CAPITULO XXXIV

La cuestión sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos

anteriores, me conduce naturalmente á otra, harto difícil ya de suyo,

y que, además, ha llegado á ser en extremo espinosa, á causa de las

muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias

religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de

intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea

trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de

intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado

de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las

instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado

sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las

causas que á esto contribuyen son varias; pero, si se quiere señalar la

principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando,

acusado, á la edad de 86 años, de no sé qué delitos de su vida, en

épocas muy anteriores, dijo: «Difícil es dar cuenta de la propia

conducta á hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.»

Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin

poseer no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en

que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar á este

punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento á cubierto

del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos

los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en

que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí

la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de

cuestiones.

El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido

también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el

mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado;

porque las cosas, miradas así, son falsas, ó, en otros términos, no son

ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda más

que á una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy

diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la

más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de

los males é inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en

pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos.

Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración. Dejad

que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos

históricos, los males é inconvenientes de la monarquía, y los vicios y

los crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero,

á un amante de ésta, dejadle que á su vez pueda retrataros también con

hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces

la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho

adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán

detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu

humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de

la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos

ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar

esta profesión benéfica, como la carrera del homicidio. En una

palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo

se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si, haciendo

abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendemos

á otra cosa que á los males que presenciamos en un mundo creado por su

poder y sujeto á su providencia.

Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espíritu de los

tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo

diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los

católicos, cuidando de que los rigores de Fernando é Isabel, de Felipe

II, de la reina María de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido

en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas páginas, y

con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe

en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando

en trescientos años, el lector que, viviendo en una sociedad donde las

cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente

combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego

calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir

vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados

que perecen, y se indigna contra los autores de lo que él apellida

horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cándido lector de los

principios y de la conducta de los protestantes en la misma época,

nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de

Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos, y

se acostumbra á mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y

de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme, ¿será recto? ¿será un

fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haríamos al

encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre

la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la

ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, ó al

menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá

nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras,

atender á los bienes después de habernos hecho cargo de los males;

disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos

como fueron en sí, es decir, distribuídos á grandes distancias en

el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos

tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal,

para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar

debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se

habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra

el error á que conducen las falsas relaciones, y la exageración de

ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no

presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por

cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen

tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros

tiempos: ó están abrogadas, ó han caído en desuso; y así nadie puede

tener un interés en que se las mire desde un punto de vista falso.

Concíbese que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de

hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el

objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene

examinar con detenimiento é imparcialidad.

Aquí hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicación; ó

bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no

confundir estas dos cosas, que, por más enlazadas que se hallen, son,

sin embargo, muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.

En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal,

y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida

de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza á

la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas,

echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian

maquinalmente, se emplean á cada paso para establecer proposiciones

de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se

envuelva un orden de ideas, de cuya buena ó mala inteligencia y

aplicación está pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aquí

cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran

parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas

sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo

presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un

movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes

casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la

misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en

examinar si es ó no es de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre

lo más útil; y así como, en tratándose de monedas de algún valor, nos

tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engaño, es menester

observar la misma conducta con respecto á palabras cuyo significado sea

muy transcendental.

_Tolerancia_: ¿que significa esa palabra? Propiamente hablando,

significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que

se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase

de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos ó

aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre

acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud,

serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de

las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie

dirá jamás que _tolera la verdad_.

En contra de esto último puede hacerse una observación, fundada en

el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_;

y opinión es muy diferente de error. Á primera vista, la dificultad

parece no tener solución; pero, bien mirada la cosa, es muy difícil

encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos

siempre de opinión contraria á la nuestra. En este caso, la opinión

ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que

tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una

cosa es ó no es, ó es de esta manera ó de la otra, sin que al propio

tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si

nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que

afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado á una

completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los

otros será también una mera opinión; pero, si llega la convicción á

tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos á

la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman

un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra

tolerancia referida á opiniones, se envuelve siempre la significación

de tolerancia de errores. Quien está por el _sí_, tiene por falso el

_no_; y quien está por el _no_, tiene por falso el _sí_. Esto no es más

que una simple aplicación de aquel famoso principio: _es imposible que

una cosa sea y no sea al mismo tiempo_.

Pero, entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos _respetar

las opiniones_? ¿Se sobrentenderá también que respetamos errores? No.

El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables.

El primero se funda en la misma flaqueza de convicción de la persona

que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado á más que

á formar opinión, se entiende que no hemos llegado á certeza; y, por

tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones

por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que

respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que

podemos engañarnos, y de que quizás no está la verdad de nuestra parte.

Segundo: respetar las opiniones significa á veces respetar las personas

que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así

se dice á veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se

habla entonces de un verdadero respeto que á ellas se profese.

De donde se ve que la expresión _respetar las opiniones ajenas_ tiene

significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene ó

no convicciones ciertas en sentido contrario.

Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles

sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de

suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca á su elemento

más simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama

tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de

ánimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias á

la suya. Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes

materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, así

como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religión y en

quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas

situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante.

Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la

intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: ¿quién

más tolerante que San Francisco de Sales? ¿y quién más intolerante que

Voltaire?

La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana

de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un

ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de

dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace

amar á todos los hombres, aun á nuestros mayores enemigos; que nos

inspira la compasión de sus faltas y errores; que nos obliga á mirarlos

como hermanos, y á emplear los medios que estén en nuestro alcance

para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos

privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra.

