en la frontera, avezado a los desiertos, dotado de gran tenacidad,
sangre fría y conocimiento de la guerra de frontera, era el hombre a
propósito para establecer con éxito las primeras importantes colonias en
los Estados Unidos, en los lugares más difíciles y peligrosos.
VIII
DOS CONTINENTES DOMINADOS
Tal era, pues, la situación del Nuevo Mundo al empezar el siglo XVIII.
España, después de descubrir las Américas, en poco más de cien años de
incesante exploración y conquista, había logrado arraigar y estaba
civilizando ambos países. Había construído en el Nuevo Mundo centenares
de ciudades, cuyos extremos distaban más de cinco mil millas, con todas
las ventajas de la civilización que entonces se conocían, y dos ciudades
en lo que es ahora los Estados Unidos, habiendo penetrado los españoles
en veinte de dichos Estados. Francia había hecho unas pocas cautelosas
expediciones, que no produjeron ningún fruto, y Portugal había fundado
unas cuantas poblaciones de poca importancia en la América del Sur.
Inglaterra había permanecido durante todo el siglo en una magistral
inacción, y entre el Cabo de Hornos y el Polo Norte no había ni una mala
casuca inglesa, ni un solo hijo de Inglaterra.
El que en tiempos posteriores haya cambiado por completo la situación;
el que España (mayormente porque se desangró por una conquista tan
enorme que ni aun hoy podría nación alguna dar los hombres o el dinero
necesarios para poner la empresa al nivel del progreso mundial) no haya
vuelto a recobrar su antiguo poderío y esté ahora inactiva en
comparación con la joven y gigantesca nación que ha crecido desde
entonces en el imperio que ella inició, no exime a la historia de
América del deber de hacerle justicia por su pasado. Si no hubiese
existido España hace 400 años, no existirían hoy los Estados Unidos.
Para todo verdadero americano es el de su país un relato que fascina,
porque todo el que lleva ese nombre, admira el heroísmo y es amante de
la justicia, y antes que nada le interesa conocer la verdad respecto de
su patria.
Por los años de 1680, el valle del Río Grande, en Nuevo Méjico, estaba
salpicado de caseríos españoles desde Santa Cruz hasta más allá de
Socorro, o sea en una extensión de 200 millas, y había también colonias
en el valle de Taos hacia el extremo norte del territorio. Desde 1600 a
1680 se habían hecho numerosas expediciones a través del sudoeste,
penetrando hasta el mortífero Llano Estacado. El heroísmo con que se
conservó por tanto tiempo el sudoeste, no fué menos maravilloso que la
exploración que lo descubrió. La vida de los colonos era una lucha
diaria con la avara Naturaleza--porque Nuevo Méjico nunca fué
feraz--teniendo, además, que afrontar mortales peligros. Durante tres
siglos fueron incesantemente hostilizados por los terribles apaches, y
hasta 1680 no les dejaron en paz los conatos de insurrección de los
indios pueblos, quienes vivían entre ellos y los rodeaban. Las
afirmaciones de los historiadores de gabinete, de que los españoles
esclavizaron a los pueblos o a otros indios de Nuevo Méjico; de que les
obligaban a escoger entre el cristianismo y la muerte; que les forzaban
a trabajar en las minas, y otras cosas por el estilo, son enteramente
inexactas. Todo el régimen de España para con los indios del Nuevo Mundo
fué de humanidad y de justicia, de educación y de persuasión moral, y
aun cuando hubo, como es natural, algunos individuos que violaron las
estrictas leyes de su país respecto al trato de los indios, recibieron
por ello el condigno castigo.
Sin embargo, la mera presencia de extranjeros en su tierra, fué bastante
para sublevar la naturaleza celosa de los indios, y en 1680 estalló, sin
causa alguna, entre los pieles rojas de Pueblo Rebelión, un complot para
hacer una matanza. Había entonces en el territorio mil quinientos
españoles, que vivían en Santa Fe y en granjas o caseríos dispersos,
pues hacía tiempo que Chamita había sido abandonada.
Treinta y cuatro ciudades de la tribu Pueblo tomaron parte en la
rebelión, bajo la dirección de un peligroso indio Tehua, llamado Popé.
