Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si,
tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepción,
que ni repugne á la perfección del individuo, ni esté en lucha con los
principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas
que hayan influído en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando
por alto una de las principales, señalada ya más arriba, cual es, la
verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes,
encontraremos todavía en las mismas entrañas del Catolicismo, algunas
sobremanera dignas de llamar la atención. M. Guizot se ha equivocado
grandemente cuando ha pretendido equiparar á los fieles con los
antiguos romanos en punto á falta del sentimiento de independencia
personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociación
de la Iglesia, como enteramente consagrado á ella, como pronto á
sacrificarse por ella; de manera que lo que hacía obrar al fiel, eran
los intereses de la asociación. En esto hay un error; pero, como lo que
ha dado quizás ocasión á este error, es una verdad, menester se hace
deslindar los objetos con mucho cuidado.
Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles
sumamente adictos á la Iglesia, y que siempre se entendió que dejaba de
ser contado en el número de los verdaderos discípulos de Jesucristo el
que se apartase de la comunión de la Iglesia. Es indudable también que
«tenían los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego á la Iglesia,
un rendido acatamiento á sus leyes, un fuerte empeño de extender su
imperio»; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos
sentimientos, como causa de ellos, el solo espíritu de asociación, y
que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel
pertenecía á una asociación, pero esta asociación él la miraba como
un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba
embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto
de la eternidad; y, si bien creía imposible el salvarse fuera de ella,
no se entendía consagrado á ella, sino á Dios. El romano estaba pronto
á sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano
moría, moría por su patria; pero, cuando el fiel moría, no moría por
la Iglesia, sino que moría por su Dios. Ábranse los monumentos de la
Historia eclesiástica, léanse las actas de los mártires, y véase lo que
sucedía en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba
todo lo que era; en que, á la vista de los potros, de las hogueras y
de los más horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el
resorte que obraba en el corazón del fiel. Les pregunta el juez su
nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita
á que sacrifiquen á los dioses: «nosotros no sacrificamos sino á un
solo Dios, criador del cielo y de la tierra»; se les echa en cara como
ignominioso el seguir á un hombre que fué clavado en cruz; ellos tienen
á mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el
crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos;
los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan
sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio está ya aparejada,
ó la hoguera arde á su vista, ó el verdugo tiene levantada el hacha
fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un
instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin
fin. Échase de ver en todo esto que lo que movía el corazón del fiel,
eran el amor de su Dios y el interés de la felicidad eterna; y que,
por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese á los
antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociación á que
pertenecía, y dejando que en ella se absorbiese á su persona como una
gota de agua en la inmensidad del Océano. El individuo fiel pertenecía
á una asociación que le daba la pauta de su creencia y la norma de
su conducta: á esta asociación la miraba como fundada y dirigida por
el mismo Dios; pero su mente y su corazón se elevaban hasta el mismo
Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, creía también hacer su
negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna.
El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia,
donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la más ligera
confusión puede conducir á errores de monta, haciendo, de otra parte,
perder de vista un hecho recóndito y preciosísimo, que arroja mucha
luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfección
del individuo en la civilización cristiana. Necesario como es un orden
social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que
éste no sea de tal modo absorbido por aquél, de manera que sólo se le
conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción
que pueda considerársele como propia. Á no ser así, no se desarrollará
jamás de un modo cabal la verdadera civilización, la que, consistiendo
en la perfección simultánea del individuo y de la sociedad, no puede
existir á no ser que tanto ésta como aquél tengan sus órbitas de tal
manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue
ni embarace el de la otra.
Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la
atención de todos los hombres pensadores, observaré lo que quizás no se
ha observado todavía, y es, que el Cristianismo contribuyó sobremanera
á crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los
lazos que le unen á la sociedad, desenvuelve todas sus facultades.
De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que
encierran nada menos que una severa limitación del poder político,
que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el
individuo, cuando se propasa á exigirle lo que éste cree contrario á su
conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c.
5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer á Dios que á los hombres._ Los
cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que
individuos de todos países, edades, sexos y condiciones, arrostrasen
toda la cólera del poder y todo el furor de las pasiones populares,
antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los
principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no
con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen
despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energía
pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en
la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situación
en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar
fortaleza y dignidad revela la acción de las ideas, la nobleza de los
sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del
alma.
El Cristianismo fué quien grabó fuertemente en el corazón del hombre,
que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se
levante contra él el mundo entero; que el individuo tiene un destino
inmenso que llenar, y que es para él un negocio propio, enteramente
propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedrío. Esta
importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo á todas las
edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente
á despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en
toda su magnitud, en todo su interés, y combinándose con las demás
inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad,
ha levantado el alma humana del polvo en que la tenían sumida la
ignorancia, las más groseras supersticiones, y los sistemas de
violencia que la oprimían por todas partes. Como extrañas y asombrosas
sonarían sin duda á los oídos de los paganos las valientes palabras de
Justino, que expresaban nada menos que la disposición de ánimo de la
generalidad de los fieles, cuando en su Apología dirigida á Antonio Pío
decía: «Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes,
despreciamos á los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que
tampoco se puede evitar.»
Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa
presencia de ánimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su
conciencia, desafía todos los poderes de la tierra, debía de influir
tanto más en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de
aquella fría impasibilidad estoica, que, sin contar con ningún motivo
sólido, se empeñaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas;
sino que tenía su origen en un sublime desprendimiento de todo lo
terreno, en la profunda convicción de lo sagrado del deber, y de que
el hombre, sin cuidar de los obstáculos que le oponga el mundo, debe
marchar con firme paso al destino que le ha señalado el Criador. Ese
conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte
y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos,
dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevación. Y
conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban á un reducido
número de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de
la religión cristiana, se extendían á todas las clases: porque la
expansión ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepción
de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los más obscuros
lugares, es uno de los más bellos distintivos de esa religión divina.
