CAPITULO XXV

Pero, se nos dirá á los católicos: ¿no encontráis vuestras doctrinas

sobrado duras, demasiado rigurosas? ¿no advertís que esas doctrinas

prescinden de la flaqueza y volubilidad del corazón humano, que

le exigen sacrificios superiores á sus fuerzas? ¿no conocéis que

es inhumano sujetar á la rigidez de un principio las afecciones

más tiernas, los sentimientos más delicados, las inspiraciones más

livianas? ¿Concebís toda la dureza que entraña una doctrina que se

empeña en mantener unidos, amarrados con el lazo fatal, á dos seres que

ya no se aman, que ya se causan mutuo fastidio, que quizá se aborrecen

con un odio profundo? Á estos seres que suspiran por su separación,

que antes quisieran la muerte que permanecer unidos, responderles con

un _jamás_, con un _eterno jamás_, mostrándoles, al propio tiempo,

el sello divino, que se grabó en su lazo en el momento solemne de

recibir el sacramento del matrimonio, ¿no es olvidar todas las reglas

de la prudencia, no es un proceder desesperante? ¿No vale algo más la

indulgencia del Protestantismo, que, acomodándose á la flaqueza humana,

se presta más fácilmente á lo que exige, á veces nuestro capricho, á

veces nuestra debilidad?

Es necesario contestar á esta réplica, disipar la ilusión que pueden

causar ese linaje de argumentos, muy á propósito para inducir á un

errado juicio, seduciendo de antemano el corazón. En primer lugar,

es exagerado el decir que, con el sistema católico, se reduzca á un

extremo desesperante á los esposos desgraciados. Casos hay en que

la prudencia demanda que los consortes se separen, y entonces no

se oponen á la separación, ni las doctrinas ni las prácticas de la

Iglesia católica. Verdad es que no se disuelve por eso el vínculo

del matrimonio, ni ninguno de los consortes queda libre para pasar á

segundas nupcias; pero hay ya lo bastante para que no se pueda suponer

tiranizados á ninguno de los dos; no se les obliga á vivir juntos, y,

de consiguiente, no sufren ya el tormento, á la verdad intolerable, de

permanecer siempre reunidas dos personas que se aborrecen.

«Pero bien, se nos dirá, una vez separados los consortes, no se

les atormenta con la cohabitación, que les era tan penosa, pero se

les priva de pasar á segundas nupcias, y, por tanto, se les veda

el satisfacer otra pasión que pueden abrigar en su pecho, y que

quizá fué la causa del fastidio ó aborrecimiento, de que resultaron

la discordia y la desdicha en el primer matrimonio. ¿Por qué no se

considera entonces este matrimonio como disuelto del todo, quedando

enteramente libres ambos consortes? ¿Por qué no se les permite seguir

las afecciones de su corazón, que, fijado ya sobre otro objeto, les

augura días más felices?» Aquí, donde la salida parece más difícil,

donde la fuerza de la dificultad se presenta más apremiadora, aquí es

donde puede alcanzar el Catolicismo un triunfo más señalado, aquí es

donde puede mostrar más claramente cuán profundo es su conocimiento del

corazón del hombre, cuán sabias son en este punto sus doctrinas, cuán

previsora y atinada su conducta. Lo que parece rigor excesivo, no es

más que una severidad necesaria; y que, tanto dista de merecer la tacha

de cruel, que antes bien es para el hombre una prenda de sosiego y

bienestar. Á primera vista no se concibe cómo puede ser así, y, por lo

mismo, será menester desentrañar este asunto, descendiendo, en cuanto

posible sea, á un profundo examen de los principios que justifican á la

luz de la razón la conducta observada por el Catolicismo, no sólo por

lo tocante al matrimonio, sino también en todo lo relativo al corazón

humano.

