es hoy Estados Unidos, por espacio de cuatro mortales años. Es probable
que en sus viajes pasasen por los actuales Estados de la Florida,
Georgia, Arkansas, Misisipí, Alabama, Luisiana y la parte nordeste de
Tejas. En 1541 llegaron al río Misisipí, y fueron ellos los primeros
europeos que vieron el padre de las aguas (en algún punto de su
corriente excepto en su boca) un siglo y cuarto antes de que lo viesen
los heroicos franceses Marquette y La Salle. Aquel invierno lo pasaron a
lo largo del Washita, y al principio del verano de 1542, cuando
regresaba Misisipí abajo, murió el valiente Soto, depositándose su
cadáver en el lecho del copioso río que él había descubierto, doscientos
años antes de que lo viese ningún «norteamericano». Sus hombres,
maltrechos y descorazonados, pasaron allí un terrible invierno, y en
1543, al mando del teniente Moscoso, construyeron unos toscos buques, y
bajaron en ellos por el río Misisipí hasta el golfo en diez y nueve
días, realizando la primera navegación que se llevó a cabo en nuestra
parte de América. Desde la desembocadura fueron costeando hacia
Occidente, y al fin llegaron a Pánuco (Méjico), después de cinco años de
penalidades y sufrimientos tales como jamás los experimentó ningún
explorador sajón en las Américas. Cerca de un siglo y medio después que
el desgarbado ejército de hombres famélicos de Soto tomara posesión de
Luisiana en nombre de España, pasó aquel territorio a poder de los
franceses, y a Francia lo compró los Estados Unidos al cabo de más de un
siglo.
De modo que cuando Verazzano, el florentino enviado por Francia, llegó a
América, en 1524, costeó el Atlántico desde un punto de La Carolina del
Sur hasta Terranova, y publicó una breve descripción de lo que había
visto, ya España había dado la vuelta al mundo; había llegado al extremo
sur de América, conquistando un vasto territorio y descubierto más de
media docena de nuestros actuales Estados, después de la última visita
de un francés a América. Por lo que toca a Inglaterra, era casi tan
desconocida en esta parte del mundo como si nunca hubiese existido.
Después de Ponce de León y antes que Soto, Francisco de Garay,
conquistador de Tampico, visitó la Florida en 1518. Fué con el objeto de
dominar aquel país; pero fracasó y murió poco después en Méjico, siendo
probable que fuese envenenado por orden de Cortés. Dejó aún menos
recuerdo de lo que hizo en la Florida que Ponce de León, y pertenece al
número de exploradores españoles que, aun siendo verdaderos héroes,
llevaron a cabo hechos de poca resonancia; y éstos fueron demasiado
numerosos para hacer ni siquiera una lista de ellos.
En 1527 salió de España la expedición más desastrosa que se envió al
Nuevo Mundo; expedición notable únicamente por dos cosas, fué tal vez la
más desgraciada de que hay historia, y condujo al hombre que supo ser el
primero en cruzar el Continente americano, el cual hizo verdaderamente
una de las más asombrosas marchas a pie que se han realizado desde que
el mundo es mundo. Pánfilo de Narváez, que tan vergonzosamente fracasó
cuando fué a arrestar a Cortés, mandaba la expedición con autoridad para
conquistar la Florida, y su tesorero era Alvaro Núñez Cabeza de Vaca. En
1528 desembarcó esa compañía en la Florida, y empezó desde luego una
serie de horrores que ponen los pelos de punta. Los naufragios, los
indígenas y el hambre causaron tal destrozo en la malhadada compañía,
que cuando en 1529 los pieles rojas hicieron esclavos a Cabeza de Vaca y
tres de sus compañeros, eran éstos los únicos supervivientes de la
expedición.
Vaca y sus compañeros anduvieron al azar desde la Florida hasta el Golfo
de California, sufriendo increíbles peligros y tormentos, y llegando
allí después de andar errantes durante más de 8 años. El heroísmo de
Cabeza de Vaca recibió su galardón. El rey le hizo gobernador del
Paraguay en 1540; pero resultó tan inepto para este cargo como lo fué
Colón para el de virrey, y no tardó en volver cargado de cadenas a
España, donde murió.
