Y tales los de Leila se exhalaron,
tan apenados, tan profundos fueron,
tan claro al padre su dolor contaron,
que sus fieras entrañas abrasaron
y su altivez indómita rindieron.
--«¡Ah de la vida y su tormenta brava!--
siniestro el xeque murmuró, y sombrío:--
¡Surge á la luz la mariposa esclava,
el dormido volcan revienta en lava,
el arroyuelo se convierte en rio!»
Y tembló: formidable en su memoria
se alzó horrible, cual lúgubre agonía,
cual tremenda vision expiatoria,
la infinita amargura de su historia,
dolor tras de dolor, dia por dia.
¿Dónde estaban los lauros triunfadores
que arrancó de las lides su pujanza?
¿Dónde sus horas plácidas de amores?
¿Dónde las tiernas, las fragantes flores,
sér de su sér y luz de su esperanza?
El ciego incontrastable torbellino
rugiente se abatió sobre su casa,
cual fuego intenso, destructor, sanguino,
que al soplo misterioso del destino
deja luto y horror por donde pasa.
Sus mujeres las frentes doblegaron,
sus hijos en sus cunas se extinguieron,
los años con su peso le agobiaron,
y ya débil en brazo, se agostaron
los altos lauros que su faz ciñeron.
Todo perdido en sueños de agonía
y en el delirio del dolor flotaba;
todo en su corazon rugiente hervia,
y Leila sólo á su afanar reia
y con su dulce amor le consolaba.
¡Y ella tambien, el último tesoro,
la flor preciada de esplendor naciente,
ya en los ojos de luz acerbo el lloro,
y los reflejos de sus trenzas de oro
como nimbo fatal en su alba frente!
--«¡Oh santo Allah!--las ansias exclamaron
del postrado Jucef:--¡Oh Dios sombrío!--
y en sus ojos las lágrimas brotaron,
y por su blanca barba resbalaron
cual trasparentes gotas de rocío.