Definida la naturaleza de la conciencia pública, señalado su origen,
é indicados sus efectos, fáltanos ahora preguntar si se pretenderá
también que el Protestantismo haya tenido parte en formarla,
atribuyéndole de esta suerte la gloria de haber servido también en este
punto á perfeccionar la civilización europea.
Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pública se hallaba
en el Cristianismo. Éste puede considerarse bajo dos aspectos: ó
como una doctrina, ó como una institución para realizar la doctrina;
es decir, que la moral cristiana podemos mirarla, ó en sí misma, ó
en cuanto es enseñada ó inculcada por la Iglesia. Para formar la
conciencia pública, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana,
no era bastante la aparición de esa doctrina; sino que era precisa
la existencia de una sociedad que, no sólo la conservase en toda su
pureza para irla transmitiendo de generación en generación, sino que
la predicase sin cesar á los hombres, haciendo de ella aplicaciones
continuas á todos los actos de la vida. Conviene observar que, por
más poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una
existencia precaria hasta que han llegado á realizarse, haciéndose
sensibles, por decirlo así, en alguna institución, que, al paso que
reciba de ellas la vida y la dirección de su movimiento, les sirva á
su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas ó intereses. El
hombre está formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo
de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales
y físicas; y así es que una idea, aun la más grande y elevada, si
no tiene una expresión sensible, un órgano por donde hacerse oir y
respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en
medio del estrépito del mundo, y, al cabo, viene á desaparecer del
todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad,
que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad, á crear
una institución que la represente, que sea su personificación; no
se contenta con dirigirse á los entendimientos, descendiendo así al
terreno de la práctica sólo por medios indirectos, sino que se empeña,
además, en pedir á la materia sus formas, para estar de bulto á los
ojos de la humanidad.
Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de
los hombres pensadores y sensatos, son la condenación del sistema
protestante; manifestando que, tan lejos está la pretendida Reforma
de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenómeno cuya
explicación nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus
principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el
siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por
consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los
sentimientos, los hábitos, las tendencias, que le había comunicado la
Iglesia católica con una educación continuada por espacio de tantos
siglos.
En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fué atacar á la
autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando
esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el
examen particular y el espíritu privado. Con este solo paso quedaba la
moral cristiana sin apoyo; porque no había una sociedad que pudiera
pretender derecho á explicarla, ni á enseñarla; es decir, que esa
moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando
representadas y sostenidas por ninguna institución, no teniendo órganos
autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar
sobre la sociedad, ni saben dónde guarecerse, en el caso de hallarse
combatidas.
Pero, se me dirá, el Protestantismo ha conservado también esa
institución que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto,
su predicación, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad
tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con él en
comunicación continua. No negaré lo que haya aquí de verdad, y hasta
recordaré que en el capítulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar
«que debía juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que
atormentó á los primeros protestantes de desechar todas las prácticas
de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicación». Añadí
también en el mismo lugar «que, sin desconocer los daños que en ciertas
épocas han traído las declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos,
ó fanáticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad,
en el supuesto de haber arrojado á los pueblos por el azaroso camino
del cisma, habrá influído no poco en la conservación de las ideas
más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales
de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes
verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada
Escritura». Repito aquí lo mismo que allí dije: que el haber conservado
los protestantes la predicación debía de haber producido considerables
bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo,
á pesar del mucho mal que hizo, no lo llevó al extremo que era de
temer, atendidos sus principios. Parecióse en esta parte á los hombres
de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su
corazón estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de
ser inconsecuentes. El Protestantismo había proclamado la abolición de
la autoridad, el derecho de examen sin límites; había erigido en regla
de fe y de conducta la inspiración privada; pero, en la práctica, se
apartó algún tanto de estas doctrinas. Así es que se entregó con ardor
á lo que él llamaba la predicación evangélica, y sus ministros fueron
llamados evangélicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer
que cada individuo tenía el derecho ilimitado de examen, y que, sin
prestar oídos á ninguna autoridad externa, sólo debía escuchar los
consejos, ó de su razón, ó de su inspiración privada, se difundían por
todas partes ministros protestantes, que se pretendían los órganos
legítimos para comunicar á los pueblos la divina palabra.
Se verá todavía más lo extraño de semejante conducta, si se recuerda
la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es
que, embarazado el heresiarca por las jerarquías que constituyen el
ministerio de la Iglesia, pretendió derribarlas todas de una vez,
sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se
necesitase más para ejercer el sagrado ministerio que una simple
presentación; nada añadía de esencial ni característico á la calidad
de sacerdote, pues que ésta era patrimonio de todos los fieles.
