presentado bajo ambos aspectos. Era un hombre notable, y, teniendo en
cuenta su época y su profesión, era un hombre bueno. A la fe del genio,
reunía una maravillosa energía y tenacidad, y gracias a su testarudez
pudo llevar a cabo una idea que ahora nos parece naturalísima, pero que
entonces todo el mundo consideraba absurda. Mientras se limitó a la
profesión a que se había dedicado y en la que probablemente ni tenía
entonces quien le igualase, sus hechos fueron portentosos. Pero cuando,
después de medio siglo de navegante, de repente se convirtió en virrey,
vino a ser como el proverbial «marino en tierra»: se perdió por
completo. En el desempeño de su nuevo cargo, fué poco práctico, tozudo y
hasta perjudicial a la colonización del Nuevo Mundo. Se ha dado en la
flor de acusar a los reyes de España de baja ingratitud para con Colón;
pero esto es injusto. La culpa la tuvo él con sus propios actos, que
hicieron necesarias y justas las rigurosas medidas de la Corona. No era
buen administrador, ni tenía elevados principios morales, sin los cuales
ningún gobernante puede ganar prestigio. Sus fracasos no eran debidos a
bellaquería, sino a ciertas debilidades y a su ineptitud en general para
el desempeño de su nuevo cargo, al cual, a sus años, le era difícil
adaptarse.
Hay muchos retratos de Colón, pero probablemente ninguno se le parece.
En su tiempo era desconocida la fotografía, y no sabemos que ninguno de
sus retratos se tomase del natural. Todos los que se conocen, con una
sola excepción, se hicieron después de su muerte, y todos de memoria o
ajustándose a descripciones de su semblante. Se le representa alto e
imponente, de aspecto severo, ojos grises, nariz aguileña, mejillas
coloradas y pecosas y pelo cano, y gustaba de llevar el hábito gris de
los misioneros franciscanos. Han quedado algunas de sus cartas
originales, con su notable autógrafo, y un dibujo que se le atribuye.
IV
HACIENDO GEOGRAFÍA
Mientras Colón navegaba de un lado a otro del Océano, entre el Viejo y
el Nuevo Mundo descubierto por él, y construía ciudades y daba nombre a
futuras naciones, Inglaterra parecía casi dispuesta a meter baza. Europa
entera sintióse pronto conmovida por las extrañas noticias procedentes
de España. Movióse entonces Inglaterra, valiéndose de un veneciano
conocido por el nombre de Sebastián Cabot. El día 5 de marzo de
1496--cuatro años después del descubrimiento de Colón,--Enrique VII de
Inglaterra expidió una patente a «Juan Gabote, ciudadano de Venecia» y
sus tres hijos, autorizándoles para navegar hacia occidente en un viaje
de exploración. Juan y su hijo Sebastián salieron de Bristol en 1497, y
al nacer el día 24 de junio del mismo año vieron el continente de
América,--probablemente la costa de Nueva Escocia;--pero nada más
hicieron. Después de su regreso a Inglaterra, murió el viejo Cabot. En
mayo de 1498 emprendió Sebastián su segundo viaje, que probablemente le
llevó a la Bahía de Hudson y unos cuantos centenares de millas costa
abajo. Hay pocas probabilidades en favor de la hipótesis de que llegase
a ver parte alguna de lo que es hoy los Estados Unidos. Navegaba errante
por los mares del Norte, de tal modo, que los 300 colonos que se llevó,
perecieron de frío en el mes de julio.
Inglaterra no trató muy bien a su primer explorador, y en 1512 entró
Cabot al servicio, más grato, de España. En 1517 salió para las
posesiones españolas de las Antillas, y en ese viaje le acompañó un
inglés llamado Tomás Pert. En agosto de 1526 volvió a salir Cabot con
otra expedición española, con rumbo al Pacífico, ya descubierto por un
héroe español; pero se amotinaron sus oficiales y se vió obligado a
abandonar la empresa. Exploró el Río de la Plata en una extensión de mil
millas, aproximadamente; construyó un fuerte en una de las bocas del
Paraná, y exploró parte de dicho río y del Paraguay, pues la América del
Sur había sido posesión española durante casi una generación. De allí
regresó a España, y más tarde a Inglaterra, donde murió, por el año de
1557.
