CAPITULO XXIX

Montesquieu ha dicho que las repúblicas se conservan por la virtud y

las monarquías por el honor: observando, además, que este honor hace

que no sean necesarios entre nosotros los _censores_, como lo eran

entre los antiguos. Es muy cierto que en las sociedades modernas no

existen esos _censores_ encargados de velar por la conservación de las

buenas costumbres; pero no lo es que la causa de esta diferencia sea la

señalada por el ilustre publicista. Las sociedades cristianas tienen

en los ministros de la religión los _censores natos_ de las costumbres.

La plenitud de esta magistratura la posee la Iglesia, con la diferencia

de que el poder censorio de los antiguos era una autoridad puramente

civil, y el de la Iglesia, un poder religioso, que tiene su origen y su

sanción en la autoridad divina.

La religión de Grecia y Roma no ejercía ni podía ejercer sobre las

costumbres ese poder censorio, bastando para convencerse de esta verdad

el notable pasaje de San Agustín que llevo copiado en el capítulo

XIV, pasaje tan interesante en esta materia, que me atreveré á pedir

la repetición de su lectura. He aquí la razón de que se encuentren en

Grecia y Roma los censores, que no se vieron después en los pueblos

cristianos. Esos censores eran un suplemento de la religión pagana y

mostraban á las claras su impotencia; pues que, siendo dueña de toda la

sociedad, no alcanzaba á cumplir una de las primeras misiones de toda

religión, que es el vigilar sobre las costumbres. Tanta verdad es lo

que acabo de observar, que así que han menguado en los pueblos modernos

la influencia de la religión y el ascendiente de sus ministros, han

aparecido de nuevo en cierto modo los antiguos _censores_ en la

institución que llamamos _policía_: cuando faltan los medios morales,

es indispensable echar mano de los físicos; á la persuasión se

substituye la violencia; y, en vez del misionero caritativo y celoso,

encuentra el culpable al encargado de la fuerza pública.

Mucho se ha escrito ya sobre el sistema de Montesquieu con respecto á

los principios que sirven de base á las diferentes formas de gobierno,

pero quizás no se ha reparado todavía en el fenómeno que, observado

por el publicista, contribuyó á deslumbrarle. Como esto se enlaza

íntimamente con el punto que acabo de tocar sobre las causas de la

existencia de los censores, desenvolveré con alguna extensión las

indicaciones que acabo de presentar.

En tiempo de Montesquieu no era la religión cristiana tan

profundamente conocida como lo es ahora con respecto á su importancia

social, y, si bien en este punto le tributó el autor del _Espíritu de

las leyes_ un cumplido elogio, es menester no olvidar cuáles habían

sido en los años de su juventud sus preocupaciones anticristianas;

y hasta conviene tener presente que en su _Espíritu de las leyes_

dista mucho de hacer á la verdadera religión la justicia que le es

debida. Estaban á la sazón en su ascendiente las ideas de la filosofía

irreligiosa que años después arrastró á tantos malogrados ingenios;

y Montesquieu no tuvo bastante fuerza para sobreponerse del todo al

espíritu que tanto cundía, y que amenazaba invadirlo y dominarlo todo.

