CAPITULO XXII

Si profundizamos la cuestión que se agita, si no nos dejamos llevar

hasta el error y la extravagancia por la manía de pasar plaza de

pensadores profundos y de observadores muy delicados, si hacemos uso

de una recta y templada filosofía, fundada en los hechos que nos

suministra la historia, echaremos de ver que la diferencia capital

entre nuestra civilización y las antiguas, con respecto al individuo,

consistía en que el _hombre, como hombre_, no era estimado en lo que

vale. No faltaban ni el _sentimiento de independencia personal_, ni

el anhelo de _complacerse y gozar, ni cierto orgullo de sentirse

hombre_: el defecto no estaba en el corazón, sino en la cabeza. Lo que

faltaba, sí, era la comprensión de toda la dignidad del hombre, era el

alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el Cristianismo, al

paso que con admirable sabiduría nos ha manifestado también nuestras

flaquezas; lo que faltaba, sí, á las sociedades antiguas, lo que ha

faltado y faltará á todas en las que no reine el Cristianismo, era

ese respeto, esa consideración de que entre nosotros está rodeado

un individuo, un _hombre sólo por ser hombre_. Entre los griegos el

griego lo es todo; los extranjeros, los bárbaros, no son nada; en

Roma el título de ciudadano romano hace al hombre; quien carece de

ese título, es nada. En los países cristianos, si nace una criatura

deforme ó privada de algún miembro, excita la compasión, es objeto

de más tierna solicitud, bástale para ello el ser hombre, y, sobre

todo, hombre desgraciado; entre los antiguos era mirada una criatura

así como cosa inútil, despreciable, y, en ciertas ciudades, como por

ejemplo en Lacedemonia, estaba prohibido alimentarla, y por orden de

los magistrados encargados de la policía de los nacimientos ¡horror

causa decirlo! era arrojada á una sima. Era un hombre; pero esto ¿qué

importaba? Era un hombre que para nada podía servir, y una sociedad

sin entrañas no quería imponerse la carga de mantenerle. Léase á

Platón (_Lib. 5 de Rep._), á Aristóteles (_Pol._, lib. 7, c. 15 y

16), y se verá los medios crueles que sabían excogitar esos filósofos

para precaver el excesivo progreso que ha hecho la sociedad bajo la

influencia del Cristianismo, en todo lo que dice relación al hombre.

Los juegos públicos, esas horrendas escenas en que morían á centenares

los hombres, para divertir á un concurso desnaturalizado, ¿no son un

elocuente testimonio de cuán en poco era tenido el hombre, pues que tan

bárbaramente se le sacrificaba por motivos los más livianos?

El derecho del más fuerte estaba terriblemente practicado por los

antiguos, y ésta es una de las causas á que debe atribuirse esa

absorción, por decirlo así, en que vemos al individuo con respecto á

la sociedad. La sociedad era fuerte, el individuo era débil; y así la

sociedad absorbía al individuo, se arrogaba sobre él cuantos derechos

puedan imaginarse; y, si alguna vez servía de embarazo, podía estar

seguro de ser aplastado con mano de hierro. Al leer el modo con que

explica M. Guizot esta particularidad de las civilizaciones antiguas,

no parece sino que en ellas había un patriotismo desconocido, entre

nosotros, patriotismo que, llevado hasta la exageración, y no andando

acompañado del sentimiento de independencia personal, producía esa

especie de absorción individual, ese anonadamiento del individuo

en presencia de la sociedad. Si hubiese reflexionado más á fondo

sobre esta materia, habría alcanzado fácilmente que no estribaba la

diferencia en que unos hombres tuvieran unos sentimientos de que

carezcan los otros, sino en que se ha verificado una revolución inmensa

en las ideas, en que el individuo, el hombre, es tenido en mucho,

cuando entonces era tenido en nada; y de aquí no era difícil inferir

que las mismas diferencias que se notasen en los sentimientos, debían

tener su origen en la diferencia de las ideas.