Se han perdido todos los mapas imperfectos que hizo Cabot del Nuevo
Mundo, a excepción de uno que se conserva en Francia; y no ha quedado de
ese navegante documento alguno. Cabot era un verdadero explorador y debe
incluírsele en la lista de los primeros de América; pero como uno, cuyo
trabajo fué infructuoso y sin consecuencias, y que vió el Nuevo Mundo,
pero no hizo en él nada practico. Era hombre de gran valor y de tenaz
perseverancia, y se le recordará siempre como descubridor de Terranova y
del extremo superior del Continente norteamericano.
Después de Cabot, Inglaterra durmió una siesta de más de medio siglo.
Cuando se despabiló, se encontró con que los despiertos hijos de España
se habían esparcido por la mitad del Nuevo Mundo, y que hasta Francia y
Portugal la habían dejado rezagada. Cabot, que no era inglés, fué el
primer explorador que envió Inglaterra; y a éste siguieron Drake y
Hawkins, y más tarde los capitanes Amadas y Barlow, con lapsos de
setenta y cinco y ochenta y siete años respectivamente, durante los
cuales una gran parte de los dos continentes había sido descubierta,
explorada y poblada por otras naciones, de las que decididamente iba
España a la cabeza. Colón, el primer explorador que envió España, no era
español; pero con su primer descubrimiento se inició una corriente tan
impetuosa y tan constante de exploradores nacidos en España, que en cien
años hicieron más en América que todas las otras naciones de Europa
juntas en los primeros trescientos años. Cabot vió, pero nada hizo; y
tres cuartos de siglo después Sir John Hawkins y Sir Francis Drake--de
quienes hacen las viejas historias grandes elogios, pero que se
enriquecieron vendiendo infelices africanos como esclavos y con sus
piraterías contra buques y ciudades indefensas de las colonias de
España, con las que Inglaterra se hallaba en paz,--vieron los Antillas y
el Pacífico, cuando hacía más de medio siglo que eran posesiones
españolas. Drake fué el primer inglés que pasó por el Estrecho de
Magallanes, y lo hizo sesenta años después que aquel heroico portugués
lo descubriera y bautizara con su sangre y su vida. Drake fué
probablemente el primero que vió la tierra que hoy llamamos Oregón,
único descubrimiento que hizo de alguna importancia. _Tomó posesión_ de
Oregón para Inglaterra, con el nombre de «Nueva Albión»; pero la vieja
Albión jamás fundó allí colonia alguna.
Sir John Hawkins, pariente de Drake, fué como éste un marino
distinguido; pero no un verdadero descubridor ni explorador. Ninguno de
los dos exploró o colonizó el Nuevo Mundo, y ninguno tampoco dejó en la
historia de éste más honda impresión que si nunca hubieran nacido. Drake
llevó a Inglaterra las primeras patatas; pero no se soñó siquiera en la
importancia de tal descubrimiento hasta mucho tiempo después, y eso por
otros hombres.
Los capitanes Amadas y Barlow, en 1584, vieron la costa en el Cabo
Hatteras y la isla de Roanoke, y se alejaron de ella sin resultado
permanente. Al siguiente año, Sir Richard Grenville descubrió el Cabo
Fear, y de ahí no pasó. Siguieron las famosas, pero pequeñas
expediciones de Sir Walter Raleigh a Virginia, al Orinoco y a Nueva
Guinea, y los menos importantes viajes de John Davis al Noroeste, en
1585-87.
No debemos tampoco olvidar los infructuosos viajes del valiente Martín
Frobisher a la Groenlandia, en 1576-81. No hubo más exploraciones de
Inglaterra en América hasta el siglo XVII. En 1602, el capitán Gosnold
costeó casi todo el litoral del Atlántico, particularmente alrededor del
Cabo Cod; y hasta cinco años más tarde no empezó la ocupación del Nuevo
Mundo por Inglaterra. La primera colonia inglesa que hizo gran papel en
la historia--como no lo hizo Jamestown--fué la de los Padres Peregrinos,
en 1602; y esos no vinieron con el objeto de inaugurar un mundo nuevo,
sino para huir de la intolerancia del viejo. En realidad, como ha hecho
notar Mr. Winsor, los sajones no tuvieron gran interés por América sino
cuando empezaron a comprender que ofrecía oportunidades al _comercio_.