Combinábase con esta causa, otra que, aunque en sí distinta, reconocía,

sin embargo, el mismo origen, y era: la prevención favorable por

todo lo antiguo, una admiración ciega por todo lo que era griego ó

romano. Parecíales á los filósofos de dicha época que la perfección

social y política había llegado al más alto punto entre aquellos

pueblos; que poco ó nada se les podía añadir ni quitar; y que hasta

en religión eran mil veces preferibles sus fábulas y sus fiestas, á

los dogmas y al culto de la religión cristiana. Á los ojos de los

nuevos filósofos, el cielo del Apocalipsis no podía sufrir parangón

con el cielo de los Campos Elíseos; la majestad de Jehová era inferior

á la de Júpiter; todas las más altas instituciones cristianas eran

un legado de la ignorancia y del fanatismo; los establecimientos más

santos y benéficos eran obra de miras torcidas, la expresión y el

vehículo de sórdidos intereses; el poder público no era más que atroz

tiranía; sólo eran bellas, sólo eran justas, sólo eran saludables las

instituciones paganas: allí todo era sabio, todo abrigaba designios

profundos, altamente provechosos á la sociedad; sólo los antiguos

habían disfrutado de las ventajas sociales, sólo ellos habían acertado

á organizar un poder público con garantías para la libertad de los

ciudadanos. Los pueblos modernos debían llorar con lágrimas de amargura

por no poder disfrutar del bullicio del foro. por no oir oradores como

Demóstenes y Cicerón, por carecer de los juegos olímpicos, por no poder

asistir al pugilato de los atletas, por no serles dado profesar una

religión que, si bien llena de ilusiones y mentiras, daba, sin embargo,

á la naturaleza toda un interés dramático, animando sus fuentes, sus

ríos, sus cascadas y sus mares, poblando de hermosas ninfas los campos,

las praderas y los bosques, dando al hombre dioses compañeros del hogar

doméstico, y, sobre todo, haciendo la vida más llevadera y agradable

con soltar la rienda á las pasiones, supuesto que las divinizaba bajo

las formas más hechiceras.

Al través de semejantes preocupaciones, ¿cómo era posible comprender

las instituciones de la Europa moderna? Todo se trastornaba de un modo

deplorable; todo lo existente se condenaba sin apelación, y quien

saliera á su defensa, era reputado por hombre ó de pocos alcances, ó de

mala fe, y que no podía contar con otro apoyo que el que le dispensaban

los gobiernos todavía preocupados en favor de una religión y de unas

instituciones que, según todas las probabilidades, habían de perecer á

no lardar. ¡Lamentables aberraciones del espíritu humano! ¿Qué dirían

aquellos escritores si ahora se levantasen de la tumba? ¡Y todavía

no ha pasado un siglo desde la época en que empezó á ser influyente

su escuela! ¡Y sus discípulos han sido por largo tiempo dueños de

arreglar el mundo como bien les ha parecido! ¡Y no han hecho más que

hacer derramar torrentes de sangre, amontonando nuevos escarmientos y

desengaños en la historia de la humanidad!

Pero volvamos á Montesquieu. Este publicista, que tanto se resintió

de la atmósfera que le rodeaba, y que también no dejó de tener alguna

parte en malearla, advirtió los hechos que de bulto se presentan á los

ojos del observador, y cuáles son los efectos de la conciencia pública

creada entre los pueblos europeos por la influencia cristiana; pero,

notando los efectos, no se remontó á la verdadera causa, y así se

empeñó en ajustarlos de todos modos al sistema que había imaginado.

Comparando la sociedad antigua con la moderna, descubrió una notable

diferencia en la conducta de los hombres, observando que entre nosotros

se ejercen las acciones más heroicas y más bellas y se evitan, por una

parte, muchos vicios que contaminaban á los antiguos; cuando, por otra

parte, se echa de ver que los hombres de nuestras sociedades no siempre

tienen aquel alto temple moral que debiera de ser la causa regular de

esta conducta. La codicia, la ambición, el amor de los placeres y demás

pasiones, reinan todavía en el mundo, bastando dar una mirada en torno,

para descubrirlas por doquiera; y, sin embargo, estas pasiones no se

desmandan hasta tal punto que se entreguen á los excesos que lamentamos

en los antiguos: hay un freno misterioso que las contiene; antes de

arrojarse sobre el cebo que las brinda, dan siempre al rededor de sí

una cautelosa mirada; no se atreven á ciertos excesos, á no ser que

puedan contar de seguro con un velo que las encubra. Temen de un modo

particular la vista de los hombres: no pueden vivir sino en la soledad

y en las tinieblas. ¿Cuál es la causa de este fenómeno? se preguntaba

á sí mismo el autor del _Espíritu de las leyes_. «Los hombres, diría,

obran muchas veces, no por virtud moral, sino por consideración al

juicio que de las acciones formarán los demás: esto es obrar por

honor; éste es un hecho que se observa en Francia y en las demás

monarquías de Europa: éste será, pues, un carácter distintivo de los

gobiernos monárquicos; ésta será la base de esa forma política; ésta la

diferencia de la república y del despotismo.»