En efecto, no es extraño que, viendo el individuo cuán en poco era

tenido por sí mismo, viendo el poder ilimitado que sobre él se arrogaba

la sociedad, y que sirviendo de estorbo era pulverizado, nada extraño

es que él mismo se formase de la sociedad y del poder público una

idea exagerada, que se anonadase en su corazón ante ese coloso que le

infundía miedo, y que, lejos de mirarse como miembro de una asociación,

cuyo objeto era la seguridad y la felicidad de todos los individuos, y

para cuyo logro era indispensable por parte de éstos el resignarse á

algunos sacrificios, se considerase antes bien como una cosa consagrada

á esta asociación, y en cuyas aras debía ofrecerse en holocausto sin

reparos de ninguna clase. Ésta es la condición del hombre: cuando un

poder obra sobre él por mucho tiempo en acción ilimitada, ó se indigna

contra este poder y le rechaza con violencia, ó bien se humilla, se

abate, se anonada ante aquella fuerza cuya acción prepotente le doblega

y aterra. Véase si es éste el contraste que sin cesar nos ofrecen las

sociedades antiguas: la más ciega sumisión, el anonadamiento, de una

parte, y, de otra, el espíritu de insubordinación, de resistencia,

manifestado en explosiones terribles. Así, y sólo así, es posible

comprender cómo unas sociedades en que la agitación y las turbulencias

eran, por decirlo así, el estado normal, nos presentan ejemplos tan

asombrosos como Leónidas pereciendo con sus trescientos lacedemonios en

el paso de las Termópilas, Scévola con la mano en el brasero, Régulo

volviéndose á Cartago para padecer y morir, y Marco Curcio arrojándose

armado en la insondable sima abierta en medio de Roma.

Todo esto, que á primera vista pudiera parecer inconcebible, se aclara

perfectamente cotejándolo con lo acontecido en las revoluciones de

los tiempos modernos. Trastornos terribles han desquiciado algunas

naciones; la lucha de las ideas é intereses, trayendo consigo el calor

de las pasiones, acarreó por algunos intervalos, más ó menos duraderos,

el olvido de las verdaderas relaciones sociales: ¿y qué sucedió? Que,

al paso que se proclamaba una libertad sin límites, y se ponderaban sin

cesar los derechos del individuo, levantábase en medio de la sociedad

un poder terrible, que, concentrando en su mano toda la fuerza pública,

la descargaba del modo más inhumano sobre el individuo. En esas épocas

resucitaba en toda su fuerza la formidable máxima del _salus populi_

de los antiguos, pretexto de tantos y tan horrendos atentados; y, por

otra parte, se veía renacer aquel patriotismo frenético y feroz, que

los hombres superficiales admiran en los ciudadanos de las antiguas

repúblicas.

¡Cosa notable! Algunos escritores habían prodigado desmedidos elogios

á los antiguos, y sobre todo á los romanos; parece que tenían vivos

deseos de que la civilización moderna se amoldase á la antigua;

hiciéronse locas tentativas, se atacó con inaudita violencia la

organización social existente, procuróse con ahinco que perecieran,

ó al menos se sofocaran, las ideas cristianas sobre el individuo y

la sociedad, se pidieron inspiraciones á las sombras de los antiguos

romanos, y en el brevísimo plazo que duró el ensayo, viéronse también,

cual en la antigua Roma, rasgos admirables de fortaleza, de valor,

de patriotismo, contrastando de un modo horroroso con inauditas

crueldades, con horrendos crímenes; y en medio de una nación grande y

generosa, viéronse aparecer de nuevo con espanto de la humanidad los

sangrientos espectros de Mario y Sila. Tanta verdad es que el hombre

es el mismo por todas partes, y que un mismo orden de ideas viene, al

fin, á engendrar un mismo orden de hechos. Que desaparezcan la ideas

cristianas, que las ideas antiguas recobren su fuerza, y veréis que el

mundo nuevo se parecerá al mundo viejo.

Felizmente para la humanidad, esto es imposible; todos los ensayos

hechos hasta ahora para lograr tan funesto efecto han sido y debido

ser poco duraderos; lo propio sucederá en adelante; pero la página

ensangrentada que dejan en la historia de la humanidad tan criminales

tentativas, ofrece un rico caudal de reflexiones al observador filósofo

para conocer á fondo las delicadas é íntimas relaciones de las ideas

con los hechos, para contemplar en su desnudez la vasta trama de

la organización social, y apreciar en su justo valor la influencia

benéfica ó nociva de las varias religiones y sistemas filosóficos.

