Pero como Dios no oye
á los réprobos, y el llanto
de Jucef mojaba inútil
las losas del santuario,
y el semblante entristecido
de Leila más y más pálido
se mostraba, y más sus ojos
ardientes, febriles, lánguidos,
el cuidado paternal
por ciego dió en el engaño.
No vió que el amor es vida
cuando anhela un sér soñado,
y anhelándolo le goza,
y se sublima esperándolo.
Creyó que la helada muerte
ya alzaba el horrible brazo
sobre la rubia cabeza
que era su vida y su encanto,
y viendo que Dios no oia
sus ruegos, se volvió al diablo,
con la rabiosa esperanza
del que está desesperado.
La casa, hasta entónces triste,
de Jucef ardió en saraos,
en zambras y en regocijos,
y entre el giro acompasado
de indolentes bayaderas,
resonó sentido y largo,
como el suspiro del viento
de la palma en el penacho,
al compás de guzlas de oro,
el melancólico canto
del desierto, que suspira
el beduino cansado,
que sigue á la caravana
en sus amores soñando.
En Bib-Arrambla hubo justas,
cañas, sortijas y bravos
toros de Ronda, en que, audaces,
sus rejoncillos quebraron
caballeros de gran prez,
que ambicionaban el tálamo
de la incomparable Leila;
y aunque el mismo Rey, lanzado
á la arena y vencedor
en su triunfo confiando,
del airon de grana y oro,
con gran peligro arrancado
de la cerviz de una fiera,
á sus piés la hizo regalo,
al agradecerlo ella
lo dijo con tal desmayo,
que harto claro se entiende
lo inútil del agasajo.
Al fin ya de todo punto
loco Jucef é insensato
hizo venir de Marruecos,
en fuertes jaulas cerrados,
seis viejos leones rojos
para en la vega soltarlos,
y probar si en la árdua caza
algun galan abrasado
por los encantos de Leila
lograba al fin el milagro
de hacerse amar de la hermosa
por gentil y por bizarro,
que aquel que embiste á leones
por lograr un fin ansiado,
para no amarle es forzoso
tener corazon de mármol.