proposición que parecía el colmo de la ridiculez. «En aquella isla--dice
Cabeza de Vaca,--querían hacernos doctores, sin examinarnos ni pedirnos
nuestros diplomas, porque ellos mismos curan las enfermedades soplando
al enfermo. Con ese soplo y con sus manos le libran de la enfermedad, y
querían que nosotros hiciésemos lo mismo para que les fuésemos de
alguna utilidad. Al oir esto nos reímos, diciéndoles que se burlaban, y
que nosotros no sabíamos curar, por lo cual nos privaron de todo
alimento hasta que hiciésemos lo que querían. Y viendo nuestra
terquedad, me dijo un indio que yo no les comprendía; pues no era
necesario que nadie supiese cómo se hace, porque las mismas piedras y
otras cosas de la Naturaleza tienen propiedad de curar, y que nosotros,
por ser hombres, debíamos ciertamente tener mayor poder.»
Esto que dijo el indio viejo, era muy característico y daba la clave de
las notables supersticiones de la raza. Pero, por supuesto, los
españoles aún no lo entendían.
Luego, los indígenas se trasladaron al Continente. Vivían siempre en la
más abyecta pobreza, y muchos de ellos murieron de hambre y por efecto
de los rigores de su miserable existencia. Durante tres meses del año
«sólo tenían mariscos y agua muy mala»; y en otras épocas únicamente
bayas y otras plantas, y se pasaban el año yendo de aquí para allá en
busca de ese escaso y poco substancioso alimento.
Es de celebrar el que Cabeza fuese completamente inútil a los indios.
Como guerrero no les servía, porque en su estado de debilitamiento no
podía ni siquiera manejar el arco. Como cazador, también era inservible,
porque, como él mismo dice, «le era imposible seguir el rastro de los
animales». No podía ayudarles a llevar agua o leña ni en otras faenas
por el estilo, porque era hombre, y sus amos indios no podían consentir
que un hombre hiciese el trabajo de una mujer. Así es que, entre
aquellos hambrientos nómadas, un hombre que en nada podía ayudarles y a
quien tenían que alimentar, constituía una carga pesada, y fué milagro
que no le quitasen la vida. En estas circunstancias, Cabeza empezó a
caminar de un sitio a otro. Sus indiferentes amos no prestaban atención
a sus movimientos, y gradualmente fué haciendo más largos viajes hacia
el norte y a lo largo de la costa. Con el tiempo cogió una oportunidad
de hacer tráfico, al cual le animaron los indios, contentos al fin de
que su «elefante blanco» fuese útil para algo. De las tribus del norte
les trajo pieles y almagre (tierra roja indispensable para embadurnarse
la cara los indígenas), hojuelas de pedernal para hacer cabezas de
flecha, juncos fuertes para astiles de las mismas y borlas de pelo de
gamo teñidas de rojo. Estos objetos los cambiaba fácilmente entre las
tribus de la costa por conchas y cuentas de madreperla y otros por el
estilo, los cuales, a su vez, tenían demanda entre sus parroquianos del
norte.
Por causa de sus constantes guerras, no podían los indios aventurarse a
salir de sus propios terrenos; así es que aquel negociante intermediario
era para ellos una conveniencia, que sostenían. Por lo que a él toca,
aun cuando la vida que llevaba era de grandes sufrimientos, iba
constantemente adquiriendo conocimientos, que habían de serle sumamente
útiles para su acariciado plan de volver al mundo. En esas expediciones
solitarias de su comercio, recorrió a pie miles de millas por un
desierto sin caminos, de manera que la suma de sus viajes fué mucho
mayor que la de cualquiera de sus compañeros de fatigas.
En una de esas largas y terribles marchas le ocurrió a Cabeza de Vaca un
incidente sumamente interesante. Fué el primer europeo que vió el gran
bisonte norteamericano, el búfalo, cuya raza casi se ha extinguido en
los últimos diez años, pero que en otro tiempo vagaba por las llanuras
en grandes manadas. Los vió y comió su carne en la región del río
Colorado de Tejas, y nos ha dejado una descripción de esas «vacas con
joroba». Ninguno de sus compañeros llegó a ver una, porque cuando los
cuatro españoles viajaron después juntos, pasaron por el sur del país de
los búfalos.
