tardaron en caer prisioneros de otros indios, que los tuvieron diez
meses como esclavos. Les pegaban y mataban de hambre, obligándoles a
hacer las labores más pesadas y más viles. Por fin, después de trazar
muchos planes y de varias tentativas infructuosas, lograron escapar de
sus bárbaros amos. Luego anduvieron a pie y errantes durante ocho años,
solos y sin armas, de un lado para otro, en aquellas llanuras secas e
inhospitalarias, sufriendo increíbles privaciones y peligros. Por
último, después de aquellos millares de millas que lastimaron sus pies,
todavía anduvieron hasta la ciudad mejicana de Tampico, situada en el
gran golfo. Fueron allí recibidos como muertos resucitados. No conocemos
los detalles de tan horrenda e incomparable jornada; pero está
comprobada en la historia. Durante nueve años aquellos infelices fueron
recorriendo los desiertos a pie y dando mil vueltas, empezando al
nordeste de Kansas, para ir a terminar el sur de Méjico.
Sebastián murió poco después de su llegada al Estado mejicano de
Culiacán; las penalidades del viaje habían sido demasiado excesivas aun
para un cuerpo tan joven y fuerte como el suyo. Su hermano Lucas se hizo
misionero entre los indios de Zacatecas y continuó su trabajo entre
ellos durante muchos años, muriendo al fin a una edad muy avanzada. En
cuanto al valiente soldado Docampo, poco después de haber vuelto al
mundo civilizado, desapareció, sin que se supiese más de él. Tal vez se
llegue a descubrir algunos antiguos documentos españoles que arrojen
alguna luz sobre el resto de su vida y la suerte que le cupo.
III
LA GUERRA DE LA ROCA
Algunos de los heroísmos y penalidades más característicos de los
exploradores en nuestro dominio, ocurrieron alrededor de la asombrosa
roca Acoma, la extraña ciudad empinada de los Pueblos Queres. Todas las
ciudades de los indios Pueblos estaban construídas en sitios
fortificados por la Naturaleza, lo cual era necesario en aquellos
tiempos, puesto que estaban rodeadas por hordas, muy superiores en
número, de los guerreros más terribles de que nos habla la historia;
pero Acoma era la más segura de todas. En medio de un largo valle de
cuatro millas de ancho, bordeado por precipicios casi inaccesibles, se
levanta una elevada roca que remata en una meseta de setenta acres de
superficie[11], y cuyos lados, que tienen trescientos cincuenta y siete
pies ingleses de altura, no sólo son perpendiculares, sino que en
algunos puntos se inclinan hacia delante. En su cumbre se alzaba--y se
alza todavía--la vertiginosa ciudad de Queres. Las pocas sendas que
conducen a la cima, y en las que un paso en falso puede precipitar a la
víctima a una muerte horrible, despeñándola desde una altura de
centenares de metros, bordean abruptas y peligrosas hendeduras, desde
cuya parte superior un hombre resuelto, sin otras armas que piedras,
podría casi tener a raya a todo un ejército.
La primera vez que los europeos supieron de esa curiosa ciudad aérea fué
en 1539, cuando a Fray Marcos, descubridor de Nuevo Méjico, la gente de
Cibola le habló de la gran fortaleza roqueña de Hákuque, nombre que
ellos daban a Acoma, y que sus habitantes llamaban Ahko. Al año
siguiente, Coronado la visitó con su pequeño ejército y nos ha dejado
un exacto relato de sus maravillas. Esos primeros europeos fueron allí
bien recibidos, y los supersticiosos habitantes, que nunca habían visto
una barba, ni la cara de un hombre blanco, tomaron a los extranjeros por
dioses. Pero hasta medio siglo después, no trataron los españoles de
establecerse allí.