Cuando se trata de dirigir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de

conducta. Consiste el uno en condescender, el otro en resistir. En el

primero se retrocede delante de ellas á medida que avanzan; nunca se

les opone un obstáculo invencible, nunca se las deja sin esperanza; se

les señala en verdad una línea para que no pasen de ciertos límites,

pero se les deja conocer que, si se empeñan en pisarla, esta línea

se retirará un poco más; por manera que la condescendencia está en

proporción con la energía y con la obstinación de quien la exige. En

el segundo, también se marca á las pasiones una línea, de la que no

pueden pasar; pero esta línea es fija, inmóvil, resguardada en toda su

extensión por un muro de bronce. En vano lucharían para salvarla; no

les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no

se alterará jamás; no consentirá transacciones de ninguna clase. No les

queda recurso de ninguna especie, á no ser que quieran pasar adelante

por el único camino que nunca puede cerrarse á la libertad humana:

el de la maldad. En el primer sistema, se permite el desahogo para

prevenir la explosión; en el segundo, no se consiente que principie

el incendio, para no verse obligado á contener su progreso; en aquél,

se temen las pasiones cuando están en su nacimiento, y se confía

limitarlas cuando hayan crecido; en éste, se conceptúa que, si no es

fácil contenerlas cuando son pequeñas, lo será mucho menos cuando sean

grandes; en el uno, se procede en el supuesto de que las pasiones

con el desahogo se disipan y se debilitan; en el otro, se cree que

satisfaciéndose no se sacían, y que antes bien se hacen más sedientas.

Generalmente hablando, puede decirse que el Catolicismo sigue el

segundo sistema; es decir, que, en tratando con las pasiones, su regla

constante es atajarlas en los primeros pasos; dejarlas, en cuanto

cabe, sin esperanza; ahogarlas, si es posible, en la misma cuna. Y es

necesario advertir que hablamos aquí de la severidad con las pasiones,

no con el hombre que las tiene; que es muy compatible no transigir con

la pasión, y ser indulgente con la persona apasionada; ser inexorable

con la culpa, y sufrir benignamente al culpable. Por lo tocante al

matrimonio, ha seguido este sistema con una firmeza que asombra; el

Protestantismo ha tomado el camino opuesto; ambos convienen en que

el divorcio que llevare consigo la disolución del vínculo, es un mal

gravísimo; pero la diferencia está en que, según el sistema católico,

no se deja entrever ni siquiera la esperanza de que pueda venir el

caso de esa disolución, pues se la veda absolutamente, sin restricción

alguna, se la declara imposible, cuando en el sistema protestante se la

puede consentir en ciertos casos; el Protestantismo no tiene para el

matrimonio un sello divino que garantice su perpetuidad, que lo haga

inviolable y sagrado; el Catolicismo tiene este sello, le imprime en

el misterioso lazo, y en adelante queda el matrimonio bajo la guarda de

un símbolo augusto.

¿Cuál de las dos religiones es más sabia en este punto? ¿cuál procede

con más acierto? Para resolver esta cuestión, prescindiendo, como

prescindimos aquí, de las razones dogmáticas, y de la moralidad

intrínseca de los actos humanos que forman el objeto de las leyes cuyo

examen nos ocupa, es necesario determinar cuál de los dos sistemas

arriba descritos es más á propósito para el manejo y dirección de

las pasiones. Meditando sobre la naturaleza del corazón del hombre y

ateniéndonos á lo que nos enseña la experiencia de cada día, puede

asegurarse que el medio más adaptado para enfrenar una pasión es

dejarla sin esperanza; y que el condescender con ella, el permitirle

continuos desahogos, es incitarla más y más, es juguetear con el fuego

al rededor del combustible, dejarle que prenda en él una y otra vez,

con la vana confianza de que siempre será fácil apagar el incendio.

Demos una rápida ojeada sobre las pasiones más violentas, y observemos

cuál es su curso ordinario, según el sistema que con ellas se practica.