Pero, si volvemos los ojos a España, ¡cuánto no hizo en los cien años
que pasaron después de Colón y antes del desembarco de los fugitivos
ingleses en Plymouth Rock! En 1499 Vicente Yáñez de Pinzón, compañero de
Colón, descubrió la costa del Brasil y reclamó dicho país en nombre de
España; pero no dejó allí colonia alguna. Hizo sus descubrimientos cerca
de las bocas del Amazonas y del Orinoco, y fué el primer europeo que vió
el mayor río del mundo. Al año siguiente, Pedro Alvarez Cabral,
portugués, fué arrojado a la costa del Brasil por una tormenta; tomó
posesión en nombre de Portugal y fundó allí una colonia.
En cuanto a Américo Vespucio, el insignificante aventurero, cuya fama de
tal modo eclipsa sus hechos, son en extremo dudosas sus pretensiones por
lo que toca a América. Vespucio nació en Florencia, en 1451, y era un
hombre instruído, pues su padre ejercía de notario y tenía un tío
dominico que le enseñó humanidades. Fué dependiente de la gran casa de
los Médicis, y hallándose a su servicio, lo enviaron a España en 1490.
Estando allí, entró al empleo del comerciante que equipó la segunda
expedición de Colón, el cual era un florentino llamado Juanoto Berardi.
Cuando éste murió, en 1495, dejó sin terminar una contrata para equipar
doce buques para la Corona; y se encargó a Vespucio que llevase a cabo
la contrata. No hay razón alguna para creer que acompañase a Colón en su
primero, ni en su segundo viaje. Según su propio relato, salió de Cádiz
el día 10 de mayo de 1497, en una expedición española, y llegó al
continente de América diez y ocho días antes de que lo viese Cabot. Es
ridículo el supuesto de algunas enciclopedias de que Vespucio
«probablemente se remontó por el norte hasta el cabo Hatteras». Hay
pruebas innegables de que nunca vió ni una pulgada del Nuevo Mundo al
norte del Ecuador. Volviendo a España a fines de 1498, se embarcó de
nuevo el 16 de mayo de 1499, en compañía de Ojeda, con rumbo a Santo
Domingo, y en ese viaje empleó unos diez y ocho meses. Salió de Lisboa
en su tercer viaje, el 10 de mayo de 1501, con destino al Brasil. No es
cierto, aun cuando lo digan las enciclopedias, que descubriese y diese
nombre a la bahía de Río Janeiro: ambos honores pertenecen a Cabral,
verdadero descubridor y explorador del Brasil y hombre de mucha más
importancia histórica que Vespucio. El cuarto viaje de este último le
llevó a Lisboa, el 10 de junio de 1503, a Bahía, y de allí a Cabo Frío,
donde construyó un pequeño fuerte. En 1504 regresó a Portugal, y al año
siguiente a España, donde murió en 1512.
La historia de estos viajes no tiene más fundamento que el propio relato
de Vespucio, el cual no merece entero crédito. Es probable que no se
hiciese a la mar en todo el año 1497, y es del todo cierto que no tuvo
la menor participación en los verdaderos descubrimientos del Nuevo
Mundo.
El nombre de «América» lo inventó y aplicó por primera vez en 1507 un
mal informado impresor alemán, llamado Waldzeemüller, a cuyo poder
llegaron los documentos de Vespucio. La historia está llena de
injusticias; pero nunca se ha cometido otra mayor que ese bautismo de
América. Con igual razón hubiera podido llamársela Valdzeemüllera. El
primer mapa del Nuevo Mundo lo hizo el español Juan de la Cosa, en
1500[4], y ese mapa le parecería hoy muy raro a cualquier chico de la
escuela. La primera geografía de América, que data de 1517, se debe a
Enciso, un español.
Es grato pasar de un hombre harto ponderado y de hechos muy dudosos, a
esos verdaderos pero casi desconocidos héroes portugueses que se
llamaron Gaspar y Miguel Corte-Real. Gaspar salió de Lisboa el año
1500, y descubrió y dió nombre a Labrador. En 1501 se embarcó de nuevo
en Portugal para el mar Artico, y no se le volvió a ver. Después de
esperar un año, su hermano Miguel dirigió una expedición para
rescatarlo; pero también él pereció, con todos sus hombres, entre los
témpanos del mar del Norte. Un tercer hermano quiso salir en busca de
los perdidos exploradores; pero se lo prohibió el rey, quien envió una
expedición de dos buques para salvarlos: sin embargo, no se halló la
menor huella de los valientes Corte-Reales ni de ninguno de sus hombres.
