Un celo incansable por la santidad del matrimonio, y un sumo cuidado
para llevar el sentimiento del pudor al más alto punto de delicadeza,
son los dos polos de la conducta del Catolicismo para realzar á la
mujer. Éstos son los grandes medios de que echó mano para lograr su
objeto; de ahí procede el poder y la importancia de las mujeres en
Europa; y es muy falso lo que dice M. Guizot (Lec. 4) de «que esta
particularidad de la civilización europea haya venido del seno del
feudalismo». No disputaré sobre la mayor ó menor influencia que pudo
ejercer en el desarrollo de las costumbres domésticas; no negaré que
el estado de aislamiento en que vivía el señor feudal, el «encontrar
siempre en su castillo á su mujer, á sus hijos y á nadie más que á
ellos, el ser ellos siempre su compañía permanente, el participar ellos
solos de sus placeres y penas, el compartir sus intereses y destinos,
no hubiese de contribuir á desenvolver las costumbres domésticas, y
á que éstas tomasen un grande y poderoso ascendiente sobre el jefe
de familia». Pero ¿quién hizo que, al volver el señor á su castillo,
encontrase tan sólo á una mujer, y no á muchas? ¿Quién le contuvo para
que no abusase de su poderío, convirtiendo su casa en harén? ¿Quién
le enfrenó para que no soltase la rienda á sus pasiones, y de ellas no
hiciese víctimas á las más hermosas doncellas que veía en las familias
de sus rendidos vasallos? Nadie negará que quien esto hizo fueron las
doctrinas y las costumbres introducidas y arraigadas en Europa por la
Iglesia católica, y las leyes severas con que opuso un firme valladar
al desbordamiento de las pasiones; y, por consiguiente, aun dado que el
feudalismo hubiera hecho el bien que se supone, sería este bien debido
á la Iglesia católica.
Ha dado ocasión, sin duda, á que se exagerase la influencia del
feudalismo en dar importancia á las mujeres, un hecho de aquella
época que se presenta muy de bulto, y que efectivamente á primera
vista no deja de deslumbrar. Este hecho consiste en el gallardo
espíritu de caballería, que, brotando en el seno del feudalismo, y
extendiéndose rápidamente, produjo las acciones más heroicas, dió
origen á una literatura rica de imaginación y sentimiento, y contribuyó
no poco á amansar y suavizar las feroces costumbres de los señores
feudales. Distinguíase principalmente aquella época por su espíritu de
galantería; mas no la galantería común cual se forma dondequiera con
las tiernas relaciones de los dos sexos, sino una galantería llevada
á la mayor exageración por parte del hombre, combinada de un modo
singular con el valor más heroico, con el desprendimiento más sublime,
con la fe más viva y la religiosidad más ardiente. _Dios y su dama_:
he aquí el eterno pensamiento del caballero; lo que embarga todas
sus facultades, lo que ocupa todos sus instantes, lo que llena toda
su existencia. Con tal que pueda alcanzar un triunfo sobre la hueste
infiel, con tal que le aliente la esperanza de ofrecer á los pies de
su señora los trofeos de la victoria, no hay sacrificio que le sea
costoso, no hay viaje que le canse, no hay peligro que le arredre, no
hay empresa que le desanime; su imaginación exaltada le traslada á un
mundo fantástico, su corazón arde como una fragua, todo lo acomete, á
todo da cima; y aquel mismo hombre que poco antes peleaba como un león,
en los campos de la Bética ó de la Palestina, se ablanda como una cera
al solo nombre del ídolo de su corazón, vuelve sus amorosos ojos hacia
su patria, y se embelesa con el solo pensamiento de que, suspirando un
día al pie del castillo de su señora, podrá recabar quizás una seña
amorosa, ó una mirada fugitiva. ¡Ay del temerario que osare disputarle
su tesoro! ¡Ay del indiscreto que fijare sus ojos en las almenas de
donde espera el caballero una seña misteriosa! No es tan terrible la
leona á la que han arrebatado sus cachorros; y el bosque azotado por el
aquilón no se agita como el corazón del fiero amante; nada será capaz
de detener su venganza; ó dar la muerte á su rival, ó recibirla.
