CAPITULO XXXVI

Hállome naturalmente conducido á decir cuatro palabras sobre la

intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición,

y particularmente la de España; á examinar brevemente qué es lo que

puede echarse en cara al Catolicismo por la conducta que ha seguido en

los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición,

y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de

los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia

para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y

menester es confesar que, en esta especie de ataque, tenían de su

parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En

efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los

lectores que no cuidan de examinar á fondo las cosas, que se dejan

llevar candorosamente á donde quiera el sagaz autor, que abrigan un

corazón sensible y dispuesto á interesarse por el infortunio, ¿qué

medio más á propósito para excitar la indignación, que presentar á su

vista negros calabozos, caballetes, sambenitos y hogueras? En medio de

nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de costumbres, de la benignidad

de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de

golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo

agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que

anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo

tiempo? Entonces, teniendo el arte de recordar que todo esto se hacía

en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste,

la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el

clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos son

considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar

y desolar á la humanidad. Los escritores que así han procedido, no

se han acreditado, por cierto, de muy concienzudos; porque es regla

que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que

no es legítimo el movimiento que excitan en el ánimo, si antes no le

convencen ó no le suponen convencido; y, además, es una especie de mala

fe el tratar únicamente con argumentos de sentimiento materias que, por

su misma naturaleza, sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas

á la luz de la fría razón. En tales casos no debe empezarse moviendo,

sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.

No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema

que en diferentes países se ha seguido en punto de intolerancia en

materias religiosas; esto me fuera imposible, atendidos los estrechos

límites á que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente

para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la de

España en particular, y de la legislación más ó menos intolerante

que ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el

Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el

Protestantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar.

Tres cosas se presentan desde luego á la consideración del observador:

la legislación é instituciones de intolerancia; el uso que de ellas

se ha hecho, y, finalmente, los actos de intolerancia que se han

cometido fuera del orden de dichas leyes é instituciones. Por lo que

á esto último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que

ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las

demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en

nada deben embarazar á los apologistas de la misma; porque la religion

no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si

no se quiere proceder con la más evidente injusticia. El hombre tiene

un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud,

que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y

sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra? Hay en

la historia de la humanidad épocas terribles en que se apodera de

las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia,

ciega los entendimientos y desnaturaliza los corazones; llámase bien

al mal, y mal al bien; y los más horrendos atentados se cometen

invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el

historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente la conducta

que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos,

pero guardarse de juzgar, por ellos, ni las ideas ni las instituciones

dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso

de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de

la conducta del delirante, por lo que dice y hace mientras se halla en

ese lamentable estado.

En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber

cometido grandes crímenes? Ateniéndonos á la misma época que acabamos

de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de

una manera alevosa? El almirante Coligny muere á manos de los asesinos

que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa

había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleans; Enrique

III muere asesinado por Jacobo Clement, pero éste es el mismo Enrique

que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los

corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de

Moulins; y que, además, había tenido parte también en el degüello de

San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron atrocidades; pero, ¿no

las cometieron también sus adversarios? Échese, pues, un velo sobre

esas catástrofes, sobre estos aflictivos monumentos de la miseria y

perversidad del corazón del hombre.

El tribunal de la Inquisición, considerado en sí, no es más que la

aplicación á un caso particular de la doctrina de intolerancia,

que, con más ó menos extensión, es la doctrina de todos los poderes

existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa

aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le

han hecho sus enemigos. En primer lugar, es necesario advertir que los

encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia, si

pretenden que esa intolerancia soló se vió en los tiempos en que, según

ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que,

desde los siglos en que empezó la Iglesia á tener influencia pública,

comienza la herejía á figurar en los códigos como delito; y hasta ahora

no he podido encontrar una época de completa tolerancia.

Hay también que hacer otra observación importante, que indica una de

las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente

la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes

maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían

sido tratados con más dureza. En el siglo XI, cuando no se aplicaba

todavía á los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla

general los maniqueos; y hasta en tiempo de los emperadores gentiles

eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y

Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que condenaba á diferentes

penas á los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y á los jefes de

la secta á la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre

como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no

sólo por lo que toca á la religión, sino también por lo relativo á

las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fué una de las

causas del rigor que se introdujo en esta materia; y, añadiéndose al

carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres

aparecieron en los siglos XI, XII y XIII, se atinará en otro de los

motivos que produjeron escenas que á nosotros nos parecen inconcebibles.

Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre

las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de la Francia,

se ve con toda claridad que, no sólo se disputaba sobre este ó aquel

punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en

peligro. Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los

del siglo XVI, mediando, empero, la diferencia de que estos últimos

eran en general menos democráticos, menos aficionados á dirigirse á

las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza

de costumbres de aquellos tiempos, cuando, á causa de largos siglos

de trastornos y violencias, la fuerza había llegado á obtener una

preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se

veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su

aplicación habían de resentirse del espíritu de la época.

En cuanto á la Inquisición de España, la cual no fué más que una

extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es

necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando

aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormente

á su importación en Castilla. La primera comprende el tiempo en que

se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde

su instalación en tiempo de los Reyes Católicos hasta muy entrado el

reinado de Carlos V; la segunda abraza desde que comenzó á dirigir

todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protestantismo en

España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados

del reinado de Carlos V hasta el advenimiento de los Borbones; y,

finalmente, la última encierra la temporada en que se ciñó á reprimir

vicios nefandos, y á cerrar el paso á la filosofía de Voltaire, hasta

su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que,

siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba

modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse á punto

fijo, ni el principio de la una, ni el fin de la otra. Pero no deja,

por esto, de ser verdad que estas tres épocas existen en la historia de

la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes.

Nadie ignora las circunstancias particulares en que fué establecida la

Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer

notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de

la Inquisición, fué la Reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que

rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después

de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles.

Tan lejos anduvo la Reina de ponerse con esta medida en contradicción

con la voluntad del pueblo, que antes bien no hacía más que realizar

uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra

los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que

la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las

Cortes de Toledo de 1480 cargaban reciamente la mano en el negocio,

disponiendo que, para impedir el daño que el comercio de judíos con

cristianos podía acarrear á la fe católica estuviesen obligados los

judíos no bautizados á llevar un signo distintivo, á vivir en barrios

separados, que tenían el nombre de _juderías_, y á retirarse antes de

la noche. Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y

se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader,

barbero y tabernero. Por ahí se ve que, á la sazón, la intolerancia era

popular; y que, si queda justificada á los ojos de los monárquicos por

haber sido conforme á la voluntad de los Reyes, no debiera quedarlo

menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo.

Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con

que á la sazón se perseguía á los judíos; pero menester es confesar que

debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha

señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun

no bien afianzada, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, á la

sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias

más influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los

cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva

posición de los tres pueblos; y así es que consideró necesario

quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la independencia

de los cristianos. También es necesario advertir que, al establecerse

la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos

contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se

plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta

1492. En el momento, pues, de establecerse la Inquisición, estaba la

obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía

si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, ó

si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más

hermosas y más feraces, si continuarían establecidos allí, en una

situación excelente para sus comunicaciones con África, y sirviendo de

núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante

pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la Media

Luna. Poder que á la sazón estaba todavía tan pujante, como lo dieron

á entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el

resto de Europa. En crisis semejantes, después de siglos de combates,

en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo

se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura?

No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los

judíos y los moros, pudo influir mucho el instinto de conservación

propia; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo,

cuando se decidieron á pedir para sus dominios el establecimiento de la

Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y, para

formarse idea del estado á que hubieran podido llegar las cosas, si no

se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que

dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los

restos de los moros.

Sin embargo, conviene no atribuirlo todo á la política de los Reyes,

y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de

los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino á

creer que Fernando é Isabel siguieron naturalmente el impulso de la

generalidad de la nación, la cual miraba con odio á los judíos que

permanecían en su secta, y con suspicaz desconfianza á los que habían

abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la

exaltación de los sentimientos religiosos, general á la sazón en toda

Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mismos

judíos, que habían atraído sobre sí la indignación pública.

Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la codicia de

los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las

antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano

repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal á su colmo: gran

parte de las riquezas de la Península habían pasado á manos de los

judíos; y casi todos los cristianos habían llegado á ser sus deudores.

De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos

frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fueron

más de una vez funestos á los judíos, pues que se derramó su sangre

en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por

espacio de largos siglos á librar su fortuna en la suerte de las armas,

se resignase tranquilo y pacífico á la suerte que le iban deparando las

artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba, además, en

su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible.