Emisarios secretos habían ido de pueblo en pueblo, y la matanza de
españoles se efectuó simultáneamente en todo el territorio. En ese 10 de
agosto de 1680, de triste recordación, más de cuatrocientos españoles
fueron asesinados, incluso veintiuno de los bondadosos misioneros que,
desarmados y solos, se habían esparcido por aquel desierto con el objeto
de salvar las almas e iluminar las inteligencias de los naturales.
Antonio de Otermín, que era entonces gobernador y capitán general de
Nuevo Méjico, fué atacado en su capital de Santa Fe por un ejército de
indios muy numeroso. Los 120 soldados españoles que estaban encerrados
en su pequeña ciudad de adobe, pronto se hallaron en la imposibilidad de
resistir por más tiempo al enjambre de sitiadores, y después de una
semana de desesperada defensa, hicieron una salida y se abrieron paso
hasta ponerse a salvo, llevándose consigo sus mujeres y sus hijos. Se
retiraron después Río Grande abajo, evitando una emboscada que les
habían preparado los indios en Sandia; llegaron al pueblo de Isleta,
doce millas más abajo de la antigua ciudad de Alburquerque, sanos y
salvos; pero la aldea estaba desierta y los españoles se vieron
obligados a continuar su huída hacia El Paso (Tejas), que no era
entonces más que una misión española para los indios.
En 1681 el gobernador Otermín hizo una incursión hacia el norte hasta el
pueblo de Cochití, veinticinco millas al oeste de Santa Fe, en la margen
del Río Grande; pero los indios hostiles le obligaron a retirarse de
nuevo a El Paso. En 1687, Pedro Reneros Posada llevó a cabo otra
arremetida en Nuevo Méjico y tomó el pueblo roqueño de Santa Ana,
después de un brillante y sangriento asalto. Pero también tuvo que
retirarse. En 1688, Domingo Gironza Petriz de Cruzate, el más bizarro
soldado de Nuevo Méjico, realizó una expedición en la que tomó por
asalto el pueblo de Zía, hecho todavía más notable que el de Posada, y a
su vez se retiró a El Paso.
Por último, el conquistador definitivo de Nuevo Méjico, Diego de Vargas,
llegó en 1692. Marchando a Santa Fe, y de allí hasta el fin de Moqui,
con sólo ochenta y nueve hombres, visitó todos los pueblos de la
provincia, sin encontrar oposición por parte de los indios, los cuales
habían sido completamente acobardados por Cruzate. Volviendo a El Paso,
regresó a Nuevo Méjico en 1693, esta vez con unos ciento cincuenta
soldados y unos cuantos colonos. Entonces estaban los indios preparados
y le hicieron la más sangrienta recepción de que hay memoria en Nuevo
Méjico. Se levantaron primero en Santa Fe, y tuvo que asaltar esa
ciudad, que logró tomar después de dos días de lucha. Luego comenzó el
sitio de Mesa Negra de San Ildefonso, el cual se prolongó durante nueve
meses. Los indios habían trasladado su aldea a la cima de aquel
Gibraltar de Nuevo Méjico, y allí resistieron cuatro atrevidos asaltos,
hasta que por fin se vieron obligados a rendirse.
Entre tanto Vargas había asaltado la inexpugnable ciudadela de San Diego
Viejo y el saliente risco de San Diego de Gemez, dos proezas que con el
asalto del Peñol de Mistrol (Jalisco, Méjico) y el de la ingente roca de
Acoma, pueden considerarse como los dos asaltos más maravillosos en toda
la historia de América. La toma de Quebec no puede compararse con ellos.
Estas costosas lecciones tuvieron a los indios quietos hasta 1696, en
que de nuevo se levantaron. Esta rebelión no fué tan formidable como la
primera; pero ocasionó otro derramamiento de sangre en Nuevo Méjico, y
sólo pudo sofocarse después de una lucha de tres meses. Ya los españoles
eran dueños de la situación; y la dominación de esa revuelta puso fin a
todos los disturbios de los indios pueblos, los cuales subsisten hasta
hoy entre nosotros casi en el mismo número de entonces, aun cuando con
menos ciudades, como una raza quieta, pacífica, cristianizada, de
labradores industriosos, que son monumentos vivos del humanitarismo y la
enseñanza moral de sus conquistadores.