Cuando Oñate entró en Nuevo Méjico en 1598, no encontró de momento
oposición alguna, porque su fuerza de cuatrocientos hombres, incluso
doscientos armados, era bastante para atemorizar a los indios. Estos
eran, naturalmente, hostiles a los invasores de su dominio; pero, viendo
que los extranjeros les trataban bien, y temerosos de hacer guerra
abierta a aquellos hombres que llevaban trajes duros y mataban de lejos
con sus bastones de trueno, los pueblos esperaron ver el resultado de la
invasión. Las tribus de los Queres, Tigua y Jemez se sometieron
formalmente al régimen español e hicieron juramento de alianza a la
Corona por medio de sus representantes reunidos en la población de
Guipuy (que ahora se llama Santo Domingo); lo mismo hicieron los Tanos,
Picuries, Tehuas y Taos, en una conferencia parecida, que celebraron en
la población de San Juan, en septiembre de 1598. Al ver su fácil
sumisión, Oñate sintió grandes alientos, y decidió visitar personalmente
todos los pueblos principales, para hacerlos más seguros súbditos de su
soberano. Había ya fundado la primera ciudad de Nuevo Méjico y la
segunda en los Estados Unidos, San Gabriel de los Españoles, donde hoy
está Chamita. Antes de salir a esa peligrosa jornada, despachó a Juan de
Zaldívar, su edecán, con cincuenta hombres, a explorar las vastas y
desconocidas llanuras que quedaban hacia oriente, para después seguir él
por el mismo camino.
Oñate, con una reducida fuerza, salió de la pequeña y solitaria colonia
española, que estaba a más de mil millas de distancia de toda ciudad de
hombres civilizados, el 6 de octubre de 1598. Primero se dirigió a los
pueblos de las grandes llanuras de los lagos salados, al este de las
montañas Manzano, sedienta jornada de más de doscientas millas.
Volviendo después al pueblo de Puaray (opuesto al que hoy se llama
Bernalillo) se desvió hacia el oeste. El 27 del mismo mes acampó al pie
de los altos acantilados de Acoma. Los principales de la ciudad bajaron
desde lo alto de la roca, y solemnemente juraron alianza a la Corona de
España. Se les advirtió la gran importancia y significación del paso que
acababan de dar, y que si violaban su juramento serían considerados y
tratados como rebeldes a Su Majestad; pero ellos se comprometieron a ser
fieles vasallos. Trataron a los españoles muy amistosamente, y varias
veces invitaron al jefe y a sus hombres a visitar la empinada ciudad. En
realidad habían tenido espías en las conferencias celebradas en Santo
Domingo y San Juan, y decidieron que el hombre más peligroso entre los
invasores era el mismo Oñate. Si podían matarle a él, creían que los
demás extranjeros blancos serían fácilmente derrotados.
Pero Oñate nada sabía de su proyectada traición, y al día siguiente él y
su puñado de hombres, dejando sólo una guardia con los caballos,
treparon por una de las peligrosas «escaleras» de piedra, y se hallaron
en Acoma. Los oficiosos indios los condujeron acá y acullá, mostrándoles
las extrañas casas de varios pisos de altura y con varias terrazas, los
grandes estanques labrados en la roca y el vertiginoso borde del
precipicio que por todas partes rodeaba aquella ciudad, semejante a un
nido de águila. Finalmente condujeron a los españoles a un sitio en que
había una larga escalera de mano, cuyo extremo superior pasaba por una
trampa situada en el techo de una gran casa, que era la _estufa_ o sea
la sagrada cámara del concejo. Los visitantes subieron al techo por una
escalera más pequeña, y los indios trataron de que Oñate bajase por la
trampa. Pero el gobernador español, observando que en el aposento de
abajo reinaba la obscuridad y sintiéndose de momento receloso, rehusó
bajar; y como estaba rodeado de soldados, los indios no insistieron.
Después de una corta visita a la población, los españoles bajaron de la
roca a su campamento, y desde allí prosiguieron su larga y peligrosa
jornada a Moqui y Zuñi. Aquel repentino rasgo de prudencia en la mente
de Oñate salvó la historia de Nuevo Méjico, porque en aquella estufa se
hallaban apostados algunos guerreros armados. Si hubiese entrado en la
camara, lo hubieran asesinado en el acto; y su muerte hubiera sido la
señal para un ataque a los españoles, los que hubieran perecido en
aquella lucha desigual.