Ved al jugador, á ese hombre dominado por un desasosiego indefinible,

que abriga al mismo tiempo una codicia insaciable y una prodigalidad

sin límites, que ni se contenta con la más inmensa fortuna, ni vacila

en aventurarla á un azar de un momento, que en medio del mayor

infortunio sueña todavía en grandes tesoros, que corre afanoso y

sediento en pos de un objeto, que parece el oro, y que, sin embargo,

no lo es, pues que su posesión no le satisface; ved á ese hombre, cuyo

corazón inquieto sólo puede vivir en medio de la incertidumbre, del

riesgo, suspenso entre el temor y la esperanza, y que, al parecer,

se complace en esa rápida sucesión de vivas sensaciones que de

continuo le sacuden y atormentan: ¿cuál es el remedio para curarle

de esa enfermedad, de esa fiebre devoradora? Aconsejadle un sistema

de condescendencia, decidle que juegue, pero que se limite á cierta

cantidad, á ciertas horas, á ciertos lugares; ¿qué lograréis? Nada,

absolutamente nada. Si estos medios pudieran servir de algo, no habría

jugador en el mundo que no se hubiese curado de su pasión; porque

ninguno hay que no se haya fijado mil veces á sí mismo esos límites,

que no se haya dicho mil veces: «jugarás no más que hasta tal hora,

no más que en este ó aquel lugar, no más que sobre tal cantidad.» Con

estos paliativos, con estas precauciones impotentes, ¿qué le sucede

al desgraciado jugador? Que se engaña miserablemente, que la pasión

transige para cobrar fuerzas y asegurar mejor la victoria, que va

ganando terreno, que va ensanchando el círculo prefijado, y que vuelve

á los primeros excesos, si no á otros mayores. ¿Queréis curarle de

raíz? Si algún remedio queda, será, no lo dudéis, abstenerse desde

luego completamente. Esto, á primera vista, será más doloroso, pero

en la práctica será más fácil; desde que la pasión vea cerrada toda

esperanza, empezará á debilitarse, y al fin desaparecerá. No creo que

ninguna persona experimentada tenga la menor duda sobre la exactitud de

lo que acabo de decir; y que no convenga conmigo en que el mejor medio

de ahogar esa formidable pasión es quitarle de una vez todo pábulo,

dejarla sin esperanza.

Vamos á otro ejemplo más allegado al objeto que principalmente me

propongo dilucidar. Supongamos á un hombre señoreado por el amor;

¿creéis que, para curarle de su mal, será conveniente consentirle un

desahogo, concediéndole ocasiones, bien que menos frecuentes, de ver

á la persona amada? ¿Paréceos si podrá serle saludable el permitirle

la continuación, vedándole, empero, la frecuencia? ¿Se apagará, se

amortiguará siquiera con esa precaución, la llama que arde en su

pecho? Es cierto que no: la misma compresión de esta llama acarreará

su aumento, y multiplicará su fuerza; y como, por otra parte, se le va

dando algún pábulo, si bien más escaso, y se le deja un respiradero por

donde puede desahogarse, irá ensanchando cada día ese respiradero,

hasta que, al fin, alcance á desembarazarse del obstáculo que la

resiste. Pero quitad á esa pasión la esperanza; empeñad al amante

en un largo viaje, ó poned de por medio algunos impedimentos que no

dejen entrever como probable, ni siquiera posible, el logro del fin

deseado; y entonces, salvas algunas rarísimas excepciones, conseguiréis

primero la distracción, y en seguida el olvido. ¿No es esto lo que

está enseñando á cada paso la experiencia? ¿No es éste el remedio que

la misma necesidad sugiere todos los días á los padres de familia? Las

pasiones son como el fuego: se apaga si se le echa agua en abundancia;

pero se enardece con más viveza, si el agua es poca é insuficiente.