Luego vino el último siglo, una lúgubre centuria de incesante hostilidad
por parte de los apaches, navajos y comaches, y alguna que otra vez por
los utes; hostilidad que apenas había cesado hace diez años. Las
guerras con los indios eran tan constantes; tan innumerables las
exploraciones [como esa asombrosa tentativa para abrir un camino desde
San Antonio de Béjar (Tejas) a Monterrey de California] que el heroísmo
individual de aquellos hombres se pierde en su pasmosa multitud.
Hace más de dos siglos los españoles exploraron Tejas, y no tardaron en
establecerse allí. Hubo algunas pequeñas expediciones; pero la primera
de alguna magnitud fué la de Alonso de León, gobernador del Estado
mejicano de Coahuila, que hizo extensas exploraciones en Tejas en 1689.
Al principio del siglo pasado había varios poblados y presidios
españoles en lo que más de cien años después debía ser el más vasto de
los Estados Unidos.
La colonización española de Colorado no fué muy extensa, y no tenían
ciudades al norte del río Arkansas; pero hasta en poblar dicho Estado
nos precedieron de medio siglo, como se adelantaron varios siglos en
descubrirlo.
En California los españoles fueron muy activos. Durante largo tiempo
hicieron varias expediciones sin resultado. Entonces fueron los
franciscanos, en 1769, a la bahía de San Diego; desembarcaron en la
desierta playa, donde se yergue hoy un hotel americano que ha costado un
millón de dólares, y en el acto empezaron a educar a los indios, a
plantar olivares y viñedos y a construir las imponentes iglesias tan
admirablemente descritas por el autor de «Ramona»[9], las cuales
perdurarán sin duda como monumentos de una fe sublime hasta mucho
después que la raza que las alzó desaparezca de la haz de la tierra.
California tuvo una larga serie de gobernadores españoles antes de
adquirir nosotros aquel Estado-jardín de los Estados, y el último de
ellos fué el valiente, el cortés, el amable anciano Pío Pico, que
falleció hace poco. Los españoles descubrieron allí oro hace siglos, y
lo explotaron diez años antes de que un «norteamericano» soñase en los
preciosos depósitos que habían de influir tanto en la civilización, y
con otros diez años de antelación, hallaron los ricos «placeres» de
Nuevo Méjico.
En Arizona, el padre Francisco Eusebio Kuehne (a quien otros llaman
Quino), jesuíta austriaco de nacimiento, pero bajo auspicios españoles,
fué el primero en establecer las misiones del río Gila, desde 1689 hasta
1717, año en que murió. Hizo lo menos cuatro terribles jornadas a pie
desde Sonora al Gila, y bajó por este río hasta su afluencia con el
Colorado. Sería sumamente interesante, si lo permitiese el espacio,
seguir paso a paso las andanzas y proezas de los misioneros españoles,
esos exploradores pacíficos de América que han dejado tan profundas
huellas en todo el sudoeste. Su celo y su heroísmo eran infinitos. No
había desierto bastante terrible para ellos; no había peligro asaz
espantoso. Solos, inermes, atravesaron las tierras más inhospitalarias e
hicieron frente a los salvajes más sanguinarios; dejando en las vidas de
los indios un monumento más soberbio que el que han dejado los
exploradores armados y los ejércitos conquistadores.
Lo que antecede es un sucinto sumario de las primeras exploraciones de
América, las únicas que se hicieron durante más de un siglo, y las más
asombrosas durante otra centuria. En cuanto a la grande y maravillosa
obra que al fin han realizado los de nuestra sangre, no tan sólo en
conquistar parte de un continente, sino en formar una poderosa nación,
no necesita el lector que yo le ayude a comprenderla, puesto que ya está
debidamente consignada en la historia. El transcribir todas las
heroicidades de los exploradores, llenaría no ya este libro, sino toda
una biblioteca. He creído más conveniente, en vista del extenso campo
que ofrecen, hacer un breve bosquejo como el que hecho queda, y luego
ilustrarlo agregando, con detalles, unos pocos ejemplos elegidos de
entre un gran número de hechos heroicos. He indicado ya cuantas
conquistas y exploraciones y peligros se llevaron a cabo, y ahora voy a
exponer en breves páginas, una muestra de lo que realmente eran las
conquistas y exploraciones y la fortaleza de los españoles.