Volviendo de su viaje de exploración por aquellas desiertas y mortíferas
llanuras, Juan de Zaldívar salió de San Gabriel el 18 de noviembre, para
seguir a su jefe. Sólo tenía treinta hombres. Llegando al pie de la
ciudad empinada el día 4 de diciembre, fué muy bien acogido por los
acomas, quienes le invitaron a subir y visitar la ciudad. Era Juan tan
bueno como valiente soldado, y conocía las estratagemas de guerra de los
indios; pero por la primera vez en su vida, y fué la última, se dejó
engañar. Dejando la mitad de su fuerza al pie del risco para guardar el
campamento y los caballos, subió con diez y seis hombres. Había en la
ciudad tantas maravillas; era la gente tan cordial, que los visitantes
pronto olvidaron toda sospecha que pudieran abrigar, y gradualmente
fueron dispersándose aquí y allá para ver las cosas más notables. No
esperaban sino esto los habitantes, y cuando el jefe de los guerreros
lanzó su grito de guerra, hombres, mujeres y niños cogieron piedras y
mazas, arcos y cuchillos de pedernal, y cayeron con furia sobre los
dispersos españoles. Fué una horrenda y desigual lucha la que contempló
el sol de invierno aquella triste tarde en la ciudad empinada. Aquí y
allá, de espalda a la pared de una de aquellas extrañas casas, veíase un
soldado de faz lívida, desharrapado, cubierto de sangre, blandiendo su
pesado mosquete como si fuese una maza, o dando tajos desesperados con
una espada ineficaz contra la tostada y famélica canalla que le rodeaba,
mientras llovían piedras sobre su calada visera y por todas partes
recibían golpes de clavas y pedernales. No había ningún cobarde en
aquella malhadada cuadrilla: vendieron caras sus vidas; delante de cada
cual había tendido un montón de cadáveres. Pero uno a uno, aquella ola
de rugientes bárbaros ahogaba a cada tremendo y silencioso luchador, y
se desviaba para ir a henchir el mortífero aluvión que envolvía a otro.
El mismo Zaldívar fué una de las primeras víctimas, y en aquel desigual
combate murieron otros dos oficiales, seis soldados y dos sirvientes.
Los cinco que sobrevivieron--Juan Tabaro, que era alguacil mayor y
cuatro soldados--pudieron por fin juntarse, y con sobrehumano esfuerzo,
luchando y sangrando por varias heridas, se abrieron paso hasta el borde
del precipicio. Pero sus salvajes enemigos los perseguían, y sintiéndose
demasiado débiles para seguir matando hasta llegar a una de las
escaleras del risco, en el paroxismo de su desesperación, los cinco se
arrojaron desde aquella tremenda altura.
No hay memoria de otro salto tan terrible como el que dieron Tabaro y
sus cuatro compañeros. Aun suponiendo que hubiesen tenido la suerte de
llegar hasta el borde más bajo de aquel risco, la altura no pudo ser de
menos de _¡ciento cincuenta pies ingleses!_ y, sin embargo, sólo uno de
los cinco se mató en tan inconcebible caída: los cuatro restantes,
atendidos por sus aterrorizados compañeros del campamento, finalmente se
repusieron. Esto parecería increíble si no estuviese completamente
comprobado por pruebas históricas. Es probable que cayesen sobre uno de
los montones de blanca arena que el viento había arremolinado en algunos
sitios al pie del risco.
Afortunadamente los indios victoriosos no atacaron el pequeño
campamento. Los supervivientes tenían aún sus caballos, animales
desconocidos de los indígenas, a quien infundían pavor. Durante algunos
días los catorce soldados y sus cuatro semimuertos compañeros, acamparon
bajo el saliente costado del risco, donde estaban a salvo de toda clase
de proyectiles que pudiesen arrojarles desde arriba, pero esperando a
cada momento ser atacados por los naturales. Tenían la seguridad de que
la matanza de sus camaradas no era más que el preludio de un
levantamiento general de los veinticinco o treinta mil indios Pueblos, y
sin reparar en el peligro que corrían, decidieron por fin dividirse en
pequeños grupos y separarse; unos para seguir a su jefe en su jornada
hasta Moqui y avisarle el peligro que le amenazaba; y otros para cruzar
a toda prisa centenares de áridas millas hasta llegar a San Gabriel y
defender a las mujeres y los niños que allí había y a los misioneros que
se habían esparcido entre los indios. Este plan de abnegación se realizo
felizmente. Los pequeños grupos de tres y de cuatro llevaron la noticia
a sus compatriotas, y a fines del año 1598 todos los españoles
supervivientes en Nuevo Méjico se pusieron a salvo en la aldea de San
Gabriel. Estaba la población construída al modo indio, esto es, en forma
cuadrada, y en la plaza central se habían colocado los rudos
pedreros--especie de obuses que lanzaban balas de piedra,--los cuales
defendían las puertas. Sobre las azoteas de las casas de adobe, de tres
pisos, las valerosas mujeres vigilaban de día, y los hombres, con sus
pesados mosquetes, montaban la guardia en las noches de invierno, para
prevenirse contra el esperado ataque. Pero los pueblos quedaron sobre
las armas. Esperaban ver lo que Oñate haría con Acoma, antes de tomar
medida alguna contra los extranjeros.
