Al enumerar en el capítulo XX los principales caracteres que distinguen
la civilización europea, señalé, como uno de ellos, «_una admirable
conciencia pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de
justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia
que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente
que el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos_».
Ahora es menester explicar con alguna extensión en qué consiste esa
conciencia pública, cuál es su origen, y cuáles sus resultados,
indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, así
al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestión importante y delicada,
y que, sin embargo, me atrevería á decir que está intacta; pues que
no sé que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de
la excelencia de la moral cristiana, y en este punto están acordes
los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se
fija bastante la atención en el modo con que esa moral ha llegado á
dominarlo todo, desalojando primero la corrupción del paganismo, y
manteniéndose después, á pesar de los estragos de la incredulidad,
formando una admirable conciencia pública, cuyos beneficios disfrutamos
todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera.
Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea
bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando
esta palabra en su sentido general ó más bien ideológico, significa
el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. Así se dice
que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su
voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepción
la palabra conciencia, expresa una percepción de lo que estamos
haciendo ó padeciendo.
Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que
formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas ó malas. Así,
antes de ejercer una acción, la conciencia nos la señala como buena ó
mala, y, de consiguiente, como lícita ó ilícita, dirigiendo de este
modo nuestra conducta; así, después de haberla ejercido, nos dice la
conciencia si hemos obrado bien ó mal, excusándonos ó condenándonos,
premiándonos con la tranquilidad del corazón ó atormentándonos con el
remordimiento.
Previas estas aclaraciones, no será difícil concebir la que debe
entenderse por conciencia pública; la cual no es otra cosa que el
juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres;
resultando de esto que, así como la conciencia privada puede ser recta
ó errónea, ajustada ó lata, lo propio sucede con la pública; y que
entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de
mediar una diferencia semejante á la que se nota en este punto entre
los individuos. Es decir, que, así como en una misma sociedad se
encuentran hombres de una conciencia más ó menos recta, más ó menos
errónea, más ó menos ajustada, más ó menos lata, deben encontrarse
también sociedades que aventajan á otras en formar el juicio más ó
menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este
punto más ó menos delicadas.
Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de
varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia
esté sólo en el entendimiento; tiene raíces en el corazón. La
conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de
una manera muy diferente, según el modo con que las sentimos, y si á
esto se añade que, en tratándose de ideas y acciones morales, tienen
muchísima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia
se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna
eficacia sobre nuestro corazón. Comunicad á los niños los mismos
principios morales, dándoles la enseñanza por un mismo libro y por un
mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la
aplicación continua de la instrucción que recibe, cuando el otro no
observa más en la suya que tibieza ó distracción. Suponed, además,
que estos dos niños entran en la adolescencia con la misma convicción
religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante á su entendimiento, no
se descubra entre los dos la menor diferencia. ¿Creéis, sin embargo,
que su juicio será idéntico sobre la moralidad de las acciones que se
les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, ¿por qué? Porque el uno
no tiene más que convicciones, el otro tiene, además, los sentimientos;
en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro venía el ejemplo
continuo á grabar la doctrina en el corazón. Así es que lo que aquél
mirará con indiferencia, éste lo contemplará con horror; lo que el
primero practicará con descuido, el segundo lo practicará con mucho
cuidado; lo que para el uno será objeto de mediano interés, será para
el otro de alta importancia.
La conciencia pública, que en último resultado viene á ser en cierto
modo la suma de las conciencias privadas, está sujeta á las mismas
influencias á que lo están éstas: por manera que tampoco le basta la
enseñanza, sino que le es necesario, además, el concurso de otras
causas que pueden, no sólo instruir el entendimiento, sino formar el
corazón. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, échase de ver
al instante que en esta parte debe aquélla encontrarse muy superior á
ésta, no sólo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios
y motivos con que la sanciona, sino también porque sigue el sabio
sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte
grabarla más vivamente en el ánimo de los que la aprendan y recordarla
incesantemente para que no pueda olvidarse.
Con esta continua repetición de las mismas verdades consigue el
Cristianismo lo que no pueden alcanzar las demás religiones, de las
cuales ninguna ha podido acertar en la organización y ejercicio de
un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me
extendí bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetiré
aquí lo que dije allí, y pasaré á consideraciones particulares sobre la
conciencia pública europea.
Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la
razón y la justicia. Revolved los códigos, observad los hechos, y, ni
en las leyes, ni en las costumbres, descubriréis aquellas chocantes
injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraréis en
otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie
los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al
mal y mal al bien; es decir, que está en ciertas materias la sociedad
como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres,
que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay
contradicción entre sus doctrinas y sus obras.
Lamentámonos con frecuencia de la corrupción de costumbres, del
libertinaje de nuestras capitales; pero, ¿qué son la corrupción y el
libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno
de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas
capitales de Europa una corrupción espantosa. En los registros de la
policía figuran un asombroso número de mujeres perdidas; en los de las
casas de beneficencia, el de los niños expósitos; y en las casas más
acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo
linaje de disipación y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan
ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos más cultos
de la antigüedad, como son los griegos y romanos. Por manera que
nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubiérales
parecido á ellas un modelo de pudor y de decoro. ¿Será menester
recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan públicos entonces,
y que ahora apenas se nombran entre nosotros, ó por cometerse muy
raras veces, ó porque, temiendo la mirada de la conciencia pública,
se ocultan en las más densas sombras, como debajo de las entrañas de
la tierra? ¿Será necesario traer á la memoria las infamias de que
están mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan
las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, así en las ciencias
como en las armas, han pasado á la posteridad con manchas tan negras,
que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos
revela la profunda corrupción en que yacerían sumidas todas las
clases, cuando se sabía, ó al menos se sospechaba, que hasta tal punto
se habían degradado los hombres que por su elevada posición y demás
circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha.