II
Los primeros caminantes en América
I
EL PRIMER CAMINANTE EN AMÉRICA
Las proezas de un explorador son de las más importantes, como son
también de las más fascinadoras que presentan los heroísmos humanos. Las
cualidades físicas y mentales necesarias para su labor, son raras y
admirables. Ha de reunir muchas condiciones y sobresalir en cada una de
ellas; ha de ser el hombre completo que se propuso hacer la Naturaleza.
No necesita su cuerpo ser tan fuerte como el de Sansón, ni su mente como
la de Napoleón, ni tener un corazón mayor que todos los hombres. Pero
necesita que su cuerpo, su mente y su corazón sean los de un hombre
fuerte. Apenas hay otra profesión en que cada músculo, por decirlo así,
de su triple naturaleza, se ponga más constantemente o más
equilibradamente en juego.
Es un hecho curioso que algunos de los más grandes descubrimientos son
debidos al azar. Muchos de los más importantes que registra la historia
de la humanidad, se deben a hombres que no buscaban la gran verdad que
descubrieron. La ciencia es el resultado no tan sólo del estudio, sino
de inapreciables accidentes; y esto mismo puede decirse de la historia.
Ofrece un estudio interesante de por sí, la influencia que felices
equivocaciones y fortuitos sucesos tuvieran en la civilización.
En las exploraciones, como en los inventos, algunos de los éxitos se
deben a un mero accidente. Algunas de las exploraciones más valiosas
fueron realizadas por hombres que no tenían más idea de ser exploradores
que de inventar un ferrocarril hasta la luna, y es un hecho curioso que
la primera exploración del interior de América y las dos jornadas más
portentosas que en ella se hicieron, no sólo fueron accidentes, sino
desdichas y contrariedades que coronaron los esfuerzos de hombres que
esperaban hallar algo muy distinto.
Las exploraciones, ya sean intencionadas o involuntarias, no sólo han
producido grandes resultados para la civilización, sino que, además, han
sido causa de los hechos más heroicos de la humanidad. Particularmente
América ha sido quizá el campo donde se han llevado a cabo las más
grandes y asombrosas jornadas; pero los dos hombres que hicieron las más
pasmosas que se han realizado en toda la América, nos son casi
desconocidos. Son héroes cuyos nombres suenan como si fuesen griego para
la gran mayoría de los norteamericanos, no obstante ser hombres a los
que precisamente los norteamericanos debieran considerar con profundo
interés y admiración. Esos héroes fueron Alvaro Núñez Cabeza de Vaca, el
primero que viajó en América, y Andrés Docampo, el que recorrió en este
Continente la mayor distancia.
En un mundo tan grande, tan viejo y tan lleno de hechos memorables como
este en que vivimos, es sumamente difícil poder decir de cualquier
hombre que fué «el más grande de todos», en tal o cual cosa, y aun
tratándose de marchas a pie, ha habido tantas y tan notables, que hasta
desconocemos algunas de las más pasmosas. Como exploradores, ni Vaca ni
Docampo rayaron a gran altura, por más que las exploraciones del último
no son de despreciar y las de Vaca fueron muy importantes. Pero, como
proezas de resistencia física, las jornadas de estos olvidados héroes
puede afirmarse con toda seguridad que no tienen paralelo en la
historia. Fueron las marchas más estupendas que ha podido hacer hombre
alguno. Ambos las realizaron en América, y la mayor parte de sus
caminatas las hicieron en lo que es hoy los Estados Unidos.