Infiérese de esta doctrina que el predicador protestante carece de
misión, no tiene carácter que le distinga de los demás cristianos,
no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no
puede hablar imitando á Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por
tanto, no es más que un orador que toma la palabra en presencia de
un auditorio, sin más derecho que el que le dan su instrucción, su
facundia, ó su elocuencia.
Esta predicación sin autoridad, predicación que, en el fondo, y por los
propios principios del predicador mismo, no era más que humana, á pesar
de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien
podía contribuir algún tanto á la conservación de los buenos principios
morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido
impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido
desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente
opuestos, sostenidos, además, por preocupaciones envejecidas,
por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido
impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante,
y conservarlos después intactos al través de las revoluciones más
espantosas y de los trastornos más inauditos; hubiera sido impotente
para comunicarlos á pueblos bárbaros que, ufanos de sus triunfos, no
escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el
sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar
ante esos principios así á los vencedores como á los vencidos,
refundiéndolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello á las
leyes, á las instituciones, á las costumbres, para formar esa admirable
sociedad, ese conjunto de naciones, ó, mejor diremos, esa gran nación,
que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma
constitución, hubiera sido incapaz de realizar lo que realizó la
Iglesia católica.
Todavía más: este simulacro de predicación que ha conservado el
Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar á la Iglesia,
para no quedarse desarmado en presencia de un adversario á quien tanto
temía. Érale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo,
un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la
Biblia que á los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y
por esto conservaba la preciosa práctica de la Iglesia romana, á pesar
de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Cátedra de
San Pedro.
Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con
respecto al conocimiento y comprensión de los medios más á propósito
para extender y cimentar la moralidad, haciéndola dominar sobre todos
los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicación de la
conciencia del fiel con la dirección del sacerdote, en no haber dejado
á éste otra cosa que una dirección general, la que, por lo mismo que se
extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie.
Aun cuando no consideremos más que bajo este aspecto la abolición del
sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse
que desconocieron uno de los medios más legítimos, más poderosos y
suaves, para dar á la vida del hombre una dirección conforme á los
principios de la sana moral. Acción legítima, porque legítima es la
comunicación directa, íntima, de la conciencia que debe ser juzgada
por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la
tierra. Acción poderosa, porque, establecida la íntima comunicación de
hombre á hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo así, los
pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo
Dios, las amonestaciones tienen más fuerza, los mandatos más autoridad,
y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con
más unción y más dulzura. Acción suave, porque supone la espontánea
manifestación de la conciencia que se trata de dirigir, manifestación
que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por
la violencia, supuesto que sólo Dios puede ser el juez competente de su
sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al más estricto
secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables
para precaver la revelación, puede el hombre descansar tranquilo,
con la seguridad de que serán fielmente guardados los arcanos de su
conciencia.
Pero, se nos dirá, ¿creéis acaso que todo esto sea necesario para
establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de
ser algo más que una probidad mundana, expuesta á quebrantarse al
primer encuentro con un interés, ó dejarse arrastrar por el seductor
halago de las pasiones engañosas; si ha de ser una moralidad delicada,
severa, profunda, que se extienda á todos los actos de la vida, que
la dirija, que la domine, haciendo del corazón humano ese bello ideal
que admiramos en los católicos dedicados á la verdadera observancia y
á las prácticas de su religión; si se habla de esta moralidad, repito,
es necesario que esté bajo la inspección del poder religioso, y que
reciba la dirección y las inspiraciones de un ministro del santuario en
esa abertura íntima, sincera, de todos los más recónditos pliegues del
corazón, y de los deslices á que nos conduce á cada paso la debilidad
de nuestra naturaleza. Esto es lo que enseña la religión católica, y
yo añado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que enseña la
filosofía. No quiero decir con esto que sólo entre los católicos sea
posible practicar acciones virtuosas; sería una exageración desmentida
por la experiencia de cada día: hablo únicamente de la eficacia con que
obra una institución católica despreciada por los protestantes; hablo
de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme,
íntima, que se extienda á todos los actos de nuestra alma.
No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de
mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfección
inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad
y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para
cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendrá su espíritu
sumido en un piélago purísimo de luz y de amor. Pero no cabe duda
tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansión de miserias
y tinieblas, puede el hombre llegar á poseer esa moralidad universal,
profunda y delicada que se ha descrito más arriba: y sea cual fuere
la corrupción del mundo de que con razón nos lamentamos, es menester
confesar que se encuentran todavía en él un número considerable de
honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad,
hasta sus más íntimos pensamientos y afecciones, á la severa regla
de la moral evangélica. Para llegar á este punto de moralidad, y
cuenta que aun no decimos de perfección evangélica, sino de moralidad,
es necesario que el principio religioso esté presente con viveza á
los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentándola ó
reprimiéndola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso
de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del
hombre es una cadena de actos infinitos en número, por decirlo así, y
que no pueden andar acordes siempre con la razón y con la ley eterna, á
no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo.
Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun
cuando existiera, traería consigo una tal confusión en los actos del
alma, y, por consiguiente, tal complicación en la vida entera, que ésta
llegaría á hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal
lo que existe en la realidad, lo que se ofrece á menudo á nuestros
ojos, no tan sólo en el retiro de los claustros y en las sombras del
santuario, sino también en medio del bullicio y de las distracciones
del mundo. No acarrea tampoco confusión á los actos del alma ni
complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al
contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar,
ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendréis la unidad, y, en pos
de la unidad, el orden en todo.
El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia
sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de
la vida, y hasta los más secretos movimientos del corazón. Los
observadores superficiales han declamado contra la abundancia de
moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de
los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero debían
haber observado que, si el Catolicismo es la religión en cuyo seno han
aparecido mayor número de moralistas, y donde se han examinado más
minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religión
tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo así,
en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y
consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un
examen más profundo y detenido del que sería menester, si se tratase
únicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando
de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo íntimo del
corazón.
Ya que se ha tocado el punto de los moralistas católicos, y sin
que pretenda excusar las demasías á que se hayan entregado algunos
de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espíritu de
partidos y disputas, demasías que nunca pueden ser imputadas á la
Iglesia católica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente,
al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsérvase, no obstante,
que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha
contribuído quizá más de lo que se cree á dirigir los entendimientos al
estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones
á los que se han querido dedicar posteriormente á esta ciencia
importante, que es, sin duda, uno de los objetos más dignos y más
útiles que pueden ofrecerse á nuestros trabajos. En otro lugar de
esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con
el progreso de las ciencias y de las letras, y así me hallo precisado
á contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer.
Permítaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espíritu
humano en Europa fué principalmente teológico; y que así en el punto de
que tratamos, como en otros muchos, deben los filósofos á los teólogos
mucho más de lo que, según parece, ellos se figuran.
Volviendo á la comparación de la influencia protestante con la
influencia católica, relativamente á la formación y conservación
de una sana conciencia pública, queda demostrado que, habiendo el
Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por
el Protestantismo, dió á las ideas morales una fuerza, una acción, que
no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por
sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin más apoyo que el
que tienen las ideas de una escuela filosófica.
«Pues bien, se me dirá, ¿desconocéis acaso la fuerza de las ideas,
fuerza propia, entrañada en su misma naturaleza, que tan á menudo
cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? ¿No sabéis
que las ideas se abren paso al través de todos los obstáculos, á pesar
de todas las resistencias? ¿Habéis olvidado lo que nos enseña la
historia entera? ¿Pretendéis despojar el pensamiento del hombre de su
fuerza vital, creadora, que le hace superior á todo cuanto le rodea?»
Tal suele ser el panegírico que se hace de la fuerza de las ideas; así
las oímos presentar á cada paso como si tuvieran en la mano la varita
mágica para cambiarlo y transformarlo todo, á merced de sus caprichos.
Respetando como el que más el pensamiento del hombre, y confesando que
en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una
idea, me permitirán, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer
algunas observaciones, no para combatir de frente su opinión, sino para
modificarla en lo que fuere necesario.
En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el
cual las miramos aquí, deben distinguirse en dos órdenes: unas que
lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no
puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con
movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una acción rápida y
violenta, no parece sino que están rebosando de actividad y de vida;
las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan
lentamente, necesitan apoyarse en alguna institución que les asegure
estabilidad. Y esto ¿por qué? Porque lo que obra en el primer caso
no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su
nombre, encubriendo de esta suerte lo que á primera vista se ofrecería
como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y
la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difícilmente;
porque la verdad conduce al bien, y el _corazón del hombre_, según
expresión del sagrado texto, _está inclinado al mal desde la
adolescencia_.
Los que tanto nos encarecen la fuerza íntima de las ideas, debieran
señalarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea,
que, encerrada en su propio círculo, es decir, en el orden puramente
filosófico, merezca la gloria de haber contribuído notablemente á la
mejora del individuo ni de la sociedad.
Suele decirse á menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que
una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde ó temprano,
que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como
un legado precioso que, transmitido de generación en generación,
contribuye maravillosamente á la mejora del mundo, á la perfección á
que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones
se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser
inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no
puede menos de influir en su destino. Así es que no se hacen grandes
mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las
ideas; y es endeble y de escasa duración todo cuanto se establece, ó
contra ellas, ó sin ellas. Pero de aquí á suponer que toda idea útil
encierre tanta fuerza conservadora de sí propia, que por lo mismo no
necesite de una institución que le sirva de apoyo y defensa, mayormente
si ha de atravesar épocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa,
que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la
historia entera.