Oigamos al mismo autor: «¿En qué clase de gobierno son necesarios

los censores? En una república donde el principio del gobierno es la

virtud. No son solamente los crímenes lo que destruye la virtud, sino

también las negligencias, las faltas, cierta tibieza en el amor de la

patria, los ejemplos peligrosos, las semillas de corrupción, lo que sin

chocar con las leyes las elude, y sin destruirlas las enflaquece. Todo

esto debe ser corregido por los censores.

»En las monarquías no son necesarios por estar fundadas en el

honor, y la naturaleza de éste es el tener _por censor á todo el

universo_. Cualquiera que falte al honor, se encuentra expuesto á las

reconvenciones de los mismos que carecen de él.» (_Espíritu de las

leyes_, lib. V, cap. XIX). He aquí lo que pensaba este publicista. Sin

embargo, reflexionando sobre la materia, se echa de ver que padeció una

equivocación trasladando al orden político, y explicando por causas

meramente políticas, un hecho puramente social. Montesquieu señala

como característico de las monarquías lo que es general á todas las

sociedades modernas, y parece que no comprendió la verdadera causa de

que en éstas no haya sido necesaria la institución de censores, así

como no alcanzó el verdadero motivo de esta necesidad en las repúblicas

antiguas.

Las formas monárquicas no han dominado exclusivamente en Europa. Se

han visto en ella poderosas repúblicas, y se encuentra todavía alguna

nada despreciable. La misma monarquía ha sufrido muchas modificaciones,

aliándose, ora con la democracia, ora con la aristocracia, ora

ejerciendo un poder sin límites, ora obrando en círculos más ó menos

dilatados; y, sin embargo, se encuentra por todas partes ese freno de

que habla Montesquieu, y que apellida _honor_; es decir, un poderoso

estímulo para hacer buenas acciones y un robusto dique para evitar las

malas, por consideración al juicio que de nosotros formarán los demás.

«En las monarquías, dice Montesquieu, no se necesitan censores; ellas

están fundadas sobre el honor, y es de la naturaleza del honor el tener

por censor á todo el universo»; palabras notables que nos revelan todo

el pensamiento del escritor, y que, al propio tiempo, nos indican el

origen de su equivocación. Estas mismas palabras nos servirán de clave

para descifrar el enigma. Para hacerlo cual conviene á la importancia

de la materia, y con la claridad que se necesita en un objeto que

por las complicadas relaciones que abarca ofrece alguna confusión,

procuraré presentar las ideas con la mayor precisión posible.

El respeto al juicio de los demás es innato en el hombre: y, de

consiguiente, está en su misma naturaleza el que haga ó evite muchas

cosas, por consideración á este juicio. Esto se funda en un hecho

tan sencillo como es el amor de nuestra buena reputación, el deseo

de parecer bien ó el temor de parecer mal á los ojos de nuestros

semejantes. Esto, de puro claro y sencillo, no necesita ni aun

consiente pruebas ni comentarios.

El honor es un estímulo más ó menos vivo, ó un freno más ó menos

poderoso, según la mayor ó menor severidad de juicio que supongamos

en los demás. Por esta causa, entre personas generosas hace el tacaño

un esfuerzo por parecer liberal; así como el pródigo se limita, si se

halla entre compañeros amantes de la economía. En una reunión donde

la generalidad de los concurrentes sea morigerada, se mantienen en la

línea del deber aun los libertinos; cuando en otra donde campee la

licencia, llegan á permitirse cierta libertad hasta los habitualmente

severos de costumbres.

La sociedad en que vivimos es una gran reunión: si sabemos que dominan

en ella principios severos, si oímos proclamadas por todas partes

las reglas de la sana moral, si conceptuamos que la generalidad de

los hombres con quienes vivimos llama á cada acción con su verdadero

nombre, sin que falsee su juicio el desarreglo que tal vez pueda haber

en su conducta, entonces nos veremos rodeados por todas partes de

testigos y de jueces, á cuya corrupción no podemos alcanzar: y esto

nos detendrá á cada paso en los deseos de obrar mal, nos impulsará de

continuo á portarnos bien.

