CAPITULO XXVI

Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos

del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasión más procaz,

manifiéstase en sumo grado en la importancia que ha dado á la virtud

contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia

de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribuído

con esto el Catolicismo á realzar á la mujer, no lo comprenderán

ciertamente los entendimientos frívolos, mayormente si andan guiados

por las inspiraciones de un corazón voluptuoso; pero no se ocultará

á los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende á llevar al

más alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto

fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina á presentar á una parte

considerable del bello sexo como un dechado de la virtud más heroica,

todo esto se endereza también á levantar á la mujer sobre la turbia

atmósfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye á que no se

presente á los ojos del hombre como un mero instrumento de placer,

todo esto sirve maravillosamente á que, sin disminuirse ninguno de los

atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rápidamente de

triste víctima del libertinaje á objeto de menosprecio y fastidio.

La Iglesia católica había conocido profundamente esas verdades; y así,

mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras

creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona,

cubría con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas

del Señor eran guardadas como un depósito sagrado en la augusta

obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba á Lutero,

al grosero profanador de Catalina de Boré, el desconocer también en

este punto la profunda y delicada sabiduría de la religión católica;

digna empresa del fraile apóstata, que después de haber hecho pedazos

el augusto sello religioso del tálamo nupcial, se arrojase también á

desgarrar con impúdica mano el sagrado velo de las vírgenes consagradas

al Señor; digna empresa de las duras entrañas del perturbador violento

el azuzar la codicia de los príncipes, para que se lanzasen sobre

los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas,

atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras

de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen

en las garras del libertinaje. ¿Y qué? ¿también así se aumentaba el

respeto debido al bello sexo? ¿también así se acendraba el sentimiento

del pudor? ¿también así progresaba la humanidad? ¿también así daba

Lutero robusto impulso á las generaciones venideras, brío al espíritu

humano, medra y lozanía á la cultura y civilización? ¿Quién que sienta

latir en su pecho un corazón sensible, podrá soportar las desenvueltas

peroratas de Lutero, mayormente si ha leído las bellísimas páginas de

los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jerónimos y demás lumbreras de

la Iglesia católica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana?

En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie más feroz,

¿quién llevará á mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde

se albergan las esposas del Señor, preservando sus corazones de la

corrupción del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al

cielo para atraer hacia la tierra el rocío de la divina misericordia?

Y en tiempos y países más civilizados, ¿tan mal contrasta un asilo de

la virtud más pura y acendrada, con un inmenso piélago de disipación

y libertinaje? ¿También eran aquellas moradas un legado funesto de la

ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destrucción se ocupaban

dignamente los corifeos de la Reforma protestante? ¡Ah! si así fuere,

protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro

corazón todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el

que se encierra en el círculo de las sensaciones más groseras, que tire

el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro

grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que

mañana moriremos_.

No, la verdadera civilización no puede perdonarle jamás al

Protestantismo esa obra inmoral é impía; la verdadera civilización

no puede perdonarle jamás el haber violado el santuario del pudor

y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que

desapareciese todo respeto á la virginidad, pisando, de esta suerte, un

dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que

acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus

vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el

haber llevado más allá la procacidad de lo que no hicieron jamás los

disolutos pueblos del Asia, y los bárbaros del nuevo continente. Mengua

es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado

en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupación

despreciable, una creencia universal del género humano, sancionada,

además, por el Cristianismo. ¿Dónde se ha visto una irrupción de

bárbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo

contra lo más inviolable que debe haber entre los hombres? ¿Quién dió

el funesto ejemplo á los perpetradores de semejantes crímenes en las

revoluciones modernas?

Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los

vencedores á soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las

moradas de las vírgenes consagradas al Señor, esto se concibe muy

bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos,

concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando

groseramente la institución en su origen y en su objeto, esto es más

que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos

que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que

se proclaman discípulos de Aquel que en sus sublimes consejos señaló la

_virginidad_ como una de las virtudes más hermosas que pueden esmaltar

la aureola de un cristiano. ¿Y quién ignora que ésta fué una de las

obras con más ardor emprendidas por el Protestantismo?

La mujer sin pudor ofrecerá un cebo á la voluptuosidad, pero no

arrastrará jamás el alma con el misterioso sentimiento que se apellida

amor. ¡Cosa notable! El deseo más imperioso que se abriga en el corazón

de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor,

desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de

su falta, lo que hiere más vivamente su corazón. Por esta causa, todo

cuanto contribuye á realzar en las mujeres ese delicado sentimiento,

las realza á ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio

sobre el corazón de los hombres, les señala un lugar más distinguido,

así en el orden doméstico como en el social. Estas verdades no las

comprendió el Protestantismo, cuando condenó la _virginidad_. Sin duda

que esta virtud no es condición necesaria para el pudor; pero es su

bello ideal, su tipo de perfección; y por cierto que el desterrar de la

tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial,

no era nada á propósito para conservar un sentimiento que está en

continua lucha con la pasión más poderosa del corazón humano, y que

difícilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompañado de las

precauciones más exquisitas. Delicadísima flor, de hermosos colores

y suavísimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura más

apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se

disipan como exhalación pasajera.

Pero, combatiendo la virginidad, se me hablará quizás de los

perjuicios que acarrea á la población, contándose como defraudadas á

la multiplicación del humano linaje las ofrendas que se hacen en las

aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los más

distinguidos economistas han venido á disipar este error proclamado

por el Protestantismo, y reproducido por la filosofía incrédula del

siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos

verdades, á cual más importantes, para vindicar las doctrinas y las

instituciones católicas: 1.ª Que la felicidad de los pueblos no está

en proporción necesaria con el aumento de su población. 2.ª Que tanto

ese aumento como la disminución dependen del concurso de tantas otras

causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre

ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante.