No, la humanidad, considerada por sí sola, entregada á sus propias
fuerzas, como la consideran los filósofos, no es una depositaria tan
segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa
verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano
linaje á un depositario fiel, ha imitado más bien la conducta de un
dilapidador insensato. En la cuna del género humano encontramos las
grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus
relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda,
verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, ¿qué hizo de ellas
el género humano? ¿no las perdió, modificándolas, mutilándolas,
estropeándolas, de un modo lastimoso? ¿Dónde estaban esas ideas cuando
vino Jesucristo al mundo? ¿Qué había hecho de ellas la humanidad? Un
pueblo, un solo pueblo las conserva, pero ¿cómo? Fijad la atención
sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judío, y veréis que existe en
él una lucha continua entre la verdad y el error; veréis que con una
ceguera inconcebible se inclina sin cesar á la idolatría, á substituir
á la ley sublime del Sinaí las abominaciones de los gentiles. ¿Y sabéis
cómo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en
instituciones las más robustas que imaginarse puedan, pertrechada con
todos los medios de defensa de que la rodeó el legislador inspirado
por Dios. Se dirá que aquél era un pueblo de _dura cerviz_, como dice
el sagrado texto; desgraciadamente, desde la caída de nuestro primer
padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el
corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia_, y
siglos antes de que existiese el pueblo judío, abrió Dios sobre el
mundo las cataratas del cielo, y borró al hombre de la faz de la
tierra, _porque toda carne había corrompido su camino_.
Infiérese de aquí la necesidad de instituciones robustas para la
conservación de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no
deben abandonarse á la volubilidad del espíritu humano, so pena de ser
desfiguradas y aun perdidas.
Además, las instituciones son necesarias, no precisamente para enseñar,
sino también para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que
están en oposición muy abierta con las pasiones, no llegan jamás al
terreno de la práctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para
esos esfuerzos no bastan las ideas en sí mismas, son menester medios
de acción con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden
de los hechos. Y he aquí una de las razones de la importancia de las
escuelas filosóficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces
poderosas para destruir, porque para destruir basta la acción de un
momento, y esta acción puede ser comunicada fácilmente en un acceso
de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus
concepciones, se encuentran faltas de acción, y, no teniendo otros
medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como
que éstas varían ó se modifican incesantemente, dando de ello el
primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido á objeto de pura
curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del
progreso del linaje humano.
Con estas últimas reflexiones prevengo la objeción que se me podría
hacer, fundándose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio
de la prensa. Ésta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica
extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos está
de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las
opiniones. Obsérvese la inmensa órbita recorrida por el espíritu del
hombre desde la época de ese importante descubrimiento, y se echará
de ver que el consumo (permítaseme la expresión), que el consumo de
las opiniones ha crecido en una proporción asombrosa. Sobre todo desde
que la prensa se ha hecho periódica, la historia del espíritu humano
parece la representación de un drama rapidísimo, donde unas escenas
suceden á otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca
de los actores una palabra fugitiva. No estamos todavía á la mitad del
presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos
siglos. ¡Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las
reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundiéndose luego en el
olvido!
Esta rápida sucesión de ideas, lejos de contribuir al aumento de la
fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad.
El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en
seguida difundirse, luego realizarse en alguna institución que las
represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando
por medio de la institución en que se han personificado. En todas
estas transformaciones que por necesidad reclaman algún tiempo, es
necesario que las ideas conserven su crédito, si es que han de producir
algún resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden
unas á otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en
desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan.
Por cuya causa quizás nunca, como ahora, ha sido más legítima una
profunda desconfianza en la fuerza de las ideas, ó sea en la filosofía,
para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este
aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta á las
sociedades modernas. Se concibe más, pero se madura menos: lo que
gana el entendimiento en extensión, lo pierde en profundidad, y la
brillantez teórica contrasta lastimosamente con la impotencia práctica.
¿Qué importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como
nosotros para improvisar una discusión sobre las más altas cuestiones
sociales y políticas, si alcanzaron á fundar y organizar instituciones
admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos
de los siglos que apellidamos bárbaros, por cierto que no serían ni
tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra época; y, sin embargo,
¿quién tendría aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron?
He aquí la imagen más cabal de lo que está sucediendo en el orden
social ó político. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos
nacen más bien de la intuición que del discurso; el acierto en la
práctica depende más de la calidad inestimable, llamada tino, que de
una reflexión ilustrada; y la experiencia enseña á menudo que quien
_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platón no hubiera sido el mejor
consejero del genio de Solón y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicerón
no hubiera alcanzado á lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de
los hombres rudos, como Rómulo y Numa.[5]