Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora
lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien
ha perfeccionado al individuo, siendo éste el primer elemento de la
familia, la perfección de ella deberá ser también mirada como obra
del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilación, quiero considerar
el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atención
sobre la mujer. No recordaré lo que era la mujer entre los antiguos,
ni lo que es todavía en los pueblos que no son cristianos; la
historia, y aun más la literatura de Grecia y Roma, nos darían de ello
testimonios tristes, ó más bien vergonzosos; y todos los pueblos de
la tierra nos ofrecerían abundantes pruebas de la verdad y exactitud
de la observación de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el
Cristianismo, hay una tendencia á la degradación de la mujer.
Quizás el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al
Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca á la mujer, en nada ha
perjudicado la Reforma á la civilización europea. Pero, prescindiendo,
por de pronto, de si el Protestantismo acarreó en este punto algunos
males, cuestión que se ventilará más adelante, no puede al menos
ponerse en duda que, cuando él apareció, tenía ya la religión católica
concluída su obra por lo tocante á la mujer: pues que nadie ignora
que el respeto y consideración que se dispensa á las mujeres, y la
influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del
primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no
tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obró solo,
enteramente solo, en uno de los puntos más cardinales de toda verdadera
civilización; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha
colocado á la mujer en el rango que le corresponde, y que más conviene
para el bien de la familia y de la sociedad, tributándose este elogio
al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se
levantaba á la mujer de la abyección, cuando se la alzaba al grado
de digna compañera del hombre, no existían esas sectas disidentes,
que también se apellidan cristianas; no había más Cristianismo que la
Iglesia católica.
Como el lector habrá notado ya que en el decurso de esta obra no
se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de
generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los
hechos, estará naturalmente esperando que se haga lo mismo aquí, y que
se indique cuáles son los medios de que se ha valido el Catolicismo
para dar á la mujer consideración y dignidad: no quedará el lector
defraudado en su esperanza.
Por de pronto, y antes de bajar á pormenores, es menester observar que
á mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera
las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que,
comprendiendo al varón como á la hembra, sin diferencia ninguna,
protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que
se tenía á esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina
cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra
la mujer; é igualada con el varón en la unidad de origen y destino y en
la participación de los dones celestiales, admitida en la fraternidad
universal de los hombres entre sí y con Jesucristo, considerada
también como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compañera
del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, debía
callar aquella filosofía que se había empeñado en degradarla; y aquella
literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las
mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensión
elocuente en el modo lleno de dignidad con que, á ejemplo de la
Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesiásticos.
Pero, á pesar del benéfico influjo que por sí mismas habían de
ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente
el objeto, si la Iglesia no tomara tan á pecho el llevar á cabo la
obra más necesaria, más imprescindible para la buena organización
de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio.
La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una,
y para siempre_; pero la doctrina no era bastante, á no encargarse
de su realización la Iglesia, á no sostener esa realización con
firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varón,
braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda,
á no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado
vislumbrar ni la más remota esperanza de victoria. ¿Y querrá también
gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que
aplaudió con insensata algazara el escándalo de Enrique VIII, que se
doblegó tan villanamente á las exigencias de la voluptuosidad del
landgrave de Hesse-Cassel? ¡Qué diferencia tan notable! Por espacio
de muchos siglos, en medio de las más varias y muchas veces terribles
circunstancias, lucha impávida la Iglesia católica con las pasiones de
los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio:
ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea
contrario á la enseñanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al
primer choque, ó, mejor diré, al asomo del más ligero compromiso, al
solo temor de malquistarse con un príncipe, y no muy poderoso, cede, se
humilla, consiente la poligamia, hace traición á su propia conciencia,
abre ancha puerta á las pasiones para que puedan destruir la santidad
del matrimonio, esa santidad que es la más segura prenda del bien de
las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera
civilización.
Más cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos
reformadores, empeñados en dirigirla, rechazó con admirable buen
sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase
las doctrinas del Catolicismo, siguió al menos la saludable tendencia
que él le había comunicado, y la poligamia no se estableció en Europa.
