CAPITULO XXIV

Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora

lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien

ha perfeccionado al individuo, siendo éste el primer elemento de la

familia, la perfección de ella deberá ser también mirada como obra

del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilación, quiero considerar

el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atención

sobre la mujer. No recordaré lo que era la mujer entre los antiguos,

ni lo que es todavía en los pueblos que no son cristianos; la

historia, y aun más la literatura de Grecia y Roma, nos darían de ello

testimonios tristes, ó más bien vergonzosos; y todos los pueblos de

la tierra nos ofrecerían abundantes pruebas de la verdad y exactitud

de la observación de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el

Cristianismo, hay una tendencia á la degradación de la mujer.

Quizás el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al

Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca á la mujer, en nada ha

perjudicado la Reforma á la civilización europea. Pero, prescindiendo,

por de pronto, de si el Protestantismo acarreó en este punto algunos

males, cuestión que se ventilará más adelante, no puede al menos

ponerse en duda que, cuando él apareció, tenía ya la religión católica

concluída su obra por lo tocante á la mujer: pues que nadie ignora

que el respeto y consideración que se dispensa á las mujeres, y la

influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del

primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no

tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obró solo,

enteramente solo, en uno de los puntos más cardinales de toda verdadera

civilización; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha

colocado á la mujer en el rango que le corresponde, y que más conviene

para el bien de la familia y de la sociedad, tributándose este elogio

al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se

levantaba á la mujer de la abyección, cuando se la alzaba al grado

de digna compañera del hombre, no existían esas sectas disidentes,

que también se apellidan cristianas; no había más Cristianismo que la

Iglesia católica.

Como el lector habrá notado ya que en el decurso de esta obra no

se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de

generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los

hechos, estará naturalmente esperando que se haga lo mismo aquí, y que

se indique cuáles son los medios de que se ha valido el Catolicismo

para dar á la mujer consideración y dignidad: no quedará el lector

defraudado en su esperanza.

Por de pronto, y antes de bajar á pormenores, es menester observar que

á mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera

las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que,

comprendiendo al varón como á la hembra, sin diferencia ninguna,

protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que

se tenía á esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina

cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra

la mujer; é igualada con el varón en la unidad de origen y destino y en

la participación de los dones celestiales, admitida en la fraternidad

universal de los hombres entre sí y con Jesucristo, considerada

también como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compañera

del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, debía

callar aquella filosofía que se había empeñado en degradarla; y aquella

literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las

mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensión

elocuente en el modo lleno de dignidad con que, á ejemplo de la

Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesiásticos.

Pero, á pesar del benéfico influjo que por sí mismas habían de

ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente

el objeto, si la Iglesia no tomara tan á pecho el llevar á cabo la

obra más necesaria, más imprescindible para la buena organización

de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio.

La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una,

y para siempre_; pero la doctrina no era bastante, á no encargarse

de su realización la Iglesia, á no sostener esa realización con

firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varón,

braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda,

á no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado

vislumbrar ni la más remota esperanza de victoria. ¿Y querrá también

gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que

aplaudió con insensata algazara el escándalo de Enrique VIII, que se

doblegó tan villanamente á las exigencias de la voluptuosidad del

landgrave de Hesse-Cassel? ¡Qué diferencia tan notable! Por espacio

de muchos siglos, en medio de las más varias y muchas veces terribles

circunstancias, lucha impávida la Iglesia católica con las pasiones de

los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio:

ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea

contrario á la enseñanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al

primer choque, ó, mejor diré, al asomo del más ligero compromiso, al

solo temor de malquistarse con un príncipe, y no muy poderoso, cede, se

humilla, consiente la poligamia, hace traición á su propia conciencia,

abre ancha puerta á las pasiones para que puedan destruir la santidad

del matrimonio, esa santidad que es la más segura prenda del bien de

las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera

civilización.

Más cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos

reformadores, empeñados en dirigirla, rechazó con admirable buen

sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase

las doctrinas del Catolicismo, siguió al menos la saludable tendencia

que él le había comunicado, y la poligamia no se estableció en Europa.

