_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita
grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce y
apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como
características de la civilización europea. Éste es un hecho que no
necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en
torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las páginas
de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean
los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿cuál
es su origen? ¿quién la ha favorecido? ¿quién la ha contrariado? He
aquí unas cuestiones á cual más interesantes, y que se enlazan de un
modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas
se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: ¿el Catolicismo ha
influído en algo en crear esta suavidad de costumbres? ¿le ha puesto
algún obstáculo ó le ha causado algún retardo? ¿al Protestantismo le ha
cabido alguna parte en esta obra, en bien ó en mal?
Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres;
porque, aun cuando ésta sea una de aquellas ideas que todo el mundo
conoce, ó más bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla
y analizarla, es necesario dar de ella una definición cabal y exacta,
en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la
_ausencia de la fuerza_, de modo que serán _más ó menos_ suaves en
cuanto se emplee _menos ó más_ la fuerza. Así, costumbres suaves
no es lo mismo que costumbres benéficas: éstas incluyen el bien,
aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo
que costumbres conformes á la razón y á la justicia: no pocas veces
la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la
fuerza, sino con la seducción y la astucia. Así es que la suavidad de
costumbres consiste en dirigir el espíritu del hombre, no por medio de
la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas á
su entendimiento, ó de cebos ofrecidos á sus pasiones; y por esto la
suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es
siempre el reinado de los espíritus, por más que éstos sean no pocas
veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos
se labran.
Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato
de los hombres sólo se emplean la _convicción_, la _persuasión_ ó la
_seducción_, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir,
aquellas donde la inteligencia ha llegado á gran desarrollo, deben
participar más ó menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia
domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque
el cuerpo se enerva. Además: en sociedades muy adelantadas, que por
precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en
los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo
universal y duradero, siendo, además, aplicables á todos los pormenores
de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales:
la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el
obstáculo: ó le remueve ó se hace pedazos ella misma; y he aquí un
eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad
de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en
un caos, y perecer.
En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso
de la fuerza. Nada más natural: las pasiones se alían con ella porque
se le asemejan: son enérgicas como la violencia, rudas como el choque.
Cuando las sociedades han llegado á mucho desarrollo, las pasiones se
divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser
violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos
los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en
el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del
contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con
ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una época los
guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de
mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia.
Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego
una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la
suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en
el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más
bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse
muelles, pero no suaves: porque hacían uso de la fuerza siempre que
este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo.
Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización
antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno, que á primera vista
parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. Á más de la
principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que
han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo á
algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar á
establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.
La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su
organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para
introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre
puede arrojar á otro hombre á las murenas, castigando así con la
muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho
quitar la vida á uno de sus semejantes en medio de la algazara de un
festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la
voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo
que centenares de hombres están encerrados y amontonados en obscuros
subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar
el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para
atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del
día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá
tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde,
pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del
hombre libre en la sociedad antigua: esta organización era considerada
como indispensable; otro orden de cosas no se concebía siquiera como
posible.
¿Quién removió este obstáculo? ¿No fué la Iglesia católica aboliendo la
esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba á los
esclavos? Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra
con las notas que á ellos se refieren, donde se halla demostrada esta
verdad con razones y documentos incontestables.
El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes á la potestad
patria, introducía también en la familia un elemento de dureza, que
debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente, el corazón
del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la
ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos
estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de
la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían á los
miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido
su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará
llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y á la
aplicación de castigos inhumanos? Esa tiránica extensión de la potestad
patria á derechos que no concedió la naturaleza, fué desapareciendo
sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes,
secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo.
(V. cap. XIV.) Á esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella
mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y
la escasa consideración que ésta disfrutaba.
Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de
dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal
diversión es asistir fríamente á un espectáculo de homicidios, que se
complace en mirar cómo perecen en la arena á centenares los hombres, ó
luchando entre sí, ó en las garras de las bestias?
Siendo español, no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos
palabras en contestación á una dificultad, que no dejará de ocurrírsele
al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates
de hombres con fieras. ¿Y los toros en España? se me preguntará
naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado
la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora
parece la objeción, pero no lo es tanto, que no deje una salida
satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia,
declaro que esa diversión popular es, á mi juicio, bárbara, digna,
si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez
que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante,
permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto
el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el
corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si
una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de
riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente
nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de
sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos á menudo con hechos
extraordinarios y sorprendentes; y, por más que nos cueste decirlo,
nuestro corazón, al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por
el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar
escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la
tragedia, de aquí la afición á aquellos espectáculos donde los actores
corran, ó en la apariencia ó en la realidad, algún grave peligro.
No explicaré yo el origen de este fenómeno; bástame consignarlo aquí,
para hacer notar á los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la
afición del pueblo español á la diversión de los toros no es más que la
aplicación á un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra
en el corazón del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se
trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también:
¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso á todo espectáculo
que por una ú otra causa sea peligroso á los actores; de dónde nace
que todos asistirían con gusto á una batalla por más sangrienta que
fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas
partes acude un numeroso gentío á presenciar la agonía y las últimas
convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace, finalmente,
que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices
también de la barbarie española asistiendo á la plaza de toros?
Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me
parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en
esto, como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español,
hay exageraciones que es necesario reducir á límites razonables. Á más
de esto, hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy
poderosa de esa reprensible diversión.
No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males
que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España
lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en
proporción á las innumerables veces que se repiten las funciones; de
manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias
ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de
juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el
resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como
es en sí misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer
esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido á bien
favorecernos los extranjeros.
Y, volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión
donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos
juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer
de los espectadores? Después del triunfo de Trajano sobre los dacios,
duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el
espantoso número de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que
formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de
las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel
pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad más refinada, la
crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más
arriba, á saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;
antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con
el instinto feroz del derramamiento de sangre.
En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no
es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio
de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan
repetirse tamaños excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que
se hagan recíprocamente todo el bien que deberían; pero al menos impide
que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos á la
muerte de sus semejantes, cuando no les impele á ello otro motivo que
el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición
del Cristianismo comenzaron á echarse las semillas de esta aversión á
presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos
á los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y
avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la
Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible
con la asistencia á unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo
las formas más crueles y refinadas. «Nosotros, decía bellamente uno de
los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre
matar á un hombre ó ver que se le mata.»[6]