En los tiempos siguientes se convirtió á la religión cristiana un

inmenso número de judíos; pero, ni por esto se disipó la desconfianza,

ni se extinguió el odio del pueblo. Y, á la verdad, es muy probable

que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado que

eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban,

permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara á

conjeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número

de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado

cuáles eran los reos de ese delito. Como quiera, lo cierto es que se

introdujo la distinción de _cristianos nuevos_ y _cristianos viejos_,

siendo esta denominación un título de honor, y la primera una tacha de

ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por desprecio

_marranos_.

Con más ó menos fundamento se les acusaba también de crímenes

horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban

atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de

la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en

venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo

para el sacrificio los días más señalados de las festividades

cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la

familia de Guzmán, que, enamorado de una doncella judía, estuvo una

noche oculto en la familia de ésta, y vió con sus ojos cómo los judíos

cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo

en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la

Eucaristía.

Á más de los infanticidios, se les imputaban sacrilegios,

envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores

andaban muy acreditados, lo prueban las leyes que les prohibían las

profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce

la desconfianza que se tenía de su moralidad.

No es menester detenerse en examinar el mayor ó menor fundamento que

tenían semejantes acusaciones; ya sabemos á cuánto llega la credulidad

pública, sobre todo cuando está dominada por un sentimiento exaltado

que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que

estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir á

cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y, por

consiguiente, cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del

espíritu público, se inclinase á tratarlos con mucho rigor.

Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente á los

cristianos, ya se deja entender por la misma situación en que se

encontraban; y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués,

indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios

para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás

gastos que consigo llevaba la trama, se reunieron por medio de una

contribución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza

judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que, en efecto,

podía ser fatal, si no se la hubiese vigilado.

Á propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una observación

sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del

establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico

acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá,

que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la

indignación del pueblo había llegado á su colmo, y de que no quería

en ninguna manera la Inquisición, cuando, para deshacerse de ella, se

arrojaba á tamaños excesos? No negaré que, si por pueblo entendemos los

judíos y sus descendientes, llevaban muy á mal el establecimiento de

la Inquisición; pero no era así con respecto á lo restante del pueblo.

Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dió lugar á un suceso

que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios.

Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo

con tumulto espantoso para vengar el asesinato. Los sublevados se

habían esparcido por la ciudad, y, distribuídos en grupos, andaban

persiguiendo á los _cristianos nuevos_; de suerte que hubiera ocurrido

una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso

de Aragón, no se hubiese resuelto á montar á caballo, y presentarse

al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los

culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que

la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que

los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se

considera que ese tumulto popular no pudo prevenirse, á pesar de las

precauciones que para el efecto debieron emplear los conjurados, á la

sazón muy poderosos por sus riquezas é influencia.

Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes,

obsérvase un hecho digno de llamar la atención. Los encausados por la

Inquisición, ó que temen serlo, procuran de todas maneras substraerse

á la acción de este tribunal, huyen de España, y se van á Roma. Quizá

no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido

siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución;

y, sin embargo, nada hay más cierto. Son innumerables las causas

formadas en la Inquisición, que de España se avocaron á Roma, en el

primer medio siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar,

además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia.

No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que, habiendo

acudido á Roma, no mejorara su situación. En la historia de la

Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones

de los reyes con los papas, donde se descubre siempre, por parte

de éstos, el deseo de limitar la Inquisición á los términos de la

justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la

línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que

éstos se vieron obligados á recibir un sinnúmero de apelaciones, y á

endulzar la suerte que hubiera cabido á los reos si su causa se hubiese

fallado definitivamente en España. Vemos también que, solicitado el

Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen

definitivamente en España, nombra un juez de apelación, siendo el

primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran, sin

embargo, aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que

la exaltación de ánimo llevase á cometer injusticias, ó se arrojase á

medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de

muy poco tiempo, decía, en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483,

que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos españoles de

Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor

de ser presos. Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución

de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían á recibirla;

continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de

las gracias recientemente concedidas á varios reos, y, por fin, después

de varias prevenciones, hacía notar á los Reyes Fernando é Isabel que

la misericordia para con los culpables era más agradable á Dios que

el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del Buen

Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhortando á los

Reyes á que tratasen benignamente á aquellos que hiciesen confesiones

voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla, ó donde quisiesen;

dejándoles el goce de todos sus bienes, como si jamás hubiesen cometido

el crimen de herejía.

Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se

suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios

en la formación de la causa en primera instancia, ó injusticias en la

aplicación de la pena; los reos no siempre acudían á Roma para pedir

reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí

encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número

considerable de refugiados españoles, á quienes se les probó que habían

recaído en el judaísmo. Nada menos que 250 resultaron de una sola vez

convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital;

se les impusieron algunas penitencias, y, cuando fueron absueltos,

pudieron volverse á sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho

ocurrió en Roma en el año 1498.

Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de

Roma, de que no haya llegado jamás á la ejecución de una pena capital,

á pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostólica

papas muy rígidos y muy severos en todo lo tocante á la administración

civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos

por asuntos de religión; en todas partes se presencian escenas que

angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general;

Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia

y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los

protestantes y los filósofos la tolerancia universal; pero los hechos

están diciendo lo que va de unos á otros: los papas, con un tribunal

de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes

y los filósofos la hicieron verter á torrentes. ¿Qué les importa á

las víctimas el oir que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es

acibarar la pena con el sarcasmo.

La conducta de Roma, en el uso que ha hecho del tribunal de la

Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que

se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario; y, á la verdad,

¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que

pudo desplegarse en este ó aquel lugar, á impulsos de la situación

extraordinaria de razas rivales, de los peligros que amenazaban á una

de ellas, ó del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la

tranquilidad de sus Estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?

No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con

respecto á los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor

contra ellos sea preferible á la benignidad empleada y recomendada

por los papas; lo que deseo consignar aquí, es que aquel rigor fué

un resultado de circunstancias extraordinarias, del espíritu de los

pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en

aquella época, y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por

los excesos que pudieron cometerse. Aun hay más: atendido el espíritu

que domina en todas las providencias de los papas relativas á la

Inquisición, y la inclinación manifiesta á ponerse siempre del lado

que podía templar el rigor, y á borrar las marcas de ignominia de los

reos y de sus familias, puede conjeturarse que, si no hubiesen temido

los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones

que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus

medidas. Para convencerse de esto, recuérdense las negociaciones sobre

el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase

á qué lado se inclinaba la Corte de Roma.

Dado que estamos hablando de la intolerancia contra los judaizantes,

bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto

á los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador

de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra

la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los

sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin

duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo. Desgraciadamente

para ellos, la historia no lo atestigua así; y, según todas las

apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición

de Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. He

aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo

apologista Seckendorff: «Hubiérase debido arrasar sus sinagogas,

destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y

hasta los libros del viejo Testamento, prohibir á los rabinos que

enseñasen, y obligarlos á ganarse la vida por medio de trabajos

penosos.» Al menos la Inquisición de España procedía, no contra los

judíos, sino contra los judaizantes, es decir, contra aquellos que,

habiéndose convertido al Cristianismo, reincidían en sus errores,

y unían á su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una

creencia que detestaban en secreto, y que profanaban, además, con el

ejercicio de su religión antigua. Pero Lutero extendía su rigor á los

mismos judíos; de suerte que, según sus doctrinas, nada podía echarse

en cara á los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios.

Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la

Inquisición de España; á ellos puede aplicarse con pocas modificaciones

cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida,

una raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, y

que, permaneciendo en su religión, excitaba el odio, y, abjurándola,

no inspiraba confianza. También se interesaron por ellos los papas

de un modo muy particular, siendo notable á este propósito una bula

expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico,

diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una

de las principales causas de sus faltas y errores, y que, para hacer

sus conversiones sinceras y sólidas, debía, primeramente, procurarse

ilustrar sus entendimientos con la luz de la sana doctrina.

Se dirá que el Papa otorgó á Carlos V la bula en que le relegaba del

juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar

nada en punto á los moros, y que así pudo el Emperador llevar á cabo

la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se

resistió por largo tiempo á esta concesión, y que, si condescendió con

la voluntad del monarca, fué porque éste juzgaba que la expulsión era

indispensable para asegurar la tranquilidad en sus reinos. Si esto era

así en la realidad ó no, el Emperador era quien debía saberlo, no el

Papa, colocado á mucha distancia y sin conocimiento detallado de la

verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca

español quien opinaba así: cuéntase que, estando prisionero en Madrid

Francisco I, Rey de Francia, dijo un día á Carlos V que la tranquilidad

no se solidaría nunca en España basta que se expeliesen los moros y

moriscos.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 52 / 58 题