Rousseau ha dicho que «es imposible vivir en paz con gentes á quienes

se cree condenadas»; nosotros no creemos ni podemos creer condenado

á nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad,

todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de

Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de

Ginebra que «amar á esos tales sería aborrecer á Dios», que antes bien

dejaría de pertenecer á nuestra creencia quien sostuviese semejante

doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia;

la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra

flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que

no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos, sino como

mayores títulos de agradecimiento á la liberal mano de la Providencia;

la humildad, que, no limitándose á la esfera individual, sino abrazando

la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran

familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el

pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con

tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lástima é

indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo

anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada

tanto á Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace

indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento

que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.

No bastará, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante

en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde:

la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas.

Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia

embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo

de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero

cuya conducta será muy diferente. Supónganse dos sacerdotes, ambos

distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el

uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y

no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones

en diferentes países donde se hallan establecidas diversas religiones,

se ha visto precisado á conversar con hombres de distintas creencias, á

vivir entre ellos, y á sufrir el altar de una religión falsa levantado

á poca distancia del de la religión verdadera. Los principios de la

caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como

un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero, á pesar de

todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un

hombre que, ó tenga otras creencias, ó no profese ninguna. El primero,

que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con

respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, á la primera

palabra que oiga contra la fe ó las ceremonias de la Iglesia, siéndole

poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación ó

la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo,

acostumbrado á oir cosas semejantes, á ver contrariada su creencia, á

discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y

calmoso, entrando reposadamente en la cuestión, si necesario fuere, ó

esquivándola hábilmente, si así lo dictare la prudencia. ¿De dónde esta

variedad? No es difícil conocerlo: es que este último, con el trato, la

experiencia, las contradicciones, ha llegado á poseer un conocimiento

claro de la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la

funesta combinación de circunstancias que han conducido ó mantienen

á muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en

el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el

beneficio que él debe á la Providencia, y es para con los otros más

benigno é indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan

caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, ¿cómo se puede exigir

de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las

señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo

que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado

otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros? No

le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes é

incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos á menudo,

el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto

extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de

variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como

que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así, con las

mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el

otro, no había alcanzado aquella viveza, por decirlo así, con que un

entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el

espíritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones ó los motivos

ó las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la

verdad.

Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga

religión, supone cierta blandura de ánimo, que, nacida del trato

y de los hábitos que éste engendra, se hermana, no obstante, con

las convicciones religiosas más profundas, y con el celo más puro

y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo

físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se

sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignará

una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero

no es posible que continúe indignándose siempre, y así al cabo vendrá

á resignarse á la oposición, se acostumbrará á sufrirla con templanza,

y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con

defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratará

de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito,

procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus

alrededores.

La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios,

sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición

de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir

formado con la repetición del sufrimiento.

Pasando ahora á considerar la tolerancia en el hombre no religioso,

observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no sólo

no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto

extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo á sus pasiones ó

á sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su

intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio

moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias

siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo, y con el linaje

humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su

conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la

doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.

Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo

excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por

esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.

Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religión,

no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una

especie de escepticismo, á que han sido conducidos, ó por la lectura de

malos libros, ó por reflexiones de una filosofía superficial y ligera;

no están adheridos á la religión, pero tampoco están enemistados con

ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad;

y aun algunos abrigan cierto deseo de volver á poseerla: allá en

momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días

en que ofrecían á Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al

ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún

la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes

de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se

mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es

una simple necesidad que resulta de su posición. Mal puede indignarse

contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no

encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión

quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad;

mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de

menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de

esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia,

en tal caso, nada tiene de extraño, es natural, necesaria; y lo que

fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicaría un mal

corazón, sería la intolerancia.

Elevando del individuo á la sociedad las consideraciones que se

acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la

intolerancia, puede mirarse, ó en el gobierno, ó en la sociedad:

porque sucede á veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno

sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente

opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de

individuos, es aplicable á él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia,

considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en

cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse

sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y á menudo se

ven precisados á sacrificarlos en las aras de la opinión pública. Por

algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán

contrariarla ó falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les

sale al paso, obligándolos á cambiar de rumbo.

Limitándonos, pues, á considerar la tolerancia en la sociedad, pues que

al fin, tarde ó temprano, el gobierno llega á ser la expresión de las

ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue

los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio,

sino de un hábito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo

hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan á sufrirse

unos á otros, á tolerarse, porque á esto los conduce el cansancio de

repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y

apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando

se encuentran cara á cara por primera vez los hombres que las tienen

distintas, el choque más ó menos rudo es siempre inevitable. Las causas

de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es

luchar contra ella.

Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les

es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no

han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha

consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto

de la doctrina por ellos predicada. En efecto: ¿qué es lo que han

dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta

fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado á

vivir en paz á los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos

empezasen á decírselo, los hombres comenzaban ya á tomar ese partido

en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas

y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna

alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filósofos

incrédulos un triste título á sus pretensiones sobre la extensión de

la tolerancia, y es que, habiendo llegado á sembrar la incredulidad y

el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los

pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la

indiferencia por todas las religiones.

Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo?;

ó, mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien,

y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en

un todo conforme á la descrita más arriba con respecto al individuo

que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera

como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza

de volver á ellas algún día. En lo que hay en esto de bueno ninguna

parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta

contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del

mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo á todo lo más sagrado que

hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder,

derribaron con furor indecible todo lo existente, é hicieron perecer

millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos.

La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la

suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la

organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las

sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los

viajes, y la de las ideas por la prensa: he aquí las causas que han

producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo

todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de

derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes

órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte

exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado

simultáneamente en el desarrollo de la civilización.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 50 / 58 题