La menor de las dificultades que se presentaban a los descub

[Illustration: CHARLES F. LUMMIS]

Los

Exploradores españoles

del Siglo XVI

VINDICACIÓN DE LA ACCIÓN COLONIZADORA

ESPAÑOLA EN AMÉRICA

OBRA ESCRITA EN INGLÉS POR

CHARLES F. LUMMIS

VERSIÓN CASTELLANA CON DATOS

BIOGRÁFICOS DEL AUTOR POR

ARTURO CUYÁS

QUINTA EDICION

[Illustration: logo]

CASA EDITORIAL ARALUCE

CORTES, NÚM. 392 :: BARCELONA

1922

ES PROPIEDAD DEL EDITOR.

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA

LA LEY.

RESERVADOS LOS DERECHOS DE TRADUCCIÓN

Y REPRODUCCIÓN.

COPYRIGHT, 1916, BY R. DE S. N. ARALUCE

Al distinguido ingeniero

D. Juan C. Cebrián

de cuyo amor a España, acrisolado durante su larga residencia en

los Estados Unidos, son prueba evidente la generosidad y largueza

con que ha contribuido a la diseminación de obras de cultura en

ambos paises, sin otro objetivo que el de procurar el adelanto

y enaltecer el nombre de nuestra Patria, dedican la versión y

publicación de esta obra como público testimonio de gratitud, sus

leales amigos y admiradores,

Ramón de S. N. Araluce Arturo Cuyás

Nota biográfica acerca del autor

Antes de empezar la lectura de un libro,

procura saber algo tocante a la personalidad

del autor. DAVID PRYDE

Este libro es una gallarda reivindicación de España y de sus métodos de

colonización en el Nuevo Mundo. Avalora y encarece esta reivindicación

el ser obra espontánea, desinteresada, y por ende imparcial, de un

ilustrado escritor norteamericano, y fruto de sus estudios,

investigaciones y concienzudos juicios. Basta leer el Prefacio de su

libro, para poder apreciar el móvil que le impulsó a escribirlo y la

sinceridad y entusiasmo que puso en su labor.

Es natural que los hechos y proezas de los exploradores españoles

despertasen el interés y la admiración de un hombre como Mr. Lummis,

cuya vida ha sido una continua serie de pasmosos esfuerzos, trabajos y

penalidades, que le han obligado a luchar con obstáculos al parecer

insuperables, y que sólo por el vigor de su naturaleza y por la indómita

fuerza de su voluntad ha sabido vencer y dominar.

Una biografía detallada de este hombre extraordinario parecería más bien

una leyenda o una novela, que la historia real y verdadera de una

viviente personalidad. Algunos tendrán por increíble la realización de

todo cuanto ha emprendido y llevado a cabo Mr. Lummis en 56 años de

vida. Pero ahí están sus obras y sus éxitos y la fortuna que ha sabido

labrarse a fuerza de trabajo y perseverancia, que lo evidencian y lo

acreditan.

Nació Mr. Charles Fletcher Lummis en Lynn, población fabril del Estado

de Massachusetts, el día primero de marzo de 1859. Estudió y se graduó a

los 22 años, en la Universidad de Harvard, cercana a Boston, y publicó

entonces un librito de poesías, impreso sobre corteza de álamo raspada

por sus manos hasta dejarla como hojas de papel fino.

Al año siguiente trasladóse a Ohío, donde publicó _The Scioto Gazette_,

y movido por su espíritu aventurero, emprendió en septiembre de 1883 una

marcha a pie desde Ohío hasta California, llegado a Los Angeles después

de recorrer 5,642 kilómetros en 147 días.

Fué admitido como redactor del _Daily Times_ de Los Angeles al día

siguiente de su llegada, y más tarde logró ser uno de los propietarios

del periódico.

Pero el trabajo intenso y excesivo que sostuvo durante cuatro años fué

causa de un ataque de hemiplejía que le paralizó todo el lado izquierdo

y le privó del habla. Entonces se trasladó a Nuevo Méjico con la firme

voluntad de reponerse, y allí estuvo cuatro años entre los indígenas,

los cuales aprovechó para estudiar sus costumbres y tradiciones y sus

cantos populares y para aprender dos de sus idiomas.

En un libro interesantísimo, titulado _My friend Will_, en que «el amigo

Will», representa su voluntad, describe Mr. Lummis los novelescos

incidentes relacionados con el proceso de su curación, que fué completa,

recobrando el habla así como el movimiento y la agilidad de sus miembros

por efecto de una vida ruda y montaraz y de la tenacidad de su

propósito. Posteriormente ha sufrido y podido vencer otros dos ataques,

que en una persona de otro temple hubieran tenido fatal desenlace. Hace

algunos años quedó ciego; pero ha vuelto a recobrar la vista después de

mucho tiempo.

No obstante estos padecimientos físicos y el dolor moral que le causó la

pérdida de su quinto hijo, Amado, la labor de Mr. Lummis en los campos

de la literatura, de la exploración y de la investigación, ha sido

intensa y fecunda.

Asociado con Mr. A. F. Bandelier, el cual ha aplicado métodos

científicos al estudio de la historia, emprendieron los dos juntos una

expedición etnológica e histórica, recorriendo Tejas, Colorado, Utah,

Arizona y California en los Estados Unidos, y después Méjico, la América

Central, Perú y Bolivia, visitando los parajes donde se desarrollaron

los principales hechos de los exploradores y colonizadores españoles.

«He recorrido--dice él mismo en una carta--unos dos millones de millas

de Hispano-América, no como turista, sino como un hijo del país; con

cartas oficiales de recomendación para diversos Gobiernos y poniéndome

en relaciones con ellos; pero familiarizándome al propio tiempo con

gente de todas las clases sociales; puesto que un país se compone de

todas ellas, desde los mendigos y los peones hasta los hombres de

ciencias y los gobernantes. Y he tenido la suerte de conocer y tratar a

todas esas clases.»

Lo cual es garantía del profundo conocimiento que ha adquirido Mr.

Lummis respecto del asunto de que trata este libro.

