--¡Oh! ¡cuánto he sufrido, cuánto!--
Ayela anegada en llanto
dice con voz amorosa.--
¡Jamas he llorado tanto!
¡Jamas con igual espanto
tu vuelta esperé afanosa!
Y de su cuello colgada,
besándole enloquecida,
por las lágrimas velada
la mirada enamorada,
por la pasion encendida
y en Ataide encarnizada;
la pálida frente pura
reflejando la hermosura
del amor de los amores,
de la maternal ternura
olvidaba en la locura
de su espanto los horrores.
--¡Oh tu amor cuál te amedrenta!--
dijo Ataide conmovido.
--¡Sí, de la brava tormenta--
Ayela exclamó--el rugido
en mi corazon herido
siento horrible y me amedrenta!
Vén: la cena preparada
está ya; la blanda almohada
al reposo te convida;
pero ¡ay de mí desdichada,
en penas siempre anegada!
¿por qué has tardado, mi vida?--
Y de nuevo le besó
de amor trasportada, hambrienta;
y cuando de él se apartó,
cuando de improviso vió
su vestidura sangrienta,
desatentada exclamó:
--¡Ay de mí! ¡vienes herido!
¿Quién tu valor ha rendido?
¿qué terrible sangre es ésta?
--Vencedor, mas no vencido--
dijo Ataide.
--¡Y di, ¿qué ha sido
entónces de tu ballesta?
--El colmo de la ventura
me hizo olvidarla.
--¡Qué dices!
--¡Ah, la propicia aventura
dijo Ataide con locura:--
¡ah! ¡los augurios felices
del amor y la hermosura!
--Yo no te entiendo, ¡ay de mí!
¿Mas no estás herido?
--Sí;
pero con dardo de amor:
la suerte cruda hasta aquí
nos brinda con su favor.
Asienta y escucha.
--Di.
En el hogar la asentó
Ataide, y con voz ardiente
su aventura la contó,
y ella, abatida la frente,
estremecida, doliente,
en silencio le escuchó.
Ataide acabado habia,
Ayela permanecia
doblegada, muda, inerte,
y su alentar parecia
el hervor de la agonía
tras el cual viene la muerte.
Al fin, la faz levantando,
en su mirada infinita,
avara, á Ataide abarcando,
dijo, con voz inaudita,
cual consigo misma hablando:
--¡Maldita de Dios! ¡Maldita!
Luégo, su voz lastimera
resonó, vibrante, fiera,
aterradora, sombría,
cual rugido de pantera,
que al temor se desespera
de que la roben su cría.
--¡Maldita, sí!--ronca, dijo:--
¡Maldita, la que maldijo!
¡Un amor que muerte augura
colmando mi desventura,
mi vida, mi amor, mi hijo,
arrebate á mi ternura!
--¡Qué dices, madre!
--De aquí
partamos sin más tardar.
--¡No temas, espera en mí!
¡Tanta gloria he de alcanzar,
que mi Leila me ha de dar
Ben Jucef-el-Meriní!
¿Por qué, dí, te desesperas?
Yo arrancaré en las fronteras
ricas presas al cristiano;
y á sus plantas hechiceras
ella verá cien banderas
conquistadas por mi mano.
El encanto de mi amor
me hará incontrastable, fuerte;
calma tu ansioso temor,
¿por qué pensar en la muerte,
cuando propicia la suerte
consuela nuestro dolor?
El Rey me ennoblecerá,
Granada me aclamará,
ella y tú seréis mi encanto.
--¡Oh! ¡cuán léjos, cuánto y cuánto
la locura humana va!--
dijo Ayela con espanto.
--Enalteciendo á mi grey,
con mi sangre en las campañas,
por Dios, la patria y el Rey,
premio hallarán mis hazañas.
--Yo no conozco más ley
que el hijo de mis entrañas.
¿Qué rey nos tendió la mano?
¿Qué patria nos amparó?
Dios mismo, al dolor tirano,
doblegados nos dejó,
que la maldicion oyó
y no se maldice en vano.
--De temor estoy ajeno,
dijo Ataide ya impaciente--
aquel que maldice al bueno
el daño siente en su seno.
--¡Oh, sí! ¡la fiera serpiente
da á sus hijos su veneno!
--¡Hijo soy yo de un maldito!
--Tú de tu madre el dolor
desoyes, y el hondo grito
de las ansias de su amor.
¡Dios es grande y vengador,
y cumple lo que está escrito!
--¿Y qué ha de cumplirse, di?
--Temo que te mate el fiero
Ben Jucef-el-Meriní.
Si sabe (de angustia muero)
tus amores..... ¡ah! ¡yo espero
que tengas piedad de mí!
¡Huyamos! De tu pasion
me estremece la locura,
se me hiela el corazon,
y pienso que, horrenda, oscura,
una horrible maldicion
nos lleva á la desventura.
--Mañana, al rayar el dia,
partirémos, madre mia.
--¡Oh! ¿Qué dices?
--En su empeño,
mi amor á la lid me envia.
--¿No me engañas? ¿No es un sueño?
--Me tarda el tenerla mia;
pero esta noche.....
--¡Oh, señor!
--Ella en la reja me espera,
piensa madre en su dolor,
si escarneciendo su amor
á hablar con ella no fuera
por la sombra de un temor.
--¡Oh! ¿Quién sabe?--Ayela dijo
para sí, con triste anhelo--
tal vez sin razon me aflijo:
¿Mas, qué madre por su hijo
no vive en tenaz recelo,
temiendo un afan prolijo?--
Y añadió, la voz temblando:
--En buen hora ve, mas cuida
que ansiosa quedo esperando.
--No he de tardar, por mi vida--
dijo Ataide--y la salida
ganó, impaciente escapando.