CAPITULO XXXV

En el siglo anterior se declamó mucho contra la intolerancia; pero una

filosofía menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado

algo más sobre un hecho que, sea cual fuere el juicio que de él se

forme, no puede, sin embargo, negarse haber sido general á todos los

países y á todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la

cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos

dioses extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que, formando parte

de aquella especie de panteísmo que era el fondo de su religión, sólo

necesitan, para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad;

que se les libre, por decirlo así, el título de ciudadanos. Pero no

consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religión de los

judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy equivocadas,

en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy

diferentes de la suya. La historia de los emperadores gentiles es la

historia de la persecución de la Iglesia; y así que los emperadores

se hicieron cristianos, empieza una legislación penal contra los

que siguen una religión diferente de la que domina en el Estado.

En los siglos posteriores la intolerancia continuó en diferentes

formas, y también ha continuado hasta nosotros, que no estamos de

ellas tan libres como se quisiera hacernos creer. La emancipación de

los católicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas

desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontífice, por causa

de las arbitrariedades de aquél con respecto á la religión católica,

son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y

la persecución del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan

escandalosa como nunca. Esto, en cuanto á los hombres de las sectas

disidentes; pues, por lo que toca á la tolerancia de los _humanos_

filósofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy

amable, á no recibir su digna sanción de la mano de Robespierre.

Todo gobierno que profesa una religión es más ó menos intolerante con

las otras; y esta intolerancia sólo disminuye, ó cesa, cuando los que

profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, ó

despreciar por muy débiles. Aplicad á todos los tiempos y países la

regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis

exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto á

las religiones. El gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los

católicos, y continuará siéndolo más ó menos según las circunstancias;

los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirán como hasta aquí, bien que

con las modificaciones que exigirá la variedad de los tiempos; así como

en los países donde predomine el principio católico se pondrán trabas

más ó menos fuertes al ejercicio del culto protestante. Se me citará

como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde, á pesar

de ser el Catolicismo la religión de la inmensa mayoría, son tolerados

los demás cultos, sin que se trasluzca la menor señal de reprimirlos

ni molestarlos. Esto se atribuirá quizás al espíritu público; pero yo

creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado

profundas huellas la filosofía del siglo pasado y también de que en

las regiones del poder de aquel país no prevalece ningún principio

fijo; no siendo más toda su política interior y exterior que una

continua transacción para salir del paso, del mejor modo, que se pueda.

Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del

reducido número de hombres que de algunos años á esta parte disponen de

los destinos de la Francia.

Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal,

negando á los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en

materias religiosas;, sin embargo, y á pesar de cuanto se ha dicho, los

filósofos no han podido poner su aserción bien en claro, y mucho menos

hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno. Para demostrar

que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de

permitir esos pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas.

Si viene á establecerse en vuestro país una religión cuyo culto

demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis?--No.--Y ¿por qué?--Porque

no podemos tolerar un crimen semejante.--Pero entonces seréis

intolerantes, violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como

un crimen lo que á los ojos de estos hombres es un obsequio á la

Divinidad. Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan

todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis

que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?--No importa,

seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la

humanidad.--Aplaudo vuestra conducta; pero no podéis negarme que se ha

ofrecido un caso en que la intolerancia de una religión os ha parecido

un derecho y un deber.

Pero, si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al menos

permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y

saludable la práctica de los sacrificios humanos?--No, porque esto

equivaldría á permitir la enseñanza del asesinato.--Enhorabuena; pero

reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la

cual os habéis creído con derecho y obligación de ser intolerantes.

Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis, por cierto,

los sacrificios ofrecidos en la antigüedad á la diosa del amor, y

el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia

y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros,

¿le toleraríais?--No, por contrario á las sagradas leyes del

pudor.--¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le

apoyase?--No, por la misma razón.--Entonces encontramos otro caso

en que os creéis con derecho y obligación de ser intolerantes, de

violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón, sino que

á esto os obliga vuestra conciencia propia.