De regreso a Los Angeles en 1894, funda y dirige dos periódicos, y

construye su casa de piedra con sus propias manos, ayudado de algunos

indios.

Desde entonces, ha recibido títulos de varias Universidades; ha sido

fundador y presidente de sociedades para educar a los indios, para

conservar los monumentos históricos de California; fundador y secretario

de la Sociedad de Arqueología del Sudoeste; miembro vitalicio del

Instituto Arqueológico de América, y miembro activo y honorario de

muchas otras sociedades.

En el año 1907 fundó en Los Angeles el _Southwest Museum_, al cual ha

hecho donación de su copiosa biblioteca particular, la más rica en

libros referentes a la América española, y de su colección de objetos

arqueológicos hispano-americanos, que se valúa en más de cien mil

dólares.

Además de muchos artículos para la Enciclopedia Británica, la Americana,

y diversas revistas y periódicos, ha publicado 15 obras, entre ellas:

«Villagran's New México» «Benavides Memorial of 1630» y uno referente a

la República de Méjico bajo el gobierno del general Porfirio Díaz.

Por último este notable americanista, explorador, arqueólogo,

historiador, novelista, periodista y fundador de Sociedades y museos, ha

tenido tiempo para investigar las costumbres de los indios; ha traducido

sus canciones al inglés; las ha puesto en notación de música, y desde

hace 15 años se ocupa en compilar para un Diccionario Enciclopédico,

cuantos datos biográficos, geográficos, históricos, etnológicos y

arqueológicos acerca de América se hallan en libros y documentos

publicados desde el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta 1850. Será una

obra monumental, cuya publicación se propone costear y dirigir, con

ayuda de varios competentes redactores.

Mucho deberá América a ese infatigable y filantrópico historiógrafo;

pero no menos le debe España por la noble defensa y la justa y

entusiástica loa que ha hecho de los héroes españoles que descubrieron y

exploraron aquel mundo. Reconociendo esta deuda, el Gobierno español ha

tenido a bien manifestar su alto aprecio de la labor de Mr. Lummis,

agraciándole con la encomienda de Isabel la Católica.

A. C.

Los conceptos que en este libro se exponen han entrado ya a ocupar su

sitio en la literatura histórica; pero forman una base enteramente nueva

para una obra de carácter popular. Por ser nueva, tal vez aquellos que

no han seguido del todo la marcha reciente de la investigación

científica, pongan en duda su exactitud. Puedo afirmar que las

apreciaciones y los asertos que se hacen en este libro son rigurosamente

exactos y que yo estoy dispuesto a defenderlos desde el punto de vista

de la ciencia histórica.

Y digo esto no tan sólo por razón del aprecio personal en que tengo al

autor, sino muy especialmente en vista del mérito de su obra y del valor

que tiene para los jóvenes de la presente y de futuras generaciones.

AD. F. BANDELIER.

PREFACIO

Porque creo que todo joven sajón-americano ama la justicia y admira el

heroísmo tanto como yo, me he decidido a escribir este libro. La razón

de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es,

sencillamente, porque hemos sido mal informados. Su historia no tiene

paralelo; pero nuestros libros de texto no han reconocido esa verdad, si

bien ahora ya no se atreven a disputarla. Gracias a la nueva escuela de

historia americana vamos ya aprendiendo esa verdad, que se gozará en

conocer todo americano de sentimientos varoniles. En este país de

hombres libres y valientes, el prejuicio de la raza, la más supina de

todas las ignorancias humanas, debe desaparecer. Debemos respetar la

virilidad más que el nacionalismo, y admirarla por lo que vale

dondequiera que la hallemos; y la hallaremos en todas partes. Los hechos

que levantan a la humanidad no provienen de una sola raza. Podemos haber

nacido dondequiera--esto es un mero accidente--; mas para llegar a ser

héroes, debemos crecer por medios que no son accidentes ni

provincialismos, sino por la propia naturaleza y para gloria de la

humanidad.

Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles

fué la más grande, la más larga y la más maravillosa serie de valientes

proezas que registra la historia. En mis mocedades no le era posible a

un muchacho anglosajón aprender esa verdad; aun hoy es sumamente

difícil, dado que sea posible. Convencido de que es inútil la tarea de

buscar en uno o en todos los libros de texto ingleses, una pintura

exacta de los héroes españoles del Nuevo Mundo, me hice el propósito de

que ningún otro joven americano amante del heroísmo y de la justicia,

tuviese necesidad de andar a tientas en la obscuridad como a mí me ha

sucedido; pero no habrá de agradecerme a mí, tanto como al amigo de

ambos, A. F. Bandelier, maestro de la nueva escuela[1], los siguientes

atisbos de los hechos más interesantes de la historia. Sin la luz que

este aventajado discípulo del gran Humboldt ha derramado con su

erudición sobre los primeros tiempos de América, no hubiera sido posible

escribir este libro, ni hubiese podido escribirlo yo, sin su personal y

generosa ayuda.

C. F. L.

LOS

EXPLORADORES ESPAÑOLES

DEL SIGLO XVI

I

LA NACIÓN EXPLORADORA

Es ya un hecho reconocido por la historia que los piratas escandinavos

habían descubierto y hecho algunas expediciones a la América del Norte

mucho antes que pusiera su planta en ella Cristóbal Colón. El

historiador que hoy considere aquel descubrimiento de los escandinavos

como un mito, o como algo incierto, demuestra no haber leído nunca las

Sagas. Vinieron aquellos hombres del Norte, y hasta acamparon en el

Nuevo Mundo antes del año 1000; pero no hicieron más que acampar; no

construyeron pueblos, y realmente nada añadieron a los conocimientos del

mundo; nada hicieron para merecer el título de exploradores. El honor de

dar América al mundo pertenece a España; no solamente el honor del

descubrimiento, sino el de una exploración que duró varios siglos y que

ninguna otra nación ha igualado en región alguna. Es una historia que

fascina, y, sin embargo, nuestros historiadores no le han hecho hasta

ahora sino escasa justicia. La historia fundada sobre principios

verdaderos era una ciencia desconocida hasta hace cosa de un siglo; y la

opinión pública fué ofuscada durante mucho tiempo por los estrechos

juicios y falsas deducciones de historiadores que sólo estudian en los

libros. Algunos de estos hombres han sido no tan sólo escritores

íntegros, sino también amenos; pero su misma popularidad ha servido para

difundir más sus errores. Su época ha pasado, y principia a brillar una

nueva luz. Ningún hombre estudioso se atreve ya a citar a Prescott o a

Irving o a ningún otro de sus secuaces, como autoridades de la historia;