Pero la relación que publicó de cuanto vió en ese pasmoso viaje (porque
Vaca era un hombre educado y dejó dos libros muy interesantes y
valiosos), hizo que sus compatriotas se determinasen a comenzar con
empeño la exploración y colonización de lo que es hoy los Estados
Unidos, a construir las primeras ciudades, y a labrar las primeras
granjas en el país, que ha llegado a ser la nación más vasta del mundo.
Los treinta años que siguieron a la conquista de Méjico por Cortés,
vieron un cambio asombroso en el Nuevo Mundo. En esos años ocurrieron
maravillas. Brillantes descubrimientos, exploraciones sin igual,
intrépidas conquistas y colonizaciones heroicas se siguieron unas a
otras con vertiginosa rapidez; y, a excepción de las bizarras pero
escasas proezas de los portugueses en la América del Sur, España fué la
única que llevó a cabo esos hechos. Desde Kansas hasta el Cabo de Hornos
era todo una vasta posesión española, salvo algunas partes del Brasil,
donde el héroe portugués Cabral había sentado la planta en nombre de su
país. Se construyeron centenares de poblaciones españolas; escuelas,
universidades, imprentas, libros e iglesias españolas empezaban su obra
de ilustración en los ignotos continentes de América, y los incansables
secuaces de Santiago marchaban siempre adelante. La América,
particularmente Méjico, era rápidamente colonizada por los españoles. El
desarrollo de las colonias donde había recursos para mantener una
población creciente era muy notable en relación a aquellos tiempos. La
ciudad de Puebla, por ejemplo, en el Estado mejicano del mismo nombre,
se fundó en 1532 y empezó con treinta y tres colonos, y en 1678 tenía
80,000 habitantes, que son veinte mil más de los que tenía la ciudad de
Nueva York ciento veintidós años después.
VII
ESPAÑA EN LOS ESTADOS UNIDOS
Cortés era todavía capitán general cuando llegó Cabeza de Vaca a las
colonias españolas, después de su correría de ocho años, portador de
noticias de países extranjeros situados más al norte; pero Antonio de
Mendoza era virrey de Méjico y superior a Cortés en jerarquía, y entre
él y el conquistador traicionero había interminables disensiones. Cortés
trabajaba para sí mismo; Mendoza, para España.
A medida que en Méjico se hacían más espesas las colonias españolas, la
atención de los inquietos exploradores de mundos empezó a dirigirse
hacia los misterios del vasto y desconocido país situado más al norte.
Las cosas raras que Vaca había visto, y las más raras aún de que había
oído hablar, no podían menos de excitar la curiosidad de los intrépidos
aventureros a quienes las contaba. Lo cierto es que antes de un año de
haber llegado a Méjico el primer viajero transcontinental, habían
descubierto sus compatriotas dos más de nuestros actuales Estados como
resultado directo de sus narraciones. Y ahora llegamos a uno de los
hombres más calumniados de todos: Fray Marcos de Nizza, descubridor de
Arizona y Nuevo Méjico.
Fray Marcos era natural de la provincia de Niza, que formaba entonces
parte de Saboya, y debió llegar a América por el año 1531. Acompañó a
Pizarro al Perú, y de allí volvió finalmente a Méjico. Fué el primero en
explorar las tierras desconocidas de que Vaca había oído a los indios
contar cosas tan estupendas, aun cuando él no las había visto: «las
Siete Ciudades de Cibola, llenas de oro», y otras innumerables
maravillas. Fray Marcos salió a pie de Culiacán (Sinaloa, borde
occidental de Méjico) en la primavera de 1539, con el negro Estebanico,
que fué uno de los compañeros de Vaca, y unos cuantos indios. Un hermano
lego, Honorato, que salió con él, pronto cayó enfermo y no continuó el
viaje. Ahora bien; esa fué una verdadera exploración española, un buen
ejemplo de centenares de ellas: aquel denodado sacerdote, sin armas,
con una veintena de hombres que no inspiraban confianza, emprendió una
marcha de un año, a través de un desierto, donde, aun en estos días de
ferrocarriles y carreteras, caminos y aguas alumbradas, hay hombres que
mueren todos los años de sed, sin contar los millares que perecen a
manos de los indios. Pero esas pequeñeces sólo servían para abrir el
apetito de los españoles, y Fray Marcos siguió sufriendo el cansancio
del camino hasta que, a principios de junio de 1539, llegó por fin a las
Siete Ciudades de Cibola. Estas se hallaban al extremo occidental de
Nuevo Méjico, cerca del actual y extraño pueblo indio de Zuñi, que es
todo lo que queda de aquellas famosas ciudades, y está hoy casi lo mismo
que como lo vió aquel heroico sacerdote hace trescientos cincuenta años.
