CAPITULO XXVIII

Al enumerar en el capítulo XX los principales caracteres que distinguen

la civilización europea, señalé, como uno de ellos, «_una admirable

conciencia pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de

justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia

que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente

que el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos_».

Ahora es menester explicar con alguna extensión en qué consiste esa

conciencia pública, cuál es su origen, y cuáles sus resultados,

indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, así

al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestión importante y delicada,

y que, sin embargo, me atrevería á decir que está intacta; pues que

no sé que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de

la excelencia de la moral cristiana, y en este punto están acordes

los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se

fija bastante la atención en el modo con que esa moral ha llegado á

dominarlo todo, desalojando primero la corrupción del paganismo, y

manteniéndose después, á pesar de los estragos de la incredulidad,

formando una admirable conciencia pública, cuyos beneficios disfrutamos

todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera.

Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea

bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando

esta palabra en su sentido general ó más bien ideológico, significa

el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. Así se dice

que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su

voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepción

la palabra conciencia, expresa una percepción de lo que estamos

haciendo ó padeciendo.

Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que

formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas ó malas. Así,

antes de ejercer una acción, la conciencia nos la señala como buena ó

mala, y, de consiguiente, como lícita ó ilícita, dirigiendo de este

modo nuestra conducta; así, después de haberla ejercido, nos dice la

conciencia si hemos obrado bien ó mal, excusándonos ó condenándonos,

premiándonos con la tranquilidad del corazón ó atormentándonos con el

remordimiento.

Previas estas aclaraciones, no será difícil concebir la que debe

entenderse por conciencia pública; la cual no es otra cosa que el

juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres;

resultando de esto que, así como la conciencia privada puede ser recta

ó errónea, ajustada ó lata, lo propio sucede con la pública; y que

entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de

mediar una diferencia semejante á la que se nota en este punto entre

los individuos. Es decir, que, así como en una misma sociedad se

encuentran hombres de una conciencia más ó menos recta, más ó menos

errónea, más ó menos ajustada, más ó menos lata, deben encontrarse

también sociedades que aventajan á otras en formar el juicio más ó

menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este

punto más ó menos delicadas.

Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de

varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia

esté sólo en el entendimiento; tiene raíces en el corazón. La

conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de

una manera muy diferente, según el modo con que las sentimos, y si á

esto se añade que, en tratándose de ideas y acciones morales, tienen

muchísima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia

se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna

eficacia sobre nuestro corazón. Comunicad á los niños los mismos

principios morales, dándoles la enseñanza por un mismo libro y por un

mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la

aplicación continua de la instrucción que recibe, cuando el otro no

observa más en la suya que tibieza ó distracción. Suponed, además,

que estos dos niños entran en la adolescencia con la misma convicción

religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante á su entendimiento, no

se descubra entre los dos la menor diferencia. ¿Creéis, sin embargo,

que su juicio será idéntico sobre la moralidad de las acciones que se

les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, ¿por qué? Porque el uno

no tiene más que convicciones, el otro tiene, además, los sentimientos;

en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro venía el ejemplo

continuo á grabar la doctrina en el corazón. Así es que lo que aquél

mirará con indiferencia, éste lo contemplará con horror; lo que el

primero practicará con descuido, el segundo lo practicará con mucho

cuidado; lo que para el uno será objeto de mediano interés, será para

el otro de alta importancia.

La conciencia pública, que en último resultado viene á ser en cierto

modo la suma de las conciencias privadas, está sujeta á las mismas

influencias á que lo están éstas: por manera que tampoco le basta la

enseñanza, sino que le es necesario, además, el concurso de otras

causas que pueden, no sólo instruir el entendimiento, sino formar el

corazón. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, échase de ver

al instante que en esta parte debe aquélla encontrarse muy superior á

ésta, no sólo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios

y motivos con que la sanciona, sino también porque sigue el sabio

sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte

grabarla más vivamente en el ánimo de los que la aprendan y recordarla

incesantemente para que no pueda olvidarse.

Con esta continua repetición de las mismas verdades consigue el

Cristianismo lo que no pueden alcanzar las demás religiones, de las

cuales ninguna ha podido acertar en la organización y ejercicio de

un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me

extendí bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetiré

aquí lo que dije allí, y pasaré á consideraciones particulares sobre la

conciencia pública europea.

Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la

razón y la justicia. Revolved los códigos, observad los hechos, y, ni

en las leyes, ni en las costumbres, descubriréis aquellas chocantes

injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraréis en

otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie

los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al

mal y mal al bien; es decir, que está en ciertas materias la sociedad

como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres,

que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay

contradicción entre sus doctrinas y sus obras.

Lamentámonos con frecuencia de la corrupción de costumbres, del

libertinaje de nuestras capitales; pero, ¿qué son la corrupción y el

libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno

de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas

capitales de Europa una corrupción espantosa. En los registros de la

policía figuran un asombroso número de mujeres perdidas; en los de las

casas de beneficencia, el de los niños expósitos; y en las casas más

acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo

linaje de disipación y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan

ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos más cultos

de la antigüedad, como son los griegos y romanos. Por manera que

nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubiérales

parecido á ellas un modelo de pudor y de decoro. ¿Será menester

recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan públicos entonces,

y que ahora apenas se nombran entre nosotros, ó por cometerse muy

raras veces, ó porque, temiendo la mirada de la conciencia pública,

se ocultan en las más densas sombras, como debajo de las entrañas de

la tierra? ¿Será necesario traer á la memoria las infamias de que

están mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan

las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, así en las ciencias

como en las armas, han pasado á la posteridad con manchas tan negras,

que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos

revela la profunda corrupción en que yacerían sumidas todas las

clases, cuando se sabía, ó al menos se sospechaba, que hasta tal punto

se habían degradado los hombres que por su elevada posición y demás

circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha.

