Por fin, al mediodía del tercero, los viejos salieron pidiendo

clemencia, y ésta les fué concedida en el acto. En el momento en que se

rindieron, se olvidó su rebeldía y se perdonó su traición. Ya no hubo

necesidad de más castigo. Los cabecillas que causaron la muerte del

hermano de Zaldívar habían muerto, como también casi todos sus aliados

navajos. Fué aquella la lucha más sangrienta que se ha conocido en Nuevo

Méjico. En aquellos tres días de combate tuvieron los indios quinientos

muertos y muchos heridos, y de los españoles supervivientes, no hubo uno

que no quedase para toda la vida con horrendas cicatrices como recuerdos

de Acoma. Quedó la ciudad tan destrozada que tuvo que construirse de

nuevo, y el infinito trabajo con que los pacientes indios habían subido

a lo alto del risco sobre sus espaldas todas las piedras y la madera y

la arcilla necesarias para construir una ciudad de casas de varios

pisos, para cerca de mil almas, tenía que repetirse. También sus

cosechas y todas las provisiones que tenían almacenadas, en obscuros

aposentos de aquellas casas con terrados, habían quedado destruídas y

era necesario reponerlas. En verdad que «los de arriba» habían enviado

un terrible castigo a aquel pueblo por su traición a Juan de Zaldívar.

Cuando sus hombres se hubieron recuperado lo bastante de sus heridas,

Vicente de Zaldívar, héroe del asalto más prodigioso que refiere la

historia, regresó victoriosamente a San Gabriel de los Españoles,

llevando consigo ochenta muchachas de Acoma, que envió a las monjas de

Méjico para que las educasen. ¡Qué gritería debió de armarse en las

murallas de la pequeña colonia cuando sus ansiosos atalayas vieron por

fin su pequeño ejército de guerreros, pálidos y cubiertos de andrajos,

regresar lentamente a sus hogares, caminando sobre la nieve y montados

en flacos jamelgos!

Los demás pueblos, que habían estado en acecho como los gatos,

escondiendo las uñas, pero con todos sus músculos prontos a saltar

quedaron paralizados de espanto. Esperaban ver a los españoles

derrotados, ya que no aplastados, en Acoma, y entonces un rápido

levantamiento de todas las tribus hubiera acabado con todos los

invasores. Pero había sucedido lo imposible. ¡Ahko, la orgullosa ciudad

encumbrada de los Queres! ¡Ahko, la rodeada de riscos, la inexpugnable,

había caído en poder de los pálidos extranjeros! Sus bravos guerreros

habían perecido; sus fuertes casas eran un montón de humeantes ruinas;

su riqueza se había perdido; su pueblo estaba casi borrado de la faz de

la tierra! ¿Cómo luchar contra «hombres tan poderosos», contra aquellos

extraños brujos a quienes debían proteger «los de arriba», pues de otro

modo no podrían hacer tan sobrehumanas proezas? Relajados sus encogidos

nervios, el gran gato empezó a runrunear como si nunca hubiese soñado en

coger ratones. Ya no se pensó más en rebelarse contra los españoles, y

los indios hasta se esforzaron en aquistarse el favor de aquellos

terribles extranjeros. Le llevaron a Oñate la noticia del asalto de

Acoma algunos días antes de que Zaldívar y sus héroes regresasen a la

pequeña colonia, y fueron asaz villanos para entregarle dos indios

Queres que, huyendo de aquel espantoso combate, se habían refugiado

entre ellos. En adelante, los pueblos no dieron ya que hacer al

gobernador Oñate.

Pero los de Acoma no parecieron tomar la lección tan a pecho como los

otros. Quedaron demasiado destrozados y quebrantados para pensar en otra

guerra con sus invencibles enemigos; no obstante, mostraron una

implacable hostilidad a los españoles por espacio de treinta años, hasta

que fué la ciudad conquistada de nuevo mediante una heroicidad tan

brillante como la de Zaldívar, aunque de muy distinta manera.

En 1629, Fray Juan Ramírez, «el apóstol de Acoma», salió solo de Santa

Fe para fundar una misión en la encumbrada ciudad de feroces bárbaros.