Examinando esta informe mezcla de blandura y de fiereza, de religión y
de pasiones, mezcla que, sin duda, habrán exagerado un poco el capricho
de los cronistas y la imaginación de los trovadores, pero que no deja
de tener su tipo muy real y verdadero, nótase que era muy natural en
su época, y que nada entraña de la contradicción que á primera vista
pudiera presentar. En efecto: nada más natural que el ser muy violentas
las pasiones de unos hombres, cuyos progenitores poco lejanos habían
venido de las selvas del Norte á plantar su tienda ensangrentada sobre
las ruinas de las ciudades que habían destruído; nada más natural
que el no conocer otro juez que el de su brazo unos hombres que no
ejercían otra profesión que la guerra, y que, además, vivían en una
sociedad que, estando todavía en embrión, carecía de un poder público
bastante fuerte para tener á raya las pasiones particulares; y nada,
por fin, más natural en esos mismos hombres que el ser tan vivo el
sentimiento religioso, pues que la religión era el único poder por
ellos reconocido, la religión había encantado su fantasía con el
esplendor y magnificencia de los templos y la majestad y pompa del
culto, la religión los había llenado de asombro presentando á sus ojos
el espectáculo de las virtudes más sublimes y haciendo resonar á sus
oídos un lenguaje tan elevado, como dulce y penetrante: lenguaje que,
si bien no era por ellos bien comprendido, no dejaba de convencerlos de
la santidad y divinidad de los misterios y preceptos de la religión,
arrancándoles una admiración y acatamiento, que, obrando sobre almas de
tan vigoroso temple, engendraba el entusiasmo y producía el heroísmo.
En lo que se echa de ver que todo cuanto había de bueno en aquella
exaltación de sentimientos, todo dimanaba de la religión; y que, si de
ella se prescinde, sólo vemos al bárbaro que no conoce otra ley que su
lanza, ni otra guía en su conducta que las inspiraciones de un corazón
lleno de fuego.
Calando más y más en el espíritu de la caballería, y parándose
particularmente en el carácter de los sentimientos que entrañaba con
respecto á la mujer, parece que, lejos de realzarla, la supone ya
realzada, ya rodeada de consideración; no le da un nuevo lugar, la
encuentra ocupándolo ya. Y, á la verdad, á no ser así, ¿cómo es posible
concebir tan exagerada, tan fantástica galantería? Pero imaginaos
la belleza de la virgen cubierta con el velo del pudor cristiano, y
aumentándose así la ilusión y el encanto; entonces concebiréis el
delirio del caballero; imaginaos á la virtuosa matrona, á la compañera
del hombre, á la madre de familia, á la mujer única en quien se
concentran todas las afecciones del marido y de los hijos, á la esposa
cristiana, y entonces concebiréis también por qué el caballero se
embriaga con el solo pensamiento de alcanzar tanta dicha, y por qué
el amor es algo más que un arrebato voluptuoso, es un respeto, una
veneración, un culto.
No han faltado algunos que han pretendido encontrar el origen de esa
especie de culto, en las costumbres de los germanos, y, refiriéndose
á ciertas expresiones de Tácito, han querido explicar la mejora
social de las mujeres como dimanada del respeto con que las miraban
aquellos bárbaros. M. Guizot desecha esta aserción, y la combate
muy atinadamente, haciendo observar «que lo que nos dice Tácito de
los germanos, no era característico de aquellos pueblos, pues que
expresiones iguales á las de Tácito, los mismos sentimientos, los
mismos usos de los germanos se descubren en las relaciones que hacen
una multitud de historiadores de otros pueblos salvajes». Todavía
después de la observación de M. Guizot, se ha sostenido la misma
opinión, y así es menester combatirla de nuevo.