Las épocas de revolución, es decir, aquellas épocas tempestuosas en

que se hunden los gobiernos unos tras otros, como edificios cimentados

sobre un terreno volcanizado, llevan todas ese carácter que las

distingue: _el predominio de los intereses del poder público sobre

todos los intereses privados_. Nunca es más flaco ese poder, nunca es

menos duradero; pero nunca es más violento, más frenético; todo lo

sacrifica á su seguridad ó á su venganza; la sombra de sus enemigos

le persigue y le hace estremecer á todas horas; su propia conciencia

le atormenta y no le deja descanso; la debilidad de su organización y

la movilidad de su asiento le advierten á cada paso de la proximidad

de su caída, y en su impotente desesperación se agita y se revuelve

convulsivo, como un moribundo que expira entre padecimientos atroces.

¿Qué es entonces á sus ojos la vida de los ciudadanos, si esta vida

puede inspirarle la más leve, la más remota sospecha? Si con la sangre

de millares de víctimas puede alcanzar algunos momentos de seguridad,

si puede prolongar por algunos días más su existencia: «perezcan, dice,

perezcan mis enemigos; así lo exige la seguridad del Estado; es decir,

la mía.»

¿Y de dónde tanto frenesí? ¿de dónde tanta crueldad? ¿Sabéis de dónde?

La causa está en que, derribado el gobierno antiguo por medio de la

fuerza, y entronizado otro en su lugar, apoyado sólo en la fuerza, la

idea del derecho ha desaparecido de la región del poder, la legitimidad

no le escuda, su misma novedad le muestra como de poco valer, y le

augura escasa duración; y, falto de razón y de justicia, y viéndose

precisado á invocarlas para sostenerse, las busca en la misma necesidad

de un poder, en esa necesidad social que está siempre patente; proclama

que la salud del pueblo es la suprema ley, y entonces la propiedad, la

vida del individuo son nada, se aniquilan completamente á la vista de

un espectro sangriento, que se levanta en el centro de la sociedad, y

que, armado con la fuerza, y rodeado de satélites y de cadalsos dice:

«yo soy el poder público, á mí me está confiada la salud del pueblo, yo

soy el que vela por los intereses de la sociedad.»

¿Y sabéis lo que acontece entonces con esa falta absoluta de respeto

al individuo, con ese completo aniquilamiento del hombre ante el poder

aterrador que se pretende representante de la sociedad? Sucede que

renace el sentimiento de asociación en diferentes sentidos; pero no un

sentimiento dirigido por la razón y por miras benéficas y previsoras,

sino un sentimiento ciego, instintivo, que lleva á los hombres á no

quedarse solos, sin defensa, en medio del campo de batalla y asechanzas

en que se ha convertido la sociedad; que los conduce á unirse, ó para

sostener al poder, si, arrastrados por el torbellino de la revolución,

se han identificado con él y le miran como su único resguardo y

defensa contra los enemigos que les amenazan, ó para derribarle, si,

arrojados por una ú otra causa á las filas contrarias, le contemplan

como su enemigo más capital, y la fuerza de que dispone, como una

espada levantada de continuo sobre sus cabezas. Entonces se verifica

que los hombres pertenecen á una asociación, están consagrados á

una asociación, y por esta asociación están prontos á sacrificarse;

porque no pueden vivir solos, porque conocen, ó sienten al menos

instintivamente, que el individuo es nada, porque, rotos todos los

diques que mantenían el orden social, no le queda al individuo aquella

esfera tranquila donde podía vivir sosegado, independiente, seguro de

que un poder, fundado en la legitimidad y guiado por la razón y la

justicia, velaba por la conservación del orden público y por el respeto

de los derechos del individuo. Entonces los medrosos tiemblan y se

humillan, y empiezan á representar la primera escena de la esclavitud,

donde el oprimido besa la mano opresora, donde la víctima adora al

verdugo; los más audaces, ó se resisten y pelean, ó se buscan y reunen

en las sombras, preparando explosiones terribles; nadie pertenece

á sí mismo; el individuo se siente absorbido por todas partes, ó

por la fuerza que oprime, ó por la fuerza que conspira; porque sólo

la justicia es el numen tutelar de los individuos; y, cuando ella

desaparece, no son más que imperceptibles granos de arena arrebatados

por el huracán, gotas de agua confundidas en las oleadas de una

tormenta.