¿Habláis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y
marchita? Pues mirad á esos usureros que chupaban la sangre del
pueblo por todas partes: leed los poetas satíricos, y allí veréis
lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de
la Iglesia, y veréis sus trabajos para atenuar las males de ese
vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraréis
la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin
pudor, llevando á Roma en triunfo el fruto de sus rapiñas, para vivir
allí con escandaloso fausto y comprar los sufragios que habían de
levantarlos á nuevos mandos. No, en la civilización europea, entre
pueblos educados por el Cristianismo, no se tolerarían por tanto tiempo
tamaños males; supóngase el desgobierno, la tiranía, la corrupción de
costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pública
levantará su voz, dará una mirada ceñuda á los opresores; si bien
podrán cometerse tropelías parciales, jamás la rapiña se erigirá
en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas
palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar
resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo
efectos inmensos, y evitando grandes males, están como impregnando
nuestra atmósfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano
del culpable, y, resistiendo con increíble fuerza á las doctrinas
materialistas y utilitarias, continúan ejerciendo en la sociedad un
efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo
suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio
á conservar las apariencias de la virtud, á encubrirse con cien velos,
si no quiere ser el objeto de la execración pública.
La sociedad moderna parece que debió heredar la corrupción de la
antigua, supuesto que se formó de los fragmentos de ella, y esto en la
época en que la disolución de costumbres había llegado al mayor exceso.
Es notable, además, que la irrupción de los bárbaros estuvo tan lejos
de mejorar la situación, que, antes bien, contribuyó á empeorarla. Y
esto, no sólo por la corrupción propia de sus costumbres brutales y
feroces, sino también por el desorden que introdujeron en los pueblos
invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos
los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad.
De lo que resulta que es tanto más singular la mejora de la conciencia
pública que distingue á los pueblos europeos, y que no puede atribuirse
á otra causa que á la influencia del vital y poderoso principio que
obró en el seno de Europa por largos siglos.
Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto
por la Iglesia, siendo quizá uno de los hechos más importantes que
se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo
cualquiera, en un siglo en que la corrupción y la injusticia levanten
más erguida la frente, y siempre observaréis que, por más repugnante,
por más impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir,
que la razón y la justicia tenían siempre quien las proclamaba, aun
cuando pareciese que por nadie debían ser escuchadas. Las tinieblas
de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas
no reconocían dique que alcanzase á contenerlas; pero la enseñanza,
las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jamás, como en una
noche tenebrosa brilla á lo lejos el faro que indica á los perdidos
navegantes la esperanza de salvamento.
Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes
reuniones de concilios proclamando los principios de la moral
evangélica, mientras se tropieza á cada paso con hechos los más
escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan
quebrantado y pisoteado por el hecho, pregúntase uno naturalmente:
¿de qué sirve todo esto? ¿de qué sirven las palabras cuando están en
completa discordancia con las cosas? No creáis, sin embargo, que esta
proclamación sea inútil, no os desaliente el tener que esperar siglos
para recoger el fruto de esa palabra.
Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad
un principio, al cabo este principio llega á ejercer su influencia;
y, si es verdadero, y entraña, por consiguiente, un elemento de vida,
al fin prevalece sobre los demás que se le oponen y se hace dueño
de cuanto le rodea. Dejad, pues, á la verdad que hable, dejadla
que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedirá que el vicio
prescriba, esto le dejará siempre con su nombre propio, esto impedirá
al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los
altares, después de haberlas adorado en su corazón.
No lo dudéis: esa protesta no será inútil; la verdad saldrá, al fin,
victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del
mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura.
Así sucedió, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las
disolutas costumbres del imperio y después con la brutalidad de los
bárbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas;
pero, al fin, triunfó de todo y llegó á dominar la legislación y las
costumbres públicas. Y no es esto decir que ni á aquélla ni á éstas
pudiera elevarlas al grado de perfección que reclama la pureza de la
moral evangélica; pero sí que hizo desaparecer las injusticias más
chocantes, desterró los usos más feroces, enfrenó la procacidad de
las costumbres más desenvueltas, y logró, por fin, que el vicio fuera
llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con
mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable
con que se hacía entre los antiguos.
En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama
el interés privado como único principio de moral; y, si bien es verdad
que no alcanza á evitar que esta funesta enseñanza acarree grandes
males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. ¡Ay del mundo, el día en
que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor
es mi utilidad; todo es bueno ó malo, según que me proporciona una
sensación grata ó ingrata_! ¡Ay del mundo, el día en que la conciencia
pública no rechazase con indignación tan impudente lenguaje!
La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar más y más tan
importante materia, me inducen á presentar algunas observaciones sobre
una opinión de Montesquieu relativa á los censores de Grecia y Roma. Si
hay digresión, no será inoportuna.