Se le ofreció una escolta de soldados, pero él la rehusó y salió a pie,

enteramente solo y sin más armas que su crucifijo. Recorriendo con

dificultad su penoso y arriesgado camino, llegó al cabo de muchos días

al pie de la gran «isla» de roca, y empezó el ascenso. En cuanto los

indios vieron a una persona extraña, y de la gente que ellos aborrecían,

corrieron hasta el borde del risco y le lanzaron una lluvia de flechas,

algunas de las cuales atravesaron sus hábitos. En aquel momento, una

niña de Acoma, que estaba en el mismo borde de la ingente roca, se

asustó al ver la saña de su gente y, perdiendo el equilibrio, se despeñó

al precipicio. Pero quiso la Providencia que sólo cayese unas cuantas

yardas sobre un reborde arenoso cerca de donde estaba Fray Juan, y donde

no podían verlos los indios, quienes supusieron que había caído hasta la

sima. Fray Juan se acercó a recogerla y la llevó sana y salva hasta

arriba, y al ver este aparente milagro, los salvajes quedaron desarmados

y lo recibieron como a un mago. El buen hombre vivió solo en Acoma más

de veinte años, amado por los naturales como un padre, y enseñando a sus

atezados conversos con tanto éxito, que con el tiempo muchos de ellos

sabían el catecismo y podían leer y escribir en español. Además, bajo

su dirección y con muchísimo trabajo, construyeron una gran iglesia.

Cuando murió, en 1664, los acomas, que habían sido los indios más

feroces, llegaron a ser los más dóciles de Nuevo Méjico y los más

adelantados en civilización. Pero pocos años después de su muerte,

ocurrió el levantamiento de todos los pueblos, y durante las largas y

desastrosas guerras que se siguieron, fué destruída la iglesia y

desaparecieron, en gran parte, los frutos del trabajo del valiente Fray

Juan. En aquella rebelión, Fray Lucas Maldonado, que era entonces

misionero en Acoma, fué asesinado por su rebaño el diez o el once de

agosto de 1680. En noviembre de 1692, Acoma se rindió voluntariamente al

reconquistador de Nuevo Méjico, Diego de Vargas. Al cabo de pocos años,

sin embargo, se rebeló de nuevo, y en agosto de 1696, Vargas marchó

contra la ciudad, pero no pudo asaltarla. Gradualmente los pueblos

fueron viviendo en paz con los humanitarios conquistadores y llegaron a

merecer la benevolencia con que constantemente se les trataba. La misión

fué restablecida en Acoma por el año 1700, y allí se eleva hoy una

enorme iglesia, que es una de las más interesantes del mundo, dados el

infinito trabajo y la paciencia con que fué construída. La última

tentativa de levantamiento de los indios Pueblos ocurrió en 1728; pero

en ella no tomó parte Acoma.

La curiosa escalera de piedra por la que Fray Juan Ramírez subió la

primera vez a su peligrosa parroquia bajo una lluvia de flechas, todavía

la usan los habitantes de Acoma, quienes le han dado el nombre del

«camino del Padre».

V

EL SOLDADO POETA

Pero retrocedamos un poco. El joven oficial que dió aquel soberbio salto

sobre el tajo de Acoma, que repuso la toza para hacer puente y salvó de

este modo la vida a sus camaradas, e indirectamente a todos los

españoles de Nuevo Méjico, fué el capitán Gaspar Pérez de Villagrán. Era

muy culto, había obtenido el grado de bachiller en una Universidad

española, era joven, ambicioso, valiente y un verdadero atleta. Fué un

héroe entre los héroes del Nuevo Mundo, y un cronista a quien mucho debe

la historia. Los seis ejemplares existentes del pequeño y grueso volumen

en pergamino que contiene su histórico poema de treinta y cuatro

heroicos cantos, valen cada uno de ellos muchas veces su peso en oro.

¡Lástima grande que no haya habido un Villagrán para cada una de las

campañas de los exploradores de América, que nos diese más detalles de

aquellos sobrehumanos peligros y sufrimientos, pues la mayoría de los

cronistas de la época tratan de esos episodios tan brevemente como

describiríamos nosotros un paseo de Nueva York a Brooklyn!

El salto del tajo no fué la única parte que tomó el capitán Villagrán en

el sangriento combate de Acoma, en el invierno de 1598-99. Estuvo a

punto de ser víctima de la primera matanza, en la que Juan de Zaldívar y

sus hombres perecieron, y se escapó de aquel lance sólo para sufrir

penalidades tan terribles como la muerte.