Tales fueron las exploraciones de América hasta fines de la primera
década del siglo XVI: una serie de viajes atrevidos y peligrosos (de los
cuales sólo hemos mencionado los más notables de la gran invasión
española), que dieron como resultante el establecimiento de unas cuantas
colonias efímeras pero importantes únicamente como un atisbo por las
puertas del Nuevo Mundo. Las verdaderas penalidades y peligros, la
verdadera exploración y conquista de las Américas, comenzaron con la
década de 1510 a 1520: principio de una centuria de exploraciones y
conquistas tales como jamás vió el mundo antes, ni ha vuelto a ver
después. España lo hizo todo, salvo las heroicas pero comparativamente
pequeñas hazañas de Portugal en la América del Sur, entre los sitios
conquistados por España. El siglo XVI, en lo que afecta al Nuevo Mundo,
no tiene paralelo en la historia militar, y produjo, o mejor dicho,
desarrolló hombres tales que en sus proezas sobrepujaron en alto grado a
cuantos conquistadores vinieron después. Nuestra parte del hemisferio
jamás ha dado a la historia unos capítulos de conquista tan
sorprendentes como los que grabaron, en los formidables y selváticos
desiertos del sur, Cortés, Pizarro, Valdivia y Quesada, los más grandes
dominadores de la América salvaje.
Hubo por lo menos otros cien héroes españoles en aquella época,
desconocidos de la fama y enterrados en la obscuridad hasta que la
verdadera historia les dé su bien ganada gloria. No hay motivo para
creer que esos héroes olvidados fuesen más _capaces_ de realizar grandes
hazañas que nuestros Israel Putnams, Ethan Allens, Francis Marions y
Daniel Boones; pero _hicieron_ cosas mucho más grandes, espoleados por
una mayor necesidad y en el momento perentorio. He dicho un centenar;
pero realmente la lista es demasiado larga para ni siquiera catalogarla
aquí; y el ocuparnos de sus más grandes cofrades, nos dará materia
suficiente para llenar este libro. Ninguna otra nación madre, dió jamás
a luz cien Stanleys y cuatro Julios Césares en un siglo; pero eso es una
parte de lo que hizo España para el Nuevo Mundo. Pizarro, Cortés,
Valdivia y Quesada tienen derecho a ser llamados los Césares del Nuevo
Mundo, y ninguna de las conquistas, en la historia de América, puede
compararse con las que ellos llevaron a cabo. Es sumamente difícil decir
cuál de los cuatro fué el más grande; si bien para el historiador sólo
hay una respuesta posible. La elección está, por de contado, entre
Cortés y Pizarro, y durante mucho tiempo se ha hecho con error. Cortés
fué el primero en el orden cronológico, y sus hechos se realizaron más
cerca de nuestro país. Era un hombre muy ilustrado en su época y, como
César, tenía la ventaja de saber escribir su propia biografía; mientras
que su primo lejano Pizarro, no sabía leer ni escribir y firmaba con una
cruz; notable contraste con la firma bien trazada y elegante, en aquella
época, de Hernán Cortés. Pero Pizarro, que desde un principio tuvo la
desventaja de su falta de instrucción; que se vió obligado a luchar con
penalidades y obstáculos infinitamente mayores que Cortés, y supo
conquistar un territorio tan grande como el de éste con una tercera
parte de hombres, mucho más violentos y rebeldes, fué, sin duda alguna,
el más grande de los españoles que fueron a América, y a la vez el más
grande de los dominadores del Nuevo Mundo. Por esta razón, y porque ha
sido tratado con tan supina injusticia, he escogido su maravillosa
carrera, que se relatará más adelante, como ejemplo del supremo heroísmo
de los primeros exploradores españoles.
Pero, si bien Pizarro fué el más grande, los cuatro citados son dignos
de ser considerados como los Césares de América.
