CAPITULO XXIII

Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si,

tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepción,

que ni repugne á la perfección del individuo, ni esté en lucha con los

principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas

que hayan influído en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando

por alto una de las principales, señalada ya más arriba, cual es, la

verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes,

encontraremos todavía en las mismas entrañas del Catolicismo, algunas

sobremanera dignas de llamar la atención. M. Guizot se ha equivocado

grandemente cuando ha pretendido equiparar á los fieles con los

antiguos romanos en punto á falta del sentimiento de independencia

personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociación

de la Iglesia, como enteramente consagrado á ella, como pronto á

sacrificarse por ella; de manera que lo que hacía obrar al fiel, eran

los intereses de la asociación. En esto hay un error; pero, como lo que

ha dado quizás ocasión á este error, es una verdad, menester se hace

deslindar los objetos con mucho cuidado.

Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles

sumamente adictos á la Iglesia, y que siempre se entendió que dejaba de

ser contado en el número de los verdaderos discípulos de Jesucristo el

que se apartase de la comunión de la Iglesia. Es indudable también que

«tenían los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego á la Iglesia,

un rendido acatamiento á sus leyes, un fuerte empeño de extender su

imperio»; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos

sentimientos, como causa de ellos, el solo espíritu de asociación, y

que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel

pertenecía á una asociación, pero esta asociación él la miraba como

un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba

embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto

de la eternidad; y, si bien creía imposible el salvarse fuera de ella,

no se entendía consagrado á ella, sino á Dios. El romano estaba pronto

á sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano

moría, moría por su patria; pero, cuando el fiel moría, no moría por

la Iglesia, sino que moría por su Dios. Ábranse los monumentos de la

Historia eclesiástica, léanse las actas de los mártires, y véase lo que

sucedía en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba

todo lo que era; en que, á la vista de los potros, de las hogueras y

de los más horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el

resorte que obraba en el corazón del fiel. Les pregunta el juez su

nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita

á que sacrifiquen á los dioses: «nosotros no sacrificamos sino á un

solo Dios, criador del cielo y de la tierra»; se les echa en cara como

ignominioso el seguir á un hombre que fué clavado en cruz; ellos tienen

á mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el

crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos;

los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan

sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio está ya aparejada,

ó la hoguera arde á su vista, ó el verdugo tiene levantada el hacha

fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un

instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin

fin. Échase de ver en todo esto que lo que movía el corazón del fiel,

eran el amor de su Dios y el interés de la felicidad eterna; y que,

por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese á los

antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociación á que

pertenecía, y dejando que en ella se absorbiese á su persona como una

gota de agua en la inmensidad del Océano. El individuo fiel pertenecía

á una asociación que le daba la pauta de su creencia y la norma de

su conducta: á esta asociación la miraba como fundada y dirigida por

el mismo Dios; pero su mente y su corazón se elevaban hasta el mismo

Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, creía también hacer su

negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna.

El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia,

donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la más ligera

confusión puede conducir á errores de monta, haciendo, de otra parte,

perder de vista un hecho recóndito y preciosísimo, que arroja mucha

luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfección

del individuo en la civilización cristiana. Necesario como es un orden

social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que

éste no sea de tal modo absorbido por aquél, de manera que sólo se le

conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción

que pueda considerársele como propia. Á no ser así, no se desarrollará

jamás de un modo cabal la verdadera civilización, la que, consistiendo

en la perfección simultánea del individuo y de la sociedad, no puede

existir á no ser que tanto ésta como aquél tengan sus órbitas de tal

manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue

ni embarace el de la otra.

Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la

atención de todos los hombres pensadores, observaré lo que quizás no se

ha observado todavía, y es, que el Cristianismo contribuyó sobremanera

á crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los

lazos que le unen á la sociedad, desenvuelve todas sus facultades.

De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que

encierran nada menos que una severa limitación del poder político,

que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el

individuo, cuando se propasa á exigirle lo que éste cree contrario á su

conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c.

5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer á Dios que á los hombres._ Los

cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que

individuos de todos países, edades, sexos y condiciones, arrostrasen

toda la cólera del poder y todo el furor de las pasiones populares,

antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los

principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no

con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen

despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energía

pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en

la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situación

en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar

fortaleza y dignidad revela la acción de las ideas, la nobleza de los

sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del

alma.

El Cristianismo fué quien grabó fuertemente en el corazón del hombre,

que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se

levante contra él el mundo entero; que el individuo tiene un destino

inmenso que llenar, y que es para él un negocio propio, enteramente

propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedrío. Esta

importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo á todas las

edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente

á despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en

toda su magnitud, en todo su interés, y combinándose con las demás

inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad,

ha levantado el alma humana del polvo en que la tenían sumida la

ignorancia, las más groseras supersticiones, y los sistemas de

violencia que la oprimían por todas partes. Como extrañas y asombrosas

sonarían sin duda á los oídos de los paganos las valientes palabras de

Justino, que expresaban nada menos que la disposición de ánimo de la

generalidad de los fieles, cuando en su Apología dirigida á Antonio Pío

decía: «Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes,

despreciamos á los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que

tampoco se puede evitar.»

Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa

presencia de ánimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su

conciencia, desafía todos los poderes de la tierra, debía de influir

tanto más en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de

aquella fría impasibilidad estoica, que, sin contar con ningún motivo

sólido, se empeñaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas;

sino que tenía su origen en un sublime desprendimiento de todo lo

terreno, en la profunda convicción de lo sagrado del deber, y de que

el hombre, sin cuidar de los obstáculos que le oponga el mundo, debe

marchar con firme paso al destino que le ha señalado el Criador. Ese

conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte

y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos,

dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevación. Y

conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban á un reducido

número de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de

la religión cristiana, se extendían á todas las clases: porque la

expansión ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepción

de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los más obscuros

lugares, es uno de los más bellos distintivos de esa religión divina.

