Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos
del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasión más procaz,
manifiéstase en sumo grado en la importancia que ha dado á la virtud
contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia
de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribuído
con esto el Catolicismo á realzar á la mujer, no lo comprenderán
ciertamente los entendimientos frívolos, mayormente si andan guiados
por las inspiraciones de un corazón voluptuoso; pero no se ocultará
á los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende á llevar al
más alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto
fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina á presentar á una parte
considerable del bello sexo como un dechado de la virtud más heroica,
todo esto se endereza también á levantar á la mujer sobre la turbia
atmósfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye á que no se
presente á los ojos del hombre como un mero instrumento de placer,
todo esto sirve maravillosamente á que, sin disminuirse ninguno de los
atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rápidamente de
triste víctima del libertinaje á objeto de menosprecio y fastidio.
La Iglesia católica había conocido profundamente esas verdades; y así,
mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras
creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona,
cubría con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas
del Señor eran guardadas como un depósito sagrado en la augusta
obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba á Lutero,
al grosero profanador de Catalina de Boré, el desconocer también en
este punto la profunda y delicada sabiduría de la religión católica;
digna empresa del fraile apóstata, que después de haber hecho pedazos
el augusto sello religioso del tálamo nupcial, se arrojase también á
desgarrar con impúdica mano el sagrado velo de las vírgenes consagradas
al Señor; digna empresa de las duras entrañas del perturbador violento
el azuzar la codicia de los príncipes, para que se lanzasen sobre
los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas,
atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras
de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen
en las garras del libertinaje. ¿Y qué? ¿también así se aumentaba el
respeto debido al bello sexo? ¿también así se acendraba el sentimiento
del pudor? ¿también así progresaba la humanidad? ¿también así daba
Lutero robusto impulso á las generaciones venideras, brío al espíritu
humano, medra y lozanía á la cultura y civilización? ¿Quién que sienta
latir en su pecho un corazón sensible, podrá soportar las desenvueltas
peroratas de Lutero, mayormente si ha leído las bellísimas páginas de
los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jerónimos y demás lumbreras de
la Iglesia católica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana?
En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie más feroz,
¿quién llevará á mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde
se albergan las esposas del Señor, preservando sus corazones de la
corrupción del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al
cielo para atraer hacia la tierra el rocío de la divina misericordia?
Y en tiempos y países más civilizados, ¿tan mal contrasta un asilo de
la virtud más pura y acendrada, con un inmenso piélago de disipación
y libertinaje? ¿También eran aquellas moradas un legado funesto de la
ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destrucción se ocupaban
dignamente los corifeos de la Reforma protestante? ¡Ah! si así fuere,
protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro
corazón todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el
que se encierra en el círculo de las sensaciones más groseras, que tire
el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro
grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que
mañana moriremos_.
No, la verdadera civilización no puede perdonarle jamás al
Protestantismo esa obra inmoral é impía; la verdadera civilización
no puede perdonarle jamás el haber violado el santuario del pudor
y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que
desapareciese todo respeto á la virginidad, pisando, de esta suerte, un
dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que
acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus
vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el
haber llevado más allá la procacidad de lo que no hicieron jamás los
disolutos pueblos del Asia, y los bárbaros del nuevo continente. Mengua
es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado
en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupación
despreciable, una creencia universal del género humano, sancionada,
además, por el Cristianismo. ¿Dónde se ha visto una irrupción de
bárbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo
contra lo más inviolable que debe haber entre los hombres? ¿Quién dió
el funesto ejemplo á los perpetradores de semejantes crímenes en las
revoluciones modernas?
Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los
vencedores á soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las
moradas de las vírgenes consagradas al Señor, esto se concibe muy
bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos,
concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando
groseramente la institución en su origen y en su objeto, esto es más
que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos
que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que
se proclaman discípulos de Aquel que en sus sublimes consejos señaló la
_virginidad_ como una de las virtudes más hermosas que pueden esmaltar
la aureola de un cristiano. ¿Y quién ignora que ésta fué una de las
obras con más ardor emprendidas por el Protestantismo?
La mujer sin pudor ofrecerá un cebo á la voluptuosidad, pero no
arrastrará jamás el alma con el misterioso sentimiento que se apellida
amor. ¡Cosa notable! El deseo más imperioso que se abriga en el corazón
de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor,
desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de
su falta, lo que hiere más vivamente su corazón. Por esta causa, todo
cuanto contribuye á realzar en las mujeres ese delicado sentimiento,
las realza á ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio
sobre el corazón de los hombres, les señala un lugar más distinguido,
así en el orden doméstico como en el social. Estas verdades no las
comprendió el Protestantismo, cuando condenó la _virginidad_. Sin duda
que esta virtud no es condición necesaria para el pudor; pero es su
bello ideal, su tipo de perfección; y por cierto que el desterrar de la
tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial,
no era nada á propósito para conservar un sentimiento que está en
continua lucha con la pasión más poderosa del corazón humano, y que
difícilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompañado de las
precauciones más exquisitas. Delicadísima flor, de hermosos colores
y suavísimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura más
apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se
disipan como exhalación pasajera.
Pero, combatiendo la virginidad, se me hablará quizás de los
perjuicios que acarrea á la población, contándose como defraudadas á
la multiplicación del humano linaje las ofrendas que se hacen en las
aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los más
distinguidos economistas han venido á disipar este error proclamado
por el Protestantismo, y reproducido por la filosofía incrédula del
siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos
verdades, á cual más importantes, para vindicar las doctrinas y las
instituciones católicas: 1.ª Que la felicidad de los pueblos no está
en proporción necesaria con el aumento de su población. 2.ª Que tanto
ese aumento como la disminución dependen del concurso de tantas otras
causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre
ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante.