Entre tanto, como he dicho ya, el desventurado y casi desnudo
traficante, se vió obligado a ejercer las funciones de médico. El no
comprendía de cuánto podía servirle esta involuntaria profesión; al
principio se vió forzado a adoptarla, y después la siguió no por gusto,
sino para librarse de desazones. «No servía para otra cosa más que para
médico.» Había aprendido el tratamiento peculiar de los magos
aborígenes; pero no sus ideas fundamentales. Los indios todavía
consideran la enfermedad como una «posesión del espíritu»; y la idea
que tienen de la medicina no es tanto el curar la enfermedad, como el
exorcizar los malos espíritus que la causan.
Esto se hace, aun hoy día, por medio de la prestidigitación y de un
galimatías. El médico indio chupaba la parte enferma y pretendía extraer
una piedra o una espina que se suponía era la causa de la dolencia, y
así el paciente quedaba «curado». Cabeza de Vaca empezó a «practicar
medicina» a la manera de los indios, y él mismo dice: «He probado este
sistema y daba buen resultado».
Cuando los cuatro errabundos se juntaron por fin, después de su larga
separación--durante la cual habían sufrido indecibles horrores--Cabeza
tenía, aunque de un modo muy vago, un rayo de esperanza. Su primer
proyecto fué escaparse de sus amos. Diez meses tardaron en llevarlo a
cabo, y entre tanto grandes fueron sus apuros, como lo habían sido
constantemente por muchos años. A veces se alimentaban con una ración
diaria de dos puñados de guisantes silvestres y un poco de agua. Cabeza
refiere que consideró como una merced de la providencia que le
permitiesen raspar pieles para los indios, pues guardaba cuidadosamente
las raspaduras, que le servían de alimento muchos días. No tenían ni
ropa ni lugar donde guarecerse, y la constante exposición al calor y al
frío y los millares de espinas que tenía la vegetación de aquel país,
les hacían «soltar la piel como si fuesen culebras».
Por fin, en el mes de agosto de 1535, los cuatro compañeros de
sufrimiento se escaparon a una tribu llamada de los avavares. Entonces
empezó para ellos una nueva carrera. A fin de que sus camaradas no
fuesen tan inútiles como él había sido, Cabeza de Vaca les instruyó en
las «artes» de los médicos indios, y los cuatro empezaron a poner en
práctica su nueva profesión. A los ensalmos y encantamientos que de
ordinario empleaban los indios, aquellos humildes cristianos añadían
fervientes oraciones al verdadero Dios. Era una especie de «curación por
medio de la fe» del siglo XVI; y naturalmente entre aquellos enfermos
supersticiosos era muy eficaz. Aquellos aficionados pero sinceros
doctores, con una humildad edificante, atribuían sus numerosas curas
enteramente a la intervención divina; pero empezaron a darse cuenta de
que esto podía influir grandemente en hacer cambiar su suerte. De
errabundos, desnudos, hambrientos, despreciables mendigos y esclavos de
salvajes brutales que eran, se convirtieron de repente en personajes
notables, pobres y dolientes todavía como eran todos sus enfermos; pero
pobres de gran poder. No hay cuento de hadas tan novelesco como la
carrera que de allí en adelante realizaron aquellos hombres pobres y
valerosos, caminando dolorosamente a través de un continente, como amos
y bienhechores de aquella hueste de salvajes.
Yendo con toda suerte de penalidades de tribu en tribu, lenta y
sufridamente cruzaron los exorcistas blancos el territorio de Tejas,
hasta llegar cerca del actual Nuevo Méjico. Los historiadores de
gabinete vienen repitiendo que entraron en Nuevo Méjico y llegaron hacia
el norte, hasta donde hoy se asienta Santa Fe. Pero la moderna
investigación científica ha comprobado de un modo absoluto que, saliendo
de Tejas, pasaron por Chihuahua y Sonora y jamás vieron ni una pulgada
de Nuevo Méjico.