He aquí el pasaje de Tácito: «Inesse quin etiam sanctum aliquid et
providum putant: nec aut consilia earum aspernantur, aut responsa
negligunt. Vidimus sub divo Vespasiano, Velledam diu apud plerosque
numinis loco habitam.» (_De mor. Germ._) «Hasta llegan á creer que
hay en las mujeres algo de santo y de profético, y ni desprecian sus
consejos, ni desoyen sus pronósticos. En tiempo del divino Vespasiano,
vimos que por largo espacio Velleda fué tenida por muchos como diosa.»
Á mi juicio, se entiende muy mal ese pasaje de Tácito, cuando se le
quiere dar extensión á las costumbres domésticas, cuando se le quiere
tomar como un rasgo que retrata las relaciones conyugales. Si se fija
debidamente la atención en las palabras del historiador, se echará de
ver que esto distaba mucho de su mente; pues que sus palabras sólo
se refieren á la superstición de considerar á algunas mujeres como
profetisas. Confírmase la verdad y exactitud de esta observación con
el mismo ejemplo que aduce de Velleda, la cual dice era reputada por
muchos como diosa. En otro lugar de sus obras (_Histor._, lib. 4),
explica Tácito su pensamiento, pues hablando de la misma Velleda nos
dice «que esta doncella de la nación de los Bructeros tenía gran
dominio, á causa de la antigua costumbre de los germanos, con que
miraban á muchas mujeres como profetisas, y, andando en aumento la
superstición, llegaban hasta á tenerlas por diosas.» «Ea virgo nationis
Bructerae late imperitabat: vetere apud germanos more, quo plerasque
faeminarum, fatidicas, e augescente superstitione, arbitrantur deas.»
El texto que se acaba de citar prueba hasta la evidencia que Tácito
habla de la superstición, no del orden doméstico, cosas muy diferentes,
pues no media inconveniente alguno en que algunas mujeres sean tenidas
como semidiosas, y, entre tanto, la generalidad de ellas no ocupen en
la sociedad el puesto que les corresponde. En Atenas se daba grande
importancia á las sacerdotisas de Ceres; en Roma á las vestales; y las
Pitonisas, y la historia de las famosas Sibilas, manifiestan que el
tener por fatídicas á las mujeres, no era exclusivamente propio de los
germanos. No debo ahora explicar la causa de estos hechos, me basta
consignarlos; tal vez la fisiología podría en esta parte suministrar
luces á la filosofía de la historia.
Que el orden de la superstición y el de la familia eran muy diferentes,
es fácil notarlo en la misma obra de Tácito, cuando describe la
severidad de costumbres de los germanos con respecto al matrimonio.
Nada hay allí de aquel _sanctum et providum_; sólo sí una austeridad
que conservaba á cada cual en la línea de sus deberes, y lejos de
ser la mujer tenida como diosa, si caía en la infidelidad, quedaba
encomendado al marido el castigo de su falta. Es curioso el pasaje,
pues indica que entre los germanos no debían tampoco de ser escasas las
facultades del hombre sobre la mujer. «Accisis crinibus, dice, nudatam
coram propinquis expellit domo maritus, ac per omnem vicum verbere
agit.» «Rapado el cabello, échala de casa el marido en presencia de
los parientes, y desnuda la anda azotando por todo el lugar.» Este
castigo da, sin duda, una idea de la ignominia que entre los germanos
acompañaba al adulterio; pero no es muy favorable á la estimación
pública de la mujer: ésta hubiera ganado mucho con la pena del
apedreamiento.