Oñate se encontró en un difícil dilema. No se necesita saber ni la mitad
de lo que sabía aquel español, ya encanecido y sosegado, acerca del
carácter de los indios, para comprender que debía castigar sumariamente
a los rebeldes por la matanza de sus hombres, o abandonar para siempre
su colonia y Nuevo Méjico. Si semejante atropello quedase sin castigo,
los osados Pueblos no dejarían con vida a ningún español. Por otra
parte, ¿cómo podía él llegar a conquistar aquella inexpugnable fortaleza
de roca? Tenía menos de doscientos hombres, y sólo podía destinar parte
de éstos para la campaña, pues de lo contrario, los otros pueblos, en su
ausencia, se levantarían y aniquilarían a San Gabriel y sus habitantes.
En Acoma había trescientos guerreros bien contados, secundados, además,
por no menos de cien navajos.
Pero no existía otra alternativa. Cuanto más lo pensaba y consultaba con
sus oficiales, más claro veía que la única salvación estaba en tomar
aquel Gibraltar de Queres, y resolvió llevar a cabo el proyecto. Oñate
deseaba dirigir en persona tan atrevida empresa; pero había uno que
tenía más derecho al desesperado honor que el capitán general, y ese era
el olvidado héroe Vicente de Zaldívar, hermano del asesinado Juan. Era
sargento mayor de aquel pequeño ejército, y cuando se presentó a Oñate y
pidió que se le diese el mando de la expedición contra Acoma, no hubo
medio de rehusarle.
El 12 de enero de 1599, Vicente de Zaldívar salió de San Gabriel a la
cabeza de setenta hombres. Sólo unos cuantos de ellos iban armados con
los toscos mosquetes de la época; la mayoría no eran arcabuceros, sino
piqueros, armados únicamente con lanzas y espadas, y llevaban chaquetas
acolchadas o mallas batidas. Un pequeño pedrero, amarrado sobre el lomo
de un caballo, era su única «artillería».
Silenciosa y denodadamente la pequeña fuerza emprendió la ardua jornada.
Todos conocían la inexpugnable roca, y pocos acariciaban la esperanza de
volver de aquella misión desesperada; pero a nadie se le ocurrió la idea
de retroceder. La tarde del onceno día, la fatigada tropa pasó la última
meseta y llegó a la vista de Acoma. Los indios, avisados por sus
centinelas, estaban prontos a recibirla. Toda la población, con los
aliados navajos, hallábase en armas en las azoteas y en los riscos
estratégicos. Indígenas desnudos, pintados de negro, saltaban de grieta
en grieta, aullando, desafiando y vomitando insultos contra los
españoles. Los exorcistas, grotescamente disfrazados, estaban en
pináculos prominentes, tocando sus tambores y lanzando maldiciones y
exorcismos a los vientos, y todo el populacho se unía al coro de rugidos
y amenazas.
