Áun sonaban en el huerto
sus pisadas presurosas,
cuando recayendo Ayela
de su miedo en las congojas,
de insoportable pavor
dominada, de afan loca,
--_Radjí_--exclamó:--vén conmigo,
precédeme: el rastro toma
de tu señor.--Y _Radjí_,
con marcha lenta, afanosa,
el huertecillo cruzando,
seguido de su señora,
el rastro tomó en demanda
de la pintoresca loma
del Albaicin, por callejas
estrechas, ágrias, medrosas,
ó entre vallados floridos
de cármenes, cuyo aroma
el aire con su fragancia
perfumaba deliciosa.
Á cada paso, al subir
una cuesta áspera y corva,
Ayela se detenia
jadeante, temblorosa;
su mano buscaba apoyo
en un muro, y de su boca
hervoroso se exhalaba
el ronco alentar que ahoga
y en el comprimido pecho
la sangre agitada agolpa.
Fatigada, dolorida,
llegó al fin á la Almanzora.
Desierta la calle estaba,
sumida en tinieblas, lóbrega,
y al amor no daba amparo
en sus rejas silenciosas.
Súbito choque de aceros
resonó: dos voces roncas,
una de viejo, irritada,
serena y jóven la otra,
de entre el silencio salieron,
terribles, tempestuosas.
Ayela, de horror transida,
que en la voz jóven, sonora,
á Ataide escuchado habia,
sus fuerzas cobrando todas,
por un milagro de amor,
cual revive luminosa
y brilla por un momento
una luz que á su fin toca,
ansiosa, rápida, ardiente,
corrió, llegó, y animosa
entre las fieras cuchillas
se arrojó, sublime, heroica,
para defender la vida
del que era su sangre propia.
En un recodo del muro
de la puerta que áun se nombra
de Albolut, ó el Estandarte,
y en el muro gris se apoya
del castillo del Romano,
esplendente, brilladora,
alta la luna en el cielo
bañaba una plaza angosta
entre el adarve robusto
y una torre altiva y roja,
que de sus almenas reales
ostentaba la corona.
Asida á su Ataide Ayela,
miraba, cual la leona
que á su cachorro defiende,
á Aben Jucef, que su cólera
trocado habia en espanto,
y ella, al verle, tembló toda.
Era él, el miserable,
que la triste una vez sola
vió en su vida, al resplandor
de la llama pavorosa
de su aduar incendiado,
rugiendo bravas las olas,
zumbando irritado el viento,
miéntras la voz angustiosa
de sus parientes pedia,
en vano, misericordia.
En su recuerdo indeleble
aquella faz espantosa
Ayela guardado habia;
y aquella mirada odiosa,
sensual y repugnante
que la contemplaba absorta,
era la mirada misma
de aquella terrible hora;
y él, que de Ayela tenía
en su conciencia la copia,
la devoraba mirándola
con expresion misteriosa,
mezcla de amor y de espanto
y dulce á la par que torva.
Y ella, apagando su ira,
que horrenda y aterradora
brillaba en sus negros ojos,
y con dulce y cadenciosa
voz, que doliente imploraba,
apenada y melancólica,
--¡Ved, señor, que éste es mi hijo
y que es mi esperanza sola!--
exclamó; y el fiero xeque,
con voz terrible, espantosa,
en que vibraban heridas
las fibras de su alma rotas,
--¡Maldito!--exclamó--¡maldito!--
y huyendo, la calle lóbrega
ganó, se perdió por ella,
y con voz triste, medrosa,
--¡Maldito!--repitió un eco
que surgió de entre la sombra.