fueron los españoles los primeros que llevaron al Nuevo Mundo caballos,
carneros y otros animales domésticos), y juzgaron que aquellos extraños
y pálidos recién venidos, que iban sentados en bestias de cuatro patas y
llevaban camisas de hierro y palos que despedían truenos, sin duda
debían de ser dioses.
Allí se exaltó la imaginación de los aventureros con áureas leyendas de
Montezuma, mito que no engañó a Cortés más paladinamente de lo que ha
engañado a algunos historiadores modernos, quienes parecen no saber
distinguir entre lo que _oyó_ Cortés y lo que _halló_ en realidad. Le
dijeron que Montezuma--cuyo nombre propiamente es Moctezuma, o bien
Motecuzoma, que significa «Nuestro Airado Jefe»,--era «Emperador» de
Méjico, y que treinta «Reyes», llamados _caciques_, eran sus vasallos;
que poseía incalculables riquezas y un poder absoluto, y que su morada
resplandecía entre oro y piedras preciosas. Hasta algunos amenos
historiadores han caído en el desatino de aceptar como verdaderas estas
imposibles leyendas. Nunca ha habido en Méjico más que dos emperadores:
Agustín de Itúrbide y el infortunado Maximiliano; ambos en el siglo XIX.
Moctezuma no fué emperador, ni siquiera rey de Méjico. La organización
social y política de los antiguos mejicanos era exactamente igual a la
de los indios llamados «Pueblo» de Nuevo Méjico en la época actual: una
democracia militar, con una poderosa y complicada organización
religiosa, que ejerce su «poder detrás del trono». Moctezuma era
simplemente el Tlacatécutle, o sea el jefe guerrero de los Nahuatl (que
así se llamaban los antiguos mejicanos), y no era ni el supremo ni el
único ejecutivo. De su ignominioso fin puede fácilmente deducirse cuán
poca era su importancia[7].
Cuando hubo fundado Veracruz, Cortés se hizo elegir gobernador y capitán
general (que era el más alto grado militar) de aquel nuevo país; y
después de quemar sus naves, como el famoso general griego, para hacer
imposible la retirada, empezó su marcha a través del imponente desierto
que se extendía ante su vista.
Entonces fué cuando Cortés empezó a dar muestras del genio militar que
le colocó a mayor altura que los demás exploradores de América,
excepción hecha de Pizarro. Con sólo un puñado de hombres, pues había
dejado parte de sus fuerzas en Veracruz al mando de su teniente
Escalante, en una tierra desconocida, poblada de enemigos poderosos e
indómitos, de poco le hubiera servido el valor y la fuerza bruta. Pero,
con una diplomacia tan rara como brillante, descubrió los puntos débiles
de la organización de los indios; fomentó la división que causaban los
celos entre las tribus; hizo aliados suyos de los que secreta o
abiertamente se oponían a la federación de tribus de Moctezuma--liga
algo parecida a las Seis Naciones de nuestra propia historia,--y de
este modo redujo en gran manera las fuerzas que tenía que combatir.
Después de derrotar a las tribus de Tlaxcala y Cholula, Cortés llegó por
fin a la extraña ciudad lacustre de Méjico, con su escasa tropa española
engrosada con 6,000 aliados indios. Moctezuma lo recibió con gran
ceremonia; pero sin duda con intención traicionera. Mientras él
obsequiaba a sus visitantes en una gran casa de adobe--no un «palacio»,
como dicen las historias, porque no había ningún palacio en Méjico,--uno
de los subjefes de su liga atacó la pequeña guarnición de Escalante en
Veracruz, y mató a varios españoles, incluso al mismo Escalante. La
cabeza del teniente español fué enviada a la ciudad de Méjico, porque
los indios que vivían al sur de lo que es hoy los Estados Unidos, no se
contentaban con quitar el cuero cabelludo a un enemigo, sino que le
cortaban la cabeza. Esto fué un terrible desastre, no tanto por la
pérdida de unos cuantos hombres, sino porque demostraba a los indios
(que era lo que querían probar los mensajeros) que los españoles no eran
dioses inmortales, sino que se les podía matar como a los demás hombres.
