Ya el crepúsculo en la noche
lentamente se va hundiendo;
con más esplendor la luna
brilla en el límpido cielo,
y en la inmensidad perdidos
resplandecen los luceros.
Es ya tarde: cuidadosa,
sin duda en ferviente rezo,
la infeliz Ayela aguarda
al hijo que es su consuelo,
su solo amor en el mundo,
su solo dolor acerbo.
De la piedra se alza Ataide
conmovido y macilento,
y sobre su res se inclina,
cuando un cavernoso estruendo,
atronador, formidable,
indescriptible, siniestro,
voz pavorosa de muerte,
que áun resonante á lo léjos
hiela la sangre de espanto,
pone de punta el cabello,
retemblar haciendo al soto
despierta aterrado al eco.
--¡Ah! ¡el leon!--Ataide exclama,
cuidadoso, mas sereno:--
¡el leon en montería,
el feroz divertimiento
que da á su doliente Leila
Aben Jucef el soberbio!
¿Mas por qué de las bocinas
no se percibe el acento,
ni los ardientes lelíes
de los ágiles monteros,
ni acorralando á la fiera
el ladrido de los perros?
¿Por qué esos rugidos suenan
solitarios y siniestros,
y la vega los repite
cual los repite el Desierto
cuando su rey vaga errante
de hambre y sed calenturiento.--
Cual respuesta pavorosa
se oyen gritos lastimeros
de mujer, gritos heridos,
insoportables, horrendos,
voz de espanto miserable
que pide amparo á los cielos,
y el escape redoblado
de un bruto que viene huyendo.
Y se acercan los rugidos,
los gritos son más intensos,
y ya se ven las centellas
que arrancan los cascos férreos
de los duros pedernales
en su escape turbulento.
--¡Santo Allah! ¡si fuese ella!--
exclama Ataide partiendo
como un rayo hácia el peligro,
de ansiedad henchido el pecho,
enardecido, magnífico,
ardientes los ojos fieros,
en el alma acariciando
de una esperanza el misterio,
y exclamando miéntras corre
más veloz y más intrépido:
--¡Ah, no! ¡que no sobrevengan
los altivos caballeros,
ni los monteros feroces,
ni los irritados perros!
¡Yo solo, yo, con tu amparo
Santo Allah, salvarla quiero!--
Al fin una blanca yegua,
impulsada por el vértigo,
cae sin vida en la rambla
agotado ya el aliento,
y soltando los estribos,
por buena dicha á buen tiempo,
queda una blanca figura
de pié, lanzando reflejos
de su rica pedrería,
que de la luna á los besos
irradia, cual los del sol,
deslumbradores destellos.
El leon avanza á saltos:
uno más para que hambriento
se cebe en su triste presa,
que inmóvil, resplandeciendo
más que por sus ricas joyas
de su beldad por lo inmenso,
parte el alma atribulada
entre el asombro y el miedo:
que la hace sentir Ataide
un inefable consuelo,
y el leon puede quitarle
lo que ya, sin comprenderlo,
siente en su sér conturbado
por un dulcísimo anhelo.
Suena un chasquido; una jara
hiere zumbando en el pecho
al leon, que se recoge,
y sus ijares batiendo
con la cola, rampa horrible
sobre su propio terreno,
la roja crencha erizada,
pavoroso, gigantesco:
sus fosforescentes ojos
muerte amenazan, y el suelo
con las garras formidables
cavando, ruge en el hueco.
De la vida ó de la muerte
es el solemne momento.
Por su amor engrandecido,
por él á todo resuelto,
olvidado de su madre,
viendo en su amor su universo,
Ataide al leon se arroja,
desnudo el tajante acero,
revuelto rápidamente,
el caftan al brazo izquierdo;
y resuena un grito herido,
un grito de horror supremo:
ella no ve más que un grupo
en que se agitan revueltos,
confundidos, hombre y fiera:
Ataide en círculo estrecho
se ciñe al leon, le evita,
al burlar su furor ciego
larga herida le produce,
y rápido revolviendo,
vuelve á burlarle y á herirle
y redobla su ardimiento,
siempre el caftan por escudo
y por ofensa el acero.
Á cada golpe que tira
le enrojece un chorro negro
de hirviente sangre que brota
de cien heridas á un tiempo;
y ella, extendidos los brazos,
de ansiedad y espanto trémulos,
agitado el corazon,
que quiere saltar del pecho,
más y más á Ataide siente
en el voraz pensamiento.
Al fin la tremenda lucha
cesa, profundo silencio
sucede á un postrer rugido
del monstruo espantable muerte;
y Leila, que ella es la dama,
mira á sus piés al mancebo,
y desmayada en sus brazos
se abandona sonriendo.