Concebid sociedades donde no reine ese frenesí que nunca puede ser

duradero, pero que, sin embargo, no posean las verdaderas ideas sobre

los derechos y deberes del individuo y del poder público; sociedades

donde se encuentren como divagando al acaso algunas nociones sobre esos

puntos cardinales, pero inciertas, obscuras, imperfectas, ahogadas en

la atmósfera de mil preocupaciones y errores, donde bajo esa influencia

se haya organizado un poder público, con estas ó aquellas formas, pero

que al fin haya llegado á solidarse por la fuerza del hábito, y por

falta de otro mejor que satisfaga las necesidades más urgentes de la

sociedad; y entonces habréis concebido las sociedades antiguas, mejor

diremos, las sociedades sin el Cristianismo; entonces concebiréis

el anonadamiento del individuo ante la fuerza del poder público, sea

bajo el despotismo asiático, sea bajo la turbulenta democracia de las

antiguas repúblicas. Es lo mismo que habréis podido observar en las

sociedades modernas en las épocas de revolución; sólo que en estas

sociedades es pasajero y estrepitoso ese mal, cual los estragos de

una tempestad; pero en las antiguas era su estado normal, como una

atmósfera viciada, que afecta y daña sin cesar á los que viven en ella.

Si examinamos la causa de dos fenómenos tan encontrados, como son,

la exaltación patriótica de los antiguos griegos y romanos, y la

postración y abatimiento político en que yacían otros pueblos, y en que

yacen todavía aquellos donde no domina el Cristianismo; si buscamos

la raíz de esa abnegación individual que se descubre en el fondo de

dos sentimientos tan opuestos; si investigamos cuál es la causa de que

no se encuentre ni en unos ni en otros ese desarrollo individual que

se observa en Europa, acompañado de un patriotismo razonable, pero

que no sofoca el sentimiento de una legítima independencia personal;

encontraremos una muy poderosa en que el hombre no se conocía á sí

mismo, no sabía bien lo que era; y que sus verdaderas relaciones con la

sociedad eran miradas al través de mil preocupaciones y errores, y, por

consiguiente, mal comprendidas.

Á la luz de estas observaciones se echa de ver que la admiración por el

patriótico desprendimiento, por la heroica abnegación de los antiguos,

se ha llevado quizás demasiado lejos; y que tanto distan esas calidades

de revelar en ellos una mayor perfección individual, una elevación de

alma superior á la de los hombres de los tiempos modernos, que antes

bien podrían indicar ideas menos altas que las nuestras, sentimientos

menos independientes que los nuestros. Y qué, ¿no conciben, acaso,

algunos ciegos admiradores de los antiguos cómo pueden sostenerse

tan extrañas aserciones? Entonces les diré que admiren también á las

mujeres de la India al arrojarse tranquilas á la hoguera después de

la muerte de sus maridos; que admiren al esclavo que se da la muerte

porque no puede sobrevivir á su dueño; y entonces notarán que la

abnegación personal no es siempre señal infalible de elevación de alma,

sino que á veces puede ser el resultado de no conocer toda la dignidad

propia, de imaginarse consagrado á otro ser, absorbido por él, de mirar

la propia existencia como una cosa secundaria, sin más objeto que el de

servir á otra existencia.

Y no queremos, no, rebajar en nada el mérito que á los antiguos

legítimamente pertenezca; no queremos, no, deprimir su heroísmo en

lo que tenga de justo y de laudable; no queremos, no, atribuir á los

modernos un individualismo egoísta que les impida el sacrificarse

individualmente por su patria: tratamos únicamente de señalar á cada

cosa su justo lugar, disipando preocupaciones hasta cierto punto

excusables, pero que no dejan de falsear lastimosamente los principales

puntos de vista de la historia antigua y moderna.

Á ese anonadamiento del individuo, que notamos en los antiguos,

contribuían también la escasez y la imperfección de su desarrollo

moral, la falta de reglas en que se hallaba con respecto á su dirección

propia, por cuyo motivo la sociedad se entrometía en todas sus cosas,

como si la razón pública hubiese querido suplir el defecto de la razón

privada. Si bien se observa, se notará que, aun en los países en que

metía más ruido la libertad política, era harto desconocida la libertad

civil; de manera que, mientras los ciudadanos se lisonjeaban de ser

muy libres porque podían tomar parte en las deliberaciones de la plaza

pública, eran privados de aquella libertad que más de cerca interesa

al hombre, cual es, la que ahora se denomina civil. Podemos formar

concepto de las ideas y costumbres de los antiguos sobre este punto,

leyendo á uno de sus más célebres escritores políticos: Aristóteles.