Cuando Cortés se enteró de la triste nueva, vió en el acto el peligro
que corría, y dió un golpe audaz para salvarse. Ya había hecho
fortificar de un modo seguro el edificio de adobe en que estaban
acuartelados los españoles, y entonces, yendo de noche con sus oficiales
a la casa del jefe guerrero, se apoderó de Moctezuma y amenazó matarle
si no entregaba en el acto los indios que habían atacado a Veracruz.
Moctezuma los entregó y Cortés los hizo quemar en público. Esto fué un
acto cruel; pero era sin duda necesario para causar una viva impresión a
los indígenas, so pena de ser aniquilados por ellos. No hay apología
posible para esa barbaridad; sin embargo, es justo medir a Cortés por el
rasero de aquel tiempo, y entonces reinaba la crueldad en todo el mundo.
Al llegar aquí, es divertido leer en algunos pretenciosos libros de
texto que «Cortés hizo encadenar a Moctezuma y le obligó a pagar un
rescate de seiscientos mil marcos de oro puro y una inmensa cantidad de
piedras preciosas». Esto se halla de acuerdo con las fábulas imposibles
que llevaron engañosamente a tantos exploradores a la desilusión y la
muerte, y es una buena muestra del brillo de oro con que algunos
historiadores, igualmente crédulos, rodean a la naciente América.
Moctezuma no compró su rescate; jamás volvió a gozar de libertad, y no
pagó cantidad alguna en oro; en cuanto a piedras preciosas, tal vez
tuviese unos pocos granates y turquesas verdes de escaso valor, y quizá
hasta alguna esmeralda, pero nada más.
En este momento crítico de su carrera, Cortés se vió amenazado desde
otro punto. Llególe la noticia de que Pánfilo de Narváez, de quien nos
ocuparemos más adelante, había desembarcado con 800 hombres, con el
objeto de arrestar a Cortés para llevárselo prisionero por su
desobediencia a Velázquez. Pero aquí se mostró de nuevo el genio del
conquistador de Méjico, y lo salvó. Marchando contra Narváez con 140
hombres, lo hizo prisionero; alistó bajo su bandera a los 800 que habían
venido a arrestarle, y apresuradamente regresó a la ciudad de Méjico.
Allí encontró que de día en día se ponía la situación más amenazadora.
Alvarado, a quien había confiado el mando, provocó al parecer un
conflicto atacando un baile de los indios. Por cruel que esto parezca, y
como tal se ha censurado, no fué más que una necesidad militar,
reconocida así por todos los que realmente conocen a los aborígenes, aun
en nuestros días. Los historiadores de gabinete han descrito a los
españoles como si hubiesen sorprendido villanamente un _festival_ del
país; pero esto es simplemente por ignorancia del asunto. Una danza
india _no es_ un festival; es, generalmente, y lo era en aquel caso, un
macabro ensayo de matanza. Un indio nunca baila por diversión, y a
menudo sus bailes tienen más grave intento que el de divertir a otros.
En una palabra, Alvarado, viendo que los indios se dedicaban a un baile
que evidentemente no era otra cosa que el preludio supersticioso de una
carnicería, quiso arrestar a los hechizadores y a otros jefes del
cotarro. Si lo hubiese logrado, nada habría sucedido, al menos por
algún tiempo. Pero los indios eran demasiado numerosos para su pequeña
fuerza, y los belicosos cabecillas pudieron escaparse.
Cuando regresó Cortés con sus 800 hombres, tan raramente reclutados, se
encontró con que la ciudad había cambiado de aspecto, y que sus hombres
estaban sitiados en sus cuarteles. Los indios dejaron tranquilamente que
Cortés entrase en la trampa, y después la cerraron de modo que no había
escapatoria. Allí estaban unos cuantos centenares de españoles
encerrados en su prisión, y los cuatro canales, que eran las únicas vías
para llegar a ella (porque la ciudad de Méjico era entonces una Venecia
americana), estaban atestados de muchos millares de enemigos.
