En otros tiempos remotos,
dolor de la gente mora,
que de Granada recuerda
la prepotencia y la gloria,
aquella casa, hoy hundida,
alcázar fué y noble joya
de bravos Benimerines,
noble linaje que goza
por sus preclaras hazañas
alto renombre en la historia.
Ben-Jucef el Meriní,
de aquella casa que doran
la opulencia y la grandeza,
es el sostén y la honra,
y su luz y su delicia
es Leila la encantadora,
la de los negros luceros,
la de la faz majestosa,
la de los cabellos de oro,
la de la purpúrea boca,
la de la ebúrnea garganta,
la del talle de diosa,
la del seno palpitante,
la altiva, la que enamora
al que su belleza mira
si el céfiro la destoca,
ó al que su cantar escucha
en la noche silenciosa,
si al pié de sus miradores
pasa por su mal ó ronda.
Por pudorosa y honesta
la llaman Leila la Horra,
y tambien Leila la Hijara
porque su pecho es de roca:
y ella, el amor ignorando,
de su adolescencia goza,
como el naciente capullo
que áun no desplegó sus hojas.