CAPITULO XXXIII

Las costumbres no serán jamás suaves, si no existe la beneficencia

pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no

se confunden, no obstante, se hermanan. La beneficencia pública,

propiamente tal, era desconocida entre los antiguos. El individuo

podía ser benéfico una que otra vez; la sociedad no tenía entrañas.

Así es que la fundación de establecimientos públicos de beneficencia

no entró jamás en su sistema de administración. ¿Qué hacían, pues, de

los desgraciados? se nos dirá; y nosotros responderemos á esta pregunta

con el autor del _Genio del Cristianismo_: «Tenían dos conductos para

deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud.»

Dominaba ya el Cristianismo en todas partes, y vemos todavía que los

rastros de costumbres atroces daban mucho que entender á la autoridad

eclesiástica. El concilio de Vaisón, celebrado en el año 442, al

establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos,

manda castigar con censura eclesiástica á los que perturbaban con

reclamaciones importunas á las personas caritativas que habían recogido

un niño; lo que hacía el concilio con la mira de no apartar de esta

costumbre benéfica, porque, en el caso contrario, según añade, _estaban

expuestos á ser comidos por los perros_. No dejaban, todavía, de

encontrarse algunos, padres desnaturalizados que mataban á sus hijos;

pues que un concilio de Lérida, celebrado en el año 546, impone siete

años de penitencia á los que cometan semejante crimen; y el de Toledo,

celebrado en 589, dispone en su canon 17 que se impida que los padres y

madres quiten la vida á sus hijos.

No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos,

que por su misma oposición á las primeras ideas de moral, y por su

repugnancia á los sentimientos más naturales, se prestaban á ser

desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar

los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde

estuviesen siempre á la mano los socorros, no sólo para los niños,

sino también para los viejos inválidos, para los enfermos, para los

pobres que no pudiesen vivir de su trabajo; en una palabra, para todas

las necesidades. Como nosotros vemos esto planteado ya, y nos hemos

familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y

sencilla, que apenas acertamos á distinguir una mínima parte del mérito

que encierra. Supóngase, empero, por un instante que no existiesen

semejantes establecimientos; trasladémonos con la imaginación á aquella

época en que no se tenía de ellos ni idea siquiera; ¿qué esfuerzos tan

continuados no supone el plantearlos y organizarlos?

Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, debían ser

socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que

no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se

hubiese limitado á medios puramente individuales: porque nunca habría

faltado un número considerable de fieles que hubieran recordado las

doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseñaba

la obligación de amar á los demás hombres como á nosotros mismos, y

esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al hambriento, de

beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo

y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la

práctica de esa virtud. De mil maneras podía ostentar el infinito

poder que tenía sobre el cielo y la tierra: al imperio de su voz se

hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros se hubieran

detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus

leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia,

en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio ó

consuelo de los desgraciados. Su vida está compendiada en la sencillez

sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: _Pertransiit

benefaciendo._ _Pasó haciendo bien._

Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad cristiana

entregada á sus propias inspiraciones, y obrando en la esfera meramente

individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que

era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de

las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese

sujeto á las contingencias inseparables de todo lo que depende de la

voluntad del hombre y de circunstancias de momento. Por este motivo,

fué sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran

número de establecimientos de beneficencia. La Iglesia fué quien lo

concibió y lo realizó; y en esto no hizo otra cosa que aplicar á un

caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca á la

voluntad del individuo lo que puede vincularse en una institución. Y

es digno de notarse que ésta es una de las razones de la robustez que

tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo: de manera que, así como el

principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad

y la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo á instituciones

asegura la solidez y duración á todas sus obras. Estos dos principios

tienen entre sí una correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el

uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en

su voluntad y en sus medios Individuales. El uno supone que el hombre

no se basta á sí mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro

que es demasiado veleidoso y débil para que el hacer el bien pueda

quedar encomendado á su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen

injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen más

que decirle lo que en realidad es, sujeto al error, inclinado al mal,

variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes,

pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación

nos ofrece la religión cristiana, asentando como dogma fundamental la

caída del humano linaje en la prevaricación del primer padre.

El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica

también á la voluntad el espíritu de individualismo que predica para

el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de instituciones.

Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso, en

el momento de su aparición, fué destruir lo existente, sin pensar

cómo podría reemplazarse. Increíble parecerá que Montesquieu haya

llegado al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es

otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espíritus

por la pestilente atmósfera del siglo pasado. «Enrique VIII, dice

el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra, destruyó los

frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los demás, porque,

practicando la _hospitalidad_, hacía que una infinidad de personas

ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo

de convento en convento. _Quitó también los hospitales, donde el

pueblo bajo encontraba su subsistencia_, como los nobles la suya en

los monasterios. Desde aquella época se estableció en Inglaterra

el espíritu de industria y de comercio.» (_Espíritu de las leyes._

Lib. 23, cap. 29.) Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de

Enrique VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable

razón de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba,

se quitaría á los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de

extrañar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la

filosofía que empezaba á cundir á la sazón. En todo lo que estaba en

oposición con las instituciones del Catolicismo se pretendía encontrar

profundas razones de economía y de política; cosa muy fácil, porque

un ánimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo

lo que quiere. Podíase, sin embargo, preguntar á Montesquieu cuál

había sido el paradero de los bienes de los conventos; y, como de

esos pingües despojos cupo una buena parte á esos mismos nobles que

antes encontraban allí la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al

autor del _Espíritu de las leyes_, por haber pretendido disminuir la

ociosidad de éstos por un medio tan singular como era darles los bienes

de aquellos que los hospedaban. Por cierto que, teniendo los nobles

en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad,

se les ahorraba el trabajo de _correr de convento en convento_. Pero

lo que no puede tolerarse, es que presente como un golpe maestro en

economía política «_el haber quitado los hospitales, donde el pueblo

bajo encontraba su subsistencia_.» ¡Qué! ¿Á tan poco alcanza vuestra

vista, tan desapiadada es vuestra filosofía, que creáis conducente para

el fomento de la industria y comercio la destrucción de los asilos del

infortunio?

Y es lo peor que, seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que

se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la

utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa

de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan. Si

las naciones son pobres, no quiere hospitales; si son ricas, tampoco;

y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que verá

el lector en las siguientes palabras. «Cuando la nación es pobre, dice,

la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es más, por

decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no

sirven entonces para remediar esa pobreza particular; _al contrario, el

espíritu de pereza que ellos inspiran aumenta la pobreza general, y,

por consiguiente, la particular_.» He aquí los hospitales presentados

como dañosos á las naciones pobres, y, por tanto, condenados. Oigámosle

ahora por lo tocante á las ricas. «He dicho que las naciones ricas

necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna á

mil accidentes; pero _échase de ver que socorros pasajeros valdrían

mucho más que establecimientos perpetuos_. El mal es _momentáneo_; de

consiguiente, es menester que _los socorros sean de una misma clase_, y

aplicables al accidente particular.» (_Espíritu de las leyes._ Lib. 23,

cap. 29.) Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que

se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese

de juzgar esa obra, cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una

calificación aun más severa de la que le da M. Bonald cuando la llama

«_la más profunda de las obras superficiales_».

Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad,

la Europa en general no ha adoptado esas máximas; y en este punto, como

en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el

Catolicismo, y se ha seguido con más ó menos modificaciones el sistema

que él había enseñado. En la misma Inglaterra existen en considerable

número los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que para

aguijonear la diligencia del pobre sea menester exponerle al peligro

de perecer de hambre. Conviene, sin embargo, observar que ese sistema

de establecimientos públicos de beneficencia, generalizado en la

actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y

puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido

lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no

disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos establecimientos

que tanto le honran, y que, además, son un precioso elemento de buena

policía y de tranquilidad pública.

No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase,

cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los gobiernos

tienen á la mano inmensos recursos, y disponen de la fuerza necesaria

para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos

cuando no hay tipos á que referirse, cuando se han de improvisar los

recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder público no tiene

ni prestigio ni fuerza para mantener á raya las pasiones violentas

que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algún cebo.

Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia

del Protestantismo; lo segundo lo había hecho siglos antes la Iglesia

católica.

Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países protestantes

á favor de la beneficencia, no ha sido más que actos administrativos

del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la vista de

los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes

establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como

Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí

donde conserva algo de organización jerárquica, es un puro instrumento

del poder civil, y, por tanto, no puede obrar por inspiración propia.

Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además del vicio de

su constitución, sus preocupaciones contra los institutos religiosos,

tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los

poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar á cabo las obras

de caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es

necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y

esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas

á la beneficencia en un instituto religioso; allí se empieza por el

desprendimiento raíz de todos los demás: el de la propia voluntad.

La Iglesia católica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones

del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del

socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados

como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos

de beneficencia. Y de aquí es que por derecho común los hospitales

estaban sujetos á los obispos, y en la legislación canónica ha

ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de

beneficencia.

Es antiquísimo en la Iglesia legislar sobre esos establecimientos, y

así vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que esté bajo la

autoridad del obispo de la ciudad el clérigo constituído _in ptochiis_,

esto es, según explicación de Zonaras, «en unos establecimientos

destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquellos

donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos», usa

la siguiente expresión: _según la tradición de los Santos Padres_;

indicando con esto que existían ya disposiciones antiguas de la Iglesia

sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba á la tradición,

en tratándose de arreglar algún punto á ellos concerniente. Son

conocidas también de los eruditos las antiguas _Diaconías_, lugares de

beneficencia donde se recogían viudas pobres, huérfanos, viejos y otras

personas miserables.

Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por todas partes

el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, ó que en lo

sucesivo adquiriesen, los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que

de suyo ofrecían un cebo muy estimulante. No faltó, empero, la Iglesia

á cubrirlos con su protección. La prohibición de apoderarse de ellos

se hacía de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado

eran castigados como _homicidas de pobres_. El concilio de Orleans,

celebrado en el año 549, prohibe en su canon 13 el apoderarse de los

bienes de hospitales; y en el canon 15, confirmando la fundación de un

hospital hecho en León por el rey Childeberto y la reina Ultragotha,

encargando la seguridad y la buena administración de sus bienes, impone

á los contraventores la pena de anatema como reos de _homicidio de

pobres_.

Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son á un tiempo de

beneficencia y de policia, y adoptadas en la actualidad en varios

países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una

lista de los pobres de la parroquia, el obligar á ésta á mantenerlos, y

otras semejantes. Así, el concilio de Tours, celebrado por los años de

566 ó 567, ordena en su canon 5.º que cada ciudad mantenga sus pobres,

y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para

evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias.

Por lo que toca á los leprosos, el canon 21 del concilio de Orleans,

poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de

los pobres leprosos de sus diócesis, suministrándoles del fondo de la

Iglesia alimento y vestido; y el concilio de León, celebrado en el

año 583, manda en su canon 6.º que los leprosos de cada ciudad y su

territorio sean mantenidos á expensas de la Iglesia, cuidando de esto

el obispo.

Teníase en la Iglesia una matrícula de los pobres, para distribuirles

una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir

nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims,

celebrado en el año 874, se prohibe en el 2.º de sus cinco artículos

el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de

deposición.

La solicitud por la mejora de la suerte de los presos, que tanto se

ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en la Iglesia,

y es de notar que ya en el siglo sexto había en ellas un visitador

de cárceles. El arcediano, ó el prepósito de la iglesia, tenía la

obligación de visitar los presos todos los domingos. No se exceptuaba

de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano debía

enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo demás

que necesitasen, por medio de una persona recomendable elegida por el

obispo. Así consta del canon 20 del concilio de Orleans, celebrado en

el año 549.

Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte de las

disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el

consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de

este lugar, dado que sólo me he propuesto comparar el espíritu del

Protestantismo con el del Catolicismo con respecto á las obras de

beneficencia. Pero, ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha

llevado como de la mano á algunas indicaciones históricas, no puedo

menos de recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle,

donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus

predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos

alcancen á mantener las rentas de la iglesia. Los canónigos habían

de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos debía

ser nombrado para recibir á los pobres extranjeros, y para la

administración del hospital. Esto en la regla para los canónigos. En la

regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca

un hospital cerca del monasterio, y que dentro del mismo haya un sitio

destinado para recibir á las mujeres pobres. De esta práctica resultó

que, muchos siglos después, se veían en varias partes hospitales junto

á la iglesia de los canónigos.