Pero elevemos nuestra consideración, coloquémonos en un horizonte más

vasto, y observemos las pasiones obrando en un campo más extenso,

y en regiones de mayor altura. ¿Cuál es la causa de que, en épocas

tormentosas, se exciten tantas y tan enérgicas pasiones? Es que todas

conciben esperanzas de satisfacerse; es que, volcadas las clases más

elevadas, y destruídas las instituciones más antiguas y colosales,

y reemplazadas por otras que antes eran imperceptibles, todas las

pasiones ven abierto el camino para medrar en medio de la confusión

y de la borrasca. Ya no existen las barreras que antes parecían

insalvables, y cuya sola vista, ó no dejaba nacer la pasión, ó la

ahogaba en su misma cuna; todo ha quedado abierto, sin defensa; sólo se

necesita valor y constancia para saltar intrépido por en medio de los

escombros y ruinas que se han amontonado con el derribo de lo antiguo.

Considerada la cosa en abstracto, no hay absurdo más palpable que la

monarquía hereditaria, que la sucesión en la corona asegurada á una

familia donde á cada paso puede encontrarse sentado en el solio, ó

un niño, ó un imbécil, ó un malvado; y, sin embargo, en la práctica

nada hay más sabio, más prudente, más previsor. Así lo ha enseñado la

experiencia de largos siglos, así con esa enseñanza lo conoce bien

claro la razón, así lo han aprendido con tristes escarmientos los

desgraciados pueblos que han tenido la monarquía electiva. Y esto,

¿por qué? Por la misma razón que estamos ponderando: porque con la

monarquía hereditaria se cierra toda puerta á la esperanza de una

ambición desmesurada; porque, de otra suerte, abriga la sociedad un

eterno germen de agitación y revueltas, promovidas por todos los que

pueden concebir alguna esperanza de empuñar un día el mando supremo.

En tiempos sosegados, y en una monarquía hereditaria, llegar á ser

rey un particular, por rico, por noble, por sabio, por valiente, por

distinguido que sea de cualquier modo, es un pensamiento insensato,

que ni siquiera asoma en la mente del hombre; pero cambiad las

circunstancias, introducid la probabilidad, tan sólo una remota

posibilidad, y veréis como no faltan luego fervientes candidatos.

Fácil sería desenvolver más semejante doctrina, haciendo de ella

aplicación á todas las pasiones del hombre; pero estas indicaciones

bastan para convencer que, cuando se trata de sojuzgar una pasión, lo

primero que debe hacerse es oponerle una valla insuperable, que no le

deje esperanza alguna de pasar adelante; entonces la pasión se agita

por algunos momentos, se levanta contra el obstáculo que la resiste;

pero, encontrándole inmóvil, retrocede, se abate, y cual las olas del

mar se acomoda murmurando al nivel que se le ha señalado.

Hay en el corazón humano una pasión formidable que ejerce poderosa

influencia sobre los destinos de la vida, y que con sus ilusiones

engañosas y seductoras labra no pocas veces una larga cadena de dolor

y de infortunio. Teniendo un objeto necesario para la conservación del

humano linaje, y encontrándose en cierto modo en todos los vivientes

de la naturaleza, revístese, sin embargo, de un carácter particular,

con sólo abrigarse en el alma de un ser inteligente. En los brutos

animales, el instinto la guía de un modo admirable, limitándola á lo

necesario para la conservación de las especies; pero, en el hombre,

el instinto se eleva á pasión; y esta pasión, nutrida y avivada por el

fuego de la fantasía, refinada con los recursos de la inteligencia,

y veleidosa é inconstante por estar bajo la dirección de un libre

albedrío, que puede entregarse á tantos caprichos cuantas son las

impresionas que reciben los sentidos y el corazón, se convierte en un

sentimiento vago, voluble, descontentadizo, insaciable; parecido al

malestar de un enfermo calenturiento, al frenesí de un delirante, que

ora divaga por un ambiente embalsamado de purísimos aromas, ora se

agita convulsivo con las ansias de la agonía.