El indio rara vez se excusa por un fracaso; y los Nahuatl habían ya
elegido un nuevo capitán de guerra, llamado Cuitlahuátzin, para
reemplazar al inepto Moctezuma. Este continuaba prisionero, y cuando los
españoles le hicieron salir a la azotea para que hablase en favor suyo,
la furiosa muchedumbre de indios lo mató a pedradas. Entonces, al mando
de su nuevo caudillo, atacaron a los españoles con tal furia, que ni los
toscos falconetes, ni los más toscos fusiles de chispa, fueron parte a
resistirlos, y no tuvieron los españoles más remedio que abrirse paso a
lo largo de uno de los canales, en una última y desesperada lucha por la
vida. El principio de aquella retirada de seis días, fué una de las
páginas más dolorosas que la historia de América. Aquella fué la NOCHE
TRISTE, tan celebrada en los romances y relatos españoles. Los sucesos
de tan terrible noche, robaron para siempre la dicha de muchos hogares
de la madre Patria, y las burbujas de sangre que cubrieron el lago
Tezcuco, llevaron el luto y el dolor a muchos amantes corazones. En
aquellas pocas horribles horas, perecieron dos terceras partes de los
conquistadores, y los enloquecidos indios persiguieron a los heridos
supervivientes por encima de más de 800 cadáveres españoles.
Después de una terrible retirada de seis días, ocurrió la importante
batalla en los llanos de Otumba, donde se vieron los españoles
enteramente cercados; pero se abrieron paso tras una desesperada lucha
cuerpo a cuerpo, que realmente decidió la suerte de Méjico. Cortés
marchó a Tlaxcala, levantó un ejército de indios que eran hostiles a la
federación, y con su ayuda puso sitio a aquella ciudad. Duró el asedio
setenta y tres días, y fué el más notable que registra la historia de
toda la América. Ocurrían todos los días luchas sangrientas. Los indios
se defendieron con denuedo; pero al fin el genio de Cortés triunfó, y el
día 13 de agosto de 1521, entró victorioso en la segunda de las grandes
ciudades del Nuevo Mundo.
Estas asombrosas proezas de Cortés, aquí tan brevemente esbozadas,
despertaron en España una admiración sin límites, haciendo que la Corona
condonase su insubordinación a Velázquez. Las quejas de éste fueron
desoídas y Carlos V nombró a Cortés gobernador y capitán general de
Méjico, además de hacerle marqués del Valle de Oaxaca y otorgarle una
considerable pensión.
Investido y seguro con esta alta autoridad, Cortés sofocó un complot
contra él, y mandó ejecutar al nuevo caudillo y a muchos de los
caciques, que no eran potentados, sino oficiales religioso-militares,
cuyo ascendiente sobre las supersticiones de los indios les hacían
peligrosos.
Pero Cortés, cuyo genio brillaba más cuanto más insuperables parecían
las dificultades y peligros que se le presentaban, tropezó en lo que ha
causado la caída de muchos: el éxito. Al contrario de su analfabeto,
pero más noble y más grande primo Pizarro, la prosperidad le dañó y le
hizo perder la cabeza y el corazón. A pesar de los juicios poco
estudiados de algunos historiadores, Cortés no fué un conquistador
cruel. No tan sólo era un gran genio militar, sino que trataba con mucha
clemencia a los indios, y era muy querido de ellos. La llamada
carnicería de Cholula, no fué una mancha en su carrera, como algunos han
pretendido. La verdad, reivindicada al fin por la historia exacta, es
como sigue: Los indios lo habían atraído traidoramente a una trampa, so
pretexto de amistad. Era ya demasiado tarde para una retirada, cuando
averiguó que los indígenas intentaban atacarle. Y al ver el peligro que
corría, no halló más que una escapatoria, esto es, sorprender a los que
intentaban sorprenderle; caer sobre ellos antes de que estuviesen listos
para caer sobre él; y esto es precisamente lo que hizo. Lo de Cholula es
simplemente el caso del que fué por lana y salió trasquilado.
No, Cortés no era cruel con los indios; pero, tan pronto como vió
asegurado su poder, se hizo un tirano cruel para sus propios
compatriotas, un traidor a sus amigos y hasta a su propio rey, y lo que
es peor, un desalmado asesino. Hay pruebas evidentes de que hizo
«desaparecer» a varias personas que cerraban el paso a su desmedida
ambición; y la infamia que colmó la medida fué el mal trato que dió a su
esposa. Tuvo Cortés mucho tiempo por amante a la hermosa india Malinche;
pero, después que conquistó a Méjico, su legítima esposa fué a dicho
país para compartir con él su fortuna. Mas el amor que le profesaba no
era tan grande como su ambición, y ella se lo estorbaba. Por fin, se la
halló una mañana estrangulada en su lecho.