Cabeza de Vaca fué realmente el primer europeo que penetró en lo que era
entonces el «obscuro continente» de Norteamérica, como fué el primero
que lo _cruzó_ siglos antes que otro cualquiera. Sus nueve años de
marchas a pie, sin armas, desnudo, hambriento, entre fieras y hombres
más fieros todavía, sin otra escolta que tres camaradas tan malhadados
como él, ofrecieron al mundo la primera visión del interior de los
Estados Unidos y dieron pie a algunos de los hechos más excitantes y
trascendentales que se relacionan con su temprana historia. Casi un
siglo antes de que los Padres Peregrinos estableciesen su noble
comunidad en la costa de Massachusetts; setenta y cinco años antes de
que se instalase el primer poblado inglés en el Nuevo Mundo, y más de
una generación antes de que hubiese un solo colono de la raza caucásica
de cualquier nación dentro del área que hoy ocupan los Estados Unidos,
Cabeza de Vaca y sus desharrapados acompañantes atravesaron penosamente
este país desconocido.
¡Mucho tiempo ha pasado desde aquellos días! Enrique VIII era a la sazón
rey de Inglaterra, y desde entonces han ocupado aquel trono diez y seis
monarcas[10]. Elisabet, la reina virgen, no había nacido cuando Cabeza
de Vaca emprendió su tremenda jornada, y no empezó a reinar hasta veinte
años después que él terminara. Ocurrió el hecho cincuenta años antes de
que naciese el capitán John Smith, fundador de Virginia; una generación
antes del nacimiento de Shakespeare, y dos y media generaciones antes de
Milton Henry Hudson, el famoso explorador que ha dado nombre a uno de
nuestros principales ríos, no había nacido todavía. El mismo Colón hacía
menos de veinticinco años que había muerto, y al conquistador de Méjico
sólo le quedaban diez y siete años de vida. Hasta sesenta años después
no supo el mundo lo que era un periódico, y los mejores geógrafos
todavía creían posible el navegar a través de América para llegar al
Asia. No había entonces un hombre blanco en América más al norte de la
mitad de Méjico, ni se había internado ninguno doscientas millas en este
desierto continental, del cual se sabía casi menos de lo que hoy sabemos
de la luna.
El nombre de Cabeza de Vaca nos parece a nosotros muy raro por lo que
literalmente significa. Pero este curioso apellido era muy honroso en
España y representaba un noble timbre. Fué ganado en la batalla de las
Navas de Tolosa en el siglo XIII, uno de los combates decisivos en todos
aquellos siglos de guerra con los moros. El abuelo de Alvaro fué también
un hombre notable, puesto que conquistó las islas Canarias.
Nació Alvaro en Jerez de la Frontera a fines del siglo XV. Muy poco
sabemos de los primeros años de su vida, excepto que había ganado ya
algún renombre cuando en 1527, siendo ya un hombre maduro, vino al Nuevo
Mundo. En dicho año le hallamos embarcándose en España como tesorero y
alguacil mayor de la expedición de 600 hombres con que Pánfilo de
Narváez trató de conquistar y colonizar Florida, que descubriera Ponce
de León diez años antes.
Llegaron a Santo Domingo, y de allí salieron para Cuba. El Viernes Santo
de 1528, diez meses después de haber salido de España, llegaron a la
Florida, y desembarcaron en el punto que hoy se llama bahía de Tampa.
Tomando solemne posesión de aquel país en nombre de España, salieron a
explorar y conquistar aquel desierto. En Santo Domingo ya los habían
diezmado un naufragio y varias deserciones, de modo que, de los
primitivos 600 hombres, sólo quedaron trescientos cuarenta y cinco.
Apenas habían llegado a la Florida, empezaron a caer sobre ellos las más
terribles desgracias, y cada día empeoraba su situación. Estaban casi
desprovistos de subsistencias; los indios hostiles les rodeaban por
todos lados, y los innumerables ríos, lagos y pantanos hacían su marcha
difícil y peligrosa. El pequeño ejército iba disminuyendo rápidamente
por la guerra y el hambre, y entre los supervivientes producíanse
motines con frecuencia. Tan debilitados se hallaban, que no pudieron
siquiera regresar a sus buques. Luchando por fin para llegar al punto
más cercano de la costa, muy al oeste de la bahía de Tampa, decidieron
que su única salvación estaba en construir barcos para ir costeando
hasta las colonias españolas de Méjico. Con mucho trabajo lograron
construir cinco toscos buques, y los infelices se lanzaron a navegar
hacia poniente, costeando el golfo. Fuertes tormentas separaron los
barcos, que naufragaron uno tras otro. Muchos de los infortunados
aventureros perecieron ahogados,--Narváez entre ellos--y muchos que
fueron arrojados sobre una costa inhospitalaria, perecieron igualmente
por los rigores de la intemperie y del hambre. Los supervivientes se
vieron obligados a alimentarse con los cadáveres de sus compañeros. De
los cinco barcos, tres se habían ido a pique con todos los tripulantes;
de los ochenta hombres que se salvaron del naufragio, sólo quince
sobrevivieron. Todas sus armas y sus ropas estaban en el fondo del
golfo.
