IX.

Ya el crepúsculo en la noche

lentamente se va hundiendo;

con más esplendor la luna

brilla en el límpido cielo,

y en la inmensidad perdidos

resplandecen los luceros.

Es ya tarde: cuidadosa,

sin duda en ferviente rezo,

la infeliz Ayela aguarda

al hijo que es su consuelo,

su solo amor en el mundo,

su solo dolor acerbo.

De la piedra se alza Ataide

conmovido y macilento,

y sobre su res se inclina,

cuando un cavernoso estruendo,

atronador, formidable,

indescriptible, siniestro,

voz pavorosa de muerte,

que áun resonante á lo léjos

hiela la sangre de espanto,

pone de punta el cabello,

retemblar haciendo al soto

despierta aterrado al eco.

--¡Ah! ¡el leon!--Ataide exclama,

cuidadoso, mas sereno:--

¡el leon en montería,

el feroz divertimiento

que da á su doliente Leila

Aben Jucef el soberbio!

¿Mas por qué de las bocinas

no se percibe el acento,

ni los ardientes lelíes

de los ágiles monteros,

ni acorralando á la fiera

el ladrido de los perros?

¿Por qué esos rugidos suenan

solitarios y siniestros,

y la vega los repite

cual los repite el Desierto

cuando su rey vaga errante

de hambre y sed calenturiento.--

Cual respuesta pavorosa

se oyen gritos lastimeros

de mujer, gritos heridos,

insoportables, horrendos,

voz de espanto miserable

que pide amparo á los cielos,

y el escape redoblado

de un bruto que viene huyendo.

Y se acercan los rugidos,

los gritos son más intensos,

y ya se ven las centellas

que arrancan los cascos férreos

de los duros pedernales

en su escape turbulento.

--¡Santo Allah! ¡si fuese ella!--

exclama Ataide partiendo

como un rayo hácia el peligro,

de ansiedad henchido el pecho,

enardecido, magnífico,

ardientes los ojos fieros,

en el alma acariciando

de una esperanza el misterio,

y exclamando miéntras corre

más veloz y más intrépido:

--¡Ah, no! ¡que no sobrevengan

los altivos caballeros,

ni los monteros feroces,

ni los irritados perros!

¡Yo solo, yo, con tu amparo

Santo Allah, salvarla quiero!--

Al fin una blanca yegua,

impulsada por el vértigo,

cae sin vida en la rambla

agotado ya el aliento,

y soltando los estribos,

por buena dicha á buen tiempo,

queda una blanca figura

de pié, lanzando reflejos

de su rica pedrería,

que de la luna á los besos

irradia, cual los del sol,

deslumbradores destellos.

El leon avanza á saltos:

uno más para que hambriento

se cebe en su triste presa,

que inmóvil, resplandeciendo

más que por sus ricas joyas

de su beldad por lo inmenso,

parte el alma atribulada

entre el asombro y el miedo:

que la hace sentir Ataide

un inefable consuelo,

y el leon puede quitarle

lo que ya, sin comprenderlo,

siente en su sér conturbado

por un dulcísimo anhelo.

Suena un chasquido; una jara

hiere zumbando en el pecho

al leon, que se recoge,

y sus ijares batiendo

con la cola, rampa horrible

sobre su propio terreno,

la roja crencha erizada,

pavoroso, gigantesco:

sus fosforescentes ojos

muerte amenazan, y el suelo

con las garras formidables

cavando, ruge en el hueco.

De la vida ó de la muerte

es el solemne momento.

Por su amor engrandecido,

por él á todo resuelto,

olvidado de su madre,

viendo en su amor su universo,

Ataide al leon se arroja,

desnudo el tajante acero,

revuelto rápidamente,

el caftan al brazo izquierdo;

y resuena un grito herido,

un grito de horror supremo:

ella no ve más que un grupo

en que se agitan revueltos,

confundidos, hombre y fiera:

Ataide en círculo estrecho

se ciñe al leon, le evita,

al burlar su furor ciego

larga herida le produce,

y rápido revolviendo,

vuelve á burlarle y á herirle

y redobla su ardimiento,

siempre el caftan por escudo

y por ofensa el acero.

Á cada golpe que tira

le enrojece un chorro negro

de hirviente sangre que brota

de cien heridas á un tiempo;

y ella, extendidos los brazos,

de ansiedad y espanto trémulos,

agitado el corazon,

que quiere saltar del pecho,

más y más á Ataide siente

en el voraz pensamiento.

Al fin la tremenda lucha

cesa, profundo silencio

sucede á un postrer rugido

del monstruo espantable muerte;

y Leila, que ella es la dama,

mira á sus piés al mancebo,

y desmayada en sus brazos

se abandona sonriendo.

El infierno del amor: leyenda fantastica · 第 19 / 40 题