Todavía más: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven á

calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo cristianismo á

imitación de Matías Harlem ó Juan de Leyde; que empiezan los sectarios

á difundir sus doctrinas, á reunir conciliábulos, y que con sus

peroratas fanáticas arrastran una parte del pueblo; ¿toleraréis esa

nueva religión?--No, porque esos hombres podrían renovar en nuestros

tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en

nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo,

los anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente,

y sembraban por todas partes la desolación y el exterminio.--Obraréis

con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar

que ejerceréis un acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la

tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si á cada

paso os encontráis vosotros mismos con la necesidad de restringirle,

mejor diré, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto?

Diréis que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la

moral pública, os obligan á obrar así; pero entonces ¿qué viene á

ser un principio que en ciertos casos se halla en oposición con los

intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del

Estado? ¿Y creéis, por ventura, que aquellos contra quienes declamáis,

no pensaban también poner á cubierto esos intereses, cuando eran

intolerantes?

En todos tiempos y países, se ha reconocido como un principio

indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos,

de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor ó menor violencia que

con esto se haga á la conciencia de los individuos que los ejercían

ó pretendían ejercerlos. Si no bastaba el constante testimonio de la

historia, debiera ser suficiente á convencernos de esta verdad el

breve diálogo que se acaba de leer; donde se ha visto que los más

ardientes encomiadores de la tolerancia podían verse obligados á

ser intolerantes. Ellos se veían precisados á serlo en nombre de la

humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego

la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un

deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicación; pues

que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido

siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo gobierno y cuya

aplicación, más ó menos severa ó indulgente, depende de la diversidad

de circunstancias, y, sobre todo, del punto de vista desde el cual mira

las cosas el gobierno que la ha de ejercer.

Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que á primera

vista parece conducir á la condenación de toda intolerancia relativa

á doctrinas y á los actos que á consecuencia de ellas se practican.

Sin embargo, mirada la cosa á fondo, no es así; y aun dado que el

entendimiento no alcanzara á disipar completamente la dificultad

por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la

argumentación que llaman _ad absurdum_, se llega á conocer la verdad,

al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de guía á la

incierta prudencia humana. He aquí la cuestión: «¿Con qué derecho puede

prohibirse á un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme

á ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera,

y que cumple con su obligación ó ejerce un derecho, cuando obra

conforme á lo que la misma le prescribe? Si la prohibición no ha de

ser ridícula, ha de llevar la sanción de la pena; y, cuando apliquéis

esa pena, castigaréis á un hombre que en su conciencia es inocente. La

justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es

en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y sólo

podemos ser responsables de la infracción de una ley cuando esta ley ha

hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una

acción es mala, no podemos ejecutarla, por más que nos la prescriba la

ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla,

por más que esté prohibida por la ley.» He aquí presentado en pocas

palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse

contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas

emanan; veamos ahora cuál es el verdadero peso de estas reflexiones,

que á primera vista parecen tan concluyentes.

Por de pronto salta á la vista que la admisión de este sistema haría

imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando el

puñal en el pecho de César, Jacobo Clement asesinando á Enrique III,

obraban, sin duda, á impulsos de una exaltación de ánimo que les

hacía mirar su atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo,

si uno y otro hubiesen sido conducidos á un tribunal, ¿os parecería

razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su

amor de la patria, el otro su celo por la religión? La mayor parte de

los crímenes políticos se cometen con la convicción de que se obra

bien, aun prescindiendo de las épocas turbulentas, donde los hombres

de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener cada

cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman

contra un gobierno en épocas pacíficas, son, por lo común, obra de

algunos individuos que tienen por ilegítimo ó por tiránico el poder; y

trabajando para derribarle, obran conforme á sus principios. El juez

los castiga justamente aplicándoles la ley impuesta por el legislador;

y, sin embargo, ni el legislador al señalar la pena, ni el juez al

aplicarla, ignoran, ni ignorar pueden, la disposición de ánimo en que

debía de hallarse el delincuente cuando la infringía.

Se dirá que, atendiendo á la fuerza de estas razones, se va aumentando

cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos;

pero yo replicaré que, si establecemos el principio de que la justicia

humana no tiene derecho á castigar cuando el delincuente ha obrado

en fuerza de sus principios, no sólo deberían endulzarse esas penas,

sino abolirse. En tal caso, la pena capital sería un verdadero

asesinato; la pecuniaria, un robo, y las demás, un atropellamiento.

