Los aterrorizados indígenas[6] no habían visto nunca un caballo (porque

fueron los españoles los primeros que llevaron al Nuevo Mundo caballos,

carneros y otros animales domésticos), y juzgaron que aquellos extraños

y pálidos recién venidos, que iban sentados en bestias de cuatro patas y

llevaban camisas de hierro y palos que despedían truenos, sin duda

debían de ser dioses.

Allí se exaltó la imaginación de los aventureros con áureas leyendas de

Montezuma, mito que no engañó a Cortés más paladinamente de lo que ha

engañado a algunos historiadores modernos, quienes parecen no saber

distinguir entre lo que _oyó_ Cortés y lo que _halló_ en realidad. Le

dijeron que Montezuma--cuyo nombre propiamente es Moctezuma, o bien

Motecuzoma, que significa «Nuestro Airado Jefe»,--era «Emperador» de

Méjico, y que treinta «Reyes», llamados _caciques_, eran sus vasallos;

que poseía incalculables riquezas y un poder absoluto, y que su morada

resplandecía entre oro y piedras preciosas. Hasta algunos amenos

historiadores han caído en el desatino de aceptar como verdaderas estas

imposibles leyendas. Nunca ha habido en Méjico más que dos emperadores:

Agustín de Itúrbide y el infortunado Maximiliano; ambos en el siglo XIX.

Moctezuma no fué emperador, ni siquiera rey de Méjico. La organización

social y política de los antiguos mejicanos era exactamente igual a la

de los indios llamados «Pueblo» de Nuevo Méjico en la época actual: una

democracia militar, con una poderosa y complicada organización

religiosa, que ejerce su «poder detrás del trono». Moctezuma era

simplemente el Tlacatécutle, o sea el jefe guerrero de los Nahuatl (que

así se llamaban los antiguos mejicanos), y no era ni el supremo ni el

único ejecutivo. De su ignominioso fin puede fácilmente deducirse cuán

poca era su importancia[7].

Cuando hubo fundado Veracruz, Cortés se hizo elegir gobernador y capitán

general (que era el más alto grado militar) de aquel nuevo país; y

después de quemar sus naves, como el famoso general griego, para hacer

imposible la retirada, empezó su marcha a través del imponente desierto

que se extendía ante su vista.

Entonces fué cuando Cortés empezó a dar muestras del genio militar que

le colocó a mayor altura que los demás exploradores de América,

excepción hecha de Pizarro. Con sólo un puñado de hombres, pues había

dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al mando de su teniente

Escalante, en una tierra desconocida, poblada de enemigos poderosos e

indómitos, de poco le hubiera servido el valor y la fuerza bruta. Pero,

con una diplomacia tan rara como brillante, descubrió los puntos débiles

de la organización de los indios; fomentó la división que causaban los

celos entre las tribus; hizo aliados suyos de los que secreta o

abiertamente se oponían a la federación de tribus de Moctezuma--liga

algo parecida a las Seis Naciones de nuestra propia historia,--y de

este modo redujo en gran manera las fuerzas que tenía que combatir.

Después de derrotar a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Cortés llegó por

fin a la extraña ciudad lacustre de Méjico, con su escasa tropa española

engrosada con 6,000 aliados indios. Moctezuma lo recibió con gran

ceremonia; pero sin duda con intención traicionera. Mientras él

obsequiaba a sus visitantes en una gran casa de adobe--no un «palacio»,

como dicen las historias, porque no había ningún palacio en Méjico,--uno

de los subjefes de su liga atacó la pequeña guarnición de Escalante en

Veracruz, y mató a varios españoles, incluso al mismo Escalante. La

cabeza del teniente español fué enviada a la ciudad de Méjico, porque

los indios que vivían al sur de lo que es hoy los Estados Unidos, no se

contentaban con quitar el cuero cabelludo a un enemigo, sino que le

cortaban la cabeza. Esto fué un terrible desastre, no tanto por la

pérdida de unos cuantos hombres, sino porque demostraba a los indios

(que era lo que querían probar los mensajeros) que los españoles no eran

dioses inmortales, sino que se les podía matar como a los demás hombres.

Cuando Cortés se enteró de la triste nueva, vió en el acto el peligro

que corría, y dió un golpe audaz para salvarse. Ya había hecho

fortificar de un modo seguro el edificio de adobe en que estaban

acuartelados los españoles, y entonces, yendo de noche con sus oficiales

a la casa del jefe guerrero, se apoderó de Moctezuma y amenazó matarle

si no entregaba en el acto los indios que habían atacado a Veracruz.