En cada nueva tribu los españoles se detenían algún tiempo para curar a
los enfermos. En todas partes eran tratados con la mayor consideración
que podían demostrarles sus míseros huéspedes y hasta con religiosa
reverencia. Su progreso es una lección objetiva muy valiosa, pues
demuestra cómo se forman algunos mitos indios: primero es el afortunado
exorcista que, a su muerte o al marcharse, se recuerda como un héroe;
después se le venera como un semidiós y, por último, como una divinidad.
En los Estados mejicanos hallaron primero agricultores indios que vivían
en chozas de césped y ramas y cultivaban judías y calabazas. Estos eran
los jovas, que constituían una rama de los pimas. De las decenas de
tribus que visitaron en nuestros actuales Estados del Sur, ni una sola
ha sido identificada. Eran miserables criaturas errantes que hace mucho
tiempo desaparecieron de la tierra. Pero en la Sierra Madre de Méjico
encontraron indios más inteligentes, cuya raza subsiste todavía. Allí
vieron que los hombres iban desnudos, mientras que las mujeres
mostrábanse «muy honestas en el vestir», usando túnicas de algodón que
ellas mismas tejían, con medias mangas y una falda hasta la rodilla, y
por encima otra falda de gamuza curtida que llegaba hasta el suelo y se
amarraba por delante con unas correas. Lavaban su ropa con una raíz
saponífera llamada _amole_, que usan igualmente los indios y los
mejicanos en toda la región del sudoeste. Aquellas gentes dieron a
Cabeza de Vaca algunas turquesas y cinco cabezas de fecha labrada, cada
una de una sola esmeralda.
En esta aldea del sudoeste de Sonora permanecieron los españoles tres
días, alimentándose de corazones de gamo, por lo cual la llamaron
«Pueblo de los corazones».
A una jornada de allí tropezaron con un indio que llevaba en su collar
la hebilla de un tahalí y un clavo de herradura; y sintieron palpitar su
corazón al ver, después de ocho años de andar errantes, estas señales de
la proximidad de los europeos. El indio les dijo que unos hombres de
barbas largas como ellos habían venido del cielo y hecho la guerra a su
gente.
Los españoles entraban entonces en Sinaloa y se hallaron en una tierra
fértil regada por varios ríos. Los indios tenían un miedo cerval porque
dos bárbaros de una clase que era muy rara entre los conquistadores
españoles (y que me complazco en decir que fueron castigados por
quebrantar las estrictas leyes de España), estaban tratando de coger
esclavos. Los soldados se habían marchado; pero Cabeza de Vaca y
Estebanico, con once indios, les siguieron rápidamente la pista y al día
siguiente alcanzaron a cuatro españoles, quienes les condujeron a su
pillastre capitán, Diego de Alcaraz. Mucho le costó a este oficial dar
crédito al asombroso relato que le hizo aquel hombre desharrapado, roto,
hirsuto y estrafalario; pero después templóse su frialdad y extendió un
certificado de la fecha y condición en que se le había presentado
Cabeza de Vaca y entonces envió a buscar a Dorantes y Castillo. Cinco
días después llegaron éstos, acompañados de varios centenares de indios.
Alcaraz y su socio en crímenes, Cebreros, querían esclavizar a aquellos
aborígenes; pero Cabeza de Vaca, sin parar mientes en el peligro que
corría, se opuso, indignado, a este infame proyecto, y al fin obligó a
aquellos villanos a que lo abandonasen. Los indios se salvaron; pero, en
medio de la alegría que les produjo el volver al mundo, los caminantes
españoles se separaron con verdadera pena de aquellos buenos y sencillos
amigos. Después de unos cuantos días de pesado viaje, llegaron a
Culiacán, sobre el primero de mayo de 1536, y allí fueron calurosamente
recibidos por el malogrado héroe Melchor Díaz. Este condujo al ignoto
norte una de las primeras expediciones (1539), y en 1540, durante una
segunda expedición a California, a través de una parte de Arizona, fué
muerto accidentalmente.
