VI.

Ataide, mudo, asombrado,

en negras ánsias perdido,

en la duda estremecido,

en un misterio anegado,

dudando si era soñado

aquel torrente de hiel,

ó una realidad cruel

que su esperanza rompia,

á su madre sostenia,

ansiosa abrazada á él.

Luégo miró con espanto

que agitada, convulsiva,

por la boca sangre viva,

por los ojos triste llanto,

lanzaba Ayela, y que en tanto

la muerte apagaba impura

de sus ojos la hermosura,

y con mate palidez

manchaba la limpidez

de su nítida blancura.

Soportando su agonía,

Ayela, terrible, fuerte,

con la incontrastable muerte

pugnaba en lucha bravía;

su palabra se perdia

oscura, ronca é incierta,

y muy pronto helada, yerta,

dejando á Ataide perdido

en un misterio, un gemido

de dolor la dejó muerta.

Representar la amargura

es de Ataide empeño vano;

no tiene el lenguaje humano

voz para tal desventura.

Preguntad á la locura

y os responderá inclemente:

--Yo, del dolor en la fuente,

mato al alma infortunada:

soy la sombra, soy la nada

en un cadáver viviente.--

Y así Ataide. Al golpe rudo,

inesperado, violento,

anulado el sentimiento,

insensible, inerte, mudo

quedóse, y luégo, sañudo,

vuelto en sí, con la voz fiera,

--¡Venganza--gritó--aunque muera

en mi venganza mi amor!

¡Ay madre de mi dolor!

¡jamas á mi Leila viera!--

Y sus lágrimas brotaron,

y sus labios contraidos,

entre dolientes gemidos,

la faz de Ayela besaron;

luégo sus brazos la alzaron,

sobre el hombro la cargó,

desatentado partió

con el vértigo en la mente,

y gruñendo en són doliente

el fiel _Radjí_ le siguió.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 29 / 40 题