Obcecado por su ambición, proyectó rebelarse abiertamente contra España
y declararse emperador de Méjico. La Corona husmeó este lindo plan, y
envió emisarios que se incautaron de sus bienes, hicieron prisioneros a
sus hombres y se dispusieron a desbaratar sus planes secretos. Cortés se
apresuró audazmente a volver a España, donde se presentó a su soberano
con gran esplendor. Carlos V le dispensó buena acogida, y le condecoró
con la ilustre orden de Santiago, patrón de España. Pero su estrella
estaba ya declinando, y aun cuando se le permitió volver a Méjico,
aparentemente con el mismo poder, desde entonces fué vigilado y nada
hizo ya que pudiese compararse con sus primeros y portentosos hechos.
Habíase vuelto muy poco escrupuloso, en extremo vengativo y sobradamente
peligroso para dejarle en plena autoridad, y al cabo de pocos años se
vió obligada la Corona a nombrar un virrey para desempeñar el gobierno
civil de Méjico, dejando a Cortés solamente el mando militar, con el
permiso de hacer nuevas conquistas. En el año 1536, Cortés descubrió la
Baja California, y exploró parte de su golfo. Al fin, disgustado por su
posición inferior, donde antes había sido supremo, volvió a España,
donde el rey le recibió muy fríamente. En 1541 acompañó a su soberano a
Argel como agregado, y se portó bizarramente en aquellas guerras. Sin
embargo, al regresar de nuevo a España se vió abandonado. Se cuenta que
un día en que Carlos V iba a un acto de ceremonia, Cortés montó en el
estribo de la regia carroza, resuelto a que se le oyera.
«--¿Quién sois?»--preguntó el rey malhumorado.
«--Soy»--replicó el altivo conquistador de Méjico,--«un hombre que ha
dado a V. M. más provincias que ciudades le dejaron sus abuelos.»
Sea o no verdad esta anécdota, ilustra gráficamente la arrogancia y los
servicios de Cortés. Faltábale el modesto equilibrio de la grandeza
verdaderamente grande, como le faltaba a Colón. La presunción de uno y
otro, no hubiera sido posible para aquel hombre más grande que ambos: el
discreto Pizarro.
Al fin, disgustado, Cortés se retiró de la Corte, y el día 2 de
diciembre de 1554, el hombre que había sido el primero en abrir el
interior de América al mundo, falleció cerca de Sevilla.
Algunos exploradores hubo en la América del Sur cuyas proezas fueron tan
asombrosas como las de Cortés en Méjico. La conquista de los dos
continentes fué casi contemporánea, e igualmente notable por el más
elevado genio militar, el más impertérrito valor, y por haber salvado
peligros espantosos y penalidades que eran casi sobrehumanas.
Francisco Pizarro, el analfabeto pero invencible conquistador del Perú,
tenía 15 años más que su bizarro primo Cortés, y nació en la misma
provincia de España. Empezóse a hablar de él en América en el año 1510.
Desde 1524 a 1532, estuvo haciendo esfuerzos sobrehumanos para llegar a
la desconocida y aurífera tierra del Perú, venciendo obstáculos que ni
siquiera Colón los había encontrado iguales, y arrostrando peligros y
penalidades mayores que los que sufrieron César y Napoleón. Desde 1532
hasta su muerte, acaecida en 1541, ocupóse en conquistar y explorar
aquel enorme país, y fundar una nueva nación entre sus feroces tribus,
luchando no sólo con numerosas hordas de indios, sino también con
hombres desalmados de su séquito, a manos de los cuales pereció
traidoramente. Pizarro halló y dominó el país más rico de Nuevo Mundo,
y, no obstante sus incomparables sufrimientos, vió realizados, más que
ninguno de los otros conquistadores, los sueños dorados que todos
perseguían. Probablemente ninguna otra conquista, en la historia del
mundo, produjo tan rápida y deslumbradora riqueza, y ciertamente ninguna
se compró más cara en punto a penalidades y heroísmo. Algunos
historiadores ignorantes de los hechos reales, y obcecados por el
prejuicio, han tratado muy injustamente la conquista de Pizarro; pero
esa historia maravillosa, cuyos detalles relataremos más adelante, está
depurándose y poniéndose en su lugar, como uno de los hechos más
estupendos y atrevidos de la Historia. Es la de un héroe a quien todos
los verdaderos americanos, jóvenes o viejos, harán justicia de buen
grado. Por mucho tiempo se nos ha presentado a Pizarro como un
conquistador sanguinario y cruel, como un hombre egoísta, inmoral y
peligroso; pero bajo la clara y verdadera luz de la historia de los
hechos, destaca ahora como uno de los más grandes hombres, hijos de su
propio esfuerzo, y que, considerando las circunstancias que le rodearon,
merece el mayor respeto y admiración por la figura que de sí mismo supo
labrar. La conquista del Perú no causó ni con mucho tanto derramamiento
de sangre como la sujeción final de las tribus indias de Virginia.