Lo cierto es que aquel grande hombre, pequeño y calvo, de la antigua
Roma, que llena con sus hechos las páginas de la historia antigua,
ninguna proeza llevó a cabo que superase las de cada uno de esos cuatro
héroes españoles, los cuales, con unos pocos compatriotas harapientos en
vez de las férreas legiones romanas, conquistaron cada uno un
inconcebible desierto, tan salvaje como el que halló César, y cinco
veces mayor. La opinión popular hizo durante mucho tiempo una gran
injusticia a esos y otros de los conquistadores españoles,
empequeñeciendo sus hechos militares por causa de la gran superioridad
de sus armas sobre los indígenas, y acusándoles de crueles y despiadados
en la exterminación de los aborígenes. La luz clara y fría de la
verdadera historia nos los presenta de un modo muy distinto. En primer
lugar, la ventaja de las armas apenas era otra cosa que una superioridad
moral en inspirar el terror al principio entre los naturales, puesto que
las tristemente toscas e ineficaces armas de fuego de aquella época,
apenas eran más peligrosas que los arcos y las flechas que se les
oponían. Su eficacia no tenía mucho mayor alcance que las flechas, y
eran diez veces más lentas en sus disparos. En cuanto a las pesadas y
generalmente dilapidadas armaduras de los españoles y de sus caballos,
no protegían del todo a unos ni a otros contra las flechas de cabeza de
ágata de los indígenas, y colocaban al hombre y al bruto en desventaja
para luchar con sus ágiles enemigos en un lance extremo, además de ser
una carga muy pesada con el calor de los trópicos. La «artillería» de
aquellos tiempos era casi tan inútil como los ridículos arcabuces. En
cuanto a su comportamiento con los indígenas, hay que reconocer que los
que resistieron a los españoles fueron tratados con muchísima menos
crueldad que los que se hallaron en el camino de otros colonizadores
europeos. Los españoles no exterminaron _ninguna_ nación aborígena--como
exterminaron docenas de ellas nuestros antepasados[5]--y, además, cada
primera y necesaria lección sangrienta iba seguida de una educación y
de cuidados humanitarios. Lo cierto es que la población india de las que
fueron posesiones españolas en América, es hoy mayor de lo que era en
tiempo de la conquista, y este asombroso contraste de condiciones y la
lección que encierra respecto del contraste de los métodos, es la mejor
contestación a los que han pervertido la historia.
Sin embargo, antes de hablar de los grandes conquistadores, debemos
bosquejar la vida aventurera y el fin trágico del descubridor del océano
Pacífico, Vasco Núñez de Balboa.
En uno de los más hermosos poemas escritos en lengua inglesa, se lee:
«Como el bravo Cortés, cuando con ojos de águila
Contemplaba al Pacífico, mientras sus hombres
Mirábanse absortos en raras conjeturas,
Silenciosos todos sobre un pico de Darién.»
Pero Keats se equivocó. No fué Cortés el primero que vió el Pacífico,
sino Balboa, y cinco años antes de que Cortés sentase la planta en el
continente de América.
Nació Balboa en la provincia de Extremadura, en 1475. Embarcóse, con
Bastidas, con rumbo al Nuevo Mundo en 1501, y entonces vió Darién; pero
se estableció en la isla Española. Nueve años después se trasladó con
Enciso a Darién, y allí permaneció. La vida en el Nuevo Mundo era
entonces muy turbulenta, y los primeros años de la de Balboa fueron muy
movidos; pero tenemos que pasarlos por alto. Pronto hubo disturbios en
la colonia de Darién. Enciso fué depuesto y llevado a España como
prisionero, y Balboa tomó el mando. A su llegada a España, Enciso echó
toda la culpa a Balboa, y consiguió que el rey condenara a éste por el
delito de alta traición. Al saber esto, determinó Balboa dar un golpe
maestro cuya resonancia le granjease de nuevo el favor del rey. Había
oído a los indígenas hablar de otro océano y del Perú--los que no habían
visto todavía ojos europeos,--y se hizo el propósito de hallarlos. En
septiembre de 1513, se embarcó para Coyba con 190 hombres, y desde aquel
punto, con sólo 90 que le siguieron, atravesó a pie el istmo hasta
llegar al Pacífico, realizando uno de los viajes más horribles que puede
imaginarse, por su longitud. Fué el 26 de septiembre de 1513 el día en
que, desde la cima de una sierra, los harapientos y ensangrentados
héroes contemplaron la inmensidad azul del mar del Sur, que no se llamó
Pacífico hasta mucho tiempo después. Bajaron a la costa, y Balboa,
vadeando el nuevo océano hasta la rodilla; blandiendo en alto su espada
con la mano derecha, y con la izquierda el invicto pendón de Castilla,
tomó posesión solemne de aquel mar en nombre del rey de España.
