IV.

--¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!--

Ayela anegada en llanto

dice con voz amorosa.--

¡Jamas he llorado tanto!

¡Jamas con igual espanto

tu vuelta esperé afanosa!

Y de su cuello colgada,

besándole enloquecida,

por las lágrimas velada

la mirada enamorada,

por la pasion encendida

y en Ataide encarnizada;

la pálida frente pura

reflejando la hermosura

del amor de los amores,

de la maternal ternura

olvidaba en la locura

de su espanto los horrores.

--¡Oh tu amor cuál te amedrenta!--

dijo Ataide conmovido.

--¡Sí, de la brava tormenta--

Ayela exclamó--el rugido

en mi corazon herido

siento horrible y me amedrenta!

Vén: la cena preparada

está ya; la blanda almohada

al reposo te convida;

pero ¡ay de mí desdichada,

en penas siempre anegada!

¿por qué has tardado, mi vida?--

Y de nuevo le besó

de amor trasportada, hambrienta;

y cuando de él se apartó,

cuando de improviso vió

su vestidura sangrienta,

desatentada exclamó:

--¡Ay de mí! ¡vienes herido!

¿Quién tu valor ha rendido?

¿qué terrible sangre es ésta?

--Vencedor, mas no vencido--

dijo Ataide.

--¡Y di, ¿qué ha sido

entónces de tu ballesta?

--El colmo de la ventura

me hizo olvidarla.

--¡Qué dices!

--¡Ah, la propicia aventura

dijo Ataide con locura:--

¡ah! ¡los augurios felices

del amor y la hermosura!

--Yo no te entiendo, ¡ay de mí!

¿Mas no estás herido?

--Sí;

pero con dardo de amor:

la suerte cruda hasta aquí

nos brinda con su favor.

Asienta y escucha.

--Di.

En el hogar la asentó

Ataide, y con voz ardiente

su aventura la contó,

y ella, abatida la frente,

estremecida, doliente,

en silencio le escuchó.

Ataide acabado habia,

Ayela permanecia

doblegada, muda, inerte,

y su alentar parecia

el hervor de la agonía

tras el cual viene la muerte.

Al fin, la faz levantando,

en su mirada infinita,

avara, á Ataide abarcando,

dijo, con voz inaudita,

cual consigo misma hablando:

--¡Maldita de Dios! ¡Maldita!

Luégo, su voz lastimera

resonó, vibrante, fiera,

aterradora, sombría,

cual rugido de pantera,

que al temor se desespera

de que la roben su cría.

--¡Maldita, sí!--ronca, dijo:--

¡Maldita, la que maldijo!

¡Un amor que muerte augura

colmando mi desventura,

mi vida, mi amor, mi hijo,

arrebate á mi ternura!

--¡Qué dices, madre!

--De aquí

partamos sin más tardar.

--¡No temas, espera en mí!

¡Tanta gloria he de alcanzar,

que mi Leila me ha de dar

Ben Jucef-el-Meriní!

¿Por qué, dí, te desesperas?

Yo arrancaré en las fronteras

ricas presas al cristiano;

y á sus plantas hechiceras

ella verá cien banderas

conquistadas por mi mano.

El encanto de mi amor

me hará incontrastable, fuerte;

calma tu ansioso temor,

¿por qué pensar en la muerte,

cuando propicia la suerte

consuela nuestro dolor?

El Rey me ennoblecerá,

Granada me aclamará,

ella y tú seréis mi encanto.

--¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto

la locura humana va!--

dijo Ayela con espanto.

--Enalteciendo á mi grey,

con mi sangre en las campañas,

por Dios, la patria y el Rey,

premio hallarán mis hazañas.

--Yo no conozco más ley

que el hijo de mis entrañas.

¿Qué rey nos tendió la mano?

¿Qué patria nos amparó?

Dios mismo, al dolor tirano,

doblegados nos dejó,

que la maldicion oyó

y no se maldice en vano.

--De temor estoy ajeno,

dijo Ataide ya impaciente--

aquel que maldice al bueno

el daño siente en su seno.

--¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente

da á sus hijos su veneno!

--¡Hijo soy yo de un maldito!

--Tú de tu madre el dolor

desoyes, y el hondo grito

de las ansias de su amor.

¡Dios es grande y vengador,

y cumple lo que está escrito!

--¿Y qué ha de cumplirse, di?

--Temo que te mate el fiero

Ben Jucef-el-Meriní.

Si sabe (de angustia muero)

tus amores..... ¡ah! ¡yo espero

que tengas piedad de mí!

¡Huyamos! De tu pasion

me estremece la locura,

se me hiela el corazon,

y pienso que, horrenda, oscura,

una horrible maldicion

nos lleva á la desventura.

--Mañana, al rayar el dia,

partirémos, madre mia.

--¡Oh! ¿Qué dices?

--En su empeño,

mi amor á la lid me envia.

--¿No me engañas? ¿No es un sueño?

--Me tarda el tenerla mia;

pero esta noche.....

--¡Oh, señor!

--Ella en la reja me espera,

piensa madre en su dolor,

si escarneciendo su amor

á hablar con ella no fuera

por la sombra de un temor.

--¡Oh! ¿Quién sabe?--Ayela dijo

para sí, con triste anhelo--

tal vez sin razon me aflijo:

¿Mas, qué madre por su hijo

no vive en tenaz recelo,

temiendo un afan prolijo?--

Y añadió, la voz temblando:

--En buen hora ve, mas cuida

que ansiosa quedo esperando.

--No he de tardar, por mi vida--

dijo Ataide--y la salida

ganó, impaciente escapando.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 27 / 40 题