hoy sólo se les considera como brillantes noveladores y nada más. Es

menester que alguien haga tan populares las verdades de la historia de

América como lo han sido las fábulas, y tal vez pase mucho tiempo antes

de que salga un Prescott sin equivocaciones; entre tanto, yo quisiera

ayudar a los jóvenes americanos a penetrarse de las verdades en que se

basarán de aquí en adelante las historias. Este libro no es una

historia; es sencillamente un hito que marca el verdadero punto de

vista, la idea amplia, y tomándolo como punto de partida, los que tengan

interés en ello podrán con más seguridad llevar adelante la

investigación de los detalles, mientras que aquellos que no puedan

proseguir sus estudios, poseerán siquiera un conocimiento general del

capítulo más romántico y más repleto de valientes proezas que contiene

la historia de América.

No se nos ha enseñado a apreciar lo asombroso que ha sido el que una

nación mereciese una parte tan grande del honor de descubrir América; y,

sin embargo, cuando lo estudiamos a fondo, es en extremo sorprendente.

Había un Viejo Mundo grande y civilizado: de repente se halló un Nuevo

Mundo, el más importante y pasmoso descubrimiento que registran los

anales de la Humanidad. Era lógico suponer que la magnitud de ese

acontecimiento conmovería por igual la inteligencia de todas las

naciones civilizadas, y que todas ellas se lanzarían con el mismo empeño

a sacar provecho de lo mucho que entrañaba ese descubrimiento en

beneficio del género humano. Pero en realidad no fué así. Hablando en

general, el espíritu de empresa de toda Europa se concentró en una

nación, que no era por cierto la más rica o la más fuerte.

A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir y explorar la

América, de cambiar las nociones geográficas del mundo y de acaparar los

conocimientos y los negocios por espacio de siglo y medio. Y esa nación

fué España.

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en

calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de

españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las

tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España.

Imaginad qué reino tendrían entonces Fernando e Isabel, además de su

pequeño jardín de Europa: medio mundo desconocido, en el cual viven hoy

una veintena de naciones civilizadas, y en cuya inmensa superficie, la

más nueva y la más grande de las naciones no es sino un pedazo. ¡Qué

vértigo se hubiera apoderado de Colón si hubiese podido entrever la

inconcebible planta cuyas semillas, por nadie adivinadas, tenía en sus

manos aquella hermosa mañana de octubre de 1492!

También fué España la que envió un florentino de nacimiento, a quien un

impresor alemán hizo padrino de medio mundo, que no tenemos seguridad

que él conociese; pero que estamos seguros de que no debiera llevar su

nombre. Llamar América a este continente en honor de Amérigo Vespucci

fué una injusticia, hija de la ignorancia, que ahora nos parece

ridícula; pero de todos modos, también fué España la que envió el varón

cuyo nombre lleva el Nuevo Mundo.

Poco más hizo Colón que descubrir la América, lo cual es ciertamente

bastante gloria para un hombre. Pero en la valerosa nación que hizo

posible el descubrimiento, no faltaron héroes que llevasen a cabo la

labor que con él se iniciaba. Ocurrió ese hecho un siglo antes de que

los anglosajones pareciesen despertar y darse cuenta de que realmente

_existía_ un nuevo mundo; durante ese siglo la flor de España realizó

maravillosos hechos. Ella fué la única nación de Europa que no dormía.

Sus exploradores, vestidos de malla, recorrieron Méjico y Perú, se

apoderaron de sus incalculables riquezas e hicieron de aquellos reinos

partes integrantes de España. Cortés había conquistado y estaba

colonizando un país salvaje doce veces más extenso que Inglaterra,

muchos años antes que la primera expedición de gente inglesa hubiese

siquiera visto la costa donde iba a fundar colonias en el Nuevo Mundo, y

Pizarro realizó aún más importantes obras. Ponce de León había tomado

posesión en nombre de España de lo que es ahora uno de los Estados de

nuestra República, una generación antes de que los sajones pisasen

aquella comarca. Aquel primer viandante por la América del Norte, Alvaro

Núñez Cabeza de Vaca, había hecho a pie un recorrido incomparable a

través del continente, desde la Florida al Golfo de California, medio

siglo antes de que nuestros antepasados sentasen la planta en nuestro

país. Jamestown, la primera población inglesa en la América del Norte,

no se fundó hasta 1607, y ya por entonces estaban los españoles

permanentemente establecidos en la Florida y Nuevo Méjico, y eran dueños

absolutos de un vasto territorio más al Sur. Habían ya descubierto,

conquistado y casi colonizado la parte _interior_ de América, desde el

nordeste de Kansas hasta Buenos Aires, y desde el Atlántico al Pacífico.

La mitad de los Estados Unidos, todo Méjico, Yucatán, la América

Central, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Perú, Chile, Nueva

Granada y además un extenso territorio, pertenecía a España cuando

Inglaterra adquirió unas cuantas hectáreas en la costa de América más

próxima. No hay palabras con qué expresar la enorme preponderancia de

España sobre todas las demás naciones en la exploración del Nuevo Mundo.