Los supervivientes arribaron a la isla del Mal Hado. No sabemos de la
situación de esa isla sino que estaba al oeste de la boca del Misisipí.
Sus barcos habían cruzado la caudalosa corriente donde desemboca en el
golfo, y ellos fueron los primeros europeos que vieron esa parte del
Padre de las Aguas. Los indios de la isla, que no tenían otros alimentos
que raíces, bayas y pescado, trataron a sus infelices huéspedes tan
generosamente como pudieron, y Cabeza de Vaca habla de ellos con mucho
agradecimiento.
En la primavera, los trece compañeros que le quedaron, determinaron
escaparse. Cabeza de Vaca estaba demasiado enfermo para andar, y lo
abandonaron a su suerte. Otros dos enfermos, Oviedo y Alaniz, también se
quedaron, y no tardó en perecer el último de ellos. Se halló, pues,
Cabeza de Vaca en una lamentable situación. Hecho un verdadero
esqueleto, casi imposibilitado de moverse, abandonado por sus amigos y a
la merced de los salvajes, no es extraño, como él nos dice, que se le
cayese el alma a los pies. Pero era uno de esos hombres que no cejan en
su empresa. Un espíritu fuerte sostenía aquel pobre cuerpo débil y
demacrado; y cuando el tiempo fué más favorable, Cabeza de Vaca recuperó
lentamente la salud.
Cerca de seis años estuvo viviendo una vida enteramente solitaria,
pasando de una tribu de indios a otra, unas veces como esclavo y otras
como un despreciable paria. Oviedo huyó a la vista de algún peligro, y
no volvió a saberse de él; Cabeza de Vaca lo afrontó y salió con vida.
No cabe la menor duda de que sus sufrimientos eran casi insoportables.
Hasta cuando no era víctima de algún trato brutal, se le miraba como un
estorbo, como un inútil intruso, entre pobres indígenas que vivían del
modo más miserable y precario. El hecho de no haberle quitado la vida,
habla en favor de los sentimientos humanitarios de éstos.
Los trece que escaparon, tuvieron peor suerte. Cayeron en manos de
indios crueles, y todos fueron muertos, excepto tres, a quienes se
reservó el duro hado de la esclavitud. Estos tres fueron Andrés
Dorantes, natural de Béjar; Alonso del Castillo Maldonado, natural de
Salamanca, y el negro Estebanico, que nació en Azamor (Africa). Estos
tres y Cabeza de Vaca fueron todo el remanente de los valerosos
cuatrocientos cincuenta hombres (entre los que no se cuentan los que
desertaron en Santo Domingo) que salieron tan esperanzados de España en
1527, para conquistar un rincón del Nuevo Mundo; cuatro sombras
desnudas, atormentadas, temblorosas; y aun éstos vivían separados, si
bien de vez en cuando sabían el uno del otro e hicieron varias
tentativas para juntarse. Hasta septiembre de 1534 (cerca de siete años
después), no lograron reunirse Dorantes, Castillo, Estebanico y Cabeza
de Vaca; y el sitio donde tuvieron esta dicha fué por la parte oriental
de Tejas, al oeste del río Sabina.
Pero los seis años de soledad y de inefables sufrimientos de Cabeza de
Vaca no fueron vanos; porque sin saberlo halló la llave de la seguridad,
y entre todos aquellos horrores, y sin soñar en su significado, tropezó
con la extraña e interesante clave que debía salvarles a todos. Sin eso,
los cuatro hubieran perecido en el desierto y nunca hubiera tenido el
mundo conocimiento de su fin.