Escasamente hizo tantas víctimas de peruanos como la guerra del «rey
Philip»[8] y fué mucho menos sanguinaria, porque era más abierta y
honrosa que cualquiera de las conquistas de Inglaterra en la India
Oriental. En el Perú, los más cruentos sucesos ocurrieron después de la
conquista, cuando los españoles empezaron a pelear unos contra otros, y
entonces Pizarro no fué el agresor, sino la víctima. Todo se debió a la
traición de sus propios aliados, de los hombres a quienes había
procurado fama y fortuna. Sus conquistas se extendieron en una comarca
tan vasta como los Estados de California, Oregón y una gran parte del de
Washington, o como nuestro litoral desde Nueva Escocia a Port Royal y
200 millas tierra adentro, y en una tierra donde había abundantes indios
mejor organizados y más adelantados del hemisferio Occidental; y esto lo
llevo a cabo con menos de 300 hombres harapientos y desgarbados. ¡A tal
grandeza llegó el pobre, ignorante y desvalido porquero de Trujillo! Fué
uno de los grandes capitanes que han existido, y casi tan noble como
organizador y como ejecutivo de un nuevo imperio, que fué el primero en
la costa del Pacífico de la América del Sur.
Pedro de Valdivia, conquistador de Chile, sometió aquel vasto territorio
de los crueles araucanos con un «ejército» de doscientos hombres.
Estableció la primera colonia en Chile en 1540, y en el mes de febrero
siguiente fundó la actual ciudad de Santiago de Chile. De sus largas y
encarnizadas guerras con los araucanos no hablaremos aquí por falta de
espacio. Fué muerto por los indígenas el día 3 de diciembre de 1553, con
casi todos sus hombres, después de una desesperada e indescriptible
lucha.
No tenemos aquí bastante espacio para relatar los portentosos hechos que
ocurrieron en el continente del sur o en la parte inferior de la América
del Norte: la conquista de Nicaragua, por Gil González Dávila, en 1523;
la conquista de Guatemala, por Pedro de Alvarado, en 1524; la de
Yucatán, por Francisco de Montijo, que empezó en 1526; la de Nueva
Granada, por Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1536; las conquistas y
exploración de Bolivia, del Amazonas y del Orinoco (hasta cuyas
cataratas habían penetrado los españoles en 1530, con casi sobrehumanos
esfuerzos); las incomparables guerras con los araucanos en Chile (por
espacio de dos siglos), con los tarrahumares en Chihuahua, con los
tepehuenes en Durango y los indómitos yaquis en el noroeste de Méjico
las proezas del capitán Martín de Hurdaile (el Daniel Boone de Sinaloa
y Sonora), y de centenares de otros desconocidos españoles, que hubieran
alcanzado renombre universal, si hubiesen sabido de ellos los
trompeteros de la fama.
VI
LA VUELTA ALREDEDOR DEL MUNDO
Antes de que Cortés conquistase a Méjico, o que Pizarro y Valdivia
viesen las tierras con las que debían asociar sus nombres para siempre,
otros españoles--menos conquistadores, pero tan grandes exploradores
como ellos--cambiaban rápidamente la geografía del Nuevo Mundo. También
Francia se había despertado un poco; y en el año 1500 su bizarro hijo,
el capitán Gonneville, se había embarcado. Pero entre él y el siguiente
explorador, que fué un florentino pagado por los franceses, hubo un
lapso de veinticuatro años; y en ese tiempo España llevó a cabo cuatro
importantísimos hechos.