Españoles fueron los primeros que vieron y sondearon el mayor de los

golfos; españoles los que descubrieron los dos ríos más caudalosos;

españoles los que por vez primera vieron el océano Pacífico; españoles

los primeros que supieron que había dos continentes en América;

españoles los primeros que dieron la vuelta al mundo. Eran españoles los

que se abrieron camino hasta las interiores lejanas reconditeces de

nuestro propio país y de las tierras que más al Sur se hallaban, y los

que fundaron sus ciudades miles de millas tierra adentro, mucho antes

que el primer anglosajón desembarcase en nuestro suelo. Aquel temprano

anhelo español de _explorar_ era verdaderamente sobrehumano. ¡Pensar que

un pobre teniente español con veinte soldados atravesó un inefable

desierto y contempló la más grande maravilla natural de América o del

mundo--el gran Cañón del Colorado--nada menos que tres centurias antes

de que lo viesen ojos norteamericanos! Y lo mismo sucedía desde el

Colorado hasta el Cabo de Hornos. El heroico, intrépido y temerario

Balboa realizó aquella terrible caminata a través del Istmo, y descubrió

el océano Pacífico y construyó en sus playas los primeros buques que se

hicieron en América, y surcó con ellos aquel mar desconocido, y ¡había

muerto más de medio siglo antes de que Drake y Hawkins pusieran en él

los ojos!

La falta de recursos de Inglaterra, la desmoralización que siguió a las

guerras de las Rosas, así como las disensiones religiosas, fueron las

causas principales de su apatía de entonces. Cuando sus hijos llegaron

por fin al borde occidental del Nuevo Mundo, dejaron de sí buena

memoria; pero nunca tuvieron que afrontar tantas y tan inconcebibles

penalidades y tan continuos peligros como los españoles. La comarca que

conquistaron era bastante salvaje, es cierto; pero era fértil, tenía

extensos bosques, mucha agua y mucha caza; mientras que la que dominaron

los españoles era el desierto más terrible que jamás hombre alguno, ni

antes ni después, ha logrado conquistar, y estaba poblado por una hueste

de tribus salvajes, las cuales no podían compararse con los pequeños

guerreros del «rey Felipe»[2], como no cabe comparación entre una zorra

y una pantera. Los apaches y los araucanos no hubieran sido tal vez

peores que los otros indios si se hubiesen trasladado a Massachusetts;

pero en su áspero país eran los salvajes más furibundos con que habían

tropezado los europeos. Si en la región oriental duró un siglo la guerra

con los indios, tres siglos y medio pelearon en el sudoeste los

españoles. En una colonia española (Bolivia) perecieron a manos de los

naturales, en una carnicería, tantos como habitantes tenía la ciudad de

Nueva York cuando empezó la guerra de la independencia. Si los indios de

levante hubiesen dado muerte a veintidós mil colonos en una horrible

matanza, como hicieron con los españoles los indios de Sorata, hasta muy

entrado el siglo XIX no hubieran podido las diezmadas colonias de

Norteamérica desatar los lazos que las unían a la madre patria y

constituirse en nación independiente.

Cuando sepa el lector que el mejor libro de texto inglés ni siquiera

menciona el nombre del primer navegante que dió la vuelta al mundo (que

fué un español), ni del explorador que descubrió el Brasil (otro

español), ni del que descubrió California (español también), ni los

españoles que descubrieron y formaron colonias en lo que es ahora los

Estados Unidos, y que se encuentran en dicho libro omisiones tan

palmarias, y cien narraciones históricas tan falsas como inexcusables

son las omisiones, comprenderá que ha llegado ya el tiempo de que

hagamos más justicia de la que hicieron nuestros padres a un asunto que

debiera ser del mayor interés para todos los verdaderos americanos.

No solamente fueron los españoles los primeros conquistadores del Nuevo

Mundo y sus primeros colonizadores, sino también sus primeros

civilizadores. Ellos construyeron las primeras ciudades, abrieron las

primeras iglesias, escuelas y universidades; montaron las primeras

imprentas y publicaron los primeros libros; escribieron los primeros

diccionarios, historias y geografías, y trajeron los primeros

misioneros; y antes de que en Nueva Inglaterra hubiese un verdadero

periódico, ya ellos habían hecho un ensayo en Méjico ¡y en el siglo

XVII!

Una de las cosas más asombrosas de los exploradores españoles--casi tan

notable como la misma exploración--es el espíritu humanitario y

progresivo que desde el principio hasta el fin caracterizó sus

instituciones. Algunas historias que han perdurado, pintan a esa heroica

nación como cruel para los indios; pero la verdad es que la conducta de

España en este particular debiera avergonzarnos. La legislación española

referente a los indios de todas partes era incomparablemente más

extensa, más comprensiva, más sistemática, y más humanitaria que la de

la Gran Bretaña, la de las colonias y la de los Estados Unidos todas

juntas. Aquellos primeros maestros enseñaron la lengua española y la

religión cristiana a mil indígenas por cada uno de los que nosotros

aleccionamos en idioma y religión. Ha habido en América escuelas

españolas para indios desde el año 1524. Allá por 1575--casi un siglo

antes de que hubiese una imprenta en la América inglesa--se habían

impreso en la ciudad de Méjico muchos libros en _doce_ diferentes

dialectos indios, siendo así que en nuestra historia sólo podemos

presentar la Biblia india de John Eliot; y tres universidades españolas

tenían casi un siglo de existencia cuando se fundó la de Harvard.

Sorprende por el número la proporción de hombres educados en colegios

que había entre los exploradores; la inteligencia y el heroísmo corrían

parejas en los comienzos de colonización del Nuevo Mundo.

II

GEOGRAFÍA EMBROLLADA

La menor de las dificultades que se presentaban a los descubridores del

Nuevo Mundo era el tremendo viaje que había que hacer entonces para

llegar a él. Si las tres mil millas de mar desconocido hubiese sido el

principal obstáculo, hubiéralo vencido la civilización algunos siglos

antes. Fueron la ignorancia humana, más honda que el Atlántico, y el

fanatismo, más tempestuoso que sus olas, los que cerraron por tanto

tiempo el horizonte del occidente de Europa. A no ser por estas causas,

el mismo Colón hubiera descubierto la América diez años antes; es más,

América no hubiera tenido que esperar tantos siglos a que Colón la

descubriese. Es realmente curioso que la mitad más rica del planeta

jugase al escondite durante tanto tiempo con la civilización; y que la

hallasen, al fin, por una mera casualidad, los que buscaban otra cosa

muy distinta. Si hubiese esperado América a ser descubierta por alguien

que fuese en busca de un nuevo continente, quizá estuviese aguardando

todavía.

