La cuestión sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos
anteriores, me conduce naturalmente á otra, harto difícil ya de suyo,
y que, además, ha llegado á ser en extremo espinosa, á causa de las
muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias
religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de
intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea
trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de
intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado
de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las
instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado
sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las
causas que á esto contribuyen son varias; pero, si se quiere señalar la
principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando,
acusado, á la edad de 86 años, de no sé qué delitos de su vida, en
épocas muy anteriores, dijo: «Difícil es dar cuenta de la propia
conducta á hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.»
Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin
poseer no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en
que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar á este
punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento á cubierto
del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos
los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en
que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí
la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de
cuestiones.
El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido
también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el
mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado;
porque las cosas, miradas así, son falsas, ó, en otros términos, no son
ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda más
que á una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy
diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la
más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de
los males é inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en
pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos.
Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración. Dejad
que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos
históricos, los males é inconvenientes de la monarquía, y los vicios y
los crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero,
á un amante de ésta, dejadle que á su vez pueda retrataros también con
hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces
la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho
adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán
detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu
humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de
la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos
ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar
esta profesión benéfica, como la carrera del homicidio. En una
palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo
se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si, haciendo
abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendemos
á otra cosa que á los males que presenciamos en un mundo creado por su
poder y sujeto á su providencia.
Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espíritu de los
tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo
diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los
católicos, cuidando de que los rigores de Fernando é Isabel, de Felipe
II, de la reina María de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido
en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas páginas, y
con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe
en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando
en trescientos años, el lector que, viviendo en una sociedad donde las
cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente
combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego
calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir
vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados
que perecen, y se indigna contra los autores de lo que él apellida
horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cándido lector de los
principios y de la conducta de los protestantes en la misma época,
nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de
Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos, y
se acostumbra á mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y
de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme, ¿será recto? ¿será un
fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haríamos al
encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre
la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la
ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, ó al
menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá
nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras,
atender á los bienes después de habernos hecho cargo de los males;
disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos
como fueron en sí, es decir, distribuídos á grandes distancias en
el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos
tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal,
para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar
debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se
habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra
el error á que conducen las falsas relaciones, y la exageración de
ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no
presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por
cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen
tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros
tiempos: ó están abrogadas, ó han caído en desuso; y así nadie puede
tener un interés en que se las mire desde un punto de vista falso.
Concíbese que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de
hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el
objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene
examinar con detenimiento é imparcialidad.
Aquí hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicación; ó
bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no
confundir estas dos cosas, que, por más enlazadas que se hallen, son,
sin embargo, muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.
En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal,
y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida
de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza á
la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas,
echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian
maquinalmente, se emplean á cada paso para establecer proposiciones
de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se
envuelva un orden de ideas, de cuya buena ó mala inteligencia y
aplicación está pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aquí
cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran
parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas
sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo
presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un
movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes
casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la
misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en
examinar si es ó no es de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre
lo más útil; y así como, en tratándose de monedas de algún valor, nos
tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engaño, es menester
observar la misma conducta con respecto á palabras cuyo significado sea
muy transcendental.
_Tolerancia_: ¿que significa esa palabra? Propiamente hablando,
significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que
se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase
de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos ó
aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre
acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud,
serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de
las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie
dirá jamás que _tolera la verdad_.
En contra de esto último puede hacerse una observación, fundada en
el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_;
y opinión es muy diferente de error. Á primera vista, la dificultad
parece no tener solución; pero, bien mirada la cosa, es muy difícil
encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos
siempre de opinión contraria á la nuestra. En este caso, la opinión
ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que
tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una
cosa es ó no es, ó es de esta manera ó de la otra, sin que al propio
tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si
nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que
afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado á una
completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los
otros será también una mera opinión; pero, si llega la convicción á
tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos á
la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman
un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra
tolerancia referida á opiniones, se envuelve siempre la significación
de tolerancia de errores. Quien está por el _sí_, tiene por falso el
_no_; y quien está por el _no_, tiene por falso el _sí_. Esto no es más
que una simple aplicación de aquel famoso principio: _es imposible que
una cosa sea y no sea al mismo tiempo_.
Pero, entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos _respetar
las opiniones_? ¿Se sobrentenderá también que respetamos errores? No.
El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables.
El primero se funda en la misma flaqueza de convicción de la persona
que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado á más que
á formar opinión, se entiende que no hemos llegado á certeza; y, por
tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones
por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que
respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que
podemos engañarnos, y de que quizás no está la verdad de nuestra parte.
Segundo: respetar las opiniones significa á veces respetar las personas
que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así
se dice á veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se
habla entonces de un verdadero respeto que á ellas se profese.
De donde se ve que la expresión _respetar las opiniones ajenas_ tiene
significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene ó
no convicciones ciertas en sentido contrario.
Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles
sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de
suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca á su elemento
más simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama
tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de
ánimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias á
la suya. Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes
materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, así
como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religión y en
quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas
situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante.
Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la
intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: ¿quién
más tolerante que San Francisco de Sales? ¿y quién más intolerante que
Voltaire?
La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana
de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un
ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de
dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace
amar á todos los hombres, aun á nuestros mayores enemigos; que nos
inspira la compasión de sus faltas y errores; que nos obliga á mirarlos
como hermanos, y á emplear los medios que estén en nuestro alcance
para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos
privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra.