Cuando Tácito nos describe el estado social de los germanos, es
preciso no olvidar que quizás algunos rasgos de costumbres son de
propósito realzados algún tanto, pues que nada es más natural en un
escritor del temple de Tácito, viviendo acongojado y exasperado
por la espantosa corrupción de costumbres que á la sazón dominaba
entre los romanos. Píntanos con magníficas plumadas la santidad
del matrimonio de los germanos, es verdad; pero ¿quién no ve que,
mientras escribe, tiene á la vista aquellas matronas que, como dice
Séneca, debían contar los años, no por la sucesión de los cónsules,
sino por el cambio de maridos? ¿aquellas damas sin rastro de pudor,
entregadas á la disolución más asquerosa? Poco trabajo cuesta el
concebir dónde se fijaba la ceñuda mirada de Tácito, cuando arroja sus
concisas reflexiones como flechas: «Nemo, enim, illic vitia ridet, nec
corrumpere et corrumpi saeculum vocatur.» «Allí el vicio no hace reir,
ni la corrupción se apellida moda.» Rasgo vigoroso que retrata todo
un siglo, y que nos hace entender el secreto gusto que tendría Tácito
en echar en cara á la corrompida cultura de los romanos la pureza de
costumbres de los bárbaros. Lo mismo que aguzaba el festivo ingenio de
Juvenal y envenenaba su punzante sátira, excitaba la indignación de
Tácito, y arrancaba á su grave filosofía reprensiones severas.
Que sus cuadros tenían algo de exagerado en favor de los germanos, y
que entre ellos no eran las costumbres tan puras cual se nos quiere
persuadir, indícanlo otras noticias que tenemos sobre aquellos
bárbaros. Posible es que fueran muy delicados en punto al matrimonio,
pero lo cierto es que no era desconocida en sus costumbres la
poligamia. César, testigo ocular, refiere que el rey germano Ariovisto
tenía dos mujeres (_De bello gall._, L. 1); y esto no era un ejemplo
aislado, pues que el mismo Tácito nos dice que había algunos pocos que
tenían á un tiempo varias mujeres, no por liviandad, sino por nobleza:
«exceptis admodum paucis, qui non libidine, sed ob nobilitatem pluribus
nuptiis ambiuntur.» No deja de hacer gracia aquello de _non libidine,
sed ob nobilitatem_; pero, al fin, resulta que los reyes y los nobles,
bajo uno ú otro pretexto, se tomaban alguna mayor libertad de la que
hubiera querido el austero historiador.
¿Quién sabe cómo estaría la moralidad en medio de aquellas selvas? Si
discurriendo con analogía quisiéramos aventurar algunas conjeturas
fundándonos en las semejanzas que es regular tuviesen entre sí los
diferentes pueblos del Norte, ¿qué no podríamos sospechar por aquella
costumbre de los bretones, quienes, de diez en diez ó de doce en doce,
tenían las mujeres comunes, y mayormente hermanos con hermanos, y
padres con hijos, de suerte que, para distinguir las familias, tenían
que andar á tientas, atribuyendo los hijos al primero que había tomado
la doncella? César, testigo de vista, es quien lo refiere: «Uxores
habent (Britanni) deni duodenique inter se communes, et maxime fratres
cum fratribus et parentes cum liberis; sed si qui sunt ex his nati,
eorum habentur liberi, a quibus primum virgines quaeque ductae sunt.»
(_De bell. gall._, L. 4.)
Sea de esto lo que fuere, es cierto, al menos, que el principio de la
monogamia no era tan respetado entre los germanos como se ha querido
suponer; había una excepción en favor de los nobles, es decir, de los
poderosos, y esto bastaba para desvirtuarle y preparar su ruina. En
estas materias, limitar la ley con excepciones en favor del poderoso
es poco menos que abrogarla. Se dirá que al poderoso nunca le faltan
medios para quebrantar la ley; pero no es lo mismo que él la quebrante
ó que ella misma se retire para dejarle el camino libre: en el primer
caso, el empleo de la fuerza no anonada la ley, el mismo choque con que
se la rompe hace sentir su existencia, y pone de manifiesto la sinrazón
y la injusticia; en el segundo, la misma ley se prostituye, por decirlo
así: las pasiones no necesitan de la violencia para abrirse paso, ella
les franquea villanamente la puerta. Desde entonces queda envilecida
y degradada, hace vacilar el mismo principio moral que le sirve de
fundamento; y, como en pena de su complicidad inicua, se convierte en
objeto de animadversión de aquellos que se encuentran forzados todavía
á rendirle homenaje.
