CAPITULO XXX

Definida la naturaleza de la conciencia pública, señalado su origen,

é indicados sus efectos, fáltanos ahora preguntar si se pretenderá

también que el Protestantismo haya tenido parte en formarla,

atribuyéndole de esta suerte la gloria de haber servido también en este

punto á perfeccionar la civilización europea.

Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pública se hallaba

en el Cristianismo. Éste puede considerarse bajo dos aspectos: ó

como una doctrina, ó como una institución para realizar la doctrina;

es decir, que la moral cristiana podemos mirarla, ó en sí misma, ó

en cuanto es enseñada ó inculcada por la Iglesia. Para formar la

conciencia pública, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana,

no era bastante la aparición de esa doctrina; sino que era precisa

la existencia de una sociedad que, no sólo la conservase en toda su

pureza para irla transmitiendo de generación en generación, sino que

la predicase sin cesar á los hombres, haciendo de ella aplicaciones

continuas á todos los actos de la vida. Conviene observar que, por

más poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una

existencia precaria hasta que han llegado á realizarse, haciéndose

sensibles, por decirlo así, en alguna institución, que, al paso que

reciba de ellas la vida y la dirección de su movimiento, les sirva á

su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas ó intereses. El

hombre está formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo

de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales

y físicas; y así es que una idea, aun la más grande y elevada, si

no tiene una expresión sensible, un órgano por donde hacerse oir y

respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en

medio del estrépito del mundo, y, al cabo, viene á desaparecer del

todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad,

que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad, á crear

una institución que la represente, que sea su personificación; no

se contenta con dirigirse á los entendimientos, descendiendo así al

terreno de la práctica sólo por medios indirectos, sino que se empeña,

además, en pedir á la materia sus formas, para estar de bulto á los

ojos de la humanidad.

Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de

los hombres pensadores y sensatos, son la condenación del sistema

protestante; manifestando que, tan lejos está la pretendida Reforma

de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenómeno cuya

explicación nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus

principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el

siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por

consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los

sentimientos, los hábitos, las tendencias, que le había comunicado la

Iglesia católica con una educación continuada por espacio de tantos

siglos.

En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fué atacar á la

autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando

esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el

examen particular y el espíritu privado. Con este solo paso quedaba la

moral cristiana sin apoyo; porque no había una sociedad que pudiera

pretender derecho á explicarla, ni á enseñarla; es decir, que esa

moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando

representadas y sostenidas por ninguna institución, no teniendo órganos

autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar

sobre la sociedad, ni saben dónde guarecerse, en el caso de hallarse

combatidas.

Pero, se me dirá, el Protestantismo ha conservado también esa

institución que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto,

su predicación, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad

tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con él en

comunicación continua. No negaré lo que haya aquí de verdad, y hasta

recordaré que en el capítulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar

«que debía juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que

atormentó á los primeros protestantes de desechar todas las prácticas

de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicación». Añadí

también en el mismo lugar «que, sin desconocer los daños que en ciertas

épocas han traído las declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos,

ó fanáticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad,

en el supuesto de haber arrojado á los pueblos por el azaroso camino

del cisma, habrá influído no poco en la conservación de las ideas

más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales

de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes

verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada

Escritura». Repito aquí lo mismo que allí dije: que el haber conservado

los protestantes la predicación debía de haber producido considerables

bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo,

á pesar del mucho mal que hizo, no lo llevó al extremo que era de

temer, atendidos sus principios. Parecióse en esta parte á los hombres

de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su

corazón estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de

ser inconsecuentes. El Protestantismo había proclamado la abolición de

la autoridad, el derecho de examen sin límites; había erigido en regla

de fe y de conducta la inspiración privada; pero, en la práctica, se

apartó algún tanto de estas doctrinas. Así es que se entregó con ardor

á lo que él llamaba la predicación evangélica, y sus ministros fueron

llamados evangélicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer

que cada individuo tenía el derecho ilimitado de examen, y que, sin

prestar oídos á ninguna autoridad externa, sólo debía escuchar los

consejos, ó de su razón, ó de su inspiración privada, se difundían por

todas partes ministros protestantes, que se pretendían los órganos

legítimos para comunicar á los pueblos la divina palabra.

Se verá todavía más lo extraño de semejante conducta, si se recuerda

la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es

que, embarazado el heresiarca por las jerarquías que constituyen el

ministerio de la Iglesia, pretendió derribarlas todas de una vez,

sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se

necesitase más para ejercer el sagrado ministerio que una simple

presentación; nada añadía de esencial ni característico á la calidad

de sacerdote, pues que ésta era patrimonio de todos los fieles.