No se dirigía tan sólo á las clases elevadas, ni á los filósofos, sino
á la generalidad de los fieles, la lumbrera del África, San Cipriano,
cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y
rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra
alma, sin aflojar jamás. «Nunca, decía, nunca admirará las obras
humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despéñase de la cumbre de su
nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._» (_De Spectaculis._)
Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen
latir el corazón con generoso brío, que, derramándose sobre todas las
clases como un calor fecundo, hacían que el último de los hombres
pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del ímpetu
de un vate:
Os homini sublime dedit, coelumque tueri
Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus.
El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que
el hombre se acostumbra á concentrarse sobre sí mismo, dándose razón
circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen,
de la bondad ó malicia que encierran, y del fin á que le conducen, es
debido principalmente al Cristianismo, á su influjo incesante sobre
el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos
los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la
vida individual, en todo lo que tiene de más íntimo, de más vivo é
interesante para el corazón del hombre, era incompatible esa absorción
del individuo en la sociedad, esa abnegación ciega en que el hombre se
olvidaba de sí mismo para no pensar en otra cosa que en la asociación
á que pertenecía. Esa vida moral, interior, faltaba á los antiguos,
porque carecían de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla,
de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y así observamos que en
Roma, tan pronto como el elemento político fué perdiendo su ascendiente
sobre las almas, gastándose el entusiasmo con las disensiones
intestinas, y sofocándose todo sentimiento generoso con el insoportable
despotismo que sucedió á las últimas turbulencias de la república, se
desenvuelven rápidamente la corrupción y la molicie más espantosas;
pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del
foro, y en las gloriosas hazañas de la guerra, no encontrando pábulo
en que cebarse, se abandona lastimosamente á los goces materiales, con
un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos á concebir, á pesar
de la relajación de costumbres de que con razón nos lamentamos. Por
manera que entre los antiguos sólo vemos dos extremos: ó un patriotismo
llevado al más alto punto de exaltación, ó una postración completa
de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa á cuanto le
sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo, ó de
sus propias pasiones, ó de otro hombre, ó de la sociedad.
Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el
individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el
Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reunía
á los hombres la unidad católica, podemos observar en la civilización
europea algunas muestras de lo que debía de ser entre los antiguos el
hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre sí
mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para más adelante
el señalar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad
antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la
influencia de las ideas cristianas, bástame por ahora observar que,
si la Europa llegase á perder completamente el Cristianismo, como
lo han deseado algunos insensatos, no pasaría una generación, sin
que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como
estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae
necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos.
La libertad de albedrío, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan
vigorosamente por él sostenida, no sólo contra la antigua enseñanza
pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos
tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma,
ha sido también un poderoso resorte que ha contribuído más de lo que
se cree al desarrollo y perfección del individuo, y á realzar sus
sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el
hombre llega á considerarse arrastrado por la irresistible fuerza
del destino, sujeto á una cadena de acontecimientos en cuyo curso él
no puede influir; cuando llega á figurarse que las operaciones del
alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son
más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se
siente asimilado á los brutos, no es ya el príncipe de los vivientes,
el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que
mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran
máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito
y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son
palabras sin sentido; el hombre goza ó sufre, sí, pero á la manera del
arbusto, que, ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el
furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es
el dueño de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte están
ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el
santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está
sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe
desplomándose sobre su frágil cuerpo, no pueden forzarla á querer ó á
no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se
despliega á nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura,
el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de
desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado
con libre voluntad, y que está como suspendido al extremo de los
senderos de la virtud, hace estos senderos más gratos y apacibles, y
comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre, conserva
un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen,
hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del
infierno. ¿Qué es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin
embargo, es castigado? ¿qué significa ese absurdo, dogma capital de
los fundadores del Protestantismo? Es una víctima miserable, débil,
en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha
querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir,
el más horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando
sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio
de la desesperación, sumido en un piélago de horrores, lleva en su
frente la señal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y
parécenos oirle todavía con su ademán altanero, con su mirada soberbia,
cuál pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no serviré_.
En el hombre, como en el universo, todo está enlazado maravillosamente,
todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no
dejan de ser íntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar
todas las otras. Necesario es llamar la atención sobre esa mutua
dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que
quizás darían algunos, de que sólo se ha probado que el Catolicismo
ha debido de contribuir á desenvolver al individuo en un sentido
místico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo
más: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo
sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban
que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente
tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con
un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que
está puesto en manos de su libre albedrío; prueban que al Catolicismo
es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su
dignidad, la estimación, el respeto que se le dispensan por el mero
título de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra
alma los gérmenes de los sentimientos más nobles y generosos, puesto
que ha levantado la mente con los más altos conceptos, y ha ensanchado
y elevado nuestro corazón, asegurándole una libertad que nadie le puede
arrebatar, brindándole con un galardón de eternal ventura, pero dejando
en su mano la vida y la muerte, haciéndole en cierto modo árbitro de su
destino. Algo más que un mero misticismo es todo esto: es nada menos
que el verdadero individualismo, el único individualismo noble, justo,
razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para
llevar al individuo á su perfección en todos sentidos; es nada menos
que el primero, el más indispensable, el más fecundo elemento de la
verdadera civilización.[1]