Moctezuma los entregó y Cortés los hizo quemar en público. Esto fué un

acto cruel; pero era sin duda necesario para causar una viva impresión a

los indígenas, so pena de ser aniquilados por ellos. No hay apología

posible para esa barbaridad; sin embargo, es justo medir a Cortés por el

rasero de aquel tiempo, y entonces reinaba la crueldad en todo el mundo.

Al llegar aquí, es divertido leer en algunos pretenciosos libros de

texto que «Cortés hizo encadenar a Moctezuma y le obligó a pagar un

rescate de seiscientos mil marcos de oro puro y una inmensa cantidad de

piedras preciosas». Esto se halla de acuerdo con las fábulas imposibles

que llevaron engañosamente a tantos exploradores a la desilusión y la

muerte, y es una buena muestra del brillo de oro con que algunos

historiadores, igualmente crédulos, rodean a la naciente América.

Moctezuma no compró su rescate; jamás volvió a gozar de libertad, y no

pagó cantidad alguna en oro; en cuanto a piedras preciosas, tal vez

tuviese unos pocos granates y turquesas verdes de escaso valor, y quizá

hasta alguna esmeralda, pero nada más.

En este momento crítico de su carrera, Cortés se vió amenazado desde

otro punto. Llególe la noticia de que Pánfilo de Narváez, de quien nos

ocuparemos más adelante, había desembarcado con 800 hombres, con el

objeto de arrestar a Cortés para llevárselo prisionero por su

desobediencia a Velázquez. Pero aquí se mostró de nuevo el genio del

conquistador de Méjico, y lo salvó. Marchando contra Narváez con 140

hombres, lo hizo prisionero; alistó bajo su bandera a los 800 que habían

venido a arrestarle, y apresuradamente regresó a la ciudad de Méjico.

Allí encontró que de día en día se ponía la situación más amenazadora.

Alvarado, a quien había confiado el mando, provocó al parecer un

conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que esto parezca, y

como tal se ha censurado, no fué más que una necesidad militar,

reconocida así por todos los que realmente conocen a los aborígenes, aun

en nuestros días. Los historiadores de gabinete han descrito a los

españoles como si hubiesen sorprendido villanamente un _festival_ del

país; pero esto es simplemente por ignorancia del asunto. Una danza

india _no es_ un festival; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un

macabro ensayo de matanza. Un indio nunca baila por diversión, y a

menudo sus bailes tienen más grave intento que el de divertir a otros.

En una palabra, Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile

que evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una

carnicería, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del

cotarro. Si lo hubiese logrado, nada habría sucedido, al menos por

algún tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su pequeña

fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.

Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan raramente reclutados, se

encontró con que la ciudad había cambiado de aspecto, y que sus hombres

estaban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tranquilamente que

Cortés entrase en la trampa, y después la cerraron de modo que no había

escapatoria. Allí estaban unos cuantos centenares de españoles

encerrados en su prisión, y los cuatro canales, que eran las únicas vías

para llegar a ella (porque la ciudad de Méjico era entonces una Venecia

americana), estaban atestados de muchos millares de enemigos.

El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Nahuatl habían ya

elegido un nuevo capitán de guerra, llamado Cuitlahuátzin, para

reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los

españoles le hicieron salir a la azotea para que hablase en favor suyo,

la furiosa muchedumbre de indios lo mató a pedradas. Entonces, al mando

de su nuevo caudillo, atacaron a los españoles con tal furia, que ni los

toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de chispa, fueron parte a

resistirlos, y no tuvieron los españoles más remedio que abrirse paso a

lo largo de uno de los canales, en una última y desesperada lucha por la

vida. El principio de aquella retirada de seis días, fué una de las

páginas más dolorosas que la historia de América. Aquella fué la NOCHE

TRISTE, tan celebrada en los romances y relatos españoles. Los sucesos

de tan terrible noche, robaron para siempre la dicha de muchos hogares

de la madre Patria, y las burbujas de sangre que cubrieron el lago

Tezcuco, llevaron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En

aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras partes de los

conquistadores, y los enloquecidos indios persiguieron a los heridos

supervivientes por encima de más de 800 cadáveres españoles.

Después de una terrible retirada de seis días, ocurrió la importante

batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los españoles

enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una desesperada lucha

cuerpo a cuerpo, que realmente decidió la suerte de Méjico. Cortés

marchó a Tlaxcala, levantó un ejército de indios que eran hostiles a la

federación, y con su ayuda puso sitio a aquella ciudad. Duró el asedio

setenta y tres días, y fué el más notable que registra la historia de

toda la América. Ocurrían todos los días luchas sangrientas. Los indios

se defendieron con denuedo; pero al fin el genio de Cortés triunfó, y el

día 13 de agosto de 1521, entró victorioso en la segunda de las grandes

ciudades del Nuevo Mundo.

Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan brevemente esbozadas,

despertaron en España una admiración sin límites, haciendo que la Corona

condonase su insubordinación a Velázquez. Las quejas de éste fueron

desoídas y Carlos V nombró a Cortés gobernador y capitán general de

Méjico, además de hacerle marqués del Valle de Oaxaca y otorgarle una

considerable pensión.

Investido y seguro con esta alta autoridad, Cortés sofocó un complot

contra él, y mandó ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de los

caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-militares,

cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios les hacían

peligrosos.

Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más insuperables parecían

las dificultades y peligros que se le presentaban, tropezó en lo que ha

causado la caída de muchos: el éxito. Al contrario de su analfabeto,

pero más noble y más grande primo Pizarro, la prosperidad le dañó y le

hizo perder la cabeza y el corazón. A pesar de los juicios poco

estudiados de algunos historiadores, Cortés no fué un conquistador

cruel. No tan sólo era un gran genio militar, sino que trataba con mucha

clemencia a los indios, y era muy querido de ellos. La llamada

carnicería de Cholula, no fué una mancha en su carrera, como algunos han

pretendido. La verdad, reivindicada al fin por la historia exacta, es

como sigue: Los indios lo habían atraído traidoramente a una trampa, so

pretexto de amistad. Era ya demasiado tarde para una retirada, cuando

averiguó que los indígenas intentaban atacarle. Y al ver el peligro que

corría, no halló más que una escapatoria, esto es, sorprender a los que

intentaban sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos

para caer sobre él; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es

simplemente el caso del que fué por lana y salió trasquilado.

No, Cortés no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vió

asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios

compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo que

es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que hizo

«desaparecer» a varias personas que cerraban el paso a su desmedida

ambición; y la infamia que colmó la medida fué el mal trato que dió a su

esposa. Tuvo Cortés mucho tiempo por amante a la hermosa india Malinche;

pero, después que conquistó a Méjico, su legítima esposa fué a dicho

país para compartir con él su fortuna. Mas el amor que le profesaba no

era tan grande como su ambición, y ella se lo estorbaba. Por fin, se la

halló una mañana estrangulada en su lecho.

Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse abiertamente contra España

y declararse emperador de Méjico. La Corona husmeó este lindo plan, y

envió emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron prisioneros a

sus hombres y se dispusieron a desbaratar sus planes secretos. Cortés se

apresuró audazmente a volver a España, donde se presentó a su soberano

con gran esplendor. Carlos V le dispensó buena acogida, y le condecoró

con la ilustre orden de Santiago, patrón de España. Pero su estrella

estaba ya declinando, y aun cuando se le permitió volver a Méjico,

aparentemente con el mismo poder, desde entonces fué vigilado y nada

hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos hechos.

Habíase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente

peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo de pocos años se

vió obligada la Corona a nombrar un virrey para desempeñar el gobierno

civil de Méjico, dejando a Cortés solamente el mando militar, con el

permiso de hacer nuevas conquistas. En el año 1536, Cortés descubrió la

Baja California, y exploró parte de su golfo. Al fin, disgustado por su

posición inferior, donde antes había sido supremo, volvió a España,

donde el rey le recibió muy fríamente. En 1541 acompañó a su soberano a

Argel como agregado, y se portó bizarramente en aquellas guerras. Sin

embargo, al regresar de nuevo a España se vió abandonado. Se cuenta que

un día en que Carlos V iba a un acto de ceremonia, Cortés montó en el

estribo de la regia carroza, resuelto a que se le oyera.

«--¿Quién sois?»--preguntó el rey malhumorado.

«--Soy»--replicó el altivo conquistador de Méjico,--«un hombre que ha

dado a V. M. más provincias que ciudades le dejaron sus abuelos.»

Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente la arrogancia y los

servicios de Cortés. Faltábale el modesto equilibrio de la grandeza

verdaderamente grande, como le faltaba a Colón. La presunción de uno y

otro, no hubiera sido posible para aquel hombre más grande que ambos: el

discreto Pizarro.

Al fin, disgustado, Cortés se retiró de la Corte, y el día 2 de

diciembre de 1554, el hombre que había sido el primero en abrir el

interior de América al mundo, falleció cerca de Sevilla.

Algunos exploradores hubo en la América del Sur cuyas proezas fueron tan

asombrosas como las de Cortés en Méjico. La conquista de los dos

continentes fué casi contemporánea, e igualmente notable por el más

elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por haber salvado

peligros espantosos y penalidades que eran casi sobrehumanas.

Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del Perú,

tenía 15 años más que su bizarro primo Cortés, y nació en la misma

provincia de España. Empezóse a hablar de él en América en el año 1510.

Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos sobrehumanos para llegar a

la desconocida y aurífera tierra del Perú, venciendo obstáculos que ni

siquiera Colón los había encontrado iguales, y arrostrando peligros y

penalidades mayores que los que sufrieron César y Napoleón. Desde 1532

hasta su muerte, acaecida en 1541, ocupóse en conquistar y explorar

aquel enorme país, y fundar una nueva nación entre sus feroces tribus,

luchando no sólo con numerosas hordas de indios, sino también con

hombres desalmados de su séquito, a manos de los cuales pereció

traidoramente. Pizarro halló y dominó el país más rico de Nuevo Mundo,

y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vió realizados, más que

ninguno de los otros conquistadores, los sueños dorados que todos

perseguían. Probablemente ninguna otra conquista, en la historia del

mundo, produjo tan rápida y deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna

se compró más cara en punto a penalidades y heroísmo. Algunos

historiadores ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el

prejuicio, han tratado muy injustamente la conquista de Pizarro; pero

esa historia maravillosa, cuyos detalles relataremos más adelante, está

depurándose y poniéndose en su lugar, como uno de los hechos más

estupendos y atrevidos de la Historia. Es la de un héroe a quien todos

los verdaderos americanos, jóvenes o viejos, harán justicia de buen

grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un

conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, inmoral y

peligroso; pero bajo la clara y verdadera luz de la historia de los

hechos, destaca ahora como uno de los más grandes hombres, hijos de su

propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le rodearon,

merece el mayor respeto y admiración por la figura que de sí mismo supo

labrar. La conquista del Perú no causó ni con mucho tanto derramamiento

de sangre como la sujeción final de las tribus indias de Virginia.

Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos como la guerra del «rey

Philip»[8] y fué mucho menos sanguinaria, porque era más abierta y

honrosa que cualquiera de las conquistas de Inglaterra en la India

Oriental. En el Perú, los más cruentos sucesos ocurrieron después de la

conquista, cuando los españoles empezaron a pelear unos contra otros, y

entonces Pizarro no fué el agresor, sino la víctima. Todo se debió a la

traición de sus propios aliados, de los hombres a quienes había

procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendieron en una comarca

tan vasta como los Estados de California, Oregón y una gran parte del de

Washington, o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y

200 millas tierra adentro, y en una tierra donde había abundantes indios

mejor organizados y más adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo

llevo a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados. ¡A tal

grandeza llegó el pobre, ignorante y desvalido porquero de Trujillo! Fué

uno de los grandes capitanes que han existido, y casi tan noble como

organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, que fué el primero en

la costa del Pacífico de la América del Sur.

Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, sometió aquel vasto territorio

de los crueles araucanos con un «ejército» de doscientos hombres.

Estableció la primera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero

siguiente fundó la actual ciudad de Santiago de Chile. De sus largas y

encarnizadas guerras con los araucanos no hablaremos aquí por falta de

espacio. Fué muerto por los indígenas el día 3 de diciembre de 1553, con

casi todos sus hombres, después de una desesperada e indescriptible

lucha.

No tenemos aquí bastante espacio para relatar los portentosos hechos que

ocurrieron en el continente del sur o en la parte inferior de la América

del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil González Dávila, en 1523;

la conquista de Guatemala, por Pedro de Alvarado, en 1524; la de

Yucatán, por Francisco de Montijo, que empezó en 1526; la de Nueva

Granada, por Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1536; las conquistas y

exploración de Bolivia, del Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas

cataratas habían penetrado los españoles en 1530, con casi sobrehumanos

esfuerzos); las incomparables guerras con los araucanos en Chile (por

espacio de dos siglos), con los tarrahumares en Chihuahua, con los

tepehuenes en Durango y los indómitos yaquis en el noroeste de Méjico

las proezas del capitán Martín de Hurdaile (el Daniel Boone de Sinaloa

y Sonora), y de centenares de otros desconocidos españoles, que hubieran

alcanzado renombre universal, si hubiesen sabido de ellos los

trompeteros de la fama.

VI

LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO

Antes de que Cortés conquistase a Méjico, o que Pizarro y Valdivia

viesen las tierras con las que debían asociar sus nombres para siempre,

otros españoles--menos conquistadores, pero tan grandes exploradores

como ellos--cambiaban rápidamente la geografía del Nuevo Mundo. También

Francia se había despertado un poco; y en el año 1500 su bizarro hijo,

el capitán Gonneville, se había embarcado. Pero entre él y el siguiente

explorador, que fué un florentino pagado por los franceses, hubo un

lapso de veinticuatro años; y en ese tiempo España llevó a cabo cuatro

importantísimos hechos.