Infiérese de esta doctrina que el predicador protestante carece de

misión, no tiene carácter que le distinga de los demás cristianos,

no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no

puede hablar imitando á Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por

tanto, no es más que un orador que toma la palabra en presencia de

un auditorio, sin más derecho que el que le dan su instrucción, su

facundia, ó su elocuencia.

Esta predicación sin autoridad, predicación que, en el fondo, y por los

propios principios del predicador mismo, no era más que humana, á pesar

de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien

podía contribuir algún tanto á la conservación de los buenos principios

morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido

impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido

desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente

opuestos, sostenidos, además, por preocupaciones envejecidas,

por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido

impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante,

y conservarlos después intactos al través de las revoluciones más

espantosas y de los trastornos más inauditos; hubiera sido impotente

para comunicarlos á pueblos bárbaros que, ufanos de sus triunfos, no

escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el

sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar

ante esos principios así á los vencedores como á los vencidos,

refundiéndolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello á las

leyes, á las instituciones, á las costumbres, para formar esa admirable

sociedad, ese conjunto de naciones, ó, mejor diremos, esa gran nación,

que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma

constitución, hubiera sido incapaz de realizar lo que realizó la

Iglesia católica.

Todavía más: este simulacro de predicación que ha conservado el

Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar á la Iglesia,

para no quedarse desarmado en presencia de un adversario á quien tanto

temía. Érale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo,

un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la

Biblia que á los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y

por esto conservaba la preciosa práctica de la Iglesia romana, á pesar

de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Cátedra de

San Pedro.

Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con

respecto al conocimiento y comprensión de los medios más á propósito

para extender y cimentar la moralidad, haciéndola dominar sobre todos

los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicación de la

conciencia del fiel con la dirección del sacerdote, en no haber dejado

á éste otra cosa que una dirección general, la que, por lo mismo que se

extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie.

Aun cuando no consideremos más que bajo este aspecto la abolición del

sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse

que desconocieron uno de los medios más legítimos, más poderosos y

suaves, para dar á la vida del hombre una dirección conforme á los

principios de la sana moral. Acción legítima, porque legítima es la

comunicación directa, íntima, de la conciencia que debe ser juzgada

por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la

tierra. Acción poderosa, porque, establecida la íntima comunicación de

hombre á hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo así, los

pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo

Dios, las amonestaciones tienen más fuerza, los mandatos más autoridad,

y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con

más unción y más dulzura. Acción suave, porque supone la espontánea

manifestación de la conciencia que se trata de dirigir, manifestación

que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por

la violencia, supuesto que sólo Dios puede ser el juez competente de su

sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al más estricto

secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables

para precaver la revelación, puede el hombre descansar tranquilo,

con la seguridad de que serán fielmente guardados los arcanos de su

conciencia.

Pero, se nos dirá, ¿creéis acaso que todo esto sea necesario para

establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de

ser algo más que una probidad mundana, expuesta á quebrantarse al

primer encuentro con un interés, ó dejarse arrastrar por el seductor

halago de las pasiones engañosas; si ha de ser una moralidad delicada,

severa, profunda, que se extienda á todos los actos de la vida, que

la dirija, que la domine, haciendo del corazón humano ese bello ideal

que admiramos en los católicos dedicados á la verdadera observancia y

á las prácticas de su religión; si se habla de esta moralidad, repito,

es necesario que esté bajo la inspección del poder religioso, y que

reciba la dirección y las inspiraciones de un ministro del santuario en

esa abertura íntima, sincera, de todos los más recónditos pliegues del

corazón, y de los deslices á que nos conduce á cada paso la debilidad

de nuestra naturaleza. Esto es lo que enseña la religión católica, y

yo añado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que enseña la

filosofía. No quiero decir con esto que sólo entre los católicos sea

posible practicar acciones virtuosas; sería una exageración desmentida

por la experiencia de cada día: hablo únicamente de la eficacia con que

obra una institución católica despreciada por los protestantes; hablo

de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme,

íntima, que se extienda á todos los actos de nuestra alma.

No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de

mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfección

inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad

y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para

cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendrá su espíritu

sumido en un piélago purísimo de luz y de amor. Pero no cabe duda

tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansión de miserias

y tinieblas, puede el hombre llegar á poseer esa moralidad universal,

profunda y delicada que se ha descrito más arriba: y sea cual fuere

la corrupción del mundo de que con razón nos lamentamos, es menester

confesar que se encuentran todavía en él un número considerable de

honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad,

hasta sus más íntimos pensamientos y afecciones, á la severa regla

de la moral evangélica. Para llegar á este punto de moralidad, y

cuenta que aun no decimos de perfección evangélica, sino de moralidad,

es necesario que el principio religioso esté presente con viveza á

los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentándola ó

reprimiéndola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso

de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del

hombre es una cadena de actos infinitos en número, por decirlo así, y

que no pueden andar acordes siempre con la razón y con la ley eterna, á

no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo.

Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun

cuando existiera, traería consigo una tal confusión en los actos del

alma, y, por consiguiente, tal complicación en la vida entera, que ésta

llegaría á hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal

lo que existe en la realidad, lo que se ofrece á menudo á nuestros

ojos, no tan sólo en el retiro de los claustros y en las sombras del

santuario, sino también en medio del bullicio y de las distracciones

del mundo. No acarrea tampoco confusión á los actos del alma ni

complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al

contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar,

ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendréis la unidad, y, en pos

de la unidad, el orden en todo.

El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia

sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de

la vida, y hasta los más secretos movimientos del corazón. Los

observadores superficiales han declamado contra la abundancia de

moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de

los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero debían

haber observado que, si el Catolicismo es la religión en cuyo seno han

aparecido mayor número de moralistas, y donde se han examinado más

minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religión

tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo así,

en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y

consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un

examen más profundo y detenido del que sería menester, si se tratase

únicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando

de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo íntimo del

corazón.

Ya que se ha tocado el punto de los moralistas católicos, y sin

que pretenda excusar las demasías á que se hayan entregado algunos

de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espíritu de

partidos y disputas, demasías que nunca pueden ser imputadas á la

Iglesia católica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente,

al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsérvase, no obstante,

que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha

contribuído quizá más de lo que se cree á dirigir los entendimientos al

estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones

á los que se han querido dedicar posteriormente á esta ciencia

importante, que es, sin duda, uno de los objetos más dignos y más

útiles que pueden ofrecerse á nuestros trabajos. En otro lugar de

esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con

el progreso de las ciencias y de las letras, y así me hallo precisado

á contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer.

Permítaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espíritu

humano en Europa fué principalmente teológico; y que así en el punto de

que tratamos, como en otros muchos, deben los filósofos á los teólogos

mucho más de lo que, según parece, ellos se figuran.

Volviendo á la comparación de la influencia protestante con la

influencia católica, relativamente á la formación y conservación

de una sana conciencia pública, queda demostrado que, habiendo el

Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por

el Protestantismo, dió á las ideas morales una fuerza, una acción, que

no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por

sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin más apoyo que el

que tienen las ideas de una escuela filosófica.

«Pues bien, se me dirá, ¿desconocéis acaso la fuerza de las ideas,

fuerza propia, entrañada en su misma naturaleza, que tan á menudo

cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? ¿No sabéis

que las ideas se abren paso al través de todos los obstáculos, á pesar

de todas las resistencias? ¿Habéis olvidado lo que nos enseña la

historia entera? ¿Pretendéis despojar el pensamiento del hombre de su

fuerza vital, creadora, que le hace superior á todo cuanto le rodea?»

Tal suele ser el panegírico que se hace de la fuerza de las ideas; así

las oímos presentar á cada paso como si tuvieran en la mano la varita

mágica para cambiarlo y transformarlo todo, á merced de sus caprichos.

Respetando como el que más el pensamiento del hombre, y confesando que

en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una

idea, me permitirán, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer

algunas observaciones, no para combatir de frente su opinión, sino para

modificarla en lo que fuere necesario.

En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el

cual las miramos aquí, deben distinguirse en dos órdenes: unas que

lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no

puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con

movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una acción rápida y

violenta, no parece sino que están rebosando de actividad y de vida;

las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan

lentamente, necesitan apoyarse en alguna institución que les asegure

estabilidad. Y esto ¿por qué? Porque lo que obra en el primer caso

no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su

nombre, encubriendo de esta suerte lo que á primera vista se ofrecería

como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y

la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difícilmente;

porque la verdad conduce al bien, y el _corazón del hombre_, según

expresión del sagrado texto, _está inclinado al mal desde la

adolescencia_.

Los que tanto nos encarecen la fuerza íntima de las ideas, debieran

señalarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea,

que, encerrada en su propio círculo, es decir, en el orden puramente

filosófico, merezca la gloria de haber contribuído notablemente á la

mejora del individuo ni de la sociedad.

Suele decirse á menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que

una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde ó temprano,

que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como

un legado precioso que, transmitido de generación en generación,

contribuye maravillosamente á la mejora del mundo, á la perfección á

que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones

se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser

inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no

puede menos de influir en su destino. Así es que no se hacen grandes

mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las

ideas; y es endeble y de escasa duración todo cuanto se establece, ó

contra ellas, ó sin ellas. Pero de aquí á suponer que toda idea útil

encierre tanta fuerza conservadora de sí propia, que por lo mismo no

necesite de una institución que le sirva de apoyo y defensa, mayormente

si ha de atravesar épocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa,

que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la

historia entera.

