De improviso, voz vibrante,
grave, extensa, poderosa,
que se repite incesante,
y que de instante en instante
resuena más presurosa,
rompiendo el silencio hiende
el aire, léjos se extiende,
y á la ciudad despertando,
brava, al combate llamando,
hasta la vega desciende.
Es la sonora campana
de la alcazaba, que, fiera,
dice que gente cristiana,
de presa y conquista en gana,
ha roto por la frontera.
Con su carga dolorosa
por una altura desciende
Ataide; el rebato entiende,
y una mirada ardorosa
á la vega ansioso tiende.
En los picos de la sierra
las atalayas ardiendo
hacen la señal de guerra,
su roja hoguera, que aterra,
incesantes repitiendo.
--¡Ah, nos embiste el rumy!--
siniestro Ataide exclamó--
¡mi venganza es cierta! ¡sí!
¡no ha de escapárseme allí!
¡él primero! ¡luégo yo!
Y á su Leila recordando,
sintiendo que la perdia
á Jucef exterminando,
con el alma en agonía
siguió la cuesta bajando.