Ataide, mudo, asombrado,
en negras ánsias perdido,
en la duda estremecido,
en un misterio anegado,
dudando si era soñado
aquel torrente de hiel,
ó una realidad cruel
que su esperanza rompia,
á su madre sostenia,
ansiosa abrazada á él.
Luégo miró con espanto
que agitada, convulsiva,
por la boca sangre viva,
por los ojos triste llanto,
lanzaba Ayela, y que en tanto
la muerte apagaba impura
de sus ojos la hermosura,
y con mate palidez
manchaba la limpidez
de su nítida blancura.
Soportando su agonía,
Ayela, terrible, fuerte,
con la incontrastable muerte
pugnaba en lucha bravía;
su palabra se perdia
oscura, ronca é incierta,
y muy pronto helada, yerta,
dejando á Ataide perdido
en un misterio, un gemido
de dolor la dejó muerta.
Representar la amargura
es de Ataide empeño vano;
no tiene el lenguaje humano
voz para tal desventura.
Preguntad á la locura
y os responderá inclemente:
--Yo, del dolor en la fuente,
mato al alma infortunada:
soy la sombra, soy la nada
en un cadáver viviente.--
Y así Ataide. Al golpe rudo,
inesperado, violento,
anulado el sentimiento,
insensible, inerte, mudo
quedóse, y luégo, sañudo,
vuelto en sí, con la voz fiera,
--¡Venganza--gritó--aunque muera
en mi venganza mi amor!
¡Ay madre de mi dolor!
¡jamas á mi Leila viera!--
Y sus lágrimas brotaron,
y sus labios contraidos,
entre dolientes gemidos,
la faz de Ayela besaron;
luégo sus brazos la alzaron,
sobre el hombro la cargó,
desatentado partió
con el vértigo en la mente,
y gruñendo en són doliente
el fiel _Radjí_ le siguió.