Zaldívar hizo alto con su pequeña partida al pie del risco, acercándose
cuanto pudo hacerlo sin peligro. El indispensable heraldo salió de las
filas, y después de un toque de trompeta, procedió a leer a voz en
cuello la formal intimación a rendirse en nombre del rey de España. Por
tres veces vociferó aquella intimación; pero cada vez apagaron su voz
los gritos y aullidos de los enfurecidos indígenas, y una lluvia de
piedras y flechas cayó en peligrosa proximidad. Zaldívar deseaba
conseguir la rendición de la plaza, pedir que se le entregasen los
cabecillas de la matanza y llevárselos a San Gabriel, para que fueran
oficialmente procesados y castigados, sin causar daño a los demás
habitantes de Acoma; pero los indios, viéndose seguros en su natural
fortaleza, se burlaban del misericordioso llamamiento. Era evidente la
necesidad de tomar Acoma por asalto. Los españoles acamparon sobre la
arena, y haciendo lúgubres planes para el día siguiente, pasaron allí la
noche, que hizo más horrenda la baraúnda de la monstruosa danza de
guerra que celebraban los habitantes de la ciudad.
IV
EL ASALTO A LA EMPINADA CIUDAD
Al romper el alba del día veintidós de enero, Zaldívar dió la señal para
el ataque, y el cuerpo principal de la fuerza española empezó a disparar
sus pocos arcabuces y a intentar un asalto desesperado por el extremo
norte de la gran roca, que era por allí absolutamente inexpugnable. Los
indios, apiñados en el borde de los farallones, despedían una lluvia de
proyectiles, y muchos de los españoles fueron heridos. Entre tanto, doce
hombres escogidos, que durante la noche se habían ocultado debajo de la
parte saliente del risco, el cual les protegía contra el fuego y la
observación de los indios, trepaban cautelosamente por debajo y
alrededor del precipicio, arrastrando con cuerdas el pedrero. Algunos de
aquellos doce hombres eran arcabuceros y, además del peso del ridículo
cañón, llevaban sus pesados arcabuces y su tosca armadura, que no les
ayudarían ciertamente a escalar alturas, cuyo ascenso sería difícil
hasta para un atleta libre de trabas. Continuando su trabajosa tarea sin
ser vistos, tirando uno de otro, y después del pedrero peñas arriba,
llegaron por fin a la cumbre de un alto farallón, separado del gran
risco de Acoma por un angosto pero terrible tajo. Al atardecer tenían ya
el cañón apuntando hacia la ciudad, y el retumbante disparo, cuando la
bala de piedra fué lanzada sobre Acoma, fué la señal, para la tropa que
estaba al extremo norte de la meseta, de que se había tomado la primera
posición estratégica, a la vez que advirtió a los indios del peligro que
les amenazaba por otro lado.
Aquella noche, pequeños grupos de españoles treparon por los grandes
precipicios que cercan ese valle en forma de artesa por oriente y
poniente; talaron pequeños pinos, arrastrando con inmenso trabajo los
troncos peñas abajo y a través del valle, para subirlos al farallón
donde se habían situado los doce hombres con el pedrero. Una docena de
hombres quedaron guardando los caballos al extremo norte de la meseta, y
el resto de la fuerza se juntó a los doce arcabuceros, ocultándose en
las grietas del farallón. Al otro lado del tajo, los indios estaban
tendidos en las hendeduras o detrás de las rocas, esperando el ataque.
La madrugada del veintitrés, un piquete de hombres escogidos, a una
señal, salieron corriendo de sus escondites con una toza cargada en
hombros, y con una acertada maniobra la colocaron al otro extremo sobre
el lado opuesto, por encima del abismo. Salieron corriendo los españoles
y empezaron a desfilar, guardando el equilibrio, por aquel vertiginoso
«puente», recibiendo una descarga de piedras y saetas. Habían cruzado ya
varios, cuando uno de ellos, en su excitación, cogió la cuerda que
estaba amarrada a la toza y arrastró ésta detrás de él.
