CAPITULO XXXI

_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita

grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce y

apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como

características de la civilización europea. Éste es un hecho que no

necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en

torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las páginas

de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean

los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿cuál

es su origen? ¿quién la ha favorecido? ¿quién la ha contrariado? He

aquí unas cuestiones á cual más interesantes, y que se enlazan de un

modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas

se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: ¿el Catolicismo ha

influído en algo en crear esta suavidad de costumbres? ¿le ha puesto

algún obstáculo ó le ha causado algún retardo? ¿al Protestantismo le ha

cabido alguna parte en esta obra, en bien ó en mal?

Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres;

porque, aun cuando ésta sea una de aquellas ideas que todo el mundo

conoce, ó más bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla

y analizarla, es necesario dar de ella una definición cabal y exacta,

en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la

_ausencia de la fuerza_, de modo que serán _más ó menos_ suaves en

cuanto se emplee _menos ó más_ la fuerza. Así, costumbres suaves

no es lo mismo que costumbres benéficas: éstas incluyen el bien,

aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo

que costumbres conformes á la razón y á la justicia: no pocas veces

la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la

fuerza, sino con la seducción y la astucia. Así es que la suavidad de

costumbres consiste en dirigir el espíritu del hombre, no por medio de

la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas á

su entendimiento, ó de cebos ofrecidos á sus pasiones; y por esto la

suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es

siempre el reinado de los espíritus, por más que éstos sean no pocas

veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos

se labran.

Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato

de los hombres sólo se emplean la _convicción_, la _persuasión_ ó la

_seducción_, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir,

aquellas donde la inteligencia ha llegado á gran desarrollo, deben

participar más ó menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia

domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque

el cuerpo se enerva. Además: en sociedades muy adelantadas, que por

precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en

los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo

universal y duradero, siendo, además, aplicables á todos los pormenores

de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales:

la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el

obstáculo: ó le remueve ó se hace pedazos ella misma; y he aquí un

eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad

de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en

un caos, y perecer.

En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso

de la fuerza. Nada más natural: las pasiones se alían con ella porque

se le asemejan: son enérgicas como la violencia, rudas como el choque.

Cuando las sociedades han llegado á mucho desarrollo, las pasiones se

divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser

violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos

los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en

el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del

contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con

ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una época los

guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de

mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia.

Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego

una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la

suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en

el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más

bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse

muelles, pero no suaves: porque hacían uso de la fuerza siempre que

este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo.

Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización

antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno, que á primera vista

parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. Á más de la

principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que

han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo á

algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar á

establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.

La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su

organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para

introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre

puede arrojar á otro hombre á las murenas, castigando así con la

muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho

quitar la vida á uno de sus semejantes en medio de la algazara de un

festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la

voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo

que centenares de hombres están encerrados y amontonados en obscuros

subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar

el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para

atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del

día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá

tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde,

pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del

hombre libre en la sociedad antigua: esta organización era considerada

como indispensable; otro orden de cosas no se concebía siquiera como

posible.

¿Quién removió este obstáculo? ¿No fué la Iglesia católica aboliendo la

esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba á los

esclavos? Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra

con las notas que á ellos se refieren, donde se halla demostrada esta

verdad con razones y documentos incontestables.

El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes á la potestad

patria, introducía también en la familia un elemento de dureza, que

debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente, el corazón

del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la

ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos

estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de

la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían á los

miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido

su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará

llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y á la

aplicación de castigos inhumanos? Esa tiránica extensión de la potestad

patria á derechos que no concedió la naturaleza, fué desapareciendo

sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes,

secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo.

(V. cap. XIV.) Á esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella

mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y

la escasa consideración que ésta disfrutaba.

Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de

dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal

diversión es asistir fríamente á un espectáculo de homicidios, que se

complace en mirar cómo perecen en la arena á centenares los hombres, ó

luchando entre sí, ó en las garras de las bestias?

Siendo español, no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos

palabras en contestación á una dificultad, que no dejará de ocurrírsele

al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates

de hombres con fieras. ¿Y los toros en España? se me preguntará

naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado

la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora

parece la objeción, pero no lo es tanto, que no deje una salida

satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia,

declaro que esa diversión popular es, á mi juicio, bárbara, digna,

si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez

que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante,

permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto

el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el

corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si

una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de

riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente

nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de

sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos á menudo con hechos

extraordinarios y sorprendentes; y, por más que nos cueste decirlo,

nuestro corazón, al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por

el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar

escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la

tragedia, de aquí la afición á aquellos espectáculos donde los actores

corran, ó en la apariencia ó en la realidad, algún grave peligro.

No explicaré yo el origen de este fenómeno; bástame consignarlo aquí,

para hacer notar á los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la

afición del pueblo español á la diversión de los toros no es más que la

aplicación á un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra

en el corazón del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se

trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también:

¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso á todo espectáculo

que por una ú otra causa sea peligroso á los actores; de dónde nace

que todos asistirían con gusto á una batalla por más sangrienta que

fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas

partes acude un numeroso gentío á presenciar la agonía y las últimas

convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace, finalmente,

que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices

también de la barbarie española asistiendo á la plaza de toros?

Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me

parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en

esto, como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español,

hay exageraciones que es necesario reducir á límites razonables. Á más

de esto, hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy

poderosa de esa reprensible diversión.

No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males

que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España

lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en

proporción á las innumerables veces que se repiten las funciones; de

manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias

ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de

juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el

resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como

es en sí misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer

esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido á bien

favorecernos los extranjeros.

Y, volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión

donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos

juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer

de los espectadores? Después del triunfo de Trajano sobre los dacios,

duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el

espantoso número de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que

formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de

las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel

pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad más refinada, la

crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más

arriba, á saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;

antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con

el instinto feroz del derramamiento de sangre.

En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no

es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio

de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan

repetirse tamaños excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que

se hagan recíprocamente todo el bien que deberían; pero al menos impide

que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos á la

muerte de sus semejantes, cuando no les impele á ello otro motivo que

el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición

del Cristianismo comenzaron á echarse las semillas de esta aversión á

presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos

á los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y

avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la

Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible

con la asistencia á unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo

las formas más crueles y refinadas. «Nosotros, decía bellamente uno de

los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre

matar á un hombre ó ver que se le mata.»[6]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 47 / 58 题