VIII.

Por un sendero

que al soto baja

un bello jóven

gallardo avanza.

Al aire ondea

su toca blanca,

caftan le cubre

de burda lana,

su talle ciñe

revuelta faja

que el curvo alfanje

sostiene y guarda;

cubren sus piernas

rudas abarcas,

y el carcax lleno

de fuertes jaras,

y la ballesta

sobre la espalda,

y el cervatillo

que al hombro carga,

revelan, cierto,

que es pobre y caza,

y que cazando

su vida gana.

La res sangrienta

deja en la grama,

y en una piedra

que besa el agua,

se sienta y mira,

miéntras descansa,

absorto, inmóvil,

la faz nublada,

el sonoroso

raudal que canta,

y sobre el lecho

de piedras salta,

y allá se pierde,

y allá se escapa,

cual las mentidas

sombras livianas

de los ensueños

de la esperanza.

Tal vez Ataide,

que sufre y ama,

ve en la corriente,

pasando rápida,

su vida entera,

su vida ingrata,

en fugitivas

sombras fantásticas,

y en voz de llanto

doliente exclama:

«¡Ay vida triste!

¡Corriente amarga!»

Sus negros ojos

lucientes lanzan

fulgores lúgubres,

siniestras ráfagas,

cual si en su seno,

con furia insana,

se revolviese

tormenta brava.

Hay negros dias

de horas menguadas

en que anochece

por la mañana.

Consigo traen

nubes de lágrimas

y el duro cierzo

que hiela el alma.

¡Desheredado

desde la infancia!

Los años vienen,

corren, avanzan;

el niño es hombre,

la madre anciana,

y el raudal ciego

de la desgracia

siempre les dice

con voz aciaga:

«¡Ay vida triste!

¡Corriente amarga!»

Hondos suspiros

Ataide exhala,

que un imposible

su sér abrasa,

y al dueño hermoso

que así le encanta

decir no puede

sus tristes ánsias;

que ella es orgullo,

prodigio y gala

de la hermosura,

la vírgen lánguida,

la de las ricas

trenzas doradas,

ojos de fuego,

frente de nácar,

la dulce niña,

la altiva dama,

Leila la Horra,

Leila la Hijara.

¡Él tan humilde,

y ella tan alta!

¿Su amor en donde

potentes alas

hallar pudiera

para alcanzarla?

Y el pobre mozo

por sus entrañas

siente que corre

hiel que le mata,

algo que horrible

su sér desgarra;

y en el gemido

de su garganta

decir parece

con voz ahogada:

«¡Ay vida triste!

¡Corriente amarga!»

La vió en las fiestas

de Bib-Arrambla,

resplandeciente

como una hada;

hada sombría

doliente y pálida.

¿Por qué tan rica,

tan codiciada,

de la hermosura

gentil sultana,

así insensible

y así postrada?

¿Por qué en el Coso,

quebrando cañas,

lidiando toros,

rompiendo lanzas,

cien caballeros

de gran prosapia,

que prez y orgullo

son de Granada,

deslumbradores

de ricas galas,

lucientes joyas,

bruñidas armas,

sobre fogosos

potros del Atlas,

que el Coso barren

con sus gualdrapas,

en las cuadrillas

giran, se travan,

como un torrente

de fuego pasan

junto al estrado

de la acuitada,

y sus preseas

ante sus plantas

ansiosos ponen,

sin que una vaga,

leve sonrisa

conmueva plácida

su hermosa boca,

ni en dulce llama

sus negros ojos

lucientes ardan?

¿Por qué tal pena,

desdicha tanta?

Y cual si el sueño

que á Ataide embarga

fuese un conjuro

que la evocára,

en los fulgores

raudos de plata

que á la corriente

la luna arranca,

Leila aparece

trasfigurada,

los negros ojos

ardiendo en llamas,

voraz sonrisa

mostrando avara,

suelta la luenga

crencha dorada,

que en su aureola

radiante baña

las maravillas

de su garganta,

sus curvos hombros,

su seno que alza

aliento inmenso

que gime y canta

y en poderoso

volcan estalla.

Leila le absorbe,

Leila le abarca

en el encanto

de su mirada,

Leila le expresa

cuantas fragancias,

cuantas ternuras

enamoradas,

las almas sienten

que se embriagan

en el misterio

que amor se llama.

Dura un momento

la vision mágica,

la onda en que flota

léjos la arrastra,

y Ataide dice

con voz que espanta:

--¡Hay vida triste!

¡Corriente amarga!

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 18 / 40 题