Al pie del pasmoso risco de Toyallahnah, la sagrada montaña de los
truenos de Zuñi, el negro Estebanico fué muerto por los indios, y Fray
Marcos se libró de igual suerte por haberse retirado a tiempo. Obtuvo
cuantos informes pudo acerca de las extrañas y elevadas poblaciones que
divisó, y regresó a Méjico con grandes noticias. Se le ha acusado de
haber dado informes erróneos y exagerados; pero si sus críticos no
hubiesen sido tan desconocedores de la calidad, de los indios y de sus
tradiciones, no hubieran hablado de esta suerte. Las afirmaciones de
Fray Marcos eran absolutamente verídicas.
Cuando el buen padre hizo su relación, bien se puede asegurar que todos
aguzaron el oído en Nueva España, nombre que entonces se daba a Méjico,
y en cuanto fué posible organizar una expedición armada, salió para las
Siete Ciudades de Cibola, sirviéndola de guía el mismo Fray Marcos. De
dicha expedición hablaremos en breve. Fray Marcos la acompañó hasta
llegar a Zuñi, y entonces regresó a Méjico, baldado por el reumatismo,
del cual nunca llegó a curarse. Murió en el convento de la ciudad de
Méjico, en 25 de marzo de 1558.
El hombre a quien Fray Marcos condujo a las Siete Ciudades de Cibola fué
el más grande explorador que jamás pisó el continente del norte, si
bien sus exploraciones sólo le produjeron desastres y amarguras. Nos
referimos a Francisco Vázquez de Coronado, natural de Salamanca
(España). Coronado era joven, ambicioso y tenía ya renombre. Era
gobernador de la provincia mejicana de Nueva Galicia, cuando supo la
noticia referente a las Siete Ciudades. Mendoza, contra la fuerte
oposición de Cortés, decidió efectuar una expedición, que libraría al
país de unos cuantos centenares de audaces y jóvenes espadachines
españoles que estaban reñidos con la paz, y al mismo tiempo a fin de
conquistar nuevos países para la Corona. En consecuencia, puso a
Coronado al frente de un grupo de unos doscientos cincuenta españoles,
para que fuesen a colonizar las tierras descubiertas por Fray Marcos,
con estrictas órdenes de no volver jamás.
Coronado salió de Culiacán con su pequeño ejército en los albores de
1540. Guiados por el incansable sacerdote, llegaron a Zuñi en julio, y
tomaron el pueblo después de una lucha feroz, con lo cual terminaron
entonces las hostilidades. Desde allí envió Coronado pequeñas
expediciones a los extraños pueblos de Moqui, construídos sobre riscos
(en la parte nordeste de Arizona), el gran Cañón del Colorado y al
pueblo de Gemez, situado al norte de Nuevo Méjico. Durante aquel
invierno trasladó todas sus fuerzas a Tiguex, donde se encuentra ahora
la linda aldea Nuevo-Mejicana de Bernalillo en el Río Grande, y allí
empeñó una seria y poco digna guerra con los indios pueblos de Tigua.
Allí fué donde oyó hablar del áureo mito que le tentó, haciéndole pasar
tan duras penalidades, y que causó después la muerte a muchos centenares
de hombres: la fábula de Quivira. Esta, según le aseguraban los indios
de las vastas llanuras, era una ciudad toda de oro puro. En la primavera
de 1541, Coronado y sus hombres salieron en busca de Quivira y marcharon
a través de aquellas tremendas sabanas, hasta el centro de nuestro
actual territorio indio. Allí, viendo que había sido engañado, Coronado
hizo retroceder su ejército a Tiguex, y él, con 30 hombres, siguió
adelante y atravesó el río Arkansas hasta llegar al extremo nordeste de
Kansas, esto es, a tres cuartas partes de la distancia que media entre
el Golfo de California y Nueva York, y mucho más si se tiene en cuenta
los rodeos que dieron.
