Y esta maldicion horrible
que del dolor en la hora
Ayela desesperada,
de justa venganza ansiosa,
pronunció contra el malvado,
ignorando su deshonra,
ignorando que era madre,
cuando lo fué en su memoria,
se sublevó turbulenta,
sombría, amenazadora;
que al maldecir á los hijos
de la fiera sanguinosa
que asesinó á su familia,
maldijo á su sangre propia;
y por eso cuando Ataide
en su infancia fatigosa,
que siempre sobran fatigas
donde el dinero no sobra,
el bello semblante pálido
mostraba, y su linda boca
de arcángel no sonreia,
la maldicion pavorosa
helaba de espanto á Ayela,
surgiendo de entre la sombra
del imborrable recuerdo
de su desdichada historia;
y pasaron veinte años
de angustias y de congojas
para la pobre inocente
madre honrada, aunque no esposa,
y para el hijo sin padre,
del cual fué la herencia sola,
con la belleza de Ayela
y su sangre generosa,
el valor de Aben Jucef
y su condicion indómita.
Sin pan y sin esperanza,
y sola en el mundo, sola;
en los principios viviendo,
con llanto, de las limosnas;
rechazando altiva y pura,
si la buscó, á la deshonra;
brava su sino arrostrando,
errante como una hoja
que del árbol desprendida
va allí donde el viento sopla;
con su tesoro cargada,
y libre como una alondra,
danzando cual bayadera,
cantando cual trovadora,
diciendo las buenas hadas
en natalicios y bodas;
vendiendo filtros de amores
y oraciones milagrosas;
ornando con oropeles,
collares y falsas joyas
su portentosa hermosura;
sin más amor que su ansiosa
pasion por su pobre hijo;
por valles, cerros y lomas,
parando en las alquerías,
en las villas populosas,
y en las altivas ciudades
que de torres se coronan;
marchitando su hermosura
las fatigas, las zozobras,
y de su llanto apenado
la corriente silenciosa,
y de su dormir inquieto
las sombras aterradoras,
á la juventud viril
llegó de Ataide, ya rotas
sus fuerzas, su juventud,
y con canas presurosas
la pálida frente ornada,
anciana ya áun siendo moza.
Siempre con el miedo horrible
de que en fatídica hora
su maldicion alcanzase
al hijo de sus congojas,
su único bien en el mundo,
aquella noche en que llora
por la tardanza de Ataide,
una fatídica sombra
su delirante cabeza
asalta y la vuelve loca:
nunca más vivo el recuerdo
de la noche tormentosa
de su desdicha la aqueja;
la faz repugnante y torva,
por el deseo irritada,
de su asesino, medrosa
cual si pasado no hubieran
los años, abrumadora,
impregnada de amenazas,
en frio pavor la ahoga;
y ya no reza ni siente
crujir la puerta premiosa
del huerto, ni unas pisadas
sobre la arena sonoras;
pero _Radjí_ se levanta
penosamente, la cola
menea, con sus gruñidos
la atencion de Ayela evoca,
que de su estera se alza
y á la puerta llega ansiosa,
palpitante, en el momento
en que Ataide al umbral toca,
y muriendo de alegría
entre sus brazos se arroja.