Después de un corto descanso los viandantes salieron para Compostela,
que era entonces la población principal de la provincia de Nueva
Galicia, pequeña jornada de trescientas millas a través de una tierra en
que pululaban indios hostiles. Por fin llegaron a la ciudad de Méjico
sanos y salvos, y fueron allí recibidos con grandes honores. Pero
tardaron mucho tiempo en acostumbrarse a los alimentos y a la ropa de la
gente civilizada.
El negro se quedó en Méjico. Cabeza de Vaca, Castillo y Dorantes se
embarcaron para España el 10 de abril de 1537 y llegaron en agosto. El
héroe principal nunca volvió a la América del Norte; pero se dice que
Dorantes estuvo allí al siguiente año. Las noticias que dieron de lo que
habían visto y de los extraños países situados más al norte, de que
habían oído hablar, hicieron que se enviasen las notables expediciones
que condujeron al descubrimiento de Arizona, Nuevo Méjico, el Territorio
Indio, Kansas y Colorado, y la construcción de las primeras ciudades
europeas dentro de los Estados Unidos. Estebanico tomó parte, con Fray
Marcos, en el descubrimiento de Nuevo Méjico, y fué asesinado por los
indios.
Cabeza de Vaca, como premio por su incomparable marcha de mucho más de
diez mil millas en una tierra desconocida, fué nombrado gobernador de
Paraguay en 1540. No tenía condiciones para ese cargo, y regresó a
España, bajo una acusación ignominiosa. Que no fué culpable, sin
embargo, sino más bien la víctima de las circunstancias, lo indica el
hecho de que fué rehabilitado y se le asignó una pensión de dos mil
ducados. Murió en Sevilla a una edad avanzada.
II
EL MAS INTREPIDO CAMINANTE
El estudiante más familiarizado con la historia, se queda atónito a cada
paso ante el relato de las jornadas de los exploradores españoles. Aun
cuando no hubiesen hecho otra cosa en el Nuevo Mundo, sus largas marchas
por sí solas serían suficientes para darles fama. En ninguna otra parte
se ha sabido jamás de tantos y tan largos viajes por semejantes
desiertos. Para comprender esas jornadas de millares de millas, que
hacían aquellos héroes, ya solos o en pequeñas partidas, tiene uno que
conocer el país que atravesaron y saber algo de los tiempos en que esos
hechos se llevaron a cabo. Los cronistas españoles de aquel tiempo no
insisten al hablar de las dificultades y peligros que encontraban: es
lástima que, siquiera por vanagloria, no se extendieran en el relato de
aquellos obstáculos. Pero, por lacónicas que sean las narraciones sobre
tales puntos, despréndese de ellas que encontraron grandes obstáculos y
tuvieron que vencerlos; y aun hoy día, después que tres centurias y
media han hecho más habitable aquel desierto que cubría medio mundo; que
han domeñado a sus naturales; que lo han llenado de cómodas estaciones;
que lo han cruzado con fáciles caminos y le han quitado el noventa por
ciento de sus terrores, encontraríanse pocos hombres lo bastante
atrevidos para emprender las tremendas jornadas que aquellos bravos
héroes consideraban como tareas diarias. El único hecho casi comparable
con las caminatas de los españoles por el Nuevo Mundo, es la historia de
los argonautas de California, en 1849, los cuales atravesaron las
extensas llanuras con el más notable movimiento de población que refiere
la historia; pero aun ese incidente fué mezquino en cuanto a superficie,
penalidades, peligros y fortaleza, comparado con los viajes de los
exploradores españoles. Las jornadas de mil millas a través de los
desiertos o de las más fatales todavía selvas tropicales, fueron
demasiado numerosas para ni siquiera catalogarlas. Una cosa es seguir
una senda, y otra penetrar en un páramo sin senda alguna. Una cosa es ir
en larga caravana de carromatos bien armados, y otra muy distinta
marchar en pequeñas partidas, a pie o en pencos cansados. Una jornada
desde un punto conocido a otro punto conocido también--ambos dentro del
mundo civilizado, aun cuando entre los dos se extiendan tierras
desiertas,--es muy distinta de una jornada que se emprende desde un
punto, a través de tierras ignotas, a otro punto ignorado, siendo la
salida, el trayecto y el término cosas del azar y la ventura, sin guías
ni jalones que marquen el camino. Lejos de mí la idea de rebajar el
heroísmo de nuestros argonautas. Dejaron en la historia una página de la
que puede estar orgulloso cualquier pueblo; pero no llegaron nunca a
igualar las proezas de similares héroes de otra nacionalidad y de otra
época.