Fué aquél un momento terrible. Eran menos de doce los españoles que así
quedaron al borde de Acoma, separados de sus compañeros por un
precipicio de centenares de pies de profundidad, y rodeados por
enjambres de indios. Estos, saliendo de su refugio, cayeron al instante
sobre ellos, rodeándolos. Mientras el soldado español podía mantener a
los indios a distancia, hasta sus toscas armas e ineficaz armadura le
daban cierta ventaja; pero, a tan corto alcance, aquellos mismos arreos
eran un impedimento fatal por su tosquedad y su peso. Parecía entonces
como si fuese a repetirse la anterior matanza de Acoma, y los aislados
españoles fuesen a ser destrozados; pero en aquel momento crítico, un
hecho de increíble valor personal les salvó a ellos y a la causa de
España en Nuevo Méjico. Un esbelto, inteligente y joven oficial, un
estudiante que era amigo particular y favorito de Oñate, salió del grupo
de los consternados españoles que se hallaban al otro lado del tajo, y
que no se atrevían a disparar contra los enemigos para no herir a sus
compañeros que estaban mezclados con ellos, y, corriendo como un gamo,
se fué hacia el precipicio. Al llegar al borde, encogió su ágil cuerpo,
saltó al aire como un pájaro y salvó el abismo. Cogiendo en seguida la
toza, con un esfuerzo desesperado la empujó hasta que sus compañeros
pudieron agarrarla desde el otro borde, y por encima del restablecido
puente pasaron los soldados españoles, salvando la situación.
Empezó entonces una de las más tremendas luchas cuerpo a cuerpo que
registra la historia de América. Peleando en proporción de uno contra
diez; mezclados entre una turba de salvajes que daban alaridos y
luchaban con el frenesí de la desesperación; acuchillados con armas
melladas; aturdidos por los golpes de maza; acribillados por las
erizadas flechas; agotados, exhaustos y cubiertos de sangre, Zaldívar y
su puñado de héroes se abrieron camino, pulgada a pulgada, paso a paso,
usando sus mosquetes pesados como mazas; hiriendo con sus chafarotes;
parando mortales golpes y arrancando las barbadas flechas de sus
trémulas carnes. ¡Iban avanzando, avanzando siempre; lanzando valerosos
el grito de guerra de Santiago; acorralando a su tenaz enemigo con valor
todavía más tenaz; hasta que al fin los indios, convencidos de que
aquellos no eran enemigos humanos, huyeron a refugiarse en sus casas
semejantes a fortalezas, pudiendo así alentar los españoles! Otras tres
veces se leyó la intimación a rendirse ante aquellas extrañas viviendas
de cerca de mil pies de largo cada una y que parecían tramos de una
gigante escalinata labrada en una sola roca. Aun entonces deseaba
Zaldívar evitar más derramamiento de sangre y pidió que sólo le
entregasen, para castigarlos, los asesinos de su hermano y de sus
compatriotas. Todos los demás que se rindiesen y se hiciesen súbditos
del «Rey, nuestro Señor», serían bien tratados. Pero los tercos indios,
como lobos heridos en su madriguera, se mantuvieron parapetados en sus
casas y rehusaron toda proposición de paz.
El risco fué tomado; pero quedaba aún la ciudad. Cada pueblo de los
indios era una verdadera fortaleza, y Zaldívar tuvo que atacar a Acoma
casa por casa, habitación por habitación. El pequeño pedrero fué
colocado enfrente de la primera fila de casas, y pronto empezó a hacer
disparos con alguna lentitud. Al derrumbarse las paredes de adobe bajo
el constante cañoneo de las balas de piedra, sólo formaban grandes
barricadas de tierra que ni siquiera podría atravesar nuestra moderna
artillería, y cada casa tenía que tomarse separadamente a punta de
espada. Algunas de las casas derruídas se incendiaban con la lumbre de
sus fogones, y no tardó en cubrir la ciudad un humo asfixiante, del cual
salían los gritos de las mujeres y de los niños y los provocadores
alaridos de los guerreros. El humanitario Zaldívar hizo cuanto pudo para
salvar a las mujeres y a los niños, con gran peligro de sí mismo; pero
muchos perecieron bajo las paredes derrumbadas de sus propias casas.
El terrible asalto duró hasta el mediodía del veinticuatro de enero. De
vez en cuando partidas de guerreros realizaban salidas, tratando de
abrirse paso por entre las filas de españoles. Muchos, en su
desesperación, se lanzaron desde lo alto del risco, pereciendo
estrellados al pie del mismo. Sólo dos indios de los que dieron tan
pasmoso salto sobrevivieron, tan milagrosamente como los cuatro
españoles de la primera matanza, y también como ellos lograron salvarse.