En el otoño de 1598, cuatro soldados desertaron del pequeño ejército de

Oñate en San Gabriel y el gobernador envió a Villagrán con tres o cuatro

soldados para arrestarlos. No sabemos lo que diría hoy un _sheriff_ si

le mandasen perseguir a cuatro malhechores en un recorrido de mil

millas por un desierto como aquél y con una fuerza tan pequeña. Pero el

capitán Villagrán siguió la pista de los desertores, y después de

perseguirlos por más de novecientas millas, les alcanzó al sur de

Chihuahua (Méjico). Los desertores hicieron una feroz resistencia. Dos

fueron muertos por los soldados y dos se escaparon. Villagrán dejó allí

su pequeña fuerza y desanduvo solo las peligrosas novecientas millas.

Llegado al pueblo de Puaray, en la margen occidental del Río Grande,

frente a Bernalillo, supo que su jefe Oñate acababa de marchar hacia el

oeste, en su peligroso viaje a Moqui, el cual ya hemos descrito.

Villagrán se volvió en el acto hacia el oeste saliendo solo para seguir

y alcanzar a sus compatriotas. La pista era fácil de seguir, porque los

españoles tenían los únicos caballos que había en lo que es hoy los

Estados Unidos; pero aquel solitario caminante que la iba rastreando, se

vió continuamente rodeado de peligros y sufrimientos. Llegó a la vista

de Acoma justamente después de la matanza de Juan de Zaldívar y del

tremendo salto de los cinco españoles. Los supervivientes ya se habían

alejado de aquel sitio fatal, y cuando los habitantes vieron a un

español que se acercaba solo, bajaron de su ciudadela roqueña para

rodearle y darle muerte. Villagrán no tenía armas de fuego, sino

únicamente su espada, una daga y un escudo. Aun cuando ignoraba los

terribles sucesos que acababan de ocurrir, le inspiró recelos la manera

como los salvajes trataban de envolverle, y aun cuando su caballo

renqueaba por efecto de su larga jornada, lo espoleó para ponerlo al

galope y luchó, abriéndose paso por entre el círculo que iban

estrechando los indios. Continuó su fuga hasta muy entrada la noche,

describiendo un largo circuito, para no acercarse a la ciudad, y al fin

descendió, exhausto, de su también exhausto caballo, y se tendió a

descansar sobre la dura tierra. Cuando despertó caía una gran nevada, y

se encontró medio sepultado bajo la fría y blanca nieve. Montando de

nuevo, avanzó en la obscuridad para alejarse todo lo posible de Acoma,

antes de que lo denunciase la luz del día. De repente, caballo y jinete

cayeron en un hondo pozo que los indios habían abierto para que

sirviese de trampa, cubriéndolo con ramas y tierra. En la caída se mató

el pobre caballo, y Villagrán quedó maltrecho y aturdido. Por fin logró

salir del pozo, con gran contento de su fiel perro, que estaba sentado

aullando y tiritando al borde de aquél. El soldado poeta habla muy

tiernamente de aquel mudo compañero de su larga y peligrosa jornada, y

es evidente que lo quería con un cariño que sólo un hombre valiente

puede profesar y un fiel perro merecer.

Emprendiendo de nuevo la marcha a pie, pronto perdió Villagrán el camino

en aquel desierto sin huellas ni veredas. Durante cuatro días y cuatro

noches anduvo errante, sin un bocado que comer y sin una gota de agua,

pues ya se había derretido la nieve. Muchos hombres han hecho más largos

ayunos entre iguales sufrimientos; pero sólo los que han experimentado

sed en tierras áridas, pueden tener una remota idea de lo que significa

vivir noventa y seis horas sin agua. Dos días de aquella sed suele ser

fatal a muchos hombres fuertes, y es poco menos que milagroso que

Villagrán pudiese resistirla cuatro días. Por fin, casi muriendo de sed,

con la lengua seca e hinchada, y dura y áspera como una lima, saliéndole

fuera de los dientes, se vió en la triste necesidad de matar a su fiel

perro, lo cual hizo con lágrimas de varonil remordimiento. Llamando al

pobre animal hacia sí, lo despachó con su espada y ansiosamente apuró la

sangre caliente. Esto le dió fuerzas para arrastrarse un poco más, y

cuando ya iba a dejarse caer sobre la arena para morir, divisó un

pequeño hoyo en una gran roca, a poca distancia. Arrastrándose

débilmente hasta llegar allí, descubrió con júbilo que había quedado en

la cavidad un poco de agua de nieve. Esparcidos alrededor había unos

cuantos granos de maíz, que le parecieron llovidos del cielo, y los

devoró famélicamente.

