II.

Aun es hermosa, y en vano

la enfermedad, la tristeza

de su marchita belleza,

anublan el esplendor;

y áun á pesar de las canas

que emblanquecen sus cabellos,

hay en sus ojos destellos

de juventud y de amor.

Amor doliente, infinito,

mal herido, acongojado,

en ardoroso cuidado,

en apenador afan;

corriente de desventura,

que la materia mezquina

gasta, corroe, calcina,

como el fuego en un volcan.

Desesperantes, crueles

los dolores de su vida,

por su mente enloquecida

pasan en negro tropel,

y eterno, indeleble, horrible

un pavoroso momento,

en su corazon sangriento

mantiene viva la hiel.

No ha pasado un solo dia:

espantosa, aterradora,

es siempre la horrenda hora

del crímen y la maldad;

es lo que ensueño parece

por el infierno abortado,

lo infame al horror llevado;

lo infinito en la crueldad.

La mar, que á la brisa ondula

y al sol poniente riela,

deja ver la blanca vela,

recortándose en la luz,

que el ocaso enciende en fuego,

de esbelta nave galana

que de la costa africana

viene al verjel andaluz.

¡Ay de la vírgen morena

que al pié de la ingente roca

contra la que brava choca,

rompiendo espumas la mar,

sin miedo acercarse mira

la nave que blandamente,

mueve la brisa indolente

la azul llanura al rizar!

¡Ay de la tribu que errante

vino de Arabia en mal hora

á aquella roca traidora

y sus tiendas alzó allí!

que viene en la nave aquella

el feroz lobo marino,

almirante granadino

Ben Jucef-el-Meriní.

Se oculta el sol: ya es la noche:

la brisa se torna en viento,

que en largo sonoro acento

anuncia la tempestad,

y sobre la mar inquieta,

cubierta de blanca espuma,

negra y espesa la bruma

aumenta la oscuridad.

En tanto, la galeota

que el fiero Jucef comanda,

de la ensenada en demanda,

que está de la roca al pié,

llega, las anclas arroja

y al agua lanza el esquife,

que embiste en el arrecife,

donde el aduar se ve.

Los árabes, sin recelo

de un barco en que está arbolada

la bandera de Granada,

del rey en prenda y señal,

á Aben Jucef se adelantan

y en paz le tienden la mano,

como á un cariñoso hermano

de igual raza y ley igual.

Con antorchas le esclarecen

el camino, y á su llama,

que en chispas se desparrama

del viento bajo el furor,

de Ayela ve el almirante

la sobrehumana hermosura,

y súbita llama impura

prende en él de un torpe amor.

--¡Ah la hurí!--temblando dice;

y volviéndose á su gente--

¡llevadla!--añade vehemente

con fiero acento brutal;

y aquella voz pavorosa

que á los árabes sorprende,

su honrada cólera enciende

y es del combate señal.

Á poco las tiendas arden,

gritos de muerte se escuchan,

presto los tristes no luchan

degollados en monton,

y Ayela, de horror transida,

entre unos brazos se siente,

y ve una mirada ardiente

que la hiela el corazon.

¡El vértigo! luégo nada;

insensible, muda, inerte,

un letargo que á la muerte

se pudiera comparar,

la domina, y cuando vuelve

en sí, con asombro toca

un dentellon de la roca,

á donde la echó la mar.

El sol brilla en el Oriente,

y la azul onda serena

se rompe en la blanca arena

con dulce cadente són;

y graznan las gaviotas,

sus blancas alas mojando,

la abrupta base rozando

del solitario peñon.

Los miembros atormentados,

de dolor temblando y frio,

con espantoso extravío

en su anhelante mirar,

vagamente recordando

rojas visiones tremendas,

Ayela busca las tiendas

de su querido aduar.

Ni un vestigio, ni un despojo

en la arena abandonada;

la mar, entónces rizada,

cuando el huracan la hinchó,

el arrecife asaltando,

bravía por él subiendo,

cuanto al paso halló barriendo,

sólo á Ayela respetó.

¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola

que, cogiéndola en su espalda,

en la dentellada falda

de la roca, sin piedad,

la arrojó, que mejor fuera

que implacable la matára,

porque infeliz no llorára

su desolada orfandad!

Lentamente su memoria,

con el marasmo luchando,

la fué el crímen revelando

infame, horrible, cruel;

y fiera gritó, en la altura

los airados ojos fijos:

--¡Malditos sean sus hijos

y cuantos vinieren de él!

¡Que perezca cuanto ame!

¡Que su corazon de fiera

lento y lento el dolor hiera

y no le mate el dolor!

¡Que sus noches el infierno

llene con sueños de espanto!

¡Que nunca aplaque su llanto

la cólera del Señor!

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 25 / 40 题