Pero la historia conservará los hechos que muestran la debilidad de

la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella

dirá á quién se debe que en medio de los siglos bárbaros, en medio

de la más asquerosa corrupción, en medio de la violencia y ferocidad

por doquiera dominantes, tanto en el período de la fluctuación de los

pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que

descollaba ya prepotente el poderío de los reyes, ella dirá, repito, á

quién se debe que el matrimonio, el verdadero paladión de la sociedad,

no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la

voluptuosidad no campease con todo su ímpetu, con todos sus caprichos,

llevando en pos de sí la desorganización más profunda, adulterando el

carácter de la civilización europea, y lanzándola en la honda sima en

que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia.

Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia

eclesiástica para encontrar desavenencias entre papas y príncipes, y

echar en cara á la Corte de Roma su espíritu de _terca intolerancia_

con respecto á la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el

espíritu de partido, comprenderían que, si esa _terca intolerancia_

hubiera aflojado un instante, si el Pontífice de Roma hubiese

retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez

dado el primero, encontrábase una rápida pendiente, y al fin de ésta,

un abismo; comprenderían el espíritu de verdad, la honda convicción, la

viva fe de que está animada esa augusta Cátedra, ya que nunca pudieron

consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando

se ha tratado de recordar á todo el mundo, y muy en particular á

los potentados y á los reyes: _serán dos en una carne; lo que Dios

unió, no lo separe el hombre_; comprenderían que, si los papas se han

mostrado inflexibles en este punto, aun á riesgo de los desmanes de

los reyes, además de cumplir con el sagrado deber que les imponía el

augusto carácter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra

en política, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los

pueblos: «porque los casamientos de los príncipes, dice Voltaire,

forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una

corte libremente entregada á la prostitución, sin que hayan resultado

revoluciones y sediciones.» (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3,

cap. 101._)

Esta observación tan exacta de Voltaire bastaría para vindicar á los

papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables

detractores; pero, si esa reflexión no se concreta al orden político

y se la extiende al orden social, crece todavía en valor, y adquiere

una importancia inmensa. La imaginación se asombra al pensar en lo que

hubiera acontecido, si esos reyes bárbaros en quienes el esplendor de

la púrpura no bastaba á encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros

señores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados

de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad

de la Iglesia; si al echar á alguna belleza una mirada de fuego, si al

sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio

por su legítima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una

autoridad inflexible. Podían, es verdad, cometer una tropelía contra

el obispo, ó hacer que enmudeciese con el temor ó los halagos; podían

violentar los votos de un concilio particular, ó hacerse un partido

con amenazas, ó con la intriga y el soborno; pero allá, en obscura

lontananza, divisaban la cúpula del Vaticano, la sombra del Sumo

Pontífice se les aparecía como una visión aterradora; allí perdían la

esperanza, era inútil combatir: el más encarnizado combate no podía

dar por resultado la victoria; las intrigas más mañosas, los ruegos

más humildes, no recabarán otra respuesta que: _uno con una, y para

siempre_.

La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena

de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre bárbaro

forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la

civilización; con sólo recordar que la Iglesia debía estar siempre

en vigilante guarda, no tan sólo para que no se hiciesen pedazos los

vínculos del matrimonio, sino también para que no fuesen víctimas de

raptos y tropelías las doncellas, aun las consagradas al Señor; salta á

los ojos que, si la Iglesia católica no se hubiese opuesto como un muro

de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los

príncipes y castillos de los señores se habrían visto con su serrallo y

harén, y siguiendo por la misma corriente las demás clases, quedara la

mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana.

Y, ya que acabo de mentar á los sectarios de Mahoma, recordaré aquí á

los que pretenden explicar la monogamia y poligamia sólo por razones de

clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo

en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se

han establecido las respectivas religiones, ora en climas más rígidos,

ora en más templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las

religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha

tenido, por decirlo así, que doblegarse á las religiones.

Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por

haberles conservado la monogamia, que á no dudarlo ha sido una de las

causas que más han contribuído á la buena organización de la familia

y al realce de la mujer. ¿Cuál sería ahora la situación de Europa,

qué consideración disfrutaría la mujer, si Lutero, el fundador del

Protestantismo, hubiese alcanzado á inspirar á la sociedad la misma

indiferencia en este punto que él manifiesta en su _Comentario sobre

el Génesis_? «Por lo que toca á saber, dice Lutero, si se pueden tener

muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa

libertad»; y añade después que _esto no se halla ni permitido, ni

prohibido, y que él por sí no decide nada_. ¡Desgraciada Europa, si

semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que

arrastró en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado

algunos siglos antes, cuando la civilización no había recibido

todavía bastante impulso para que, á pesar de las malas doctrinas,

pudiese seguir en los puntos más capitales una dirección certera!

¡Desgraciada Europa, si á la sazón en que escribía Lutero, no se

hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organización

dada á la familia por el Catolicismo, no tuviera ya raíces demasiado

profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escándalo

del landgrave de Hesse-Cassel, á buen seguro que no fuera un ejemplo

aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habría

tenido resultados bien amargos. ¿De qué sirvieran, para contener la

impetuosidad feroz de los pueblos bárbaros y corrompidos, aquella fe

vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se

amilanaba la Iglesia protestante, á la sola exigencia de un príncipe

como el landgrave? ¿Cómo sostuviera una lucha de siglos, la que al

primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se

quebranta?

Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta

importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan

de la doctrina de la Iglesia opinando que es útil en ciertos casos

permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele

decirse, disuelto el vínculo, y que cada uno de los consortes pueda

pasar á segundas nupcias, no me podrán negar que miran el divorcio como

un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano á duras

penas, sólo en consideración á la malicia ó á la flaqueza; no me podrán

negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarrearía males de

gravísima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos países donde las

leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisión

de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me

podrán disputar que el establecer la indisolubilidad como principio

moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente

sobre el corazón, el seguir la marcha de las pasiones, teniéndolas de

la mano para que no se desvíen por tan resbaladiza pendiente, es un

eficaz preservativo contra la corrupción de costumbres, es una garantía

de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravísimos

males que vendrían á inundar la sociedad; y, por tanto, que obra

semejante es la más propia, la más digna de ser objeto de los cuidados

y del celo de la verdadera religión. ¿Y qué religión ha cumplido con

este deber, sino la católica? ¿Cuál ha desempeñado más cumplidamente

tan penosa y saludable tarea? ¿Ha sido el Protestantismo, que ni

alcanzó á penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este

particular la conducta de la Iglesia católica?

Los protestantes, arrastrados por su odio á la Iglesia romana, y

llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma

secularizando, por decirlo así, el matrimonio, y declamando contra

la doctrina católica, que le miraba como un verdadero sacramento. No

cumpliría á mi objeto el entrar aquí en una controversia dogmática

sobre esta cuestión; bástame hacer notar que fué grave desacuerdo

despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con

semejante paso se manifestó el Protestantismo muy escaso conocedor del

corazón humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato

civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta

sombra de la religión, y elevarle sobre la turbulenta atmósfera de las

pasiones: ¿quién puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata

de poner freno á la pasión más viva, más caprichosa, más terrible del

corazón del hombre? ¿Quién duda que para producir este efecto no son

bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando

de más alto origen, ejerzan más eficaz influencia?

Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la

Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de

la potestad civil. Quizás no faltará quien piense que este ensanche

dado á la potestad secular no podía menos de ser altamente provechoso

á la causa de la civilización, y que el arrojar de este terreno á

la autoridad eclesiástica fué un magnífico triunfo sobre añejas

preocupaciones, una utilísima conquista sobre usurpaciones injustas.

¡Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos,

si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que

dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y

que inspiran los medios más á propósito para dirigirlas, vierais,

sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religión,

substrayéndolo, en cuanto cabe, de la intervención profana, era

purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermosísimo encanto,

porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro,

que con sólo una mirada se aja, que con un levísimo aliento se empaña.

¿Tan mal os parece un denso velo corrido á la entrada del tálamo

nupcial, y la religión guardando sus umbrales con ademán severo?

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 40 / 58 题