forma de tazón en la parte superior, y era el altar o piedra del
sacrificio. Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con muchos
detalles y esmerada mano de obra. El famoso «calendario azteca de
piedra» que se halla en el museo nacional de Méjico y que en un tiempo
dió pie a tan extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares para
sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. Es un ejemplar
notabilísimo de piedra labrada por los indios.
El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar estaban
siempre humedecidos con el flúido más precioso de la tierra. En el tazón
ardían en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos de negro, con sus
rostros también ennegrecidos y con círculos blancos pintados alrededor
de los ojos y de la boca, con los cabellos empapados en sangre, con las
caras cortadas por incesantes mortificaciones, iban continuamente de un
lado para otro, vigilando de día y de noche, siempre listos para las
víctimas que aquella horrenda superstición llevaba al altar. Solían
elegirse las víctimas de entre los prisioneros de guerra y los esclavos
que, como tributo, cedían las tribus conquistadas; y el contingente era
enorme. A veces en un día señalado se sacrificaban quinientas víctimas
en un solo altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de
sacrificios y se les descuartizaba de una manera demasiado horrible para
describirla aquí. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al ídolo, y
después se arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los cuerpos
eran lanzados a puntapiés, escaleras abajo, hasta que iban a parar al
pie de la pirámide, donde eran arrebatados por una ávida muchedumbre.
Los mejicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gustaban de
serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva
religión.