Había abandonado ya toda esperanza de alcanzar a su jefe, y decidió

retroceder y andar las terribles doscientas millas que le separaban de

San Gabriel. Pero ya no podía su cuerpo obedecer por más tiempo a su

heroico espíritu, y hubiera perecido miserablemente junto al pequeño

tanque de la roca, a no ser por una extraña casualidad.

Mientras estaba allí tendido, sin ánimo y sin fuerzas, oyó súbitamente

voces que se acercaban. Supuso que los indios habían rastreado su pista,

y se dió por perdido, porque se sentía demasiado débil para luchar. Pero

al fin llegaron a su oído acentos españoles, y aun cuando eran voces

ásperas y broncas de soldados, con toda seguridad debieron de parecerle

los sonidos más dulces del mundo. Sucedió que la noche anterior, algunos

de los caballos del campamento de Oñate se habían extraviado, y un

pelotón de soldados salió en busca de ellos. Siguiendo sus huellas,

llegaron cerca del sitio donde el capitán Villagrán se hallaba tendido.

Por fortuna le vieron, pues él no podía ni gritar ni correr tras ellos.

Con sumo cuidado levantaron al oficial herido y lo llevaron al

campamento, y allí, con los solícitos cuidados de hombres barbudos,

recuperó lentamente sus fuerzas y con el tiempo volvió a ser el osado

atleta de otros tiempos. Acompañó a Oñate en su larga marcha por el

desierto, y pocos meses después estuvo presente en el asalto de Acoma y

realizó la pasmosa proeza que se cita como una de las heroicidades más

notables en la historia del Nuevo Mundo.

VI

LOS MISIONEROS EXPLORADORES

Pretender narrar la historia de la exploración española de las Américas

sin dedicar especial atención a los misioneros exploradores, sería

hacerles poca justicia y dejar incompleta la historia. En esto, aun más

que en otras fases, la conquista fué ejemplar. El español no tan sólo

descubrió y conquistó, sino que, además, convirtió. Su celo religioso no

le iba en zaga a su valor. Como ha sucedido con todas las naciones que

han entrado en nuevas tierras, y como sucedió con nosotros mismos en la

que ocupamos, su primer paso tuvo que ser la sujeción de los naturales

que se le oponían. Pero no bien hubo castigado a esos feroces indios,

empezó a tratarlos con grande y noble clemencia, que aun hoy no se

prodiga y que en aquella cruel época del mundo era casi desconocida.

Nunca dejó sin hogar a los atezados indígenas de América ni los fué

arrollando, ni acorralando delante de él, sino que, por el contrario,

les protegió y aseguró por medio de leyes especiales la tranquila

posesión de sus tierras para siempre. Debido a las generosas y firmes

leyes dictadas por España hace tres siglos, nuestros indios más

interesantes e interesados, los «Pueblos» gozan hoy completa seguridad

en sus posesiones, mientras que casi todos los demás (que nunca

estuvieron enteramente bajo el dominio de España), han sido de vez en

cuando arrojados de las tierras que nuestro gobierno solemnemente les

había concedido.

Esa era la ventaja de un régimen de Indias que no obedecía a la

política, sino a los invariables principios de humanidad. Primero se

exigía al indio que fuese obediente a su nuevo gobierno. No se le podía

enseñar la obediencia a todas las cosas de una vez; pero debía al menos

abstenerse de matar a sus nuevos vecinos. Tan pronto como aprendía esta

lección, se le protegía en sus derechos sobre su hogar, su familia y

sus bienes. Entonces, y tan rápidamente como podían hacer esa vasta

labor el ejército de misioneros que dedicaban su vida a esa peligrosa

tarea, se le educaba en los deberes de ciudadanía y de la religión

cristiana. Es casi imposible para nosotros, en estos pacíficos tiempos,

comprender lo que significaba convertir entonces medio mundo de indios.

En nuestra parte de Norteamérica nunca ha habido tribus tan terribles

como encontraron los españoles en Méjico y en otras tierras más al sur.