A pesar de que, mucho antes que Colón, varios navegantes vagabundos de

media docena de distintas razas habían ya llegado al Nuevo Mundo, lo

cierto es que no dejaron huellas en América, ni aportaron provecho

alguno a la civilización; y Europa, aun hallándose al borde del más

grande de los descubrimientos y de los más importantes sucesos de la

historia, ni siquiera lo soñó. El mismo Colón no tenía la menor idea de

la existencia de América. ¿Sabe el lector lo que iba a buscar al

occidente? _Asia._

Las investigaciones hechas de algunos años a esta parte, han modificado

grandemente nuestro juicio acerca de Colón. La tendencia de la

generación pasada, era convertirlo en un semidiós, en una figura

histórica sin tacha, en un sér perfecto, todo nobleza. Esto es absurdo;

porque Colón no era más que un hombre, y todos los hombres, por grandes

que sean, no llegan nunca a la perfección. La generación actual tiende

a lo contrario, esto es, a quitarle toda cualidad heroica y hacer de él

un pirata impune y un despreciable instrumento de la suerte; a tal

extremo, que muy pronto no va a quedar nada de Colón. Esto es igualmente

injusto y poco científico. En su terreno era Colón un grande hombre, a

pesar de sus defectos, y distaba mucho de ser un ente despreciable. Para

comprenderle, debemos antes tener un conocimiento general de la época en

que vivía. Para apreciar hasta qué punto fué inventor de la gran idea,

debemos principiar por investigar cuáles eran entonces las ideas que

predominaban en el mundo, y cuánto contribuyeron a ayudarle o a

estorbarle.

En aquella edad remota, la geografía era una cosa curiosísima: entonces

un mapa-mundi era algo que muy pocos de nosotros podríamos ahora

descifrar; porque todos los sabios del orbe sabían de la topografía del

mundo menos de lo que sabe hoy un colegial de ocho años. Se había

convenido finalmente en que el mundo no era plano, sino esférico; por

más que aun ese conocimiento fundamental era reciente; pero ningún sér

viviente sabía de qué estaba compuesta la mitad del globo. Hacia el

occidente de Europa se extendía el «Mar de las Tinieblas», y más allá de

una pequeña zona, nadie sabía lo que era o lo que contenía. No se

conocía aún la desviación de la aguja. Todo era en gran parte

suposiciones y tanteos. Las inseguras embarcaciones de entonces, no

osaban aventurarse sin ver tierra, porque no tenían nada seguro que las

guiase para volver; y causa risa saber que una de las razones por que no

se atrevían a arriesgarse mar afuera, era el temor de llegar

inadvertidamente más allá del límite del Océano, y de que el buque y la

tripulación cayesen en el vacío! Aun cuando sabían que el mundo era

esférico, todavía no se soñaba en la ley de gravitación; y se suponía

que, si uno avanzaba demasiado lejos por la superficie de la esfera,

corría el peligro de lanzarse al espacio.

No obstante, era general la creencia de que había tierra en aquel mar

desconocido. Esa idea fué creciendo durante más de mil años, puesto que,

en el siglo II de la era cristiana, empezó a creerse que había islas más

allá de Europa. En tiempo de Colón, los cartógrafos ponían generalmente

en sus burdos mapas algunas islas, que colocaban al azar en el «Mar de

las Tinieblas».

Más allá de ese enjambre de islas, se suponía que se hallaba la costa

oriental de Asia, y eso a no muy grande distancia porque el verdadero

tamaño del globo se calculaba que era una tercera parte menor del que

tiene realmente. La geografía estaba entonces en mantillas; pero atraía

la atención y motivaba el estudio de muchísimos hombres afanosos de

saber, y que eran muy ilustrados para su época. Cada uno de ellos

trazaba un mapa según las suposiciones que le inspiraban sus estudios, y

así resultaban los mapas muy distintos unos de otros.

En una cosa estaban todos conformes: _en que había tierra hacia

occidente_. Algunos decían que unas pocas islas; otros que millares de

islas; pero todos convenían en que había tierra. Así, Colón no inventó

la idea; ésta era general antes de que él naciera. La cuestión no

estriba en saber si había un Nuevo Mundo: sino en determinar si era

posible o practicable el llegar hasta él, sin caer en el abismo, o sin

encontrar otros peligros más horrendos. La gente decía que _No_; Colón

dijo que _Sí_; y ese es su título de gloria. El no inventó la teoría,

pero supo llevarla a la práctica; y aun lo que realizó materialmente, es

menos notable que la fe que le sostuvo. No tuvo necesidad de enseñarle a

Europa que había un nuevo país; pero sí le hizo creer que podía llegar

hasta él; y esa fe en sí mismo y su tenaz valor en hacer que otros

tuviesen fe en él, fué el rasgo más grande de su carácter. Requirió

menos valentía el hacer la prueba final, que convencer al público de que

no era una temeridad el intentarla.

Cristóbal Colón, como se le llamaba en su tiempo, nació en Génova

(Italia), y fueron sus padres Domenico Colombo, cardador de lana, y

Susana Fontanarossa. No se conoce con certeza el año de su nacimiento,

pero vió probablemente la luz en 1446. Nada sabemos de su infancia, y

muy poco de su vida de joven, aunque es seguro que era activo, arrojado

y muy estudioso. Dicen que su padre le envió por algún tiempo a la

Universidad de Pavía; pero sus estudios escolásticos no pudieron durar

mucho tiempo. El mismo Colón nos dice que fué a navegar a los catorce

años. En su calidad de marino, le fué fácil continuar los estudios que

más le interesaban, como la geografía y otros análogos. Los detalles de

sus primeros viajes son muy escasos; pero parece cosa cierta que navegó

y tocó en Inglaterra, Islandia, Guinea y Grecia, con lo cual se

consideraba entonces haber viajado más que hoy dando la vuelta al mundo;

con este vasto conocimiento de hombres y de tierras, iba adquiriendo

acerca de la navegación, la astronomía y la geografía, todo el saber que

era posible en aquel tiempo.