¿Quién es capaz de contar la variedad de formas bajo las cuales se

presenta esa pasión engañosa, y la muchedumbre de lazos que tiende á

los pies del desgraciado mortal? Observadla en su nacimiento, seguidla

en su carrera, hasta el fin de ella, cuando toca á su término y se

extingue como una lámpara moribunda. Asoma apenas el leve bozo en el

rostro del varón, dorando graciosamente una faz tierna y sonrosada,

y ya brota en su pecho como un sentimiento misterioso, le inquieta y

desasosiega, sin que él mismo conozca la causa. Una dulce melancolía

se desliza en su corazón, pensamientos desconocidos divagan por su

mente, sombras seductoras revolotean por su fantasía, un imán secreto

obra sobre su alma, una seriedad precoz se pinta en su semblante,

todas sus inclinaciones toman otro rumbo; ya no le agradan los juegos

de la infancia, todo le hace augurar una vida nueva, menos inocente,

menos tranquila; la tormenta no ruge aún, el cielo no se ha encapotado

todavía, pero los rojos celajes que le matizan son un triste presagio

de lo que ha de venir. Llega, entre tanto, la adolescencia, y lo que

antes era un sentimiento vago, misterioso, incomprensible al mismo

que le abrigaba, es, desde entonces, más pronunciado, los objetos se

esclarecen y se presentan como son en sí, la pasión los ve, y á ellos

se encamina. Pero no creáis que por esto la pasión sea constante; es

tan vana, tan voluble y caprichosa, como los objetos que se le van

presentando; corre sin cesar en pos de ilusiones, persiguiendo sombras,

buscando una satisfacción que nunca encuentra, esperando una dicha que

jamás llega. Exaltada la fantasía, hirviendo el corazón, arrebatada el

alma entera, sojuzgada en todas sus facultades, rodéase el ardiente

joven de las más brillantes ilusiones, comunícalas á cuanto le

circunda, presta á la luz del cielo un fulgor más esplendente, reviste

la faz de la tierra de un verdor más lozano, de colores más vivos,

esparciendo por doquiera el reflejo de su propio encanto.

En la edad viril, cuando el pensamiento es más grave y más fijo,

cuando el corazón ha perdido de su inconstancia, cuando la voluntad

es más firme y los propósitos más duraderos, cuando la conducta que

debe regir los destinos de la vida está ya sujeta á una norma, y como

encerrada en un carril, todavía se agita en el corazón del hombre

esa pasión misteriosa, todavía le atormenta con inquietud incesante.

Sólo que entonces, con el mayor desarrollo de la organización física,

la pasión es más robusta y más enérgica; sólo que entonces, con el

mayor orgullo que inspiran al hombre la independencia de la vida, el

sentimiento de mayores fuerzas, y la mayor abundancia de medios, la

pasión es más decidida, más osada, más violenta; así como, á fuerza

de los desengaños y escarmientos que le ha dado la experiencia, se ha

hecho más cautelosa, más previsora, más astuta; no anda acompañada de

la candidez de los primeros años, sino que sabe aliarse con el cálculo,

sabe marchar á su fin por caminos más encubiertos, sabe echar mano de

medios más acertados. ¡Ay del hombre que no se precave á tiempo contra

semejante enemigo! Consumirá su existencia en una agitación febril; y

de inquietud en inquietud, de tormenta en tormenta, si no acaba con la

vida en la flor de sus años, llegará á la vejez dominado todavía por

su pasión funesta; ella le acompañará hasta el sepulcro, con aquellas

formas asquerosas y repugnantes con que se pinta en un rostro surcado

por los años, en unos ojos velados que auguran la muerte ya cercana.

Ahora bien: ¿cuál es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa

pasión y encerrarla en sus justos límites, para impedir que acarree al

individuo la desdicha, á las familias el desorden, á las sociedades el

caos? La regla invariable del Catolicismo, así en la moral que predica,

como en las instituciones que plantea, es la _represión_. Ni siquiera

el deseo le consiente; y declara culpable á los ojos de Dios á quien

mirare á una mujer con pensamiento impuro. Y esto ¿por qué? Porque, á

más de la moralidad intrínseca que se encierra en la prohibición, hay

una mira profunda en ahogar el mal en su origen; siendo muy cierto que

es más fácil impedir al hombre el que se complazca en malos deseos, que

no el que se abstenga de satisfacerlos, después de haberles dado cabida

en su abrasado corazón; porque hay una razón muy profunda en procurar

de esta suerte la tranquilidad del alma, no permitiéndole que, cual

sediento Tántalo, sufra con la vista del agua que huye de sus labios.