Así que, una vez reconocido entre los germanos el privilegio
de poligamia en favor de los poderosos, debía, con el tiempo,
generalizarse esta costumbre á las demás clases del pueblo; y es muy
probable que así se hubiera verificado luego que la ocupación de nuevos
países más templados y feraces, y algún adelanto en su estado social,
les hubiesen proporcionado en mayor abundancia los medios de satisfacer
las necesidades más urgentes. Sólo puede prevenirse tan grave mal, con
la inflexible severidad de la Iglesia católica. Los nobles y los reyes
conservaban todavía fuerte inclinación al privilegio de que hemos visto
que disfrutaran sus antecesores antes de abrazar la religión cristiana,
y de aquí es que, en los primeros siglos después de la irrupción, vemos
que la Iglesia alcanza á duras penas á contenerlos en sus inclinaciones
violentas. Los que se han empeñado en descubrir entre los germanos
tantos elementos de la civilización moderna, ¿no hubieran quizás andado
más acertados en encontrar en las costumbres que se han indicado más
arriba, una de las causas que ocasionaron tan frecuentes choques entre
los príncipes seculares y la Iglesia?
No alcanzo por qué se ha de buscar en los bosques de los bárbaros
el origen de una de las más bellas cualidades que honran nuestra
civilización, ni por qué se les han de atribuir virtudes de que, por
cierto, no se mostraron muy provistos, tan pronto como se arrojaron
sobre el Mediodía. Sin monumentos, sin historia, con escasísimos
indicios sobre el estado social de aquellos pueblos, difícil es, por
no decir imposible, asentar nada fijo sobre sus costumbres; pero ¿qué
había de ser de la moralidad en medio de tanta ignorancia, tanta
superstición y barbarie?
Lo poco que sabemos de aquellos tiempos hemos tenido que tomarlo de
los historiadores romanos, y, desgraciadamente, no es éste uno de
los mejores manantiales para beber el agua bien pura. Sucede, casi
siempre, que los observadores, mayormente cuando son guerreros que van
á conquistar, sólo pueden dar alguna cuenta del estado político de
los pueblos poco conocidos á quienes observan, andando escasos en lo
tocante al social y de familia. Y es que, para formarse idea de esto
último, es necesario mezclarse é intimarse con los pueblos observados,
cosa que no suele consentir el diferente estado de la civilización, y
mucho menos cuando entre observadores y observados reinan encarnizados
odios, hijos de largas temporadas de guerra á muerte. Añádase á esto
que, en tales casos, lo que llama más particularmente la atención es lo
que puede favorecer ó contrariar los designios de los conquistadores,
quienes, por lo común, no dan mucha importancia á las relaciones
morales, y se verá por qué los pueblos que son objeto de observación
quedan conocidos sólo en la corteza, y cuánto debe desconfiarse
entonces de todas las narraciones relativas á religión y costumbres.
Juzgue el lector si esto es aplicable cuando se trata de apreciar
debidamente el valor de lo que sobre los bárbaros nos cuentan los
romanos; basta fijar la vista en aquellas escenas de sangre y horrores
prolongadas por siglos, en las que se veía, de una parte, la ambición
de Roma, que, no contenta con el dominio del orbe conocido, quería
extender su mando hasta lo más recóndito y escabroso de las selvas del
Norte, y, de otra, resaltaba el indomable espíritu de independencia de
los bárbaros, que rompían y hacían pedazos las cadenas que se pretendía
imponerles, y destruían con briosas acometidas las vallas con que se
esforzaba en encerrarlos en los bosques la estrategia de los generales
romanos.