Es interesante la conjetura de cómo y cuándo concibió Colón un proyecto

de tan estupenda importancia. No debió ser sin duda, sino siendo ya un

hombre maduro y de experiencia, no tan sólo como experto navegante, sino

por su conocimiento de lo que habían hecho otros marinos. Hacía más de

un siglo que se habían descubierto las islas de Madera y las Azores. El

príncipe Enrique, el Navegante (gran patrocinador de las primeras

exploraciones), enviaba dotaciones por la costa occidental del Africa;

pues a la sazón ni siquiera se sabía lo que era la parte más baja de ese

continente. Esas expediciones sirvieron de gran ayuda a Colón y

contribuyeron a ensanchar los conocimientos del mundo. También es casi

seguro que, cuando estuvo en Islandia, debió de oir algo acerca de los

piratas escandinavos que habían estado en América. Dondequiera que

fuese, su mente perspicaz hallaba algún nuevo aliento, directo o

indirecto, para la gran resolución que casi inconscientemente se iba

formando en su cerebro.

Por el año de 1473 Colón anduvo errante hasta Portugal; y allí hizo

conocimientos que influyeron en su porvenir. Con el tiempo contrajo

matrimonio con Felipa Moñiz, que fué la madre de su hijo y cronista

Diego. Hay mucha incertidumbre respecto de su vida conyugal, y no se

sabe si fué modelo de esposos o todo lo contrario. Por sus propias

cartas se viene en conocimiento de que tuvo otros hijos, además de

Diego; pero no se poseen más noticias acerca de ellos. Parece ser que su

esposa era hija de un capitán de barco a quien llamaban el «Navegante»,

y cuyos servicios fueron premiados nombrándole primer gobernador de la

recién descubierta isla de Porto Santo, cerca de las de Madera. Como la

cosa más natural del mundo, fué Colón a visitar a su intrépido suegro; y

tal vez fuese durante su estancia en Porto Santo cuando empezó a dar

forma a su colosal pensamiento.

Tratándose de un hombre como aquel «genovés que buscaba un mundo», una

resolución como esa, una vez formada, sería como flecha de púas: muy

difícil de arrancar. Desde aquel día no tuvo descanso. La idea capital

de su vida fué ir «¡hacia Occidente! ¡Hacia el Asia!», y empezó a

trabajar para llevarla a cabo. Se asegura que, con intención patriótica,

se apresuró a ir a su país natal para hacerle la primera oferta de sus

servicios. Pero Génova no iba en busca de nuevos mundos, y rehusó el

ofrecimiento. Entonces expuso sus planes a Juan II de Portugal. Al rey

Juan le encantó la idea; pero un consejo de sus hombres más sabios le

aseguró que el plan era ridículamente temerario. Pero después envió una

expedición secreta, la que, una vez perdida la tierra de vista, se

descorazonó y regresó sin resultado. Cuando Colón tuvo conocimiento de

esta traición, se indignó de tal modo que salió inmediatamente para

España e interesó allí a varios nobles, y por último a los mismos reyes,

en sus audaces esperanzas. Pero después de tres años de profunda

deliberación, una junta de geógrafos y astrónomos decidió que su plan

era absurdo e irrealizable; no era posible llegar hasta las islas.

Descorazonado, Colón salió para Francia; pero por suerte se detuvo en un

monasterio de Andalucía, donde logró interesar al guardián, Juan Pérez

de Marchena. Este monje había sido confesor de la reina, y, gracias a su

urgente intercesión, los reyes al fin llamaron a Colón, el cual regresó

a la Corte. Sus planes se habían agrandado de tal modo en su cerebro,

que estaba casi desequilibrado, y parecía olvidar que sus

descubrimientos eran sólo una esperanza y no un hecho positivo. Tenía,

sin duda alguna, valor y perseverancia; pero en aquella ocasión

hubiéramos querido verle un poco más modesto. Cuando el rey le preguntó

en qué condiciones emprendería el viaje, contestóle: «Que se me nombre

almirante antes de partir; que se me haga virrey de todas las tierras

que descubra, y que se me dé una décima parte de todas las ganancias».

¡Desmedidas pretensiones, a la verdad, las que tenía el pobre hijo de un

cardador de Génova para con el excelso rey de España!

Fernando rechazó en el acto esa atrevida exigencia; y en enero de 1492,

Colón se hallaba camino de Francia para probar allí fortuna, cuando le

alcanzó un mensajero que le hizo regresar a la Corte. Muy grande es

nuestra deuda para con la buena reina Isabel, pues gracias a su gran

interés personal, tuvo Colón la oportunidad de descubrir el Nuevo Mundo.

Cuando todos los hombres de ciencia, fruncían el entrecejo, y los ricos

negaban su apoyo, la inquebrantable fe de una mujer--ayudada por la

Iglesia--salvó la Historia.

En pro y en contra de esa gran reina mucho se ha escrito, igualmente

falto de razón. Algunos han querido hacer de ella una santa

inmaculada--tarea sumamente difícil tratándose de un sér humano--, y

otros la pintan como una mujer codiciosa, mercenaria y de ningún modo

admirable. Ambos extremos son igualmente ilógicos y falsos; pero el

último es el más injusto. La verdad es que todos los caracteres tienen

más de una fase, y lo mismo en la Historia que en la vida real, hay

comparativamente pocas figuras que se puedan santificar o condenar en

absoluto. Isabel no era un ángel; era una mujer, y tenia sus debilidades

como todas las mujeres. Pero era una mujer notable, una gran mujer, que

merece nuestro respeto al par que nuestra gratitud. Puede afrontar la

comparación de su carácter con el de la «Buena Reina Elisabet», y ha

dejado un nombre mucho más grande en la Historia. No fué la sórdida

ambición ni la codicia lo que le hizo prestar oídos al descubridor de

mundos. Fué la fe, la simpatía y la intuición de una mujer, que tantas

veces ha cambiado el curso de la historia y dado pie a las proezas de

tantos héroes, quienes hubieran muerto desconocidos si hubiesen confiado

en la más lenta, más fría y más interesada simpatía de los hombres.