Nunca pueblo alguno llevó a cabo en ninguna parte tan estupenda labor

como la que realizaron en América los misioneros españoles. Para empezar

a comprender las dificultades de aquella conversión, debemos primero

leer una horripilante página de la historia.

Muchos indios y pueblos salvajes profesan religiones tan distintas de la

nuestra como son sus organizaciones sociales. Pocas tribus hay que

sueñen con un Sér Supremo. La mayoría de ellos adora muchos dioses;

dioses cuyos atributos son muy parecidos a los del mismo adorador;

dioses tan ignorantes y crueles y traidores como él. Es una cosa

horrenda estudiar esas religiones, y ver qué cualidades tan tenebrosas y

repulsivas puede deificar la ignorancia. Los despiadados dioses de la

India que se supone que se deleitan aplastando a miles de sus fieles

bajo las ruedas del carro Juggernaut, y con el sacrificio de niños al

Ganges y de jóvenes viudas a la hoguera, son buena muestra de lo que

puede creer una mente descarriada. Pues bien; los horrores de la India

tenían su paralelo en América. Las religiones de nuestros indios del

norte tenían muchos ritos sorprendentes y terribles; pero eran inocentes

y civilizados si se comparan con los monstruosos que se observaban en

Méjico y la América del Sur. Para comprender algo de lo que tuvieron que

combatir los misioneros españoles en América, aparte del peligro común a

todos, echemos una ojeada al estado de cosas en Méjico cuando ellos

llegaron.

Los Naturales, o Aztecas, y otras tribus indias parecidas del antiguo

Méjico, observaban el credo pagano general a todos los indios de

América, con algunos horrores que ellos le añadían. Estaban en un

constante y ciego terror de sus innumerables dioses salvajes, pues para

ellos todo lo que no podían ver y entender, y casi todo lo que veían y

entendían, era una deidad. Lo que no podían concebir era un dios que les

inspirase amor: debía ser siempre algo que les inspirase miedo; pero un

miedo mortal. Todo su objeto en la vida era esquivar los crueles golpes

de una mano invisible; era aplacar algún dios terrible que no podía

amar, pero a quien se podía sobornar para que no causase daño. No podían

imaginar una verdadera creación, ni que pudiese haber _algo_ sin tener

padre ni madre: las estrellas y las piedras y los vientos y los dioses

tenían que nacer lo mismo que los hombres. Su «cielo», si ellos hubiesen

podido entender lo que significa esta palabra, estaba atestado de

dioses, cada uno tan individual y personal como nosotros; con más poder

que nosotros, pero con las mismas debilidades y pasiones y pecados. En

realidad, habían inventado y arreglado los dioses según su propia forma

salvaje, dándoles los poderes que deseaban para sí mismos; pero eran

incapaces de atribuirles virtudes que no podían comprender. Así también,

para juzgar lo que podría agradar a sus dioses, se guiaban por lo que a

ellos les placía. Tomar cruenta venganza de sus enemigos; robar y matar,

o recibir tributo para dejar de robar y de matar; vestirse ricamente y

comer bien; estas y otras cosas parecidas, que ellos consideraban como

las más altas ambiciones personales, creían que de igual modo agradarían

a «los de arriba». Y así consagraban la mayor parte de su tiempo y de su

afán en sobornar a esos extraños dioses, que les causaban más terror que

los indígenas vecinos.

Su idea de un dios la expresaban gráficamente en los grandes ídolos de

piedra que antes abundaban en Méjico, y algunos de los cuales se

conservan todavía en los museos. Son, por lo general, de tamaño heroico,

y están labrados con mucho esmero en piedra sumamente dura, pero sus

cuerpos y sus caras son indeciblemente horribles. Un ídolo como el del

grotesco Huitzilopochtli era una cosa tan espantosa como no pudo jamás

inventarla el ingenio humano; y la misma repulsiva fealdad se ve en

todos los ídolos mejicanos.

Se atendía a estos ídolos con un cuidado sumamente servil, y se les

vestía con los ornamentos más costosos que podía procurarse la riqueza

de los indios. Sobre esas grandes pesadillas de piedra se colgaban con

profusión largos collares de turquesas, que era la joya más preciada de

los aborígenes americanos, y preciosos mantos de brillantes plumas de

pájaros tropicales y conchas de iridiscentes colores. Millares de

hombres dedicaban su vida a cuidar de esas mudas deidades, y se

humillaban y atormentaban de un modo indecible para agradarles.