No se dirigía tan sólo á las clases elevadas, ni á los filósofos, sino

á la generalidad de los fieles, la lumbrera del África, San Cipriano,

cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y

rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra

alma, sin aflojar jamás. «Nunca, decía, nunca admirará las obras

humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despéñase de la cumbre de su

nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._» (_De Spectaculis._)

Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen

latir el corazón con generoso brío, que, derramándose sobre todas las

clases como un calor fecundo, hacían que el último de los hombres

pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del ímpetu

de un vate:

Os homini sublime dedit, coelumque tueri

Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus.

El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que

el hombre se acostumbra á concentrarse sobre sí mismo, dándose razón

circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen,

de la bondad ó malicia que encierran, y del fin á que le conducen, es

debido principalmente al Cristianismo, á su influjo incesante sobre

el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos

los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la

vida individual, en todo lo que tiene de más íntimo, de más vivo é

interesante para el corazón del hombre, era incompatible esa absorción

del individuo en la sociedad, esa abnegación ciega en que el hombre se

olvidaba de sí mismo para no pensar en otra cosa que en la asociación

á que pertenecía. Esa vida moral, interior, faltaba á los antiguos,

porque carecían de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla,

de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y así observamos que en

Roma, tan pronto como el elemento político fué perdiendo su ascendiente

sobre las almas, gastándose el entusiasmo con las disensiones

intestinas, y sofocándose todo sentimiento generoso con el insoportable

despotismo que sucedió á las últimas turbulencias de la república, se

desenvuelven rápidamente la corrupción y la molicie más espantosas;

pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del

foro, y en las gloriosas hazañas de la guerra, no encontrando pábulo

en que cebarse, se abandona lastimosamente á los goces materiales, con

un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos á concebir, á pesar

de la relajación de costumbres de que con razón nos lamentamos. Por

manera que entre los antiguos sólo vemos dos extremos: ó un patriotismo

llevado al más alto punto de exaltación, ó una postración completa

de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa á cuanto le

sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo, ó de

sus propias pasiones, ó de otro hombre, ó de la sociedad.

Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el

individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el

Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reunía

á los hombres la unidad católica, podemos observar en la civilización

europea algunas muestras de lo que debía de ser entre los antiguos el

hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre sí

mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para más adelante

el señalar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad

antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la

influencia de las ideas cristianas, bástame por ahora observar que,

si la Europa llegase á perder completamente el Cristianismo, como

lo han deseado algunos insensatos, no pasaría una generación, sin

que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como

estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae

necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos.

La libertad de albedrío, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan

vigorosamente por él sostenida, no sólo contra la antigua enseñanza

pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos

tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma,

ha sido también un poderoso resorte que ha contribuído más de lo que

se cree al desarrollo y perfección del individuo, y á realzar sus

sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el

hombre llega á considerarse arrastrado por la irresistible fuerza

del destino, sujeto á una cadena de acontecimientos en cuyo curso él

no puede influir; cuando llega á figurarse que las operaciones del

alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son

más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se

siente asimilado á los brutos, no es ya el príncipe de los vivientes,

el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que

mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran

máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito

y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son

palabras sin sentido; el hombre goza ó sufre, sí, pero á la manera del

arbusto, que, ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el

furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es

el dueño de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte están

ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el

santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está

sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe

desplomándose sobre su frágil cuerpo, no pueden forzarla á querer ó á

no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se

despliega á nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura,

el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de

desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado

con libre voluntad, y que está como suspendido al extremo de los

senderos de la virtud, hace estos senderos más gratos y apacibles, y

comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre, conserva

un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen,

hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del

infierno. ¿Qué es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin

embargo, es castigado? ¿qué significa ese absurdo, dogma capital de

los fundadores del Protestantismo? Es una víctima miserable, débil,

en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha

querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir,

el más horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando

sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio

de la desesperación, sumido en un piélago de horrores, lleva en su

frente la señal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y

parécenos oirle todavía con su ademán altanero, con su mirada soberbia,

cuál pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no serviré_.

En el hombre, como en el universo, todo está enlazado maravillosamente,

todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no

dejan de ser íntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar

todas las otras. Necesario es llamar la atención sobre esa mutua

dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que

quizás darían algunos, de que sólo se ha probado que el Catolicismo

ha debido de contribuir á desenvolver al individuo en un sentido

místico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo

más: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo

sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban

que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente

tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con

un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que

está puesto en manos de su libre albedrío; prueban que al Catolicismo

es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su

dignidad, la estimación, el respeto que se le dispensan por el mero

título de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra

alma los gérmenes de los sentimientos más nobles y generosos, puesto

que ha levantado la mente con los más altos conceptos, y ha ensanchado

y elevado nuestro corazón, asegurándole una libertad que nadie le puede

arrebatar, brindándole con un galardón de eternal ventura, pero dejando

en su mano la vida y la muerte, haciéndole en cierto modo árbitro de su

destino. Algo más que un mero misticismo es todo esto: es nada menos

que el verdadero individualismo, el único individualismo noble, justo,

razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para

llevar al individuo á su perfección en todos sentidos; es nada menos

que el primero, el más indispensable, el más fecundo elemento de la

verdadera civilización.[1]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 39 / 58 题