El recorrido de Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el primer caminante de
Norteamérica, quedó eclipsado por la proeza del infeliz y olvidado
soldado Andrés Docampo. Cabeza de Vaca anduvo mucho más de diez mil
millas; pero Docampo pasó de veinte mil, y sufriendo igualmente
terribles penalidades. Las exploraciones de Cabeza fueron mucho más
valiosas para el mundo; no obstante, ninguno de los dos salió con
intenciones de explorar. Pero Docampo hizo su terrible marcha a pie,
voluntariamente y con un fin heroico, que tuvo a la postre un enorme
resultado; mientras que la empresa de Cabeza fué simplemente el heroísmo
de un hombre muy singular para librarse de la desgracia. Las andanzas de
Docampo duraron nueve años; y aun cuando no dejó libro alguno relatando
sus observaciones, como lo hizo Cabeza, el esqueleto de su historia que
nos ha quedado es sumamente sugestivo y característico de aquella época,
y refiere otros heroísmos, además del de aquel bravo soldado.
Cuando Coronado fué por primera vez a Nuevo Méjico, en 1540, llevó
cuatro misioneros con su pequeño ejército. Fray Marcos pronto volvió a
Méjico desde Zuñi por causa de sus dolencias, Fray Juan de la Cruz
emprendió con empeño su obra de misionero entre los indios pueblos; y
cuando Coronado y su partida abandonaron el territorio, insistió en
quedarse con sus atezados catecúmenos de Tiguex (Bernalillo). Era ya muy
viejo y estaba seguro de que su vida acabaría en cuanto se fuesen sus
paisanos, y, en efecto, así aconteció. Fué asesinado por los indios
sobre el 25 de noviembre de 1542.
El hermano lego Fray Luis Descalona, también muy anciano, escogió como
parroquia el pueblo de Tshiquite (Pecos) y se quedó allí después que se
fueron los españoles. Construyóse una pequeña choza fuera de la gran
ciudad fortificada de los indios, y allí enseñaba a los que querían
oirle, y cuidaba un pequeño rebaño de carneros, resto de los que llevara
Coronado y que fueron los primeros que entraron en los actuales Estados
Unidos. Los indios llegaron a quererle sinceramente, excepto los
exorcistas, que le odiaban por su influencia; por fin éstos lo
asesinaron y se comieron los carneros.
Fray Juan de Padilla, el más joven de los cuatro misioneros y el primero
que sufrió el martirio en tierra de Kansas, era natural de Andalucía y
hombre de gran energía, tanto física como mental. Tampoco hizo mal papel
como andariego, y nuestros andarines profesionales quedarían
estupefactos si tuviesen que recorrer por el desierto los millares de
millas que recorrió aquel incansable apóstol de los indios en el
desierto sudoeste. Había desempeñado muy importantes cargos en Méjico,
pero abandonó gustoso sus honores para convertirse en un pobre misionero
entre los salvajes del ignoto norte. Habiendo acompañado la partida de
Coronado desde Méjico a las Siete Ciudades de Cibola, a través de los
desiertos, Fray Padilla se trasladó a Moqui con Pedro de Tobar y su
partida de veinte hombres. Después, retrocediendo a Zuñi, no tardó en
salir de nuevo con Hernando de Alvarado y veinte hombres, para recorrer
otras mil millas. Fué en esta expedición, uno de los primeros europeos
que pudieron contemplar la elevada ciudad de Acoma, el Río Grande dentro
de lo que es hoy Nuevo Méjico y el gran pueblo de Pecos.