_Quid vis videre quod non licet habere?_ _¿Para qué quieres ver lo

que no puedes obtener?_ dice sabiamente el autor del admirable libro

_De la imitación de Jesucristo_, compendiando así, en pocas palabras,

la sabiduría que se encierra en la santa severidad de la doctrina

cristiana.

Los lazos del matrimonio, señalando á la pasión un objeto legítimo,

no ciegan, sin embargo, el manantial de agitación y de caprichosa

inquietud que se alberga en el corazón. La posesión empalaga y

fastidia, la hermosura se marchita y se aja, las ilusiones se disipan,

el hechizo desaparece, y, encontrando el hombre una realidad que está

muy lejos de alcanzar á los bellos sueños á que se entregara allá en

sus delirios una imaginación fogosa, siente brotar en su pecho nuevos

deseos; y, cansado del objeto poseído, alimenta nuevas ilusiones,

buscando en otra parte aquella dicha ideal que se imaginaba haber

encontrado, y huyendo de la triste realidad, que así burla sus más

bellas esperanzas.

Dad entonces rienda suelta á las pasiones del hombre, dejadle que

de un modo ú otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con

otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio á la

compañera de sus días, y veréis como el fastidio llegará más pronto,

como la discordia será más viva y ruidosa; veréis como los lazos

se aflojan luego de formados, como se gastan con poco tiempo, como

se rompen al primer impulso. Al contrario, proclamad la ley que no

exceptúe ni á pobres ni á ricos, ni á débiles ni á potentados, ni

á vasallos ni á reyes; que no atienda á diferencias de situación,

de índole, de salud, ni á tantos otros motivos, que en manos de las

pasiones, y sobre todo entre los poderosos, fácilmente se convierten

en pretextos; proclamad esa ley como bajada del cielo, mostrad el lazo

del matrimonio como sellado con un sello divino; y á las pasiones que

murmuran, decidles en alta voz que si quieren satisfacerse no tienen

otro camino que el de la inmoralidad; pero que la autoridad encargada

de la guarda de esa ley divina, jamás se doblegará á condescendencias

culpables, que jamás consentirá que se cubra con el velo de la dispensa

la infracción del precepto divino, que jamás dejará á la culpa sin

el remordimiento, y entonces veréis que las pasiones se abaten y se

resignan, que la ley se extiende, se afirma, y se arraiga hondamente

en las costumbres, y habréis asegurado para siempre el buen orden y

la tranquilidad de las familias; y la sociedad os deberá un beneficio

inmenso. Y he aquí cabalmente lo que ha hecho el Catolicismo,

trabajando para ello largos siglos; y he aquí lo que venía á deshacer

el Protestantismo, si se hubiesen seguido generalmente en Europa sus

doctrinas y sus ejemplos; si los pueblos dirigidos no hubiesen tenido

más cordura que sus directores.

Los protestantes y los falsos filósofos, examinando las doctrinas y las

instituciones de la Iglesia católica al través de sus preocupaciones

rencorosas, no han acertado á concebir á qué servían los dos grandes

caracteres que distinguen siempre por doquiera los pensamientos y las

obras del Catolicismo: _unidad y fijeza_: _unidad_ en las doctrinas,

_fijeza_ en la conducta, señalando un objeto y marchando hacia él, sin

desviarse jamás. Esto los ha escandalizado; y, después de declamar

contra la _unidad_ de la doctrina, han declamado también contra la

_fijeza_ en la conducta. Si meditaran sobre el hombre, conocieran que

esta fijeza es el secreto de dirigirle, de dominarle, de enfrenar sus

pasiones cuando convenga, de exaltar su alma cuando sea menester,

haciéndola capaz de los mayores sacrificios, de las acciones más

heroicas. Nada hay peor para el hombre que la _incertidumbre_, que

la _indecisión_; nada que tanto le debilite y esterilice. Lo que es

el escepticismo al entendimiento, es la indecisión á la voluntad.