Una religión mentida y una filosofía bastarda y egoísta se empeñaron

en equiparar los secretos de la multiplicación humana con la de los

otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no

vieron en la humanidad más que un vasto plantel, en que no convenía

dejar nada estéril. Así se allanó el camino para considerar también al

individuo como una máquina de que debían sacarse todos los productos

posibles; para nada se pensó en la caridad, en la sublime enseñanza

de la religión sobre la dignidad y los destinos del hombre; y así la

industria se ha hecho cruel, y la organización del trabajo, planteada

sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los

ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir.

¡Hondos designios de la Providencia! La nación que ha llevado más

allá estos principios funestos, encuéntrase en la actualidad agobiada

de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases más

numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no será

parte á desviarla de los escollos á que se encamina, impelida por la

fuerza de los elementos á que se entregó sin reserva. Los distinguidos

profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo

los vicios radicales del Protestantismo, encontrarían aquí abundante

objeto de meditación para investigar hasta qué punto contribuyeron

los pretendidos reformadores del siglo XVI á preparar la situación

crítica, en que, á pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la

Inglaterra.

En el mundo físico, todo está dispuesto con _número, peso y medida_;

las leyes del universo muestran, por decirlo así, un cálculo infinito,

una geometría infinita; pero guardémonos de imaginarnos que todo

podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos

encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardémonos, sobre

todo, de la insensata pretensión de semejar demasiado el mundo moral al

mundo físico, de aplicar sin distinción á aquél lo que sólo es propio

de éste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmonía

de la creación. El hombre no ha nacido tan sólo para _procrear_, no

es sólo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran

máquina del mundo. Es un ser á imagen y semejanza de Dios, un ser

que tiene su destino superior á cuanto le rodea sobre la tierra. No

rebajéis su altura, no inclinéis su frente al suelo inspirándole tan

sólo pensamientos terrenos; no estrechéis su corazón privándole de

sentimientos virtuosos y elevados, no dejándole otro gusto que el de

los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan á una

vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeño de sacrificar

en las aras de su Dios los placeres de esta vida, ¿por qué se lo habéis

de impedir? ¿con qué derecho le insultáis, despreciando un sentimiento

que exige, por cierto, más alto temple de alma que el entregarse

livianamente al goce de los placeres?

Estas consideraciones, comunes á ambos sexos, adquieren todavía mayor

importancia cuando se aplican á la mujer. Con su fantasía exaltada,

su corazón apasionado y su espíritu ligero, necesita, aun más que el

varón, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que

contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre

todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones

de cuanto toca, y comunicándolas á su vez, como un agente magnético,

á cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se

entregue á una vida de contemplación y austeridad, dejad que las

doncellas y las matronas tengan siempre á la vista un modelo de todas

las virtudes, un sublime tipo de su más bello adorno, que es el pudor;

esto no será inútil por cierto: esas vírgenes no son defraudadas, ni á

la familia ni á la sociedad; una y otra recobrarán con usura lo que os

imaginabais que habían perdido.

En efecto: ¿quién alcanza á medir la saludable influencia que deben

de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas

ceremonias con que la Iglesia católica solemniza la consagración de

una virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los santos pensamientos, las

castas inspiraciones que habrán salido de esas silenciosas moradas del

pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades

populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasión

ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazón á inclinaciones

livianas, no habrán encontrado mil veces un freno á su pasión, en el

solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que allá en

silencioso albergue levantaba al cielo un corazón puro, ofreciendo en

holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de

la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto á lo menos

que de allí no sale un pensamiento liviano, que allí no se inspira una

inclinación voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se

calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el rocío

de la mañana, tampoco se calcula la acción vivificante de la luz sobre

la naturaleza, tampoco se calcula cómo el agua que se filtra en las

entrañas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su

seno vistosas flores y regalados frutos.

Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y

que, sin embargo, no pueden sujetarse á un cálculo riguroso, que, si

buscamos la razón de la impotencia que caracteriza toda obra hija

exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que él no

es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa

clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias

indirectas, á veces ocultas, á veces imperceptibles, de puro delicadas.

Por eso viene el tiempo á disipar tantas ilusiones, á desmentir tantos

pronósticos, á manifestar la debilidad de lo que se creía fuerte, y

la fuerza de lo que se creía débil; y es que con el tiempo se van

desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba,

se ponen en acción mil causas que no se conocían, ó quizás se

despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto,

hasta que, al fin, se crea una situación nueva, donde no es posible

cerrar los ojos á la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir

á la fuerza de las cosas.

Y he aquí una de las sinrazones que más chocan en los argumentos de

los enemigos del Catolicismo. No aciertan á mirar los objetos sino por

un aspecto, no comprenden otra dirección de una fuerza que en línea

recta; no ven que, así el mundo moral como el físico, es un conjunto de

relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran

á veces con más eficacia que las directas; que todo forma un sistema de

correspondencia y harmonía, donde no conviene aislar las partes sino

lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las

unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento

indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera.

Permítaseme esa breve digresión para inculcar verdades que nunca se

tendrá demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes

instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofía tiene en la

actualidad que devorar amargos desengaños; vese precisada á retractar

proposiciones avanzadas con demasiada ligereza, á modificar principios

establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera

podido ahorrar, siendo un poco más circunspecta en sus fallos, andando

con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el

Protestantismo, declaró guerra á muerte á las grandes instituciones

católicas, clamó por la excentralización moral y religiosa, y un

grito unánime se levanta de los cuatro ángulos del mundo civilizado

invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca,

los filósofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de

descubrirle; ¡vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que

el que está puesto ya_; su duración responde de su solidez.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 42 / 58 题