Encontró allí la tribu de los quiviras, salvajes nómadas que se
dedicaban a la caza del búfalo, pero no tenían oro, ni sabían dónde se
hallaba. Coronado regresó por fin a Bernalillo, después de un lapso de
tres meses de incesantes marchas y horribles sufrimientos. Poco después
de su vuelta, una caída del caballo puso su vida en grave peligro. Pasó
la crisis; pero su salud quedó quebrantada, y descorazonado por sus
dolencias físicas y por las infructíferas contrariedades de la
inhospitalaria tierra que se propusiera colonizar abandonó el proyecto
de poblar Nuevo Méjico y en el verano de 1542 regresó a Méjico con sus
hombres. Su desobediencia al virrey, por haber abandonado su empresa, le
hizo caer en disfavor, y pasó el resto de su vida en relativa
obscuridad.
Triste final fué ese para el hombre notable que descubriera tantos miles
de millas del sediento sudoeste, casi tres siglos antes de que lo viese
ninguno de nuestros paisanos; para aquel soldado bien nacido, instruído
y denodado, y que fué el ídolo de su tropa. Como explorador no tiene
rival; pero como colonizador fracasó por completo. Habíase criado en la
ciudad y no era montaraz; y acostumbrado solamente a vivir en Jalisco y
las regiones de Méjico situadas junto al Golfo de California, no conocía
los terribles desiertos de Arizona y Nuevo Méjico y no pudo acomodarse a
aquel medio ambiente. Hasta medio siglo después que llegó un español
nacido en la frontera de aquellas tierras áridas, no pudo colonizarse
Nuevo Méjico con feliz éxito.
Mientras el descubridor del territorio indio y de Kansas iba en
persecución de un mito de oro a través de las solitarias llanuras, sus
compatriotas habían hallado y estaban explorando otro de nuestros
Estados: nuestro dorado jardín de California. Hernando de Alarcón, en
1540, navegó por el río Colorado hasta una gran distancia del Golfo,
probablemente hasta Great Bend, y en 1543 Juan Rodríguez Cabrillo
exploró la costa californiana del Pacífico, hasta llegar a cien millas
al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la ciudad
de San Francisco.
Después de los desalentadores descubrimientos de Coronado, los
españoles, durante muchos años, consagraron muy poca atención a Nuevo
Méjico. ¡Bastante había que hacer en la Nueva España para tener ocupada
por algún tiempo la indómita energía española en la civilización de su
nuevo imperio! Fray Pedro de Gante había fundado en Méjico, en 1524, las
primeras escuelas del Nuevo Mundo, y desde entonces todas las iglesias y
conventos, en la América española, tenían adjunta una escuela de indios.
En 1524 no había entre los innumerables millares de indios de Méjico uno
solo que supiese lo que eran letras; pero veinte años después eran
tantos los que habían aprendido a leer y escribir, que el obispo
Zumárraga hizo imprimir para ellos un libro en su propio idioma. En 1543
había hasta escuelas industriales para aquellos indios. Ese buen obispo
Zumárraga fué también el que trajo la primera prensa al Nuevo Mundo, en
1536. Se montó en la ciudad de Méjico y pronto empezó a trabajar
activamente. El libro más antiguo impreso en América que hoy existe,
salió de dicha prensa en 1539. La mayoría de los primeros libros que
allí se imprimieron, tenían por objeto hacer inteligibles los dialectos
indios; medida de humanitaria educación que no ha sabido copiar ninguna
otra nación colonizadora en el Nuevo Mundo. La primera música que se
imprimió en América, salió también de la misma prensa en 1548.
Lo más notable de todo, y que demuestra la actitud educadora de los
españoles en los nuevos continentes, fué un resultado enteramente
singular. No solamente su actividad intelectual creó entre ellos mismos
una constelación de eminentes escritores, sino que, al cabo de pocos
años, había una escuela de importantes _autores indios_. Sería una
pérdida irreparable para el conocimiento de la verdadera historia de
América, la de las crónicas de escritores indios tales como Tezozomoc,
Camargo y Pomar, en Méjico; Juan de Santa Cruz, Pachacuti Yamqui
Salcamayhua, en el Perú, y muchos otros. ¡Y qué ganancia no hubiera
tenido la ciencia si _nosotros_ nos hubiésemos tomado la pena de educar
a nuestros aborígenes para que se prestasen tan útil ayuda a sí mismos y
a los conocimientos humanos!