Llegando á tiempos más cercanos, son en muy crecido número los

institutos que se fundaron con objetos de beneficencia; siendo de

admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios

de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo. No es dado

calcular á punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del

Protestantismo; pero, discurriendo por analogía, se puede conjeturar

que, si el desarrollo de la civilización europea se hubiese llevado

á su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin

las revoluciones y reacciones incesantes en que se halló sumida la

Europa, merced á la pretendida reforma, no habría dejado de nacer del

seno de la religión católica algún sistema general de beneficencia

que, organizado con una grande escala y conforme á lo que han ido

exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizás hubiera prevenido

ó remediado esa plaga del pauperismo, que es el cáncer de los

pueblos modernos. ¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la

inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto

para lograr este objeto? Desgraciadamente se rompió la unidad de la

fe, se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante,

como lo había sido hasta allí, y, desde entonces, la Europa, que

estaba destinada á ser en breve un pueblo de hermanos, se convirtió en

un campo de batalla donde se peleó con inaudito encarnizamiento. El

rencor, engendrado por la diferencia de religión, no permitió que se

aunasen los esfuerzos para salir al paso de las nuevas complicaciones

y necesidades que iban á brotar de la organización social y política

alcanzada por la Europa á costa de los trabajos de tantos siglos; en

lugar de esto, se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas,

la insurrección y la guerra.

Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes, no sólo se

ha impedido la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar

el fin indicado, sino que se ha causado, además, otro mal muy grave,

cual es: que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular,

aun en los países donde se ha conservado con predominio, ó principal,

ó exclusivo. Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de

defensa, y así se ha visto precisado á gastar una gran parte de sus

recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta

de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del

todo diferente del que hubiera sido en la suposición contraria, y que

tal vez, en este último caso, no hubiera sido necesario fatigarse en

esfuerzos impotentes contra un mal que, según todas las apariencias, si

no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aquí, es poco menos

que incurable.

Se me dirá que, en tal caso, la Iglesia hubiera conservado una

autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habría

sido una limitación injusta de las facultades del poder civil; pero

esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada

que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carácter de

protectora de todos los desgraciados, de que se halla tan dignamente

revestida. Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz,

ni se ve otra acción que la suya, en todo lo tocante al ramo de

beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba

muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y

vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde á la Iglesia. Tanto

dista de haber mediado en esto ninguna ambición por parte de ella, que,

antes bien, llevada por su celo sin límites, había cargado sobre sus

hombros todo el cuidado, así de lo espiritual como de lo temporal, sin

reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios.

Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos,

y la Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte

á la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso más allá

de lo que estaba ya hecho antes de aquella época. No puedo creer que,

si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva

del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invención

caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia á toda la

altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando

una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de

los que se ocupan en esta cuestión gravísima, figura la _asociación_

bajo una ú otra forma. Cabalmente éste ha sido uno de los principales

favoritos del Catolicismo, el cual, así como proclama la _unidad_ en

la fe, así proclama la _unión_ en todo. Pero hay la diferencia de que

muchas de las asociaciones que se conciben y plantean, no son más que

_aglomeración_ de intereses, faltándoles la _unión_ de voluntades,

la _unidad_ de fin, circunstancias que no se encuentran sino por

medio de la caridad cristiana; y, no obstante, son necesarias estas

circunstancias para llevar á cabo las grandes obras de beneficencia, si

en ella se ha de encontrar algo más que una medida de administración

pública. Esta administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y,

desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su acción se resiente un

poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita

la caridad cristiana, que, filtrándose por todas partes á manera de

bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del hombre.

¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades,

sino por medio de la administración civil, sin intervención de la

caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la

_filantropía_ exagerará los cuidados que prodiga al infortunio,

pero en la realidad las cosas pasarán de otra manera. El amor de

nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es

tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre,

del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para

que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan á

ello muy poderosos motivos. ¿Cuánto menos se puede esperar que los

cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro

de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago

sentimiento de humanidad? No: donde falte la caridad cristiana, podrá

haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera, por parte de los

asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto á una buena

administración; pero faltará una cosa que con nada se suple, que no se

paga, _el amor_. Mas, se nos dirá, ¿no tenéis fe en la filantropía? No;

porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda falsa

de la caridad.

Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervención

directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien

debía saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad

cristiana, aplicándola á todo linaje de necesidades y miserias. No

era esto satisfacer la ambición, sino dar pábulo al celo; no era

reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo demás, si

os empeñareis en apellidar ambición este deseo, al menos no podréis

negarnos que es una ambición de nueva clase, una ambición muy digna de

gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el

infortunio.[8]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 49 / 58 题