Isabel tuvo la iniciativa, y asumió la responsabilidad. Tenía un reino

propio, y su real esposo Fernando no creyó prudente embarcar las

fortunas de Aragón en tan descabellada empresa: bien podía ella sufragar

los gastos con cargo al reino de Castilla. Parece que Fernando lo veía

con indiferencia; pero su reina rubia y de ojos azules, cuyo rostro

gentil ocultaba un gran valor y determinación, la acogió con entusiasmo.

Se le concedieron al genovés las condiciones que imponía, y el 17 de

abril de 1492, firmaron Sus Majestades y Colón uno de los documentos más

importantes en que se ha puesto la pluma. Si el lector pudiese ver ese

precioso convenio, probablemente no adivinaría de quién es el autógrafo

que está al pie, porque el jeroglífico de la firma de Colón, pondría hoy

en grande aprieto al interventor de una casa de banca. La substancia de

este famoso contrato era como sigue:

1.º Que Colón y sus herederos tuviesen por siempre el cargo de

almirante en todas las tierras que él llegase a descubrir.

2.º Que él sería virrey y gobernador general en dichas tierras, con voz

en el nombramiento de sus gobernadores subalternos.

3.º Que reservase para sí una décima parte de todo el oro, la plata,

las perlas y demás tesoros que adquiriese.

4.º Que él y su lugarteniente fuesen los únicos jueces, junto con el

gran almirante de Castilla, en los asuntos comerciales del Nuevo Mundo.

5.º Que tendría el privilegio de contribuir con una octava parte a

los gastos de cualquiera otra expedición que se enviase a las nuevas

tierras, con derecho a percibir entonces una octava parte de los

beneficios.

Es lástima que la conducta de Colón en España no estuviese libre de una

doblez que redundaba en su descrédito. Entró al servicio de España el

dia 20 de enero de 1486. El 5 de mayo de 1487, los reyes de España le

dieron tres mil maravedises «por un servicio secreto hecho a Sus

Majestades»; y durante el mismo año recibió ocho mil maravedises más. Y,

no obstante, después de esto ofreció secretamente sus servicios al rey

de Portugal, el cual en 1488 le escribió a Colón una carta ofreciéndole

la libertad del reino, a cambio de las exploraciones que hiciese _en

favor de Portugal_. Pero esto no se llevó a cabo.

Es más fácil que el lector tenga noticias respecto al viaje, aquel

viaje, que duró unos cuantos meses, pero cuya realización le costó al

valeroso genovés cerca de 20 años de desaliento y de oposición. Fueron

esos años de incesante lucha para convertir al mundo a su insondable

sapiencia, lo que mostró el carácter de Colón más claramente que todo lo

que hizo después que el mundo creyó en él.

Habiéndose vencido por fin las dificultades de obtener el consentimiento

y el permiso oficial, no quedaba otro obstáculo que el de organizar la

expedición. Esto era un asunto serio: pocos estaban dispuestos a

embarcarse en una empresa tan loca como aquella se reputaba. Finalmente,

a falta de voluntarios, hubo que llevar una tripulación por orden de la

Corona; y con su nao, la «Santa María» y sus dos carabelas, la «Niña» y

la «Pinta», tripuladas por hombres renuentes, estuvo al fin listo para

hacerse a la mar el descubridor de un mundo.

III

COLÓN EL DESCUBRIDOR

Salió Colón del puerto de Palos, el viernes 3 de agosto de 1492, a las 8

de la mañana, con 120 españoles a su mando. Ya sabe el lector cómo él y

su valiente camarada Pinzón alentaron el decaído espíritu de su

marinería, y cómo en la mañana del 12 de octubre vislumbraron por fin la

tierra. No era el continente de América--que Colón no llegó a ver hasta

cerca de 8 años más tarde--, sino la isla de Watling. Fué ese viaje el

más largo que había hecho hombre alguno hacia el occidente, e ilustraba

de un modo muy característico la suma de conocimientos a que había

llegado la humanidad. Cuando los viajeros observaron las desviaciones de

la aguja magnética, decidieron que lo que se desviaba no era la aguja,

sino la estrella polar. Tenía tal vez Colón tantos conocimientos como

cualquier otro geógrafo de su época; pero llegó a la conclusión de que

la causa de ciertos fenómenos debía de ser el estar navegando sobre _una

corcova de la tierra_. Esto se hizo más evidente en el viaje que realizó

después al Orinoco, cuando halló una corcova todavía mayor y dedujo que

el mundo debía tener la forma de una pera. Es interesante notar que, a

no ser por un cambio accidental de su derrota, los viajeros hubieran

encontrado la corriente del golfo que les hubiera llevado hacia el

norte, en cuyo caso la parte que hoy ocupan los Estados Unidos hubiera

sido el primer campo de la conquista de España.

El primer hombre blanco que vió la tierra del Nuevo Mundo, fué un simple

marinero llamado Rodrigo de Triana, si bien el mismo Colón había

divisado una luz la noche anterior. Aun cuando es probable--como verá el

lector más adelante--que Cabot viese el continente de América antes que

Colón (en 1497), fué Colón quien descubrió el Nuevo Mundo, tomó posesión

de él como gobernador en nombre de España, y hasta fundó en él las

primeras colonias europeas, construyendo y poblando con 43 hombres un

pueblo que bautizó con el nombre de la Navidad, en la isla de Santo

Domingo (o Española como él la llamaba), en diciembre de 1492. Además,

si Colón no hubiese antes descubierto el Nuevo Mundo, Cabot nunca

hubiera navegado.

Los exploradores fueron de isla en isla, encontrando en ellas muchas

cosas notables. En Cuba, donde llegaron el 26 de octubre, descubrieron

el tabaco, que no era conocido en los países civilizados, así como la

desconocida batata. Estos dos productos, de cuyo valor no supo darse

cuenta ninguno de los primeros exploradores, debían ser factores más

importantes en los mercados monetarios y en las comodidades del mundo,

que todos los tesoros de mayor brillo. También la hamaca y su nombre

fueron conocidos por personas civilizadas después de ese primer viaje.