¿Habláis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y

marchita? Pues mirad á esos usureros que chupaban la sangre del

pueblo por todas partes: leed los poetas satíricos, y allí veréis

lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de

la Iglesia, y veréis sus trabajos para atenuar las males de ese

vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraréis

la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin

pudor, llevando á Roma en triunfo el fruto de sus rapiñas, para vivir

allí con escandaloso fausto y comprar los sufragios que habían de

levantarlos á nuevos mandos. No, en la civilización europea, entre

pueblos educados por el Cristianismo, no se tolerarían por tanto tiempo

tamaños males; supóngase el desgobierno, la tiranía, la corrupción de

costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pública

levantará su voz, dará una mirada ceñuda á los opresores; si bien

podrán cometerse tropelías parciales, jamás la rapiña se erigirá

en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas

palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar

resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo

efectos inmensos, y evitando grandes males, están como impregnando

nuestra atmósfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano

del culpable, y, resistiendo con increíble fuerza á las doctrinas

materialistas y utilitarias, continúan ejerciendo en la sociedad un

efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo

suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio

á conservar las apariencias de la virtud, á encubrirse con cien velos,

si no quiere ser el objeto de la execración pública.

La sociedad moderna parece que debió heredar la corrupción de la

antigua, supuesto que se formó de los fragmentos de ella, y esto en la

época en que la disolución de costumbres había llegado al mayor exceso.

Es notable, además, que la irrupción de los bárbaros estuvo tan lejos

de mejorar la situación, que, antes bien, contribuyó á empeorarla. Y

esto, no sólo por la corrupción propia de sus costumbres brutales y

feroces, sino también por el desorden que introdujeron en los pueblos

invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos

los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad.

De lo que resulta que es tanto más singular la mejora de la conciencia

pública que distingue á los pueblos europeos, y que no puede atribuirse

á otra causa que á la influencia del vital y poderoso principio que

obró en el seno de Europa por largos siglos.

Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto

por la Iglesia, siendo quizá uno de los hechos más importantes que

se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo

cualquiera, en un siglo en que la corrupción y la injusticia levanten

más erguida la frente, y siempre observaréis que, por más repugnante,

por más impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir,

que la razón y la justicia tenían siempre quien las proclamaba, aun

cuando pareciese que por nadie debían ser escuchadas. Las tinieblas

de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas

no reconocían dique que alcanzase á contenerlas; pero la enseñanza,

las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jamás, como en una

noche tenebrosa brilla á lo lejos el faro que indica á los perdidos

navegantes la esperanza de salvamento.

Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes

reuniones de concilios proclamando los principios de la moral

evangélica, mientras se tropieza á cada paso con hechos los más

escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan

quebrantado y pisoteado por el hecho, pregúntase uno naturalmente:

¿de qué sirve todo esto? ¿de qué sirven las palabras cuando están en

completa discordancia con las cosas? No creáis, sin embargo, que esta

proclamación sea inútil, no os desaliente el tener que esperar siglos

para recoger el fruto de esa palabra.

Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad

un principio, al cabo este principio llega á ejercer su influencia;

y, si es verdadero, y entraña, por consiguiente, un elemento de vida,

al fin prevalece sobre los demás que se le oponen y se hace dueño

de cuanto le rodea. Dejad, pues, á la verdad que hable, dejadla

que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedirá que el vicio

prescriba, esto le dejará siempre con su nombre propio, esto impedirá

al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los

altares, después de haberlas adorado en su corazón.

No lo dudéis: esa protesta no será inútil; la verdad saldrá, al fin,

victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del

mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura.

Así sucedió, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las

disolutas costumbres del imperio y después con la brutalidad de los

bárbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas;

pero, al fin, triunfó de todo y llegó á dominar la legislación y las

costumbres públicas. Y no es esto decir que ni á aquélla ni á éstas

pudiera elevarlas al grado de perfección que reclama la pureza de la

moral evangélica; pero sí que hizo desaparecer las injusticias más

chocantes, desterró los usos más feroces, enfrenó la procacidad de

las costumbres más desenvueltas, y logró, por fin, que el vicio fuera

llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con

mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable

con que se hacía entre los antiguos.

En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama

el interés privado como único principio de moral; y, si bien es verdad

que no alcanza á evitar que esta funesta enseñanza acarree grandes

males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. ¡Ay del mundo, el día en

que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor

es mi utilidad; todo es bueno ó malo, según que me proporciona una

sensación grata ó ingrata_! ¡Ay del mundo, el día en que la conciencia

pública no rechazase con indignación tan impudente lenguaje!

La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar más y más tan

importante materia, me inducen á presentar algunas observaciones sobre

una opinión de Montesquieu relativa á los censores de Grecia y Roma. Si

hay digresión, no será inoportuna.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 44 / 58 题