Y advertiré de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor

contra los crímenes políticos; la historia de Europa en los últimos

años nos suministraría algunas pruebas de lo contrario. No se ven en

la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras

épocas; pero esto no dimana de que se atienda á la conciencia del que

ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres

que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de

afectar la legislación criminal. Lo que es extraño es la severidad

que les queda á las leyes relativas á los crímenes políticos, cuando

tantos y tantos de los mismos legisladores, en las diferentes naciones

de Europa, sabían muy bien que ellos á su tiempo habían cometido el

mismo crimen. No serán pocos seguramente los que, al votarse una ley

penal, habrán opinado con indulgencia, porque presentían ó preveían que

aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus propias cabezas.

La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión

del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero, aun

dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana

naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal

cuando ha obrado á impulsos de su conciencia, nótase, por otra parte,

que no son únicamente los crímenes políticos los que vendrían á quedar

sin castigo, sino también los delitos comunes. Los atentados contra

la propiedad pertenecen á este género, y, sin embargo, es bien sabido

que no han faltado en otras épocas, y desgraciadamente no faltan en la

nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpación,

como una injusticia. Los atentados contra la santidad del matrimonio

son también delitos comunes, y, no obstante, se han visto sectas que

le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la comunidad

de mujeres. Las santas leyes del pudor y el respeto á la inocencia

han sido también consideradas por algunas sectas como una injusta

limitación de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una

obra meritoria. ¿Y qué? Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de

ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes

doctrinas, ¿quién se atrevería á negar la justicia del castigo que se

les impusiese, cuando á consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, ó

cuando se empeñasen en difundir por la sociedad su funesta enseñanza?

Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra

conforme á su conciencia, libres serían de cometer todos los crímenes

que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la

doctrina del interés privado, porque, destruyendo como destruyen la

base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues

que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se

ha querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en

cara á los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen

cuando aplican el castigo á esa clase de hombres? Entonces podríamos

decirles: «¿Con qué derecho castigáis á ese hombre que, no admitiendo

la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable á sus ojos, y, por

tanto, ni á los vuestros? Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza

le castigáis, pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque

vosotros sois sus iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser

superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad.

¿Con qué justicia castigáis á ese otro que está convencido de que todas

sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedrío es

una quimera, y que, cuando se arroja á cometer la acción que vosotros

tacháis de criminal, no piensa ser más libre para dejar de obrar, que

el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene á la vista, ó

sobre otro bruto que le ha enfurecido? ¿Con qué justicia castigáis á

quien está persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra

que el interés privado, que el bien y el mal no son otra cosa que ese

mismo interés bien ó mal entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será,

no porque sea culpable según su conciencia, sino porque ha errado un

cálculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado

que su acción le había de acarrear.» He aquí las consecuencias

necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder público la

facultad de castigar los crímenes que se cometen á consecuencia de un

error de entendimiento.

Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con respecto á las

acciones, no á las doctrinas; que las primeras deben sujetarse á la

ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla

de las doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin

manifestarse en lo exterior, claro es que, no sólo no hay derecho,

pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque sólo Dios puede

conocer los secretos del espíritu del hombre; pero, si se trata de las

doctrinas manifestadas, entonces es falso el principio, y acabamos de

demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría pueden atenerse

á él en la práctica. Por fin, se nos podrá replicar que, aun cuando la

doctrina que impugnamos conduce á grandes absurdos, sin embargo, no

deja de permanecer en pie la dificultad capital, que consiste en la

incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada ó

permitida por la conciencia de quien la comete. ¿Cómo se suelta esa

dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en

ningún caso tratar como culpable á quien no lo es en el tribunal de su

propia conciencia?

Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de

acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestión;

y, sin embargo, no es así; y entre los católicos, de una parte, y los

incrédulos y protestantes, de otra, media una diferencia profunda.

Los primeros tienen por principio inconcuso que hay _errores de

entendimiento que son culpables_; los segundos piensan, al contrario,

que todos _los errores de entendimiento son inocentes_. Los católicos

miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer á

Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales;

sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia,

y no pueden conducirse de otro modo, so pena de ser inconsecuentes.

Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de

algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan á ciertas

circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero

sus adversarios, ponderando de continuo la libertad del pensar, no

poniéndole más trabas que las que sean del gusto de cada individuo,

afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que

más le agraden, han llegado á inspirar á todos sus partidarios la

convicción de que no hay opiniones culpables ni errores culpables,

que no tiene el hombre la obligación de escudriñar cuidadosamente el

fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le

impelen á apartarse de la verdad; han llegado, por fin, á confundir

monstruosamente la libertad física del entendimiento con la libertad

moral; han desterrado del orden de las opiniones las ideas de _lícito_

ó _ilícito_; han dado á entender que estas ideas no tenían aplicación

cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las

ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado inútiles é

incompetentes todas las leyes divinas y humanas. ¡Insensatos! ¡Cómo

si fuera posible que lo que hay más alto y más noble en la humana

naturaleza, no estuviera sujeto á ninguna regla; cómo si fuera posible

que lo que hace al hombre rey de la creación, no debiese concurrir á la

inefable harmonía de las partes del universo entre sí, y del todo con

Dios; cómo si esta harmonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera

en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de

mantenerse adherido á la verdad!

He aquí una razón profunda que justifica á la Iglesia católica, cuando

considera el pecado de herejía como uno de los mayores que el hombre

puede cometer. ¡Qué! Vosotros que os sonreís de lástima y desprecio al

sólo mentar el nombre de pecado de herejía; vosotros que le consideráis

como una invención sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar

la libertad del pensamiento, ¿con qué derecho os arrogáis la facultad

de condenar las herejías que se oponen á vuestra ortodoxia? ¿Con qué

derecho condenáis esas sociedades donde se enseñan máximas atentatorias

á la propiedad, al orden público, á la existencia del poder? Si el

pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más mínimo

viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta á

ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar

á obrar contra ella ó á desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no

dejáis hacer á esos hombres que quieren destruir todo el orden social

existente, á esas asociaciones subterráneas que de vez en cuando

envían algunos de sus miembros á disparar el plomo homicida contra el

pecho de los reyes? Sabed que si, para declarar injusta y cruel la

intolerancia que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores,

invocáis vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar

las suyas. Vosotros decíais que las doctrinas de la Iglesia eran

invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la

sociedad son también invenciones humanas; vosotros decíais que el orden

social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el

orden actual; vosotros decíais que los poderes antiguos eran tiránicos,

y ellos dicen que los poderes actuales tiránicos son; vosotros

decíais que queríais destruir lo existente para fundar instituciones

nuevas que harían la dicha de la humanidad, ellos dicen que quieren

derribar todo lo existente para plantear también otras instituciones

que labrarán la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa

la guerra que se hacía al poder antiguo, y ellos declaran santa

la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis á los

medios de que podíais disponer y los pretendisteis legitimados por

la necesidad, ellos declaran también legítimo el único medio que

tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento

oportuno, procurando acelerarle asesinando personas augustas. Habéis

pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones hasta el ateísmo,

y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el obrar

conforme á vuestros principios: pues bien, principios tienen también,

y principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando;

convicciones tienen también, y convicciones horribles. ¿Qué prueba más

convincente de que existe entre ellos esa convicción espantosa, que

verlos, en medio de la alegría y de las fiestas públicas, deslizarse

pálidos y sombríos entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto

oportuno y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir

en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una nación,

con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración

pública y acabar la vida en un cadalso? Pero, nos dirán nuestros

adversarios, estas convicciones no tienen escusa; bien la tendrían,

si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia de que

vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio

de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la opulencia y á

la sombra del poder, y ellos se formaron sus abominables doctrinas,

en medio de la obscuridad, de la pobreza, de la miseria, de la

desesperación.

En verdad que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo

chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la

espiritualidad é inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el

derribar toda la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha

sido para ellos una cosa muy excusable, y hasta, si se quiere, digna

de alabanza. Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son

todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los

templos para colocar en ellos los nombres y las imágenes de los jefes

de aquellas escuelas: debajo de las bóvedas de la magnífica basílica,

en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano

que espera la resurrección, es necesario levantar los sepulcros de

Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan

á recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y

sombrías, y á recibir las inspiraciones de aquellos genios. Entonces,

¿cómo es posible quejarse con razón de que se ataque la propiedad, la

familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero ¿es acaso más

sagrada que Dios? Por más transcendentales que quieran suponerse las

verdades relativas á la familia y á la sociedad, ¿son, por ventura,

de un orden superior á los eternos principios de la moral? ó, por

mejor decir, ¿son, acaso, otra cosa que la aplicación de esos eternos

principios?

Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que

hay errores culpables, principio que, si no en la teoría, al menos en

la práctica todo el mundo debe admitir, pero principio que en teoría

sólo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la

razón de la justicia con que el poder humano castiga la propalación y

la enseñanza de ciertas doctrinas, y los actos que á consecuencia de

ellas se cometen, sin pararse en la convicción que pudiera abrigar el

delincuente. La ley conviene en que existió ó pudo existir ese error

de entendimiento; pero en tal caso declara culpable ese mismo error; y

cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley

le recuerda el deber que tenía de rectificarla. He aquí el fundamento

de la justicia de una legislación que parecía tan injusta; fundamento

que era necesario encontrar, si no se quería dejar una gran parte de

las leyes humanas con la mancha más negra; porque negra mancha fuera

la de arrogarse el derecho de castigar á quien no fuera verdaderamente

culpable: derecho absurdo, que tan lejos está de pertenecer á la

justicia humana, que no compete al mismo Dios. La misma justicia

infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente.

Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen los gobiernos

de castigar la propagación de ciertas doctrinas, y las acciones que á

consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción

de los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos

obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un

derecho á su propia defensa. Hay doctrinas que amenazan la existencia

misma de la sociedad, y, por tanto, ésta se halla en la necesidad y en

el derecho de combatir á sus autores. Por más plausible que parezca

una razón semejante, adolece, sin embargo, de un inconveniente muy

grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de

justicia. Quien se defiende, cuando hiere al invasor, no le castiga,

sino que le rechaza; y, si se mira la sociedad desde este punto de

vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal:

no será más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en

que temerariamente se empeñó. La voz del juez que le condena no será

la augusta voz de la justicia; su fallo no representará otra cosa que

la acción de la sociedad, vengándose de quien ha osado atacarla. La

palabra _pena_ tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduación

de ella sólo depende del cálculo, no de un principio de justicia. Es

menester no olvidarlo: en suponiéndose que la sociedad, por derecho de

defensa, impone castigo al que ella, por otra parte, considera como

del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha.

Esto asienta muy bien, tratándose de sociedad con sociedad; pero, muy

mal, tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la

lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El

gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca.

Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo

que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal:

demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos

como insostenible en teoría; y, por tanto, vienen al suelo todas las

acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia. En

claro queda que la intolerancia es, en cierto modo, un derecho de todo

poder público; que así se ha reconocido siempre; que así se reconoce

ahora todavía; á pesar de que, generalmente hablando, se han elevado

á las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia.

Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio;

sin duda que en su nombre se ha perseguido también á la verdad; pero,

¿de qué no abusan los hombres? Lo que debía hacerse, pues, en buena

filosofía, no era establecer proposiciones insostenibles, y además

altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los

hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino

procurar la propagación de sentimientos suaves é indulgentes, y,

sobre todo, no combatir las altas verdades, sin las cuales no puede

sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado

á la fuerza, y, por consiguiente, á la arbitrariedad y á la tiranía.

Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con

ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral misma es un

dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se ha

concedido al entendimiento la impecabilidad; el error ha dejado de

figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable. Se ha

olvidado que para _querer_, es necesario _conocer_, y que para _querer

bien_, es indispensable _conocer bien_. Si se examinan la mayor parte

de los extravíos de nuestro corazón, se encontrará que tienen su origen

en un concepto errado; ¿cómo es posible, pues, que no sea para el

hombre un deber el preservar su entendimiento de error? Pero, desde que

se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre

de escoger las que quisiese, sin ningún género de trabas, aun cuando

perteneciesen á la religión y á la moral, la verdad ha perdido de su

estimación y no disfruta á los ojos del hombre aquella alta importancia

que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son los

que no se creen obligados á ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable

situación de los espíritus y que encierra uno de los más terribles

males que afligen á la sociedad.[9]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 51 / 58 题