No, la humanidad, considerada por sí sola, entregada á sus propias

fuerzas, como la consideran los filósofos, no es una depositaria tan

segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa

verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano

linaje á un depositario fiel, ha imitado más bien la conducta de un

dilapidador insensato. En la cuna del género humano encontramos las

grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus

relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda,

verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, ¿qué hizo de ellas

el género humano? ¿no las perdió, modificándolas, mutilándolas,

estropeándolas, de un modo lastimoso? ¿Dónde estaban esas ideas cuando

vino Jesucristo al mundo? ¿Qué había hecho de ellas la humanidad? Un

pueblo, un solo pueblo las conserva, pero ¿cómo? Fijad la atención

sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judío, y veréis que existe en

él una lucha continua entre la verdad y el error; veréis que con una

ceguera inconcebible se inclina sin cesar á la idolatría, á substituir

á la ley sublime del Sinaí las abominaciones de los gentiles. ¿Y sabéis

cómo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en

instituciones las más robustas que imaginarse puedan, pertrechada con

todos los medios de defensa de que la rodeó el legislador inspirado

por Dios. Se dirá que aquél era un pueblo de _dura cerviz_, como dice

el sagrado texto; desgraciadamente, desde la caída de nuestro primer

padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el

corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia_, y

siglos antes de que existiese el pueblo judío, abrió Dios sobre el

mundo las cataratas del cielo, y borró al hombre de la faz de la

tierra, _porque toda carne había corrompido su camino_.

Infiérese de aquí la necesidad de instituciones robustas para la

conservación de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no

deben abandonarse á la volubilidad del espíritu humano, so pena de ser

desfiguradas y aun perdidas.

Además, las instituciones son necesarias, no precisamente para enseñar,

sino también para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que

están en oposición muy abierta con las pasiones, no llegan jamás al

terreno de la práctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para

esos esfuerzos no bastan las ideas en sí mismas, son menester medios

de acción con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden

de los hechos. Y he aquí una de las razones de la importancia de las

escuelas filosóficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces

poderosas para destruir, porque para destruir basta la acción de un

momento, y esta acción puede ser comunicada fácilmente en un acceso

de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus

concepciones, se encuentran faltas de acción, y, no teniendo otros

medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como

que éstas varían ó se modifican incesantemente, dando de ello el

primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido á objeto de pura

curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del

progreso del linaje humano.

Con estas últimas reflexiones prevengo la objeción que se me podría

hacer, fundándose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio

de la prensa. Ésta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica

extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos está

de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las

opiniones. Obsérvese la inmensa órbita recorrida por el espíritu del

hombre desde la época de ese importante descubrimiento, y se echará

de ver que el consumo (permítaseme la expresión), que el consumo de

las opiniones ha crecido en una proporción asombrosa. Sobre todo desde

que la prensa se ha hecho periódica, la historia del espíritu humano

parece la representación de un drama rapidísimo, donde unas escenas

suceden á otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca

de los actores una palabra fugitiva. No estamos todavía á la mitad del

presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos

siglos. ¡Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las

reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundiéndose luego en el

olvido!

Esta rápida sucesión de ideas, lejos de contribuir al aumento de la

fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad.

El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en

seguida difundirse, luego realizarse en alguna institución que las

represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando

por medio de la institución en que se han personificado. En todas

estas transformaciones que por necesidad reclaman algún tiempo, es

necesario que las ideas conserven su crédito, si es que han de producir

algún resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden

unas á otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en

desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan.

Por cuya causa quizás nunca, como ahora, ha sido más legítima una

profunda desconfianza en la fuerza de las ideas, ó sea en la filosofía,

para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este

aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta á las

sociedades modernas. Se concibe más, pero se madura menos: lo que

gana el entendimiento en extensión, lo pierde en profundidad, y la

brillantez teórica contrasta lastimosamente con la impotencia práctica.

¿Qué importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como

nosotros para improvisar una discusión sobre las más altas cuestiones

sociales y políticas, si alcanzaron á fundar y organizar instituciones

admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos

de los siglos que apellidamos bárbaros, por cierto que no serían ni

tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra época; y, sin embargo,

¿quién tendría aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron?

He aquí la imagen más cabal de lo que está sucediendo en el orden

social ó político. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos

nacen más bien de la intuición que del discurso; el acierto en la

práctica depende más de la calidad inestimable, llamada tino, que de

una reflexión ilustrada; y la experiencia enseña á menudo que quien

_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platón no hubiera sido el mejor

consejero del genio de Solón y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicerón

no hubiera alcanzado á lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de

los hombres rudos, como Rómulo y Numa.[5]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 46 / 58 题