V.

Áun sonaban en el huerto

sus pisadas presurosas,

cuando recayendo Ayela

de su miedo en las congojas,

de insoportable pavor

dominada, de afan loca,

--_Radjí_--exclamó:--vén conmigo,

precédeme: el rastro toma

de tu señor.--Y _Radjí_,

con marcha lenta, afanosa,

el huertecillo cruzando,

seguido de su señora,

el rastro tomó en demanda

de la pintoresca loma

del Albaicin, por callejas

estrechas, ágrias, medrosas,

ó entre vallados floridos

de cármenes, cuyo aroma

el aire con su fragancia

perfumaba deliciosa.

Á cada paso, al subir

una cuesta áspera y corva,

Ayela se detenia

jadeante, temblorosa;

su mano buscaba apoyo

en un muro, y de su boca

hervoroso se exhalaba

el ronco alentar que ahoga

y en el comprimido pecho

la sangre agitada agolpa.

Fatigada, dolorida,

llegó al fin á la Almanzora.

Desierta la calle estaba,

sumida en tinieblas, lóbrega,

y al amor no daba amparo

en sus rejas silenciosas.

Súbito choque de aceros

resonó: dos voces roncas,

una de viejo, irritada,

serena y jóven la otra,

de entre el silencio salieron,

terribles, tempestuosas.

Ayela, de horror transida,

que en la voz jóven, sonora,

á Ataide escuchado habia,

sus fuerzas cobrando todas,

por un milagro de amor,

cual revive luminosa

y brilla por un momento

una luz que á su fin toca,

ansiosa, rápida, ardiente,

corrió, llegó, y animosa

entre las fieras cuchillas

se arrojó, sublime, heroica,

para defender la vida

del que era su sangre propia.

En un recodo del muro

de la puerta que áun se nombra

de Albolut, ó el Estandarte,

y en el muro gris se apoya

del castillo del Romano,

esplendente, brilladora,

alta la luna en el cielo

bañaba una plaza angosta

entre el adarve robusto

y una torre altiva y roja,

que de sus almenas reales

ostentaba la corona.

Asida á su Ataide Ayela,

miraba, cual la leona

que á su cachorro defiende,

á Aben Jucef, que su cólera

trocado habia en espanto,

y ella, al verle, tembló toda.

Era él, el miserable,

que la triste una vez sola

vió en su vida, al resplandor

de la llama pavorosa

de su aduar incendiado,

rugiendo bravas las olas,

zumbando irritado el viento,

miéntras la voz angustiosa

de sus parientes pedia,

en vano, misericordia.

En su recuerdo indeleble

aquella faz espantosa

Ayela guardado habia;

y aquella mirada odiosa,

sensual y repugnante

que la contemplaba absorta,

era la mirada misma

de aquella terrible hora;

y él, que de Ayela tenía

en su conciencia la copia,

la devoraba mirándola

con expresion misteriosa,

mezcla de amor y de espanto

y dulce á la par que torva.

Y ella, apagando su ira,

que horrenda y aterradora

brillaba en sus negros ojos,

y con dulce y cadenciosa

voz, que doliente imploraba,

apenada y melancólica,

--¡Ved, señor, que éste es mi hijo

y que es mi esperanza sola!--

exclamó; y el fiero xeque,

con voz terrible, espantosa,

en que vibraban heridas

las fibras de su alma rotas,

--¡Maldito!--exclamó--¡maldito!--

y huyendo, la calle lóbrega

ganó, se perdió por ella,

y con voz triste, medrosa,

--¡Maldito!--repitió un eco

que surgió de entre la sombra.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 28 / 40 题