Fernao Magalhaes, a quien conocemos con el nombre de Fernando
Magallanes, nació en Portugal el año de 1470; y al llegar a su viril
edad adoptó la vida de marino, a la cual le inclinaba su carácter
aventurero. En el Viejo Mundo no se hablaba más que del Nuevo, y
Magallanes anhelaba explorar las Américas. Por haberle tratado muy
desabridamente el rey de Portugal, se alistó bajo la bandera de España,
donde se reconoció su talento. Salió de la Península, al mando de una
expedición española, el 10 de agosto de 1519, y navegando más al sur de
lo que fueran otros marinos, descubrió el Cabo de Hornos y el estrecho
que lleva su nombre. El hado no le permitió llevar más lejos sus
descubrimientos, ni recoger el galardón de los que realizara, pues
durante ese viaje (en 1521) fué descuartizado por los indígenas de una
de las islas Molucas. Su heroico lugarteniente, Juan Sebastián de
Elcano, tomó entonces el mando y continuó el viaje hasta dar la vuelta
al globo por vez primera en la historia. Cuando regresó a España, la
Corona premió sus brillantes hechos y le dió, entre otros honores, un
escudo que tenía por blasón un globo y el lema «_tu primus circumdedisti
me_» (tú fuiste el primero en dar la vuelta en torno mío).
Juan Ponce de León, descubridor de la Florida, primer Estado de nuestra
Unión que vieron los europeos, fué un explorador tan desgraciado como
Magallanes; porque vino a la «Tierra de las flores», atraído por el
fantástico mito de una fuente de perenne juventud, tan sólo para ser
víctima de los indios que la habitaban. Ponce de León nació en San
Servás (España), en el último tercio del siglo XV. Conquistó la isla de
Puerto Rico, y embarcándose en 1512 en busca de la Florida, de la que
tenía noticia por los indios, descubrió la nueva tierra el mismo año, y
tomó posesión de ella en nombre de España. Se le dió el título de
Adelantado de la Florida, y en el año 1521 volvió con tres buques para
conquistar su nuevo país; pero fué mortalmente herido en una lucha con
los indios, muriendo al regresar a Cuba. Fué uno de los bravos españoles
que acompañaron a Colón en su segundo viaje a América, en 1493.
Mucho más que Ponce de León hizo Hernando de Soto en la Florida. Este
valiente conquistador nació en Extremadura, hacia el año 1495. Pedro
Arias de Avila tomó afecto a su joven y perspicaz pariente, le ayudó a
obtener una educación universitaria, y en el año 1519 lo llevó consigo
en su expedición a Darién. Soto ganó prestigio en el Nuevo Mundo, y
llegó a ser considerado como un oficial prudente y valeroso. En 1528
mandó una expedición para explorar la costa de Guatemala y Yucatán; en
1523 llevó un refuerzo de 300 hombres para ayudar a Pizarro en la
conquista del Perú. En aquella aurífera tierra, Soto obtuvo grandes
riquezas, y el pobre soldado que desembarcara en América sin más que su
espada y su escudo, volvió a España con lo que entonces se consideraba
una enorme fortuna. Allí se casó con una hija de su protector Avila, y
de este modo fué cuñado del descubridor del Pacífico, Balboa. Soto
prestó una parte de su fácilmente adquirida fortuna al emperador Carlos,
que con las constantes guerras había agotado el erario, y Carlos lo
envió como gobernador de Cuba y Adelantado de la nueva provincia de la
Florida. En 1538 se hizo a la mar con un ejército de seiscientos hombres
muy bien equipados, grupo de aventureros atraídos a la bandera de su
famoso compatriota por el deseo de hacer descubrimientos y hallar oro.
La expedición desembarcó en la Florida, en la bahía del Espíritu Santo,
en mayo de 1539, y volvió a tomar posesión de aquel ignoto desierto en
nombre de España.
Pero el brillante éxito que alcanzó Soto en los montes del Perú, pareció
abandonarle del todo en los pantanos de la Florida. Es digno de notarse
que casi todos los exploradores que hicieron maravillas en la América
del Sur, fracasaron cuando llevaban sus operaciones al continente del
norte. Era tan completamente distinta la geografía física de ambos, que
después de acostumbrarse a las necesidades del uno, el explorador
parecía incapaz de adaptarse a las condiciones opuestas del otro.