Muy de otra suerte sucederá si nos prometemos indulgencia en la

sociedad que nos rodea: entonces, aun suponiéndonos con las mismas

convicciones, el vicio no nos parecerá tan feo, ni el crimen tan

detestable, la corrupción tan asquerosa; serán muy diferentes nuestros

pensamientos con respecto á la moralidad de nuestra conducta, y,

andando el tiempo, llegarán á resentirse nuestras acciones de la

influencia funesta de la atmósfera en que vivimos.

De esto se infiere que, para formar en nuestro corazón el sentimiento

del honor, de manera que sea bastante eficaz para evitar el mal y

producir el bien, conviene que dominen en la sociedad sanos principios

de moral, de suerte que sean una creencia generalmente arraigada. Si

esto se consigue, se llegará á formar ciertos hábitos sociales, que

moralizarán las costumbres, y que, aun cuando no alcancen á prevenir

la corrupción de muchos individuos, serán bastantes, sin embargo, á

obligar al vicio á cubrirse con ciertas formas, que, por más hipócritas

que sean, no dejarán de contribuir al decoro de las costumbres.

Los saludables efectos de estos hábitos durarán todavía después de

debilitadas considerablemente las creencias que servían de base á los

principios morales; y la sociedad recogerá en abundancia beneficiosos

frutos del mismo árbol que desprecia ó descuida. Ésta es la historia de

la moralidad de las sociedades modernas, que, si bien corrompidas de

un modo lamentable, no lo son tanto, sin embargo, como las antiguas, y

conservan en su legislación y en sus costumbres un fondo de moralidad

y decoro que no han podido destruir los estragos de las ideas

irreligiosas.

Consérvase todavía la conciencia pública: ella censura todos los

días al vicio y encarece la hermosura y las ventajas de la virtud;

reina sobre los gobiernos y sobre los pueblos, y ejerce el poderoso

ascendiente de un elemento esparcido por todas partes, como

desparramado en la atmósfera que respiramos.

«Á más del Areópago, dice Montesquieu, había en Atenas guardianes de

las costumbres, y guardianes de las leyes; en Lacedemonia todos los

ancianos eran censores; en Roma tenían este encargo los magistrados

particulares; así como el Senado vigila sobre el pueblo, es menester

que haya censores que á su vez vigilen así al pueblo como al Senado:

ellos deben restablecer en la república todo lo que se ha corrompido,

notar la tibieza, juzgar las negligencias y corregir las faltas, como

las leyes castigan los crímenes.» (_Espíritu de las leyes_, lib. V,

cap. VII.) No parece sino que el autor del _Espíritu de las leyes_ se

propone retratar las funciones de un poder religioso, describiéndonos

las atribuciones de los censores antiguos. Alcanzar á donde no llegan

las leyes civiles, corregir y castigar á su modo lo que éstas dejan

impune, ejercer sobre la sociedad una influencia más delicada, más

minuciosa, de la que pertenece al legislador: he aquí el objeto de

los censores. ¿Y quién no ve que este poder está muy bien reemplazado

por el poder religioso, y que, si aquél no ha sido necesario en las

sociedades modernas, debe atribuirse, ó á la presencia de éste, ó al

resultado de su acción ejercida por largos siglos?

Que este poder religioso obró por largo tiempo sobre todos los

entendimientos y los corazones con un ascendiente decisivo, es un hecho

consignado en todas las páginas de la historia de Europa; y cuál haya

sido el resultado de esa influencia saludable, tan calumniada y tan

mal comprendida, lo estamos palpando nosotros, que vemos dominantes

todavía en el pensamiento, en la conciencia pública, los principios de

justicia y de sana moral, á pesar de los estragos que han causado en la

conciencia particular las doctrinas irreligiosas é inmorales.

Para dar mejor á comprender el poderoso influjo de esa conciencia,

será bien hacerlo sensible con algún ejemplo. Supóngase que el

magnate más opulento, que el monarca más poderoso, se entregue á los

abominables excesos á que se abandonaron los Tiberios, los Nerones,

y otros monstruos que mancharon el solio del imperio. ¿Qué sucederá?