Pero la historia conservará los hechos que muestran la debilidad de
la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella
dirá á quién se debe que en medio de los siglos bárbaros, en medio
de la más asquerosa corrupción, en medio de la violencia y ferocidad
por doquiera dominantes, tanto en el período de la fluctuación de los
pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que
descollaba ya prepotente el poderío de los reyes, ella dirá, repito, á
quién se debe que el matrimonio, el verdadero paladión de la sociedad,
no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la
voluptuosidad no campease con todo su ímpetu, con todos sus caprichos,
llevando en pos de sí la desorganización más profunda, adulterando el
carácter de la civilización europea, y lanzándola en la honda sima en
que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia.
Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia
eclesiástica para encontrar desavenencias entre papas y príncipes, y
echar en cara á la Corte de Roma su espíritu de _terca intolerancia_
con respecto á la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el
espíritu de partido, comprenderían que, si esa _terca intolerancia_
hubiera aflojado un instante, si el Pontífice de Roma hubiese
retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez
dado el primero, encontrábase una rápida pendiente, y al fin de ésta,
un abismo; comprenderían el espíritu de verdad, la honda convicción, la
viva fe de que está animada esa augusta Cátedra, ya que nunca pudieron
consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando
se ha tratado de recordar á todo el mundo, y muy en particular á
los potentados y á los reyes: _serán dos en una carne; lo que Dios
unió, no lo separe el hombre_; comprenderían que, si los papas se han
mostrado inflexibles en este punto, aun á riesgo de los desmanes de
los reyes, además de cumplir con el sagrado deber que les imponía el
augusto carácter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra
en política, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los
pueblos: «porque los casamientos de los príncipes, dice Voltaire,
forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una
corte libremente entregada á la prostitución, sin que hayan resultado
revoluciones y sediciones.» (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3,
cap. 101._)
Esta observación tan exacta de Voltaire bastaría para vindicar á los
papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables
detractores; pero, si esa reflexión no se concreta al orden político
y se la extiende al orden social, crece todavía en valor, y adquiere
una importancia inmensa. La imaginación se asombra al pensar en lo que
hubiera acontecido, si esos reyes bárbaros en quienes el esplendor de
la púrpura no bastaba á encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros
señores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados
de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad
de la Iglesia; si al echar á alguna belleza una mirada de fuego, si al
sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio
por su legítima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una
autoridad inflexible. Podían, es verdad, cometer una tropelía contra
el obispo, ó hacer que enmudeciese con el temor ó los halagos; podían
violentar los votos de un concilio particular, ó hacerse un partido
con amenazas, ó con la intriga y el soborno; pero allá, en obscura
lontananza, divisaban la cúpula del Vaticano, la sombra del Sumo
Pontífice se les aparecía como una visión aterradora; allí perdían la
esperanza, era inútil combatir: el más encarnizado combate no podía
dar por resultado la victoria; las intrigas más mañosas, los ruegos
más humildes, no recabarán otra respuesta que: _uno con una, y para
siempre_.
La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena
de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre bárbaro
forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la
civilización; con sólo recordar que la Iglesia debía estar siempre
en vigilante guarda, no tan sólo para que no se hiciesen pedazos los
vínculos del matrimonio, sino también para que no fuesen víctimas de
raptos y tropelías las doncellas, aun las consagradas al Señor; salta á
los ojos que, si la Iglesia católica no se hubiese opuesto como un muro
de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los
príncipes y castillos de los señores se habrían visto con su serrallo y
harén, y siguiendo por la misma corriente las demás clases, quedara la
mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana.
Y, ya que acabo de mentar á los sectarios de Mahoma, recordaré aquí á
los que pretenden explicar la monogamia y poligamia sólo por razones de
clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo
en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se
han establecido las respectivas religiones, ora en climas más rígidos,
ora en más templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las
religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha
tenido, por decirlo así, que doblegarse á las religiones.
Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por
haberles conservado la monogamia, que á no dudarlo ha sido una de las
causas que más han contribuído á la buena organización de la familia
y al realce de la mujer. ¿Cuál sería ahora la situación de Europa,
qué consideración disfrutaría la mujer, si Lutero, el fundador del
Protestantismo, hubiese alcanzado á inspirar á la sociedad la misma
indiferencia en este punto que él manifiesta en su _Comentario sobre
el Génesis_? «Por lo que toca á saber, dice Lutero, si se pueden tener
muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa
libertad»; y añade después que _esto no se halla ni permitido, ni
prohibido, y que él por sí no decide nada_. ¡Desgraciada Europa, si
semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que
arrastró en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado
algunos siglos antes, cuando la civilización no había recibido
todavía bastante impulso para que, á pesar de las malas doctrinas,
pudiese seguir en los puntos más capitales una dirección certera!
¡Desgraciada Europa, si á la sazón en que escribía Lutero, no se
hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organización
dada á la familia por el Catolicismo, no tuviera ya raíces demasiado
profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escándalo
del landgrave de Hesse-Cassel, á buen seguro que no fuera un ejemplo
aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habría
tenido resultados bien amargos. ¿De qué sirvieran, para contener la
impetuosidad feroz de los pueblos bárbaros y corrompidos, aquella fe
vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se
amilanaba la Iglesia protestante, á la sola exigencia de un príncipe
como el landgrave? ¿Cómo sostuviera una lucha de siglos, la que al
primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se
quebranta?
Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta
importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan
de la doctrina de la Iglesia opinando que es útil en ciertos casos
permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele
decirse, disuelto el vínculo, y que cada uno de los consortes pueda
pasar á segundas nupcias, no me podrán negar que miran el divorcio como
un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano á duras
penas, sólo en consideración á la malicia ó á la flaqueza; no me podrán
negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarrearía males de
gravísima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos países donde las
leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisión
de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me
podrán disputar que el establecer la indisolubilidad como principio
moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente
sobre el corazón, el seguir la marcha de las pasiones, teniéndolas de
la mano para que no se desvíen por tan resbaladiza pendiente, es un
eficaz preservativo contra la corrupción de costumbres, es una garantía
de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravísimos
males que vendrían á inundar la sociedad; y, por tanto, que obra
semejante es la más propia, la más digna de ser objeto de los cuidados
y del celo de la verdadera religión. ¿Y qué religión ha cumplido con
este deber, sino la católica? ¿Cuál ha desempeñado más cumplidamente
tan penosa y saludable tarea? ¿Ha sido el Protestantismo, que ni
alcanzó á penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este
particular la conducta de la Iglesia católica?
Los protestantes, arrastrados por su odio á la Iglesia romana, y
llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma
secularizando, por decirlo así, el matrimonio, y declamando contra
la doctrina católica, que le miraba como un verdadero sacramento. No
cumpliría á mi objeto el entrar aquí en una controversia dogmática
sobre esta cuestión; bástame hacer notar que fué grave desacuerdo
despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con
semejante paso se manifestó el Protestantismo muy escaso conocedor del
corazón humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato
civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta
sombra de la religión, y elevarle sobre la turbulenta atmósfera de las
pasiones: ¿quién puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata
de poner freno á la pasión más viva, más caprichosa, más terrible del
corazón del hombre? ¿Quién duda que para producir este efecto no son
bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando
de más alto origen, ejerzan más eficaz influencia?
Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la
Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de
la potestad civil. Quizás no faltará quien piense que este ensanche
dado á la potestad secular no podía menos de ser altamente provechoso
á la causa de la civilización, y que el arrojar de este terreno á
la autoridad eclesiástica fué un magnífico triunfo sobre añejas
preocupaciones, una utilísima conquista sobre usurpaciones injustas.
¡Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos,
si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que
dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y
que inspiran los medios más á propósito para dirigirlas, vierais,
sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religión,
substrayéndolo, en cuanto cabe, de la intervención profana, era
purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermosísimo encanto,
porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro,
que con sólo una mirada se aja, que con un levísimo aliento se empaña.
¿Tan mal os parece un denso velo corrido á la entrada del tálamo
nupcial, y la religión guardando sus umbrales con ademán severo?