Pero ni los regalos ni los cuidados eran bastantes. De un dios como esos

había que temer también que traicionase a los amigos. Había que llevar

más lejos el soborno. Todo lo que al indio le parecía valioso lo ofrecía

a su dios para tenerle propicio, y como la vida humana era la cosa de

más valor a los ojos del indio, esa era su ofrenda más importante, y

llegó a ser la más frecuente. Un indio no consideraba un crimen el

sacrificar una vida para agradar a uno de sus dioses. No tenía idea de

recompensa o castigo después de la muerte, y llegó a considerar el

sacrificio humano como una institución legítima, moral y hasta divina.

Con el tiempo llegaron a consumarse casi a diario esos sacrificios en

cada uno de los numerosos templos. Era la forma más estimada del culto:

era tan grande su importancia, que los oficiales o sacerdotes tenían que

pasar por un aprendizaje más oneroso que cualquier ministro de la

religión cristiana. Sólo podían llegar a ocupar ese puesto prometiendo y

manteniendo una incesante y terrible práctica de privaciones y

mutilaciones de su cuerpo.

Se ofrecían vidas humanas no tan sólo a uno o dos de los ídolos

principales de cada comunidad, sino que cada población tenía, además,

fetiches menores, a los que se hacía esta clase de sacrificios en

determinadas ocasiones. Tan arraigada estaba la costumbre del

sacrificio, y se consideraba tan corriente, que cuando Cortés llegó a

Cempohual, los indígenas no concibieron otro modo de recibirle con

bastantes honores, y muy cordialmente propusieron ofrendarle sacrificios

humanos. Excusado es decir que Cortés rehusó con energía esa muestra de

hospitalidad.

Esos ritos se verificaban casi siempre en los teocalis, o montículos

para sacrificios, de los cuales había uno o más en cada población india.

Eran grandes montones artificiales de tierra en forma de pirámides

truncadas y recubiertos de piedra. Tenían de cincuenta a doscientos pies

de altura, y algunas veces varios centenares de pies cuadrados en su

base. En la parte superior de la pirámide había una pequeña torre, que

era la obscura capilla donde se encerraba el ídolo. La grotesca faz de

la pétrea deidad miraba una piedra cilíndrica que tenía una cavidad en

forma de tazón en la parte superior, y era el altar o piedra del

sacrificio. Esa piedra era usualmente labrada, algunas veces con muchos

detalles y esmerada mano de obra. El famoso «calendario azteca de

piedra» que se halla en el museo nacional de Méjico y que en un tiempo

dió pie a tan extrañas conjeturas, es meramente uno de esos altares para

sacrificios, de época anterior a Cristóbal Colón. Es un ejemplar

notabilísimo de piedra labrada por los indios.

El ídolo, las paredes interiores del templo, el piso y el altar estaban

siempre humedecidos con el flúido más precioso de la tierra. En el tazón

ardían en rescoldo corazones humanos. Magos vestidos de negro, con sus

rostros también ennegrecidos y con círculos blancos pintados alrededor

de los ojos y de la boca, con los cabellos empapados en sangre, con las

caras cortadas por incesantes mortificaciones, iban continuamente de un

lado para otro, vigilando de día y de noche, siempre listos para las

víctimas que aquella horrenda superstición llevaba al altar. Solían

elegirse las víctimas de entre los prisioneros de guerra y los esclavos

que, como tributo, cedían las tribus conquistadas; y el contingente era

enorme. A veces en un día señalado se sacrificaban quinientas víctimas

en un solo altar. Se les extendía desnudos sobre la piedra de

sacrificios y se les descuartizaba de una manera demasiado horrible para

describirla aquí. Sus corazones palpitantes se ofrendaban al ídolo, y

después se arrojaban al gran tazón de piedra, mientras que los cuerpos

eran lanzados a puntapiés, escaleras abajo, hasta que iban a parar al

pie de la pirámide, donde eran arrebatados por una ávida muchedumbre.

Los mejicanos no eran ordinariamente tan caníbales, ni gustaban de

serlo, pero devoraban aquellos cuerpos como parte de su repulsiva

religión.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 8 / 17 段