Como quiera, siempre es muy arriesgado buscar en la barbarie el origen
de uno de los más bellos florones de la civilización, y explicar por
sentimientos supersticiosos y vagos, lo que por espacio de muchos
siglos forma el estado normal de un gran conjunto de pueblos, los más
adelantados que se vieron jamás en los fastos del mundo. Si estos
nobles sentimientos que se nos quieren presentar como dimanados de los
bárbaros, existían realmente entre ellos, ¿cómo es que no perecieron
en medio de las transmigraciones y trastornos? Si nada ha quedado de
aquel estado social, ¿serán cabalmente estos sentimientos lo único
que se habrá conservado, y no como quiera, sino despojados de la
superstición y grosería, purificados, ennoblecidos, transformados en
un sentimiento racional, justo, saludable, caballeresco, digno de
pueblos civilizados? Tamañas aserciones presentan á la primera ojeada
el carácter de atrevidas paradojas. Por cierto que, cuando se ofrece
explicar grandes fenómenos en el orden social, es algo más filosófico
buscar su origen en ideas que hayan ejercido por largo tiempo vigorosa
influencia sobre la sociedad, en las costumbres é instituciones que
hayan emanado de esas ideas, en leyes que hayan sido reconocidas y
acatadas durante muchos siglos, como establecidas por un poder divino.
¿Á qué, pues, para explicar la consideración de que disfrutan las
mujeres europeas, recurrir á la veneración supersticiosa tributada por
pueblos bárbaros, allá en sus salvajes guaridas, á Velleda, á Aurinia ó
á Gauna? La razón, el simple buen sentido, nos están diciendo que no es
éste el verdadero origen del admirable fenómeno que vamos examinando;
que es necesario buscar en otra parte el conjunto de causas que han
concurrido á producirle. La historia nos revela estas causas, mejor
diremos, nos las hace palpables, ofreciéndonos en abundancia los hechos
que no dejan la menor duda sobre el principio del cual ha dimanado tan
saludable y transcendental influencia. Antes del Cristianismo, la mujer
estaba oprimida bajo la tiranía del varón, pero elevada sobre el rango
de esclava: como débil que era, veíase condenada á ser la víctima del
fuerte. Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad
en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distinción de condiciones
ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al hombre que la
mujer no debía de ser su esclava, sino su compañera. Desde entonces
la mejora de la condición de la mujer se hizo sentir en todas partes
donde iba difundiéndose el Cristianismo; y en cuanto era posible,
atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogió bien
pronto el fruto de una enseñanza que venía á cambiar completamente
su posición, dándole, por decirlo así, una nueva existencia. He aquí
una de las primeras causas de la mejora de la condición de la mujer:
causa sensible, patente, cuyo señalamiento no pide ninguna suposición
gratuita, que no se funda en conjeturas, que salta á los ojos con sólo
dar una mirada á los hechos más conocidos de la historia.
Además, el Catolicismo, con la severidad de su moral, con la alta
protección dispensada al delicado sentimiento del pudor, corrigió y
purificó las costumbres; así realzó considerablemente á la mujer,
cuya dignidad es incompatible con la corrupción y la licencia. Por
fin: el mismo Catolicismo, ó la Iglesia católica, y nótese bien que
no decimos el Cristianismo, con su firmeza en establecer y conservar
la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, puso un freno á los
caprichos del varón, y concentró sus sentimientos hacia su esposa,
única é inseparable. Así con este conjunto de causas pasó la mujer del
estado de esclava al rango de compañera del hombre; así se convirtió
el instrumento de placer en digna madre de familia rodeada de la
consideración y respeto de los hijos y dependientes; así se creó en
las familias la identidad de intereses, se garantizó la educación de
los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer,
padres é hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad
siquiera para castigos demasiado graves: y todo vinculado por lazos
robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral;
sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes,
apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la
perpetuidad y endulzados por el amor. He aquí descifrado el misterio,
he aquí explicado á satisfacción el origen del realce y de la dignidad
de la mujer europea, he aquí de donde nos ha venido esa admirable
organización de la familia que los europeos poseemos sin apreciarla,
sin conocerla bastante, sin procurar, cual debiéramos, su conservación.