Fernao Magalhaes, a quien conocemos con el nombre de Fernando

Magallanes, nació en Portugal el año de 1470; y al llegar a su viril

edad adoptó la vida de marino, a la cual le inclinaba su carácter

aventurero. En el Viejo Mundo no se hablaba más que del Nuevo, y

Magallanes anhelaba explorar las Américas. Por haberle tratado muy

desabridamente el rey de Portugal, se alistó bajo la bandera de España,

donde se reconoció su talento. Salió de la Península, al mando de una

expedición española, el 10 de agosto de 1519, y navegando más al sur de

lo que fueran otros marinos, descubrió el Cabo de Hornos y el estrecho

que lleva su nombre. El hado no le permitió llevar más lejos sus

descubrimientos, ni recoger el galardón de los que realizara, pues

durante ese viaje (en 1521) fué descuartizado por los indígenas de una

de las islas Molucas. Su heroico lugarteniente, Juan Sebastián de

Elcano, tomó entonces el mando y continuó el viaje hasta dar la vuelta

al globo por vez primera en la historia. Cuando regresó a España, la

Corona premió sus brillantes hechos y le dió, entre otros honores, un

escudo que tenía por blasón un globo y el lema «_tu primus circumdedisti

me_» (tú fuiste el primero en dar la vuelta en torno mío).

Juan Ponce de León, descubridor de la Florida, primer Estado de nuestra

Unión que vieron los europeos, fué un explorador tan desgraciado como

Magallanes; porque vino a la «Tierra de las flores», atraído por el

fantástico mito de una fuente de perenne juventud, tan sólo para ser

víctima de los indios que la habitaban. Ponce de León nació en San

Servás (España), en el último tercio del siglo XV. Conquistó la isla de

Puerto Rico, y embarcándose en 1512 en busca de la Florida, de la que

tenía noticia por los indios, descubrió la nueva tierra el mismo año, y

tomó posesión de ella en nombre de España. Se le dió el título de

Adelantado de la Florida, y en el año 1521 volvió con tres buques para

conquistar su nuevo país; pero fué mortalmente herido en una lucha con

los indios, muriendo al regresar a Cuba. Fué uno de los bravos españoles

que acompañaron a Colón en su segundo viaje a América, en 1493.

Mucho más que Ponce de León hizo Hernando de Soto en la Florida. Este

valiente conquistador nació en Extremadura, hacia el año 1495. Pedro

Arias de Avila tomó afecto a su joven y perspicaz pariente, le ayudó a

obtener una educación universitaria, y en el año 1519 lo llevó consigo

en su expedición a Darién. Soto ganó prestigio en el Nuevo Mundo, y

llegó a ser considerado como un oficial prudente y valeroso. En 1528

mandó una expedición para explorar la costa de Guatemala y Yucatán; en

1523 llevó un refuerzo de 300 hombres para ayudar a Pizarro en la

conquista del Perú. En aquella aurífera tierra, Soto obtuvo grandes

riquezas, y el pobre soldado que desembarcara en América sin más que su

espada y su escudo, volvió a España con lo que entonces se consideraba

una enorme fortuna. Allí se casó con una hija de su protector Avila, y

de este modo fué cuñado del descubridor del Pacífico, Balboa. Soto

prestó una parte de su fácilmente adquirida fortuna al emperador Carlos,

que con las constantes guerras había agotado el erario, y Carlos lo

envió como gobernador de Cuba y Adelantado de la nueva provincia de la

Florida. En 1538 se hizo a la mar con un ejército de seiscientos hombres

muy bien equipados, grupo de aventureros atraídos a la bandera de su

famoso compatriota por el deseo de hacer descubrimientos y hallar oro.

La expedición desembarcó en la Florida, en la bahía del Espíritu Santo,

en mayo de 1539, y volvió a tomar posesión de aquel ignoto desierto en

nombre de España.

Pero el brillante éxito que alcanzó Soto en los montes del Perú, pareció

abandonarle del todo en los pantanos de la Florida. Es digno de notarse

que casi todos los exploradores que hicieron maravillas en la América

del Sur, fracasaron cuando llevaban sus operaciones al continente del

norte. Era tan completamente distinta la geografía física de ambos, que

después de acostumbrarse a las necesidades del uno, el explorador

parecía incapaz de adaptarse a las condiciones opuestas del otro.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 3 / 17 段