Una religión mentida y una filosofía bastarda y egoísta se empeñaron
en equiparar los secretos de la multiplicación humana con la de los
otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no
vieron en la humanidad más que un vasto plantel, en que no convenía
dejar nada estéril. Así se allanó el camino para considerar también al
individuo como una máquina de que debían sacarse todos los productos
posibles; para nada se pensó en la caridad, en la sublime enseñanza
de la religión sobre la dignidad y los destinos del hombre; y así la
industria se ha hecho cruel, y la organización del trabajo, planteada
sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los
ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir.
¡Hondos designios de la Providencia! La nación que ha llevado más
allá estos principios funestos, encuéntrase en la actualidad agobiada
de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases más
numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no será
parte á desviarla de los escollos á que se encamina, impelida por la
fuerza de los elementos á que se entregó sin reserva. Los distinguidos
profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo
los vicios radicales del Protestantismo, encontrarían aquí abundante
objeto de meditación para investigar hasta qué punto contribuyeron
los pretendidos reformadores del siglo XVI á preparar la situación
crítica, en que, á pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la
Inglaterra.
En el mundo físico, todo está dispuesto con _número, peso y medida_;
las leyes del universo muestran, por decirlo así, un cálculo infinito,
una geometría infinita; pero guardémonos de imaginarnos que todo
podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos
encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardémonos, sobre
todo, de la insensata pretensión de semejar demasiado el mundo moral al
mundo físico, de aplicar sin distinción á aquél lo que sólo es propio
de éste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmonía
de la creación. El hombre no ha nacido tan sólo para _procrear_, no
es sólo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran
máquina del mundo. Es un ser á imagen y semejanza de Dios, un ser
que tiene su destino superior á cuanto le rodea sobre la tierra. No
rebajéis su altura, no inclinéis su frente al suelo inspirándole tan
sólo pensamientos terrenos; no estrechéis su corazón privándole de
sentimientos virtuosos y elevados, no dejándole otro gusto que el de
los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan á una
vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeño de sacrificar
en las aras de su Dios los placeres de esta vida, ¿por qué se lo habéis
de impedir? ¿con qué derecho le insultáis, despreciando un sentimiento
que exige, por cierto, más alto temple de alma que el entregarse
livianamente al goce de los placeres?
Estas consideraciones, comunes á ambos sexos, adquieren todavía mayor
importancia cuando se aplican á la mujer. Con su fantasía exaltada,
su corazón apasionado y su espíritu ligero, necesita, aun más que el
varón, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que
contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre
todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones
de cuanto toca, y comunicándolas á su vez, como un agente magnético,
á cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se
entregue á una vida de contemplación y austeridad, dejad que las
doncellas y las matronas tengan siempre á la vista un modelo de todas
las virtudes, un sublime tipo de su más bello adorno, que es el pudor;
esto no será inútil por cierto: esas vírgenes no son defraudadas, ni á
la familia ni á la sociedad; una y otra recobrarán con usura lo que os
imaginabais que habían perdido.
En efecto: ¿quién alcanza á medir la saludable influencia que deben
de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas
ceremonias con que la Iglesia católica solemniza la consagración de
una virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los santos pensamientos, las
castas inspiraciones que habrán salido de esas silenciosas moradas del
pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades
populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasión
ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazón á inclinaciones
livianas, no habrán encontrado mil veces un freno á su pasión, en el
solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que allá en
silencioso albergue levantaba al cielo un corazón puro, ofreciendo en
holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de
la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto á lo menos
que de allí no sale un pensamiento liviano, que allí no se inspira una
inclinación voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se
calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el rocío
de la mañana, tampoco se calcula la acción vivificante de la luz sobre
la naturaleza, tampoco se calcula cómo el agua que se filtra en las
entrañas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su
seno vistosas flores y regalados frutos.
Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y
que, sin embargo, no pueden sujetarse á un cálculo riguroso, que, si
buscamos la razón de la impotencia que caracteriza toda obra hija
exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que él no
es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa
clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias
indirectas, á veces ocultas, á veces imperceptibles, de puro delicadas.
Por eso viene el tiempo á disipar tantas ilusiones, á desmentir tantos
pronósticos, á manifestar la debilidad de lo que se creía fuerte, y
la fuerza de lo que se creía débil; y es que con el tiempo se van
desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba,
se ponen en acción mil causas que no se conocían, ó quizás se
despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto,
hasta que, al fin, se crea una situación nueva, donde no es posible
cerrar los ojos á la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir
á la fuerza de las cosas.
Y he aquí una de las sinrazones que más chocan en los argumentos de
los enemigos del Catolicismo. No aciertan á mirar los objetos sino por
un aspecto, no comprenden otra dirección de una fuerza que en línea
recta; no ven que, así el mundo moral como el físico, es un conjunto de
relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran
á veces con más eficacia que las directas; que todo forma un sistema de
correspondencia y harmonía, donde no conviene aislar las partes sino
lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las
unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento
indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera.
Permítaseme esa breve digresión para inculcar verdades que nunca se
tendrá demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes
instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofía tiene en la
actualidad que devorar amargos desengaños; vese precisada á retractar
proposiciones avanzadas con demasiada ligereza, á modificar principios
establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera
podido ahorrar, siendo un poco más circunspecta en sus fallos, andando
con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el
Protestantismo, declaró guerra á muerte á las grandes instituciones
católicas, clamó por la excentralización moral y religiosa, y un
grito unánime se levanta de los cuatro ángulos del mundo civilizado
invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca,
los filósofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de
descubrirle; ¡vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que
el que está puesto ya_; su duración responde de su solidez.