III.

Y esta maldicion horrible

que del dolor en la hora

Ayela desesperada,

de justa venganza ansiosa,

pronunció contra el malvado,

ignorando su deshonra,

ignorando que era madre,

cuando lo fué en su memoria,

se sublevó turbulenta,

sombría, amenazadora;

que al maldecir á los hijos

de la fiera sanguinosa

que asesinó á su familia,

maldijo á su sangre propia;

y por eso cuando Ataide

en su infancia fatigosa,

que siempre sobran fatigas

donde el dinero no sobra,

el bello semblante pálido

mostraba, y su linda boca

de arcángel no sonreia,

la maldicion pavorosa

helaba de espanto á Ayela,

surgiendo de entre la sombra

del imborrable recuerdo

de su desdichada historia;

y pasaron veinte años

de angustias y de congojas

para la pobre inocente

madre honrada, aunque no esposa,

y para el hijo sin padre,

del cual fué la herencia sola,

con la belleza de Ayela

y su sangre generosa,

el valor de Aben Jucef

y su condicion indómita.

Sin pan y sin esperanza,

y sola en el mundo, sola;

en los principios viviendo,

con llanto, de las limosnas;

rechazando altiva y pura,

si la buscó, á la deshonra;

brava su sino arrostrando,

errante como una hoja

que del árbol desprendida

va allí donde el viento sopla;

con su tesoro cargada,

y libre como una alondra,

danzando cual bayadera,

cantando cual trovadora,

diciendo las buenas hadas

en natalicios y bodas;

vendiendo filtros de amores

y oraciones milagrosas;

ornando con oropeles,

collares y falsas joyas

su portentosa hermosura;

sin más amor que su ansiosa

pasion por su pobre hijo;

por valles, cerros y lomas,

parando en las alquerías,

en las villas populosas,

y en las altivas ciudades

que de torres se coronan;

marchitando su hermosura

las fatigas, las zozobras,

y de su llanto apenado

la corriente silenciosa,

y de su dormir inquieto

las sombras aterradoras,

á la juventud viril

llegó de Ataide, ya rotas

sus fuerzas, su juventud,

y con canas presurosas

la pálida frente ornada,

anciana ya áun siendo moza.

Siempre con el miedo horrible

de que en fatídica hora

su maldicion alcanzase

al hijo de sus congojas,

su único bien en el mundo,

aquella noche en que llora

por la tardanza de Ataide,

una fatídica sombra

su delirante cabeza

asalta y la vuelve loca:

nunca más vivo el recuerdo

de la noche tormentosa

de su desdicha la aqueja;

la faz repugnante y torva,

por el deseo irritada,

de su asesino, medrosa

cual si pasado no hubieran

los años, abrumadora,

impregnada de amenazas,

en frio pavor la ahoga;

y ya no reza ni siente

crujir la puerta premiosa

del huerto, ni unas pisadas

sobre la arena sonoras;

pero _Radjí_ se levanta

penosamente, la cola

menea, con sus gruñidos

la atencion de Ayela evoca,

que de su estera se alza

y á la puerta llega ansiosa,

palpitante, en el momento

en que Ataide al umbral toca,

y muriendo de alegría

entre sus brazos se arroja.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 26 / 40 题