No lo sabemos; pero lo cierto es que nos parece ver levantado tan

alto el grito de reprobación y de horror universal, parécenos ver al

monstruo tan abrumado bajo el peso de la execración pública, que se nos

hace hasta imposible que este monstruo pueda existir. Nos parece un

anacronismo, un absurdo de la época, y no porque no pensemos que haya

algunos hombres bastante inmorales para semejantes infamias, bastante

pervertidos de entendimiento y de corazón para ofrecer ese espectáculo

de ignominia, sino porque vemos que eso choca, se estrella contra las

costumbres universales, y que un escándalo semejante no podría durar un

momento á los ojos de la conciencia pública.

Infinitos contrastes podría presentar, pero me contentaré con otro que,

recordando un bello pasaje de la historia antigua, y pintándonos la

virtud de un héroe, nos retrata las costumbres de una época, y el mal

estado de la conciencia pública. Supóngase que un general de nuestra

Europa moderna toma por asalto una plaza, donde una señora distinguida,

esposa de uno de los principales caudillos del ejército enemigo, cae en

manos de la soldadesca. Presentada al general la hermosa prisionera,

¿cuál debe ser la conducta del vencedor? Claro es que nadie vacilará un

momento en afirmar que la señora debe ser tratada con el miramiento más

delicado, que debe dejársela desde luego libre, permitiéndole que vaya

á reunirse con su esposo, si ésta fuera su voluntad. Esta conducta la

encontramos nosotros tan obligatoria, tan en el orden regular de las

cosas, tan conforme á todas nuestras ideas y sentimientos, que á buen

seguro no haríamos un mérito particular por ella á quien la hubiese

observado. Diríamos que el general vencedor cumplió con un deber

riguroso, sagrado, de que le era imposible prescindir, si no quería

cubrirse de baldón y de ignominia. Por cierto que no encomendaríamos

á la historia el cuidado de inmortalizar un hecho semejante; lo

dejaríamos pasar desapercibido en el curso regular de los sucesos

comunes. Pues bien: esto hizo Escipión en la toma de Cartagena con la

mujer de Mardonio; y la historia antigua nos recuerda esta generosidad

como un eterno monumento de las virtudes del héroe. Este parangón

explica mejor que todo comentario el inmenso progreso de las costumbres

y de la conciencia pública bajo la influencia cristiana.

Y esta conducta, que entre nosotros es considerada como muy regular y

como estrictamente obligatoria, no trae su origen del honor monárquico,

como pretendería Montesquieu; sino de la mayor elevación de ideas sobre

la dignidad del hombre, de un conocimiento más claro de las verdaderas

relaciones sociales, de una moral más pura, más fuerte, porque está

sentada sobre cimientos eternos. Esto que se encuentra en todas partes,

que se hace sentir por doquiera, que ejerce su predominio sobre los

buenos, y que impone respeto aun á los malos, sería el poderoso

obstáculo que se atravesara á los pasos del hombre inmoral que en casos

semejantes se empeñase en dar rienda suelta á su crueldad, ó á otras

pasiones.

El claro entendimiento del autor del _Espíritu de las leyes_ hubiera

reparado, sin duda, en estas verdades, á no estar preocupado por su

distinción favorita, que, establecida desde el comienzo de su obra,

la sujeta toda á un sistema inflexible. Y bien sabido es lo que son

los sistemas, cuando, concebidos de antemano, sirven como de matriz

á una obra. Son el verdadero lecho de tormento de las ideas y de los

sucesos; de buen ó de mal grado, todo se ha de acomodar al sistema: lo

que sobra, se trunca; lo que falta, se añade. Así vemos que la razón de

la tutela de las mujeres romanas la encuentra también Montesquieu en

motivos políticos fundados en la forma republicana; y el derecho atroz

concedido á los padres sobre los hijos, la potestad patria, que tan

ilimitada establecían las leyes romanas, pretende que dimanaba también

de razones políticas. Como si no fuera evidente que el origen de una y

otra de estas disposiciones del antiguo derecho romano, debe referirse

á razones puramente domésticas y sociales, del todo independientes de

la forma de gobierno.[4]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 45 / 58 题