Aun es hermosa, y en vano
la enfermedad, la tristeza
de su marchita belleza,
anublan el esplendor;
y áun á pesar de las canas
que emblanquecen sus cabellos,
hay en sus ojos destellos
de juventud y de amor.
Amor doliente, infinito,
mal herido, acongojado,
en ardoroso cuidado,
en apenador afan;
corriente de desventura,
que la materia mezquina
gasta, corroe, calcina,
como el fuego en un volcan.
Desesperantes, crueles
los dolores de su vida,
por su mente enloquecida
pasan en negro tropel,
y eterno, indeleble, horrible
un pavoroso momento,
en su corazon sangriento
mantiene viva la hiel.
No ha pasado un solo dia:
espantosa, aterradora,
es siempre la horrenda hora
del crímen y la maldad;
es lo que ensueño parece
por el infierno abortado,
lo infame al horror llevado;
lo infinito en la crueldad.
La mar, que á la brisa ondula
y al sol poniente riela,
deja ver la blanca vela,
recortándose en la luz,
que el ocaso enciende en fuego,
de esbelta nave galana
que de la costa africana
viene al verjel andaluz.
¡Ay de la vírgen morena
que al pié de la ingente roca
contra la que brava choca,
rompiendo espumas la mar,
sin miedo acercarse mira
la nave que blandamente,
mueve la brisa indolente
la azul llanura al rizar!
¡Ay de la tribu que errante
vino de Arabia en mal hora
á aquella roca traidora
y sus tiendas alzó allí!
que viene en la nave aquella
el feroz lobo marino,
almirante granadino
Ben Jucef-el-Meriní.
Se oculta el sol: ya es la noche:
la brisa se torna en viento,
que en largo sonoro acento
anuncia la tempestad,
y sobre la mar inquieta,
cubierta de blanca espuma,
negra y espesa la bruma
aumenta la oscuridad.
En tanto, la galeota
que el fiero Jucef comanda,
de la ensenada en demanda,
que está de la roca al pié,
llega, las anclas arroja
y al agua lanza el esquife,
que embiste en el arrecife,
donde el aduar se ve.
Los árabes, sin recelo
de un barco en que está arbolada
la bandera de Granada,
del rey en prenda y señal,
á Aben Jucef se adelantan
y en paz le tienden la mano,
como á un cariñoso hermano
de igual raza y ley igual.
Con antorchas le esclarecen
el camino, y á su llama,
que en chispas se desparrama
del viento bajo el furor,
de Ayela ve el almirante
la sobrehumana hermosura,
y súbita llama impura
prende en él de un torpe amor.
--¡Ah la hurí!--temblando dice;
y volviéndose á su gente--
¡llevadla!--añade vehemente
con fiero acento brutal;
y aquella voz pavorosa
que á los árabes sorprende,
su honrada cólera enciende
y es del combate señal.
Á poco las tiendas arden,
gritos de muerte se escuchan,
presto los tristes no luchan
degollados en monton,
y Ayela, de horror transida,
entre unos brazos se siente,
y ve una mirada ardiente
que la hiela el corazon.
¡El vértigo! luégo nada;
insensible, muda, inerte,
un letargo que á la muerte
se pudiera comparar,
la domina, y cuando vuelve
en sí, con asombro toca
un dentellon de la roca,
á donde la echó la mar.
El sol brilla en el Oriente,
y la azul onda serena
se rompe en la blanca arena
con dulce cadente són;
y graznan las gaviotas,
sus blancas alas mojando,
la abrupta base rozando
del solitario peñon.
Los miembros atormentados,
de dolor temblando y frio,
con espantoso extravío
en su anhelante mirar,
vagamente recordando
rojas visiones tremendas,
Ayela busca las tiendas
de su querido aduar.
Ni un vestigio, ni un despojo
en la arena abandonada;
la mar, entónces rizada,
cuando el huracan la hinchó,
el arrecife asaltando,
bravía por él subiendo,
cuanto al paso halló barriendo,
sólo á Ayela respetó.
¡Oh! ¡cuán cruel fué la ola
que, cogiéndola en su espalda,
en la dentellada falda
de la roca, sin piedad,
la arrojó, que mejor fuera
que implacable la matára,
porque infeliz no llorára
su desolada orfandad!
Lentamente su memoria,
con el marasmo luchando,
la fué el crímen revelando
infame, horrible, cruel;
y fiera gritó, en la altura
los airados ojos fijos:
--¡Malditos sean sus hijos
y cuantos vinieren de él!
¡Que perezca cuanto ame!
¡Que su corazon de fiera
lento y lento el dolor hiera
y no le mate el dolor!
¡Que sus noches el infierno
llene con sueños de espanto!
¡Que nunca aplaque su llanto
la cólera del Señor!