En todas las demás tareas intelectuales que conocía entonces el mundo,
los hijos de España realizaban en América notables progresos. En
geografía, en historia natural, en física y química y en otras ciencias,
fueron en nuestros países los primeros, como lo habían sido en sus
descubrimientos y exploraciones. Es un hecho pasmoso que, en época tan
lejana como el año 1579, se hizo en público una autopsia del cadáver de
un indio en la Universidad de Méjico para indagar la naturaleza de una
epidemia que entonces causaba estragos en Nueva España. Es dudoso que en
aquella época hubiesen llegado tan lejos en la misma ciudad de Londres.
Y en libros de aquel período, que existen todavía, hallamos proyectos de
armas de repetición, y hasta una inequívoca indicación del teléfono. ¡La
primera prensa no llegó a las colonias inglesas de América hasta 1638!
¡Cerca de cien años a la zaga de Méjico! En todo el mundo tardaron en
aparecer los periódicos; el primero auténtico de que hay noticia en la
historia, se publicó en Alemania en 1615. En Inglaterra apareció el
primero en 1622, y las colonias norteamericanas no tuvieron uno hasta
1704. «El Mercurio Volante», folleto que daba noticias, se publicaba en
la ciudad de Méjico antes del año 1693.
Cuando las malas nuevas de Coronado se habían en gran parte olvidado,
empezó otra incursión española hacia Nuevo Méjico y Arizona. Entre tanto
habían ocurrido en la Florida importantes acontecimientos. Los muchos
fracasos padecidos en ese desgraciado país, no desalentaron a los
españoles en su empeño de colonizarlo. Por último, en 1560, se
estableció allí de un modo permanente Avilés de Menéndez, español muy
cruel, el cual, no obstante, tuvo el honor de fundar y dar nombre a la
ciudad más antigua de los Estados Unidos--San Agustín,--en 1560.
Menéndez encontró una pequeña colonia de hugonotes franceses que se
habían desviado hasta allí el año antes al mando de Ribault, a los que
él hizo prisioneros y los ahorcó, poniéndoles un cartel en que decía que
habían sido ejecutados «no por ser franceses, sino por herejes». Dos
años después, la expedición francesa de Dominique de Gourges se apoderó
de los tres fuertes españoles que allí se habían construído, y ahorcó a
los colonos, «no por ser españoles, sino por asesinos»; lo cual no dejó
de ser una venganza muy ingeniosa como réplica; pero muy censurable por
el hecho. En 1586 Sir Francis Drake, a cuyas aficiones piráticas hemos
aludido ya, destruyó la floreciente colonia de San Agustín, que se
volvió a construir en seguida. En 1763 España cedió la Florida a la Gran
Bretaña, en cambio de la Habana, de que Albemarle habíase apoderado un
año antes.
También es interesante el hecho de que los españoles estuvieron en
Virgina cerca de 30 años antes de que Sir Walter Raleigh intentase
establecer allí una colonia, y medio siglo largo antes de la visita de
John Smith. Ya en 1556, la bahía de Chesapeake era conocida de los
españoles con el nombre de Bahía de Santa María, y se había enviado
allí, para colonizar el país, una expedición que fracasó.
En 1581 tres misioneros españoles, Fray Agustín Rodríguez, Fray
Francisco López y Fray Juan de Santa María, salieron de Santa Bárbara
(Chihuahua, Méjico) con una escolta de nueve soldados españoles al mando
de Francisco Sánchez Chamuscado. Anduvieron trabajosamente a lo largo
del Río Grande hasta donde se encuentra ahora Bernalillo, o sea en una
marcha de unas mil millas. Allí quedaron los misioneros para enseñar la
doctrina, mientras los soldados exploraban el país hasta Zuñi, y
entonces regresaron a Santa Bárbara. Chamuscado murió en el camino. En
cuanto a los valientes misioneros que quedaron atrás en el desierto, no
tardaron en ser mártires, Fray Santa María fué muerto por los indios
cerca de San Pedro, mientras realizaba una penosa caminata, solo y a
pie, para volver a Méjico aquel otoño. Fray Rodríguez y Fray López
fueron asesinados por su traicionero rebaño en Puaray, en diciembre de
1581.