Al ventilar esta importante materia, he distinguido de propósito
entre el Cristianismo y el Catolicismo, para evitar la confusión de
palabras, que nos habría llevado á la confusión de las cosas. En la
realidad, el verdadero, el único Cristianismo es el Catolicismo; pero
hay ahora la triste necesidad de no poder emplear indistintamente
estas palabras: y esto no sólo á causa de los protestantes, sino por
razón de esa monstruosa nomenclatura filosófico-cristiana que no se
olvida jamás de mezclar el Cristianismo entre las sectas filosóficas;
ni más ni menos que si esa religión divina no fuera otra cosa que un
sistema imaginado por el pensamiento del hombre. Como el principio de
la caridad descuella en todas partes donde se encuentra la religión
de Jesucristo, y se hace visible hasta á los ojos de los incrédulos,
aquellos filósofos que han querido permanecer en la incredulidad, sin
incurrir, empero, en la nota de volterianos, se han apoderado de las
palabras de fraternidad y de humanidad, para hacerlas servir de tema
á su enseñanza, atribuyendo principalmente al Cristianismo el origen
de esas ideas sublimes y de los generosos sentimientos que de ellas
emanan. Así aparentan que no rompen con toda la historia de lo pasado,
como lo hiciera allá en sus sueños la filosofía del siglo anterior,
sino que pretenden acomodarlo á lo presente, y preparar el camino á más
grande y dichoso porvenir.
Pero no creáis que el Cristianismo de esos filósofos sea una religión
divina; nada de eso: es una idea feliz, grandiosa, fecunda en grandes
resultados, pero no es más que una idea puramente humana. Es un
producto de largos y penosos trabajos de la humanidad. El politeísmo,
el judaísmo, la filosofía de Oriente, la de Egipto, de Grecia, todo era
una especie de trabajo preparatorio para la grande obra. Jesucristo,
según ellos, no hizo más que formular ese pensamiento que en embrión
se removía y se agitaba en el seno de la humanidad: él fijó la idea,
la desenvolvió, y, haciéndola bajar al terreno de la práctica, hizo
dar al linaje humano un paso de inmensa importancia en el camino de la
perfección á que se dirige. Pero, en todo caso, Jesucristo no es más, á
los ojos de esos filósofos, que un filósofo en Judea, como un Sócrates
en Grecia, ó un Séneca en Roma:[.?] Y no es poca fortuna si le conceden
todavía esa existencia de hombre, y no les place transformarle en un
ser mitológico, convirtiendo la narración del Evangelio en una pura
alegoría.
Así es de la mayor importancia en la época actual el distinguir entre
el Cristianismo y el Catolicismo, siempre que se trata de poner en
claro y de presentar á la gratitud de los pueblos los inefables
beneficios de que son deudores á la religión cristiana. Conviene
demostrar que lo que ha regenerado al mundo no ha sido una idea lanzada
como al acaso en medio de tantas otras que se disputaban la preferencia
y el predominio; sino un conjunto de verdades y de preceptos bajados
del cielo, transmitidos al género humano por un Hombre-Dios por medio
de una sociedad formada y autorizada por él mismo, para continuar hasta
la consumación de los siglos la obra que él estableció con su palabra,
sancionó con sus milagros y selló con su sangre. Conviene, por tanto,
mostrar á esa sociedad, que es la Iglesia católica, realizando en sus
leyes y en sus instituciones las inspiraciones y la enseñanza del
Divino Maestro, y cumpliendo al mismo tiempo el alto destino de guiar
á los hombres hacia la felicidad eterna, y el de mejorar su condición
y consolar y disminuir sus males en esta tierra de infortunio. De esta
suerte se concreta, por decirlo así, el Cristianismo, ó mejor diremos,
se le muestra tal cual es, no cual lo finge el vano pensamiento del
hombre.