Prescribidle al hombre un objeto fijo, y haced que se dirija hacia él:

á él se dirigirá y le alcanzará. Dejadle vacilando entre varios, que no

tenga para su conducta una norma fija, que no sepa cuál es su porvenir,

que marche sin saber á dónde va, y veréis que su energía se relaja,

sus fuerzas se enflaquecen, hasta que se abate y se para. ¿Sabéis el

secreto con que los grandes caracteres dominan el mundo? ¿Sabéis cómo

son capaces ellos mismos de acciones heroicas, y cómo hacen capaces

de ellas á cuantos los rodean? Porque tienen un objeto fijo para sí,

y para los demás: porque le ven con claridad, le quieren con firmeza,

y se encaminan hacia él, sin dudas, sin rodeos, con esperanza firme,

con fe viva, sin consentir la vacilación, ni en sí mismos ni en los

otros. Alejandro, César, Napoleón, y los demás héroes antiguos y

modernos, ejercían sin duda con el ascendiente de su genio una acción

fascinadora; pero el secreto de su predominio, de su pujanza, de su

impulso que todo lo arrollaba, era la unidad de pensamiento, la fijeza

del plan, que engendraban un carácter firme, aterrador, dándoles sobre

los demás hombres una superioridad inmensa. Así pasaba Alejandro el

Gránico, y empezaba, y llevaba á cabo su prodigiosa conquista del

Asia; así pasaba César el Rubicón, y ahuyentaba á Pompeyo, y vencía

en Farsalia, y se hacía señor del mundo; así dispersaba Napoleón á los

habladores que estaban disertando sobre la suerte de Francia, vencía en

Marengo, se ceñía la diadema de Carlomagno, y aterraba y asombraba el

mundo con los triunfos de Austerlitz y de Jena.

Sin _unidad_ no hay orden, sin _fijeza_ no hay estabilidad; y en

el mundo moral como en el físico, nada puede prosperar que no

sea ordenado y estable. Así el Protestantismo, que ha pretendido

hacer progresar al individuo y á la sociedad destruyendo la unidad

religiosa, é introduciendo en las creencias y en las instituciones la

_multiplicidad_ y _movilidad_ del pensamiento privado, ha acarreado

por doquiera la confusión y el desorden, y ha desnaturalizado la

civilización europea, inoculando en sus venas un elemento desastroso,

que le ha causado y le causará todavía gravísimos males. Y no puede

inferirse de esto que el Catolicismo esté reñido con el adelanto de los

pueblos, por la _unidad_ de sus doctrinas y la _fijeza_ de las reglas

de su conducta; pues también cabe que marche lo que es _uno_, también

cabe movimiento en un sistema que tenga _fijos_ algunos de sus puntos.

Este universo que nos asombra con su grandor, que nos admira con sus

prodigios, que nos encanta con su variedad y belleza, está sujeto á la

_unidad_, y está regido por leyes fijas y constantes.

Ved ahí algunas de las razones que justifican la severidad del

Catolicismo; ved ahí por qué no ha podido mostrarse condescendiente con

esa pasión que, una vez desenfrenada, no respeta linde ni barrera, que

introduce la turbación en los corazones y el desorden en las familias,

que gangrena la sociedad, quitando á las costumbres todo decoro, ajando

el pudor de las mujeres y rebajándolas del nivel de dignas compañeras

del hombre. En esta parte el Catolicismo es severo, es verdad; pero

esta severidad no podía renunciarla, sin renunciar al propio tiempo sus

altas funciones de depositario de la sana moral, de vigilante atalaya

por los destinos de la humanidad.[2]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 41 / 58 题