Pero llegó muy presto
su edad florida,
pasó su adolescencia
dulce y tranquila,
y los insomnios
encendieron en fiebre
sus bellos ojos.
Si ántes era una rosa
por linda y fresca,
es ya la triste niña
blanca azucena,
que sufre y llora,
y lágrimas y penas
la descoloran.
Y aunque el viejo la guarda
como un tesoro,
de las miradas torpes
de avaros ojos,
y celosías
no dejan ver su encanto
que el sol codicía;
y aunque esclavos feroces
y muros densos,
á audacias de galanes
ponen respeto,
ama la hermosa,
que no hay puertas ni muros
que amor no rompa.
Nace en la ardiente vida
y allí se esconde,
que el alma tiene el gérmen
de los amores,
y comprimidos,
se exhalan misteriosos
en los suspiros.