En marzo de 1493, después de un terrible viaje de regreso, Colón se

halló de nuevo en España, comunicando la portentosa nueva a Fernando e

Isabel, a quienes mostró sus trofeos de oro, algodón, pájaros de vistoso

plumaje, plantas y animales raros, y hombres más extraños todavía,

puesto que llevó nueve indios, que fueron los primeros americanos que se

trasladaron a Europa. Agradecido su país adoptivo, confirió a Colón toda

clase de honores. Debió de ser un hermoso espectáculo el que presentaba

aquel alto, fornido, tostado y encanecido nuevo grande de España,

montando a caballo junto al rey, y con esplendor casi regio, ante la

asombrada Corte.

La grave y graciosa reina mostraba gran interés por los descubrimientos

realizados y mucho entusiasmo para disponer otros nuevos. El Nuevo Mundo

era un potente atractivo, para su inteligencia y su corazón de mujer; y

en cuanto a los aborígenes, llegó a enfrascarse en muy meditados planes

para su bienandanza. Después que Colón probó que se podía navegar de un

lado a otro del mundo sin caer en el espacio «fuera del borde», se

presentaron muchos imitadores[3]. Había llevado a cabo la obra de un

genio, halló el camino, y había terminado su gran misión. Si se hubiese

detenido allí, hubiera dejado un nombre más excelso, pues en todo lo

que hizo después no demostró tener aptitudes.

Organizóse a toda prisa una segunda expedición, y el 25 de septiembre de

1493 salió Colón de nuevo, llevando esta vez mil quinientos españoles en

diez y siete buques, con animales y utensilios para colonizar su Nuevo

Mundo. Y entonces, con estrictas órdenes de la Corona de cristianizar a

los indios y de darles siempre buenos tratos, Colón llevó consigo los

doce primeros misioneros que fueron a América. El asombroso cuidado

maternal de España por las almas y los cuerpos de los salvajes que por

tanto tiempo disputaron su entrada en el Nuevo Mundo, empezó temprano y

nunca disminuyó. Ninguna otra nación trazó ni llevó a cabo un «régimen

de las Indias» tan noble como el que ha mantenido España en sus

posesiones occidentales por espacio de cuatro siglos.

El segundo viaje se realizó luchando con mil y mil dificultades. Algunos

de los buques eran inservibles y hacían agua, teniendo las tripulaciones

que achicarlos continuamente.

Colón desembarcó por segunda vez en el Nuevo Mundo el 3 de noviembre de

1493, en la isla de la Dominica. Su colonia de La Navidad había sido

destruída, y en diciembre fundó la ciudad de Isabela. En enero de 1494

construyó allí la primera iglesia que se erigió en el Nuevo Mundo.

Durante esa misma estancia construyó también el primer camino.

Conforme antes hemos dicho, los primeros viajes a América no eran tan

difíciles como el obtener los medios para realizarlos; y los riesgos del

mar no eran nada comparados con los que existían después de llegar a

tierra. Entonces fué cuando Colón experimentó los disgustos que

obscurecieron el resto de su vida gloriosa. Si grande fué su genio como

explorador, como colonizador fué un fracasado; y aun cuando fundó las

primeras cuatro ciudades del Nuevo Mundo, sólo sirvieron para su mal.

Sus colonos de Isabela no tardaron en amotinarse, y San Tomás, que fundó

en Haití, no le dió mejor resultado. Las penalidades de sus continuas

exploraciones en las Antillas alteraron su salud, y estuvo enfermo en

Isabela cerca de medio año. A no ser por su audaz y diestro hermano

Bartolomé, de quien tan poco se sabe, no se hubieran tenido tantas

noticias de Colón.

En 1495, la Corona, justamente disgustada por la ineptitud del primer

virrey del Nuevo Mundo, envió a Juan Aguado con la comisión de

inspeccionar lo que allí ocurría. Esto era más de lo que Colón podía

tolerar, y dejando a Bartolomé como Adelantado (rango que ahora no tiene

equivalente y que era el de un oficial que mandaba en jefe una

expedición de descubridores), Colón se apresuró a regresar a España y a

sincerarse con sus soberanos. Volviendo a América tan pronto como le fué

posible, descubrió por fin el continente de la América del Sur, el día

primero de agosto de 1498; pero creyó en un principio que era una isla,

y le puso el nombre de Zeta. Sin embargo, muy pronto llegó a la

desembocadura del Orinoco, cuya caudalosa corriente le hizo deducir que

regaba un continente.

Sintiéndose enfermo, volvió a Isabela, y allí se encontró con que los

colonos se habían rebelado contra Bartolomé. Colón aplacó a los

amotinados, enviándolos a España con unos cuantos esclavos, acto que no

le honra y que sólo puede disculpar la época en que vivía. La buena

reina Isabel se indignó de tal modo al saber esta barbaridad, que ordenó

que se pusiese en libertad a los pobres indios, y envió a Francisco de

Bobadilla, el cual aprehendió a Colón y a sus dos hermanos el año 1500

en la Española, y los embarcó, encadenados, para la Península. No tardó

Colón en rehabilitarse con la Corona, y Bobadilla fué depuesto; pero con

eso terminó el virreinato de Colón en el Nuevo Mundo. En 1502 emprendió

su cuarto viaje; descubrió la Martinica y otras islas, y en 1503 fundó

su cuarta colonia, a la que dió el nombre de Belén. Pero la desgracia se

le venía encima. Después de más de un año de penalidades y trastornos,

regresó a España, y allí murió el 20 de mayo de 1506.

En Valladolid se dió sepultura a los restos del descubridor de un mundo;

pero varias veces fueron trasladados a distintos lugares. Se dice que

están ahora sepultados en una capilla de la catedral de la Habana, al

lado de los de su hijo Diego; pero no puede tenerse certeza de esto.

Tampoco la hay para negar que tan preciosa reliquia se conservarse e

inhumase en la isla de Santo Domingo, adonde realmente fueron conducidos

desde España. De todos modos, se hallan en el Nuevo Mundo, descansando

finalmente en paz en el seno de la América que descubrió.

Los exploradores españoles del siglo XVI · 第 1 / 17 段