Los exploradores regresaron a Darién en 18 de enero de 1514, y Balboa
envió a España una relación de su gran descubrimiento.
Pero Pedro Arias de Avila había ya salido de la madre patria para
substituirle. Al fin la nueva de la proeza de Balboa llegó a
conocimiento del rey, el cual le perdonó y le nombró Adelantado; y algún
tiempo después casó el descubridor con la hija de Pedro Arias. Siempre
con grandes planes, Balboa condujo el material necesario a través del
istmo con muchísimo trabajo, y en las playas del azul Pacífico construyó
dos bergantines, que fueron los primeros buques que se hicieron en las
Américas. Con éstos tomó posesión de las islas de las Perlas, y después
salió en busca del Perú; pero tuvo que retroceder por la fuerza de las
tormentas, que pusieron un fin desastroso a su empresa. Su suegro,
celoso del brillante porvenir de Balboa le llamó a Darién, engañándolo
con un mensaje traicionero; y le prendió y lo hizo ejecutar públicamente
el año 1517, acusándolo falsamente de alta traición. Tenía Balboa todo
el temple de un gran explorador, y a no ser por la infame acción de
Avila, es probable que hubiese alcanzado más altos honores. Su valor era
pura audacia, y su energía incansable; pero fué imprudente y descuidado
en su actitud con respecto a la Corona.
V
CAPÍTULO DE LA CONQUISTA
Mientras el descubridor del mayor de los océanos estaba aún tratando de
averiguar sus lejanos misterios, un guapo, atlético y gallardo joven
español, que estaba destinado a hacer mucho más ruido en la historia,
empezaba a dar que hablar desde los umbrales de América, de cuyos reinos
centrales debía ser más tarde el conquistador.
Hernando Cortés pertenecía a una noble y empobrecida familia española, y
nació en Extremadura diez años después que Balboa. A la edad de 14 años
lo enviaron a estudiar leyes a la ciudad de Salamanca; pero el espíritu
aventurero del hombre se manifestaba con fuerza en el endeble muchacho,
y a los dos años salió de aquel centro y se fué a su hogar con la
determinación de entregarse a una vida errabunda. No se hablaba de otra
cosa que de Colón y de su Nuevo Mundo, y ¿qué joven arriscado podía
quedarse entonces en España para bucear en enmohecidos libros de leyes?
Ciertamente no era de esos el impertérrito Hernando.
Accidentes imprevistos impidiéronle acompañar dos expediciones para las
cuales se había preparado; pero al fin, en 1504, se hizo a la vela con
rumbo a Santo Domingo, nueva colonia de España, en la que prestó tan
buenos servicios, que el comandante Ovando le ascendió varias veces,
alcanzando la fama de ser un soldado modelo. En 1511 acompañó a
Velázquez a Cuba, y fué nombrado alcalde de Santiago, donde ganó nuevo
prestigio por su valor y firmeza en circunstancias muy críticas. Entre
tanto, Francisco Hernández de Córdoba, descubridor de Yucatán, héroe del
que debemos limitarnos a hacer esta breve mención, había anunciado su
importante descubrimiento. Un año después, Grijalba, teniente de
Velázquez, había seguido el derrotero de Córdoba, remontándose más al
norte, hasta que por fin descubrió Méjico. No hizo, sin embargo,
esfuerzo alguno para conquistar o colonizar la nueva tierra, lo cual
indignó tanto a Velázquez, que degradó a Grijalba y confió la conquista
a Cortés.
El ambicioso joven se embarcó en Santiago de Cuba el 18 de noviembre de
1518, con menos de 700 hombres y 12 pequeños cañones de los llamados
falconetes. Apenas se había alejado del puerto, Velázquez se arrepintió
de haberle dado tan buena ocasión de distinguirse, y en seguida envió
fuerza para arrestarlo y conducirlo a su presencia. Pero Cortés era el
ídolo de su pequeño ejército y, seguro de su afecto, se resistió a los
emisarios de Velázquez y se mantuvo firme en su empresa. Desembarcó en
la costa de Méjico el 4 de marzo de 1519, cerca de lo que es hoy la
ciudad de Veracruz, que él fundó y fué la primera ciudad europea en el
continente de América al sur de Méjico.
El desembarco de los españoles causó tanta sensación como causaría hoy
la llegada a Nueva York de un ejército procedente del planeta Marte.