Nótase en los escritos de este filósofo que apenas acertaba á ver otro

título que hiciera digno del nombre de ciudadano que el tomar parte en

el gobierno de la república; y estas ideas, que pudieran parecer muy

democráticas, muy á propósito para extender los derechos de la clase

más numerosa, y que quizás algunos creerían dimanadas de la exageración

de la dignidad del hombre, se hermanaban muy bien en su mente con un

profundo desprecio del mismo hombre, con el sistema de vincular en

un reducido número todos los honores y consideraciones, condenando

al abatimiento y á la nulidad, nada menos que todos los labradores,

artesanos y mercaderes. (_Pol._ L. 7, c. 9 y 12. L. 8, c. 1 y 2, L.

3, c. 1.) Ya se ve que esto suponía ideas muy peregrinas sobre el

individuo y la sociedad, y confirma más y más lo que he dicho arriba

sobre el origen de las extrañezas, por no decir monstruosidades, que

nos admiran en las repúblicas antiguas. Lo repetiré, porque conviene

mucho no olvidarlo: una de las principales raíces del mal, era la

falta de conocimiento del hombre, era el poco aprecio de su dignidad

en cuanto hombre, era que el individuo estaba escaso de reglas para

dirigirse á sí mismo y para conciliarse la estimación; en una palabra,

era que faltaban las luces cristianas que debían esclarecer el caos.

Tan profundamente se ha grabado en el corazón de las sociedades

modernas ese sentimiento de la dignidad del hombre, con tales

caracteres se halla escrita por doquiera la verdad de que el hombre,

ya por solo este título, es muy respetable, muy digno de alta

consideración, que aquellas escuelas que se han propuesto realzar al

individuo, aunque sea con inminente riesgo de un espantoso trastorno

en la sociedad, toman siempre por tema de su enseñanza, esa dignidad,

esa nobleza, distinguiéndose sobremanera de los antiguos demócratas,

en que éstos se agitaban en un círculo reducido, mezquino, sin pasar

más allá de un cierto orden de cosas, sin extender su vista fuera de

los límites del propio país; cuando en el espíritu de los demócratas

modernos se nota un anhelo de invasión en todos los ramos, un ardor de

provocación que abarca todo el mundo: nunca invocan nombres pequeños;

_el hombre, su razón, sus derechos imprescriptibles_: he aquí sus

temas. Preguntadles qué quieren, y os dirán que quieren pasar el nivel

sobre todas las cabezas, para defender la santa causa de la humanidad.

Esta exageración de ideas, motivo y pretexto de tantos trastornos

y crímenes, nos revela un hecho precioso, cual es, el progreso

inmenso que á las ideas sobre la dignidad de nuestra naturaleza ha

comunicado el Cristianismo, pues que en las sociedades que le deben su

civilización, cuando se trata de extraviarlas, no se encuentra medio

más á propósito que el invocar esa dignidad.

Como la religión cristiana es altamente enemiga de todo lo criminal,

y no podía consentir que, á nombre de defender y realzar la dignidad

humana, se trastornase la sociedad, muchos de los más ardientes

demócratas se han desatado en injurias y sarcasmos contra la religión;

pero, como también la historia está diciendo muy alto que todo cuanto

se sabe y se siente de verdadero, de justo y de razonable sobre este

punto, es debido á la religión cristiana, se ha tanteado últimamente

si se podría hacer una monstruosa alianza entre las ideas cristianas y

lo más extravagante de las democráticas: un hombre demasiado célebre

se ha encargado del proyecto; pero el verdadero Cristianismo, es

decir, el Catolicismo, rechaza esas monstruosas alianzas, y no conoce

á sus más insignes apologistas, así que llegan á desviarse del camino

señalado por la eterna verdad. El abate de Lamennais vaga ahora por las

tinieblas del error abrazado con una mentida sombra de Cristianismo;

y el supremo Pastor de la Iglesia ha levantado ya su augusta voz para

prevenir á los fieles contra las ilusiones con que podría deslumbrarnos

un nombre por tantos títulos ilustre.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 38 / 58 题