En la primavera de 1541, cuando un puñado de hombres se había reunido en
Bernalillo, y Coronado salió en busca del fatal mito áureo de Quivira,
Fray Padilla le acompañó. En esa marcha de ciento cuatro días por las
áridas llanuras, antes de llegar a las Quiviras, al nordeste de Kansas,
sufrieron los exploradores muchas torturas por falta de agua y a veces
de alimento. El traicionero guía que llevaban les engañó, y anduvieron
errabundos mucho tiempo en un círculo, cubriendo una larga distancia,
probablemente de más de mil quinientas millas. Los expedicionarios iban
a caballo, pero en aquellos días los humildes _padres_ iban a pie. No
hallando más que contrariedades, los exploradores retrocedieron hacia
Bernalillo, aunque por un camino más corto, y Fray Padilla fué con
ellos.
Pero ya el héroe había determinado que su campo de acción debía estar
entre aquellos indios, sioux y otros hostiles, errantes y que convivían
con los búfalos en las llanuras; así es que cuando los españoles
evacuaron Nuevo Méjico, él se quedó. Con él estaban el soldado Andrés
Docampo, dos jóvenes mejicanos de Michoacán, Lucas y Sebastián, llamados
los Donados, y unos cuantos jóvenes indios mejicanos. En el otoño de
1542, esa pequeña partida salió de Bernalillo para emprender una marcha
de mil millas. Andrés era el único que iba montado; el misionero y los
jóvenes indios marchaban penosamente a pie por aquel desierto arenoso.
Pasaron por la población de Pecos; de allí atravesaron un rincón de lo
que es hoy Colorado y el gran Estado de Kansas en casi toda su longitud.
Por fin, después de una larga y fatigosa marcha, llegaron a las aldeas
de los indios quiviras, donde hallaron albergue provisional. Coronado
había plantado una cruz de gran tamaño en una de esas aldeas, y allí
estableció su misión Fray Padilla. Con el tiempo los indios hostiles
fueron deponiendo su recelo y «le amaron como a un padre». Por último
decidió trasladarse a otra tribu nómada, donde parecía que era más
necesaria su presencia. Fué un paso muy peligroso; porque no tan sólo
podían aquellos desconocidos recibirle con intención homicida, sino que
corría igual riesgo al abandonar su presente rebaño. Los indios,
supersticiosos, no se avenían a perder a tan gran exorcista como creían
que era Fray Juan, y menos a que sus enemigos se aprovechasen de sus
servicios, pues todas aquellas tribus errantes se hacían la guerra unas
a otras. No obstante, Fray Padilla resolvió irse, y se fué con su
pequeño cortejo. A un día de jornada de las aldeas de los quiviras,
tropezaron con una partida de indios en son de guerra. Al verles
acercarse, el buen padre pensó, ante todo, en salvar a sus compañeros.
Andrés tenía aún su caballo, y los muchachos eran veloces corredores.
«--¡Huíd, hijos míos!--gritó Fray Juan.--Salvaos, porque no podéis
ayudarme y nada ganaríamos con morir todos juntos. ¡Corred!»
Al principio rehusaron; pero el misionero insistió, y como nada podían
contra los indígenas, por fin obedecieron y apelaron a la fuga. Esto, a
primera vista, no parece muy heroico; pero les disculpa la consideración
de lo que eran aquellos tiempos. No tan sólo era gente humilde,
acostumbrada a obedecer a los buenos padres, sino que había otro y más
poderoso motivo para que procediesen como lo hicieron. En aquellos días
de fervorosa fe, se consideraba el martirio no solamente como un
heroísmo, sino como una profecía: creíase que indicaba nuevos triunfos
para el cristianismo, y era un deber llevar la noticia y propagarla por
el mundo. Si ellos se hubiesen quedado y hubiesen perecido con el
padre--y a buen seguro que sus fieles secuaces no lo temían
físicamente,--la lección y la gloria de su martirio se hubiesen perdido
para la humanidad.
Fray Juan se arrodilló en la vasta llanura y encomendó su alma a Dios; y
mientras oraba, los indios le atravesaron con sus flechas. Cavaron luego
una fosa y echaron el cadáver del primer mártir de Kansas, colocando en
aquel sitio un gran montón de tierra. Esto ocurrió en el año 1542.