Al año siguiente, Antonio de Espejo, opulento hijo de Córdoba, salió de
Santa Bárbara (Chihuahua), con catorce hombres, para afrontar los
desiertos y los salvajes de Nuevo Méjico. Anduvo Río Grande arriba hasta
un poco más allá de donde ahora se halla Alburquerque, sin que le
hiciesen resistencia los indios de la tribu Pueblo. Visitó sus ciudades
de Zía, Jenez, la empinada Acoma, Zuñi y la lejana Moqui, y se internó
bastante en la parte norte de Arizona. Volviendo al Río Grande, visitó
el pueblo de Pecos, bajó por el río del mismo nombre a Tejas, y de allí
cruzó de nuevo a Santa Bárbara. Tenía la intención de volver a colonizar
Nuevo Méjico; pero su muerte (ocurrida probablemente en 1585) desbarató
su plan, y el único resultado importante de su gigantesca jornada, fué
una adición a los conocimientos geográficos de su época. En 1590, Gaspar
Castaño de Sosa, teniente gobernador de Nuevo León, estaba tan ansioso
de explorar Nuevo Méjico, que organizó una expedición sin pedir permiso
al virrey. Subió por el río Pecos y cruzó hasta el Río Grande; pero en
el pueblo de Santo Domingo fué arrestado por el capitán Morlette, que
había ido desde Méjico con ese solo objeto, y conducido a su destino con
cadenas.
Juan de Oñate, colonizador de Nuevo Méjico y fundador de la segunda
ciudad situada dentro de los límites de los Estados Unidos, como también
de otra ciudad que es la segunda en antigüedad en el mismo país, nació
en Zacatecas (Méjico). Su familia, procedente de Vizcaya, había
descubierto en 1548 y poseía a la sazón algunas de las minas más ricas
del mundo: las de Zacatecas. Pero, no obstante haber nacido de una
familia que nadaba en oro, Oñate deseaba ser explorador. La Corona
rehusó equipar nuevas expediciones para el norte, que tantos desengaños
ofrecía, y por el año 1595 Oñate hizo un contrato con el virrey de Nueva
España para colonizar Nuevo Méjico por su cuenta. Hizo todos los
preparativos y equipó una costosa expedición. Justamente entonces fué
nombrado otro virrey, el cual le tuvo esperando en Méjico con todos sus
hombres por espacio de dos años, antes de darle el permiso necesario
para emprender la marcha. Por fin, a principios de 1597, salió con su
expedición, la cual le costó el equivalente de un millón de dólares
antes de salir de viaje. Llevó consigo cuatrocientos colonos, incluso
doscientos soldados, con mujeres y niños, y reses vacunas y lanares.
Después de tomar posesión de Nuevo Méjico el 30 de mayo de 1598, marchó
Río Grande arriba hasta donde se halla hoy la aldehuela Chamita, al
norte de Santa Fe y allí fundó, en septiembre de aquel año, San Gabriel
de los Españoles, segunda ciudad establecida en los Estados Unidos.
Oñate fué notable no tan sólo por su éxito en colonizar un país tan
adusto como era aquél, sino también como explorador. Reconoció todo el
país; viajó hasta Acoma, y sofocó una rebelión de los indios, y en el
año 1600 efectuó una expedición hasta la misma Nebraska. En 1604, con
treinta hombres, marchó desde San Gabriel y a través de aquel árido
desierto hasta el Golfo de California, regresando a San Gabriel en abril
de 1605. Por entonces los ingleses no se habían internado en América más
que a cuarenta o cincuenta millas de la costa del Atlántico.
En 1605 Oñate fundó la ciudad de Santa Fe, de San Francisco, respecto de
cuya antigüedad se han escrito muchas fábulas inverosímiles. La ciudad
ha llegado a celebrar el 333.º aniversario de su fundación, veinte años
antes de cumplir los tres siglos.
En 1606 Oñate hizo otra expedición a tierras lejanas del nordeste; pero
de ella no se sabe casi nada, y en 1608 fué substituído por Pedro de
Peralta, segundo gobernador de Nuevo Méjico.