Y cuenta que no debemos temer jamás por la suerte de la verdad á causa
de un examen detallado y profundo de los hechos históricos: que, si
en el vasto campo á que nos conducen semejantes investigaciones
encontramos de vez en cuando la obscuridad, andando largos trechos
por caminos abovedados donde no penetran los rayos del sol, donde
sonoroso el terreno que pisamos amenaza con abismos á nuestra planta,
marchemos todavía con más aliento y brío; á la vuelta de la sinuosidad
más medrosa descubriremos en lontananza la luz que alumbra la
extremidad del camino, y la verdad sentada á sus umbrales, sonriéndose
apaciblemente de nuestros temores y sobresaltos.
Entre tanto es necesario decirlo á esos filósofos, como á los
protestantes: el Cristianismo, sin estar realizado en una sociedad
visible que esté en continuo contacto con los hombres, y autorizada,
además, para enseñarlos y dirigirlos, no sería más que una teoría
semejante á tantas otras como se han visto y se ven sobre la tierra;
y, por consiguiente, fuera también, si no del todo estéril, á lo menos
impotente para levantar ninguna de esas obras que atraviesan intactas
el curso de los siglos. Y es una de éstas, sin duda, el matrimonio
cristiano, la organización de la familia, que ha sido su inmediata
consecuencia. En vano se hubieran difundido ideas favorables á la
dignidad de la mujer, y encaminadas á la mejora de su condición, si
la santidad del matrimonio no se hubiese hallado escudada por un
poder generalmente reconocido y acatado. Las pasiones, que á pesar de
encontrarse con este poder forcejaban, no obstante, por abrirse camino,
¿qué hubieran hecho en el caso de no hallar otro obstáculo que el de
una teoría filosófica, ó de una idea religiosa no realizada en ninguna
sociedad que exigiese sumisión y obediencia?
No tenemos, pues, necesidad de acudir á esa filosofía extravagante que
anda buscando la luz en medio de las tinieblas, y que, al ver que el
orden ha sucedido al caos, tiene la peregrina ocurrencia de afirmar que
el orden fué producido por el caos. Supuesto que encontramos en las
doctrinas, en las leyes de la Iglesia católica el origen de la santidad
del matrimonio y de la dignidad de la mujer, ¿por qué lo buscaríamos
en las costumbres brutales de unos bárbaros que tenían apenas un velo
para el pudor, y para los secretos del tálamo nupcial? Hablando César
de las costumbres de los germanos de no conocer á las mujeres hasta
cierta edad, dice: «Y en esto no cabe ocultación ninguna, pues que
en los ríos se bañan mezclados y sólo usan de unas pieles ó pequeños
zamarros, dejando desnuda gran parte del cuerpo»; «_cuius res nulla est
ocultatio. quod et promiscui in fluminibus perluuntur, et pellibus aut
rhenonum tegumentis utuntur magna corporis parte nuda_.» (César, _De
bel. gall._, L. 6.)
Heme visto obligado á contestar á textos con textos, disipando los
castillos aéreos levantados por el prurito de cavilar y de andar en
busca de causas extrañas en la explicación de fenómenos cuyo origen se
encuentra fácilmente, apelando con sinceridad y buena fe á lo que nos
enseñan de consuno la filosofía y la historia. Así era menester, dado
que se trataba de esclarecer uno de los puntos más delicados de la
historia del linaje humano, de buscar la procedencia de uno de los más
fecundos elementos de la civilización europea: se trataba nada menos
que de comprender la organización de la familia, es decir, de fijar uno
de los polos sobre que gira el eje de la sociedad.
Gloríese enhorabuena el Protestantismo de haber introducido el
divorcio, de haber despojado el matrimonio del bello y sublime carácter
de sacramento, de haber substraído del cuidado y de la protección de
la Iglesia el acto más importante de la vida del hombre; gócese en
las destrucciones de los sagrados asilos de las vírgenes consagradas
al Señor, y en sus declamaciones contra la virtud más angelical y más
heroica: nosotros, después de haber defendido la doctrina y la conducta
de la Iglesia católica en el tribunal de la filosofía y de la historia,
concluiremos invocando el fallo, no precisamente de la alta filosofía,
sino del simple buen sentido, de las inspiraciones del corazón.[3]