Rousseau ha dicho que «es imposible vivir en paz con gentes á quienes
se cree condenadas»; nosotros no creemos ni podemos creer condenado
á nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad,
todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de
Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de
Ginebra que «amar á esos tales sería aborrecer á Dios», que antes bien
dejaría de pertenecer á nuestra creencia quien sostuviese semejante
doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia;
la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra
flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que
no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos, sino como
mayores títulos de agradecimiento á la liberal mano de la Providencia;
la humildad, que, no limitándose á la esfera individual, sino abrazando
la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran
familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el
pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con
tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lástima é
indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo
anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada
tanto á Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace
indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento
que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.
No bastará, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante
en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde:
la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas.
Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia
embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo
de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero
cuya conducta será muy diferente. Supónganse dos sacerdotes, ambos
distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el
uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y
no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones
en diferentes países donde se hallan establecidas diversas religiones,
se ha visto precisado á conversar con hombres de distintas creencias, á
vivir entre ellos, y á sufrir el altar de una religión falsa levantado
á poca distancia del de la religión verdadera. Los principios de la
caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como
un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero, á pesar de
todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un
hombre que, ó tenga otras creencias, ó no profese ninguna. El primero,
que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con
respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, á la primera
palabra que oiga contra la fe ó las ceremonias de la Iglesia, siéndole
poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación ó
la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo,
acostumbrado á oir cosas semejantes, á ver contrariada su creencia, á
discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y
calmoso, entrando reposadamente en la cuestión, si necesario fuere, ó
esquivándola hábilmente, si así lo dictare la prudencia. ¿De dónde esta
variedad? No es difícil conocerlo: es que este último, con el trato, la
experiencia, las contradicciones, ha llegado á poseer un conocimiento
claro de la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la
funesta combinación de circunstancias que han conducido ó mantienen
á muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en
el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el
beneficio que él debe á la Providencia, y es para con los otros más
benigno é indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan
caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, ¿cómo se puede exigir
de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las
señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo
que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado
otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros? No
le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes é
incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos á menudo,
el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto
extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de
variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como
que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así, con las
mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el
otro, no había alcanzado aquella viveza, por decirlo así, con que un
entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el
espíritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones ó los motivos
ó las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la
verdad.
Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga
religión, supone cierta blandura de ánimo, que, nacida del trato
y de los hábitos que éste engendra, se hermana, no obstante, con
las convicciones religiosas más profundas, y con el celo más puro
y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo
físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se
sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignará
una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero
no es posible que continúe indignándose siempre, y así al cabo vendrá
á resignarse á la oposición, se acostumbrará á sufrirla con templanza,
y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con
defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratará
de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito,
procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus
alrededores.
La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios,
sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición
de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir
formado con la repetición del sufrimiento.
Pasando ahora á considerar la tolerancia en el hombre no religioso,
observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no sólo
no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto
extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo á sus pasiones ó
á sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su
intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio
moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias
siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo, y con el linaje
humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su
conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la
doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.
Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo
excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por
esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.
Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religión,
no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una
especie de escepticismo, á que han sido conducidos, ó por la lectura de
malos libros, ó por reflexiones de una filosofía superficial y ligera;
no están adheridos á la religión, pero tampoco están enemistados con
ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad;
y aun algunos abrigan cierto deseo de volver á poseerla: allá en
momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días
en que ofrecían á Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al
ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún
la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes
de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se
mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es
una simple necesidad que resulta de su posición. Mal puede indignarse
contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no
encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión
quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad;
mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de
menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de
esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia,
en tal caso, nada tiene de extraño, es natural, necesaria; y lo que
fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicaría un mal
corazón, sería la intolerancia.
Elevando del individuo á la sociedad las consideraciones que se
acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la
intolerancia, puede mirarse, ó en el gobierno, ó en la sociedad:
porque sucede á veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno
sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente
opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de
individuos, es aplicable á él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia,
considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en
cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse
sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y á menudo se
ven precisados á sacrificarlos en las aras de la opinión pública. Por
algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán
contrariarla ó falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les
sale al paso, obligándolos á cambiar de rumbo.
Limitándonos, pues, á considerar la tolerancia en la sociedad, pues que
al fin, tarde ó temprano, el gobierno llega á ser la expresión de las
ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue
los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio,
sino de un hábito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo
hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan á sufrirse
unos á otros, á tolerarse, porque á esto los conduce el cansancio de
repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y
apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando
se encuentran cara á cara por primera vez los hombres que las tienen
distintas, el choque más ó menos rudo es siempre inevitable. Las causas
de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es
luchar contra ella.
Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les
es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no
han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha
consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto
de la doctrina por ellos predicada. En efecto: ¿qué es lo que han
dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta
fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado á
vivir en paz á los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos
empezasen á decírselo, los hombres comenzaban ya á tomar ese partido
en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas
y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna
alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filósofos
incrédulos un triste título á sus pretensiones sobre la extensión de
la tolerancia, y es que, habiendo llegado á sembrar la incredulidad y
el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los
pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la
indiferencia por todas las religiones.
Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo?;
ó, mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien,
y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en
un todo conforme á la descrita más arriba con respecto al individuo
que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera
como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza
de volver á ellas algún día. En lo que hay en esto de bueno ninguna
parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta
contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del
mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo á todo lo más sagrado que
hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder,
derribaron con furor indecible todo lo existente, é hicieron perecer
millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos.
La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la
suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la
organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las
sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los
viajes, y la de las ideas por la prensa: he aquí las causas que han
producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo
todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de
derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes
órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte
exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado
simultáneamente en el desarrollo de la civilización.